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domingo, noviembre 22, 2020

Los maximalistas


Un maximalista es alguien que tiende a ver la cosa política, la historia y la evolución social en blanco y negro, todo o nada.  No hay cambio, evolución, logro o reforma que los alegre, pues viven en la amargura de un mundo idealizado, una utopía que jamás se concreta. Bueno, al menos en los maximalistas de izquierda, que son los referentes de este escrito.

Por ejemplo, para un maximalista la derrota de Trump no tiene mayor importancia, pues para esta forma de pensar el partido demócrata y el republicano son la misma cosa.  No hay gran diferencia entre liberales y conservadores, muy a pesar de la intensa polarización de la sociedad estadounidense y la inmensa diferencia en la base social de ambos partidos y en sus políticas frente aspectos tan sustanciales como el cambio climático, la ciencia y la tecnología, temas sociales, tributarios, raciales o de género.  Para racionalizar esta idea que va contra la evidencia suelen hacer cherrypicking, seleccionando a conveniencia las más derechistas actuaciones demócratas a modo de prueba. A veces les toca ir muy atrás en la historia para buscar ejemplos que favorezcan su tesis, sin profundizar en esos casos ni analizarlos de manera integral.  Menos aún realizan un examen del proceso evolutivo de las agrupaciones políticas y sus proyectos políticos, como si los partidos y sus ideologías no cambiaran a través del tiempo. Si son ciegos a las diferencias entre los partidos o a los cambios a través del tiempo, mucho menos van a ver las diferencias dentro de cada partido.  Por ejemplo, da lo mismo Biden o Kamala que Sanders o AOC. 

En resumen, un maximalista es ciego a los matices y por eso sus “análisis” son simplones, sobresimplificaciones.

Este mismo tipo de visión la encontramos en otros temas.  Por ejemplo, la independencia frente a España por parte de los países hispanoamericanos no significó nada. Un simple cambio de amo. Y ni que decir de los procesos de descolonización en África y Asia tras la segunda guerra mundial.  Los maximalistas tienen mucho en común con los conspiranoicos.  Así como estos creen que un grupito de poderosos maneja el mundo, de similar manera, los maximalistas, cuando no son del todo conspiretas, creen que el imperialismo o el neocolonialismo es un poder absoluto, unificado, una opresión infinita que no deja margen de maniobra a las repúblicas ni a los pueblos. No hay contrapesos, ni matices, ni gradientes, ni complejidades en tales visiones absolutamente binarias, como si una nación-imperio, digamos Estados Unidos, no tuviera un pueblo en su seno y multitud de fuerzas y grupos diferentes en los aspectos político, ideológico, social, cultural.  

Los “decoloniales”, otro ejemplo, consideran a “Occidente” el mal absoluto, aunque en la vida personal gozan de sus logros, entonces dividen al mundo en dos: el norte malo y el sur bueno.  Porque todo maximalista es altamente vulnerable al maniqueísmo, precisamente como consecuencia de su ceguera ante los matices.  La mirada maniquea es la expresión moralista del maximalismo.

Para el maximalista la socialdemocracia y el neoliberalismo son casi la misma cosa, ya sea que se examine históricamente o en una coyuntura.  Logros como la Constitución de 1991 en Colombia son minimizados por los maximalistas y los cambios reformistas son menospreciados.  Debido a esa actitud terminan haciéndole el juego a las contrarreformas y ayudan al retroceso. Son funcionales a la derecha. Y además, con su ruido, confunden a las izquierdas y perturban los movimientos sociales que buscan reivindicaciones concretas.

El progreso científico y tecnológico, según ellos, no cambia nada, no es generador de cambios sociales, a pesar de ser la mayor fuerza transformadora de la historia de la sociedad humana.  Los grandes cambios en los modos de vida para ellos son superficiales o aparentes, pues en el fondo todo sigue igual, nada nuevo bajo el sol.  De ahí que no sea extraño que permanezcan fosilizados en el pensamiento, aferrándose dogmáticamente a doctrinas o teorías del siglo XIX.  Por ejemplo, este es el caso de marxistas de viejo cuño, tengan 20 o 70 años de edad, que se quedaron respirando en la atmósfera cultural de los años sesenta y setenta. Pero es seguro que no han leido “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo” de Vladimir Ilich Ulianov.  En la actitud maximalista se nota la pereza mental, el facilismo, el nulo esfuerzo por enfrentarse a la complejidad.

Pero el maximalismo no es una enfermedad infantil exclusiva de la vieja izquierda.  La supuesta “nueva izquierda” de carácter identitario la sufre quizás en mayor grado dado que está infectada de varios oscurantismos o anticientificismos.  El maximalismo daña los conceptos o categorías de análisis, pues los elastifica al máximo y los vuelven amorfos con el objeto de lograr que la realidad binaria que sus talanqueras les permiten percibir, quepa en ellos.  Por ejemplo, los significados de origen de conceptos como “fascismo”, “colonia” o “patriarcado”, languidecen cuando los inflan para abarcar los más diversos fenómenos.  Así termina sucediendo que tanto Suecia como Arabia Saudí son patriarcales, cualquier autoritarismo es fascista sin más, y por supuesto no hemos dejado nunca de ser colonias. 

La ideología radical liberal de la “corrección política”, con sus exageraciones que llegan hasta el absurdo o el ridículo, su “cultura de la cancelación” que atenta contra la libertad de expresión y su victimismo patético, expresa nuevas formas de maximalismos a tono con una mentalidad generacional pletórica de “ansiedad” y “depresión”.  Es la psicologización de la política en una extraña combinación de individualismo y totalitarismo.  Pero este nuevo fenómeno, desafiante y complejo, amerita un estudio más profundo y tendrá que ser objeto de otra mirada del Búho.

Ya seguiremos elaborando aportes en este proceso reflexivo sin fin.  Por ahora, te la dejo ahí.

miércoles, octubre 14, 2020

Trump, enemigo de la ciencia

Por primera vez en sus 175 años de historia, la prestigiosa revista Scientific American decidió apoyar a un candidato en el peculiar sistema bipartidista de EEUU (tan peculiar que en 2000 y 2016 ganó el que sacó menos votos).  El hecho es tan insólito que ha repercutido mucho más allá de sus siete millones de lectores.  Puede analizarse en el marco de la coyuntura electoral, pero su carácter extraordinario invita a una lectura más profunda del acontecimiento.

Scientific American, cuya edición en español se titula Investigación y Ciencia, no es cualquier revista.  Se trata de la publicación científica para público amplio más importante del mundo.  Es la cumbre del periodismo científico y en ella han escrito los científicos más brillantes de los últimos dos siglos. Actualmente pertenece a Springer Nature.

El pronunciamiento aparece en el editorial de octubre de 2020 divulgado esta semana y está firmado por los editores en pleno.  En él se evalúa a Trump y su gestión en relación con la pandemia, el sistema de salud, el cambio climático y la transición energética.  Asimismo se evalúa el programa de Joe Biden del Partido Demócrata en los mismos ítems.

Arranca diciendo que “la evidencia y la ciencia muestran que Donald Trump ha perjudicado gravemente a Estados Unidos y a su pueblo debido a su rechazo de la evidencia y la ciencia.  El ejemplo más desvastador es su respuesta inepta y deshonesta a la pandemia de Covid-19 que, para mediados de septiembre, ha costado la vida a más de 190.000 estadounidenses.  También ha atacado a las protecciones ambientales, al sistema de salud, a los investigadores y agencias públicas de ciencia que ayudan a este país a prepararse para sus mayores desafíos”.

El editorial abunda en ejemplos del manejo “catastrófico” de la pandemia por parte de Trump, incluyendo sus mentiras.  Frente a algo tan sencillo y básico como la utilización de mascarillas, el presidente activamente estimuló su no uso.   Su actitud de subestimar la pandemia en vez de controlarla y de ignorar el consejo de los expertos conllevó al rebrote con graves consecuencias económicas y sociales, como el desempleo. Trump mintió al público sobre la letalidad del virus propiciando riesgosos comportamientos de la ciudadanía y dividiendo al pueblo entre los que se toman en serio la amenaza y aquellos que se creen las falsedades del mandatario.  Más allá del virus, Trump ha tratado de eliminar la Ley de Asistencia Asequible y Protección al Paciente sin ofrecer alternativas, ha propuesto recortes multimillonarios a los institutos nacionales de salud, la Fundación Nacional para la Ciencia y los centros de control y prevención de enfermedades.  Así como ataca al sistema de salud ha presionado para eliminar las regulaciones de salud de la Agencia de Protección Ambiental para mayor riesgo de la gente y ha reemplazado a científicos con representantes de la industria en las juntas asesoras de la agencia.  Con su negacionismo del cambio climático Trump ha obstaculizado todo lo que apunte a su mitigación.

