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miércoles, octubre 14, 2020

Cristóbal Colón y el significado histórico del 12 de octubre

Esta columna fue publicada en el fin de semana del puente del 12 de octubre de 2020, fecha festiva en la cual se conmemora el denominado "descubrimiento de América" en 1492.  Cada año se forma un coro de plañideras en las redes por esta conmemoración y se multiplican los memes que idealizan lo indígena y satanizan lo europeo u occidental, de manera maniquea y poco rigurosa con la historia, a tono con la moda "decolonial".  (Nota: la cultura de los memes tiende a suplantar el estudio historiográfico serio en la formación de la nueva generación; este hecho configura un peligro, como lo ha sido Hollywood para generaciones anteriores).  Así que había necesidad de balancear tal influencia nefasta.

En 2020 se presenta además un contexto de protestas del movimiento BLM en Estados Unidos y otros países, que en algunos casos se expresó con el derribamiento de estatuas de filósofos, empresarios, exploradores, conquistadores, etc, que de un modo u otro estuvieron involucrados con el comercio de esclavos (especialmente africanos) hace varios siglos, cuando no existía ni siquiera un incipiente estado de derecho moderno a nivel internacional y escasamente se iniciaba dentro de estados nacionales.  Este contexto de la "guerra de estatuas" (pues hubo reacciones de signo contrario) no es ajeno al fenómeno de la cultura de la cancelación que constituye un típico ejemplo de transformación de causas justas en su contrario, cercenando la libertad de expresión, pilar democrático moderno.  Este giro aproxima los movimientos que se dicen progresistas a corrientes retrógradas como los talibanes que destruían monumentos históricos con los que no congeniaban.  

En este análisis, sin embargo, hay que examinar cada caso, pues los monumentos no tienen igual mérito artístico, ni es igual la importancia histórica del personaje, entre otros aspectos que distinguen unas protestas de otras.

En Colombia se presentó el derribamiento de la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar en Popayán por parte de indígenas Misak (guambianos).  Se trata de una acción significativa si tenemos en cuenta la actual situación de esa región, la pervivencia de una élite racista, conservadora y politiquera y una presencia demográficamente mayoritaria de comunidades indígenas.  No se puede desconocer que el monumento tiene varios agravantes: su ubicación (morro de Tulcán), las características del personaje y el incumplimiento de lo que se dice era la idea original de Guillermo Valencia, el poeta, que incluía un monumento al cacique Payán (que le da el nombre a la ciudad).  Pero tampoco se puede olvidar que se trata de una obra de arte.

En medio de todo este contexto y siguiendo también la crítica al denominado "pensamiento decolonial", la columna que sigue a continuación se fundamenta en la historia, como trabajo científico objetivo, sin moralismos ni sesgos, aunque hay que admitir que el título es una provocación (*guiño*).  Y desde la historia mirar el significado profundo de la fecha.  Es la fecha de la reunificación de la humanidad, que fue traumática, dolorosa e impactante a escala mundial y punto de partida de la sociedad moderna, origen de lo que somos hoy en día.  Una reunificación inevitable además, como también lo era su asimetría. La columna no se enfoca en el personaje, pues los individuos no son el factor determinante de los procesos históricos y, por ende no son lo más relevante desde el punto de vista explicativo.  Dicho esto, el personaje es mencionado como autor principal del evento histórico, que por lo demás constituye una verdadera hazaña.

Nota aparte: la formación política de cuadros con pensamiento crítico debe empezar por el reemplazo de la simple indignación moralista por el conocimiento científico de los procesos históricos, esto es, sus causas objetivas y su dinámica social.  Esto implica, además, entender el fenómeno moral como cultural e histórico, es decir, situado.  Y también aproximarse a la comprensión epistemológica que distingue a la ciencia de la moral y de qué forma y en qué medida la ciencia logra trascender el contexto histórico.  Igualmente debe contemplarse el conocimiento de la naturaleza humana sin mistificaciones, superar todo idealismo y pensamiento mágico-religioso.  Hace algunas décadas el marxismo lograba cumplir ese papel formador, a pesar de sus errores en otros aspectos.  Actualmente, la izquierda, huérfana de teoría, ni siquiera hace formación política de cuadros.  Se pasó del extremo dogmático de antaño al extremo ateórico del carnaval ideológico actual.  

Elogio de Cristóbal Colón

Por Jorge Senior

El descubrimiento de América se produjo a finales de la edad de hielo, cuando pueblos del noreste asiático atravesaron Bering y se instalaron en Alaska sin perder contacto con su continente de origen.  Con el cambio climático pasaron dos cosas: quedaron aislados de Asia y se facilitó el paso de los obstáculos montañosos para avanzar hacia el sur.  Como sucedió en otros lugares, la llegada del Homo Sapiens coincidió con la extinción de la megafauna, motivo para una sospecha que no hemos podido probar: nuestra responsabilidad en tales extinciones.   

