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martes, noviembre 08, 2022

Ni locos ni monstruos: el M-19 en el Palacio de Justicia



Foto de carlosduque.com.co 


 El pasado 6 de noviembre de 2022, publiqué en El Unicornio mi columna habitual, en conmemoración del aniversario 37 de la toma del Palacio de Justicia por el M-19.  En esta entrada la re-publico con la posibilidad de extenderla y comentarla.

El tema central es la concepción de los ejecutores de la acción, la lógica interna de los protagonistas.  

Para muchos la acción fue una locura.  Para otros tantos fue una monstruosidad.  Pero los guerrilleros de la compañía Iván Marino Ospina*, no estaban locos ni eran monstruos.  Era gente común y corriente, como usted o como yo, amable lector (lo sé porque conocí a varios de ellos, por ejemplo a Ariel Sánchez, "el mazo", dirigente estudiantil de Univalle, y Enrique Giraldo, lúcido dirigente sindical del Valle del Cauca).  ¿Cómo llegaron a esa situación?  El asunto amerita una explicación.

También amerita una explicación la escogencia del blanco.  La lógica normal en un conflicto violento es que un bando ataque al bando enemigo, no a los aliados o a los amigos.  Si el M-19 sentía afinidad, respeto y admiración por la Corte Suprema de Justicia, ¿cómo se explica la toma de esa institución? ¿No era más lógico tomarse el desprestigiado Congreso de la República como hicieron los sandinistas?

En la brevedad de la columna despliego una respuesta al primero de los dos puntos anteriores con base en los antecedentes del Frente Occidental del M-19.  Antecedentes que están bastante documentados. Y para el segundo punto arriesgo una hipótesis inédita sobre el verdadero ideador y autor intelectual de la acción (que también fue autor material como segundo al mando, por debajo de Lucho Otero del Comando Superior pero por encima de Andrés Almarales que fue fundador del M-19 y tenía mayor trayectoria).  Pues bien, después de publicada la columna tuve una conversación con un testigo de cómo el ideador de la acción convenció a Álvaro Fayad, comandante de la organización, de tomarse el Palacio de Justicia para interponer una demanda armada y hacerle un juicio por traición al presidente Belisario Betancur. Es decir, confirmé la hipótesis que hasta ese momento era para mí apenas una especulación basada en la impronta de la idea.

Por cierto, el nombre de la compañía homenajea al Comandante del M-19, muerto en combate atrincherado en una casa en la circunvalar de Cali.  Iván Marino fue siempre el segundo de Jaime Bateman Cayón y fue un buen segundo.  Pero a la muerte de Bateman el 28 de abril de 1983, a Iván Marino le tocó asumir la comandancia y la responsabilidad le quedó grande.  En la IX Conferencia realizada en febrero de 1985 en Los Robles, Cauca, fue sancionado con degradación del primero al quinto puesto.  Es decir, quedó en el Estado Mayor pero con el menor rango de sus cinco integrantes.  Esta degradación pacífica y democrática de un comandante es un caso único en la historia de las guerrillas.  Es irónico que la acción que lo homenajea lleve la concepción del Frente Occidental que fue un factor para su sanción de pérdida de rango.  En la columna, más abajo, se puede leer un mínimo vistazo a la contradicción entre "históricos" y "académicos" en el seno del Eme.  Iván Marino fue un "histórico" y la acción corresponde a la concepción de los "académicos".  

Una ironía de mayor calado es que hoy el presidente de Colombia sea un miembro del M-19 en la época de la toma, que estuvo también presente en la IX Conferencia, y que el alcalde de Cali sea el hijo del comandante degradado que fue cercado y aniquilado en la circunvalar de esa ciudad.  Un giro asombroso de la historia.


Hipótesis inédita sobre la toma del Palacio de Justicia

Por Jorge Senior

Tengo una hipótesis especulativa para resolver un misterio de la toma del Palacio de Justicia, sucedida en aquel noviembre trágico de hace 37 años.

No voy a referirme a la suerte de los desaparecidos, que sería la principal pregunta que todavía hoy exige respuesta. Tampoco al eterno interrogante sobre si se trató de una emboscada o no, es decir, si las fuerzas militares sabían del operativo y propiciaron su realización al retirar la seguridad del Palacio. Aclaro de plano que no voy a referime a la verdad de los hechos en torno a la toma y la retoma.  

El misterio que quiero abordar es el siguiente: ¿por qué el M-19 no se tomó el edificio del Congreso de la República en vez del Palacio de Justicia?

Esa pregunta se la ha hecho todo el mundo en voz baja.  Para cualquier observador de la lógica de pensamiento y acción de las insurgencias en América Latina, tal interrogante es lo primero que se le viene a la cabeza.  Si se trataba de tomar rehenes de alta relevancia para generar un hecho político y negociación, como en múltiples ocasiones habían ejecutado los diversos grupos insurgentes del continente y el propio M-19, lo lógico era atacar una institución desprestigiada y con alto grado de responsabilidad en la situación del país, como era el parlamento colombiano que aglutina a la cúpula de la clase politiquera, epicentro de la corrupción. 

Exactamente eso fue lo que hizo el Frente Sandinista de Liberación Nacional el 22 de agosto de 1978 en Managua en un operativo que llevaba el nombre de su líder fundador, Carlos Fonseca Amador.  El Congreso nicaragüense estaba tan desprestigiado que la acción pasó a la historia como la “operación chanchera” o “el asalto a la casa de los chanchos”, como la llamó García Márquez en una crónica pocos días después del suceso.  Esta acción político-militar fue una extraordinaria victoria sandinista que preparó el camino hacia la ofensiva final.  Menos de un año después el FSLN se tomaba el poder.

En contraste, la toma del Palacio de Justicia en Colombia parecía no tener lógica.  La Corte Suprema de Justicia era una prestigiosa reserva democrática de la nación, defensora de los derechos humanos. Como tal investigaba a integrantes de la cúpula militar por violación de esos derechos fundamentales a la vida y la integridad, perpetrados a punta de torturas y desapariciones desatadas por el régimen al amparo del Estado de Sitio.  La Corte era, pues, un aliado natural del movimiento popular y democrático.  Decir que era un aliado del M-19 sería un exabrupto, pero había sintonía en torno a los valores democráticos, en oposición al autoritarismo militarista.

