lunes, agosto 19, 2019

Metarrelato 2 El Gran Relato (sept 2015)

El Gran Relato

Por Jorge Senior

Septiembre 6 de 2015


PROGRESO

Si por arte de birlibirloque se apareciera ahora Aristóteles, o Descartes, o un Newton o un Kant, se sorprenderían y maravillarían de ver hasta donde hemos llegado apenas unos pocos siglos después de que ellos regresaran hechos polvo al cosmos. El que menos se asombraría, sin duda, sería Bacon. Al fin y al cabo estamos embarcados en pleno proyecto baconiano: el conocimiento es poder. Bacon, y no Descartes como repiten lorísticamente algunos, es el pionero y visionario primigenio de la modernidad. Por algo su cuadro presidía la Royal Society, primera sociedad científica del mundo, en una época en que la ciencia se hacía afuera de las universidades.

Pero el proyecto baconiano no es otra cosa sino la versión remozada del antiquísimo proyecto del Homo Habilis, un animal capaz de intervenir creativamente el mundo, un animal proveniente de una estirpe homínida que había sobrevivido a drásticos cambios climáticos en el trópico africano generados por culpa de Colombia (*me refiero al cierre del istmo de Panamá). Un animal que cambió poco a poco el juego de tres mil ochocientos millones de años de evolución: ya no se trataba de adaptarse al mundo sino adaptar el mundo a sus necesidades, a su voluntad de poder, como le gustaba decir a cierto ensayista alemán. No fue el ser humano el que creó la técnica, sino la técnica la que creó al animal humano con su fenotipo extendido con proyecciones exosomáticas: las herramientas y el fuego. La Palabra vino después... al calor del hogar. Los caminos de la hominización fueron lentos y difíciles, y todos menos uno llevaron a callejones sin salida, al abismo de la extinción. 

Tras un largo estancamiento, hace 60 mil años, justo cuando estábamos al borde de la extinción, hubo una explosión cultural, la revolución paleolítica tardía, y nuevamente -como un millón de años antes- un Homo migró del África, pero esta vez para una gesta épica victoriosa que lo llevaría a la conquista del mundo y, probablemente, a la aniquilación de otras especies hermanas en unos cuantos milenios. Toda la humanidad, todas las razas, producto de la radiación adaptativa de esa larga marcha, venimos de ese grupito homosapiente, compartimos los mismos genes, aunque algunos de los no africanos llevan o llevamos también alelos neanderthales o denisovianos. Después vendría la revolución neolítica en Sumer y más tarde empezarían las civilizaciones de los valles fértiles: la historia escrita.

En esa línea del tiempo es fácil distinguir múltiples parámetros que evidencian un proceso direccional de progreso, aunque no teleológico, con altibajos, fluctuaciones, retrocesos, contradicciones, desigualdades, asincronías, y cierto grado de contingencia, pero progreso al fin, mirado en escala de largo aliento. Uno de los parámetros que progresó es la capacidad acumulativa, esto es, la sostenibilidad y retroalimentación del progreso. Pero el parámetro que más nos interesa es el conocimiento. Éste corría, como siempre desde el Homo Habilis hasta el actual siglo XXI, por la ruta de la técnica, la vía práctica colectiva, empírica, antifrágil, basada en el ensayo curioso, la relativa eliminación de error y la relativa conservación del relativo acierto en tradiciones y saberes locales relativamente interconectados con otras tradiciones y saberes. 

Pero de esa poderosa ruta de la innovación no voy a hablar aquí, sino de la otra ruta, la ruta de la ciencia, que también se basa en el ensayo y la eliminación de error, pero condensando el proceso en un dispositivo simulador especial (más exactamente en una red de dispositivos*).

LA ESCALERA DE LA CIENCIA

El devenir de la ciencia visto desde hoy es una escalera de tres escalones. 

El primer escalón, débil y precario, es fundamental pues es el que marca el nacimiento de una nueva ruta, es una bifurcación en el camino. Ese primer escalón sucedió en la Grecia clásica, en el mediterráneo oriental desde lo que hoy es Italia hasta Turquía, el Levante y Egipto hacia el sur. Fueron como 7 siglos desde 2.600 a.p. (antes del presente) hasta 1.900 a.p. Hubo 5 puntales claves hoy vigentes(*), que los helenos aportaron y los árabes conservaron con algunos aportes propios a través del oscuro medioevo europeo.

