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sábado, junio 06, 2020

¿Nuevo orden mundial?


Si buscas en google la frase entrecomillada “nuevo orden mundial”, ¿Cuántos resultados crees que salgan?  En español hay alrededor de 4 millones.  Pero si buscas “New World Order”, puedes llegar a los 20 millones.  Sería interesante haber hecho este ejercicio una vez al mes desde enero, pues creo que la cifra se ha disparado y así podríamos corroborarlo.  En todo caso la frase está de moda en las redes sociales, pulula por doquier, casi siempre asociada a un discurso conspirativo simplón, que raya en el delirio de persecusión y el victimismo, y se basa en la ignorancia. Su entrada en wikipedia advierte “no se debe confundir con la conspiración judeo-masónico-comunista internacional”.  Parece un chiste.  

El concepto serio de “nuevo orden mundial” es antiguo en geopolítica y en historia.  Por ejemplo, en 1945 aparece un nuevo orden mundial como resultado de la guerra que involucró a todo el hemisferio norte, generando una correlación bipolar de superpotencias en permanente guerra fría y poco después surge la ONU y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Hay también una nueva dinámica económica, con fuerte rol del estado en inversión y regulación, y un enfoque keynesiano en la política, lo que llevará a un gran crecimiento en la riqueza material y a un tipo de democracia social conocida como estado de bienestar.  Y en el otro polo se consolida un modelo de socialismo de estado en el bloque soviético que, sin embargo, se derrumbaría 45 años después, con lo cual tenemos otra vez un nuevo orden mundial en 1990.  Este tema lo tratamos hace poco en una columna anterior y lo profundizamos en este video.

No toda crisis por profunda que sea es capaz de producir un nuevo contexto de poder entre las naciones y las ideologías.  Por ejemplo, hace un siglo tuvo lugar la Gran Guerra Europea que ahora se conoce como “la primera guerra mundial” y al final de esos cuatro terribles años se produjo una revolución anticapitalista en el país de mayor tamaño y luego una pandemia de influenza que causó más muertos que la propia guerra.  Sin embargo, no surgió un nuevo orden mundial.  En el marco del Tratado de Versalles se creó la Sociedad de las Naciones que se proponía establecer las bases para la paz duradera a partir de una reorganización de las relaciones internacionales.  Mas no hubo tal.  Por el contrario, hubo más de lo mismo y hasta peor, como lo evidencia el hecho de la crisis económica de 1929 y la siguiente guerra de mayor escala.      

En 2020 enfrentamos una pandemia más global que cualquier otra.  En un contexto totalitario la economía seguiría funcionando así murieran algunos millones de personas.  Que de forma intencional se haya frenado parcialmente la economía como estrategia de defensa anticontagio, es un indicador de que el valor democrático de la vida se impuso a los intereses de los negocios (aunque fue evidente que gobernantes populistas como Trump, Bolsonaro y Johnson lo hicieron a regañadientes y con deficiencia). ¡Es una victoria democrática! 

La emergencia ha demostrado de manera contundente el desastre social y ambiental que ha generado la hegemonía neoliberal y su fundamentalismo de mercado durante los últimos cuarenta años en gran parte del mundo.  El sector público de la salud fue desmantelado.  El sistema educativo ha fracasado, arrodillado al pensamiento mágico y la fragmentación del saber. El empleo se ha hundido en el pantano de la inestabilidad, precariedad e informalidad debido a la política de “flexibilidad laboral”.  La desigualdad y la miseria se han incrementado.  La investigación científica se ha desfinanciado, debilitando su infraestructura.  El efecto invernadero, la pérdida dramática de biodiversidad y la acidificación de los océanos se han desbocado y amenazan la supervivencia de la civilización.