En los comunicados del M-19 durante ese noviembre histórico la Corte es denominada “reserva moral de la nación”, “hombres de honor y leyes” y siempre es tratada respetuosamente con el adjetivo “honorable” antecediendo su nombre.  Más aún, toda la concepción del operativo parte de una alta valoración de ese máximo tribunal como la instancia idónea para el hecho político que se pretendía generar y los magistrados jamás son concebidos como objetivo militar.  Digámoslo de manera clara y contundente: para el M-19 los magistrados no eran rehenes. 

La idea era presentar ante la Corte una demanda (armada) para enjuiciar al presidente Belisario Betancur por traición a los acuerdos de tregua y diálogo nacional firmados en 1984 y tomarse militarmente el edificio para defender al alto tribunal y darle protección en su tarea.  ¿Cómo se entiende esa visión que choca de frente contra el más elemental sentido común?

Para explicar esa misteriosa lógica oculta es que sugiero mi hipótesis.   Que el M-19 se convenciera a sí mismo de una idea que parece absurda para cualquier persona común denota un imaginario especial (algunos dirían “delirante”) que se había venido configurando en esa organización desde 1983.

Señalo el año 83 porque justo antes de morir, Bateman organiza un nuevo curso de entrenamiento militar en Cuba.  Esta vez no se cometen los errores de 1981, que Darío Villamizar narra muy bien en su reciente libro Crónica de una guerrilla perdida. Carlos Pizarro fue el líder de esa tropa que al regresar a Colombia constituirá el Frente Occidental en las montañas del Cauca y que en 1984 desplegará una nueva dinámica que marca diferencias con el Frente Sur encabezado por Gustavo Arias, alias Boris.  En ese momento hay una disputa de concepciones entre los “académicos” del Frente Occidental y los “históricos” del Frente Sur. 

En el primer semestre de 1984 el M-19 lanza una ofensiva militar sustentando una propuesta política de tregua y diálogo nacional.  Cuando ya está a punto de firmarse el acuerdo con el gobierno, Pizarro, desobedeciendo a su comandante Álvaro Fayad (según se dice), se toma Yumbo, en las propias goteras de Cali.  Casualmente, el día anterior habían asesinado a Carlos Toledo Plata, médico amnistiado y dirigente histórico de la Anapo y del Eme.  La coincidencia permite que la acción de Yumbo aparezca como una respuesta justificada por parte del M-19 y no se malogra la firma.

La tregua y el diálogo se van desarrollando con gran acogida popular y notorio impacto político a pesar del saboteo de los militares, que terminan cercando al Frente Occidental del M-19 en una zona de la cordillera central llamada Yarumales.  A final de año se produce una batalla propia de la guerra de posiciones, inédita en la historia guerrillera.  Los “académicos” habían introducido nuevas técnicas de ingeniería militar en la guerra colombiana que lograrían desconcertar al ejército y luego de tres semanas el M-19 se anota una victoria inesperada que hiere el orgullo militar.  Un mes después, febrero del 85, en medio de una euforia triunfalista se desarrolla la IX Conferencia del M-19 y un Congreso popular que pasará a la historia como el Congreso de Los Robles (apenas a 4 kilómetros de Yarumales).

Cuando la tregua se rompe por el atentado a Navarro Wolff, el M-19 lanzará en el segundo semestre de 1985 una ofensiva militar que llevará hasta el centro de Bogotá: a la toma del Palacio de Justicia.  Los “académicos” no sólo habían incorporado técnicas rurales, también trajeron técnicas de guerra urbana, por ejemplo el concepto “defensa de edificio”. 

Esa concepción es la que explica por qué la táctica tradicional de rehenes no está en la lógica de la acción.  En el imaginario de la compañía Iván Marino Ospina que ejecuta el operativo seguramente estaba reproducir la victoria de Yarumales en plena Plaza de Bolívar.  Es posible que al analizar los blancos posibles, la arquitectura del Palacio de Justicia se ajustara más al concepto militar de defensa de edificio que el Capitolio Nacional donde sesiona el Congreso.  

Pero dije que había un detalle adicional.  ¿A quién se le ocurre ante el contexto que hemos esbozado arriba que el gran hecho político consista en poner una demanda? Semejante idea sólo se le puede ocurrir a un abogado. De cabo a rabo toda la concepción política del operativo está signada por la mentalidad y el lenguaje de la abogacía.  Había dos abogados en el estado mayor al mando de la operación: Andrés Almarales y Alfonso Jacquin.  Pero sólo Jacquin había estado en el entrenamiento de los “académicos”, en la toma de Yumbo, en la batalla de Yarumales.

Alfonso Jacquin, samario como Bateman, llamado el “Pompo” por sus amigos, fue el mejor orador que tuvo el M-19.  Su labia era tal, que era capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa, incluso a sí mismo.  Años antes, en sus tiempos de troskista, había escrito una crítica profunda a las acciones violentas ejecutadas por un grupo de personas, en contraste con la lucha de masas. 

En su eufórico discurso de clausura del Congreso de Los Robles, con las luces de Cali en el fondo oscuro, el nuevo Jacquin guerrero sueña, delira, eleva la palabra a la altura de la poesía con una pasión que se desborda por la montaña.  La misma pasión que Bateman invoca en aquella inolvidable entrevista de Alfredo Molano que luego fue convertida en melodia por Afranio Parra.  Esa pasión tuvo que ser el crisol de la insólita idea de la demanda armada para enjuiciar a un presidente traidor. 

Puedo imaginar al Pompo convenciendo a todos que tomarse el Congreso era una simple imitación de los nicas, que había que innovar como le gustaba al M-19 y que en Colombia las grandes alamedas se abririan desde el corazón de la Justicia, encarnada en la Honorable Corte Suprema de Justicia protegida por la democracia en armas.  Finalmente, los tanques convirtieron el sueño en pesadilla.  En medio de los tiros dos abogados llamados Alfonso hablan con una emisora (oir aquí). Reyes Echandía clama el cese al fuego.  Jacquin le pide el teléfono y al describir en pocos segundos la situación de irrespeto absoluto a la Corte por el poder civil y militar menciona dos veces la palabra “increíble”.  No lo podía creer.          

Coletilla: la perspectiva de Gustavo Petro sobre la toma y retoma del Palacio de Justicia está plasmada en un libro titulado Prohibido olvidar (Casa Editorial Pisando Callos, 2006) escrito en conjunto con Maureén Maya.  Petro coincide más con el Jacquin troskista que con el guerrero.

