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miércoles, octubre 14, 2020

Cristóbal Colón y el significado histórico del 12 de octubre

Esta columna fue publicada en el fin de semana del puente del 12 de octubre de 2020, fecha festiva en la cual se conmemora el denominado "descubrimiento de América" en 1492.  Cada año se forma un coro de plañideras en las redes por esta conmemoración y se multiplican los memes que idealizan lo indígena y satanizan lo europeo u occidental, de manera maniquea y poco rigurosa con la historia, a tono con la moda "decolonial".  (Nota: la cultura de los memes tiende a suplantar el estudio historiográfico serio en la formación de la nueva generación; este hecho configura un peligro, como lo ha sido Hollywood para generaciones anteriores).  Así que había necesidad de balancear tal influencia nefasta.

En 2020 se presenta además un contexto de protestas del movimiento BLM en Estados Unidos y otros países, que en algunos casos se expresó con el derribamiento de estatuas de filósofos, empresarios, exploradores, conquistadores, etc, que de un modo u otro estuvieron involucrados con el comercio de esclavos (especialmente africanos) hace varios siglos, cuando no existía ni siquiera un incipiente estado de derecho moderno a nivel internacional y escasamente se iniciaba dentro de estados nacionales.  Este contexto de la "guerra de estatuas" (pues hubo reacciones de signo contrario) no es ajeno al fenómeno de la cultura de la cancelación que constituye un típico ejemplo de transformación de causas justas en su contrario, cercenando la libertad de expresión, pilar democrático moderno.  Este giro aproxima los movimientos que se dicen progresistas a corrientes retrógradas como los talibanes que destruían monumentos históricos con los que no congeniaban.  

En este análisis, sin embargo, hay que examinar cada caso, pues los monumentos no tienen igual mérito artístico, ni es igual la importancia histórica del personaje, entre otros aspectos que distinguen unas protestas de otras.

En Colombia se presentó el derribamiento de la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar en Popayán por parte de indígenas Misak (guambianos).  Se trata de una acción significativa si tenemos en cuenta la actual situación de esa región, la pervivencia de una élite racista, conservadora y politiquera y una presencia demográficamente mayoritaria de comunidades indígenas.  No se puede desconocer que el monumento tiene varios agravantes: su ubicación (morro de Tulcán), las características del personaje y el incumplimiento de lo que se dice era la idea original de Guillermo Valencia, el poeta, que incluía un monumento al cacique Payán (que le da el nombre a la ciudad).  Pero tampoco se puede olvidar que se trata de una obra de arte.

En medio de todo este contexto y siguiendo también la crítica al denominado "pensamiento decolonial", la columna que sigue a continuación se fundamenta en la historia, como trabajo científico objetivo, sin moralismos ni sesgos, aunque hay que admitir que el título es una provocación (*guiño*).  Y desde la historia mirar el significado profundo de la fecha.  Es la fecha de la reunificación de la humanidad, que fue traumática, dolorosa e impactante a escala mundial y punto de partida de la sociedad moderna, origen de lo que somos hoy en día.  Una reunificación inevitable además, como también lo era su asimetría. La columna no se enfoca en el personaje, pues los individuos no son el factor determinante de los procesos históricos y, por ende no son lo más relevante desde el punto de vista explicativo.  Dicho esto, el personaje es mencionado como autor principal del evento histórico, que por lo demás constituye una verdadera hazaña.

Nota aparte: la formación política de cuadros con pensamiento crítico debe empezar por el reemplazo de la simple indignación moralista por el conocimiento científico de los procesos históricos, esto es, sus causas objetivas y su dinámica social.  Esto implica, además, entender el fenómeno moral como cultural e histórico, es decir, situado.  Y también aproximarse a la comprensión epistemológica que distingue a la ciencia de la moral y de qué forma y en qué medida la ciencia logra trascender el contexto histórico.  Igualmente debe contemplarse el conocimiento de la naturaleza humana sin mistificaciones, superar todo idealismo y pensamiento mágico-religioso.  Hace algunas décadas el marxismo lograba cumplir ese papel formador, a pesar de sus errores en otros aspectos.  Actualmente, la izquierda, huérfana de teoría, ni siquiera hace formación política de cuadros.  Se pasó del extremo dogmático de antaño al extremo ateórico del carnaval ideológico actual.  

Elogio de Cristóbal Colón

Por Jorge Senior

El descubrimiento de América se produjo a finales de la edad de hielo, cuando pueblos del noreste asiático atravesaron Bering y se instalaron en Alaska sin perder contacto con su continente de origen.  Con el cambio climático pasaron dos cosas: quedaron aislados de Asia y se facilitó el paso de los obstáculos montañosos para avanzar hacia el sur.  Como sucedió en otros lugares, la llegada del Homo Sapiens coincidió con la extinción de la megafauna, motivo para una sospecha que no hemos podido probar: nuestra responsabilidad en tales extinciones.   

Desde hace unos 14 mil años la humanidad quedó partida en dos: el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo.  La cultura humana evolucionó en forma paralela durante milenios en un extraordinario experimento natural. Asombra la similitud: de ambos lados surgieron grandes civilizaciones agrarias, se desarrollaron el comercio, la guerra y la esclavitud, se domesticaron animales y se contruyeron ciudades con edificaciones y calles.  También se organizaron sistemas hidráulicos, se aprendió el manejo de metales, matemática y astronomía de posición, se erigieron pirámides, se inventó la escritura, progresó la navegación y se forjaron grandes imperios.  Una diferencia fue la rueda, que en América sólo se usó en juguetes.  Hubo también desastres ambientales, epidemias, sacrificios humanos, canibalismo, homicidios, violaciones, división en clases sociales, dominación, chamanismo y creación de fantásticas narrativas imaginarias, mitologías religiosas. 

Era inevitable que los dos mundos se encontraran cuando la expansión del comercio llevara a un potente desarrollo de la navegación.  Hace tres mil años pueblos del sureste asiático lograron colonizar las islas del Pacífico sur, una hazaña de navegación asombrosa.  Y por esa misma época el Mediterráneo y el Índico ya empezaban a ser traficados por barcos comerciantes o guerreros.  No sorprende entonces que hace mil años los vikingos llegaran a América y se produjera el primer encuentro de los dos mundos.  En esas primeras escaramuzas los del viejo mundo perdieron y el intento abortó.  Fue cuestión de logística y medio ambiente. No había ímpetu comercial en juego.

A fines del siglo XV del calendario cristiano el encuentro sería a otro precio.  En los siglos inmediatamente anteriores la ruta de la seda se había convertido en el eje vertebral de un gran sistema comercial que abarcaba Eurasia de extremo a extremo y también incluía al norte y oriente de África.  El comercio alcanzaba máximos históricos y las técnicas de navegación se innovaban con múltiples tipos de embarcaciones y velámenes.  La selección natural había hecho su trabajo por medio de la peste bubónica.  Repúblicas urbanas, como Venecia, eran epicentro de un incipiente capitalismo comercial y bancario.

Portugal se lanzó a la exploración de la costa occidental africana desde 1430 y medio siglo después ya había llegado al Asia Oriental circunnavegando África y atravesando el Índico. Navegantes portugueses también intentaron la ruta occidental, pero fracasaron.  España se insinuaba como potencia al unificar sus reinos, expulsar a los moros, incursionar en el sur de Italia y norte de África.  Ambos países ibéricos tenían momentum económico, político y militar para la expansión.  Con Colón o sin Colón, la exploración de la mar Océana había comenzado con Las Canarias y otras islas y era indetenible. Sólo era cuestión de tiempo que se realizaran nuevas intentonas de exploración del globo hacia occidente, en cuyo caso, aunque ellos no lo supieran, el tropezón con ese continente desconocido en la mitad del camino era inevitable.

Colón no descubrió la redondez del mundo, ni fue el primero en pensar o intentar la ruta occidental.  No inventó el comercio de esclavos africanos (ya existía desde antes por desierto y por mar, con comerciantes africanos en primera instancia) ni visionó descubrir un nuevo mundo.  La historia no es el producto de individuos superdotados sino de procesos sociales colectivos.  El genovés no fue la causa de la exploración y la consiguiente invasión del nuevo mundo.  Su hazaña no fue la originalidad de la idea sino ser el primero, como líder expedicionario, en tener éxito en el reencuentro inevitable de dos mundos.  Un logro de dimensiones colosales que fue producto múltiples talentos y, como siempre en el contexto humano, del azar. 

Cristóbal Colón era un hombre de su época, con la mentalidad, las creencias y la cosmovisión de la sociedad que lo parió y lo crió.  Los que abordan el estudio del pasado con gafas ideológicas, politizando y moralizando la investigación histórica, hacen mala historia y mala política.  Y hacen pseudociencia.  La política y la moral son inseparables del contexto, no sobrevuelan por encima de la historia de manera anacrónica. Los juicios retroactivos carecen de sentido, sólo sirven para la manipulación de las pasiones.

No caemos en la hipérbole si decimos que el 12 de octubre de 1492 la historia de la humanidad se partió en dos, cuando lo que estaba partido en dos durante 14 milenios volvió a unificarse.  Esa reunificación de la especie humana fue trágica, dolorosa, ya lo sabemos, y también tremendamente dinamizadora del progreso humano.  Si conocemos la historia milenaria del Homo Sapiens no debe extrañarnos lo que sucedió en el siglo XVI.  Fue más de lo mismo, pero a mayor escala.  De ahí surgió el mundo moderno actual.  Y nosotros, los mestizos, no existiríamos sin ese crisol de pueblos.  Hace 528 años aconteció el hecho más importante de la historia humana que podamos fechar con total precisión.  ¿Podremos acaso olvidar a su protagonista principal?  Nuestro país honra su nombre y tú lo celebras en cada gol de la selección.


martes, septiembre 15, 2020

Tu filogénesis





Perteneces a la especie Homo Sapiens

Del Género Homo

De la subtribu Hominina (junto con Ardipithecus, Kenyanthropus, Australopithecus y Paranthropus)

De la tribu Hominini (junto a Chimpancés y Bonobos)

De la subfamilia Homininae (junto a Gorilas)

De la Familia Hominidae (junto a Orangutanes)

De la superfamilia Hominoidea (junto a Gibones)

Del parvorden Catarrhini

Del infraorden Simiformes

Del suborden Haplorrhini

Del Orden de los Primates

Del granorden Euarchonta

Del superorden Euarchontoglires

De la infraclase Placentalia

De la subclase Theria

De la Clase Mammalia

De la superclase Tetrapoda

Del infrafilo Gnathostomata

Del subfilo Vertebrata

Del Filo Chordata

Del superfilo Deuterostomia

Del combo bacano de los Bilateria

Del subreino Eumetazoa

Del Reino Animalia

Del Dominio Eukaryota

lunes, agosto 19, 2019

Metarrelato 4 Homo Deus (Harari nov 2016)

DE HOMO SAPIENS A HOMO DEUS 

Por Jorge Senior 

Noviembre 20 de 2016

Reseña de Homo Deus de Yuval Noah Harari

Cuando me enteré de la publicación de Homo Deus lo primero que pensé fue que Harari había sucumbido a la tentación económica de las secuelas, empujado por los editores. Es un viejo truco de ventas que un bestseller produzca secuelas para seguir vendiendo, pero sin alcanzar el nivel del primer libro o película, muchas veces sin generar valor agregado y a veces terminan desprestigiando y desvalorizando al autor. 