Es entonces el momento de reclamar masivamente el regreso del estado social remasterizado y la economía mixta, el fortalecimiento de lo público, el despliegue de nuevas y audaces formas de política social incluyente, como la renta básica universal.  Que vuelva Keynes, que venga la vieja socialdemocracia, dirán algunos.  Que resucite el liberalismo social, dirían otros en Colombia.  Sí, hay que aprender las lecciones positivas del pasado, pero hay también nuevas ideas que se pueden conjugar creativamente, nuevas opciones como la propuesta por Thomas Piketty, por ejemplo.  Ese es el nuevo orden mundial que necesitamos, un orden postneoliberal, con raigambre social.  Y en eso es que deberíamos estar pensando.

El Estado de Bienestar ha sido la mejor forma de sociedad jamás construída, probada en la realidad de los hechos durante décadas y debe resurgir repotenciado, actualizado a la altura del siglo XXI, dotado de una política antropocénica para enfrentar el cambio climático.  En Colombia lo llamamos Estado Social de Derecho y lo han venido desmontando desde 1993, cuando de lo que se trata es de profundizarlo.  No hablamos de resistencia, sino de construcción de futuro para todos.  La reivindicación del Estado Social de Derecho, columna vertebral de la Constitución del 91, no será el fruto espontáneo de una crisis pandémica, sino el objetivo de un movimiento multitudinario de los trabajadores, que somos todos los empleados profesionales o no profesionales, los desempleados, los subempleados, los informales y los rebuscadores.  

El nuevo orden que soñamos tendrá que ser necesariamente implacable contra la corrupción.  La clase politiquera se ha apropiado del estado y lo ha podrido de corrupción con un beneficio doble: se enriquecen con la contratocracia y logran desprestigiar lo público para que la gente no crea en ello y vea la privatización como la salvación.  Con cara ganan ellos y con sello también.  Entre el neoliberalismo que debemos sepultar en el pasado y el futuro estado social, se levanta la barrera de la corrupción.  Contra ella lo hemos intentado casi todo, excepto la pena de muerte.  Es hora de considerar esa opción, ¿no les parece?

No es eficiente la deliberación racional sobre un nuevo orden mundial liberador y postneoliberal, como propuesta política progresista, mientras los fanáticos de las llamadas “teorías conspirativas” generen tanto ruido desorientador con su alborotada paranoia de un imaginario “nuevo orden mundial” opresivo, sin fundamento geopolítico ni tecnocientífico alguno.  Estos idiotas útiles, alebrestados por el confinamiento y el auge de las redes sociales, hacen eco a Trump y sus trinos descabellados, con un sancocho contradictorio de insensateces que simplifica a niveles absurdos y ridículos la situación que vivimos.  Según ellos la pandemia es un engaño, totalmente inexistente, o tal vez sí existe, pero es un fenómeno artificial.  En cualquiera de los dos casos es un plan diabólico fabricado por…. ¿el partido comunista chino? ¿Bill Gates? ¿el Club Bilderberg? ¿Putín y Trump cogidos de la mano? ¿la Big Pharma?  ¿los judíos? ¿los Illuminati? ¿los bancos?  Tamaña inconsistencia se resuelve con una mágica frase evasiva: “la élite mundial”, un oscuro colectivo siempre indefinido, pero de alguna forma caracterizado por su perfecta unidad sin fisuras, su solidez a toda prueba, su fantástica cohesión y capacidad maquiavélica infinita.  Con su estéril sofisma de distracción los conspiranoicos son funcionales al sistema.  Por eso, la próxima columna va enfocada al análisis de este fenómeno psicosocial y a tratar de responder esta pregunta: ¿por qué tanta gente de izquierda traga entero teorías conspiranoicas que origina la extrema derecha?



sábado, mayo 30, 2020

¿Qué es una política antropocénica?


¿Qué es una política antropocénica?

Por Jorge Senior

En una frase, de manera muy simplificada, una política antropocénica es aquella centrada en enfrentar el cambio climático.

