Conferencia en cuarentena sobre historia del siglo XX, geopolítica, tecnología, guerra fría
Blog de Jorge Senior, emitido desde Barranquilla, Colombia. Estas buhografías constituyen una mirada desde la filosofía científica, la cosmovisión científica, el pensamiento crítico, la Big History y la política antropocénica. Es la Mirada del Búho. Más de 100 entradas para tu disfrute. Dale click al botón Seguir.
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sábado, mayo 02, 2020
Videocharla 1980, el año en que todo cambió
Videocharla
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1980, el año en que todo cambió
Si quieres entender el 2020 debes
conocer 1980, el año que partió en dos la historia de la civilización global
que surgió a partir de la posguerra.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Y ahora, con unos añitos más y unas cuantas
canas (muy pocas, la verdad), podemos ver lo que en su momento no vimos.
En 1980 todo era euforia. Aún resonaban los ecos de la victoria
vietnamita contra el ejército más poderoso del mundo. La revolución sandinista, cuya fulgurante
ofensiva final escuchamos en directo por radio de onda corta, acababa de
triunfar. Con el liderazgo de Omar Torrijos,
Panamá recuperaba la soberanía sobre la zona del canal. La revolución salvadoreña se veía inminente
con el FMLN a la cabeza. En Colombia, el
M19 se había tomado la embajada de la República Dominicana y un hervidero de
pañuelos blancos lo saludaba en su salida triunfal, el movimiento estudiantil,
liderado por la FEUV, ascendía vertiginosamente en su movilización contra la
reforma universitaria, los movimientos cívicos explotaban en paros, barricadas
y tomas por doquier, y el sindicalismo parecía avanzar, por fin, hacia la
ansiada unidad. El fervor por los
derechos humanos se elevaba en oleadas al mismo tiempo que se agudizaba la
represión, la tortura y las desapariciones en un régimen militarista enmarcado
en el estado de sitio permanente y el estatuto de seguridad.
Todo parecía posible y el sueño
de una patria digna, justa, libre y democrática sembraba de maestra vida a una
juventud que escuchaba a Pablo pueblo, hijo del grito y la calle. Una juventud que no quería escoger entra la
navaja y el plástico y que gozaba como pagano el sonido bestial que estremecía
La Casita de Paja, La Cien o Tintindeo.
Entre brumas recordamos el dulce
aroma de la llanta quemada que perfumaba la atmósfera de los ochenta, pero el
signo de los tiempos señalaba contravía.
Un par de años antes, Albino Luciani, recién nombrado soberano de un
diminuto país denominado Vaticano, murió súbitamente, algunos dicen que fue asesinado,
y en su reemplazo el cónclave designa al polaco Karol Wojtyla, con la misión, más
geopolítica que divina, de romper el eslabón débil de la cadena soviética en la
Europa Oriental. Un año después llega al
10 de Downing Street Margaret Tatcher
y en el siguiente es elegido el actor Ronald Reagan en EEUU. Se configura así un poderoso triunvirato de
ultraderecha en el Atlántico Norte, mientras en el otro polo de la guerra fría
el asunto se calienta con la invasión de Afganistán por la URSS y la
masificación del sindicato Solidarnosc
en Polonia. En otra esquina, Deng
Xiaoping consolida su poder en la China milenaria e inicia una sorprendente reconversión
radical del sistema económico que tendrá un impacto decisivo en el siglo
XXI.
Del puente para allá está Brézhnev,
del puente para acá está Ronald Tatcher, alias Margaret Reagan, y en el medio
de los dos, pasan Francois Miterrand y Felipe González, con rumbo al estado de
bienestar… en teoría. Queda servido pues
el tinglado geopolítico de la recta final de la guerra fría. La madre de todas las batallas está por
empezar.
Pero la dinámica geopolítica, es
como un iceberg en un mar tormentoso. La
mayor parte de su masa está bajo la superficie de las olas, aunque nunca a la
manera ingenua como suelen elucubrar gratuitamente los conspiranoicos al practicar
su deporte favorito. En esos años agitados
pasaban muchas cosas que nosotros, los de entonces, no alcanzábamos a entrever. Por ejemplo, en el mundo de las ideas, que
nada tiene de platónico, poderosas corrientes submarinas arrastraban al iceberg
hacia destinos inimaginables. Ahora, con
40 años de distancia, podemos desentrañar esos procesos subyacentes y para ello
enfocaremos dos niveles de análisis.
Primero, el nivel de la realidad
objetiva o de primer orden.
En los últimos siglos la tecnociencia
se ha convertido cada vez más en el factor determinante de la evolución de la
sociedad humana, pues como decía Francis Bacon,”el conocimiento es poder”. El control de la realidad objetiva se define
en el silencio de los laboratorios y en el diálogo crítico de los
científicos. Los poderes mundanos
astutos procuran por tanto instrumentalizar a la ciencia mientras los sectores
sociales y políticos más confusos caen en la estupidez de darle la espalda,
brindando en bandeja de plata el factor decisivo a sus oponentes.
