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viernes, julio 02, 2021

La guerra de estatuas y la izquierda mítica: caso Barranquilla



Autor: Jorge Senior

Antecedentes

Hace pocos días en la ciudad de Barranquilla, Colombia, un grupo de muchachos (creo que no había chicas o al menos no las ví en los videos), quizás un centenar, derribaron y destrozaron la estatua de Cristóbal Colón que la colonia italiana había donado a la ciudad en 1892 con motivo del cuarto centenario de una fecha que partió en dos la historia de la humanidad, como explicamos en otra entrada de este blog (enlace).  Era una obra artística realizada en mármol de carrara, algo para nada usual, tal vez único, en la ciudad. 

Para los que no conozcan a Barranquilla, resulta pertinente recordar que esta ciudad - puerto no fue fundada por conquistador alguno, sino por el pueblo mestizo, criollo, y orgullosamente se ha considerado  como un “sitio de libres”, en contraste con Cartagena y Santa Marta. Es también una ciudad de inmigrantes, abierta al mundo y como decía el filósofo Rubén Jaramillo Vélez, a comienzos del siglo XX Barranquilla era una urbe cosmopolita cuando Bogotá era todavía una aldea grande con un pueblo andino y provinciano, a pesar de ser la capital.

Pues bien, el acto destructivo sucedió en el marco de un “Paro Nacional” que no ha sido paro, pero sí un estallido social de gran magnitud durante dos meses, desde el 28 de abril (coincidente con el aniversario de Jaime Bateman Cayón).  En el contexto del Paro, que ha tenido favorabilidad de más del 80% de la ciudadanía según encuestas en mayo, ha habido todo tipo de manifestaciones, incluyendo las vías de hecho, como por ejemplo los bloqueos, pero estas modalidades de lucha han tenido menor favorabilidad de la opinión.  La represión brutal de la policía orientada por el gobierno uribista de Duque ha dejado más de 80 muertos, todos jovencitos de barriadas populares.  Además hay que decir que la mayoría de estas víctimas han ocurrido en Cali y Bogotá, dos ciudades gobernadas por el partido Alianza Verde, que se dice alternativo.

Desde mi perspectiva de izquierda mi posición sobre el acto es de rechazo, en este caso concreto.  De la misma manera que rechazo el derribamiento de estatuas de Bolívar, Santander y Nariño en el sur del país, la zona en que los indígenas se pusieron del lado de los españoles durante la guerra de independencia, señal de que aún puede haber allí una perspectiva bien diferente a la de las mayorías populares de Colombia.  Desde que los españoles invadieron tuvieron a numerosos pueblos indígenas de aliados, lo cual fue clave para que pudieran derrotar a los imperios y cacicazgos opresores de esos pueblos. La guerra de conquista fue también una guerra de indígenas contra indígenas, algo que muchos parecen olvidar.   

También hubo derribamiento de 9 estatuas de conquistadores y políticos, ninguno de gran valía, actos con los cuales me quedaría más fácil simpatizar.  Debe quedar claro que yo no tengo una posición de principio contra las vías de hecho, todo lo contrario, considero que, desafortunadamente, muchas veces son absolutamente necesarias en las luchas populares.  Es el mismo criterio de la legítima defensa, extendido a la contraofensiva.  Pero las vías de hecho mal manejadas pueden llevar al descrédito del Paro, que por su prolongada duración ya está sufriendo el desgaste natural de este tipo de procesos.  Y eso puede ser favorable a la derecha que aprovecha para ofrecer mano dura y seguridad.  Tenemos unas elecciones claves en 2022 donde por primera vez un candidato de izquierda luce como favorito, por tanto un criterio de análisis imprescindible es evaluar los efectos políticos en la opinión pública generados por las actuaciones más mediáticas que se producen en el contexto del Paro.  La idea es no favorecer a la derecha con acciones que generan repudio.

El acto de tumbar la estatua en Barranquilla no fue masivo ni una acción de un grupo étnico.  Más bien luce como un operativo aislado, imitativo, sin siquiera un comunicado explicativo y pedagógico, en una ciudad donde la dinámica del Paro ha sido muy diferente a Cali (por ejemplo unas pedreas relacionadas con partidos de fútbol).  El acto tuvo un contenido político, equivocado, pero sin duda es hecho político, no es vandalismo lumpen como lo califican erróneamente algunos.