El segundo escalón fue la Revolución Científica, uno de los 7 procesos que transformaron a Europa, y con ella al mundo, entre 1430 y 1830. Su campo fue principalmente la anatomía, la matemática, la astronomía y la física en los siglos XVI y XVII. Su gran "profeta" fue el polifacético Francis Bacon, que al igual que Moro y Campanella también compuso su Utopía. Su concepción del mundo fue el mecanicismo (no de Newton pero sí de los newtonianos). Su metáfora: el reloj.

El tercer escalón fue lo que podríamos llamar la segunda (y definitiva?) revolución científica que va de mediados del siglo XIX a mediados del siglo XX aproximadamente. En ese siglo largo se desarrolla nuestra actual explicación del mundo, mundo que ahora es un universo vasto e inhóspito en el cual ocupamos un rincón insignificante. Si Copérnico nos sacó del centro, Darwin nos bajó del trono. En ese lapso tan breve surgen la lógica simbólica (mucho más abstracta) y sus ramificaciones, las geometrías no euclidianas, una explosión de nuevos campos en las matemáticas y se instaura la metamatemática (incluyendo el teorema de Gödel, pintor de límites); mientras en la física aparecen la teoría electromagnética, la termodinámica, la mecánica estadística, la mecánica cuántica, las dos teorías de la relatividad, la cosmología y los modelos de big bang, se fundamenta la química en la física; surgen también la biología celular, la genética, que se subsume en la biología molecular (que a su vez fundamenta la biología en la química y la física), la teoría de la evolución y su nueva síntesis; y además la tectónica de placas, las teorías de la computación y la información, la neurología... 

Nota 1: en ese gran conocimiento del universo hay un vacío importante: la compleja sociedad humana. Por ejemplo, en ese mismo lapso surgen también, por diferentes caminos y con diferentes métodos y enfoques, las diversas teorías sobre aspectos sociales del pasado y del presente, de la sociedad moderna o de sociedades no modernas, en un abigarrado mosaico no muy coherente, constituyendo disciplinas no paradigmáticas tales como la psicología, la sociología, la antropología, la historia, la arqueología, la lingüística. La mayor parte de estas aproximaciones son descriptivas, estadísticas, correlacionales, fenomenológicas, cualitativas, narrativas, análisis comparativos, sin que hasta ahora haya podido configurarse una teoría de la sociedad humana. Se trabaja en dos direcciones de ida y vuelta, entre causas últimas y causas próximas.

VISITANTES DEL PASADO

Volvamos con nuestros héroes parados sobre hombros de gigantes. Si Aristóteles hiciera un viaje al futuro de 2 mil años, llegaría a la Europa de Galileo y Bacon, se encontraría con un joven Descartes que ya pensaba, luego... bueno, en fin. A Aristóteles, llave de Eudoxo, no le sorprendería la redondez de la Tierra ni el heliocentrismo copernicano, pero quizá le maravillaría la hazaña lusitana de dar la vuelta al mundo. Sufriría un shock, eso sí, al mirar por el telescopio de juguete de Galileo y un supuesto experimento en la torre de Pisa le caería como una piedra en el ojo. Y como buen biólogo se deleitaría con maravillado asombro ante la fauna y flora traída de la Atlántida/América. Miraría con sospecha al cristianismo, como una especie de platonismo disfrazado, mas se complacería con los juegos escolásticos. Realmente, a pesar de que para Bacon los griegos eran la infancia de la humanidad, a nuestro amigo Aristóteles no le sorprenderían demasiadas cosas, y aquello que sí, resultaría igualmente sorprendente para los contemporáneos de la inglaterra isabelina... excepto la vestimenta, claro.

Pero si en esa vorágine del tiempo Aristóteles viajara 2.400 años desde su nacimiento hasta el mismísimo presente feisbukero, y en el camino recogiera a sus compadres René, Isaac e Immanuel en las tres fuentes y tres partes integrantes de la matriz moderna, como narré en la primera línea de este escrito, estos cuatro mosqueteros del pensamiento sufrirían un desencajamiento de mandíbula y quedarían encandilados ante la verdad desnuda del siglo XXI.