Bien, Homo Deus sí es una secuela de Sapiens (conocido en Colombia como De animales a dioses), pero… ¡vaya secuela! 

A pesar de que en tres / cuartas partes del libro despliega las mismas 25 ideas elaboradas en Sapiens (o al menos varias de las principales), no resulta repetitivo sino enriquecedor del gran argumento de Harari, con nuevos giros y perspectivas que hacen de este “Tomo II” un desarrollo necesario del “Tomo I”. Todo ello complementado en la última parte del libro con una visión “alucidante” del futuro post-humano. Si bien no es imprescindible haber leído Sapiens para abordar Deus, al lector le recomiendo que lea los 2 tomos en su orden, pues se trata de un solo gran metarrelato, una parábola completa. O como mínimo, que haya leído la reseña completa de De animales a dioses colgada aquí mismo, en la sección de notas de mi muro (y de paso otra nota de mi autoría sobre el mismo tema titulada El Gran Relato). 

Homo Deus podría ser, quizá, el libro más cosmopolita jamás escrito. No en el sentido tradicional de la palabra, aunque desde luego abarca una amplia visión multicultural, sino por la pluralidad y amplitud de los tiempos y las disciplinas que engloba. Podría decirse que constituye un estado del arte de la humanidad 2016. Es como si aquellos bestsellers de los años 70, El Shock del Futuro, El Retorno de los Brujos y El Mono Desnudo, fueran actualizados y empaquetados en estos dos tomos. En palabras del autor (p. 81) el objetivo esencial del libro es investigar al Homo Sapiens y cómo el humanismo se convirtió en la religión dominante en el mundo, para luego argumentar por qué es probable que intentar cumplir el sueño humanista cause su desintegración. (Nota: esta idea de que el humanismo lleva en sí la semilla de su propia destrucción suena bastante familiar: es de estirpe dialéctica hegeliano-marxiana; y no es la única, hay otra idea que veremos más adelante que también parece de ese linaje). 

Homo Deus es un libro de Cosmología en el sentido antiguo del término, como lo usa Popper. El libro trata de la parábola humana desde un punto de vista cósmico, esto es, a la máxima escala abarcable. Aunque magistralmente ilustrado con detalles ejemplares, Harari logra aplicar a cabalidad la prescripción de “que los árboles no te impidan ver el bosque”. En la maraña de sucesos que constituye la historia humana y la actualidad del siglo XXI, Harari desentraña lo esencial, con visión de profundidad y visión de conjunto, una integralidad que pocos alcanzan. “En el pasado la censura funcionó al bloquear el flujo de la información; en el siglo XXI la censura funciona avasallando a la gente con información irrelevante” (p. 430). Para discernir en medio del caos tiene que apoyarse en múltiples disciplinas científicas: biología, neuropsicología, economía, historia, informática. Que la filosofía brille por su ausencia es muy significativo, como veremos, pero lo que sí afecta el argumento es la ausencia de la matemática, pues el verdadero fundamento del argumento más radical de Harari es una superpremisa cuyo núcleo es matemático. 

LA FILOSOFÍA MALPARADA 

Miremos primero lo de la filosofía. El libro incursiona profundamente en la filosofía de la historia (de manera implícita) con una idea de progreso contingente pero fuerte. Y sobre todo incursiona en la filosofía de la mente: el “Yo” es una ilusión, el “libre albedrío” es una ilusión, el problema de “Otras Mentes”, la pluralidad ignota de los estados mentales, la disyunción inteligencia – conciencia, los sentimientos, emociones y pensamientos como algoritmos y una tesis ontoepistémica sobre la realidad intersubjetiva, que no es novedosa pero que el autor pinta con sus propios colores y que es clave en ciencias sociales (construccionismo social). Asimismo, recoge una idea “siliconvaleciana” sobre la construcción de un superparadigma único transversal en las ciencias que es un debate que debe ubicarse en la filosofía de la ciencia. Como si fuera poco, todo lo anterior es argumentado con sus implicaciones éticas, sociales y políticas, metiéndose así en el terreno de la “filosofía práctica”, esto es, la filosofía política y moral. Es decir, la filosofía como tema está por doquier y con importancia medular en el texto, pero los filósofos están casi ausentes como referentes, lo cual habla de un hacer filosófico inane, inocuo y superfluo. Sin decirlo, este libro es una crítica frontal a la manera de hacer filosofía profesional. 

Por ejemplo, Harari aborda el mismo tema que Habermas desarrolló en 2002 en su texto “El futuro de la naturaleza humana”, pero lo hace MEJOR en todo sentido: en amplitud y profundidad de visión, en manejo multidisciplinar, en fundamentación científica y experimental, en virtud comunicativa y literaria. En mi opinión, esta comparación muestra que la “caja de herramientas” del filósofo, tomada de la tradición de la historia de la filosofía, es pobre, ineficaz, cuasiobsoleta. En cierto sentido, el filósofo profesional de hoy es prisionero de un marco conceptual tradicional (pues se la pasa “dialogando” con personajes del pasado) sumamente limitado. Pero también observo que esta comparación le brinda apoyo a quienes abogan por una filosofía científica y experimental. Invito al lector a comparar la bibliografía de los dos libros, el de Habermas y el de Harari. La historia de la filosofía es un valioso bagaje, pero hoy por hoy, el diálogo prioritario del filósofo ha de ser con el interlocutor científico experimental. 

EL ARGUMENTO 

Según Harari la vieja agenda humana (Cap. 1), que era la lucha contra la hambruna, la peste y la guerra, está superada. La agenda de la humanidad en el siglo XXI es la búsqueda de la inmortalidad, la felicidad y la divinidad (por divinidad entiéndase superpoderes, individuales y colectivos). Derrotar a la vejez y a la muerte es un problema técnico en proceso de resolución. La felicidad, en el plano psicológico, está en “combinar la dosis adecuada de excitación y tranquilidad” (p. 51), pero en última instancia reside en el plano bioquímico. Estamos ya en el boom de las “experiencias vitales”, pero el atajo bioquímico puede ser más fácil, barato, accesible, eficaz y permanente. “Hoy en día la humanidad está mucho más interesada en la solución bioquímica” (p. 55). Sumado a los dos anteriores, otros poderes tecnológicos convierten al Sapiens en Deus. ¿Por qué llamar a esto “divinidad”? Primero, porque reemplaza a Dios como fuente de soluciones, y segundo porque más adelante Harari hablará de tecnorreligiones. 

Uno se pregunta por qué el autor no incluye en la agenda temas como la energía (fin de la era de los combustibles fósiles), el cambio climático antropogénico o “la conquista del espacio, la última frontera”. Harari no lo dice, simplemente los evita. Supongo que se debe a que los dos primeros, si bien ameritan solución o se colapsa la civilización moderna, una vez resueltos no tendrían los impactos transformadores que Harari entrevé en los tres puntos mencionados en el párrafo anterior. Esto es interesante de analizar puesto que los aspectos energético y ambiental han sido determinantes de verdaderas revoluciones en la vida social humana de épocas anteriores. Y el tercero pareciera una promesa épica que se ha desinflado y uno pensaría que Harari no vislumbra efectos importantes que valga la pena mencionar. Queda para el debate si estas ausencias constituyen debilidades de la visión de Harari o es un acierto dar por descontado que esos temas se resolverán sin mayores efectos revolucionarios. De la misma manera se da por descontado que no habrá guerra nuclear. (Nota: en p.238 y ss Harari sí toca el tema ambiental para referirse al Crecimiento en el contexto capitalista). 

El Antropoceno (Cap. 2), como se sabe, es la etiqueta de moda para “nuestra época”. Lo anterior debe entenderse en términos geológicos y de historia natural, pues la especie humana cambió la historia cósmica y se volvió un factor determinante de las características del planeta Tierra. Harari, como buen animalista, vuelve al tema de la fauna cruelmente oprimida y explotada, tocado en el Tomo I. Pero he aquí que en el contexto de la cosificación de los animales domésticos, el autor introduce el concepto bomba: algoritmo, “el concepto más importante en nuestro mundo” (p. 100). La superpremisa del libro es la tesis de que “los organismos son algoritmos” (p. 99 y ss). Y esto incluye al ser humano, con sus pensamientos, sensaciones y emociones. Esta tesis, es al menos, parcialmente cierta (el conductismo fue derrotado a mediados del siglo pasado abriendo la caja negra de Skinner mediante la analogía con las nuevas máquinas computadoras, nuevas posibilidades experimentales y luego el desarrollo de la fMRI, sumado a la biología genético-molecular). Lo que no sabemos, y el autor lo reconoce, es si es totalmente cierta. En mi opinión la respuesta no depende sólo de la biología, sino sobre todo de la matemática. 

En este capítulo aparece la segunda idea de reminiscencias hegeliano-marxianas: la correspondencia entre “base” y “superestructura”. Harari no utiliza estas categorías, sino otras. En las sociedades de cazadores-recolectores la ficción religiosa intersubjetiva es animista. “La revolución agrícola dio origen a las religiones teístas, la revolución científica dio origen a las religiones humanistas, en las que los humanos sustituyeron a los dioses” (p. 115). No se alegren mucho los marxistas. Más adelante en el texto, Harari vuelve ese argumento en contra del socialismo, indicando que (al contrario de lo que Marx creía), fue el liberalismo y no el socialismo el que mejor se correspondió con el desarrollo de la tecnología en la tercera revolución industrial (relaciones de producción y fuerzas productivas en términos marxianos). 

La especial chispa humana (Cap. 3), el alma, no existe, siglos de investigación no han encontrado ni rastros de ella. Sin embargo, el problema de la mente, propia y ajena, sigue sin resolverse. La experiencia subjetiva de los estados mentales de animales humanos y no humanos, el Mundo 2 de Popper, sigue sin entenderse en términos funcionales (¿será un epifenómeno evolutivo?). La conciencia, en cambio, sí que se detecta, pero su utilidad no es clara. Lo que explica la extensión del poderío humano no es un supuesto “espíritu” o “alma”, sino la eusocialidad (en términos de Edward Wilson) o capacidad de cooperación a gran escala basada en ficciones compartidas u órdenes imaginados (ver Tomo I), posibilitada por pequeños cambios genéticos hace 60.000 años (revolución cognitiva). El Sapiens está enredado, es prisionero de una red de sentido, un tercer tipo de realidad distinta a la objetiva y la subjetiva, de carácter intersubjetivo, que configura una verdadero guardarropa de trajes nuevos del emperador. (A propósito: esta realidad intersubjetiva es el fundamento del “construccionismo social”; el error de los construccionistas no es la creencia en la realidad intersubjetiva sino su negacionismo biológico, su subestimación de la realidad objetiva, trastorno típico de la peste posmodernista). 