En contraste con las duras criticas al aspirante a repetir período, el editorial analiza positivamente el programa de Biden.  Dice que el candidato demócrata, que derrotó a Bernie Sanders en las primarias, “viene preparado con planes para controlar el Covid-19, mejorar el sistema público de salud, reducir las emisiones de carbono y restaurar el rol de la auténtica ciencia en la gestación de políticas públicas”.  Las propuestas de Biden se fundamentan en el conocimiento de expertos, como David Kessler, quien fue director de la FDA, Rebecca Katz, especialista en inmunología de la Universidad de Georgetown University y Ezekiel Emanuel, bioeticista de la Universidad de Pennsylvania. No incluye a médicos que creen en extraterrestres o en falsas terapias desenmascaradas por la ciencia y que Trump tanto elogia.

Los editorialistas de la revista destacan diversos aspectos de las propuestas de Biden en salud, política social y medio ambiente.  En este último tema vale la pena detenerse, pues tiene implicaciones para el resto del planeta.

Biden, dice la revista, planea planea invertir dos billones de dólares en el sector energético libre de emisiones, construir estructuras y vehículos con uso eficiente de energía, impulsar la energía solar y eólica, establecer agencias de investigación para desarrollar la energía nuclear segura y tecnologías de captura de carbono, entre otras acciones.  La inversión generará dos millones de empleos y el plan se financiará –en parte- eliminando los recortes de impuestos con que la administración Trump benefició a las corporaciones.  El 40% de estos desarrollos de infraestructura y energía beneficiarán a comunidades historicamente desfavorecidas.  El editorial reconoce que la implementación de algunos de estos programas del candidato demócrata dependerán de sortear el camino legislativo.

Finalmente el editorial advierte que “Trump y sus aliados” (nótese que se cuida de no mencionar al Partido Republicano como tal) han tratado de crear obstáculos para la votación de noviembre, por lo que invita a los ciudadanos a superar esas trabas y votar.  Y remata: “Es tiempo de sacar a Trump y elegir a Biden, quien tiene una trayectoria de respeto a los datos y a la ciencia”.

Este texto muestra a una sociedad polarizada entre la ciencia y la anticiencia, un fenómeno que de manera menos aguda se manifiesta también en Europa y América Latina.  Lo vemos en Bolsonaro en Brasil y en el anterior gobierno del PP en España.  Pero también en otros partidos y gobiernos, incluso en algunos de izquierda.  Derechas como la trumpista, la uribista o la de Bolsonaro se nutren de oscurantismos religiosos, conspiranoicos y pseudocientíficos.  Pero otros oscurantismos han infiltrado a las izquierdas a partir del posmodernismo, por ejemplo, el construccionismo social y el decolonialismo antioccidental.  Y nunca faltan los que se creen de izquierda pero tragan entero las “teorías conspirativas”, las supersticiones “ancestrales” y las pseudociencias que posan de alternativas al gran capital.

Coletilla: la lección para nosotros es que la educación para la democracia y la educación científica de calidad son una sola.  Con esa premisa debemos repensar una reforma educativa en Colombia.

Publicado el 18 de septiembre de 2020 en mi columna Buhografías en el portal El Unicornio

domingo, julio 19, 2020

Tres casos de conspifarsa desenmascarados


La conspiranoia es una industria que produce ganancias multimillonarias y desde el punto de vista ideológico es funcional a la extrema derecha a pesar de su superficial apariencia antigubernamental que engaña a mucho votante de izquierda confundido.  En las dos anteriores columnas abordamos el discurso paranoide del “Nuevo Orden Mundial” y algunos aspectos psicosociales del creciente y peligroso fenómeno conspiranoico.  Ahora, tal y como lo prometimos, analizaremos casos concretos para desenmascarar lo qué hay detrás.

Caso Mikovits.  

El 14 de abril, en pleno ascenso de la epidemia en EEUU, es lanzado en Amazon un libro con el atractivo título de “Plaga de corrupción”.  Sus autores son dos controvertidos personajes: la excientífica Judy Mikovits y el escribidor de libros rápidos y venta fugaz, Kent Heckenlively.  El prólogo lo escribió Robert F. Kennedy Jr.  Unas tres semanas después, el 4 de mayo, es lanzado el video, que es un anticipo de un futuro documental también de nombre sugestivo, Plandemic.  En el video de 26 minutos el cineasta Mikki Willys entrevista a Mikovits y pronto se vuelve viral, millones lo comparten por las redes y así catapulta las ventas del libro.  Una operación redonda.  Pero, ¿quiénes son estos personajes y cuál es el problema con estas publicaciones?  

Robert Kennedy es el hijo del asesinado Bob Kennedy y sobrino de JFK, quien se ha vuelto activista líder del movimiento antivacunas, aprovechando la fama de su familia, y es crédulo en la tesis pseudocientífica y meramente especulativa de la vinculación entre vacunas y autismo.  Esto llevó a varios miembros de la familia Kennedy a descalificarlo públicamente, en mayo de 2019, como un peligroso desinformador. Ver aquí.

Kent Heckenlively es empleado del senador republicano de Kentucky, Rand Paul, un libertarian, de extrema derecha conservadora, hijo de otro antiguo senador. En 2016 Paul pretendió lanzarse a la presidencia, por lo cual Heckenlively publicó el libro propagandístico Rand Paul for President, 16 reasons. 

Mikki Willys es un multimillonario productor de cine, dueño de Elevate Films, que ha hecho videos sobre temas esotéricos espiritualistas y de pseudoteorías conspirativas.  Está vinculado a la secta religiosa Falun Gong y al grupo editorial The Epoch Times, que financia a Trump y a otros políticos de derecha en EEUU y Europa, así como grupos clandestinos aparentemente religiosos en China.  No es extraño entonces que este negocio editorial apoye también el movimiento antivacunas.

Judy Mikovits es una científica del montón, con apenas 40 publicaciones a pesar de su edad madura, y que de repente, en 2006, se convierte en la directora de un nuevo instituto de investigación muy bien financiado y enfocado en una rara enfermedad llamada “síndrome de fatiga crónica” (CFS por su sigla en inglés).  El Whittemore Peterson Institute fue creado en 2005 en Nevada por el médico Daniel Peterson, pionero en investigar CFS y cuya vida profesional gira alrededor de ese síndrome, y el abogado, negociante y cabildero de las industrias del juego, el alcohol y el tabaco Harvey Whittemore, quien tiene una hija con CFS.  Peterson se retiró del Instituto en 2010 y Whittemore terminó preso en 2013 por algunos negocios, pero los hechos claves relacionados con Mikovits sucedieron entre 2009 y 2011. Todos ellos creían en la CFS y en la hipótesis de que un virus era el causante de esa condición de salud, específicamente el virus del ratón llamado XMRV.  La investigación dirigida por Mikovits pareció lograr un gran éxito cuando la revista Science, la mejor de EEUU y la segunda mejor del mundo, aceptó publicar un artículo en 2009 con los resultados. Pero la victoria duró poco.  Una característica de la ciencia es que los experimentos deben ser replicables.  Nuevas investigaciones probaron que el XMRV nada tenía que ver con CFS y que tal virus había sido creado por recombinación en un laboratorio en 1993 y luego había contaminado las pruebas en la investigación de Mikovits.  Se le exigió hacer retractación del artículo como es habitual, pero ella tercamente se negó. De todos modos el artículo de la investigación defectuosa fue retirado. La revista Science elaboró un completo reporte del caso titulado Falso Positivo, que ganó un premio de la Sociedad Estadounidense de Microbiología.  En resumen, la investigación de Mikovits fue un ejemplo de mala ciencia, un trabajo deficiente.

Pero la película no terminó allí.  El fiasco generó graves conflictos en el Instituto.  Petersen se retiró en 2010.  Mikovits fue despedida y posteriormente fue acusada y enjuiciada por robar información y materiales cuando se fue del instituto en 2011.  Por estas acusaciones de “ladrona” interpuestas por sus antiguos empleadores terminó en la cárcel, no por el artículo o por su negativa a retractarlo, como bien señala Science. Con su carrera profesional destruída y aún con su situación jurídica irresuelta, Judy Mikovits supo “reinventarse” de manera muy lucrativa como “víctima perseguida por la Big Pharma” y “campeona anticorrupción”, idolatrada por grupos conspiranoicos y del movimiento antivaxxers (antivacunas), y autora inescrupulosa de libros inundados de falsedades.

Así como sus libros, el video está lleno de falsedades, empezando por estupideces flagrantes como afirmar que “el uso de masacarilla activa el virus” o aducir que el novel coronavirus debe ser artificial porque su producción por evolución natural tendría que durar mínimo 800 años, algo que haría carcajear a un virólogo. Sobre el origen del nuevo coronavirus ver aquí. Dice además no ser antivacunas a la vez que despotrica contra ellas.  Si usted, amable lector, quiere ampliar sobre los errores y mentiras del video puede leerlo en El Tiempo y en esta excelente página especializada en cazar bulos y magufos.