Para 1980 la “era atómica” y la
“era espacial” ya estaban siendo opacadas por la “era digital”, que potenciaba
el despegue de la tercera revolución industrial. Un nuevo tipo de capitalismo postindustrial
se forjaba alimentado por la revolución digital: internet, telemática, robótica,
inteligencia artificial. El manejo de
los bits definía el futuro. La batalla era entre de seres de carbono,
pero las armas eran de silicio. Y la victoria
fue para Silicon Valley y sus equivalentes en Europa Occidental y en un nuevo
territorio que irrumpe como potencia económica: el Este Asiático. (Nota: poco se ha analizado sobre el impacto
de la revolución digital en el derrumbe del bloque soviético o en la derrota
parcial de las FARC en Colombia).
En segundo término está el nivel de la realidad intersubjetiva o
de segundo orden.
Como todos sabemos las guerras
también se libran en el terreno de las ideologías. O de las creencias, culturas, imaginarios,
ficciones en suma. En las facultades de
economía de los años 70 ya se hablaba del “monetarismo”, de la “escuela de
Chicago” y en 1976 Milton Friedman ganó
el Nobel. Bajo la tiranía de Pinochet,
Chile había sido su laboratorio experimental.
Como narra el sociólogo mexicano Fernando Escalante Gonzalbo en su libro
Historia mínima del neoliberalismo,
esta corriente de pensamiento que surgió en los años 30, aprovecha ciertas
debilidades del estado de bienestar surgido en la posguerra europea y se ve
potenciado por los gobiernos de Tatcher y Reagan, para luego, tras la caída del
Muro y la consolidación del consenso de Washington en los 90, convertirse en el
pensamiento hegemónico de la globalización.
Su fundamentalismo de mercado pasa de ser una teoría económica, considerada
pseudociencia por filósofos como Mario Bunge, a expandirse como una ideología
todo terreno.
Esta ficción llamada
neoliberalismo ni siquiera pudo ser enterrada por la crisis económica de 2008,
al parecer según dicen algunos gurúes de la opinión, porque no existen
alternativas. Y es posible que tengan
algo de razón, a pesar de que ya hay propuestas alternativas fuertes como las
de Piketty que mencioné en la pasada columna. Y es precisamente el trabajo de Piketty y
otros economistas de la misma línea los que muestran con cifras cómo 1980 marca
un punto de inflexión en la distribución del ingreso y de la riqueza, un viraje
en dirección a la concentración y la desigualdad en significativa correlación
con el predominio de la conservadora ideología neoliberal.
La carencia de alternativas al
neoliberalismo está asociada a la orfandad de teoría en que cayó buena parte de
la izquierda global a partir de la crisis y decadencia del marxismo a finales
de los años 70, un vacío que permitió el auge de una serie de formas
oscurantistas de pensamiento, como el posmodernismo a nivel intelectual y el
pensamiento mágico a nivel popular.
Uno de esos casos, que merece más
estudio, fue la invasión evangélica a la otrora católica América Latina agenciada
desde el sur de Estados Unidos con fines de lucro y de dominación política
alineada con el partido republicano. Por
ejemplo, vimos como desde los años ochenta el magisterio sindicalizado pasó de
tener una formación materialista dialéctica a ser dominado por un
adoctrinamiento evangélico premoderno, con todo lo negativo que eso implica en
la formación de las nuevas generaciones.
En el propio campo religioso, los hechos muestran que en el continente la
teología de la liberación languideció y las sectas evangélicas proliferaron.
En los movimientos de izquierda
observamos cómo la confusión y dispersión ideológica llevó a refugiarse en
microcosmos identitarios y miradas introvertidas, sobrevalorando la mera
resistencia defensiva de supervivencia, fragmentando y debilitando al
movimiento popular. Por eso ya no hay
continentes de izquierda, sino archipiélagos, movimientos constituídos por
amalgamas de minorías. En muchos de
estos sectores es notoria la renuncia a un horizonte progresista humanista universal. No es de extrañar que los encuentros del Foro
Social Mundial sean como una torre de Babel y su consigna central se limite a
la tesis vacía “Otro mundo es posible”.
Ante lo cual toca preguntar: “Sí, pero ¿cuál?”.
En resumen, 1980 es la bisagra de
cinco cambios históricos de impacto global:
-La democracia liberal gana la guerra fría al
modelo soviético de socialismo de estado.
-El estado de bienestar, exitoso proyecto
socialdemócrata de posguerra, es desmantelado por el
neoliberalismo que se
impone como ideología hegemónica.
-La revolución digital es el eje de la tercera
revolución industrial y genera un nuevo tipo de
capitalismo postindustrial, la
sociedad de la información y el conocimiento.