En un sentido más complejo una política antropocénica se define a partir del concepto de Antropoceno y sus implicaciones.  Este concepto lo que hace es destacar el impacto de la especie humana en el Sistema Tierra para delimitar así un período tanto geológico como biológico en la historia del planeta.  Pero también puede entenderse como el contexto histórico en el cual la especie humana asume la responsabilidad de gestionar el Sistema Tierra como única praxis racional de supervivencia de la civilización y de la biodiversidad presente, lo cual en términos filosóficos de estirpe kantiana corresponde a un estado de adultez o mayoría de edad de la humanidad.

Examinemos los dos niveles del análisis: el impacto y la asunción de responsabilidad.

El impacto o huella puede entenderse en un sentido neutro, como dejar una señal detectable en un futuro del tiempo geológico, por ejemplo, 10 millones de años.  En un ejercicio imaginario es como si la especie humana se extinguiera ahora y un hipotético geólogo dentro de 10 millones de años fuese capaz de detectar su huella en las capas de la corteza continental o del fondo oceánico.   Esto es factible porque más del 98% de la variedad de moléculas que hay actualmente en la Tierra son de origen artificial.  En otras palabras, esas moléculas o sustancias no existirían si la especie humana no hubiese surgido.  Y algunas perduran largo tiempo, especialmente si están enterradas o dentro de un sólido.

En otro sentido -que ya no tiene nada de neutro- puede entenderse como la especie humana convertida en fuerza geológica capaz de alterar los ciclos biogeoquímicos en la atmósfera, los océanos y los continentes e incluso en el magma y las placas tectónicas.  Veamoslo más de cerca.

La revolución industrial desde hace poco más de dos siglos hasta hoy ha logrado alterar la composición química de la atmósfera, produciendo calentamiento global por gases de efecto invernadero.  Este pequeño cambio genera reacciones en cadena por retroalimentación positiva, produciendo una aceleración incontrolable del calentamiento. Esto sucede, por ejemplo, debido al derretimiento del hielo en zonas polares lo que cambia el albedo terrestre (menos reflexión de la luz solar, más absorción = más calentamiento) o por descongelamiento del permafrost en Siberia, Canadá y Groenlandia, liberando metano, un poderoso gas de efecto invernadero.  Son apenas dos ejemplos relevantes, entre otros.  El calentamiento puede afectar la civilización por la elevación del nivel del mar, inundando zonas litorales, pero eso es lo de menos.  Puede también afectar el régimen de lluvias, el ciclo del agua, afectando la agricultura y poniendo en riesgo la seguridad alimentaria, con impredecibles consecuencias sociales.  Pero lo más grave de todo es el daño a los ecosistemas de mayor biodiversidad, lo cual puede descontrolar la cadena trófica y producir una extinción masiva que se suma a la que ya está en curso por acción directa.  En efecto, el Homo Sapiens ha sobredepredado directamente a la naturaleza viva por medio de la cacería a gran escala, la deforestación y destrucción de ecosistemas, la sobrepesca, el impacto de algunas tecnologías en especies polinizadoras (o en aves migratorias), el uso de la tierra para funciones agrícolas, ganaderas u otras, reduciendo los bosques, los arrecifes de coral, los manglares.  Aún hay otro aspecto más: la acidificación de los océanos, una amenaza grave a su biodiversidad. 

Si sumamos todos estos aspectos, calentamiento, sobredepredación, acidificación, el resultado es una amenaza para la biosfera de magnitud semejante a la producida en las extinciones masivas que marcó el final de los períodos pérmico o cretácico.  Un paleontólogo dentro de 10 millones de años detectaría en sus excavaciones una extinción masiva de vertebrados y otras especies ocurrida en un tiempo increíblemente corto.  Sería la extinción masiva más extraña de todas, única en su velocidad. Y al ser la biosfera una fuerza geológica actuante en el sistema Tierra, su afectación conllevará cambios geológicos.