Desde hace unos 14 mil años la humanidad quedó partida en dos: el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo.  La cultura humana evolucionó en forma paralela durante milenios en un extraordinario experimento natural. Asombra la similitud: de ambos lados surgieron grandes civilizaciones agrarias, se desarrollaron el comercio, la guerra y la esclavitud, se domesticaron animales y se contruyeron ciudades con edificaciones y calles.  También se organizaron sistemas hidráulicos, se aprendió el manejo de metales, matemática y astronomía de posición, se erigieron pirámides, se inventó la escritura, progresó la navegación y se forjaron grandes imperios.  Una diferencia fue la rueda, que en América sólo se usó en juguetes.  Hubo también desastres ambientales, epidemias, sacrificios humanos, canibalismo, homicidios, violaciones, división en clases sociales, dominación, chamanismo y creación de fantásticas narrativas imaginarias, mitologías religiosas. 

Era inevitable que los dos mundos se encontraran cuando la expansión del comercio llevara a un potente desarrollo de la navegación.  Hace tres mil años pueblos del sureste asiático lograron colonizar las islas del Pacífico sur, una hazaña de navegación asombrosa.  Y por esa misma época el Mediterráneo y el Índico ya empezaban a ser traficados por barcos comerciantes o guerreros.  No sorprende entonces que hace mil años los vikingos llegaran a América y se produjera el primer encuentro de los dos mundos.  En esas primeras escaramuzas los del viejo mundo perdieron y el intento abortó.  Fue cuestión de logística y medio ambiente. No había ímpetu comercial en juego.

A fines del siglo XV del calendario cristiano el encuentro sería a otro precio.  En los siglos inmediatamente anteriores la ruta de la seda se había convertido en el eje vertebral de un gran sistema comercial que abarcaba Eurasia de extremo a extremo y también incluía al norte y oriente de África.  El comercio alcanzaba máximos históricos y las técnicas de navegación se innovaban con múltiples tipos de embarcaciones y velámenes.  La selección natural había hecho su trabajo por medio de la peste bubónica.  Repúblicas urbanas, como Venecia, eran epicentro de un incipiente capitalismo comercial y bancario.

Portugal se lanzó a la exploración de la costa occidental africana desde 1430 y medio siglo después ya había llegado al Asia Oriental circunnavegando África y atravesando el Índico. Navegantes portugueses también intentaron la ruta occidental, pero fracasaron.  España se insinuaba como potencia al unificar sus reinos, expulsar a los moros, incursionar en el sur de Italia y norte de África.  Ambos países ibéricos tenían momentum económico, político y militar para la expansión.  Con Colón o sin Colón, la exploración de la mar Océana había comenzado con Las Canarias y otras islas y era indetenible. Sólo era cuestión de tiempo que se realizaran nuevas intentonas de exploración del globo hacia occidente, en cuyo caso, aunque ellos no lo supieran, el tropezón con ese continente desconocido en la mitad del camino era inevitable.

Colón no descubrió la redondez del mundo, ni fue el primero en pensar o intentar la ruta occidental.  No inventó el comercio de esclavos africanos (ya existía desde antes por desierto y por mar, con comerciantes africanos en primera instancia) ni visionó descubrir un nuevo mundo.  La historia no es el producto de individuos superdotados sino de procesos sociales colectivos.  El genovés no fue la causa de la exploración y la consiguiente invasión del nuevo mundo.  Su hazaña no fue la originalidad de la idea sino ser el primero, como líder expedicionario, en tener éxito en el reencuentro inevitable de dos mundos.  Un logro de dimensiones colosales que fue producto múltiples talentos y, como siempre en el contexto humano, del azar. 

Cristóbal Colón era un hombre de su época, con la mentalidad, las creencias y la cosmovisión de la sociedad que lo parió y lo crió.  Los que abordan el estudio del pasado con gafas ideológicas, politizando y moralizando la investigación histórica, hacen mala historia y mala política.  Y hacen pseudociencia.  La política y la moral son inseparables del contexto, no sobrevuelan por encima de la historia de manera anacrónica. Los juicios retroactivos carecen de sentido, sólo sirven para la manipulación de las pasiones.

No caemos en la hipérbole si decimos que el 12 de octubre de 1492 la historia de la humanidad se partió en dos, cuando lo que estaba partido en dos durante 14 milenios volvió a unificarse.  Esa reunificación de la especie humana fue trágica, dolorosa, ya lo sabemos, y también tremendamente dinamizadora del progreso humano.  Si conocemos la historia milenaria del Homo Sapiens no debe extrañarnos lo que sucedió en el siglo XVI.  Fue más de lo mismo, pero a mayor escala.  De ahí surgió el mundo moderno actual.  Y nosotros, los mestizos, no existiríamos sin ese crisol de pueblos.  Hace 528 años aconteció el hecho más importante de la historia humana que podamos fechar con total precisión.  ¿Podremos acaso olvidar a su protagonista principal?  Nuestro país honra su nombre y tú lo celebras en cada gol de la selección.


sábado, junio 06, 2020

¿Nuevo orden mundial?


Si buscas en google la frase entrecomillada “nuevo orden mundial”, ¿Cuántos resultados crees que salgan?  En español hay alrededor de 4 millones.  Pero si buscas “New World Order”, puedes llegar a los 20 millones.  Sería interesante haber hecho este ejercicio una vez al mes desde enero, pues creo que la cifra se ha disparado y así podríamos corroborarlo.  En todo caso la frase está de moda en las redes sociales, pulula por doquier, casi siempre asociada a un discurso conspirativo simplón, que raya en el delirio de persecusión y el victimismo, y se basa en la ignorancia. Su entrada en wikipedia advierte “no se debe confundir con la conspiración judeo-masónico-comunista internacional”.  Parece un chiste.  