-El Este Asiático irrumpe como nueva potencia
económica mundial.
-La orfandad de teoría se apodera de las
izquierdas y diferentes formas de oscurantismo se infiltran en los movimientos
sociales y políticos alternativos.
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Las dos lecciones de la pandemia
En la anterior columna
sostuve que la presente coyuntura 2020 es de aprendizaje forzoso, para que a la
especie humana no le pase en los próximos 20 años como a la rana hervida en la
olla del calentamiento global. La
pregunta entonces es: ¿qué podemos aprender los Homo Sapiens de esta emergencia?
No se trata de hacer un ejercicio descriptivo de adivinación futurista,
sino un raciocinio prescriptivo sobre el qué
hacer frente a los desafíos del siglo XXI.
Procedo entonces a extraer
lecciones que, sin embargo, no surgen del momento, sino del análisis de las
cuatro décadas pasadas y que la actual emergencia permite liberar de la torre
de marfil intelectual para ser arrojadas a la cara de todo individuo que se
tome al menos unos momentos para reflexionar sobre lo que está pasando. Este análisis parte de dos contradicciones,
que casualmente tienen en 1980 el punto de inflexión. En efecto, el año de 1980 y sus alrededores
es el parte-aguas que divide en dos el devenir del capitalismo en la posguerra.
Las dos contradicciones son: (1) neoliberalismo
vs estado de bienestar y (2) oscurantismos vs ciencia.
El neoliberalismo, con el
fundamentalismo de mercado cómo médula, surge en los años 30 en tanto idea,
pero adquiere relevancia con la escuela de Chicago en los 70 y empieza a
predominar con el advenimiento de Reagan y Thatcher al poder ejecutivo a ambos
lados del charco. Por su parte, el
estado de bienestar es un producto europeo de la guerra fría con base
keynesiana, socialdemócrata, que intenta conjugar los valores ilustrados de igualdad
y libertad, motorizado por el miedo al modelo soviético de socialismo. Miedo
que desaparece al derrumbarse el Pacto de Varsovia y permite al neoliberalismo
imponer el consenso de Washington, expandirse como ideología de la
globalización, volverse sentido común más allá de la esfera económica y ser
asimilado como modo de vida. Entretanto
la socialdemocracia se diluye a medida que el estado de bienestar va siendo
desmontado a pedazos. El neoliberalismo
alcanza tal hegemonía cultural que ni siquiera la crisis de 2008 le hizo mella,
dado que no había alternativa, salvo el extraño modelo asiático de capitalismo
emergente tardío que, por cierto, sirvió para jalonar la economía mundial y
ocultar las fallas del modelo neoliberal.
En Colombia, la Constitución de
1991 refleja en su carácter bicéfalo esta contradicción que analizamos, al
imbricar en precario equilibrio la tendencia privatizadora y mercantil con el
garantista estado social de derecho. En
30 años hemos visto cómo el componente neoliberal ha socavado el estado social
de derecho dejándolo en los huesos.
Ahora la emergencia sanitaria de
la pandemia pone en evidencia la ineptitud del mercado para gestionar la crisis
y velar por el Bien común, incapaz de interpretar los intereses de la humanidad
como conjunto. Como en la caricatura, el náufrago en el agua no encuentra la
mano invisible de Adam Smith que lo salve de ahogarse. Se plantea entonces el retorno del Estado en
todo el mundo. El imperativo de la salud
como derecho deja de ser letra muerta y resucita en medio de la angustia, el
miedo y la vulnerabilidad biológica: ¡¿cómo pudimos desmantelar el sistema
público de salud?! La renta básica
universal deja de ser utópica y en cuestión de días se hacen ensayos pilotos en
su dirección (aunque en Colombia bajo la forma perversa del know how asistencialista de la clase
politiquera: repartiendo mercaditos con sobrecostos). La investigación científica, en muchos países
marginada, de repente es urgida como salvadora y guía.
Es el momento de la defensa de lo
público en los sectores estratégicos de la sociedad. Corrupción y privatización son dos caras de
la misma moneda. La corrupción del sector público no sólo produce ganancias
inmediatas ilegales sino que fomenta luego la privatización y sus ganancias
legales concomitantes. La combinación
perfecta…. ¡para ellos! Y ya no es
cierto que no haya alternativa al “sentido común” neoliberal. El estado de bienestar ha sido el mejor
modelo de sociedad moderna que ha existido y puede ser actualizado, por
ejemplo, siguiendo la línea de investigación que Thomas Piketty y su equipo han
liderado en la última década. Y que
quede claro que no proponemos un modelo estatista sino una economía mixta
racionalmente regulada. Pero lo más
importante es que este modelo nos permitiría enfrentar en mejores condiciones
el mayor desafío de todos: el cambio climático.