La ficción es poderosa. El capítulo 4 está dedicado a los narradores con nuevos aportes que complementan esta idea del Tomo I. Pero la ciencia no es ficción como la religión y ese es el tema de la “extraña pareja”, capítulo 5. Recuérdese que para Harari, “religión” son las religiones teístas, no teístas, y las ideologías políticas como el comunismo, el nazismo y el liberalismo, entre otras, todas ellas funcionales “para cimentar el orden mundano” (p. 209). Hasta ahora ese papel no lo puede cumplir la ciencia, cuyo objetivo es entender y manejar la realidad objetiva. De ahí que ciencia y religión se complementan. Y en el último medio milenio la nueva religión que predomina cada vez más es el humanismo (secularización, desencantamiento, solemos decir), que ha sido como la llave ideal de la ciencia, la alianza moderna (Capítulo 6) en un contexto capitalista cuya fe se enfoca en el Crecimiento, basado en la confianza en el futuro, un juego que no es suma cero (un interesante argumento para la paz cuasiperpetua que valdría la pena analizar en otro momento). 

Dios ha muerto y la humanidad está sola en orfandad, en estado adulto. Llevamos ya “Quinientos años de soledad” (alusión a Gabo, p. 113). El Pacto Moderno se resume así: “los humanos estamos de acuerdo en renunciar al sentido a cambio del poder” (p. 225). Hasta ahora el capitalismo ha cumplido el pacto gracias a que el humanismo provee el sentido y la ciencia (tecnociencia en realidad) el poder, aunque vamos rumbo a una “encrucijada cósmica” (término del suscrito) (p. 227). Pero advierte: “la némesis real de la economía moderna es el colapso ecológico” (p. 239). La revolución humanista (Cap. 7) conquistó al mundo, pero el humanismo se dividió en tres ramas: liberal, socialista y evolutivo (nazi-fascista), que desataron las guerras religiosas humanistas del siglo XX. Por cierto, el humanismo socialista califica como la primera tecnorreligión de la historia (p. 303). El tema del Decrecimiento es apenas tratado tangencialmente (“nadie sabe dónde está el freno” p. 64). 

¿Qué Dios ha muerto? ¿y los centenares de millones de creyentes en islamismo, cristianismo, hinduismo, etc? Dios ha muerto, pero cuesta un poco deshacerse del cadáver (p. 298). Los números por sí solos cuentan poco en la historia. “La historia la modelan pequeños grupos de innovadores que miran hacia el futuro y no tanto las masas que miran hacia el pasado” (p. 300). Como ya dijimos, el liberalismo triunfó porque se adaptó mejor a la tercera revolución industrial (Marx y Freud pertenecen a la era del vapor y la electricidad, no de la informática y la biotecnología) (p. 304) (por cierto en la p. 136 Harari se burla de Freud comparando su obsoleto discurso con la metáfora de la máquina de vapor). Pero eso no significa que el liberalismo, la democracia y el humanismo vayan a tener igual suerte en el tercer milenio, especialmente con el desarrollo de la ingeniería genética y la inteligencia artificial, pilares del verdadero Diseño Inteligente. La búsqueda de la inmortalidad, felicidad y divinidad es corolario de los anhelos del humanismo liberal, pero la tecnología que lo permitirá es post-humanista y socava dialécticamente sus cimientos (p. 307). De esto trata la “alucidante” Parte III del libro titulada: Homo Sapiens pierde el control. 

Capítulo 8: el Yo hace BOOMMM!! “La contradicción entre libre albedrío y ciencia contemporánea es el elefante en el laboratorio al que muchos prefieren no ver mientras miran por sus microscopios y escáneres fMRI” (p. 312). Determinismo y azar se reparten el pudín y no queda nada para la sagrada libertad. Deseamos, pero no elegimos nuestros deseos (deseamos mal, decía Estanislao, y proponía una revolución del deseo; ahora será bioquímicamente factible). ¿Y el Yo? Una cacofonía de voces y ninguna es la auténtica. “Los humanos no son individuos, son ‘dividuos’” (p. 321). De la mano de Sperry, Gazzaniga, Kahneman y otros investigadores, el Yo se fracciona y se esfuma, tan ilusorio como el libre albedrío y el alma. Dos fracciones interesantes de la otrora unidad son el “Yo experimentador” que vive experiencias y el “Yo narrador” que las interpreta (sesgadamente) (p. 325 y ss). La idea de que el Yo es ilusorio no es nueva, en la China, India y Grecia se sabía hace dos mil años y también desde los inicios de la modernidad. Lo nuevo es que la idea viene acompañada de tecnología con potentes efectos prácticos. Y todo ello socava la base de la filosofía liberal (Harari se burla socarronamente de Pinker y Dawkins a quienes llama “campeones de la nueva concepción científica del mundo”, p. 336, por no sacar las consecuencias filosóficas y prácticas de sus conocimientos científicos). 

Debido a lo anterior la creencia en el valor del individuo, fundamento liberal de la democracia, se diluye. En la práctica los humanos del común ya vienen perdiendo su valor militar y laboral, reemplazados por máquinas. Conciencia e Inteligencia solían hacer parte de un solo paquete, pero ya se ha producido la gran desconexión (Cap. 9) entre ambas. Producimos máquinas cada vez más inteligentes que superan las capacidades cerebrales humanas. Pero hasta ahora no se ha detectado el menor atisbo de conciencia en ellas, a diferencia de lo que sucede en los animales. Ahora bien, no tenemos ni puta idea de qué es la conciencia ni para qué sirve, evolutivamente hablando. Tal vez sea un epifenómeno, un curioso subproducto de otras capacidades útiles. El hecho es que está discusión, otrora “pasatiempo para filósofos” (p. 342), ahora llega a la arena política. “Para ejércitos y compañías comerciales, la respuesta es clara: la inteligencia es obligatoria, pero la conciencia es opcional” (342). 

Los algoritmos electrónicos reemplazan a los algoritmos orgánicos, el silicio reemplaza al carbono, que se devalúa. Vivir sin trabajar era un sueño, pero puede tornarse en pesadilla en forma de una inmensa clase social inútil. Y así como el individuo se ve amenazado, el individualismo también, pues cada vez más el sistema te conoce mejor que tú mismo. El derecho a la intimidad es el último bastión liberal, pero sus murallas se van derrumbando, no al toque de trompeta, sino de cantos de sirenas. La gente misma entrega su información. ¿Y qué es el “sistema”? ¿cuál es ese ‘skynet’? Es el entramado de algoritmos surgido bajo el impulso de la creciente automatización y conectividad, cuyo inicio fue arpanet, internet, va por Google, Facebook y demás hiperalgoritmos envueltos en una nube de apps, y sigue avanzando hacia el Internet de las Cosas (IoT) y finalmente al Internet de Todas las Cosas (IoE), que nadie controla (427). De oráculo está pasando a representante (aplicaciones de “asistente personal” como Cortana, Now, Siri) y de ahí va para soberano. Es una deriva del poder desde el carbono hacia el silicio, pero generado principalmente por los descubrimientos biológicos más que por la propia informática. 

No estamos ante una distopía orwelliana, el individuo no será aplastado por un estado policivo, se desintegrará desde adentro (378). De hecho, hasta ahí no es un mal mundo, aunque sí posliberal, habremos delegado poder de decisión en un sistema haciendo la vida más fácil y en mejores condiciones (antes lo hacíamos con dioses e imperios). Pero falta un detalle. Una élite de humanos sigue siendo necesaria para el sistema, o para ser más exactos, una élite de superhumanos (probablemente ciborgs), producto eugenésico de las tecnologías de intervención en la naturaleza humana. No se trata de eugenesia liberal, como en forma miope cree Habermas. Se abre la posibilidad de castas biológicas, incluso de especies diferentes (382). 

Los capítulos 10 y 11 con que finaliza el libro están dedicados a sendas tecnorreligiones: el tecnohumanismo y el dataismo. 

En el cap. 10 damos un delicioso paseo por el océano de la conciencia, el amplio y desconocido espectro de los estados mentales. (Me recuerda la docena de libros de Carlos Castaneda y al Mundo 2 de Popper, filósofo que ni siquiera es mencionado, a diferencia de Thomas Nagel, quizá el único referente filosófico). La psicología es un campo de conocimiento que ha sufrido y sigue sufriendo de múltiples achaques metodológicos (opinión del suscrito). Pero su mejor vertiente es sin duda la psicología experimental. Pues bien, Harari se burla con exquisito humor del etnocentrismo de la psicología experimental. La combinación de la terra incognita mental con el poder bioquímico orientado por el interés de gobiernos, ejércitos y empresas, es altamente peligroso, pues apunta a la degradación de la mente humana de las mayorías, así como degradamos la vida mental de las vacas con la domesticación. Ni más ni menos. El tecnohumanismo es como la revolución del deseo que deseara Estanislao Zuleta, pero por vía bioquímica. El asunto es que si los deseos son manipulables, diseñables, ¿quién es el diseñador? El tecnohumanismo es presa de un grave problema de autorreferencia. Es como hacer una casa en el aire solamente para que vivas tú. 

El Dataismo o religión de los datos, con epicentro en Silicon Valley, tiene sus pilares en la informática y la biología, pero apunta a un paradigma científico único (428), transversal, una especie de potente reduccionismo ontoepistémico: todo es información y procesamiento de datos. ¿Acaso existe algo que no pueda reducirse a datos? Esto no es nuevo en filosofía, pero repito, lo nuevo son los efectos prácticos posibles. El punto no es una creencia estrambótica, ni unas elucubraciones filosóficas, sino la tendencia práctica (424) que va de la mano de los avances acelerados en la automatización, la conectividad y las interfases humanos – máquinas. Las viejas fronteras orgánico / inorgánico ya no existen. Sus apologistas defienden la libertad de información, pero ésta no se le concede a los seres humanos, sino a la información misma (un mártir de esta tecnorreligión fue Aaron Swartz, quien se suicidó en 2013, gugléalo). Esta tendencia tiene su dinámica propia. La liebre de la tecnología está dejando atrás la tortuga de la política. El dataismo le da a los humanistas de su propia medicina: estos negaron a Dios, ahora aquellos niegan a los humanos. Los humanos pasaríamos de ingenieros a chips y luego a datos para finalmente disolvernos en el gran torrente como un terrón en un rio caudaloso (429). En retrospectiva la humanidad será sólo una pequeña onda en el flujo cósmico de datos. Quizás estemos creando una nueva forma de vida superior que eventualmente conquiste la galaxia en la era post-humana. 


COMENTARIOS 

DECRECIMIENTO. En El Gran Relato expuse 4 escenarios de futuro, dos negativos (pesimista radical y moderado), dos positivos (optimista moderado y radical). En esa óptica yo diría que Harari explora el escenario 4, la eutopía superoptimista que nos promete la tecnología y encuentra que en realidad lo que va a producir la tecnología es el escenario 1 (extinción y era post-humana) o el 2 (opresión por una élite superhumana dominante sobre castas biológicas inferiores; sobre esto habló cuando vino a Cartagena en enero). Harari casi no analiza el escenario 3, el optimismo moderado, cuyo concepto clave es Decrecimiento. En p. 64 menciona de pasada que “nadie sabe dónde está el freno” y que aún si lográramos frenar, la economía colapsaría llevándose por delante a toda la sociedad. Y en p. 240 desestima esta solución al colapso ecológico. Apenas dedica 2 páginas a esta posibilidad. Creo que es un punto débil y que el análisis de escenarios debe ahondar en el Decrecimiento como proponen algunos autores, por ejemplo, Carlos Taibo. Estamos tan envueltos en la dinámica de Crecimiento que no escuchamos estas voces ni analizamos estas opciones. 