Lo que me parece interesante y oportuno del operativo de Barranquilla es que ha generado un debate en algunos sectores de izquierda divididos en torno al hecho (curiosamente, hasta ahora, no he visto en los chats donde predominan los uribistas u otras visiones tradicionales una reacción escandalizada, sino que lo ven como otro “acto vandálico” más).  En mi concepto este debate es interesante porque permite realizar en caliente una discusión sobre la crisis teórica de la izquierda, algo que los sectores de izquierda permanentemente eluden, quizás porque el antiuribismo nos une a gran escala y el mal llamado “petrismo” a menor escala y porque la izquierda es cada vez más electorera (con mayor razón ahora cuando hay posibilidades de triunfo, al menos en el ejecutivo).

 

E L   D E B A T E

En realidad hay tres debates en uno.  El primero sobre la estatua, el segundo sobre el personaje Cristóbal Colón y el tercero, el debate sobre la izquierda mítica y su manera posmodernista y demagógica de tramitar el pasado.


La estatua:

El ataque a un monumento cualquiera en el espacio público nos plantea dos temas: uno sobre el valor artístico de la obra y otro sobre la historia específica de ese ejemplar de amoblamiento urbano, es decir, cómo se tomó la decisión sobre el monumento y todo lo que rodea esa iniciativa.

Sobre el valor artístico de la estatua de Colón no opino porque no soy experto en ese asunto, más bien me guío por lo que digan los que sí saben.  Pero sí tengo un criterio general: el arte debe ser respetado, no importa su contenido.  Y a mayor calidad, mayor respeto.  Que yo no sea experto en arte no significa que no lo admire.  No hay ciudad adonde yo vaya en que no visite el mayor número de museos de arte, gracias a lo cual conozco decenas de museos en múltiples países.  Para mí el arte es sublime, cumbre del talento humano.  Y eso es más importante que la “corrección política”.  No se puede ser humanista y destruir una obra artística de valor.  No importa si la obra representa realidades que repudio, como la monarquía, la creencia religiosa, la tiranía, la violencia, el rapto, la opulencia y el lujo, la vieja nobleza o la menos vieja burguesía.  Para mí el incendio de Notre Dame, la destrucción de los Budas de Bamiyán y el incendio del Museo Nacional de Brasil, fueron pérdidas dolorosas, auténticas tragedias.  

En muchas ocasiones el artista me genera repudio y sin embargo el talento me obliga a reconocerlo, como en otra discusión local en torno al cantante Diomedes Díaz, ídolo popular colombiano que estuvo involucrado en un homicidio y protegido por paramilitares. 

Destruir obras de arte nos convierte en talibanes, es decir, en fanáticos enceguecidos, dogmáticos e irracionales, de la misma estirpe de un quemalibros como Alejandro Ordoñez.  Nos convierte en censores o censuradores como la Inquisición católica con su índice de libros prohibidos.  ¿Qué tal que uno no pudiera conseguir y leer un libro como Mi lucha de Adolf Hitler? Todos tenemos derecho a conocer el pasado, lo que no tenemos es derecho a ocultarlo o negarlo.  No es el momento para profundizar en ello, pero me manifiesto en contra de la “cultura de la cancelación” y de lo que llamo “correcionismo político” o ideología de la corrección política, pretextos perversos para limitar la libertad de expresión (ver entrada). Y el arte es expresión que debe ser libre.

Por último, me parece despreciable que alguien que no sabe esculpir destruya la obra de un escultor.  Es un ejemplo de la brutalidad contra el talento.