Publicado en El Unicornio, noviembre 6 de 2022




sábado, julio 09, 2022

Código ético del M19


El siguiente es un extracto de una ponencia sobre la concepción teórica del M19 elaborada por el autor de este blog.  

Este segmento se refiere a la ética de dicho actor político-militar. 

CÓDIGO ÉTICO

Los actores de violencia política insurgente desarrollan sus propios códigos éticos, usualmente llamados “ética revolucionaria”, una ética del guerrero, espartana, estoica, en la cual se valora el sacrificio, la valentía, el heroísmo, la solidaridad, la disciplina, la lealtad, la entrega a una causa, la capacidad de trabajo, como el ideal que encarnara el “hombre nuevo” de Guevara.  Pero ese contexto épico tiene su lado oscuro, pues también se tiene que elaborar al “enemigo”, acotar los límites de la acción violenta y contrarrestar el riesgo de degradación moral. 

Este es un tema tan rico que, en sí mismo, da para un trabajo específico que lo desarrolle en profundidad.  Por tanto, dentro de las limitaciones de tiempo y espacio de la ponencia, sólo se ofrece un esquema para el abordaje de su complejidad. 

(1) La ética del M19 es consecuencialista, permeada por la política y en coherencia con ella y su concepto vertebral de identidad cultural.

(2) El ideal ascético de la “ética revolucionaria”, con referentes clásicos como el “hombre nuevo” de Ernesto Guevara, está presente en el inicio del M19, pero luego se va  desmitificando al emborronarse la frontera entre militancia y no militancia. En su discurso sobre “el mito de los hombres perfectos”, al inicio de la VIII Conferencia, Bateman le da sepultura.  Sin embargo, el M19 extrae valores morales del pensamiento mágico-religioso[1], al acuñar conceptos como “la cadena de afectos”, que aún pervive, una idea de origen gnóstico.  Una comparación subjetiva entre el M19 (clandestino y en guerra) con la Alianza Democrática M-19 (legal) en los años 90, sirve para ilustrar la dimensión moral al superar el primero a la segunda en estatura moral. En contraste los códigos sancionatorios formales no son ilustrativos de la realidad ética del Movimiento. 

(3) Los límites de la acción violenta son el principal dilema moral de los actores armados con pretensiones de legitimidad.  Como los demás grupos insurgentes, el M19 debió definir límites al elaborar el concepto de “enemigo”[2], el trato a prisioneros, la política de financiación (quién paga la guerra y cuáles son los métodos de cobranza), la destrucción de infraestructura pública o privada, el ejercicio de la justicia, el manejo de los efectos colaterales, la ética ambiental.  El M19 logró definir límites más estrictos que otros actores armados.  Como resultado es posible realizar un balance de acciones moralmente cuestionables realizadas por el M19, otras realizadas pero corregidas, y aquellas jamás realizadas, para contrastarlas con otros actores.  Este análisis va ligado a la cuantificación del daño y el sufrimiento causado.  Como puede verse en el documento ¡Basta ya! Del CNMH, ese balance es favorable al M19 en comparación con otros actores guerrilleros, paramilitares, estatales[3] y de los partidos tradicionales, y explica su vigencia política en el postconflicto. 

(4) Un aspecto particular del código ético es el cambio en el lenguaje que consiste en renombrar las acciones violentas para diferenciar aquellas que son moralmente aceptables de las que no lo son, pero esta jerga especial no es exclusiva, sino compartida con otros grupos guerrilleros. 

(5) Conciencia del riesgo de degradación: El M19, en concreto su dirigencia, era consciente del riesgo de degradación de la guerra y sus actores[4].  Las consideraciones éticas hacen parte de las razones del rechazo del M19 al concepto de “Guerra Popular Prolongada” o GPP, pues la extensión en el tiempo conlleva mayor sufrimiento para el pueblo que padece la guerra y mayor degradación de los propios actores.  Esta actitud es concomitante con el voluntarismo insurreccional de que hizo gala el M19.  Las experiencias del ELN con Fabio Vásquez Castaño y del Frente Ricardo Franco con Javier Delgado en Tacueyó[5] son tomadas como “espejo”.  La autocrítica (colectiva) a excesos fue un mecanismo correctivo, como parte de la contrastación empírica.  La “guerra sucia” y la “libanización” del conflicto en Colombia, fueron motivantes para negociar la legalización y dejación de armas.

(6) El respeto a los valores populares tradicionales, tales como familia, patria y religión, fueron parte del comportamiento ético del M19 acorde a su criterio medular de identificación cultural. 

(7) Finalmente, el M19, al desmovilizarse, pidió perdón en boca de Antonio Navarro Wolff a las víctimas y a la ciudadanía en general, por los daños y sufrimientos causados, aún a pesar de que sus contrapartes no lo hicieron (FFMM, el estado colombiano, el partido conservador y el partido liberal frentenacionalista).  Los crímenes de lesa humanidad nunca fueron amnistiados o indultados.



[1] Diego Arias, Memorias de abril, 195.

[2] En tres categorías: el combatiente enemigo, el civil de la élite o enemigo sociopolítico, el traidor

[3] Grupo de Memoria Histórica, ¡Basta ya! , 31-108  (por ejemplo cuadro en p. 67)

[4] Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI, (Barcelona: Crítica, 2010), 165.

[5] Diego Arias, Memorias de abril, 73.

sábado, junio 06, 2020

¿Nuevo orden mundial?


Si buscas en google la frase entrecomillada “nuevo orden mundial”, ¿Cuántos resultados crees que salgan?  En español hay alrededor de 4 millones.  Pero si buscas “New World Order”, puedes llegar a los 20 millones.  Sería interesante haber hecho este ejercicio una vez al mes desde enero, pues creo que la cifra se ha disparado y así podríamos corroborarlo.  En todo caso la frase está de moda en las redes sociales, pulula por doquier, casi siempre asociada a un discurso conspirativo simplón, que raya en el delirio de persecusión y el victimismo, y se basa en la ignorancia. Su entrada en wikipedia advierte “no se debe confundir con la conspiración judeo-masónico-comunista internacional”.  Parece un chiste.  