En el curso de la presente pandemia he investigado otros casos como el de Mikovits, pero no hay espacio en una columna para detallarlos. Muchos con origen en EEUU, pero también en España y Latinoamérica. Por ejemplo, uno que engrupió a más de un izquierdista colombiano fue el artículo de Antonio Martínez Belchi titulado El Covid y el problema de la verdad publicado en El Manifiesto y que parece inpirado en el Código Da Vinci.  El escrito trae una parafernalia de especulaciones, utilizando simples coincidencias, para nada improbables, o símbolos con la supuesta función de claves secretas, como si fuesen evidencias de misteriosas conspiraciones. Al investigar al autor se encuentra que tiene vínculos con el ascendente partido de la derecha española Vox y con grupos religiosos conservadores y franquistas como la Hermandad del Valle de los Caídos y Hermandad de la Santa Cruz (anti-Bergoglio). Martínez publica en medios del ultraderechista Julio Ariza (ante PP y ahora de Vox) y en la revista Altar Mayor. Por su parte El Manifiesto pertenece a Javier Ruiz Portella, un escribidor condenado por haber plagiado a Francisco Rico como informa El País. En resumen, toda esta industria editorial de desinformación tiene una línea política e ideológica ligada al PP, Vox, franquismo, catolicismo ultraconservador, revisionismo histórico español, exiliados cubanos anticastristas (como Zoe Valdés).  Ruiz Portella también tuvo conexión en alguna época con el colombiano Álvaro Mutis. 

En esta proliferación de nuevos medios de comunicación online hay uno colombiano llamado Informativo G24, que se presenta como un canal de “análisis geopolítico”, pero cuando uno ve sus programas se da cuenta de inmediato y sin mayor esfuerzo que está plenamente dedicado a la difusión de todo un estrafalario sancocho conspiranoico: 5G, vacunas, chips espías, Bill Gates, George Soros, OMS, Big Pharma y la pandemia como un plan diabólico para destruir la economía e impedir la reelección de Trump.  Este canal sale por youtube, pero también se transmite por Colmundo Radio en Colombia.  Está dirigido por la colombiana Sandra Valencia, quien ha sido periodista de Teleantioquia y al parecer tiene base en Miami.  La línea política es claramente de derecha, pro reelección de Trump, anticastrista y al igual que el uribismo sataniza a la izquierda a través de etiquetas como Foro de Sao Paulo o Grupo de Puebla.  Asimismo atacan a Podemos y al gobierno de Venezuela.  Por ejemplo, en uno de los programas invita al chileno Arturo Grandón del Security College de Washington (conectado con sectores militares y policiales de América Latina), quienes dicen ser expertos en geopolítica e impulsan una comunidad de “analíticos” que aterrorizan con el cuento del “nuevo orden mundial” y hacen populismo anticuarentena de manera irresponsable. 
El punto central de todo este recorrido es el siguiente: ¿cómo es posible que personas adultas, votantes alternativos o de izquierda, antiuribistas, petristas, críticos del sistema, no sólo se traguen sin masticar el discurso conspiranoico originado en la derecha sino que además se conviertan en idiotas útiles difundiéndolo y hasta defendiéndolo? 

Una posible hipótesis, entre otras, es que buena parte de la base social electoral de las propuestas alternativas, que en 2018 sumó 8 millones de votantes, es no militante, individuos sueltos que no hacen parte de una organización política.  Estas “ciudadanías libres” no hacen parte de una célula partidista donde se discuta la realidad social, carecen de una prensa partidista de referencia, nunca han estado en cursos de formación política y tampoco tienen (porque no la hay actualmente) una teoría científica sobre la sociedad. Por tanto son revolcados por el huracán de desinformación que circula por las redes sociales con palabrería aparentemente contestataria y antisistémica. 

La paradoja de la izquierda colombiana es que, mientras en los años setenta tenía mucha cohesión ideológica, fuerte organización y pocos votos, ahora, en la era de las redes sociales, tiene un número apreciablemente mayor de votos pero al costo de una ínfima cohesión ideológica y muy débil organización.

Publicado originalmente en El Unicornio en junio de 2020

domingo, junio 21, 2020

Conspiranoicos al gratín (primera parte)


Como si fuera poco todo lo que ha sucedido en 2020, este mes de junio nos depara un extraordinario fenómeno astronómico que tendrá un fuerte impacto sobre el planeta.  En pleno solsticio de verano del hemisferio norte, el 21 de junio, se producirá un raro eclipse anular de sol, y debido a una tormenta solar habrá tres días de oscuridad en todo el mundo.  Este extraño fenómeno producirá intensas auroras boreales y afectará la ionosfera, lo cual podría dañar los satélites, interrumpir las telecomunicaciones y afectar aún más la economía, ya de por sí deteriorada por la pandemia.  Esta noticia científica (ver NASA) no ha sido divulgada por los medios de comunicación, pues los gobiernos temen que el pánico cause desórdenes y caos en las calles.

Si usted, estimado lector, se tragó el cuento del párrafo anterior, sintió miedo o al menos le generó alguna duda, significa que pertenece a la población vulnerable a la pandemia conspiranoica.  Si le produjo risa, o al menos una sonrisa, usted es un lector crítico que ya tiene antígenos contra la infección de fake news y “teorías conspirativas”.  En el ejemplo de arriba el veneno está en “los tres días de oscuridad”, una simpática profecía religiosa, algo que un bachiller sabe que no puede ocurrir (¿o será que no lo sabe?). Tampoco se pueden predecir las tormentas solares ni éstas tienen que ver con eclipses, un maravilloso fenómeno que no implica peligro alguno.

El lector crítico también sonreirá con sano escepticismo ante las siguientes preguntas: ¿Es real el SARS-CoV-2? ¿es de origen artificial? ¿se trata de una guerra biológica? ¿existe la Covid19 o es un invento? ¿es la pandemia un macabro plan para un “nuevo orden mundial”? ¿o una trama para vender una vacuna o para dominarnos con un chip o para matarnos con la 5G?  ¿Las estadísticas de contagios y muertos por Covid19 son exageradas o por el contrario son minimizadas ocultando las verdaderas? ¿el dióxido de cloro (o cualquier otra sustancia) es la cura plena de la patología pero la Big Pharma quiere ocultarlo?  Ante tales preguntas la mente vulnerable mostrará cierta predisposición a creer que nada es por azar y que todo obedece a un plan urdido por los malos contra los buenos.  Y tenderá a exagerar las capacidades de la ciencia o a subestimarlas, según conveniencia, con tal de ver confirmado su prejuicio.

¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?, preguntaba Marx, no Carlitos, sino Groucho.  La broma tiene carga de profundidad.  Ilustra perfecto la hazaña de los siglos XV al XVII, cuando un puñado de empiristas se rebeló contra el argumento de autoridad y el dogma, pariendo lo que se conoce como la revolución científica.  Pero el asunto no es tan sencillo.  Durante miles de años los humanos fueron terraplaneros, en perfecto acuerdo con lo que los ojos mostraban.  Probar la redondez de la Tierra, como hizo Eratóstenes hace 2.300 años, exigió observar mejor, no agudizando la vista sino el pensamiento, pues había que mirar y medir sombras y hacer cálculos. 

En los últimos 500 años se probó hasta la saciedad la redondez de la Tierra como verdad objetiva.  ¿Cómo es posible que haya en la actualidad creyentes en la planitud del planeta?  El lector podría hacer el mismo ejercicio que realicé para dilucidar este asunto.  Entrevisté a estudiantes universitarios y los desafié a refutar la tesis terraplanera sin ayuda de google.  La mayoría no pudo ofrecer argumentos experimentales que se basaran en última instancia en sus propios ojos. En otras palabras, habían pasado por la escuela y aprendido que la Tierra es redonda o esferoide de una manera dogmática.  O como diría un fanático terraplanero, “fueron adoctrinados”. 

Y esa no es la única falla del sistema educativo.  Antes del presente siglo los niños tenían un escaso acceso a la información y el conocimiento.  La mayoría no tenía enciclopedias en sus casas y las bibliotecas en los colegios, si acaso existían, eran pobres en contenido.  Hoy llevan en el bolsillo mucha más información y conocimiento que la mejor equipada de las bibliotecas de antaño.  Pero en ese mismo bolsillo hay toneladas de basura, desinformación, mentiras y estupideces de toda índole.  Y mientras la buena información hay que buscarla activamente, la desinformación te llega sin esfuerzo gracias a las redes sociales, que se parecen a los arroyos de Barranquilla cuando llueve y arrastran cualquier cantidad de basura que gente irresponsable arroja en ellos.  Tanto que se precia el Ministerio de Educación de la enseñanza por competencias y los estudiantes no aprenden la más básica de todas en el mundo actual: saber filtrar la información, distinguir el grano de la paja.

Estas dos falencias, la enseñanza dogmática y la incapacidad de filtrar la buena información, son sólo ejemplos de una problemática más general del sistema educativo: no hay enseñanza – aprendizaje de pensamiento crítico.  Y si no hay pensamiento crítico, no hay ciudadanía.  En tal caso somos súbditos de la confusión, fácilmente manipulables, animales hackeables, rebaño sin inmunidad.  Ese es el caso del conspiranoico común, cuyo perfil psicológico es el de un crédulo que se cree incrédulo.  Por eso no suele ser creyente de una sola “teoría conspirativa”, sino de muchas. 