El concepto serio de “nuevo orden mundial” es antiguo en geopolítica y en historia.  Por ejemplo, en 1945 aparece un nuevo orden mundial como resultado de la guerra que involucró a todo el hemisferio norte, generando una correlación bipolar de superpotencias en permanente guerra fría y poco después surge la ONU y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Hay también una nueva dinámica económica, con fuerte rol del estado en inversión y regulación, y un enfoque keynesiano en la política, lo que llevará a un gran crecimiento en la riqueza material y a un tipo de democracia social conocida como estado de bienestar.  Y en el otro polo se consolida un modelo de socialismo de estado en el bloque soviético que, sin embargo, se derrumbaría 45 años después, con lo cual tenemos otra vez un nuevo orden mundial en 1990.  Este tema lo tratamos hace poco en una columna anterior y lo profundizamos en este video.

No toda crisis por profunda que sea es capaz de producir un nuevo contexto de poder entre las naciones y las ideologías.  Por ejemplo, hace un siglo tuvo lugar la Gran Guerra Europea que ahora se conoce como “la primera guerra mundial” y al final de esos cuatro terribles años se produjo una revolución anticapitalista en el país de mayor tamaño y luego una pandemia de influenza que causó más muertos que la propia guerra.  Sin embargo, no surgió un nuevo orden mundial.  En el marco del Tratado de Versalles se creó la Sociedad de las Naciones que se proponía establecer las bases para la paz duradera a partir de una reorganización de las relaciones internacionales.  Mas no hubo tal.  Por el contrario, hubo más de lo mismo y hasta peor, como lo evidencia el hecho de la crisis económica de 1929 y la siguiente guerra de mayor escala.      

En 2020 enfrentamos una pandemia más global que cualquier otra.  En un contexto totalitario la economía seguiría funcionando así murieran algunos millones de personas.  Que de forma intencional se haya frenado parcialmente la economía como estrategia de defensa anticontagio, es un indicador de que el valor democrático de la vida se impuso a los intereses de los negocios (aunque fue evidente que gobernantes populistas como Trump, Bolsonaro y Johnson lo hicieron a regañadientes y con deficiencia). ¡Es una victoria democrática! 

La emergencia ha demostrado de manera contundente el desastre social y ambiental que ha generado la hegemonía neoliberal y su fundamentalismo de mercado durante los últimos cuarenta años en gran parte del mundo.  El sector público de la salud fue desmantelado.  El sistema educativo ha fracasado, arrodillado al pensamiento mágico y la fragmentación del saber. El empleo se ha hundido en el pantano de la inestabilidad, precariedad e informalidad debido a la política de “flexibilidad laboral”.  La desigualdad y la miseria se han incrementado.  La investigación científica se ha desfinanciado, debilitando su infraestructura.  El efecto invernadero, la pérdida dramática de biodiversidad y la acidificación de los océanos se han desbocado y amenazan la supervivencia de la civilización.

Es entonces el momento de reclamar masivamente el regreso del estado social remasterizado y la economía mixta, el fortalecimiento de lo público, el despliegue de nuevas y audaces formas de política social incluyente, como la renta básica universal.  Que vuelva Keynes, que venga la vieja socialdemocracia, dirán algunos.  Que resucite el liberalismo social, dirían otros en Colombia.  Sí, hay que aprender las lecciones positivas del pasado, pero hay también nuevas ideas que se pueden conjugar creativamente, nuevas opciones como la propuesta por Thomas Piketty, por ejemplo.  Ese es el nuevo orden mundial que necesitamos, un orden postneoliberal, con raigambre social.  Y en eso es que deberíamos estar pensando.

El Estado de Bienestar ha sido la mejor forma de sociedad jamás construída, probada en la realidad de los hechos durante décadas y debe resurgir repotenciado, actualizado a la altura del siglo XXI, dotado de una política antropocénica para enfrentar el cambio climático.  En Colombia lo llamamos Estado Social de Derecho y lo han venido desmontando desde 1993, cuando de lo que se trata es de profundizarlo.  No hablamos de resistencia, sino de construcción de futuro para todos.  La reivindicación del Estado Social de Derecho, columna vertebral de la Constitución del 91, no será el fruto espontáneo de una crisis pandémica, sino el objetivo de un movimiento multitudinario de los trabajadores, que somos todos los empleados profesionales o no profesionales, los desempleados, los subempleados, los informales y los rebuscadores.  

El nuevo orden que soñamos tendrá que ser necesariamente implacable contra la corrupción.  La clase politiquera se ha apropiado del estado y lo ha podrido de corrupción con un beneficio doble: se enriquecen con la contratocracia y logran desprestigiar lo público para que la gente no crea en ello y vea la privatización como la salvación.  Con cara ganan ellos y con sello también.  Entre el neoliberalismo que debemos sepultar en el pasado y el futuro estado social, se levanta la barrera de la corrupción.  Contra ella lo hemos intentado casi todo, excepto la pena de muerte.  Es hora de considerar esa opción, ¿no les parece?