El concepto serio de “nuevo orden mundial” es antiguo en geopolítica y en historia.  Por ejemplo, en 1945 aparece un nuevo orden mundial como resultado de la guerra que involucró a todo el hemisferio norte, generando una correlación bipolar de superpotencias en permanente guerra fría y poco después surge la ONU y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Hay también una nueva dinámica económica, con fuerte rol del estado en inversión y regulación, y un enfoque keynesiano en la política, lo que llevará a un gran crecimiento en la riqueza material y a un tipo de democracia social conocida como estado de bienestar.  Y en el otro polo se consolida un modelo de socialismo de estado en el bloque soviético que, sin embargo, se derrumbaría 45 años después, con lo cual tenemos otra vez un nuevo orden mundial en 1990.  Este tema lo tratamos hace poco en una columna anterior y lo profundizamos en este video.

No toda crisis por profunda que sea es capaz de producir un nuevo contexto de poder entre las naciones y las ideologías.  Por ejemplo, hace un siglo tuvo lugar la Gran Guerra Europea que ahora se conoce como “la primera guerra mundial” y al final de esos cuatro terribles años se produjo una revolución anticapitalista en el país de mayor tamaño y luego una pandemia de influenza que causó más muertos que la propia guerra.  Sin embargo, no surgió un nuevo orden mundial.  En el marco del Tratado de Versalles se creó la Sociedad de las Naciones que se proponía establecer las bases para la paz duradera a partir de una reorganización de las relaciones internacionales.  Mas no hubo tal.  Por el contrario, hubo más de lo mismo y hasta peor, como lo evidencia el hecho de la crisis económica de 1929 y la siguiente guerra de mayor escala.      

En 2020 enfrentamos una pandemia más global que cualquier otra.  En un contexto totalitario la economía seguiría funcionando así murieran algunos millones de personas.  Que de forma intencional se haya frenado parcialmente la economía como estrategia de defensa anticontagio, es un indicador de que el valor democrático de la vida se impuso a los intereses de los negocios (aunque fue evidente que gobernantes populistas como Trump, Bolsonaro y Johnson lo hicieron a regañadientes y con deficiencia). ¡Es una victoria democrática! 

La emergencia ha demostrado de manera contundente el desastre social y ambiental que ha generado la hegemonía neoliberal y su fundamentalismo de mercado durante los últimos cuarenta años en gran parte del mundo.  El sector público de la salud fue desmantelado.  El sistema educativo ha fracasado, arrodillado al pensamiento mágico y la fragmentación del saber. El empleo se ha hundido en el pantano de la inestabilidad, precariedad e informalidad debido a la política de “flexibilidad laboral”.  La desigualdad y la miseria se han incrementado.  La investigación científica se ha desfinanciado, debilitando su infraestructura.  El efecto invernadero, la pérdida dramática de biodiversidad y la acidificación de los océanos se han desbocado y amenazan la supervivencia de la civilización.

Es entonces el momento de reclamar masivamente el regreso del estado social remasterizado y la economía mixta, el fortalecimiento de lo público, el despliegue de nuevas y audaces formas de política social incluyente, como la renta básica universal.  Que vuelva Keynes, que venga la vieja socialdemocracia, dirán algunos.  Que resucite el liberalismo social, dirían otros en Colombia.  Sí, hay que aprender las lecciones positivas del pasado, pero hay también nuevas ideas que se pueden conjugar creativamente, nuevas opciones como la propuesta por Thomas Piketty, por ejemplo.  Ese es el nuevo orden mundial que necesitamos, un orden postneoliberal, con raigambre social.  Y en eso es que deberíamos estar pensando.

El Estado de Bienestar ha sido la mejor forma de sociedad jamás construída, probada en la realidad de los hechos durante décadas y debe resurgir repotenciado, actualizado a la altura del siglo XXI, dotado de una política antropocénica para enfrentar el cambio climático.  En Colombia lo llamamos Estado Social de Derecho y lo han venido desmontando desde 1993, cuando de lo que se trata es de profundizarlo.  No hablamos de resistencia, sino de construcción de futuro para todos.  La reivindicación del Estado Social de Derecho, columna vertebral de la Constitución del 91, no será el fruto espontáneo de una crisis pandémica, sino el objetivo de un movimiento multitudinario de los trabajadores, que somos todos los empleados profesionales o no profesionales, los desempleados, los subempleados, los informales y los rebuscadores.  

El nuevo orden que soñamos tendrá que ser necesariamente implacable contra la corrupción.  La clase politiquera se ha apropiado del estado y lo ha podrido de corrupción con un beneficio doble: se enriquecen con la contratocracia y logran desprestigiar lo público para que la gente no crea en ello y vea la privatización como la salvación.  Con cara ganan ellos y con sello también.  Entre el neoliberalismo que debemos sepultar en el pasado y el futuro estado social, se levanta la barrera de la corrupción.  Contra ella lo hemos intentado casi todo, excepto la pena de muerte.  Es hora de considerar esa opción, ¿no les parece?

No es eficiente la deliberación racional sobre un nuevo orden mundial liberador y postneoliberal, como propuesta política progresista, mientras los fanáticos de las llamadas “teorías conspirativas” generen tanto ruido desorientador con su alborotada paranoia de un imaginario “nuevo orden mundial” opresivo, sin fundamento geopolítico ni tecnocientífico alguno.  Estos idiotas útiles, alebrestados por el confinamiento y el auge de las redes sociales, hacen eco a Trump y sus trinos descabellados, con un sancocho contradictorio de insensateces que simplifica a niveles absurdos y ridículos la situación que vivimos.  Según ellos la pandemia es un engaño, totalmente inexistente, o tal vez sí existe, pero es un fenómeno artificial.  En cualquiera de los dos casos es un plan diabólico fabricado por…. ¿el partido comunista chino? ¿Bill Gates? ¿el Club Bilderberg? ¿Putín y Trump cogidos de la mano? ¿la Big Pharma?  ¿los judíos? ¿los Illuminati? ¿los bancos?  Tamaña inconsistencia se resuelve con una mágica frase evasiva: “la élite mundial”, un oscuro colectivo siempre indefinido, pero de alguna forma caracterizado por su perfecta unidad sin fisuras, su solidez a toda prueba, su fantástica cohesión y capacidad maquiavélica infinita.  Con su estéril sofisma de distracción los conspiranoicos son funcionales al sistema.  Por eso, la próxima columna va enfocada al análisis de este fenómeno psicosocial y a tratar de responder esta pregunta: ¿por qué tanta gente de izquierda traga entero teorías conspiranoicas que origina la extrema derecha?



miércoles, agosto 14, 2019

Historia mínima de Colombia: reseña crítica

Comentarios críticos a Historia Mínima de Colombia (HMC) de Jorge Orlando Melo 


A manera de reseña informal

HMC es un ensayo divulgativo sobre la historia humana en el territorio de lo que hoy es Colombia. Dado ese carácter divulgativo se entiende que no tenga la formalidad de un trabajo historiográfico académico, pero por ser la elaboración de un historiador se exige un alto grado de rigor científico. Y aunque no se espera que sea exhaustivo, sino una panorámica, el nivel del autor prometería una síntesis lúcida con mucho criterio.