Nota 2: lo primero que habrían notado nuestros amigos parados en hombros de gigantes es que estos seres del siglo XXI hablaban muy raro. Ni siquiera visitando sus viejos territorios podrían entender facilmente el habla. Ni Aristóteles entendería el griego, ni Descartes reconocería Le discours de la Méthode si el libro cayera en sus manos anacrónicas, y Newton quedaría gringo si escuchara hablar a un gringo, o incluso hasta a un inglés en Cambridge. Es como si un colombiano escuchara portugués, gallego o catalán. Así que, como sabe todo viajero del tiempo, hay que portar un dispositivo traductor. 

De entrada nuestros visitantes del pasado quedarían deslumbrados por las hazañas tecnológicas: máquinas voladoras con y sin piloto, buques gigantescos sin velas ni esclavos, trenes balas, naves espaciales, robots explorando otros planetas, autómatas fabricando máquinas (más que los automóviles les sorprenderían las fábricas de vehículos y Newton, con un fino humor extraño en él, se burlaría de Descartes y sus "autómatas"). Atónitos los dejarían la telemática, la comunicación instantánea en todo el globo con voz e imagen, los relatos audiovisuales en pantallas de todos los tamaños, la internet y las enciclopedias infinitas consultables por cualquiera en cualquier parte, y ni que decir de las realidades virtuales. De vértigo les resultaría un paseo por Dubai y otras megalópolis con rascacielos de casi un kilómetro de altura, y encontrarse con túneles bajo el mar, pozos taladrados a varios kilómetros de profundidad, transplantes de corazón y de otros órganos o pedazos del cuerpo, cirugías increíbles, bebés made in vitro, imágenes del cuerpo por dentro, arsenales con energía suficiente para acabar con la humanidad entera, sofisticadas comodidades alcahuetas en los hogares, materiales extraños por doquier (sobre todo uno al que llaman "plástico" que satura el entorno). Y luego ver humanos pisando la luna, humanos volando en trajes-ardilla, humanos lanzándose desde la estratosfera como Felix Baumgartner, humanos en la desconocida Antártida o en el Everest, y montones de gente por todos lados. Tal vez los turistas del tiempo llegarían a la conclusión leninista de que la clave novedosa de esta civilización es algo casi mágico que llaman "electricidad". Aristóteles pensaría entonces: "¿qué carajo tiene que ver el ámbar en todo esto?" 

Pero ese asombro no sería nada comparado con el que les esperaría al entrar a la escuela y empezar a conocer nuestras Teorías, nuestro conocimiento de la naturaleza y el cosmos, los saberes del tercer escalón enumerados arriba y sus afinamientos posteriores desde mediados del siglo XX hasta el presente, a quince años del inicio del tercer milenio. Tendrían que desaprender para poder aprender, hacer un esfuerzo gigantesco, casi imposible, para vaciar su estado de llenura y poder abrirse a un conocimiento que no sólo les resulta nuevo, sino que ante todo choca de frente contra el conocimiento que traían. Ellos, que apenas conocieron los albores del mecanicismo, ahora lo hallarían agonizante, el azar habría recuperado su vigencia, menguando el determinismo y favoreciendo la visión probabilística. Para algunos (no me incluyo), no sería la nube sino el computador, la metáfora que destronaría al reloj.