Empecemos por diferenciar dos tipos de conspiranoicos: el productor y el receptor.  Mientras el receptor es un ingenuo que no sabe que lo es, el productor es probablemente un avivato que saca ventaja de la ingenuidad de una audiencia y se lucra con ella.  Suele suceder que el conspiranoico productor de “teorías conspirativas” es un cínico que ni siquiera cree en ellas, pero aún si se cree su propio cuento, al menos es evidente que hay una racionalidad económica detrás y, a veces, política.  En contraste, el conspiranoico común es un receptor crédulo y un replicador acrítico, y como todo alienado juega para el equipo contrario al meterse un autogol.

Otra distinción es entre conspiranoias absurdas y plausibles.  Lo que caracteriza la conspiranoia no es lo estrafalario de la creencia, que es algo sólo aplicable en algunos casos, sino la narrativa del ocultamiento adrede, la conspiración, y el acto de fé en esa narrativa con independencia de las evidencias.  ¿Y acaso no existen conspiraciones reales? Claro que sí, pero el secreto sólo es posible en un número bajo de personas afines, las conspiraciones reales son puntuales, no perduran en el tiempo a través de décadas o generaciones, y son vulnerables a la investigación desde múltiples ángulos institucionales y geopolíticos. Los engaños masivos, como la religión o ciertas ideologías políticas, no son fenómenos que se expliquen como una conspiración.  El traje invisible del emperador es psicología de masas.

Creer que el virus no existe o que la pandemia es un invento es absurdo, pues choca de frente contra todo conocimiento geopolítico y sociopolítico, así que se cae de su peso de entrada.  Pero creer que el virus salió de un laboratorio por algún problema de bioseguridad o que podría ser un artefacto, es decir, un virus modificado técnicamente tiene cierta plausibilidad y merece ser investigado.  El problema del conspiranoico es que no investiga sino que prejuzga, llevado por su pereza mental y compulsión de sospechar, y de ahí en adelante opera el sesgo de confirmación y se hace refractario a toda evidencia contraria que sea producto de investigaciones serias.  Prefiere creerle a un youtuber que a Nature. Su afán no es conocer la verdad objetiva sino confirmar su prejuicio a como dé lugar.
Algunas conspistorietas son inocuas, estrafalarias y hollywoodenses, como la invasión de los reptilianos, los extraterrestres del Área 51 o el lunático montaje de los alunizajes.  Pero hay otras que se basan en el temor a nuevas tecnologías desconocidas, exagerando sus riesgos o inventando efectos inexistentes.  El problema en estos casos es que el ruido paranoide entorpece la deliberación pública racional y basada en evidencias.

En la primera mitad del siglo XIX se temía la velocidad de los trenes y sus posibles efectos en la salud, pese a que no rebasaba los 50 km/h.  Hoy esa historia da risa.  También sucedió lo contrario.  Por ejemplo, la pintura undark, que era radiactiva no generó desconfianza y se puso de moda en 1917.  Se la untaban hasta en uñas y dientes.  Una moda letal.

El riesgo tecnológico siempre debe investigarse y evaluarse.  Hay una larga historia de tecnologías perjudiciales para la salud y el medio ambiente, empezando por el uso de los combustibles fósiles.  ¿Cuántos muertos y heridos genera la industria automovilística por accidentes y contaminación local y global?  Pero las sociedades definen su cuota de riesgo aceptable y prefieren no prescindir de tecnologías útiles o cómodas. 

En la “guerra del ozono” entre 1974 y 1980 los científicos críticos de la industria de aerosoles y refrigeración tuvieron razón sobre el efecto de los gases CFC.  Y la historia también le dio la razón al científico Claire Patterson en su lucha contra el plomo en la gasolina (ver episodio 7 de la serie Cosmos, segunda época), el mismo elemento que había envenenado a los romanos con sus plomerías. Otro caso es el asbesto usado en la construcción y cuya prohibición en Colombia fracasó 7 veces en el Congreso hasta que por fin se aprobó en 2019 gracias a la presión ciudadana y las recomendaciones de la OMS.  Pero en todos esos casos son científicos los que prueban el efecto nocivo, no youtubers ni influencers, ni autores de libros con hambre de ventas. 

En contraste, el resultado evaluativo de las investigaciones científicas sobre la relación entre vacunas y autismo es negativo, el proyecto HAARP no tiene ni el poder ni la peligrosidad que se le atribuye y los chemtrails son completamente inocuos.  También ha salido negativo el estudio sobre posibles efectos nocivos de antenas y torres electrícas.  Y con las 5G, una tecnología nueva que nada tiene que ver con la pandemia, las investigaciones están en curso sin que hasta ahora haya señales de algún efecto nocivo.  Sin embargo, debe investigarse más, no sólo en el aspecto físico y sus efectos en salud, sino sobre todo en las implicaciones sociales y políticas de la integración de un conjunto de tecnologías informáticas: lA, internet de las cosas, Big Data, robótica.

El campo de las llamadas “medicinas alternativas” es otro terreno fértil para “teorías conspirativas” estafadoras, que en este caso se mezclan con pseudociencias, un fenómeno diferente que tendremos que abordar en otra ocasión. 

En la segunda parte (próxima columna) desnudaremos algunas teorías conspiranoicas sobre la pandemia actual que se volvieron virales en 2020.  Mostraremos cómo se originan en grupos de extrema derecha asociados a sectores religiosos y militares. Y analizaremos por qué personas de izquierda tragan entero estas publicaciones y se convierten en idiotas útiles de la derecha al multiplicar su difusión.

sábado, junio 06, 2020

¿Nuevo orden mundial?


Si buscas en google la frase entrecomillada “nuevo orden mundial”, ¿Cuántos resultados crees que salgan?  En español hay alrededor de 4 millones.  Pero si buscas “New World Order”, puedes llegar a los 20 millones.  Sería interesante haber hecho este ejercicio una vez al mes desde enero, pues creo que la cifra se ha disparado y así podríamos corroborarlo.  En todo caso la frase está de moda en las redes sociales, pulula por doquier, casi siempre asociada a un discurso conspirativo simplón, que raya en el delirio de persecusión y el victimismo, y se basa en la ignorancia. Su entrada en wikipedia advierte “no se debe confundir con la conspiración judeo-masónico-comunista internacional”.  Parece un chiste.  

El concepto serio de “nuevo orden mundial” es antiguo en geopolítica y en historia.  Por ejemplo, en 1945 aparece un nuevo orden mundial como resultado de la guerra que involucró a todo el hemisferio norte, generando una correlación bipolar de superpotencias en permanente guerra fría y poco después surge la ONU y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Hay también una nueva dinámica económica, con fuerte rol del estado en inversión y regulación, y un enfoque keynesiano en la política, lo que llevará a un gran crecimiento en la riqueza material y a un tipo de democracia social conocida como estado de bienestar.  Y en el otro polo se consolida un modelo de socialismo de estado en el bloque soviético que, sin embargo, se derrumbaría 45 años después, con lo cual tenemos otra vez un nuevo orden mundial en 1990.  Este tema lo tratamos hace poco en una columna anterior y lo profundizamos en este video.

No toda crisis por profunda que sea es capaz de producir un nuevo contexto de poder entre las naciones y las ideologías.  Por ejemplo, hace un siglo tuvo lugar la Gran Guerra Europea que ahora se conoce como “la primera guerra mundial” y al final de esos cuatro terribles años se produjo una revolución anticapitalista en el país de mayor tamaño y luego una pandemia de influenza que causó más muertos que la propia guerra.  Sin embargo, no surgió un nuevo orden mundial.  En el marco del Tratado de Versalles se creó la Sociedad de las Naciones que se proponía establecer las bases para la paz duradera a partir de una reorganización de las relaciones internacionales.  Mas no hubo tal.  Por el contrario, hubo más de lo mismo y hasta peor, como lo evidencia el hecho de la crisis económica de 1929 y la siguiente guerra de mayor escala.      

En 2020 enfrentamos una pandemia más global que cualquier otra.  En un contexto totalitario la economía seguiría funcionando así murieran algunos millones de personas.  Que de forma intencional se haya frenado parcialmente la economía como estrategia de defensa anticontagio, es un indicador de que el valor democrático de la vida se impuso a los intereses de los negocios (aunque fue evidente que gobernantes populistas como Trump, Bolsonaro y Johnson lo hicieron a regañadientes y con deficiencia). ¡Es una victoria democrática! 

La emergencia ha demostrado de manera contundente el desastre social y ambiental que ha generado la hegemonía neoliberal y su fundamentalismo de mercado durante los últimos cuarenta años en gran parte del mundo.  El sector público de la salud fue desmantelado.  El sistema educativo ha fracasado, arrodillado al pensamiento mágico y la fragmentación del saber. El empleo se ha hundido en el pantano de la inestabilidad, precariedad e informalidad debido a la política de “flexibilidad laboral”.  La desigualdad y la miseria se han incrementado.  La investigación científica se ha desfinanciado, debilitando su infraestructura.  El efecto invernadero, la pérdida dramática de biodiversidad y la acidificación de los océanos se han desbocado y amenazan la supervivencia de la civilización.