En este recuento no hemos mencionado las afectaciones locales, como la contaminación, la lluvia ácida, la salitrización del suelo, la construcción de represas, los movimientos de tierra de la minería y la urbanización, la erosión acelerada, etc.  Pero todo va sumando.  La civilización de consumo exacerbado genera doble carga sobre los ecosistemas: primero al extraer recursos y luego al expulsar residuos.  En ese proceso fluye la materia y la energía, pero en una forma distinta a los ciclos naturales, con la probable consecuencia de que no se configuren ciclos renovables o incluso que no sean cíclicos en absoluto.

La conclusión de lo dicho en los últimos párrafos es que la humanidad se ha convertido en una fuerza de impacto planetario, para bien o para mal, a favor de la vida o en contra de ella.  Y una consecuencia fundamental es que la especie humana es el mayor peligro para sí misma.  Por encima de los supervolcanes, los meteoritos, las supernovas o cualquier otro desastre natural imaginable, pues aunque estos sean más poderosos, también son mucho más improbables en un período de tiempo corto (unos cuantos milenios).       

He mencionado en varias ocasiones el concepto “Sistema Tierra”.  Es un concepto demasiado complejo para desarrollarlo en este breve escrito, pero resaltemos que es la columna vertebral de las ciencias de la Tierra (Earth Sciences).  Es un concepto diferente a la famosa “hipótesis Gaia”, que era una idea un tanto romántica y optimista, que fue refutada, pues hoy sabemos que el equilibrio dinámico del planeta y sus subsistemas no es automático ni está garantizado y que a lo largo de cuatro mil millones de años han sucedido todo tipo de situaciones catastróficas, en algunos casos llevando a la vida al borde de su desaparición.  Es cierto que existen procesos cíclicos de retroalimentación en la circulación de la materia y la energía que funcionan como termostatos (aunque no se debe olvidar que esa autorregulación dura miles de años e incluye fluctuaciones), de ahí que se pueda hablar de “equilibrio dinámico” de la Tierra que brinda cierto rango de estabilidad para la vida.  Pero también hay retroalimentaciones desequilibrantes, capaces de sacar al Sistema Tierra del régimen de condiciones apropiado para las actuales formas de vida y para la civilización humana.  Es el caso de la reacción en cadena que vimos arriba que parte de la liberación en la atmósfera de gases de efecto invernadero y desencadena un recalentamiento acelerado incontrolable una vez pase cierto nivel crítico.    

Vamos al segundo punto del análisis: la responsabilidad humana en la gestión del Sistema Tierra.

Si aceptamos la conclusión del primer punto, esto es, que somos el principal peligro para la biodiversidad y para nosotros mismos, entonces la consecuencia obvia, como segundo punto, es que tenemos que autorregularnos.  Fácil de decir pero tremendamente difícil de hacer.  Una política antropocénica es aquella que fundamentada en el primer punto, tiene por objetivo la autorregulación de la especie humana, la cual exige la autorregulación en toda escala: sistema internacional, naciones, comunidades locales, individuos.

Digo que es tremendamente difícil por las siguientes razones que paso a mencionar a continuación.
No hay gobernanza mundial que interprete lo que llamo la “racionalidad de la especie”.  Estamos divididos en más de 200 estados naciones supremamente desiguales, a pesar de que ha disminuído la desigualdad entre países desde la posguerra.  Estas naciones, además, suelen estar  en competencia.  Y cada país está dividido en múltiples sectores sociales, fuerzas políticas, razas o etnias, regiones, religiones, ideologías. 

En tal concierto de naciones predomina hoy el capitalismo y la democracia formal.  La relación entre capitalismo y democracia ha fluctuado entre la sinergia y el conflicto.  Hay conflicto, por ejemplo, cuando aumenta la desigualdad, crece la miseria y la exclusión, y el poder económico domina al poder político.  Y el capitalismo actual lleva 40 años de cuasi-hegemonía neoliberal, agudizando el conflicto con la democracia.  Una política antropocénica tiene que ser constructiva de un proyecto postneoliberal, con economía mixta y un estado social de derecho repotenciado.