No es eficiente la deliberación racional sobre un nuevo orden mundial liberador y postneoliberal, como propuesta política progresista, mientras los fanáticos de las llamadas “teorías conspirativas” generen tanto ruido desorientador con su alborotada paranoia de un imaginario “nuevo orden mundial” opresivo, sin fundamento geopolítico ni tecnocientífico alguno.  Estos idiotas útiles, alebrestados por el confinamiento y el auge de las redes sociales, hacen eco a Trump y sus trinos descabellados, con un sancocho contradictorio de insensateces que simplifica a niveles absurdos y ridículos la situación que vivimos.  Según ellos la pandemia es un engaño, totalmente inexistente, o tal vez sí existe, pero es un fenómeno artificial.  En cualquiera de los dos casos es un plan diabólico fabricado por…. ¿el partido comunista chino? ¿Bill Gates? ¿el Club Bilderberg? ¿Putín y Trump cogidos de la mano? ¿la Big Pharma?  ¿los judíos? ¿los Illuminati? ¿los bancos?  Tamaña inconsistencia se resuelve con una mágica frase evasiva: “la élite mundial”, un oscuro colectivo siempre indefinido, pero de alguna forma caracterizado por su perfecta unidad sin fisuras, su solidez a toda prueba, su fantástica cohesión y capacidad maquiavélica infinita.  Con su estéril sofisma de distracción los conspiranoicos son funcionales al sistema.  Por eso, la próxima columna va enfocada al análisis de este fenómeno psicosocial y a tratar de responder esta pregunta: ¿por qué tanta gente de izquierda traga entero teorías conspiranoicas que origina la extrema derecha?



sábado, mayo 02, 2020

1980, el año en que todo cambió


Si quieres entender el 2020 debes conocer 1980, el año que partió en dos la historia de la civilización global que surgió a partir de la posguerra.  Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.  Y ahora, con unos añitos más y unas cuantas canas (muy pocas, la verdad), podemos ver lo que en su momento no vimos. 

En 1980 todo era euforia.  Aún resonaban los ecos de la victoria vietnamita contra el ejército más poderoso del mundo.  La revolución sandinista, cuya fulgurante ofensiva final escuchamos en directo por radio de onda corta, acababa de triunfar.  Con el liderazgo de Omar Torrijos, Panamá recuperaba la soberanía sobre la zona del canal.  La revolución salvadoreña se veía inminente con el FMLN a la cabeza.  En Colombia, el M19 se había tomado la embajada de la República Dominicana y un hervidero de pañuelos blancos lo saludaba en su salida triunfal, el movimiento estudiantil, liderado por la FEUV, ascendía vertiginosamente en su movilización contra la reforma universitaria, los movimientos cívicos explotaban en paros, barricadas y tomas por doquier, y el sindicalismo parecía avanzar, por fin, hacia la ansiada unidad.  El fervor por los derechos humanos se elevaba en oleadas al mismo tiempo que se agudizaba la represión, la tortura y las desapariciones en un régimen militarista enmarcado en el estado de sitio permanente y el estatuto de seguridad. 

Todo parecía posible y el sueño de una patria digna, justa, libre y democrática sembraba de maestra vida a una juventud que escuchaba a Pablo pueblo, hijo del grito y la calle.  Una juventud que no quería escoger entra la navaja y el plástico y que gozaba como pagano el sonido bestial que estremecía La Casita de Paja, La Cien o Tintindeo.

Entre brumas recordamos el dulce aroma de la llanta quemada que perfumaba la atmósfera de los ochenta, pero el signo de los tiempos señalaba contravía.  Un par de años antes, Albino Luciani, recién nombrado soberano de un diminuto país denominado Vaticano, murió súbitamente, algunos dicen que fue asesinado, y en su reemplazo el cónclave designa al polaco Karol Wojtyla, con la misión, más geopolítica que divina, de romper el eslabón débil de la cadena soviética en la Europa Oriental.  Un año después llega al 10 de Downing Street Margaret Tatcher y en el siguiente es elegido el actor Ronald Reagan en EEUU.  Se configura así un poderoso triunvirato de ultraderecha en el Atlántico Norte, mientras en el otro polo de la guerra fría el asunto se calienta con la invasión de Afganistán por la URSS y la masificación del sindicato Solidarnosc en Polonia.  En otra esquina, Deng Xiaoping consolida su poder en la China milenaria e inicia una sorprendente reconversión radical del sistema económico que tendrá un impacto decisivo en el siglo XXI. 

Del puente para allá está Brézhnev, del puente para acá está Ronald Tatcher, alias Margaret Reagan, y en el medio de los dos, pasan Francois Miterrand y Felipe González, con rumbo al estado de bienestar… en teoría.  Queda servido pues el tinglado geopolítico de la recta final de la guerra fría.  La madre de todas las batallas está por empezar.