Pero el resultado es agridulce.

Por un lado, el texto es oportuno, llena un vacío en publicaciones de ese alcance en los tiempos recientes. Es muy positivo que se haya convertido en “superventas” (en términos relativos al mercado colombiano), pues en Colombia hay un gran desconocimiento de la historia. En especial, las nuevas generaciones se educaron sin asignaturas específicas en la escuela que remarquen lo que antes graciosamente se llamaba la “historia patria”. Es, además, un texto entretenido, de fácil lectura, cumpliendo con una exigencia propia de la divulgación masiva. Pero sería peligroso que el lector tragara entero sin más, en vez de hacer una lectura crítica.

Un mérito de la obra es que el primer capítulo aborda la historia precolombina, algo poco usual en la historiografía colombiana. Ahora bien, si ese capítulo refleja el estado del arte entonces tendríamos que decir que es muy poco lo que sabemos de las sociedades precolombinas que se desplegaron en este territorio. El panorama que se ofrece es muy fragmentario e incompleto. Esto implica una deuda de la investigación nacional que tiene allí una asignatura pendiente. Pero si miramos la pobre bibliografía (3 textos en pp325-326) que el autor referencia en este tema, podríamos pensar que la falla es del autor y que el texto no está a la altura del estado del arte. O quizás haga falta, no tanto investigación, sino meta-análisis. En general, en el texto la presencia indígena ocupa un lugar destacado. En comparación, la población afrodescendiente es poco protagónica, marginal. Hay cierto desbalance étnico ahí. 

Un buen aporte es señalar (sin datos) que la agricultura indígena precolombina era más productiva y variada que la agricultura española y mestiza de la época colonial e incluso del siglo XIX. Otro aporte fue resaltar la decisión durante el gobierno Barco de ampliar resguardos y proteger reservas forestales en el 20% del territorio nacional (p265). Y aunque la demografía no es una fortaleza del texto, al menos expone unos estimativos muy dicientes (pp16-17): en 1500 había unos 5 millones de habitantes, 1.200.000 en 1560 y apenas 600.000 en 1630, punto más bajo, desde donde comienza a recuperarse hasta alcanzar la población de 1500 al comenzar el siglo XX. Un bache demográfico de 4 siglos. En el siglo XX la población se duplica 3 veces y hoy somos 48 millones. Esto muestra las dimensiones del genocidio directo e indirecto provocado por la invasión española.

De las 330 páginas en 15 capítulos, un tercio está dedicado a la época indígena, la conquista, la colonia y la guerra de independencia. El segundo tercio es la historia de la república hasta la dictadura de Rojas Pinilla. Y el último tercio corresponde al período que el autor y quien esto escribe hemos vivido, es decir, desde el Frente Nacional hasta el presente. Nota: no queda claro por qué en la periodización, la frontera al último período de nuestra historia la ubica en 1986 y no en 1990-1991 cuando hay un proceso de paz relativamente exitoso y se origina la nueva constitución. 

Otra manera de ver la estructura del libro es: miles de años se agotan en 15 páginas, 320 años en 60 páginas y los últimos 200 años o poco más, en 225 páginas. El último capítulo, que es el más extenso del libro (junto al de la colonia), es un balance del siglo XX (pp 283-320). En este último capítulo y el epílogo, predomina lo evaluativo y lo explicativo, con cierto sesgo, mientras que en el resto del libro el autor intenta mantener el enfoque descriptivo, jugando al observador neutral, que no es lo mismo que ser objetivo. En otras palabras, el autor no arriesga, no se compromete, deja abiertos asuntos claves, posando de ecuánime, pero a la postre no resuelve ni aclara la verdad histórica. Por eso en su epílogo (pp 321-324) es claramente sesgado y hasta parece contradictorio con el resto del libro. El epílogo es un gol de otro partido. 

Por ejemplo, el inicio de la violencia entre liberales y conservadores después de un período de relativa paz tras la guerra de los mil días se presenta en los años 1930-31, pero todo queda salomónicamente descrito mediante el expediente de exponer una “verdad liberal” y una “verdad conservadora” en vez de ir a los hechos (p199). No hay un veredicto sobre quién inició los ciclos de violencia que llegan hasta hoy. Otro caso es el del fraude del 19 de abril de 1970. ¿Hubo o no hubo fraude? La respuesta de Melo es una especie de “no, pero sí” (p243). Surge entonces la inquietud de si estas ambigüedades son muestras de pusilanimidad del autor o se trata de una situación historiográfica llena de huecos o temas abiertos. Y en este último caso ¿a qué se debería? ¿Se trata de un problema de fuentes en un país donde no se acostumbra a que viejos archivos clasificados se desclasifiquen porque a veces ni siquiera existen los archivos? ¿O cuál es el problema? Que no se diga que esa es la naturaleza de la historia como ciencia, pues en otros países vemos como los casos que involucran a los gobiernos generalmente se dilucidan gracias a leyes que obligan a hacer accesibles todos los registros después de cierto tiempo.

Este defecto parece estar relacionado con otra falla del libro: la escasez de cifras. La investigación cuantitativa es mínima. ¿Será por eso que tal palabra aparece en el título? La historiografía científica moderna se fundamenta en datos y en análisis cuantitativos precisos. Una vez más surge la duda de si el problema es del autor, es de la historiografía nacional o, más grave aún, es de la desaparición de la información (lo que nos pondría en peligro de ser un país sin “memoria”).