Nota 3: Descartes y Kant se llevarían una gran decepción: la muerte del fundacionalismo los pondría de luto por el ideal de los saberes apodícticos, pero Descartes disfrutaría con los nuevos campos matemáticos y con las nuevas unificaciones que siguieron el camino de la lograda por él entre geometría y algebra, aunque de su física no encontraría ni el rastro. Le tocaría leer a Damasio y conocer la fRMI. Pero la decepción de Kant sería mayor aún, y mucho más justificada, al ver que esta humanidad del siglo XXI permanece en estado de minoría de edad y que su consigna de ¡Sapere aude! no fructificó. Immanuel vería su obra monumental resquebrajada, pero leería con interés a Piaget, se empaparía de la psicología cognitiva, de algún modo deudora de su epistemología, aunque las neurociencias actuales le pisarían los callos; su acertada intuición sobre las "nebulosas" le serviría de consuelo y gozaría quizás con la solución cosmológica a sus antinomias. Frente a las neurociencias y la genética Kant terminaría diciendo: "vaya! Lo que yo llamaba la segunda naturaleza era la primera!!!". En cuanto a Newton, estudiaría la relatividad con algo de amargura y no le gustaría mucho encontrarle cierto sabor leibniziano, pero en el fondo le agradaría que desapareciera la noción de "atracción a distancia". Y al conocer la química quizás se apenaría de sus veleidades alquímicas y no le gustaría para nada que nuestra notación del cálculo se parezca más a la de Leibniz, ni saber que Hooke pasó a la historia de la biología con su descubrimiento de las células. Agridulce le parecería el resultado de su pelea con Huygens: en tablas, empate! Pero la vigencia práctica de su física en la ingeniería común le enorgullecería, como le pasaría a Galileo al saber que una sonda con su nombre se estrelló contra Júpiter o que un humano en la luna lo invocó al hacer el experimento del martillo y la pluma. Por cierto, Galileo entendería la relatividad como una simple ampliación de su principio de la relatividad, marcando así su territorio. Bacon, fresco, se dedicaría a comprobar aciertos y desaciertos de su futurología, se reiría cuando escuchara hablar de Shakespeare, reconocería modestamente que vivimos en un mundo baconiano, y elaboraría tablas para tratar de cuantificar en qué grado los 4 ídolos habían sido derribados.

AL FILO DEL ABISMO

Pero supongamos, siguiendo con el juego de la imaginación, que asimilaban nuestro "estado del arte". Entonces nos lanzarían tamaño desafío: ¿y ahora qué viene? Conocimos El Gran Relato, ya sabemos de dónde venimos, ya sabemos qué somos, ahora la gran pregunta es: ¿para dónde vamos? ¿Cuál será el desenlace de esta épica gesta?

Y he aquí la gran paradoja de nuestro tiempo: vivimos en el filo entre un futuro oscuro y un futuro luminoso. Estamos en una encrucijada que es el momento más importante de la historia humana. No es una hipérbole, se trata de un momento único. Si nuestra especie sobrevive los próximos milenios, esta época será recordada como la era pionera. Por primera vez en 3.800 millones de años de historia de la vida sobre la faz de la Tierra, una especie controló la evolución y manipuló a su antojo la genética, por primera vez una especie viajó al espacio y a otros cuerpos celestes, por primera vez hubo un sol en la Tierra al desatar la energía del núcleo de los átomos, por primera vez se construyó una nueva forma de seres complejos, máquinas pensantes. Los mojones históricos de 1945, 1953, 1969, siempre serán recordados. Sin embargo, esta especie que logró la hazaña increíble de conquistar el planeta, dominar todos los nichos, pudo ser también el detonante de la sexta extinción e incluso de su propia extinción, víctima de su éxito, al meterse en un callejón sin salida: tener demasiado poder sin dejar de ser un animal de naturaleza contradictoria producto de la contradictoria selección natural multinivel. Porque esta especie conquistó el mundo, pero esa conquista es precaria. 

Dividida por razas, religiones y estados nacionales, esta especie planetaria arrastra instintos arcaicos y rasgos tribales. Su aparente racionalidad es apenas la punta del iceberg y a pesar de sus éxitos, en esta especie prima lo irracional. Este animal lleva siglos hablando de "redención", "salvación" y "emancipación". Pero de lo que tiene que liberarse no es de sus fantasmagorías, sino de una realidad: su naturaleza humana, o mejor, de ciertos aspectos de ella que sustentan tales fantasmas. A la humana naturaleza toca conocerla primero para poder transformarla después, aquí no vale el formateo sino la reconfiguración parcial. La ilustración del siglo de las luces creyó que la educación sería la clave de la emancipación a través del uso público de la razón. Mas la educación fue el gran fracaso porque no se conocía la naturaleza humana, se creía en la tábula rasa, la plasticidad del Homo Sapiens. En el siglo XIX, el ilustrado Karl Marx cayó en la misma trampa (del marxismo dijo Edward Wilson: "teoría maravillosa, especie equivocada"). Y Skinner en el XX también. Como dijimos en la Nota 1, no hay una ciencia de la sociedad, al menos no una ciencia madura. La ingeniería social radical del siglo XX fracasó y la innovación social que tuvo éxito fue por el camino antifrágil de la práctica, no de la ciencia. Con la oportuna biologización de las ciencias sociales parece que por fin la consiliencia de las disciplinas nos aproxima a una teoría de la sociedad humana que nos saque de la penumbra y nos ilusione el porvenir. 