Pero la dinámica geopolítica, es como un iceberg en un mar tormentoso.  La mayor parte de su masa está bajo la superficie de las olas, aunque nunca a la manera ingenua como suelen elucubrar gratuitamente los conspiranoicos al practicar su deporte favorito.  En esos años agitados pasaban muchas cosas que nosotros, los de entonces, no alcanzábamos a entrever.  Por ejemplo, en el mundo de las ideas, que nada tiene de platónico, poderosas corrientes submarinas arrastraban al iceberg hacia destinos inimaginables.  Ahora, con 40 años de distancia, podemos desentrañar esos procesos subyacentes y para ello enfocaremos dos niveles de análisis.    

Primero, el nivel de la realidad objetiva o de primer orden. 

En los últimos siglos la tecnociencia se ha convertido cada vez más en el factor determinante de la evolución de la sociedad humana, pues como decía Francis Bacon,”el conocimiento es poder”.  El control de la realidad objetiva se define en el silencio de los laboratorios y en el diálogo crítico de los científicos.  Los poderes mundanos astutos procuran por tanto instrumentalizar a la ciencia mientras los sectores sociales y políticos más confusos caen en la estupidez de darle la espalda, brindando en bandeja de plata el factor decisivo a sus oponentes. 

Para 1980 la “era atómica” y la “era espacial” ya estaban siendo opacadas por la “era digital”, que potenciaba el despegue de la tercera revolución industrial.  Un nuevo tipo de capitalismo postindustrial se forjaba alimentado por la revolución digital: internet, telemática, robótica, inteligencia artificial.  El manejo de los bits definía el futuro.  La batalla era entre de seres de carbono, pero las armas eran de silicio.  Y la victoria fue para Silicon Valley y sus equivalentes en Europa Occidental y en un nuevo territorio que irrumpe como potencia económica: el Este Asiático.  (Nota: poco se ha analizado sobre el impacto de la revolución digital en el derrumbe del bloque soviético o en la derrota parcial de las FARC en Colombia).

En segundo término  está el nivel de la realidad intersubjetiva o de segundo orden. 

Como todos sabemos las guerras también se libran en el terreno de las ideologías.  O de las creencias, culturas, imaginarios, ficciones en suma.  En las facultades de economía de los años 70 ya se hablaba del “monetarismo”, de la “escuela de Chicago” y en 1976  Milton Friedman ganó el Nobel.  Bajo la tiranía de Pinochet, Chile había sido su laboratorio experimental.  Como narra el sociólogo mexicano Fernando Escalante Gonzalbo en su libro Historia mínima del neoliberalismo, esta corriente de pensamiento que surgió en los años 30, aprovecha ciertas debilidades del estado de bienestar surgido en la posguerra europea y se ve potenciado por los gobiernos de Tatcher y Reagan, para luego, tras la caída del Muro y la consolidación del consenso de Washington en los 90, convertirse en el pensamiento hegemónico de la globalización.  Su fundamentalismo de mercado pasa de ser una teoría económica, considerada pseudociencia por filósofos como Mario Bunge, a expandirse como una ideología todo terreno.

Esta ficción llamada neoliberalismo ni siquiera pudo ser enterrada por la crisis económica de 2008, al parecer según dicen algunos gurúes de la opinión, porque no existen alternativas.  Y es posible que tengan algo de razón, a pesar de que ya hay propuestas alternativas fuertes como las de Piketty que mencioné en la pasada columna.  Y es precisamente el trabajo de Piketty y otros economistas de la misma línea los que muestran con cifras cómo 1980 marca un punto de inflexión en la distribución del ingreso y de la riqueza, un viraje en dirección a la concentración y la desigualdad en significativa correlación con el predominio de la conservadora ideología neoliberal.

La carencia de alternativas al neoliberalismo está asociada a la orfandad de teoría en que cayó buena parte de la izquierda global a partir de la crisis y decadencia del marxismo a finales de los años 70, un vacío que permitió el auge de una serie de formas oscurantistas de pensamiento, como el posmodernismo a nivel intelectual y el pensamiento mágico a nivel popular. 

Uno de esos casos, que merece más estudio, fue la invasión evangélica a la otrora católica América Latina agenciada desde el sur de Estados Unidos con fines de lucro y de dominación política alineada con el partido republicano.  Por ejemplo, vimos como desde los años ochenta el magisterio sindicalizado pasó de tener una formación materialista dialéctica a ser dominado por un adoctrinamiento evangélico premoderno, con todo lo negativo que eso implica en la formación de las nuevas generaciones.  En el propio campo religioso, los hechos muestran que en el continente la teología de la liberación languideció y las sectas evangélicas proliferaron. 

En los movimientos de izquierda observamos cómo la confusión y dispersión ideológica llevó a refugiarse en microcosmos identitarios y miradas introvertidas, sobrevalorando la mera resistencia defensiva de supervivencia, fragmentando y debilitando al movimiento popular.  Por eso ya no hay continentes de izquierda, sino archipiélagos, movimientos constituídos por amalgamas de minorías.  En muchos de estos sectores es notoria la renuncia a un horizonte progresista humanista universal.  No es de extrañar que los encuentros del Foro Social Mundial sean como una torre de Babel y su consigna central se limite a la tesis vacía “Otro mundo es posible”.  Ante lo cual toca preguntar: “Sí, pero ¿cuál?”. 