Y si seguimos adentrándonos en el enfoque propuesto por el autor nos encontramos que el peso fundamental del libro está en la historia política, al estilo tradicional, algo que ya deberíamos haber superado en la historiografía colombiana. Peor aún, en la historia republicana el autor va siguiendo el hilo de los sucesivos presidentes, sus períodos, sus políticas. Parece más una historia de los políticos y sus “muñequeos”, las peleas entre élites. Y paradójicamente al final concluye que eso no ha sido lo determinante de la historia colombiana. “El Estado no tuvo mucho peso hasta 1920 y desde entonces su aporte principal ha sido ofrecer un ambiente estable para la inversión y la producción: una política económica tranquila y sin sueños grandiosos ni esfuerzos populistas” (p.321). Y en p320 reconoce que “la apropiación del avance científico es tal vez la explicación principal para que el crecimiento económico entre 1810 y 2010 haya sido un poco más rápido que el de los países avanzados”. Un logro de innovadores de la sociedad civil. 

En un nivel secundario, pero importante, se encuentra la historia económica. No podía ser menos, dado que sobre ese tema hay abundantes trabajos en nuestro país. La mayor parte de las escasas cifras que aparecen en el libro son de estos aportes (también hay aportes cuantitativos de los estudios sobre la violencia). ¿Será que nuestros historiadores económicos y los “violentólogos” son los únicos acostumbrados a la investigación cuantitativa? La historia tributaria aparece a menudo, tanto en la colonia como en la república, pero la historia monetaria casi no es tenida en cuenta. El Banco de la República, su creación, su cambio en 1991, no se registran. Como tampoco se mencionan la misión Kemmerer (Princeton, Cornell), la influencia de Lauchlin Currie (Harvard, London School of Economics), el Plan Vallejo. El modelo de sustitución de importaciones iniciado en 1947 apenas se menciona en p272 cuando se habla del cambio al modelo neoliberal en los años 90 y en esa misma página narra de manera muy breve que Colombia se convirtió en importador de alimentos, tema que debió quedar mejor explicado.

En tercer lugar, pero ya a un nivel casi marginal aparece la historia cultural, con datos anecdóticos y fragmentarios sobre la música y la gastronomía, entre otros. Aspectos fundamentales en la investigación del pasado como son la historia tecnológica y la historia ambiental, que en otros países ocupa lugar central, en este libro son apenas tocados tangencialmente (¡pero al menos aparecen!). Y sin embargo, se reconoce al final texto (p320), que el factor determinante de que la Colombia de hoy haya superado las precarias y muy limitadas condiciones de vida de hace 200 años es el progreso traído por las ideas y tecnologías importadas. El único caso significativo de innovación endógena mencionado se da en la agroindustria cafetera. En pp291-292 el autor concluye que “la ausencia de un sistema de investigación fuerte, en ciencias básicas y aplicadas, ha reforzado una educación enciclopédica pero poco experimental, que se refleja en la debilidad de la mentalidad científica, en la fuerza de formas de pensamiento mágico y en el predominio de estilos de argumentación dogmáticos y personalistas en la cultura pública”. En otras palabras, es la imposibilidad de la democracia epistémica y la condena a la democracia dóxica (en el mejor de los casos), un asunto tan medular que merecería un mayor sustento y análisis. 

Entonces no se entiende que el libro se concentre en avatares políticos no trascendentes y no en los cambios fundamentales de la matriz energética, las comunicaciones (un punto que el libro sí identifica como problema grave de un país de orografía complicada), las migraciones, la gestión ambiental del territorio, las tecnologías sociales, temas todos ellos que apenas aparecen mencionados tangencialmente, a pesar de ser allí donde podemos encontrar la causas últimas que explican el devenir de la historia colombiana. 

Otro tema que casi no se menciona, excepto por el caso ineludible de Panamá y la desmembración de (la Gran) Colombia, es el de la pérdida de territorios. La soberanía no es un eje que parezca preocuparle al autor, aunque está implícita en la tesis de que Colombia es una ficción que se ha materializado (y encogido) lentamente a lo largo de dos siglos. 

Los énfasis en el acontecer de la vida política y el enfoque descriptivo hacen que el libro pierda profundidad analítica. Es como si el autor creyera que al no utilizar categorías analíticas logra ser más objetivo. Por ejemplo no aparece el concepto de “élites” sino que introduce expresiones como “grupos dirigentes”, “clases altas” y el término “oligarquías” trata de hacerlo pasar como propio del uso de los personajes históricos y no del historiador, aunque a veces se lo apropia. La viejas categorías de la dialéctica marxista, burguesía / proletariado, que tanto influyeron en la “nueva historia” de los setenta, brillan por su ausencia. Y los conceptos de poder que tanto fascinan a los autores franceses, como dominación, hegemonía, opresión, explotación, o la palabra de moda, “subalternos”, tampoco son utilizados. La excepción es la p192, donde aparece de manera más explícita la lucha de clases bajo el término “tensiones sociales” que involucra a sectores en ascenso, pobres, obreros, indios, negros, campesinos, pueblo en suma, en contraposición a oligarquías y a veces a artesanos y clases medias; en ese mismo párrafo también habla del enfrentamiento de pobres y ricos y de campesinos contra terratenientes, y del endurecimiento de relaciones entre “grupos dominantes” y “nuevos sectores”. Sólo en otra ocasión usa la expresión “grupos subordinados” (p164). Eso no quiere decir que la asimetría de poder no sea evidente en la narración, sino que es descrita “asépticamente” casi siempre. Intereses y valores sí son herramientas que el autor esgrime. En síntesis los principales conflictos de la etapa republicana han sido: centralismo vs federalismo, catolicismo vs liberalismo, pueblo vs oligarquías.

Esa objetividad sería más alcanzable si estuviera describiendo hechos solamente, pero la necesidad de síntesis le obliga a resumir analíticamente (seleccionando), así que su equilibrio es aparente. Hasta un ejercicio literario como La Franja Amarilla de William Ospina (o Pa´que se acabe la vaina del mismo autor) logra mayor profundidad gracias a que es más arriesgado con hipótesis explicativas. Por ello el autor no logra encontrar una identidad nacional, salvo en la violencia endémica. La impotencia explicativa la expresa el mismo autor al notar como la religión, que tiene un gran peso en la narración pues efectivamente Colombia ha estado signada por ese tipo de creencias antiguas (especialmente en la contradicción entre liberales y conservadores), de manera “inadvertida” (p317) se transforma en un estado laico. Logro discutible, además, dado que en 2016 pudimos ver que no es así, con la masiva marcha, religiosamente motivada, del 10 de agosto y el impacto que eso tuvo el 2 de octubre en el plebiscito por la paz, que no tenía nada que ver con el otro asunto, pero fueron hábilmente mezclados en la propaganda con el fin de confundir. 