ACLARACIONES. En las páginas 69 y 70 Harari hace 4 aclaraciones claves: i) el autor se centra en los sucesos de vanguardia que van determinando el futuro, aunque estadísticamente sean minoritarios al comienzo y en una pocas zonas ii) el autor hace descripción, no prescripción, hace diagnosis, no prognosis, escribe predicciones como posibilidades, no un manifiesto iii) el autor predice una búsqueda, pero buscar no es lo mismo que conseguir iv) el autor no hace profecía, trata de posibilidades para mostrar las opciones actuales y cambiar el rumbo, el objetivo de la predicción es que no se cumpla. Estas aclaraciones ratifican la filosofía de la historia contingente. 

SUPERPREMISA. “Los organismos son algoritmos”. El propio autor merodea por una salida distinta cuando en la p. 314 habla de determinismo y aleatoriedad. El israelí Harari no ha leído al libanés Taleb. El dios supremo del universo no es el orden, que nos obnubila (vemos allí la “mente de Dios” como Einstein y Hawking), sino el Azar. Creo que vale la pena explorar la siguiente diferencia: Nuestros algoritmos electrónicos con soporte de silicio son deterministas. Los algoritmos orgánicos con soporte de carbono están en un juego de mayor complejidad: la extraña mezcla de determinismo y aleatoriedad. Y el azar no se domestica con la campana de Gauss. Toca profundizar en el fundamento matemático de la superpremisa, pues por ahora es sólo una hipótesis. 

VANGUARDIA. Harari no cree en las masas como grandes protagonistas de la historia (300), aunque si cree en el progreso. Su visión de la dinámica social es claramente vanguardista. Esto lo pone del lado de la democracia epistémica y no de la democracia doxástica. Aunque desestima las teorías conspirativas, en varios apartes realza el poder de los grupos organizados, ya sea para la innovación (300) o para dominar (p. 152 y ss). En lo que parece una contradicción empieza hablando de “cooperación a gran escala” (152) pero luego termina otorgando la eficacia a “pequeñas redes de agitadores” (153) y otras afirmaciones que recuerdan el putschismo y el foquismo latinoamericano. 

Nota Bene: la Universidad Libre aparece mencionada en la p. 294. 

Gazapos astronáuticos: 
P. 57: una operación quirúrgica a distancia de la Tierra a Marte no puede hacerse en tiempo real, ya las órdenes demorarían por lo menos unos 20 minutos en llegar y otro tanto en regresar; no es un ejemplo realista. 

P. 289: Voyager I no va rumbo a Alpha Centauri.

Metarrelato 3 Sapiens (Harari enero 2016)

De animales a dioses

Reseña informal comentada del libro “De Animales a Dioses” de Yuval Noah Harari, profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén. (Publicada originalmente en enero 5 de 2016)

Subtítulo: Breve historia de la humanidad. Fue publicado en inglés en 2013, en español en 2014 y en Colombia en 2015, siendo esta última la edición que utilizo. El libro es un best-seller y ha sido traducido a 30 idiomas. El profesor Harari también ha producido un extraordinario MOOC (en Coursera) con más de 100.000 estudiantes en dos ediciones, sobre el mismo tema del libro. Este autor estará próximamente en Cartagena en el Hay Festival. Autor de la reseña comentada: Jorge Senior

INTRODUCCIÓN

Esta nota feisbukera no es una reseña académica, pues no cumple sus requisitos. Su propósito es no sólo recomendar la lectura de este libro sino, además, comentar libremente su contenido, el cual coincide en gran parte con otra nota que publiqué hace algunos meses en este muro bajo el título “El Gran Relato”. 
(ver Metarrelato 2 en este blog)

En efecto, el texto es un gran relato de la epopeya humana. Hace parte de un género llamado Macrohistoria que, en buena hora, parece estar cogiendo auge, en contravía de la tesis posmodernista de la desaparición de los metarrelatos. De hecho es un meta-meta-relato pues engloba a las distintas ideologías, religiones y sistemas de pensamiento, fundamentándose hasta donde le resulta posible en avances recientes de la ciencia (la frase “hasta donde sabemos” o similares aparece varias veces). Se trata entonces de responder “hasta donde es posible hoy” las tres preguntas clásicas: ¿de dónde venimos? ¿qué o quiénes somos? ¿adónde vamos?

Este mismo gran tema con sus tres preguntas clásicas fue abordado por Edward Wilson en su libro La conquista social de la Tierra, publicado en noviembre de 2012, es decir, poco antes del libro de Harari, a quien nos referiremos en adelante por sus iniciales YNH. Y es el tema de un cuadro de Gauguin. Es significativo que Wilson sea biólogo (entomólogo y conocido como el padre de la Sociobiología) y que YNH sea historiador (por cierto, el autor israelí muestra cierta debilidad en su formación biológica, así como Wilson en la formación histórica, lo que indica la necesidad de un trabajo en equipos interdisciplinarios más que autores individuales para profundizar esta línea de investigación; YNH, por ejemplo, parece que no ha entendido bien cómo se produce el proceso de especiación y su obra trae errores en este aspecto o la otra explicación es que se toma libertades literarias excesivas: ver páginas 17 y 30). Es claro que esto hace parte de la tendencia que hemos llamado la biologización de las ciencias sociales. 
(ver Metarrelato 1 en este blog)

Después de un tiempo en que la historiografía, por orfandad de teoría, se hundió en la microhistoria, ha vuelto a renacer la visión de conjunto, primero desde autores con base biológica (como Jared Diamond y Steven Pinker, cuya influencia se nota en YNH) y luego por los propios historiadores, al menos por aquellos que se atreven a pensar en grande. 

No hay duda que los avances en paleogenómica, en genografía (que se fundamenta en la genética de poblaciones y la biología molecular) y en neurociencia (con base en fRMI y otras tecnologías) han tenido un impacto gigantesco en el conocimiento de la historia y la prehistoria, humanas y homínidas. Nótese que todo surge a partir de nuevas técnicas de investigación creadas en los últimos 25 años, las cuales abren el acceso a información que antes nos estaba vedada. La lección para los científicos sociales es que deben estar abiertos y receptivos a la innovación técnica de la investigación y no fosilizarse en los viejos métodos tradicionales.

En resumen, el libro en cierto sentido expresa el estado del arte de la macrohistoria, pero también introduce la visión y los aportes originales del autor desde su reflexión personal. Esto significa que estamos ante un ensayo, no un texto científico como tal. Pero su marco de referencia es la ciencia. No me atrevo a catalogarlo como ensayo filosófico, pues eso sería estrechar sus alcances, sesgarlo hacia los vicios profesionales de los filósofos, con lo cual perdería la frescura que de hecho tiene. Tal vez podría considerarse un ensayo de divulgación en su mejor sentido: poner al alcance del público general los desarrollos científicos y reflexionar sobre sus implicaciones.

PÚBLICO LECTOR

Este libro no utiliza terminología rebuscada ni se enzarza en discusiones academicistas, por lo que es perfectamente accesible a un estudiante de educación media y de ahí en adelante a personas de cualquier profesión o formación (sería muy recomendable para estudiantes y maestros de secundaria y de universidad). El autor elucubra hipótesis de gran alcance pero al mismo tiempo narra situaciones concretas, de tal modo que el escrito va y viene entre el nivel concreto y el nivel abstracto, que suele ser siempre el más difícil. Es una buena exposición didáctica con ocasionales giros que pueden sorprender inteligentemente al lector. Lo que si puede suceder es que choque con los prejuicios y dogmas de tipo religioso o ideológico que pueda tener el eventual lector. Advertencia: Ningún sistema de pensamiento queda indemne, no queda títere con cabeza. Todas las ideologías religiosas, políticas y económicas quedan categorizadas como mitos o ficción, lo cual no impide que el autor sopese los aspectos funcionales reales que generan (efectos sociales y psicosociales que pudieran considerarse positivos). 

PERIODIZACIÓN Y ESTRUCTURA

El autor retoma una periodización de la historia humana que ya tiene bastante consenso, la cual establece tres momentos críticos o revoluciones: (1) la revolución cognitiva del paleolítico tardío hace 70.000 años, (2) la revolución agraria del neolítico hace 12.000 años y (3) la revolución científica (en estos últimos 500 años) que da paso a la modernidad (por qué etiquetarlo con la revolución científica y no con la revolución industrial, el capitalismo o la modernidad es algo que se implica en el texto). Nótese que el paso “del mito al logos” en la antigua Grecia, que tanto encanta a los filósofos, no se incluye y, de hecho, ni siquiera se menciona. Esto podría entenderse de dos formas: (a) o la tesis de YNH niega o borra esa partición, (b) o simplemente no aparece por su menor relevancia. Soy partidario de la interpretación b. 

En términos demográficos, en el estadio 1, algunos milenios después de la revolución cognitiva, la humanidad ronda el millón de personas en el viejo continente (aún no hay gente en Oceanía y América). Hoy cabrían todos en una ciudad mediana. En la época de la revolución agraria, en el neolítico, la población global en los cinco continentes alcanza el orden de magnitud de 10 millones. Algo así como la población del Caribe colombiano. En la época de Colón había unos 500 millones de Sapiens y hoy ya rebasamos los 7.000 millones. Ahora bien, entre la revolución cognitiva y la agraria, había por lo menos otras cuatro especies humanas, especies del género homo, distintas al Sapiens: reductos de Homo Erectus (la más exitosa especie de homínidos por su extensión y duración) en Asia Oriental, Denisovianos en Asía Central, Neandertales en Medio Oriente y Europa y los extraños “pigmeos” de la isla de Flores. Estas especies se extinguieron en ese período.

La estructura del libro tiene 20 capítulos distribuidos en cuatro partes. La primera, la segunda y la cuarta corresponden a las tres revoluciones mencionadas y se interpola una tercera parte bajo el título: La unificación de la humanidad. Un breve epílogo cierra las 450 páginas de impactante lectura. El título del epílogo es: El animal que se convirtió en un dios.

REVOLUCIÓN COGNITIVA

La revolución cognitiva que vivió el Homo Sapiens en el paleolítico tardío, es un hecho que se evidencia por sus efectos, pero sus causas se desconocen, aunque se supone debieron ser cambios genéticos. Por esta razón YNH no se detiene mucho a analizar las posibles causas sino sus efectos: una ínfima población de Sapiens, que estuvo al borde la extinción en el noreste africano, en unos cuantos milenios se desparrama por todo el globo, detona una explosión cultural, se dispara demográficamente, extingue a las otras especies humanas y a la mitad de la megafauna existente (sobre todo al irrumpir en Oceanía y América) y, finalmente, se consolida en la cima de la cadena alimentaria como el más extraordinario depredador. Una gesta verdaderamente épica y letal. 