Si nos enfocamos en la democracia actual, considerada “el menos malo” de los sistemas de toma de decisión, resulta que así como viene funcionando en la práctica no parece que permita emerger una racionalidad global.  Al menos no lo veo posible mientras no haya un nuevo sentido común.  Si calamos más profundo, por debajo de los sistemas políticos formales y examinamos el núcleo duro de la cultura, resalta la ausencia de un consenso de mínimos sobre el cambio climático (extrapolo el concepto de ética de minimos a la política de mínimos).  Una política antropocénica es una política de mínimos sobre el cambio climático, pero estos “mínimos” no son cualquier cosa.

Hay consenso de mínimos en este punto cuando una idea esencial para la doble convivencia (me refiero a la convivencia entre seres humanos  y entre estos y la naturaleza) se torna sentido común:  se acepta, se interioriza, se normaliza.  Estos mínimos fundamentales en la cultura política democrática tendrían que basarse en la cultura científica, pues es allí es donde reside el conocimiento sobre el sistema Tierra, el cambio climático y la predicción de efectos de las acciones humanas a escala planetaria.  Una política antropocénica fomenta la cultura científica y sostiene un proyecto educativo con ese objetivo, tal cual nos enseñó el movimiento de la Ilustración, sólo que ya no se trata del enciclopedismo del siglo de las luces, sino de una Ilustración actualizada al siglo XXI.  ¿Qué significa esto? Pues que construye una cosmovisión naturalista basada en la ciencia actual y en la filosofía científica de nuestro tiempo.   La política antropocénica se basa en la ecuación: cultura política democrática = cultura científica.

Aunque no se trate de una enumeración exhaustiva, sinteticemos algunos puntos clave a ser defendidos por una política antropocénica:

·      Una conciencia sobre el cambio climático, científicamente fundamentada, convertida en sentido común o consenso de mínimos y transversal a todo.
·   Un estado social de derecho repotenciado, profundizando la democracia y dando paso a una economía mixta postneoliberal.
·      Un proyecto educativo orientado a una cosmovisión naturalista como construcción de ciudadanía y democracia epistémica.
·   Una transición energética a una matriz no basada en combustibles fósiles sino en energías alternativas que sean ambientalmente amigables (hasta donde sea posible).
·         Una economía circular.
·         Un trabajo internacional en función de gobernanza mundial

Jorge Senior

Mayo2020, el año de la peste

sábado, mayo 02, 2020

Las dos lecciones de la pandemia


En la anterior columna sostuve que la presente coyuntura 2020 es de aprendizaje forzoso, para que a la especie humana no le pase en los próximos 20 años como a la rana hervida en la olla del calentamiento global.  La pregunta entonces es: ¿qué podemos aprender los Homo Sapiens de esta emergencia?  No se trata de hacer un ejercicio descriptivo de adivinación futurista, sino un raciocinio prescriptivo sobre el qué hacer frente a los desafíos del siglo XXI. 

Procedo entonces a extraer lecciones que, sin embargo, no surgen del momento, sino del análisis de las cuatro décadas pasadas y que la actual emergencia permite liberar de la torre de marfil intelectual para ser arrojadas a la cara de todo individuo que se tome al menos unos momentos para reflexionar sobre lo que está pasando.  Este análisis parte de dos contradicciones, que casualmente tienen en 1980 el punto de inflexión.  En efecto, el año de 1980 y sus alrededores es el parte-aguas que divide en dos el devenir del capitalismo en la posguerra.

Las dos contradicciones son: (1) neoliberalismo vs estado de bienestar y (2) oscurantismos vs ciencia.