El libro tiene otro par de limitaciones: la visión interiorana ensimismada y la falta de análisis comparativo con otros países de la región y del mundo, algo que sí hacen, por ejemplo, Acemoglu y Robinson en Why nations fail, con algunas menciones a Colombia. 

A pesar de que el libro reconoce que Colombia es un país de regiones, buena parte del texto de la etapa republicana se centra en Bogotá y Medellín, como los dos polos decisivos. Barranquilla casi ni se menciona, excepto en el capítulo final. El 10 de octubre de 1821, fecha en la cual fue expulsada la última tropa española en el territorio, por el puerto de Cartagena, pasa desapercibida. Tampoco se menciona que la élite que fue más afectada durante la guerra de la independencia fue la de Cartagena, lo cual tendrá importantes efectos. La llegada al país de la navegación a vapor, la aviación, el correo aéreo, la radiodifusión, la urbanización moderna, la filosofía moderna, el fútbol, las corrientes musicales y de pensamiento, entre otros factores de modernización, por Barranquilla, es desconocida en el texto. Colombia entró en diálogo con el mundo desde 1960 dice el autor (p. 319), pero Barranquilla lo hizo desde el siglo XIX, lo que explica su auge desde finales de ese siglo y comienzos del siguiente. Barranquilla no sólo es invisible en la lucha por la independencia, sino que luego en la república no juega ningún papel como pionera de la modernización, ni en el 9 de abril (aunque sí se menciona el triunfo electoral de Gaitán en esta ciudad, y de hecho Jorge Eliécer tenía más claro que Jorge Orlando que Barranquilla fue “cuna de todo lo nuevo”). Hace 100 años Barranquilla se convirtió en la segunda ciudad del país en población. Eso pasa desapercibido en el libro. Entonces cuando Barranquilla aparece en el último capítulo es como si surgiera mágicamente, como conejo del cubilete, sin explicación alguna (algo similar podría decirse de Bucaramanga). El libro utiliza categorías cachacas como “tierra caliente” y “tierra fría”, una división laxa de pisos térmicos que no es adecuada para el análisis regional del territorio.

Y al no hacer análisis comparativo con otros países y eludir casi totalmente el contexto internacional, simplemente la historia nacional se vuelve incomprensible. Dado el marco temporal milenario era pertinente responder la consabida pregunta de ¿por qué Norteamérica se convirtió en potencia líder y Suramérica y Centroamérica siguen en el subdesarrollo? Al analizar el modelo colonial español hizo falta el análisis comparativo con el modelo inglés u otros de referencia. El capítulo II, “La España del descubrimiento” hubiera permitido ese ejercicio. Otro aspecto clave fue la acumulación originaria del capital sobre el cual se mencionan diversos hechos, como la exportación de oro, la piratería y el subdesarrollo de la industria española, pero no se dimensiona el impacto mundial de ese fenómeno. 

Por otra parte, si miramos la etapa republicana, encontramos que hemos progresado mucho si nos comparamos con la Colombia de ayer, pero si uno hace el ejercicio comparativo con países del este de Asia, por ejemplo, concluye que no hay tal progreso sino rezago en términos relativos. El propio autor reconoce que el progreso que Colombia puede exhibir en su etapa republicana es exógeno, producto fundamentalmente de factores internacionales (proteccionismo de facto por guerras mundiales, ciencia, tecnología, ideas liberales, socialistas, políticas públicas imitativas, nuevas mentalidades, artes). Y no todo lo retardatario o negativo es endógeno. De afuera llegaron también ideas fascistas o tecnologías de la muerte (tráfico de armas). Por ejemplo, el tema del narcotráfico no se entiende sin el contexto internacional. Escasamente se menciona que la bonanza marimbera surgió cuando se generó una creciente demanda de la juventud norteamericana. Y aunque se menciona el respice polum de Suárez (p177), la segunda guerra mundial y la membresía en el movimiento de países no alineados, el juego de Colombia en el tablero geopolítico mundial no es eje de análisis coherente. Es casi como si el historiador adoptara las limitaciones de Miguel Antonio Caro, el presidente que no conoció el mar. Este enfoque presupone que el contexto internacional tiene que aportarlo el lector. Mínimo ha debido escribir una aclaración al respecto en la introducción de HMC.

En materia de instituciones, la justicia y el estado de derecho merecerían mayor énfasis que el otorgado por el autor. En la descripción de Melo el poder ejecutivo central se roba el show, el legislativo permanece tras bambalinas y la rama judicial es casi invisible, así como el análisis de la separación de poderes o la historia de las fuerzas militares. Sin embargo, hay un aporte muy interesante que proviene de la herencia española: la dicotomía armas-leyes es en realidad una tricotomía: armas - leyes negociadas – leyes. “Se obedece pero no se cumple” (la Universidad de Salamanca tuvo que ver con esta curiosa doctrina). Esta idea es clave para entender no sólo guerras y amnistías o la coexistencia de violencia y democracia formal, sino también la corrupción y el tráfico de influencias (“capital relacional” que llaman). La universalidad de la ley no es un concepto triunfante en Colombia, no ha sido interiorizado en su cultura nacional, lo cual es tanto causa como efecto del relativamente bajo grado de legitimidad del estado.

El libro menciona acertadamente el cambio en la situación de la mujer y lo explica, a mi modo de ver correctamente, por los desarrollos del capitalismo que transformaron la estructura del empleo y junto a otros factores (nacionales e internacionales) disolvieron la familia patriarcal. Pero hace una concesión referente a supuestos “grupos de militantes” sin precisión alguna y en contradicción con el resto del contenido. En esta parte se hace notorio que no menciona el otro cambio concomitante: el de la juventud y las relaciones intergeneracionales (el “generation gap”). La juventud sólo aparece como movimiento estudiantil. Otra ausencia notoria es el movimiento cívico, que fue el movimiento social más dinámico en los años 70 y 80 del siglo pasado, concomitante con la urbanización y el desarrollo de la infraestructura urbana y sin el cual no explicaría el fenómeno del M19.