Es entonces el momento de reclamar masivamente el regreso del estado social remasterizado y la economía mixta, el fortalecimiento de lo público, el despliegue de nuevas y audaces formas de política social incluyente, como la renta básica universal.  Que vuelva Keynes, que venga la vieja socialdemocracia, dirán algunos.  Que resucite el liberalismo social, dirían otros en Colombia.  Sí, hay que aprender las lecciones positivas del pasado, pero hay también nuevas ideas que se pueden conjugar creativamente, nuevas opciones como la propuesta por Thomas Piketty, por ejemplo.  Ese es el nuevo orden mundial que necesitamos, un orden postneoliberal, con raigambre social.  Y en eso es que deberíamos estar pensando.

El Estado de Bienestar ha sido la mejor forma de sociedad jamás construída, probada en la realidad de los hechos durante décadas y debe resurgir repotenciado, actualizado a la altura del siglo XXI, dotado de una política antropocénica para enfrentar el cambio climático.  En Colombia lo llamamos Estado Social de Derecho y lo han venido desmontando desde 1993, cuando de lo que se trata es de profundizarlo.  No hablamos de resistencia, sino de construcción de futuro para todos.  La reivindicación del Estado Social de Derecho, columna vertebral de la Constitución del 91, no será el fruto espontáneo de una crisis pandémica, sino el objetivo de un movimiento multitudinario de los trabajadores, que somos todos los empleados profesionales o no profesionales, los desempleados, los subempleados, los informales y los rebuscadores.  

El nuevo orden que soñamos tendrá que ser necesariamente implacable contra la corrupción.  La clase politiquera se ha apropiado del estado y lo ha podrido de corrupción con un beneficio doble: se enriquecen con la contratocracia y logran desprestigiar lo público para que la gente no crea en ello y vea la privatización como la salvación.  Con cara ganan ellos y con sello también.  Entre el neoliberalismo que debemos sepultar en el pasado y el futuro estado social, se levanta la barrera de la corrupción.  Contra ella lo hemos intentado casi todo, excepto la pena de muerte.  Es hora de considerar esa opción, ¿no les parece?

No es eficiente la deliberación racional sobre un nuevo orden mundial liberador y postneoliberal, como propuesta política progresista, mientras los fanáticos de las llamadas “teorías conspirativas” generen tanto ruido desorientador con su alborotada paranoia de un imaginario “nuevo orden mundial” opresivo, sin fundamento geopolítico ni tecnocientífico alguno.  Estos idiotas útiles, alebrestados por el confinamiento y el auge de las redes sociales, hacen eco a Trump y sus trinos descabellados, con un sancocho contradictorio de insensateces que simplifica a niveles absurdos y ridículos la situación que vivimos.  Según ellos la pandemia es un engaño, totalmente inexistente, o tal vez sí existe, pero es un fenómeno artificial.  En cualquiera de los dos casos es un plan diabólico fabricado por…. ¿el partido comunista chino? ¿Bill Gates? ¿el Club Bilderberg? ¿Putín y Trump cogidos de la mano? ¿la Big Pharma?  ¿los judíos? ¿los Illuminati? ¿los bancos?  Tamaña inconsistencia se resuelve con una mágica frase evasiva: “la élite mundial”, un oscuro colectivo siempre indefinido, pero de alguna forma caracterizado por su perfecta unidad sin fisuras, su solidez a toda prueba, su fantástica cohesión y capacidad maquiavélica infinita.  Con su estéril sofisma de distracción los conspiranoicos son funcionales al sistema.  Por eso, la próxima columna va enfocada al análisis de este fenómeno psicosocial y a tratar de responder esta pregunta: ¿por qué tanta gente de izquierda traga entero teorías conspiranoicas que origina la extrema derecha?



Esbozo del perfil psicológico cultural del conspiranoico común


Material en construcción

PERFIL PSICOLÓGICO CULTURAL DEL CONSPIRANOICO MEMÉTICO

Grosso modo, el siguiente es el perfil del conspiranoico receptor:

·         Habla de élites dominantes pero nunca ha leído un libro o un artículo científico sobre economía oligopólica, concentración de la riqueza, historia económica o macroeconomía. Y menos aún ha investigado al respecto.
·         Habla sobre tecnologías para la dominación u opresión, pero nunca ha estudiado tecnología ni mucho menos la ciencia en la cual ésta se basa. Menos aún conoce la historia de las tecnologías.
·         Habla de geopolítica, pero ni siquiera es capaz de ubicar a Vietnam o Afganistán en un mapamundi sin letras. Ni es capaz de hacer un resumen de la primera o la segunda guerra mundial, ni sabe que era la Tricontinental. En su mente no está el mapa político ideológico de los partidos y fuerzas políticas y sociales de las potencias.  Y conoce muy poco sobre la ONU u otras entidades multilaterales.
·         Habla del “sistema”, “el poder” y “la dominación” en la sociedad, pero no ha leído a Marx, ni a Weber, ni estudia las ciencias sociales o la historiografía.
·         Habla contra la ciencia o temas relacionados con ciencias, pero no la estudia, ni es capaz de identificar científicos prestigiosos actuales, laboratorios o centros de investigación, publicaciones científicas y su historia.  Tampoco sabe cómo funciona la ciencia, ni desde el punto de vista sociológico ni metodológico.
·         Habla de “engaño”, pero no investiga las fuentes ni los intereses de los emisores de videos, libros y memes conspiranoicos.
·         Cree ejercer el pensamiento crítico pero no tiene ni idea qué es eso, cree que es igual a ser crítico o poner en duda todo “lo oficial”. No sabe lógica ni teoría de la argumentación, ni qué es una falacia, ni cuáles son los sesgos psicológicos más comunes.
·         El conspiranoico no tiene formación política o ideológica definidas, pero sí un popurrí de memes (en el sentido de Dawkins) en la cabeza, un sancocho de pedacitos de ideas variopintas.
·         Aunque cumpla en un alto porcentaje con la descripción anterior, un conspiranoico no tiene que ser un analfabeta o un ignorante.  Puede ser un profesional o un emprendedor o un rebuscador que conoce su oficio y que se desenvuelve de manera funcional en la vida económica y cotidiana.  Tiene una inteligencia inquieta, pero carece de referentes firmes (sean científicos, religiosos o ideológicos) y no tiene la humildad de reconocer su ignorancia en un tema, ni la entereza y honestidad intelectual de ponerse a estudiarlo con seriedad y rigor.
·         El conspiranoico no es un dogmático sino un confuso.  Absorbe creencias de todo tipo, a veces contradictorias entre sí, cuyo rasgo común paranoide es el secreto, el ocultismo, el engaño.  La frase típica del conspi, su lema de cabecera, es "¡nos están engañando!”.  Si le preguntas ¿quiénes nos engañan?, la respuesta es “Ellos”. Si insistes ¿quiénes son “ellos”?, apareceran etiquetas amorfas como “corporaciones”, “élites”, nombres de clubes o sociedades secretas famosas (irónico).
·         En el perfil del conspiranoico la creencia puntual no tiene que ser estrafalaria o disparatada.  Muchas veces la creencia es plausible, si se abordase como una hipótesis.  El problema de la actitud conspiranoica se observa en el abordaje del asunto en cuestión:
o   Sesgo de confirmación, de atención, de selección
o   No entendimiento de la aleatoriedad y la estadística
o   Terror a la disonancia cognitiva
o   Predisposición a confundir simbolismos con evidencias
o   Carencia de herramientas conceptuales para investigar la sociedad
o   Raigambre emocional en el miedo, el resentimiento, la desconfianza y otras emociones negativas
o   Sensación positiva agradable de autoestima exagerada   (a mí no me engañan)
o   Predisposición ansiosa a encontrar patrones sin la disposición correspondiente a pasarlo por el cedazo del examen probatorio (irrefutabilidad, hipótesis ad hoc)
o   Maniqueísmo de telenovela: el mundo se explica con malos y buenos
o   Es más vulnerable a creer en una teoría conspirativa quien ya cree en otra

miércoles, mayo 27, 2020

Locos demenciales y locos geniales


“¡Usted es pura teoría y nada de práctica!” me espetó el  extraño sujeto en medio del público que abarrotaba el recién creado Planetario de Barranquilla hace 25 años.  Yo acaba de terminar una charla sobre la vida extraterrestre, apegado por supuesto al rigor científico de la astrobiología.  A renglón seguido el mismo individuo me hizo una invitación, que parecía más bien un desafío: acompañarlo a un encuentro cercano de tercer tipo con seres extraterrestres.  El convite implicaba viajar varias horas en campero 4X4, por territorio paramilitar, hasta una zona rural desconocida por los lados de la depresión momposina.  Sobra decir que me perdí semejante experiencia maravillosa con alienígenas camuflados y probablemente alienados.  Bueno, por algo estoy aquí echando el cuento.  O quizás sí era un fanático de la ufología, un hobby inocuo que enriquece a unos cuantos y entretiene a una minoría de ciudadanos, para quienes, quizás, la vida cotidiana no ofrece demasiados incentivos y sienten un incontenible apetito por lo extraordinario.  Sueñan con ser parte de una aventura hollywoodense y pasear como turistas de negro en el Área 51.