La otra contradicción viene desde
el siglo de las luces cuando el enciclopedismo visumbró al ciudadano ilustrado
como el pilar de la democracia. Pero el
sistema educativo no cumplió con esta promesa de la modernidad al dedicarse a
embutir en los jóvenes información fragmentada inconexa y perder de vista el
objetivo de formar en pensamiento crítico racional y cosmovisión científica. Olvidamos que la ciencia, como decía Carl
Sagan, no es una montonera de conocimientos sino una forma de ver y entender el
mundo. Esta falla grave en el marco del
progreso moderno es confrontada por Steven Pinker en su recomendado libro En defensa de la Ilustración (2018).
La consecuencia es que no habrá ciudadanías libres si no hay masa
crítica de ciudadanos ilustrados. Para
la democracia esto ha sido extremadamente perjudicial, pues ha prohijado el
auge de los populismos y clientelismos.
En términos filosóficos se dice que la democracia epistémica fue opacada
por la democracia doxástica.
La forma tradicional de
oscurantismo anti-ciencia ha sido el pensamiento mágico religioso. Lejos de desaparecer, ha pervivido en los
sectores conservadores de la sociedad.
En EEUU la base social republicana de protestantes fundamentalistas
tiene tal peso político que pone presidentes. Y en tiempos de pandemia podemos
ver lo que eso implica: la ineptitud total del gobierno federal y las
escandalosas cifras ascendentes de la Covid en ese país. En América Latina ni siquiera se limita a los
sectores conservadores, como el caso patético de Bolsonaro, sino que ha
permeado hasta los sectores de izquierda, supuestamente progresistas.
Pero el fenómeno que más ha
impactado a las izquierdas con epicentro en Europa fue el movimiento
intelectual posmodernista que surgió a finales de los 70 para llenar el vacío
dejado por el marxismo, y desde entonces ha hecho estragos en las ciencias
sociales y en el pensamiento “progre”. En
verdad, el “posmodernismo” debería denominarse “antimodernismo”. También el pensamiento liberal se vió influido
por esa moda lo que derivó en la ideología de la “corrección política” basada
en el construccionismo social y cultural que desconoce la base biológica del
animal humano, que hoy nos abofetea con la pandemia. Afectó sobre todo a
feminismos y movimientos étnicos. En
América Latina hay otra corriente oscurantista, poco conocida, pero con alguna
influencia en países de fuerte presencia indígena. Me refiero al llamado “pensamiento
decolonial” que practicamente declara una guerra cultural contra
Occidente. Hay un tufo “decolonial” en
el gobierno de AMLO, cuya ministra de ciencia ha sido fuertemente cuestionada
por la comunidad científica (igual ha pasado en Colombia en un gobierno de
derecha como mostré en mis columnas de enero).
La gestión de López Obrador frente a la epidemia ocasionada por el virus
SARS-CoV-2 pondrá a prueba su actitud y aptitud ante la ciencia.
A todo lo anterior hay que sumar
las pseudociencias y las pseudoteorías conspiranoicas que, a diferencia de los
anteriores cuatro oscurantismos, no se han acallado en la coyuntura de la pandemia, generando confusión y
desinformación en las redes sociales gracias al analfabetismo científico de las
multitudes, lo cual se traduce en muerte y sufrimiento cuando no se siguen las
medidas de contención y mitigación necesarias para enfrentar la epidemia en
cada nación. Mi punto es que la
emergencia del 2020 de origen biológico, pero expandida por la autopista
expedita del transporte áereo de pasajeros que la globalización exacerbó en las
últimas décadas, ha recuperado para la ciencia el lugar que le corresponde como
faro iluminante de la sociedad. Hoy
dependemos angustiosamente de la investigación en virología, fisiopatología y
epidemiología de este novel coronavirus que ya se diversifica en variantes más
o menos patógenas. Y esperamos que
vacuna y tratamientos eficaces logren que la cifra de fallecidos no llegue ni
al 1% de la influenza de hace un siglo.
Si la debilidad en
infraestructura y talento humano en
ciencias de la salud sumadas al
analfabetismo científico de las mayorías ponen en aprietos a las sociedades del
siglo XXI frente a un simple virus, imagínense esta incapacidad enfrentada a un
reto inmensamente más grande y menos visible, como es el caso del cambio
climático antropogénico.
En resumen, estado de bienestar + ciencia no es una fórmula simplona ni la
panacea, pero sí constituye el punto de partida, la base firme desde la cual la
humanidad pueda salir adelante frente al peligro que representa ella misma
cuando está sometida a las fuerzas ciegas del mercado alimentadas por la
codicia y al oscurantismo masificado por la alienación, el miedo y la
ignorancia.
Publicado originalmente en El Unicornio el 12 de abril de 2020 (elunicornio.co)
Próxima columna: Piketty vs
Pinker
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