Sobre la influencia de filósofos europeos son mencionados sólo dos: Jeremy Bentham por vía de Santander y los liberales, y luego Herbert Spencer por vía de Rafael Nuñez (p148) y que, según Melo, incidió en el cambio de posición del cartagenero ilustre. Sorprendentemente Eliseo Reclus es mencionado en dos ocasiones. Otras influencias como la escolástica, la ilustración, el marxismo, el falangismo, son mencionadas como corrientes de pensamiento sin individualizar autores.
Para finalizar, algunos errores o puntos dudosos son los siguientes:

-En p35 dice que no se sabía calcular la latitud; en realidad el problema era la longitud.

-En p62 habla de frutos exóticos en el siglo XVIII y, entre ellos, hace referencia al mango; recuerdo la polémica que se generó con El general en su laberinto de Gabo que puso a Bolívar a comer mango. Por lo que recuerdo el asunto no quedó del todo dilucidado. Tengo la duda de cuándo fue traído el mango que viene del trópico pero del otro lado del mundo.

-Inquietud: en p142 menciona “los movimientos religiosos populares de la costa” en la época de la revolución del medio siglo, pero no explicita de qué se trataba. Sería interesante conocer más sobre esto. 

-En p240 menciona a Colciencias como Departamento Administrativo de CTI cuando fue creada en el gobierno de Lleras Restrepo, lo cual es inexacto. Colciencias nació como un Fondo, luego fue Instituto y apenas en 2009, con la Ley 1286 fue convertido en Departamento Administrativo.

-En p254 menciona el manifiesto por un candidato único de izquierda en 1979 que luego daría origen a Firmes; según mi memoria ese manifiesto fue en 1978, antes de elecciones.

-La descripción de Melo sobre las acciones y políticas del M19 en el período de Betancur son inexactas, por decir lo menos, en varios aspectos y tiene omisiones claves que desfiguran el análisis (por ejemplo, no se mencionan ni la batalla de Yarumales en plena tregua ni el atentado a Navarro, hechos sin los cuales no puede entenderse la ruptura de la tregua pactada p257). En p258 el autor da algo de crédito a la versión del sicario y mitómano Popeye sobre el palacio de justicia, una tesis que carece de credibilidad.

-En la descripción de cómo se llegó a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente en 1990 el autor no conecta episodios interrelacionados, por ejemplo, olvida el “camarazo” (p268).

-En p269 menciona la votación de AD-M19 a la ANC como 25%, pero en realidad fue de 27% y la lista más votada.

-En p273 se dice que a partir de 1993 las FARC pasaron a la guerra de posiciones, lo cual es un error, las FARC pasaron a guerra de movimientos.

-En p275 habla de la ruptura de negociaciones en el Caguán y la compara con lo sucedido 20 años antes, sin precisar, pero creo que se trata de un error y que la comparación que cabe es con la ruptura de la negociación de Tlaxcala en 1992 (10 años antes y no 20) por el secuestro de Angelino Durán Quintero.

-En p281 usa la expresión “enemigos de la guerra”, pero probablemente se refería a “amigos de la guerra”, pues habla del apoyo a grupos armados ilegales.

-En p.307 Melo desconoce que el fútbol en Barranquilla y Santa Marta data de comienzos del siglo XX.

-En p316 habla de la “Constitución de 1936” para referirse a la reforma constitucional.

-En p. 323 se refiere al cambio en la sustentación del movimiento guerrillero con base en el narcotráfico al disminuir el apoyo de masas, pero la manera como está narrado pareciera ubicar esa transformación en los años 80 y no, como realmente sucedió, en los años 90.

-En p.324, al generalizar el balance histórico, habla de las guerrillas como si todas hubieran sido comunistas, una equivocación que va en contravía de lo que el propio autor ha narrado en páginas anteriores. 

-Errores ínfimos de transcripción: en p128 menciona a Domingo Caicedo, pero en la siguiente página el apellido cambia a Caycedo; en p141 repite al departamento de Santander en un listado.

ANEXO

¿Cómo sería una historia de Colombia alternativa a la de Melo?

Para ensayos divulgativos y reflexivos no muy extensos sobre la historia colombiana serían más interesantes textos que se arriesguen con una (o varias) hipótesis explicativas que sirvan de hilo conductor de una visión de conjunto. 

Si eso es mucho pedir o demasiado arriesgado, entonces propongamos reemplazar la simple secuencia cronológica de hechos por una historia analítica en dos marcos temporales y organizada por ejes de la siguiente manera:

-Historia Milenaria: desde la ocupación del territorio hasta el presente

-Historia de la naturaleza y de la relación humano – ambiente en el territorio (usamos como referencia las fronteras actuales pero a sabiendas de que no son límites naturales).

-Historia de la matriz energética: esto incluye alimentación, domesticación de animales, fuego, agua, vapor, electricidad, combustibles fósiles, energías renovables, distribución

-Historia epidemiológica: enfermedades, farmacopea, creencias, salud, ingeniería sanitaria, higiene, medicina, genética de poblaciones, demografía (aunque podría haber un eje específico para historia demográfica y geografía humana)

-Historia de la integración y las comunicaciones: lenguas, transporte premoderno (caminos y medios), escritura y alfabetismo, telecomunicaciones, transporte moderno y sus dilemas

-Historia de las organizaciones de las sociedades: escala, complejidad, jerarquías, diferenciaciones, estructuras y funciones, articulaciones y mecanismos, conflictos

-Historia de las cosmovisiones

-Historia del conocimiento: técnicas y cultura material, ciencia y tecnología, innovaciones, productividad, diseminaciones, transmisión

-Historia Republicana

-Historia del ordenamiento territorial, regiones y fronteras

-Historia del estado de derecho y las instituciones

-Historia de los conflictos horizontales y verticales

-Historia de las innovaciones y el progreso

-Historia de las ideas en 4 dimensiones: política, academia, religión y tradición; historia de las ideas políticas (esclavismo, centralismo, federalismo, cristianismo, autoritarismo, democracia, liberalismo, socialismo, fascismo); historia de los prejuicios (sectarismo religioso, sectarismo partidista, racismo, sexismo, determinismo geográfico ingenuo, sexualidad, librepensamiento); historia de la educación (escuelas pedagógicas, gramática vs ideal de lo práctico, matemáticas puras vs aplicadas, benthamismo vs religión, liberal vs confesional, filosofía escolástica vs filosofía moderna, evolución vs religión, naturalismo, materialismo y racioempirismo vs religión, ciencia inventarial vs teorías, profesiones vs oficios, pública vs privada, políticas económicas) 

-Historia de la política exterior en el contexto geopolítico.