Alrededor de esta epopeya vital, YNH baraja diversas hipótesis, para luego pintarnos el panorama de una sociedad paleolítica “opulenta”, con una dieta diversa y saludable, pocas enfermedades y mucho tiempo libre, aunque desde luego no todo era color de rosa, pues la vida rústica es dura (YNH le sigue la línea al enfoque de la psicología evolutiva). El “caso judicial” de la culpabilidad del Homo Sapiens en tales extinciones no se ha cerrado, pero los indicios apuntan a su condena. 

La idea central de esta primera parte es la siguiente: la revolución cognitiva es lingüística y social. El lenguaje repotenciado por nuevas capacidades neurales confiere a los miembros de la especie no sólo la posibilidad de transferir mayores volúmenes de información, sino además capacidades de cooperación a mucha mayor escala (lo que Wilson llama la “eusocialidad”, clave del poderío humano) y la posibilidad de crear ficción. En el origen fue el chismorreo al calor del hogar, sugiere YNH (bueno, otros autores hablarían de inteligencia social, teoría de la mente, tecnología social, etc). Como sea, con esta nueva herramienta cognitiva, la imaginación se amplifica exponencialmente, extendiéndose en el espacio, el tiempo y las combinatorias de representaciones (recordar a Hume), con independencia de la verdad y la mentira. 

La respuesta de YNH a la pregunta por la eusocialidad es muy distinta a la de Wilson. Para éste el asunto es de selección de grupo, cuidado del “nido” y coevolución genético-cultural. Para YNH se trata del poder de la ficción para generar creencias compartidas, las cuales constituyen el “pegamento mítico” que permite la cooperación a gran escala entre extraños (como las redes de comercio, por ejemplo). YNH plantea el tema de la relación biología y cultura (o biología e historia) como una especie de bifurcación a partir de la revolución cognitiva en la cual la cultura gana una notoria independencia frente a la biología, aunque ésta sigue siendo el marco que impone los límites. Es cierto que la evolución cultural es más rápida y flexible que la biológica, pero eso no significa que ésta desaparezca del radar. YNH no parece concebir que la evolución biológica no se detuvo hace 70.000 años, lo cual es un craso error. Cuando más adelante en el libro, trata el tema de las razas, YNH minusvalora el impacto de la biología y al hacerlo cae en el mito de lo “políticamente correcto”. Ya sea que niegue la evolución biológica reciente o que la considere irrelevante, en mi concepto YNH se equivoca. Y además, desconoce el concepto de coevolución biológico-cultural, que es muy fecundo.

El punto es que, según YNH, con la revolución cognitiva el Homo Sapiens empieza a vivir en una realidad dual. Por un lado está la realidad objetiva que todo animal enfrenta. Y por otra parte está la realidad intersubjetiva, que a pesar de ser pura imaginación social, puede presentarse ante el individuo con la misma fuerza de la realidad objetiva, como todos sabemos por experiencia propia. Esta idea es muy potente. A estos constructos sociales o creencias compartidas, YNH los denomina “órdenes imaginados” y en última instancia, son mito o ficción. El concepto de “orden imaginado” es más amplio y abarcante que otros conceptos tradicionales como “ideología” (Marx), “instituciones” (Veblen), “epistemes” (Foucault). Una manera fácil de representarlo es como aquello que desaparece si desaparece el ser humano, pues sólo se sostiene por la creencia de éste. 
Resumiendo, según YNH, estos mitos o ficciones son el secreto del éxito humano, la clave de la cooperación a gran escala (eusocialidad).

REVOLUCIÓN AGRARIA

Después de un cambio climático que trajo tiempos más cálidos, en el lapso que va entre 11.000 años a.p. (antes del presente) y 4.000 años a.p., los seres humanos domesticaron diversos animales herbívoros y plantas en por lo menos 10 epicentros independientes en Asia meridional, África subsahariana, Nueva Guinea y las Américas, y desde allí se diseminó la agricultura y la ganadería por muchos territorios (ver también Jared Diamond). Hay que aclarar que primero se había dado la domesticación del lobo en Europa hace unos 30.000 años. También es bueno dejar claro que el uso agropecuario del suelo, hasta hace unos 600 años, no pasaba del 2% de la superficie del planeta Tierra o 14% de la parte terrestre, esto es, 11 millones de kilómetros cuadrados.

Más que domesticación, la relación entre el ser humano y algunas especies es un caso de mutualismo, pues es de doble vía. Por ejemplo, el autor narra cómo el trigo domesticó al animal humano. YNH baraja las hipótesis de mayor consenso sobre cómo se dio este paso de la vida nómada en cuadrillas de cazadores recolectores a la vida sedentaria en aldeas de agricultores y ganaderos, pero nunca utiliza el concepto de selección de grupo (no genética en este caso).

Su tesis central es que la revolución agraria fue el mayor “fraude” de la historia. Si bien la agricultura-ganadería no obedeció a un plan consciente de largo plazo, sí fue el producto de una sucesión de decisiones graduales de algunos grupos humanos en un plazo relativamente corto. Cada paso era visto como una mejora o ventaja, por ejemplo para asegurar y facilitar el abastecimiento de alimentos. El resultado no esperado es que la vida si acaso mejoró para unos pocos y empeoró para la mayoría, en razón de que se incrementó y rutinizó la jornada laboral, y que la vida sedentaria en aglomeraciones propició la difusión de enfermedades infecciosas y los problemas de seguridad debidos a guerras y robos. Las consecuencias no planeadas fueron el crecimiento demográfico y la estratificación social. YNH no abunda en el análisis de la esclavitud y el surgimiento de clases sociales y propiedad privada, pero si enfatiza en la “trampa del lujo”. El aumento de la producción benefició al colectivo pero no a los individuos. 

Hace 10.000 años había entre 5 y 8 millones de cazadores recolectores nómadas. Hace 2.000 años sólo quedaban de 1 a 2 millones de cazadores-recolectores pero ya había 250 millones de agricultores-ganaderos en el mundo. Es entonces evidente el triunfo demográfico de la agricultura, pero existe una discrepancia entre el éxito evolutivo y el sufrimiento individual. Los humanos cayeron en la trampa sin siquiera darse cuenta y sin reversa posible, y asimismo aconteció con los animales y plantas que “aceptaron” el “acuerdo fáustico” con los Sapiens. 

El profesor Harari en varias partes de su libro argumenta un punto de vista que resultará muy grato para las nuevas sensibilidades que tocan las fibras de los grupos animalistas. La alianza mutualista significó un gran éxito para las especies involucradas. Actualmente hay 300 millones de toneladas de humanos y 700 millones de toneladas de animales domésticos, mientras que los animales salvajes terrestres a duras penas alcanzan una biomasa de 100 millones de toneladas. En otras lecturas he visto datos un poco distintos pero la idea es la misma: el mutualismo con los humanos fue un notable éxito evolutivo (por ejemplo, apenas hay un lobo por cada 2.000 perros). Pero las plantas y, sobre todo, los animales, pagaron un precio alto por ese acuerdo fáustico. Las plantas se volvieron totalmente dependientes de los humanos y los animales se vieron atrapados en formas de vida anómalas, sujetos a una selección artificial a la medida de los intereses humanos que no necesariamente coinciden con los intereses de los animales más allá del traspaso de la herencia genética. Al humano puede interesarle el bienestar físico del animal de granja pero no su bienestar psicológico y hoy sabemos que mamíferos y aves tienen necesidades en ese aspecto. El asunto llegó al extremo después de la revolución industrial que convirtió al ser vivo en un simple tubo acumulador de carne que sufre una vida realmente terrorífica en una cinta de producción en serie. Hoy por hoy sacrificamos 50.000.000.000 de animales cada año, siete veces la población humana (y aun así hay hambre en el mundo). YNH considera a la industria pecuaria el mayor crimen de la historia. 

La moraleja es que no hay justicia en la historia. Temas como las jerarquías sociales, los problemas raciales y de género, dejan aún muchas preguntas por resolver. De todos modos las sociedades agrarias dieron paso a organizaciones sociales más complejas y jerarquizadas con una nueva concepción del tiempo, mejores tecnologías y basadas en órdenes imaginados (tecnologías sociales, instituciones, religiones, sistemas políticos) de mayor alcance y dimensión.

Un orden imaginado no es una conspiración malvada ni un espejismo inútil, no es ni un fraude ni una charada. A diferencia de lo que hacen las teorías conspirativas que tanto pululan en las redes sociales, un constructo social de esta índole no puede ser explicado con base en el cinismo de las élites poderosas. Es posible que en esas élites haya personas que sólo simulan compartir la creencia, pero se necesita que la mayor parte de la élite y de la población realmente crea en ese orden imaginado, de ahí su fuerza y permanencia. El concepto de orden imaginado hace referencia a un orden intersubjetivo que modela al mundo material y a nuestros deseos permitiendo la cooperación a gran escala y su variabilidad no es una mera función de la genética. Una sociedad no puede prescindir de ellos y si alguno decae debe ser reemplazado por otro (al estilo de lo que afirmaba Kuhn de los paradigmas en la ciencia). Al ser algo imaginado es difícil de sostener a medida que crece el tamaño y complejidad de la sociedad. Hace 5.500 años los sumerios inventaron la escritura, una especie de memoria exosomática inicialmente al servicio de la burocracia (ver mi artículo sobre la exosomatización del conocer titulado El giro ingenieril de la epistemología en Academia.edu ). 

En China, Egipto y otros lugares pasó algo similar. Tal tecnología posibilitó el surgimiento de los imperios.

LA UNIFICACIÓN DE LA HUMANIDAD

En la parte III del texto, YNH abarca el período histórico de la antigüedad y la edad media sin necesidad de seguir una secuencia cronológica. Más bien hace comparaciones sincrónicas interesantes y utiliza un enfoque analítico.

En esta sección el autor deja plasmada su filosofía de la historia. El historiador o quien se aproxima a la historia no debe desconocer la asimetría existente entre pasado y futuro. YNH defiende, como casi todo el mundo hoy, una idea de la historia humana como un proceso contingente e impredecible en contraste con la más tradicional visión hegeliano-marxista de otrora, de tipo determinista. Al igual que en el caso de genética e historia, aquí también YNH considera que “las fuerzas geográficas, biológicas y económicas crean limitaciones pero dejan un amplio margen de maniobra” (p. 267), no restringido por una supuesta ley determinista (el autor no aprovecha el concepto de “accidente congelado”). Esto no le impide reconocer que a escala de milenios la historia humana muestra una clara dirección general hacia la unidad (el término “globalización” nunca aparece en el texto). 

Fue en el primer milenio antes de nuestra era que arraigó la idea de un orden universal. El primer orden universal fue económico, el orden monetario. El segundo fue político, el orden imperial. El tercero fue religioso, como el budismo, el cristianismo y el islamismo. Cada uno tiene su capítulo en el libro. YHN saca a la luz la cara menos percibida de cada fenómeno. Por ejemplo, sobre el dinero dice que “es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás haya sido inventado”. Asimismo muestra las dos caras de los imperios y en el balance de las religiones el monoteísmo sale mal parado por su sangrienta y criminal intolerancia histórica, en comparación con el politeísmo. 

Resulta curioso encontrar, de todas maneras, un cierto eco hegeliano en la idea de la contradicción como motor de cambio. Sin embargo, las contradicciones que interesan al autor son las que viven internamente las culturas, por ejemplo, la que hay entre cristianismo y caballería en la edad media o entre libertad e igualdad en la época moderna. Las contradicciones internas de las culturas y sus consecuentes disonancias cognitivas suelen ser comunes y constituyen una ventaja vital para su dinamización. 