El Planetario de Barranquilla fue inaugurado el 25 de mayo de 1995, así que desde acá aprovecho para cantarle el japiverdi por cumplir ¼ de siglo.  Hoy sigue funcionando y puedo decir con orgullo que es nuestro legado a la ciudad gracias al apoyo infatigable de la Caja de Compensación Combarranquilla.  No es entonces un mal momento para conocer su interesante proceso que puedes leer aquí.  Es parte de la historia cultural de Barranquilla y de la historia de la astronomía en Colombia, pues allí nació la RAC (Red de Astronomía de Colombia) el 18 de agosto de 1997.

Durante los años en que fui su director tuve la oportunidad de escuchar a muchos “locos” -no sé si quitarle las comillas- con las más estrafalarias teorías.  Hubo uno que “demostró” que el número pi no era el irracional 3,14159etc que todos conocemos, sino la raíz cuadrada de 10.  Curiosamente, la Biblia comete un error parecido en 1 Reyes 7:23 con pi = 3 = raíz cuadrada de 9, pero se le perdona por ser antigua y elaborada por escribanos de un pueblo de pastores.  Al desarrollar nuestro amigo su “demostración” había un paso que era en realidad un salto maromero.  Con serenidad y paciencia, Solín, los allí presentes le explicamos el error, pero no hubo poder sobre la Tierra que lo convenciera.  Para él, nosotros y miles de matemáticos, millones de científicos y millardos de Homo Sapiens estábamos equivocados y sólo él había descubierto la verdad de lo que probablemente era un engaño intencional de superpoderosos en las sombras.  No lo convencerían ni siquiera los legisladores de Indiana, en Estados Unidos, que en 1897 trataron de imponer por ley que Pi era 3,2.  Y como suelo decir, al estilo de Estanislao Zuleta, que “la verdad no es democrática”, él astutamente tomaba mis palabras para usarlas a favor de su original descubrimiento.  Después supe que era judoka.

En otra ocasión, un señor de avanzada edad se me presentó con un “libro” de su autoría, que en realidad era un cuaderno de gran formato, cuidadosamente manuscrito y dotado de hermosos dibujos hechos con lápices de colores.  El libro contenía su profunda teoría del universo y resolvía los grandes misterios de la vida.  Usaba un método semejante a ciertos filósofos racionalistas: deducir la verdad a partir de grandes principios irrefutables e indemostrables, pero evidentes según ellos.  Como prueba de la seriedad de su teoría exhibía un certificado que demostraba que una copia de su libro reposaba en la biblioteca del congreso de los Estados Unidos.  De los dibujos recuerdo una mata de plátano.

En el planetario hacíamos muchas actividades diversas, además de las funciones: concursos literarios, olimpiadas de astronomía, ferias de la ciencia y la creatividad, foros pedagógicos, cursos para niños, salidas de observación, eventos nacionales, muestras itinerantes, periodismo científico.  Pero lo que recuerdo con más cariño eran las tertulias científicas de los jueves, conferencias gratuitas multitudinarias, casi siempre salpicadas con los apuntes y gracejos del neurólogo Jorge Arregocés.  Los barranquilleros llenaban la sala hasta los topes con la mayor parte de la gente de pie, todo un fenómeno inusitado en Curramba la Bella, para que vean que no todo es carnaval. 

En varias ocasiones trajimos científicos colombianos de talla internacional como Sergio Torres Arzayús, quien hizo parte del proyecto COBE de la NASA que descubrió las anisotropías de la radiación cósmica de fondo, lo que mereció un premio Nobel a su director, George Smoot (quien por cierto menciona a Torres en su libro Arrugas en el tiempo donde narra esa hazaña).

Pues bien, uno de esos invitados especiales fue el ingeniero payanés Juan Pablo Negret, sobrino del famoso escultor Edgar Negret, y quien trabajaba en el Fermilab, el superacelerador de partículas subatómicas ubicado en las cercanías de Chicago, por los lados de Batavia.  Negret fue parte del proyecto que llevó al descubrimiento del Quark Top, que completó la base empírica del modelo estándar de la física cuántica.  Cuando estábamos cenando en el restaurante de Combarranquilla, le conté a Negret algunas de mis anécdotas con los “locos” que solían asistir al planetario.  Entonces me dijo unas palabras que quedaron grabadas en mi cerebro: “si esos locos se hubieran criado en otro contexto social, proclive a la ciencia, probablemente serían buenos científicos”.  Medité mucho esa idea. Colombia tiene talentos, pero los desperdicia, los malcría, los frustra, los enloquece. #literal.

En Colombia hay que crear uno, dos, tres, muchos centros de divulgación como este epicentro de la cultura científica que nació en el barrio Boston de La Arenosa, hace 25 años, donde quedaba Carlos Dieppa y compañía en la avenida 20 de Julio.  Para que nuestros locos geniales no se vuelvan locos demenciales, como decía mi primo Rodolfo.  Para que nuestros niños y niñas no crean que el máximo sueño es ser un Pibe Valderrama o una Shakira, y aprendan que también pueden ser un Torres, Negret, Llinás o, ¿por qué no?, una Goodall, un Feynman, Turing o un Einstein tropical.     

Publicado en El Unicornio el 25 de mayo de 2020



domingo, mayo 17, 2020

La obscena desnudez de la ciencia


En cuestión de cuatro meses la diva ciencia quedó en cueros, como la ausencia de Dios la trajo al mundo.  Un virus travieso y sin remilgos la exhibió in vitro, cual voluptuosa ninfa en el distrito rojo de Amsterdam.  Para muchos resulta desconcertante la obscena desnudez de la paradigmática, estereotípica y arquetípica fémina que en el imaginario popular viste siempre de bata blanca y gafas rojas, como parodiando a la Parody, pero sin acento gomelo.  Algunos, más creativos, la recuerdan en traje de exploradora, a lo Lara Croft, de aventura en aventura en el trabajo de campo, pero jamás desnuda como la petrista Amaranta Hank.

La biociencia suele ser una dama discreta y recatada, perfumada con aroma de laboratorio y maquillada en enigmáticas letras en recónditos proceedings de ISI y de Scopus. No una mujer pública, prostituída en redes, difamada en medios de desinformación, manoseada por pervertidos, y sometida a los bajos instintos de políticos ineptos.  Pero masas y gobiernos exigen preñez inmediata, embarazo corto, ecografía permanente transmitida en vivo y en directo por toda la infoesfera y parto feliz de rozagantes vacunas y tratamientos para espantar la peste vírica y que no cunda el paniqueo.

Se entiende la urgencia.  Una tasa de contagio alta sumada a una tasa de letalidad baja, pero significativa, producen un coctel viral que puede mandar a la nada absoluta a millones, quizás decenas de millones de personas.  En contraste, la gripe común, que aquí llamamos gripa, nojoda, apenas mata medio millón anual y la malaria sólo poco más de un millón de individuos de la subdesarrollada zona intertropical en ese mismo lapso.

Pero aquí interviene el abogado del diablo.  Somos tantos que, por espeluznante que parezca, la cifra más pesimista no llega siquiera al 1% de la humanidad (que serían unos 76 millones).  De hecho, cada año mueren 56 millones de personas y nacen más del doble, así que, ¿por qué tanta alharaca?  Sencillo: porque es una ruleta rusa dónde todos somos potencialmente vulnerables, una lotería macabra en la cual todos compramos boleto, seamos de la élite o de la plebe.  A diferencia del mucho más letal ébola o del VIH-Sida, la Covid-19 es una enfermedad de tan fácil transmisión que su contagio es a la larga inevitable, por lo que el confinamiento sólo sirve para ganar tiempo, evitar el colapso de los sistemas de salud y esperar que aparezca tanto vacuna como tratamiento por virtud de la gaya ciencia.

Y esto nos lleva de nuevo a madame Biociencia.  Colgada en el panóptico, sola en su candorosa desnudez, ya no medita en el amor como el rapado terruño acantilado del genial bizco de Cartagena.  Más bien corre en pelota como las chicas que hacían streaking en los estadios.  La muchedumbre esperanzada se desconcierta al observarla en trapos menores con discusiones y enredos, pues en la escuela les enseñaron una ciencia edulcorada, administrada en inconexas pastillas dogmáticas o vestida de etiqueta en impolutos libros de texto.  Nunca conocieron la ciencia real, la del debate ardiente, con sus batallas de argumentos armados de afiladas evidencias que hacen correr la sangre de hipótesis moribundas.  La crítica es la esencia de la ciencia -argumento va y argumento viene- hasta decantarse la verdad objetiva con el paso de los años, luego de miles de experimentos y pruebas.  Pero en la actual emergencia, tiempo es lo que no hay.