El neoliberalismo, con el fundamentalismo de mercado cómo médula, surge en los años 30 en tanto idea, pero adquiere relevancia con la escuela de Chicago en los 70 y empieza a predominar con el advenimiento de Reagan y Thatcher al poder ejecutivo a ambos lados del charco.  Por su parte, el estado de bienestar es un producto europeo de la guerra fría con base keynesiana, socialdemócrata, que intenta conjugar los valores ilustrados de igualdad y libertad, motorizado por el miedo al modelo soviético de socialismo. Miedo que desaparece al derrumbarse el Pacto de Varsovia y permite al neoliberalismo imponer el consenso de Washington, expandirse como ideología de la globalización, volverse sentido común más allá de la esfera económica y ser asimilado como modo de vida.  Entretanto la socialdemocracia se diluye a medida que el estado de bienestar va siendo desmontado a pedazos.  El neoliberalismo alcanza tal hegemonía cultural que ni siquiera la crisis de 2008 le hizo mella, dado que no había alternativa, salvo el extraño modelo asiático de capitalismo emergente tardío que, por cierto, sirvió para jalonar la economía mundial y ocultar las fallas del modelo neoliberal.

En Colombia, la Constitución de 1991 refleja en su carácter bicéfalo esta contradicción que analizamos, al imbricar en precario equilibrio la tendencia privatizadora y mercantil con el garantista estado social de derecho.  En 30 años hemos visto cómo el componente neoliberal ha socavado el estado social de derecho dejándolo en los huesos.

Ahora la emergencia sanitaria de la pandemia pone en evidencia la ineptitud del mercado para gestionar la crisis y velar por el Bien común, incapaz de interpretar los intereses de la humanidad como conjunto. Como en la caricatura, el náufrago en el agua no encuentra la mano invisible de Adam Smith que lo salve de ahogarse.  Se plantea entonces el retorno del Estado en todo el mundo.  El imperativo de la salud como derecho deja de ser letra muerta y resucita en medio de la angustia, el miedo y la vulnerabilidad biológica: ¡¿cómo pudimos desmantelar el sistema público de salud?!  La renta básica universal deja de ser utópica y en cuestión de días se hacen ensayos pilotos en su dirección (aunque en Colombia bajo la forma perversa del know how asistencialista de la clase politiquera: repartiendo mercaditos con sobrecostos).  La investigación científica, en muchos países marginada, de repente es urgida como salvadora y guía.

Es el momento de la defensa de lo público en los sectores estratégicos de la sociedad.  Corrupción y privatización son dos caras de la misma moneda. La corrupción del sector público no sólo produce ganancias inmediatas ilegales sino que fomenta luego la privatización y sus ganancias legales concomitantes.  La combinación perfecta…. ¡para ellos!  Y ya no es cierto que no haya alternativa al “sentido común” neoliberal.  El estado de bienestar ha sido el mejor modelo de sociedad moderna que ha existido y puede ser actualizado, por ejemplo, siguiendo la línea de investigación que Thomas Piketty y su equipo han liderado en la última década.  Y que quede claro que no proponemos un modelo estatista sino una economía mixta racionalmente regulada.  Pero lo más importante es que este modelo nos permitiría enfrentar en mejores condiciones el mayor desafío de todos: el cambio climático.   

La otra contradicción viene desde el siglo de las luces cuando el enciclopedismo visumbró al ciudadano ilustrado como el pilar de la democracia.  Pero el sistema educativo no cumplió con esta promesa de la modernidad al dedicarse a embutir en los jóvenes información fragmentada inconexa y perder de vista el objetivo de formar en pensamiento crítico racional y cosmovisión científica.  Olvidamos que la ciencia, como decía Carl Sagan, no es una montonera de conocimientos sino una forma de ver y entender el mundo.  Esta falla grave en el marco del progreso moderno es confrontada por Steven Pinker en su recomendado libro En defensa de la Ilustración (2018). 