En resumen, la historia es ciega y no es función del bienestar humano. Un aporte original de YNH es mostrar que esta idea es común a enfoques tan distintos como la memética, el posmodernismo y la teoría de juegos. Harari reconoce que el papel del individuo es de escasa influencia en el curso de la historia.

Fiel a su concepto de “órdenes imaginados” y explotando al máximo su potencial, YNH redefine religión e ideología política, diluyendo sus fronteras. La religión sería entonces “un sistema de normas y valores humanos que se basa en la creencia en un orden sobrehumano”. Nótese que “sobrehumano” no equivale a “sobrenatural”. Por eso puede haber, según YNH, religiones de ley sobrenatural (animismo, politeísmo, dualismo, monoteísmo) y religiones de ley natural como el liberalismo, el comunismo, el capitalismo, el nacionalismo y el nazismo. Todas ellas sirven de legitimadores de algún orden social, así sean en última instancia mitos o ficciones, y a nivel popular suelen devenir en sincretismos de toda índole. Por otra parte, el fútbol no es una religión pues sus normas son admitidamente humanas y las teorías científicas normalmente tampoco, pues de ellas no se derivan normas o valores (aunque puede suceder que las ideologías la utilicen a su conveniencia). Sobra decir que el derecho natural sería otro mito o ficción. 

Otro aporte interesante es el análisis comparativo entre tres “religiones humanistas”: liberalismo, socialismo y nazismo. YHN las presenta como las tres sectas rivales en que se divide el humanismo y que luchan por la definición exacta de “humanidad”. En las dos primeras se manifiesta la herencia cultural del monoteísmo según en el énfasis en la libertad o la igualdad. El nazismo, con su visión evolucionista de la naturaleza humana, aparentemente pasó a la historia pero nos dejó una asignatura pendiente: la eugenesia (ver el texto de Habermas El futuro de la naturaleza humana y mi publicación en la revista Advocatus y Academia.edu Utopía y naturaleza humana). Se puede bajar pdf en:

Resalto la pregunta final de este acápite: “¿cuánto tiempo más podremos mantener el muro que separa el departamento de biología de los departamentos de derecho y ciencia política?”.

LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

De una hermosa manera logra YNH expresar la mentalidad de la ciencia moderna al describir su surgimiento como “el descubrimiento de la ignorancia”. Y América, el nuevo mundo, tuvo mucho que ver con ello. Esto es más poético que exacto pues ya los griegos, desde los jónicos hasta los alejandrinos, habían hecho ese “descubrimiento”, pero sirve para expresar la modestia intrínseca de la ciencia y su espíritu antidogmático. A esta disposición a admitir la ignorancia, YNH le agrega otras dos características claves, “la centralidad de la observación y de las matemáticas” y “la adquisición de nuevos poderes”, desarrollando tecnologías (p. 279). 

En esta sección, YNH narra cómo la articulación ciencia, tecnología, capitalismo, imperio e idea de progreso llevaron a la humanidad a un punto de inflexión en su breve historia, una verdadera encrucijada cósmica en la epopeya humana. Es la misma idea básica que expusimos en El Gran Relato, pero con otros matices. 

De los siete procesos que transformaron a Europa y al mundo entre 1430 y 1830, YNH sólo menciona la mitad, es decir, 3,5. Los que el autor no menciona son: el Renacimiento, la Reforma Protestante, la Revolución política inglesa de 1688 y la Ilustración. Mientras que la exploración y expansión geográfica de los europeos, la revolución científica, la revolución francesa y la revolución industrial, sí que son mencionados. Y de ellos la revolución científica ocupa el lugar preponderante. 

Las razones son obvias.

En 1.500 había 500 millones de Sapiens que producían 250 mil millones de dólares (actuales obviamente) y consumían 13 billones de calorías. Quinientos años después somos 7.000 millones, producimos 60 billones de dólares y consumimos 1.500 billones de calorías. En medio milenio la población se multiplicó por 14, la producción por 240 y el consumo calórico por 115. La producción por cápita se multiplicó por 17. Un salto abismal. Algo realmente asombroso.

Europa fue la locomotora de este proceso, pero durante la primera mitad de estos últimos 500 años la sociedad europea estaba lejos de tener una superioridad sobre otras civilizaciones. En 1.775 Asia era el 80% de la economía mundial. Sólo China e India representaban dos tercios de la producción planetaria. Claro que en los tres siglos subsiguientes a los viajes de Colón, Europa había extraído buena parte de la riqueza de América y aunque YNH no hace referencia explícita a la acumulación originaria del capital, de hecho está narrando ese proceso. La superioridad europea se construye entre 1.750 y 1.850 con la revolución tecnológica industrial y su vanguardia es el Imperio Británico, seguido por otros países de Europa Occidental. Nota: YNH ejemplifica este proceso recordándonos que el Imperio Británico apoyó a sus carteles de la droga atacando a China en las guerras del opio y apropiándose de Hong Kong a mediados del siglo XIX, mientras que la Compañía Británica de las Indias Orientales ya se había apoderado de la India desde siglos anteriores, llegando a tener bajo su dominio a la quinta parte de la humanidad.

La pregunta clásica es ¿por qué fue Europa y no Asia? (el continente más poblado y con grandes civilizaciones como China, Japón, India o Persia; ejemplo contrafáctico: China hubiera podido disputar el dominio de América y luego de Oceanía). Mi respuesta alude a los 7 procesos, pero el profesor Harari se centra en el círculo virtuoso que articula exploración, conocimiento/ignorancia, crédito e inversión productiva, en un marco político imperial basado en el espíritu de conquista de la mentalidad europea. Dos “sabios imperialistas”, Henry Rawlinson y William Jones le sirven a YNH para ilustrar el punto. 

España y Portugal abrieron la ruta imperial europea, pero no desarrollaron el credo capitalista que se basa en el círculo virtuoso: confianza en el futuro > crédito > inversión > ganancias > pago de crédito > más confianza en el futuro. Nótese que el concepto “confianza en el futuro” tiene una conexión íntima con la idea de progreso, una novedad en la historia humana. Los holandeses primero, seguidos por los ingleses y luego otros países, sí potenciaron ese bucle psico-económico que equivale a una profecía autocumplida. Y no sólo eso, también asumieron a plenitud el credo baconiano: el conocimiento es poder, cuyo círculo virtuoso es: recursos > investigación > poder > más recursos. Es lógico que YNH ni siquiera mencione a Descartes, y en cambio haga énfasis en Bacon. Los filósofos han popularizado la idea mítica de que Descartes inauguró y modeló la modernidad con su pensamiento. Disiento de esa tesis idealista por múltiples razones, pero no es el caso discutir eso aquí, baste decir que coincido plenamente con YNH en este punto, aunque no me satisface del todo la manera un tanto ligera en que el autor aborda la relación entre técnica y ciencia, que son dos formas de conocimiento diferentes que no siempre han estado tan imbricados como hoy. 

La descripción del capitalismo que hace YNH pone a la confianza en el futuro y la idea de progreso como piedra angular. La máquina capitalista se asemeja a esos negocios que llamamos “pirámides”, es una máquina de movimiento perpetuo que no puede detenerse porque se derrumba. El efecto es una sociedad ultradinámica como la historia no había visto, una sociedad en revolución permanente. La máquina a veces se traba un poco, sufre una que otra crisis circunstancial, pero en términos generales ha cumplido con el valor supremo de este sistema, su oxígeno vital: el crecimiento, tal y como vimos en los datos expuestos más arriba. Lo que ha permitido que esta “pirámide” funcione ha sido la extracción de riqueza en los “nuevos” continentes en una primera etapa y luego, a partir de la primera revolución industrial, la innovación tecnológica, que no solo incrementa la productividad sino que además abre nuevos sectores económicos. Entonces surge la pregunta que se planteó el Club de Roma en 1972: ¿es ilimitado el crecimiento? Estoy de acuerdo con YNH, el problema no es energético, ¡es la ecología, estúpido! 

Capitalismo y medio ambiente no se llevan bien. Dice YNH: mientras el cristianismo y el nazismo mataban por odio (yo añadiría el yihadismo islámico pero el autor israelí se cuida de hacerlo), el capitalismo, en cambio, mata por indiferencia. Así fue durante la época del tráfico de esclavos y así es ahora con la pobreza y la exclusión. Así es también con la naturaleza. Ya mencionamos el horror de la industria cárnica global. 

El punto es que el capitalismo necesita dos patas: el estado y el mercado. Creer en el libre mercado, dice YNH, es como creer en Papa Noel. El estado es necesario para regular los mercados y garantizar la confianza en el sistema. Ya desde el inicio, todo el proceso imperial europeo fue lo que hoy llamamos una gran “app”, una “alianza público privada”. YNH muestra el rol de vanguardia que jugaron la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y la Compañía Holandesa de las Islas Occidentales, al igual que sus equivalentes británicos más una serie de compañías que colonizaron Norteamérica con ejércitos mercenarios. Los franceses hicieron lo propio, por ejemplo con la Compañía del Mississippi. YNH toca apenas tangencialmente cómo los británicos derrotaron a los holandeses en Nueva York, pero profundiza un poco más en cómo le ganaron a los franceses en esta competencia de estados y capitales privados. Según YNH la razón fundamental fue que “Gran Bretaña consiguió ganarse la confianza del sistema financiero, mientras que Francia demostró no ser de fiar” (p. 355). 

La revolución permanente del proceso capitalista, siempre creciente a pesar de crisis y fluctuaciones, amplía la base de consumo y genera una nueva ética consumista que promete el paraíso en la Tierra y que se complementa perfectamente con la vieja ética capitalista, como dos caras de la misma moneda (el mandamiento supremo de la élite capitalista es: ¡invierte! Y el de las mayorías consumidoras: ¡compra!. Es un nuevo modelo de sociedad con un orden fluido. Estado y mercado desplazan a viejas instituciones como la familia y la comunidad, liberan a mujeres, jóvenes y minorías de viejas cadenas para que entren en el juego económico y político, logran una retirada relativamente pacífica de los viejos imperios. El estado y el mercado son el padre y la madre del individuo. Y como sustitutos emocionales de los viejos lazos tribales se afianzan las “comunidades imaginadas” a manera de nuevas identidades. Naciones y tribus de consumidores (clubes de fans, hinchadas de equipos, vegetarianos, ecologistas, etc) son realidades intersubjetivas como el dinero, los derechos humanos y las sociedades anónimas.

En un acápite sobre paz y violencia, el autor le sigue la línea a Pinker, en el sentido de que vivimos en una época de paz, si se mira desde el punto de vista histórico, y Surámerica ha sido vanguardia en este asunto, incluso antes que Europa. Hoy el suicidio genera más muertos que el crimen y el crimen más que la guerra, aunque los noticieros invierten esta realidad comprobada estadísticamente. La paz mundial es una realidad en ciernes porque estamos asistiendo a la formación de un imperio global. Ahora bien, el autor no desconoce que es una Pax Atómica, tenemos la tecnología para acabar con la humanidad (no con la naturaleza), pero nos salva por ahora que la guerra nuclear no es negocio. Nota: en el tema de la violencia no podía estar ausente Colombia, por supuesto, que es mencionado como un estado débil al lado de Somalia (p. 404).