El otro asunto es el carácter de amoblamiento urbano que tienen los monumentos públicos.  Entonces hay que mirar lo que representa para el patrimonio urbano y la historia de la ciudad.  En este caso la obra artística fue un obsequio de la colonia de inmigrantes italianos del siglo XIX, que al igual que otras corrientes de inmigración se integraron a la historia de la ciudad y son constitutivos de lo que somos como urbe abierta al mundo.  Es cierto que la estatua fue trasteada por varios lugares y terminó en el bulevar de la iglesia del Carmen, un lugar menos central que el Paseo Colón (1910 - 1937, convertido luego en Paseo Bolívar) o la plaza de San Nicolás (donde cogíamos el bus de Puerto Colombia para ir a la playa).  No se puede decir, sin embargo, que estuviera en estado de abandono.  Y aún si lo estuviera, eso sería criticable, pero no razón para destrucción.

Ahora bien, en Barranquilla los gobernantes casi nunca consultan a la ciudadanía sobre el amoblamiento urbano, los monumentos y sus ubicaciones.  Esa misma práctica antidemocrática la siguieron los muchachos del operativo de destrucción, pues ese puñado de personas no tiene la representatividad de la juventud ni mucho menos de la población en general.  Más aún, ni siquiera hubo una deliberación pública sobre el asunto, aunque estaba “cantado” que sucedería aquí por la moda imitativa que ya lleva unas 13 estatuas destruidas en Colombia y varias decenas en el globo. 

Las estatuas se ponen y se quitan.  Las visiones colectivas cambian con el tiempo y una ciudad puede tomar decisiones para transformar su amoblamiento urbano. Lo importante es que haya deliberación pública y refrendación democrática, puede ser a través de una consulta ciudadana o que el alcalde lo haya incluido en su campaña y su triunfo exprese entonces el apoyo a ese punto del programa.

En resumen, rechazo el acto destructivo por ser un atentado contra el arte, la democracia y la historia de mi ciudad natal con la cual tengo un fuerte sentido de pertenencia.  Estimado lector, puedes refutar esta tesis probando el escaso valor artístico de la obra, su insignificancia en la historia de la urbe y la gestación democrática del operativo.  Cosa distinta es explicar la actuación de las personas de muy corta edad involucradas en el evento, pero para esto necesitamos desarrollar los otros dos puntos, pues no desconocemos el contenido político.

 


Cristóbal Colón:

El segundo eje es el personaje: el marinero Cristóbal Colón o Christophorus Columbus (personaje que le da nombre a nuestra  patria republicana).  Ese punto lo desarrollé en 2020 en otra entrada del blog (enlace).  A Cristóbal Colón, el navegante explorador, se le hacen estatuas porque cambió de manera disruptiva la historia milenaria de la humanidad. Catorce mil años de escisión en dos de la especie humana llegaron a su fin con la hazaña de navegación de Colón.  Es una figura cimera de la historia mundial, algo que sólo puede apreciar quien conozca la historia de la especie.  Pocas figuras del pasado podrían competirle en dimensión histórica. 

Somos lo que somos por el evento que ese sujeto cristiano lideró.  Si Colón no hubiera existido, habría pasado casi lo mismo, ya que la expansión europea fue un proceso social, colectivo, comercial y militar que se desplegó durante varios siglos antes de 1492 (incluso los vikingos ya había llegado al norte del continente y fueron derrotados) y me atrevo a conceptuar que era inevitable, como argumento en otros escritos.  Pero nosotros los individuos que existimos hoy como producto de ese proceso, nunca habríamos existido (ya sea que lo miremos desde la "teoría del caos" o desde la historia como ciencia).  Se hubieran producido otras personas, no nosotros. Reconocer el pasado tal y como fue, es reconocernos a nosotros mismos. 

Los anti-Colón nunca hablan de la talla histórica del personaje, aspecto fundamental, sino que se dedican a hacer una evaluación o juicio moral (y a veces con terminología jurídica) del personaje, utilizando para ello categorías contemporáneas, inexistentes hace 500 años.  Pero Colón está muerto, por tanto no podemos llevarlo a un tribunal, ni fusilarlo, ahorcarlo o degollarlo, es decir, no podemos hacer justicia (ni correctiva ni vengativa) por los crímenes (según criterio actual) que haya cometido (y que pudiéramos probar), aunque tumbemos mil estatuas.  Tampoco podemos acusarlo de violar el orden jurídico internacional, ni el derecho internacional humanitario, ni los derechos humanos, ni el derecho de propiedad, ni la autodeterminación de los pueblos, porque nada de eso existía entonces. Puro moralismo anacrónico.