En el río revuelto del miedo y los afanes pescan los oportunistas y conspiranoicos.  Desde estafadores que venden dióxido de cloro, como otrora menjurjes de ganoderma o cualquier otra “droga milagrosa”, hasta premios Nobel que vociferan tonterías sin fundamento en su afán de recuperar el protagonismo que alguna vez tuvieron.  Las redes sociales resuenan con sus cámaras de eco y los medios, que jamás supieron cómo se hace periodismo científico, amplifican las mentiras, incrementando los decibeles de ruido.  Cierra ese telón y otea la siguiente entrada del blog: La guerra viral.

Publicado en elunicornio.co como primera parte de una columna doble el 10 de mayo de 2020 (aniversario 80 de la blitzkrieg y la llegada de Winston Churchill al cargo de Primer Ministro británico).

miércoles, agosto 14, 2019

¿Por qué es una estupidez creer en la historieta del supuesto montaje de los alunizajes?



Primero que todo aclaremos que no es privilegio de estúpidos creer en estupideces. Cualquier persona normal puede hacerlo sin mayor esfuerzo. Ni los títulos académicos, ni el talento para esto o aquello en la variedad de la vida económica, social y cultural, te vacuna contra la eventualidad de contraer una creencia virulenta de cepa conspiranoica o cualquier otra tontería por el estilo. Así que ten cuidado, pues actualmente esta plaga se ha vuelto epidémica.


Sobra decir que “estupidez” es un término coloquial, sin pretensión de precisión científica. Pero eso no te salva de padecerla. Esto se debe a que el animal humano tiene un cerebro lleno de atajos que conllevan sesgos psicológicos y falacias de razonamiento o argumentación. Se conocen no menos de cien tipos de sesgos y otro tanto de falacias. El paseo por el sistema educativo no te vacuna porque no se enseña pensamiento crítico en la escuela o la universidad. Precisamente el entrenamiento en pensamiento crítico consiste en adquirir capacidades de detectar y contrarrestar los sesgos y falacias. La lógica, la teoría de la argumentación y el conocimiento científico ayudan, pero el entrenamiento es práctica y más práctica. En los conspiranoicos abundan los sesgos de confirmación, atención selectiva, disonancia cognitiva, entre otros, que generan incapacidad en evaluar las pruebas. Incluso una prueba en contra de su tesis pueden verla a favor. Y no faltan las falacias y las mentiras ramplonas.


Si tú le dices a alguien que fuiste al estadio a practicar salto alto y que saltaste 1,50 metros de altura, y tu interlocutor te mira incrédulo y pone en duda que hayas realizado tal hazaña, seguramente le preguntarías, ¿por qué la duda? Entonces él te contestaría algo así como que sospecha que tú tienes intención de engañarlo, de ocultar la verdad. Y tú preguntarías entonces, ¿y cuál es esa verdad que quiero ocultar? A lo que él respondería: “¡en realidad saltaste 3 metros! Eso sería una gran sorpresa para ti y de seguro pensarías, “este tipo está loco”, pues no te cree lo fácil, pero te atribuye lo difícil. Qué digo difícil, más bien imposible, pues 3 metros supera las posibilidades humanas.


Pues bien, eso es lo que sucede con tonterías conspiranoicas como “no creas que la Tierra es redonda, en realidad es plana” o “no creas que los humanos viajaron a la Luna, en realidad hicieron un espectacular montaje”. La planitud del planeta o la loca idea de un lunático montaje hacen referencia a cosas totalmente imposibles. Y como decía Carl Sagan, ante hipótesis extraordinarias hay que exigir evidencias extraordinarias. Cuando pides evidencias a los conspiranoicos -en gracia de discusión- la pobreza de las respuestas es total, pseudoexplicaciones sin fundamento para envolver incautos que desconocen el tema. Y también hay opinadores que opinan por opinar, sin haber siquiera investigado lo más mínimo.


Un elemental conocimiento de astronomía te permite verificar la redondez del planeta. Por ejemplo, fácilmente podrías repetir el experimento de Eratóstenes efectuado hace unos 2.200 años. Y si viajas a latitudes norte y sur puedes comparar el cielo estrellado, las constelaciones. O puedes construir un péndulo de Foucault. Hay decenas de maneras de probar la redondez de la Tierra, pero dile a un bachiller o incluso a un profesional que lo haga y es probable que no sea capaz. Esto lo que revela es una enseñanza dogmática en las instituciones educativas. La gente aprende que la Tierra es redonda, pero no aprende cómo comprobarlo, sólo lo recita. Entonces cualquier engatusador con una “teoría” conspirativa sobre cómo “el poder”, “las corporaciones”, “los illuminati”, “el gobierno” o cualquier otro monstruo difuso, quieren engañarnos y adoctrinarnos, puede convencerlos fácilmente, aunque ni siquiera tiene sentido para qué carajo podría servir tal engaño. Ni el uribismo ni el trumpismo, por ejemplo, necesitan de terraplanismos ni montajes lunáticos viejos para joderte aquí y ahora.


De hecho, una de las características de estas creencias descabelladas es que son frívolas, inanes, irrelevantes, en el sentido de que la gente puede dizque asumirlas y seguir haciendo su vida normal, trabajando 8 horas al día y viendo deportes por televisión, de la misma manera que otros creen en seres imaginarios, en fantasmas u otras supersticiones. Estos temas se convierten en conversaciones de salón, dónde nunca falta el tipo que se las tira de “sagaz”, el “astuto” que “no traga entero”, “el que sí conoce la verdad”. Si acaso es sincero en su credulidad entonces se saborea en la “superioridad” del que está “despierto” mientras los demás somos “sonámbulos” o “colonizados”. De una década para acá este fenómeno se ha exacerbado, pues ya no son conversaciones de salón para hacerse el interesante, sino las redes sociales y sus viralizaciones masivas, pero igualmente superficiales. Este carácter frívolo que se le da al tema converge con la pereza mental y produce como resultado que la persona no investiga, no estudia, no experimenta, no digiere, no profundiza en el asunto. Todo se queda en un vacilón, pura inseriedad o ganas de joder.


Hace 50 años el mundo de la posguerra estaba trenzado en un escenario geopolítico bipolar entre dos sistemas y dos superpotencias, EEUU y la URSS. La carrera hacia la Luna tuvo más de motivación política que científica, pues la Unión Soviética había tomado la delantera con el Sputnik, Laika, Gagarin, Tereshkova, etc. La inyección de dinero a la NASA fue gigantesca como puede verse en la gráfica de su presupuesto que se multiplicó casi por 10 en esos años sesenta. Es un ejemplo claro de Big Science con un macroproyecto de I+D de proporciones mundiales (tipo proyecto Manhattan, Genoma Humano, Conectoma Humano, Brain Project). Cualquiera que haya gestionado proyectos sabe que las grandes inversiones se hacen al comienzo y tienen estricta vigilancia de gobiernos y legisladores. Decenas de miles de personas trabajaron en el proyecto, miles de proveedores se involucraron en su dinámica económica liderada por NASA. La URSS, por su parte, hizo lo propio (mientras la China vivía la “revolución cultural”), pero su músculo económico y tecnológico era menor, así que optaron por la opción robótica, también fueron a la Luna, trajeron muestras de rocas lunares (aunque en menor cantidad) en sondas no tripuladas y lograron prácticamente el mismo objetivo científico. Pero la victoria política se la llevó EEUU con 9 viajes tripulados a la Luna entre 1968 y 1972 y 6 alunizajes en sendos puntos de la cara visible de nuestro planeta acompañante. Sólo el Apolo 13 falló en la misión y seguramente todos hemos visto a Tom Hanks pasando apuros en, ese sí, film de Hollywood, que recreó la aventura maltrecha (moraleja: nunca te embarques en un viaje con Hanks). Así que según la lerda “teoría” del montaje, a la NASA no le bastaba con un montaje sino que hizo nueve!!!! Díganme si no es una estupidez semejante historieta traída de los cabellos.


¿Y por qué es imposible un montaje respecto a los múltiples alunizajes de 1969 - 1972?


Primero, porque es técnicamente imposible. La URSS tenía satélites, radares, espías y todo lo que se necesitara, para monitorear a sus rivales al milímetro, como en efecto hizo. Igual Europa y China. Pero qué curioso, los primeros interesados en desmontar cualquier montaje y dejar en ridículo a sus archienemigos, jamás lo hicieron. Por el contrario, en la abundante y barata literatura soviética y china que llegaba a Latinoamérica, nunca hubo una referencia al tal montaje, sino que simplemente destacaban sus propias hazañas tecnológicas. Más aún, unos pocos años después, en 1975, se dio una misión conjunta histórica, la Apolo-Soyuz, que coincidió con la derrota gringa en Vietnam, la muerte de Franco y otros sucesos. En esa misión conjunta, rusos y gringos tuvieron que intercambiar mucha información técnica, para poder articular sus equipos. Un colombiano de Univalle estuvo en ese proceso y en alguna ocasión nos contó la historia en una conferencia en la universidad. Y más curioso aún, es que el cuento burdo del montaje surgió décadas después, apoyado en una “razón” sembrada en la ignorancia. Me refiero a que ni EEUU, ni la URSS ni ningún otro país volvió a organizar un programa tripulado a la Luna y ese hecho lógico les parece “inexplicable” y “sospechoso”. Por favor, ¿acaso se necesitan razones para “no ir a la Luna”? Cualquier tarado sabe que para invertir miles de millones de dólares en volver a la Luna lo que tendría que haber es una razón para ir, no se necesitan razones para “no ir”, pues “no ir” no cuesta un centavo!!! ¿Se dan cuenta de las dimensiones de la estupidez en esos pseudorrazonamientos?