Un crecimiento económico gigantesco, unos avances tecnológicos fantásticos, importantes logros en las últimas décadas en derechos humanos, derechos de minorías, equidad de género, disminución relativa de la violencia… ¿estamos en el paraíso terrenal? Ya se sabe que el autor lo niega, pues está por resolverse el problema ambiental, la contradicción entre la sostenibilidad de este modelo de sociedad y los límites del crecimiento. También hemos mencionado que está el peligro del armamento nuclear y que nuestra alimentación se basa en lo que YNH llama “el mayor crimen de la historia” (la industria agropecuaria moderna). Pero, ¿y qué hay de la felicidad? ¿somos más felices que lo que eran los Sapiens en las cuadrillas de cazadores recolectores o en las sociedad agrarias? Al fin y al cabo eso es lo que cuenta, en el fondo, ¿no? El historiador YNH reconoce que la historia de la felicidad es un campo casi virgen en la historiografía y dedica un capítulo al análisis del tema.

Generalmente se cree que a mayor progreso material, mayor felicidad, pero la investigación experimental en psicología y neurociencias ha mostrado que no es así. Sí parece haber una relación causal en la escala económica baja, cuando hay necesidades básicas insatisfechas. Mas a partir de cierto umbral de riqueza básica, el incremento sólo incide en la felicidad por un corto período de tiempo y la persona tiende a volver a su nivel habitual (como pasa con las pérdidas y el consiguiente duelo). Se ha encontrado que si bien las personas fluctúan normalmente en sus niveles de felicidad/infelicidad, alegría/tristeza, tienden a tener un promedio bastante estable en el mediano y largo plazo, aunque para cada individuo es diferente ese promedio. La neurociencia nos explica el fenómeno en el nivel bioquímico por la segregación de endorfinas, como la serotonina, la dopamina y la oxitocina. Esto significa que el progreso en las condiciones materiales de vida de una sociedad no conlleva a una mayor felicidad de sus miembros, así que la carrera del crecimiento, esencia de la lógica del capital, no parece tener mucho sentido. Pero sí le da mucho fundamento a la distopía creada por Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz, donde la gente vivía en estado de felicidad gracias a una droga llamada Soma. 

De otro lado, siguiendo a Daniel Kahneman, YNH explora la idea de que la “clave de la felicidad” es una vida dotada de sentido, con lo cual se infiere que la gente bien pudiera ser más feliz en sociedades premodernas articuladas con fuertes mitos (así fuese un autoengaño), que en la moderna sociedad secular tan cercana al nihilismo. El autor balancea y matiza ambas opciones en el mundo actual, sin inclinarse hacia el pesimismo o el optimismo, tratando de integrar aspectos materiales y emocionales. Por ejemplo, reconoce que los logros en materia de salud, en especial frente a la mortalidad infantil y de mujeres en el parto, es una contribución invaluable ante semejante factor de infelicidad. Y al mismo tiempo señala que “si la felicidad viene determinada por las expectativas, entonces dos pilares de nuestra sociedad (los medios de comunicación y la industria publicitaria) pueden estar vaciando, sin saberlo, los depósitos de satisfacción del planeta”. 

Sea por “engaño bioquímico” o por “autoengaño social”, la solución al problema de la felicidad humana entendida como autopercepción subjetiva (cómo nos sentimos), parece ser deprimente (nótese la ironía). En una digresión desde este punto, YNH encuentra una sorprendente semejanza entre Darwin y Dawkins con san Pablo y san Agustín: “como Satanás, el ADN emplea placeres fugaces para tentar a la gente y someterla a su poder” (p. 431) (!!!). Sucede que esta idea de la felicidad como autopercepción subjetiva es más bien moderna y de corte liberal (y en ella es que se basan ciertos test de estudios psicológicos). Casi todas las filosofías y religiones han tenido un enfoque diferente. Por ejemplo, el budismo ve el problema en la búsqueda incesante de satisfacciones fugaces, lo que lleva a una tensión permanente y a la permanente insatisfacción. El tip de Buda es su llamado a independizarnos tanto de las condiciones externas como de los sentimientos internos.

Cuando leo y escribo esto no puedo sino evocar a El hombre rebelde de Albert Camus. “¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no”. El argelino escribía en la atmósfera de posguerra, algunos años después del holocausto nazi, un desgarramiento humano vertebrado por la eugenesia totalitaria, confusamente basada en las ideas biológicas de la época. En el siglo XXI la eugenesia real, ya no totalitaria sino liberal, está a la vuelta de la esquina. El animal enclenque de la sabana africana se ha convertido en un dios y el último capítulo del libro nos lleva a vislumbrar un futuro que es, al mismo tiempo, inminente e ignoto. Esta especie ha logrado lo que ninguna otra jamás pudo ni por aproximación: rebelarse contra la selección natural y empezar a imponer el diseño inteligente, incluido su propio diseño, ha creado soles y viajado a otros mundos, ha inventado seres inteligentes de una nueva forma de vida basada en silicio y está a punto de derrotar a la muerte. Esta extraña, débil y paradójica criatura se ha vuelto casi invencible: sólo ella misma o un cataclismo cósmico podría aniquilarla. En un acontecimiento de proporciones cósmicas sin precedentes, las leyes que gobernaron el planeta durante 4.500 millones de años están siendo reemplazadas, en gran parte, por leyes humanas. 

Nuestra época es una encrucijada: puede ser el big bang de un nuevo mundo o el principio del fin de la epopeya humana. (En El Gran Relato pinté no 2 sino 4 escenarios: pesimista radical, pesimista moderado, optimista moderado y optimista radical). Aprendimos qué somos y de dónde venimos, y ahora toca decidir hacia dónde vamos, qué queremos ser, pero ni siquiera en la más desbordada imaginación de alguna historia de ciencia ficción alcanzamos a vislumbrar el destino de la humanidad. En el Frankenstein romántico de Mary Shelley, el amor vence a la máquina. Pero el Frankenstein real de hoy, montado a hombros de Gilgamesh, parece imposible de detener.

“La única cosa que podemos hacer es influir sobre la dirección que tomen. Puesto que pronto podremos manipular también nuestros deseos, quizás la pregunta real a la que nos enfrentamos no sea ‘¿en qué deseamos convertirnos?’, sino ‘¿qué queremos desear?’. Aquellos que no se espanten ante esta pregunta es que probablemente no han pensado lo suficiente en ella” (p. 454, así finaliza el último capítulo).

Es lo que nos enseñaba Estanislao Zuleta cuando decía “deseamos mal” y nosotros, los de entonces, que ya no somos los mismos, pensábamos en la Revolución del Deseo, pero ni de cerca vislumbrábamos la verdadera dimensión del desafío. 

El libro de YNH termina con un epílogo, breve como una cuartilla, que culmina la obra con la más pringamocera de las preguntas: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”

Nota: Yuval Noah Harari es judío, israelí, gay casado y vegano. Los temas álgidos relacionados con Israel, la religión hebrea, el homosexualismo y el veganismo son eludidos en el texto de una manera sutil. La cuestión ética de la industria cárnica sí es abordada, pero no hay argumentación por el veganismo o el vegetarianismo.

miércoles, agosto 14, 2019

La naturaleza humana no tiene misterio

La naturaleza humana no tiene misterio, pero sí mucho por investigar


Junio de 2017

En divulgación científica nos gusta usar la palabra “misterio” para referirnos a preguntas intrigantes de las cuales aún se busca respuesta por medio de la investigación científica. En ese sentido, la naturaleza está llena de misterios, muchísimos de ellos resueltos en los últimos 400 años, y sobre todo en los últimos 150 años, pero desde luego, quedan no pocos por resolver, e incluso aparecen nuevos, precisamente a raíz de los nuevos conocimientos. Pero en otros contextos se le da a la palabra “misterio” una connotación trascendental, radical, que roza lo sobrenatural o marca diferencias cualitativas profundas, incluso de carácter ontológico. Es en este sentido que afirmamos que la naturaleza humana no tiene misterio alguno.

Desde 1859 o, si se quiere desde 1871, hace aproximadamente siglo y medio, el ser humano pudo entenderse a sí mismo como un ser natural común y corriente, un animal como tantos otros, que comparte el mismo origen y el mismo código genético que todos los seres vivos que habitan el tercer planeta del sistema solar, carente por completo de condición ontológica especial. Nada trascendente, sobrenatural o misterioso hay en esta especie de primate del género Homo que se ha autodenominado Sapiens. Tampoco hay nada especial en el planeta o en la estrella de la cual depende.

Que en este planeta mediocre se haya desarrollado lo que hasta ahora es un hecho único, la vida, se explica de modo naturalista por una conjunción de las leyes naturales con circunstancias fortuitas favorables, improbables, pero no tanto si consideramos los trillones de planetas que puede haber en el universo observable. En todo caso cualquier cálculo de probabilidades es espurio si no conocemos el número de combinaciones. Ninguna señal nos indica algo especial que viole el principio cosmológico o copernicano (que dice que no ocupamos un lugar especial). Lo mismo aplica para esta especie singular, el Sapiens, cuyos logros de eusocialidad, lenguaje complejo y técnicas de intervención en el mundo, que confluyen en esto que llamamos la civilización humana, son también únicos. Ninguna señal de algo especial en esta especie, sólo diferencias de grado con otras especies animales. No hay rastro de ánima, alma, espíritu o soplo divino alguno. Sólo un primate con pulgar oponible y cerebro grande. En la naturaleza hay otras especies con cerebros aún más grandes, con extremidades más finas en la manipulación, con aparatos fonadores más versátiles, con mayor sociabilidad. Lo que hace especial a esta especie es que en ella confluyen todas esas características. 

METARRELATO

Hace menos de cien mil años existían cinco especies (algunos dirían subespecies) en la cuales también confluían estas cuatro características: Sapiens, Denisovianos, Neanderthales, Erectus, Floresiensis (en ese orden si los rankeamos por expansión geográfica y éxito demográfico), pero todas pertenecientes al mismo género, Homo, originado hace dos millones de años (probablemente en África, pero no se puede descartar Eurasia), descendientes de un mismo linaje ramificado y reticulado, los homininos, que se separaron hace unos 6 millones de años de la línea evolutiva de chimpancés/bonobos, que son los homínidos actuales más cercanos a nosotros. Todas dominaban el fuego y en el caso de Sapiens, Denisovianos y Neanderthales, el desarrollo técnico era similar. Cuatro se extinguieron y sólo el Sapiens sobrevivió aunque estuvo al borde la extinción también en los tiempos de la explosión del volcán Toba. Sin embargo, Neanderthales y Denisovianos se hibridaron con Sapiens en algunos lugares y algunos de sus alelos aún están presentes en la actual humanidad (actualmente conocemos la secuencia del genoma Sapiens, Neanderthal y Denisoviano y podemos compararlos). 