PROSPECTIVA DEL MILENIO

En el año 2030 el ser humano llegará a Marte en su primera aventura interplanetaria. Ese será apenas el inicio de su colonización y, eventualmente, su terraformación, una tarea colosal para todo el milenio, cuya grado de dificultad dependerá de la cantidad de H2O presente y accesible en ese planeta. 

Hacia 2050 la civilización de los combustibles fósiles que empezó en la revolución industrial de Manchester habrá llegado a su fin tras tres siglos de explotación que calentaron la delgada capa de la biosfera, desatando el primer cambio climático en la historia del planeta cuya causa es la acción de una especie y no factores geológicos, astronómicos o bioquímicos. La base energética de la civilización cambiará radicalmente, sí o sí, y tendremos acceso a fuentes renovables, prácticamente infinitas, de energía. Lo que no sabemos es si lograremos domesticar el clima, ni hasta donde logremos preservar la biodiversidad . El problema ambiental no se limita al efecto invernadero. Por ejemplo, la sexta extinción masiva, ya en curso, tiene 5 aristas, resumidas en la sigla en inglés HIPPO (destrucción de hábitats, invasión de especies, contaminación, superpoblación y sobreexplotación). 

Si el siglo XX fue de la física, el XXI será de la biología. Eso se verá claro en el surgimiento de nuevas ingenierías, ya no fundamentadas en la física como acontece hoy, sino en las ciencias de la vida. Los avances médicos de los siglos XIX y XX que impactaron en alto grado (junto con la ingeniería sanitaria, las políticas de salud pública y algunos cambios culturales) a la demografía, la longevidad y la calidad de vida, resultarán nimios en comparación con los impactos de la biología sintética, la ingeniería genética y la ingeniería regenerativa. Antes de terminar el siglo XXI la inmortalidad humana será técnicamente viable (*) y el debate ético será de vida o muerte, literalmente. Justo cuando la superpoblación pareciera dejar de ser una amenaza, al estabilizarse la población humana entre 10 y 11 millardos alrededor de 2050 (fin de la transición demográfica), revienta el tema de la posible inmortalidad, que obviamente se refiere al envejecimiento y no a la muerte por violencia, accidente o algunas enfermedades indómitas. Un sueño largamente acariciado resultará ser una pesadilla.

La inmortalidad es apenas un aspecto de un desafío más amplio: el retorno de la eugenesia, la naturaleza humana intervenida. Habermas analizó este tema en su libro El Futuro de la Naturaleza Humana, entreviendo el peligro de la eugenesia liberal sujeta a las leyes del mercado. Los conocimientos en genética, epigenética, microbiomas, y en los sucesivos niveles del mundo vivo, molecular, celular, tisular, subsistémico, organísmico y ecológico, permitirán la creación de quimeras, incluyendo superhumanos. El actual debate político, económico y ético sobre transgénicos será un juego de niños en comparación a lo que tendremos en las próximas décadas.

Mientras tanto en el mundo paralelo de la ingeniería basada en la física y la química, la innovación no se detiene. Nuevos materiales con propiedades asombrosas revolucionaran la cotidianidad, como lo hizo el plástico en su momento. Más importantes que las grandes hazañas de construcción de infraestructuras son las tecnologías que modificarán el hábitat humano, las viviendas, los servicios públicos. Pero el eje tecnológico más dinámico e impactante seguirá siendo la informática, telemática, robótica, IA y su conectividad. La rebelión de las máquinas, como en las historias de ciencia ficción, no se vislumbra en el horizonte.... aún, pero sin duda las máquinas ganarán capacidad de autonomía, autorreproducción y generación de nuevo conocimiento (ver mi artículo El giro ingenieril de la epistemología en Academia.edu) y no se descarta que algún día seamos reemplazados por estos seres creados por nosotros mismos. Sin embargo, el peligro inmediato son los robots soldados, capaces de matar humanos, no por "rebelión de las máquinas" sino por orden y dirección de otros humanos, esto es, su uso en la guerra.