En segundo lugar, el montaje es psicológica, social y políticamente imposible. ¿Por qué será que aquellos a los que les encantan las “teorías” conspirativas nunca estudian o investigan seriamente cómo ocurre el fenómeno del secreto, el cheating, la conspiración, en la especie humana? Hay muchos trabajos de psicología experimental y neurociencias al respecto. Como sabe todo el mundo, la conspiración más común es el cacho y casi siempre se descubre, a pesar de que involucra a pocas personas. Las conspiraciones exitosas en la historia han sido de un puñado de personas. Más de 100 personas es fracaso seguro o tiene que usar mecanismos como la compartimentación. Pero ésta salvaguarda cierta información, mas no puede evitar que todo participante sepa que está conspirando. Si la curva de fracaso de las conspiraciones crece logarítmicamente cuando el número de participantes se eleva a varias decenas y se dispara cuando pasa de 100, queda claro que conspiraciones de miles de personas son totalmente imposibles, de ahí que nunca hayan sucedido. Así que creer que al cabo de 55 años ninguno de los miles de conspiradores haya sapeado o cometido un desliz raya en la ingenuidad absoluta! Confabular a todos los congresistas (de la época y sus sucesores hasta hoy), todos los funcionarios, todos los técnicos, todos los científicos, todos los proveedores, desde aquella época hasta el día de hoy es un despropósito absoluto. Curiosamente las “revelaciones del montaje” nunca provienen de un gobierno extranjero o agencia internacional, o de algún científico o congresista, algún conspirador disidente, desengañado, nada, sino de agudos observadores de pantalla de computador que jamás han estado en la industria espacial o incluso de personas que ni habían nacido cuando se dieron los hechos de marras.


Fenómenos de engaños masivos como la religión o la dominación ideológica no funcionan como conspiración, y no deben confundirse con el tema de esta columna. En diversos casos de sectas sí vemos que a veces los líderes son cínicos no creyentes, pero no pasan de un puñado de personas que ponen a su servicio a decenas o cientos de engañados e incluso pueden llevarlos hasta el suicidio. A la postre la conspiración queda desenmascarada. En la mayoría de las veces, sin embargo, los líderes sí se creen su propio cuento, en cuyo caso no hay conspiración. Si alguien conoce un ejemplo de conspiración masiva exitosa, que lo diga a ver y de paso mencione el número de conspiradores. Yo no conozco ninguno. Para hacer un montaje de alunizaje tendrían que participar del secreto decenas de miles de personas que trabajan en la NASA, o con los proveedores, o en las oficinas del gobierno que vigilan a la NASA, y en el Congreso de los EEUU. ¿O creen ustedes que una institución estatal no militar puede gastarse la plata sin vigilancia? Hubiera sido el caso de corrupción más grande la historia. La NASA es una entidad sometida al escrutinio público, de hecho vive de eso. Sus criterios de admisión no son militares (decenas de colombianos han trabajado allí). Cualquiera puede ver sus lanzamientos, y tiene millones de archivos accesibles al público, incluyendo los del proyecto Apolo.


En el campo militar hay diseños institucionales para la confidencialidad y el manejo del secreto, con ciertos controles especiales. Algo parecido pero menos riguroso sucede en la industria. Todo el mundo sabe que manejan secretos, aunque no se sepa la información concreta. Los que trabajan allí están sometidos a una serie de restricciones muchísimo más estrictas que la NASA (ver por ejemplo el proyecto Manhattan en plena guerra). Aun así son vulnerables a espionajes, disidencias, errores, hackers, descompartimentaciones, controles gubernamentales, investigaciones periodísticas, etc, y a la larga los rivales o enemigos tarde o temprano terminan accediendo a la información o al cabo de décadas se desclasifican los documentos secretos (ver por ejemplo los papeles del Pentágono sobre Vietnam). La NASA no tiene tales características. Mientras una institución militar no tiene que guardar apariencias, la NASA, si manejara un secreto, sí tendría que hacerlo. Eso la vuelve extremadamente vulnerable, mucho más que las instituciones militares.


Por último, la tercera razón no se refiere a la imposibilidad del montaje sino a la falsedad de la imposibilidad del viaje a la Luna. He conocido gente descrestada por conspiranoicos porque a través de ellos se enteraron de que existen los cinturones Van Allen y creían que era una información oculta. Sobre los cinturones de Van Allen has debido aprender en el colegio y si no lo hiciste no culpes a nadie más, sino a ti mismo. En cualquier libro de geología o astronomía o en videos documentales puedes aprender al respecto. Los conspiranoicos, que se lucran de su discurso, utilizan jerga técnica para engañar al lego con supuestas peligrosidades de los cinturones de Van Allen y cómo los astronautas se verían sometidos a radiaciones letales. Todo eso es carreta. Exageraciones de unas condiciones naturales que son técnicamente superables sin mayor dificultad. Una vez más, qué raro que los soviéticos nunca dijeran eso. Qué raro que nunca se mencionara hasta décadas después. Ni los cinturones de Van Allen ni ningún otro obstáculo es insalvable para un trayecto relativamente corto. Mucha mayor dificultad tiene la ida a Marte y ya está en la agenda. Ahora bien, si a usted le vienen con ese cuento, ¿qué le toca a hacer? Pues póngase a estudiar el tema en libros o páginas serios de geología o astronomía, antes que aceptar acríticamente esas “teorías” y ponerse a hablar estiércol.


No he mencionado todos los artefactos que quedaron en la Luna tras los seis viajes tripulados. Los “teóricos” del montaje pueden decir que fueron llevados por sondas robóticas. Es decir, el supuesto montaje sí habría implicado ir de todos modos a la Luna, como hicieron los soviéticos. Pero resulta que la gran complicación del viaje tripulado es que el peso de la nave se multiplica, lo que implicó la construcción del cohete más grande y costoso que ha existido hasta el presente, el Saturno V, todo ello por cuenta del bolsillo de los contribuyentes estadounidenses. Y todo para nada, para simular, para hacer una obra de teatro. Da es risa tanta estupidez.


Termino con algo serio. Supongamos que la humanidad no se extingue por ahora y que tampoco se cumplen los vaticinios optimistas de transhumanistas y posthumanistas. Imaginemos una sociedad en el año 3.000, o 4.000 o 5.000, que no sea muy diferente a nosotros a la hora de mirar la historia. Nadie se acordará de los Beatles ni de Madonna, ni de Pelé ni de Maradona. Tampoco de Hitler, Stalin o Nixon, pero sí de Gagarin y Armstrong. Los avatares de la política del siglo XX habrán sido olvidados como hoy hemos olvidado las pequeñas vicisitudes del siglo XI. Las guerras de Corea, Vietnam, Irak habrán sido casi olvidadas salvo para historiadores especialistas y las guerras mundiales quizás serán recordadas como hoy las cruzadas, excepto por un hecho: la bomba atómica y Turing. Y es así porque todo el siglo XX será recordado como la época del despegue de la civilización tecnológica, con los siglos anteriores como meros antecedentes. La ciencia y la tecnología del siglo XX descollarán en el recuerdo (como buen recuerdo si todo salió bien o como mal recuerdo si el mundo se descojonó después) por encima de la política, las artes, el deporte o cualquier otro dominio humano. En especial 4 hechos: (1) el surgimiento de la informática; (2) haber abierto el núcleo del átomo; (3) la entrada en el reino molecular de la vida y (4) los viajes de animales terrícolas al espacio exterior. Los años de 1945, 1953, 1961, 1969 permanecerán en la memoria por los siglos de los siglos, al menos mientras haya humanos con capacidad de recordar. Son fechas de trascendencia cósmica, pues en ese pequeño lapso pasaron cosas que en 4.500 millones de años de historia del planeta no habían sucedido jamás. Los protagonistas de tales hazañas están en iluminados con todos los reflectores de la historia del tercer milenio y milenios subsiguientes.


Frente a esta dimensión histórica de trascendencia imposible de exagerar, algunos cegatones pretenden banalizar lo asombroso de estos tiempos que hemos vivido con la ridícula historieta de una obra de teatro de Stanley Kubrick, realizada sin ton ni son, para disfrute de cien mil conspiradores dispuestos a quedar ante la historia como el hazmerreir de todas las generaciones futuras. Como suele decir Senior, “la estulticia no tiene límites”. Te la dejo ahí.