En resumen, 1980 es la bisagra de cinco cambios históricos de impacto global:

-La democracia liberal gana la guerra fría al modelo soviético de socialismo de estado.

-El estado de bienestar, exitoso proyecto socialdemócrata de posguerra, es desmantelado por el
neoliberalismo que se impone como ideología hegemónica.

-La revolución digital es el eje de la tercera revolución industrial y genera un nuevo tipo de
capitalismo postindustrial, la sociedad de la información y el conocimiento.

-El Este Asiático irrumpe como nueva potencia económica mundial.

-La orfandad de teoría se apodera de las izquierdas y diferentes formas de oscurantismo se infiltran en los movimientos sociales y políticos alternativos.      


lunes, agosto 19, 2019

La cuestión islámica: simplificar es equivocarse

Publicado en noviembre de 2015

Los hechos ocurridos en París el viernes 13 de noviembre de 2015 y unas horas antes en Beirut, Líbano, autoría de ISIS como parte de su “guerra santa”, generan todo tipo de informaciones y análisis en los medios de comunicación, pero…. ¿tiene el público claridad sobre lo que acontece? (¿o los propios periodistas?) 

La respuesta parece ser negativa. En las redes se desatan los comentarios y pronunciamientos cruzados, y por doquier circulan imágenes o memes que muchas veces sirven más para sembrar confusión que para aclarar la naturaleza de este conflicto. Ante situaciones tan complejas y de largo calado histórico, como la del Medio Oriente, la única simplificación válida es decir que toda simplificación está equivocada. 

Por ejemplo, el hecho de que la mayoría de los perpetradores de los atentados de París son nacionales franceses, remite a un problema interno de integración o asimilación de migrantes, aunque no se puede desconocer que el epicentro de la fuerza atacante, el denominado “estado islámico” (ISIS), está en el Oriente Medio, pero es evidente que constituye un fenómeno transfronterizo. Después del 9-11 de 2001 el tema era el mismo, aunque el actor de la yihad era otro: Al-Qaeda. La guerra en Irak y Afganistán, el atentado de Madrid el 3-11 de 2004, la ofensiva que acabó con Kaddafi y varios miembros de su familia en Libia, las masacres por los israelíes en Gaza, la denominada “primavera árabe”, la masacre de Charlie Hebdo a comienzos del presente año, la guerra en Siria, la oleada de desplazados hacia Europa, entre otros hechos históricos en lo que va del nuevo siglo, muestran la explosiva dinámica de este paisaje complejo.

No es propósito de esta nota ir al fondo del asunto, pero sí llamar la atención en torno a cuatro simplificaciones que se han escuchado en este debate, en dos ejes, uno político y otro religioso. Son cuatro maneras erróneas, unilaterales y parciales de entender lo que sucede, a mi modo de ver, o tal vez formas adrede de propaganda, racionalización justificante o disculpante, o estrategias de confusión. 

Las cuatro simplificaciones

1. Se trata de un choque de civilizaciones entre un Occidente moderno con valores democráticos y un mundo islámico premoderno con valores totalmente distintos. Si bien el Medio Oriente cuenta con estados nacionales (algunos de factura reciente que no coinciden necesariamente con los territorios ancestrales de los pueblos milenarios de la zona), estos no se caracterizan por instituciones democráticas liberales sino por otro tipo de institucionalidad de vieja data como la teocracia, la monarquía y el tribalismo. En su cultura impera el machismo, el dogma religioso sobrenatural, el autoritarismo, las costumbres atávicas (algunas de las cuales son violatorias de los DDHH, como la infibulación o la lapidación). El estado de derecho, la separación de las ramas del poder público, la separación entre religión y estado o entre religión y ley, la soberanía popular, la ciudadanía, la equidad entre géneros, los principios de libertad e igualdad, entre otras instituciones democráticas liberales clásicas, están tan ausentes en estos países como puede estarlo la industria endógena o el desarrollo propio de ciencia y tecnología (mucho menos hay desarrollo de instituciones socialistas ni nada que se le parezca; de aquel leve soplo de los años 70 no queda nada).