Esta panorama ambiguo que hemos dibujado esboza un poco la idea expuesta arriba de que nos encontramos en el filo de la navaja. Por un lado, se avizoran posibilidades inmensas de liberación del trabajo fatigoso y alienante, mejoramiento de las condiciones de vida, en fin, las viejas promesas de la modernidad. Promesas que se cumplieron a medias y de formas desiguales no exentas de problemas y paradojas en la primera etapa de la era moderna y que ahora se renuevan sobre la base de un conocimiento acumulado. Por otra parte, se ha dicho que la sociedad del riesgo es el anverso de la sociedad del conocimiento, la otra cara de la moneda. El conocimiento es poder y a mayor poder, mayor riesgo. Si quitamos las amenazas exteriores (meteoritos, supernovas*), el gran riesgo que afronta la humanidad es la humanidad misma, en tres frentes: destruccción ambiental, guerra total, opresión. Ecología, paz y democracia son, pues, los tres tinglados en que se dirime la supervivencia y la calidad de vida de la humanidad.

La paradoja es que el conocimiento es, a la vez, salvación y amenaza. Es nuestra arma milenaria, pero es un arma de doble filo. Durante años el epígrafe de mi email personal ha sido el siguiente: "En el Tercer Milenio quienes se apropien del conocimiento científico tendrán la hegemonía del poder sobre la especie humana". Y para simplificar, las posibilidades -in extremis- son dos: la apropiación social y democrática o la apropiación elitista y excluyente. El abismo cada vez mayor entre una minoría ilustrada y unas mayorías atrapadas en el analfabetismo científico es preocupante y evidencia el fracaso de la educación en la democratización del conocimiento a pesar de su apariencia de factor de movilidad social. ¿Cómo es esto posible? La respuesta es que la educación es fragmentaria, instrumental y en cierto sentido es superficial, pues se evade la construcción de una cosmovisión científica en el ciudadano.

EL CONFUSO HORIZONTE POLÍTICO

La ciencia y la tecnología, en tanto poder instrumental, nos brindan soluciones a la vez que nos generan nuevos problemas. Pero cuando se plantea la cuestión de los fines, la toma de decisiones se da en el orden ético-político. Y aquí el conocimiento es débil, pues carecemos de una teoría, o conjunto articulado de teorías, de la sociedad humana. Por ello fracasaron los artificiosos experimentos de ingeniería social radical en el siglo pasado y el éxito relativo pero inestable lo obtuvo la forma de organización social que parece más natural y silvestre al no ser producto de una "teoría científica" sino de la vía práctica y antifrágil de la innovación por ensayos graduales y mecanismos de ajustes correctivos: la democracia liberal con economía de mercado regulado.

Esta victoria puede ser pírrica y efímera si no se logra la adecuada gestión ambiental del planeta, la convivencia pacífica -o paz perpetua que llamara Kant- con desarme nuclear y la democracia mundial (o al menos la no concentración de poder). 

¿Qué macrotendencias diviso en el panorama? ¿Seguiremos divididos por razas, religiones o nacionalidades?

La exitosa estructura de los estados nacionales que surgieron con la modernidad se puede volver un obstáculo en el presente milenio, por el sesgo geopolítico. La Unión Europea marcó la pauta en el arranque del milenio, pero lo que acabamos de ver con el caso griego propicia el escepticismo. Los conflictos étnicos/raciales a mediano plazo tenderán a disminuir si se mantienen las tendencias de creciente mestizaje. Pero la migración masiva desde la periferia excluída exacerba la xenofobia y las barreras a la entrada. La desigualdad abismal entre regiones del globo no favorece a nadie. Se hace urgente el desarrollo de África y, en general, de lo que se solía denominar tercer mundo, pero es imposible que adopten los patrones de consumo insostenibles de los países ricos. Entonces el problema de estilos de vida, modelos de producción, patrones de consumo, se vuelve uno solo a nivel mundial, por su carácter interdependiente. Sin perder la riqueza de la diversidad multicolor lo cierto es que algunos aspectos claves tendrán que converger o se agudizarán los conflictos.

La religión es otro aspecto atávico cultural de origen tribal que podrá que ser superado en este milenio y la tendencia ya se observa en Europa Occidental. En especial, el fundamentalismo religioso de las tres religiones abrahámicas monoteístas en EEUU y en el cercano oriente son hoy la principal amenaza en el mundo, no sólo por la violencia que alimentan sino por los valores que representan: machismo, fanatismo, intolerancia al disenso, xenofobia, irrespeto a DDHH, irracionalismo. En general la religión es ya innecesaria para explicar el mundo o para vertebrar la moral. Y tradicionalmente ha sido un factor de conformismo y sumisión que mantiene a la persona en un estado de minoría de edad, como un súbdito manipulable y no como un ciudadano en ejercicio con capacidad de pensamiento crítico. Por eso se hace deseable su superación, pero ello no es fácil dado que tiene probablemente un fundamento biológico evolutivo, como lo señala Daniel Dennet en su libro Romper el hechizo.