La consecuencia es que no habrá ciudadanías libres si no hay masa crítica de ciudadanos ilustrados.  Para la democracia esto ha sido extremadamente perjudicial, pues ha prohijado el auge de los populismos y clientelismos.  En términos filosóficos se dice que la democracia epistémica fue opacada por la democracia doxástica.

La forma tradicional de oscurantismo anti-ciencia ha sido el pensamiento mágico religioso.  Lejos de desaparecer, ha pervivido en los sectores conservadores de la sociedad.  En EEUU la base social republicana de protestantes fundamentalistas tiene tal peso político que pone presidentes. Y en tiempos de pandemia podemos ver lo que eso implica: la ineptitud total del gobierno federal y las escandalosas cifras ascendentes de la Covid en ese país.  En América Latina ni siquiera se limita a los sectores conservadores, como el caso patético de Bolsonaro, sino que ha permeado hasta los sectores de izquierda, supuestamente progresistas. 

Pero el fenómeno que más ha impactado a las izquierdas con epicentro en Europa fue el movimiento intelectual posmodernista que surgió a finales de los 70 para llenar el vacío dejado por el marxismo, y desde entonces ha hecho estragos en las ciencias sociales y en el pensamiento “progre”.  En verdad, el “posmodernismo” debería denominarse “antimodernismo”.  También el pensamiento liberal se vió influido por esa moda lo que derivó en la ideología de la “corrección política” basada en el construccionismo social y cultural que desconoce la base biológica del animal humano, que hoy nos abofetea con la pandemia. Afectó sobre todo a feminismos y movimientos étnicos.  En América Latina hay otra corriente oscurantista, poco conocida, pero con alguna influencia en países de fuerte presencia indígena.  Me refiero al llamado “pensamiento decolonial” que practicamente declara una guerra cultural contra Occidente.  Hay un tufo “decolonial” en el gobierno de AMLO, cuya ministra de ciencia ha sido fuertemente cuestionada por la comunidad científica (igual ha pasado en Colombia en un gobierno de derecha como mostré en mis columnas de enero). La gestión de López Obrador frente a la epidemia ocasionada por el virus SARS-CoV-2 pondrá a prueba su actitud y aptitud ante la ciencia.

A todo lo anterior hay que sumar las pseudociencias y las pseudoteorías conspiranoicas que, a diferencia de los anteriores cuatro oscurantismos, no se han acallado en la coyuntura de  la pandemia, generando confusión y desinformación en las redes sociales gracias al analfabetismo científico de las multitudes, lo cual se traduce en muerte y sufrimiento cuando no se siguen las medidas de contención y mitigación necesarias para enfrentar la epidemia en cada nación.  Mi punto es que la emergencia del 2020 de origen biológico, pero expandida por la autopista expedita del transporte áereo de pasajeros que la globalización exacerbó en las últimas décadas, ha recuperado para la ciencia el lugar que le corresponde como faro iluminante de la sociedad.  Hoy dependemos angustiosamente de la investigación en virología, fisiopatología y epidemiología de este novel coronavirus que ya se diversifica en variantes más o menos patógenas.  Y esperamos que vacuna y tratamientos eficaces logren que la cifra de fallecidos no llegue ni al 1% de la influenza de hace un siglo.

Si la debilidad en infraestructura  y talento humano en ciencias de  la salud sumadas al analfabetismo científico de las mayorías ponen en aprietos a las sociedades del siglo XXI frente a un simple virus, imagínense esta incapacidad enfrentada a un reto inmensamente más grande y menos visible, como es el caso del cambio climático antropogénico.

En resumen, estado de bienestar + ciencia no es una fórmula simplona ni la panacea, pero sí constituye el punto de partida, la base firme desde la cual la humanidad pueda salir adelante frente al peligro que representa ella misma cuando está sometida a las fuerzas ciegas del mercado alimentadas por la codicia y al oscurantismo masificado por la alienación, el miedo y la ignorancia. 

Publicado originalmente en El Unicornio el 12 de abril de 2020  (elunicornio.co)
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