2. Se trata de la lucha de pueblos oprimidos durante más de un siglo por el colonialismo imperial de las potencias occidentales sobre la región que fue el origen de las tres grandes religiones monoteístas que tan importante papel han tenido en la cultura occidental. Estos pueblos asentados desde hace milenios en una tierra desértica, tuvieron la fortuna, buena o mala según se mire, de tener en el subsuelo las mayores reservas mundiales de la sustancia que la segunda ola de la revolución industrial, alrededor de 1900, convirtió en la principal base material de la civilización tecnológica planetaria: el petróleo. Por esta razón se convirtió en escenario geopolítico clave y teatro de operaciones estratégicas para las grandes potencias, durante las guerras mundiales y la guerra fría. En la primera mitad del siglo XX el rol protagónico fue del Imperio Británico, y en la posguerra fueron las superpotencias URSS y EEUU. Pero tras la caída del muro, con EEUU como Hegemón y gendarme global, la polarización se ha dado entre una resistencia islámica que de alguna manera interpreta la identidad y la dignidad de esos pueblos humillados y el imperialismo en todas sus variantes y cuya punta de lanza es la política exterior de EEUU (o incluso desde antes con la revolución de los ayatollahs en 1979 y los talibanes en 1980, aunque estos inicialmente fueron apoyados por EEUU contra la URSS). Pero no es la política lo que prima, sino la economía. ¿Qué dios detrás de dios la trama empieza? Son los intereses del gran capital transnacional los que mueven los hilos. No sólo del negocio petrolero (caso familia Bush por ejemplo), también el negocio de las armas y todo lo que se mueve dentro del complejo militar-industrial. De ahí la aparente incoherencia de apoyar a Saddam Hussein y luego combatirlo, apoyar a los talibanes y luego enfrentarse con ellos, engendrar ciertos grupos armados y luego ver como estos, cual Frankenstein, escapan a la manipulación de sus gestores y vuelven sus armas contra el imperio. Esto ha sucedido una y otra vez, como bien sabemos en América Latina (por ejemplo, Noriega aquí al lado) y es muestra significativa de una lógica económica que subyace a la política exterior. OTAN, OCDE, G20, Davos, son la fachada visible del club. Y la ONU es un parque de diversiones. Dado que invertir soldados occidentales puede salir muy costoso políticamente, lo que hacen es armar a ambos lados y hacer que se maten entre ellos (fácil, pues los musulmanes empezaron a pelear entre sí apenas se murió Mahoma hace 1.400 años) o bombardear asépticamente “posiciones enemigas” y si caen civiles, niños, lo que sea, pues simplemente se trata de daños colaterales… qué se le va a hacer! La guerra allá lejos no es un problema para Occidente, al contrario, es un buen negocio. Lo malo es el “terrorismo” que se infiltra en la retaguardia y ataca en Europa o Norteamérica. En cualquier caso, para Occidente todo es aguantable menos una cosa: ¡quedarse sin petróleo! (al menos hasta que nuevas fuentes de energía reemplacen a los combustibles fósiles, lo cual sucederá gradualmente a lo largo de este siglo).

3. Todo este asunto se origina en el fanatismo religioso. Lo delata el método suicida de los atentados, por ejemplo. Sin mencionar que el propio discurso de ISIS o Al-qaeda así lo expresa con claridad meridiana: la yihad o guerra santa (muy distinta a la intifada de los palestinos). Los blancos de los golpes en Occidente no son militares, sino población civil, en particular la que expresa un pensamiento y un modo de vida contrario al dogma (recuerden Charlie Hebdo o la persecución a Salman Rushdie por sus obras literarias). Destruyen hasta reliquias milenarias de antiguas culturas de un valor histórico inapreciable. Prácticas brutales como la infibulación (diferentes cortes de labios vaginales y/o clítoris en niñas), la lapidación (muerte a pedradas de mujeres enterradas hasta el cuello… ¡culpables de haber sido violadas!), el uso de niños varones en la guerra, los castigos corporales, el degüello de los prisioneros sean militares o civiles, entre otras barbaridades, reflejan el irracionalismo que hunde sus raíces en la tradición religiosa, la cual no puede ser criticada o cuestionada ni en mínimo grado. Incluso un dibujo puede costarle la vida a una persona. La irracionalidad del dogma llevado a extremos radicales, el peso conservador de la tradición y la autoridad, imponen su imperio sobre las mentes alucinadas del rebaño y son capaces de reclutar hasta jóvenes occidentales descarriados. Quizás ese poderoso imaginario sea acicateado por actuaciones de Occidente, que personifica al demonio, pero ante todo estamos ante un claro fenómeno religioso totalitario que no sólo se opone a los valores políticos de la democracia sino ante todo a los valores culturales del modo de vida occidental que para ellos puede ser decadente, disipado, blasfemo, depravado, impío, como lo son para nosotros las barbaridades arriba mencionadas que violan los más elementales derechos humanos. Esto lleva a las estupideces posmodernistas enamoradas del relativismo cultural a ver una simetría que no existe, porque son incapaces de admitir el progreso en la historia humana. Pero en todo caso hay algo occidental que los yihadistas nunca rechazarán: las armas. Allí no hay relativismo.

4. Todo este asunto nada tiene que ver con la religión. Las apariencias engañan. El yihadismo no tiene que ver con el verdadero Islam. Estos “grupos terroristas” no son auténticos intérpretes de la religión que dicen profesar y la tergiversan por completo. La verdadera religión es ajena a toda esta violencia brutal. En esta tesis contraevidente confluyen de manera asombrosa los creyentes en las teorías conspirativas globales, los afines al Islam pero en versión moderada, los pro-israelíes (porque creen que la religión legitima a sus enemigos, ya que ellos también son teocráticos). Para estas dos últimas perspectivas se trata de unos locos, psicópatas, terroristas, salvajes (alguna explicación psicologista habrá). Y para los conspiretas son simples idiotas útiles, engendros manipulados como títeres por los grandes poderes que luchan por el predominio en el planeta, incluyendo sus aliados dentro del mundo árabe. Son vil carne de cañón del juego geopolítico, aunque a veces se salen del libreto, del control de unos y otros, como ahora cuando coyunturalmente ISIS ataca a Rusia y a Occidente, abriendo extrañamente dos frentes, en su plan de instaurar “el califato” en Siria e Irak.