Sin embargo, hoy como ayer, o mejor hoy más que ayer, el principal factor de poder es el económico. Los capitales transnacionales y las élites, si bien no tienen el poder concentrado ni unificado que las pseudoteorías conspirativas les atribuyen, son el centro de gravedad del orden global. En la etapa neoliberal de 1980 a 2008 la concentración ha aumentado, por ejemplo en EEUU. Pero otro fenómeno le hizo contrapeso: el ascenso vertiginoso del Asia Oriental. De otro lado, los ricos del petróleo del Medio Oriente se diversifican y transnacionalizan, pero sus sociedades mantienen muchos aspectos premodernos y no parecen preparadas para la finalización de la era de los combustibles fósiles. En ese contexto la ONU es casi nada mientras que el club de la OCDE, el G20 o el FEM de Davos lo son casi todo. Por eso no hay nada mejor que apostarle a procesos de integración como la UE, y Unasur debería seguir esa ruta. Utopías de ingeniería social hacia una sociedad postcapitalista no se ven en el horizonte, ni siquiera en los altermovimientos ni en las elucubraciones de Negri ni en la carreta decolonial.

LOS CUATRO ESCENARIOS

Siendo muy esquemático, se avizoran cuatro escenarios extremos que nacen de la certeza de que el rumbo actual es insostenible, principalmente por los tres peligros ya mencionados (guerra nuclear, desastre ambiental y opresión). 

El primer futuro imaginable, nada sorprendente si conocemos la historia de la vida en la Tierra, es la extinción de la especie humana (y no nos iríamos solos, hacia la nada nos llevaríamos miles de especies).

Un segundo futuro imaginable, un poco menos pesimista, es que el desastre no sea total y de pié a un nuevo comienzo. No es lo que narran las películas postapocalípticas de Hollywood (tipo MadMax), pero si muchos relatos de ciencia ficción de la época de la guerra fría bipolar y tripolar, cuando la guerra nuclear parecía inminente. 

La tercera posibilidad es la conservadora, el primado de la prudencia. En teoría no es técnicamente imposible garantizar la sostenibilidad con los recursos actuales que tiene la humanidad. En teoría es perfectamente posible, por ejemplo, alimentar a toda la humanidad y garantizar condiciones materiales de vida digna para todos. En teoría hay todas las condiciones para que los seres humanos podamos ser felices sobre la faz de la tierra. En "teoría".... pero hay algo que lo impide: la naturaleza humana. Nuestras tendencias contradictorias, el individualismo frente al altruísmo, la competencia frente a la cooperación, el irracionalismo frente a la racionalidad, el autoritarismo frente a la libertad, el ascetismo frente al hedonismo, el apetito por la novedad frente a la zona de confort, entre otras, dificultan acceder a una sociedad sostenible. Ni el mercado ni el estado parecen ser los instrumentos principales para alcanzar un equilibrio dinámico sin extremos o fluctuaciones peligrosas, pero la cultura quizás sí podría ser el factor clave. 

Finalmente, el cuarto futuro es el mundo posthumano, el más aventurero, innovador y explorador de todos los futuros imaginables, pues significa adentrarse en lo desconocido. Tanto así, que ni siquiera podemos calificarlo de optimista o pesimista. Es cierto que el ingenuo optimismo ilustrado murió en el siglo XX (de ahí modas como el posmodernismo). Sin embargo, hay razones para el optimismo, aunque también las hay para el pesimismo. Ninguna tragedia humana, y hay muchas en la historia, ha detenido a la humanidad. Nuestra especie es exploradora y aventurera por naturaleza. De hecho, el mundo natural que se basa en la permanente destrucción creativa, enseña que la vida transita siempre por un filo. Y aquí estamos nosotros, una vez más, en el filo de la oportunidad, listos a apostar por el todo o nada.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Sigue las reglas de la argumentación racional