Algunos intentan compararlo con santos de la época para tratar de argumentar que se podía ser “bueno” en ese entonces.  Craso error, como si la historia la hicieran los santos y no los guerreros e inventores.  La historia se hace con ideas y acción.  Colón encarna las ideas y la acción de su época que confluyen en su talento de navegante.  Esos santos no hicieron la hazaña, la parasitaron desde su nicho funcional en esa sociedad.  Ponen de ejemplo a Bartolomé De las Casas, un tipo dedicado a "lavar cerebros" ("salvar almas"), adoctrinándolos con la ideología mítico - religiosa medieval mientras promovía el comercio esclavista de africanos para reemplazar el trabajo indígena.  Si Colón era un hijueputa (según nuestros parámetros de hoy), De las Casas era otro hijueputa.  Y entre esos dos hijueputas me quedo con el que tiene el mérito de la gran hazaña.  ¿Quién en Europa se opuso a la exploración y conquista del Nuevo Mundo?  (compárese con la guerra de Vietnam que dividió al pueblo estadounidense)

El columnista Mauricio García Villegas aborda lo que podríamos llamar “el sesgo de los indignados” contando lo siguiente (cita larga): 

“El profesor Robert P. George, de la Universidad de Princeton, cuenta que de tanto en tanto les pregunta a sus estudiantes qué posición habrían tenido sobre la esclavitud si hubiesen sido blancos en Georgia, al sur de los Estados Unidos, a principios del siglo XIX, es decir, antes de la abolición de la esclavitud. Casi todos responden que habrían sido abolicionistas. Pero es casi seguro que habrían sido esclavistas como lo fueron todos en esa época. A los humanos no solo nos cuesta ponernos en los zapatos de los otros, sino imaginar lo que haríamos si estuviésemos en circunstancias completamente diferentes a las presentes. Las personas de mi edad solemos hacer una lista de cosas que ocurrían cuando éramos niños y que hoy son, a todas luces, inaceptables, como conducir con tragos o ser indiferentes ante el confinamiento de las mujeres en el hogar. Éramos indolentes y no lo sabíamos. Soy un defensor de la naturaleza y del medio ambiente y nací en el seno de una familia que ama la naturaleza, pero cuando era niño mataba pájaros con cauchera y gozaba pescando truchas en las quebradas y no recuerdo haber sentido congoja alguna con el chapaleo agonizante de esos animales en mis manos. Cuando pienso que ese joven y yo somos la misma persona, dudo de mis certezas actuales.

Nuestra mente está bien diseñada para proclamar y defender principios, no para entender el comportamiento humano como un resultado de las circunstancias. Estamos más predispuestos para la indignación virtuosa que para entender una realidad llena de causas y efectos, por eso nuestra psiquis se acomoda mejor al oficio del sacerdote que al del científico. Los psicólogos hablan del “error fundamental de atribución”, que refleja nuestra tendencia a apañarnos con una explicación de todo lo que ocurre en la que solo hay sujetos, no contextos, ni condicionantes, ni estructuras, ni azar. Vemos la vida como actores de un culebrón de televisión en el que todo depende de lo que hacen los malos y los buenos.

Tenemos en cuenta las circunstancias para justificar nuestros fracasos, pero cuando se trata del fracaso de los otros solo su persona cuenta. Si alguien no hace bien su trabajo pensamos que eso se debe, por ejemplo, a su pereza, pero cuando nosotros no hacemos bien el trabajo pensamos que eso se debe, por ejemplo, al hecho de tener un jefe autoritario”.

Hasta allí la cita.  Así pues, los ilusos del siglo XXI, como buenos idealistas (antimaterialistas), creen que si vivieran en el siglo XVI serían antiesclavistas.  También tienen la ilusión contrafáctica de que el “encuentro de dos mundos” pudo ser pacífico.  Primero, aún ese caso habrían muerto millones de indígenas por los gérmenes, los agentes patógenos que traían los europeos (que era sobrevivientes de la peste bubónica).  Segundo, esa ilusión es tan improbable que sólo es posible imaginarla desde un desconocimiento de la historia de la humanidad desde el paleolítico, pues la guerra, el desplazamiento y el saqueo han sido recurrentes.  