Pseudoconclusión

Todos estos simplismos tienen una pizca de razón, aunque no exactamente en el mismo grado. Pero todos están equivocados, en especial en sus versiones más extremas y cuando excluyen las otras perspectivas. A veces hay conexiones o intersecciones entre los simplismos 1 y 3 o entre 2 y 4. Pero en general el problema de estos abordajes está en el “reduccionismo”, la visión unilateral o parcial, cuando solo se ven determinados aspectos del problema y de la historia, cuando no se miran todas las caras del poliedro.

Este escrito pretende invitar a una mirada multilateral y a un análisis integral. De seguro por este camino nos aproximaremos más a la verdad.

Epílogo

No tengo espacio ni tiempo aquí y ahora para desarrollar ese análisis complejo, que amerita la investigación y el acopio de mayor información, aunque el desarrollo de las discusiones en los diferentes escenarios permitirá tal vez ir dilucidando realidades. 

De todos modos, para no dejar mi posición sobre el tema en el aire diré, sin mayores sustentaciones presentes, que ni las potencias occidentales ni la religión islámica pueden ser eximidas de responsabilidades en este macro-conflicto, pues las tienen en alto grado, por razones históricas y actuales, intrínsecas a lo que son. Ahora bien, debo puntualizar dos cosas. Primero, yo defiendo la modernidad y sus logros, eso que llamamos progreso, aún con sus contradicciones y peligros. Y segundo, la ecuación “musulmán = terrorista” es falsa y peligrosa, e induce a la injusticia (es otra simplificación sesgada, ligada al simplismo 3). 

Pero por otra parte, me resulta absolutamente imposible identificarme con alguno de los actores en ese teatro de guerra, el Oriente Cercano, sean gobiernos o grupos armados, ni creo que una persona progresista pueda hacerlo coherentemente. Otra cosa es la solidaridad con los civiles, con las familias no combatientes, con la niñez que crece en ese fragor bélico y que ponen la mayor parte de los muertos como ha sucedido en todas las guerras posteriores a la primera guerra mundial. O con el deseo, ingenuo pero imperativo, de que no haya guerra. Frente al dolor o sufrimiento humano, nuestro compromiso solidario es indeclinable.

Y mínimos atisbos 

En el caso puntual de Israel y Palestina, a estas alturas del partido y aunque la creación de Israel haya sido una brutalidad imperial, la solución considero que pasa por la coexistencia de los dos estados, con una Palestina no segregada y no ocupada (lo que implicaría devolución de tierras). Pero mirados internamente, ambos estados distan de un ideal y tendrán que construir su propio camino, ojalá con reemplazo de las dos fuerzas extremistas y polarizantes hoy en el poder en cada uno de ellos.

En el caso de los kurdos me simpatiza su lucha por la independencia, pero qué sabe uno de las alianzas y las facciones que se mueven en ese mar revuelto. Es lo mismo que la “primavera árabe” que uno ve desde la distancia con débil optimismo, pero no logramos enfocar el mapa real. Ni que decir de Siria que tiene a un gobierno laico pero opresivo, apoyado por Rusia, una insurgencia apoyada por Occidente, a ISIS, a los Kurdos, en un tinglado intrincado, y cuyo resultado patente es la destrucción del país. Aunque ya vimos a Líbano, destruido en los 80, renacer de las cenizas y eso alimenta la esperanza. 

En Afganistán y en Irak la guerra y su negocio se extienden al infinito. Talibanes, Estado Islámico o Al-qaeda no representan nada positivo, pero ni la democracia se impone por decreto ni ese mapa tribal nos resulta entendible. Así que antes que democracia, la paz es el primer objetivo. Por eso la solución no puede pasar por el inhumano arrasamiento de la población sino por la ruptura de la cadena de suministro bélico. Son las armas estadounidenses, rusas y europeas las que abastecen a los distintos actores y mantienen la llama de la guerra. Lo que es claro entonces es que en los países occidentales debemos combatir el mercado de armas, empezando por EEUU, donde el partido republicano, cuya principal base social es también un fundamentalismo religioso retrógrado, es su principal abanderado y defensor. 

Por su parte, Persia (Irán) progresa en paz, pero los ayatollahs siguen ahí (estos son Chiíes, así que de seguro disfrutan viendo las guerras imperiales contra los suníes, pero son tan radicales en su imaginario premoderno como los yihadistas suníes).

Finalmente, el éxodo masivo de África y de Siria hacia Europa, es otro fenómeno complejo. La pregunta de “¿por qué hacia Europa?” puede parecer xenofóbica, pero es legítima. ¿Hay un tráfico de personas? ¿hay intereses políticos? ¿quién mueve los hilos de esas oleadas o es que de verdad son espontáneas? También aquí la solidaridad con las víctimas prima y observamos con horror todo el sufrimiento humano que conlleva. Pero hay que investigar a fondo, cosa que nuestros medios de desinformación jamás hacen en sus paquetes de noticias superficiales y fragmentarias. Las redes sociales también desinforman. Así que en medio de tanto ruido, compartamos los enlaces de las fuentes más serias y ecuánimes. Y sigamos conversando.