Pero la evolución no se detiene. Una pequeña población de Sapiens de hace unos 60 mil años dio un salto evolutivo extraordinario en tecnología y expansión geográfica y demográfica (a este subgrupo lo podríamos denominar Sapiens Sapiens). Se sospecha de un cambio genético como el detonante, pero eso está aún por determinar. El hecho es que la humanidad actual desciende de estos Sapiens Sapiens africanos recientes, con algunas mezclas regionales diferenciadas. A partir de aquí la oleada expansiva llegó hasta Australia (45.000 años), América (16.000 años) y finalmente las islas del Pacífico Sur hace 3 mil años. Esa expansión está correlacionada con la extinción masiva de megafauna y la extinción de las otras especies humanas, así que se sospecha del Sapiens Sapiens como perpetrador o factor causal, pero no hay certeza (como sabemos que hubo hibridación hay también modelos que hablan de asimilación de la poblaciones nativas en Asia y Europa). La diversidad humana actual, genotípica y fenotípica, las razas o linajes de grupos poblacionales, son entonces de origen relativamente reciente. Todo este metarrelato se basa en la nueva disciplina de la genografía, sustentada en datos o evidencias provenientes del uso de nuevas técnicas genómicas y bioinformáticas (estudios de ADNmt y de cromosoma Y), la paleogenómica, la genómica comparada, y desde luego el registro fósil y arqueológico acumulado en más de un siglo.

Nótese que en este contexto lo “universal” no es equivalente a lo lógicamente necesario, en el sentido racionalista. Lo universal viene dado por el origen común y la estructura biológica común de la especie y tiene algo de contingente. Mientras que la diversidad viene dada por diferencias biológicas, ambientales y culturales (nótese que lo biológico sustenta tanto igualdad como diversidad). Las diferencias biológicas a nivel genotípico entre grupos poblacionales son las frecuencias alélicas (pues los genes son universales) y eventualmente aspectos epigenéticos (esto apenas empieza a estudiarse) con sus expresiones fenotípicas. La diversidad medioambiental determina diversidad de potencialidades y restricciones, presiones selectivas y retos, problemas diferentes con diferentes soluciones. Sobre lo anterior se despliega la diversidad cultural, donde el equivalente a las mutaciones son las innovaciones, que pueden ser respuestas adaptativas, deriva o efectos fundacionales que se prolongan a veces como accidentes congelados, inercias (resistencia al cambio) y quizás planificaciones conscientes (¿?) 

Edward Wilson plantea la coevolución biológico-cultural como característica del período de hace 60 k.a. a hace 10 k.a. y, ¿por qué no?, hasta el presente.

Desde la revolución neolítica (domesticación de plantas y animales) hasta la era de los metales (rueda, escritura, riego) se establecen las primeras civilizaciones supratribales en los valles fértiles y empiezan la historia escrita y los imperios. La gran historia milenaria de la civilización humana es objeto de la macrohistoria, una disciplina en auge que se centra en las causas últimas o distales, y no en las causas proximales o inmediatas de los fenómenos sociales a gran escala. Desde este plano señalamos tres tipos de subdeterminaciones interrelacionadas del proceso histórico:

  • Subdeterminaciones biológicas (epidemiológicas, demográficas, energéticas, dietéticas, comunicacionales, ¿cognitivas?)
  • Subdeterminaciones geográficas y medio ambientales (materiales, epidemiología, demografía, energía, dieta, comunicaciones)
  • Subdeterminaciones sociales (Entramado: organización social, creencias, costumbres, instituciones, saberes)

NATURALEZA HUMANA

El concepto de naturaleza humana no tiene por supuesto nada de esencialista. En el marco teórico de la biología evolutiva el concepto de especie no puede ser esencialista pues la evolución de la vida es un torrente de información circulando y cambiando a través de las generaciones. Esencialistas son las concepciones dualistas de naturaleza humana que fantasean con una supuesta alma o espíritu o cualquier idea de naturaleza humana no evolutiva. Irónicamente, los que critican el concepto de naturaleza humana, caen implícitamente en esencialismo, al sumergirse en las particularidades culturales y olvidar o minimizar la biología, pues de esta manera están abrazando el idealismo (ya sea de manera adrede o sin conciencia). Es el caso de ciertas concepciones del ser humano como el “construccionismo social” (y otros enfoques similares relacionados con la filosofía continental y con la moda posmodernista).

Para acotar el concepto de “naturaleza humana” se necesita, pues, la paleoantropología y la biología evolutiva, puesto que de lo que se trata es de caracterizar a la especie humana actual y para ello es necesario develar sus orígenes y su ubicación en el contexto natural. Se trata de determinar lo que tenemos en común todos los humanos y lo que nos diferencia de otras especies. La primatología es clave en ese aspecto. 

A partir de ese marco general filogenético hay que pasar al nivel ontogenético, describiendo la estructura y funcionamiento multinivel del organismo humano. La neotenia y las particularidades de nuestro biodesarrollo individual implican lazos sociales imprescindibles. En el nivel anatómico la estructura bípeda y de locomoción, el dimorfismo, la aparente piel lampiña del mono desnudo, la genitalia y la copulación frontal, la mano prensil ultrafina, la dentadura y el aparato fonador merecen atención especial, pero la estrella es el supercerebro, asociado a todo el sistema nervioso central, sus exigencias metabólicas, sistema digestivo y dieta energética, y a ciertas constricciones en las condiciones de parto.

Gran parte de la respuesta a la pregunta sobre la naturaleza humana se concentra en responder lo siguiente: ¿qué tiene de especial el cerebro humano? Sabemos que el volumen tiene algo que ver pero es insuficiente. El índice cerebro/cuerpo en volumen o en peso, afina un poco el asunto pero tampoco es suficiente. Los tres complejos: cerebro/mano; cerebro/aparato-fonador/lenguaje; cerebro/eusocialidad nos dan una buena triple-pista. Esto significa que en nuestra estructura cerebral (o del SNC) debemos identificar las subestructuras y sus mecanismos que actúan en esos tres complejos. Pero además, la mente, el sí-mismo y la conciencia nos plantean tres desafíos adicionales. Al parecer (según Damasio) la mente es un concepto aplicable al cerebro de muchas especies superiores, el sí-mismo parece más restringido a unas pocas especies de cerebros relativamente grandes y la conciencia es un atributo aparentemente exclusivo del Sapiens (y tal vez de las especies hermanas extintas). 

En términos evolutivos los cerebros más simples manejan mecanismos disposicionales de respuesta a estímulos externos o internos (yo diría que a través de procesos probabilísticos y umbrales que involucran a cierto número de neuronas) (El C.Elegans actual nos ofrece un modelo). Más adelante, siguiendo a Damasio, vendría el manejo de mapas. Pero en el desarrollo evolutivo del cerebro a través de cientos de millones de años, mente, sí-mismo y conciencia aparecerían en momentos diferentes en ese orden, pues si bien la evolución no tiene dirección, la complejidad sí es función del tiempo en el sentido de que el tiempo es necesario pero no suficiente para el desarrollo de niveles de complejidad en pequeñas porciones de la biomasa.

El cerebro es, pues, una frontera actual en el acotamiento del concepto naturaleza humana. Su estructura y funcionamiento en los niveles molecular, celular y las sutiles configuraciones de capas, módulos y áreas en el órgano, la “circuitería” variable, su plasticidad funcional, su enigmática articulación de análisis y síntesis (sectores especializados y asociaciones entre sectores) no se resuelven en la mera comparación anatómica entre encéfalos de simios, delfines, ballenas, elefantes y humanos. 

En un giro sorprendente, en los últimos años hemos aprendido que, como organismos, somos simbiontes. Tenemos más bacterias que células en nuestro ser. Y tenemos parásitos, los cuales no siempre son enemigos y pueden ser poderosos manipuladores (entre otras cosas a ellos les debemos que exista el sexo). Pero tener microbioma incorporado y altamente funcional no es característica exclusiva del Homo Sapiens. Hasta donde sabemos no tenemos una dependencia tan alta del microbioma como tienen las termitas, pero cada día se descubren nuevas funciones o efectos causales del microbioma sobre el cuerpo humano, su funcionamiento y su comportamiento. Incluir el microbioma en la caracterización de la naturaleza humana, más allá de mencionar que somos simbiontes, se justificaría plenamente si se trata de un microbioma específico y si dependemos de ese microbioma para la supervivencia.

Pero aquí no acaban los retos investigativos en la mira de caracterizar la naturaleza humana. La eusocialidad representa una característica que, aparte de humanos, sólo se da en insectos, lo cual trata de aprovechar Wilson para forzar inferencias. Harari y otros proponen la construcción de ficciones como el aglutinante de grandes estructuras sociales. Lo que empezó como narraciones al calor del hogar, derivó en el vertebrador de megagrupos sociales, capaces de colaboración entre extraños. Pero la base neuronal de esto debe aclararse (por ejemplo, neuronas espejo, neuronas Von Economo)

Preocupa que las ciencias sociales se encuentren mayormente ajenas a trabajar el tema de la naturaleza humana. Para ello es necesario tender puentes entre biología y ciencias sociales. La psicología evolutiva y la sociobiología son intentos en esa dirección, pero son ciencias incipientes y aún débiles. La genética del comportamiento en llave dialéctica con la epigenética también estudian al alimón las bases biológicas de la conducta humana en relación de retroalimentación con su entorno. La epidemiología y la demografía son también disciplinas biosociales, pero lamentablemente subutilizadas por la mayoría de cientistas sociales. Buena parte de las ciencias sociales se dedica a microciencia (microhistoria, microsociología, etc), debido probablemente a la orfandad de teoría generada por la decadencia del marxismo y que llevó a cierto personaje nefasto a proclamar la muerte de los metarrelatos. En la economía sí hay corrientes que trabajan neuroeconomía, pero sobre todo para manipular el consumo cimentando la mercadotecnia. Sin embargo, esperamos que nuevas corrientes de la ciencia económica se desarrollen sobre la comprensión de los agentes reales de la economía. 

Las particularidades sociales de los pueblos, las diversidades culturales, expresan diferentes formas de manifestación de lo biológico, modulan la naturaleza humana, fuerzan sus límites, experimentan sus posibilidades. Sabemos que el peso causal de lo genético respecto al peso del entorno social, varían para los distintos aspectos del comportamiento individual en un gradiente que puede ir, quizás, de extremo a extremo. En lo social también, en sentido estadístico, pues las frecuencias alélicas varían entre grupos poblacionales (linajes o razas) y eso se expresa en los fenotipos, incluida la conducta. Pero también se debe estudiar la dirección causal contraria, cómo lo social afecta lo biológico. La epigenética es clave para cerrar el bucle y poder completar un enfoque sistémico.

EPÍLOGO

Finalmente, hay que decir que el punto de la historia al cual hemos llegado en la modernidad, desde la revolución industrial y los alcances de la tecnociencia para intervenir la naturaleza, incluyendo la naturaleza humana, nos ubica ya en una encrucijada cósmica, al menos a escala del planeta Tierra y, quizás del sistema solar. La especie humana se constituye en un bucle evolutivo, un hecho definitivo a la hora de caracterizarla. E incluso para caracterizar el período actual de la historia planetaria: el antropoceno. Dios deja de ser imaginario y se materializa en Homo Deus. Esperemos que este diosecillo real no resulte ser tan de pacotilla como tantos otros de ficción.

El Búho