Los europeos también se expandieron por todos los otros continentes y la historia es similar.  El caso de Asia es interesante, porque ahí la pelea era pareja y no era posible una conquista tan fácil como la de los imperios Inca o Mexica derrotados por una fuerza española asombrosamente pequeña (gracias a los aliados indígenas).  Aún así hubo violencia, los españoles dominaron a Filipinas (nombre en honor a Felipe II, 1543) y varias islas, al igual que los portugueses.  Con el tiempo China, India, Indonesia y otros territorios terminaron dominados por Inglaterra y Francia principalmente y Rusia llegó hasta el Pacífico (también es bueno comparar la situación de Asia hoy, que sin victimismo llorón se ha sabido poner al mismo nivel de las potencias de Occidente).

Para terminar este punto toca ir más allá de Colón, pues sus críticos no sólo caen en el error de anacronismo sino también en el de maniqueísmo cuando se trata de mirar todo el proceso, ya no la figura individual.  Los ingenuos de hoy dicen: “en el colegio no nos enseñaron la historia verdadera”.  Se refieren a la historia contada en la versión española de la leyenda blanca.  No sé si a estas alturas del siglo XXI todavía hay profesores de historia en Colombia enseñando la leyenda blanca, pero lo dudo.  El punto es que estos desengañados de la leyenda blanca entonces abrazan de manera igualmente acrítica la leyenda negra según la cual la conquista y colonización fue una masacre unilateral de europeos malos contra indígenas buenos.  Ocultan o desconocen la política de alianzas.  Ocultan o desconocen que cada vez que pudieron los indígenas masacraron a los españoles (bien por ellos, guerra es guerra).  Ocultan o desconocen que en el Nuevo Mundo, antes de Colón, había opresión, esclavitud, servidumbre, patriarcado, castas y clases sociales, dominación de unos sobre otros, genocidios, asesinatos, torturas, sacrificios humanos, canibalismo, violaciones, epidemias, desastres ambientales, civilizaciones desaparecidas (el caso de los mayas es un ejemplo de guerras y mala gestión ambiental del territorio).  No se ha probado, pero es probable que estos asiáticos, que fueron los primeros humanos en llegar al continente por Bering, tuvieron su cuota de responsabilidad de la coincidente extinción de la megafauna.  En síntesis, los habitantes del Nuevo Mundo eran seres humanos, no ángeles.  Y como tales exhibían las mismas características de la naturaleza humana que los humanos del Viejo Mundo.  

 


La Izquierda mítica:

Llamo izquierda mítica a esos sectores que tramitan el pasado desde el sesgo de las subjetividades y las identidades, es decir, la ideología en últimas, sin rigor ni respeto alguno por la verdad y negando la idea de progreso, como hemos visto someramente en el caso de la conquista española y su narrativa anacrónica y maniquea.  Pretenden reemplazar la historia objetiva por la “memoria subjetiva” a pesar de que la memoria no puede abarcar más atrás del siglo XX, por tanto lo que hay es la invención de un relato victimista y moralista con fines políticos y jurídicos (que muchas veces resultan ser demagógicos). 

Todo esto tiene su origen en un fenómeno intelectual que aconteció en la Europa de los años setenta, cuando el marxismo entró en decadencia y el posmodernismo empezó a imponerse.  El marxismo tenía defectos, pero el posmodernismo fue la debacle.  Al menos el marxismo era materialista (aunque flaqueó al flirtear con el construccionismo social), objetivista, universalista, contrario al irracionalismo, con visión de progreso (incluso excesivamente optimista y determinista).  Por tanto el marxismo, mal que bien, era ilustrado o moderno, pro-ciencia y humanista.  El posmodernismo era lo contrario en todos los aspectos: idealista (exagerando la importancia del lenguaje y lo simbólico), subjetivista (no hay verdad sino poder), ultrarrelativista (sobre todo cultural), enemigo de la razón, por tanto rechaza idea de progreso.  En consecuencia, el posmodernismo debería llamarse antimodernismo pues es antilustración y anticiencia, de ahí que lo califico de oscurantista (ver enlace).  En vez de un humanismo universal, el posmodernismo niega la naturaleza humana para enfatizar el construccionismo social y las identidades de grupo.

El posmodernismo, que es una versión moderna de los sofistas griegos, surgió de Weber (desencantamiento del mundo y jaula de hierro), Escuela de Frankfurt (Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer), psicoanálisis, giro lingüístico, giro historicista en filosofía de la ciencia, programa fuerte de sociología de la ciencia, entre otras fuentes.

No entró directo a los partidos de izquierda, estos siguieron en su inercia durante los años 80 o retomando a Gramsci.  El posmodernismo se metió por la vía de la academia, las protociencias sociales, los estudios culturales, luego por medio de ciertos feminismos de tercera ola, fue colonizando sectores liberales que aparecían triunfantes tras la caída del muro de Berlín y del bloque soviético (esto llevaría a la actual fractura liberal (ver enlace)).

Al ser la antropología su fuerte con el relativismo cultural, el posmodernismo también circuló por las problemáticas raciales o étnicas, los estudios postcoloniales y de ahí se pasó al autodenominado “pensamiento decolonial” (ver enlace), el cual ha intentado una polarización Norte/Sur de nuevo tipo, pues no se centra en el desarrollo o progreso, sino que asume un carácter antioccidental.  Mientras la critica anterior al eurocentrismo era por presentar como universales ideas, visiones, creencias y valores que en realidad eran locales de Europa y por tanto su corrección consistía en buscar una auténtica universalidad, ahora el relativismo posmo-decolonial renuncia a la universalidad y por tanto su critica al eurocentrismo (incluido el posmodernismo) lo que busca es equiparar las culturas locales, enclaustrando sus identidades sobre todo frente al Otro Occidental, lograr su reconocimiento por vías políticas, jurídicas y éticas, no por logros tecnológicos, militares, artísticos o de conocimiento (por ejemplo utilizando conceptos como “epistemologías del sur” o “justicia epistémica”).  

Los partidos de izquierda liberales y socialdemócratas fueron cooptados por el consenso de Washington, es decir, por el neoliberalismo.  Mientras tanto los partidos de izquierda marxista sufrieron el debilitamiento de su discurso marxista (por derrota intelectual y debacle de países socialistas) y de su sujeto político supuestamente redentor, la clase obrera (por el cambio tecnológico de la producción más el embate neoliberal contra el sindicalismo). Ante eso se vieron precisados a transmutarse en nuevas agrupaciones o fueron permeados por nuevos “sujetos sociales” y "grupos de presión" de tipo identitario que reivindicaban subjetividades y buscaban reconocimiento (político, jurídico y ético).  Me refiero a grupos feministas, de minorías sexuales y de minorías étnicas. Las condiciones materiales de existencia y la contradicción principal de carácter socioeconómico (la desigualdad, la concentración de la riqueza y el ingreso) dejaron de ser el eje principal y aspectos simbólicos, lingüísticos, de identidad, memoria, víctimización y sexualidad, pasaron a primer plano.  La preocupación por libertades colectivas, como por ejemplo la de asociación, dió paso a un nuevo énfasis en libertades individuales de carácter liberal (aborto, eutanasia, matrimonio gay, dosis personal, etc). 

De esta manera, para complacencia del 1% más rico y de las élites en general, la contradicción principal que debiera aglutinar a la gran masa de la población (99% vs 1%) quedó en segundo plano opacada por luchas sectoriales y simbólicas que dividen al pueblo (a veces son marcadamente segregacionistas).  El horizonte eutópico de la revolución basado en la idea de progreso y el humanismo universal se ha diluido.  En su reemplazo aparece el concepto meramente negativo de resistencia, discriminaciones positivas (ventajas o privilegios temporales), horizontes de reparación simbólica, objetivos individualistas (cuotas) disfrazados de colectivos. 

No he mencionado el tema clave del medio ambiente que es otra contradicción principal, pero ya no dentro del capitalismo, sino entre capitalismo y naturaleza.  El cambio climático está en el centro de la política en el siglo XXI (por eso hablamos de política antropocénica, ver enlace) y merecería un análisis aparte que no será abordado en este escrito.

Como consecuencia de todo lo anterior, la izquierda ya no tiene un marco teórico unificado de referencia, sino un popurri de ideologías, relatos míticos, pseudociencias, pseudoteorías conspiranoicas, ciencias sociales especulativas, marxismo residual, reduccionismo culturalista, antioccidentalismo inconsecuente (de la boca para afuera), indigenismo, ambientalismo fundamentalista, vegetarianismo y veganismo y un largo etcétera.  Desde luego también hay sectores afines a la socialdemocracia clásica, al liberalismo social, al progresismo ilustrado siglo XXI, al humanismo, al populismo, al anarquismo.  Me identifico con estos últimos, excepto el anarquismo.

Hablar de vieja y nueva izquierda es equívoco.  No hay tal.  Toda esa especie de torre de Babel que hemos descrito escuetamente, es actual.  Sería paradójico que el progresismo fuera “viejo” y el antiprogresismo "nuevo”. ¿Qué progreso sería ese?

En términos generales todas las izquierdas apoyan causas de inclusión, justicia social e igualdad, libertades, equidad de género, antirracismo, ambientales, en fin, toda una herencia ético – política de la revolución francesa y su consigna de libertad, igualdad y solidaridad (Bien común).  Pero lo hacen de manera distinta y a veces las diferencias son profundas (para una buena causa son tan peligrosos sus enemigos como sus malos defensores que la hacen quedar mal).  Casi todas las izquierdas descuidan temas de seguridad o competitividad y en el caso de los sectores de izquierda impactados por el posmodernismo tienen una relación conflictiva con la ciencia y con la tecnología, a veces son abiertamente anticiencia.

En el fondo hay una disputa filosófica doble, primero entre “continentales” y “empírico-analíticos”, y segundo, dentro de los “continentales” está la batalla entre los posmodernistas de diverso pelambre y sus críticos.

El debate ontológico de fondo sigue siendo entre idealismo y materialismo.

El debate epistemológico de fondo es triple: objetivismo vs subjetivismo, racioempirismo vs irracionalismo, universalismo o relativismo moderado vs ultrarrelativismo.

A diferencia de las ciencias sociales, las ciencias naturales poco se ven perjudicadas por el posmodernismo.

Los que justifican la tumbada de la estatua de Colón se alinean en últimas con el posmodernismo, es decir, con el idealismo, subjetivismo, irracionalismo y ultrarrelativismo.  Además apuestan por la memoria en contra de la historia (lo cual no tiene sentido a distancias de más de 100 o como mucho 150 años).  Mi crítica se alinea con el materialismo, objetivismo, racioempirismo y universalismo. También me alineo con el relativismo moral histórico (coincidente con el marxismo), que se deriva del materialismo y no es contrario al universalismo, pues hay una base universal (la naturaleza humana) modulada por las culturas particulares (códigos morales particulares, que muchas veces son contranatura en diversos aspectos).  Y me alineo con la ciencia de la historia, no con el moralismo (un buen historiador debe suspender el juicio moral suprahistórico productor de sesgos).

En el tema de memoria, admito la dualidad memoria/historia en los últimos 100 años, más allá sólo queda el trabajo histórico.  En el tema de víctimas me interesan los vivos, sus reivindicaciones actuales, su futuro a construir, la resiliencia en vez del victimismo (baja autoestima o aprovechamiento ventajoso).  El presente y el futuro es lo que podemos cambiar, el pasado no.  Lo que sí podemos hacer con el pasado es investigarlo científicamente, conocerlo lo más objetivamente posible, en vez de armar una estúpida guerra de relatos inventados, con leyendas blancas y negras, maniqueísmos y anacronismos. 

Este tema no se agota aquí, apenas está esbozado.  Cierro con dos conclusiones generales.

1. Detrás de un simple evento como la tumbada de una estatua hay un trasfondo filosófico que marca el pasado reciente, el presente y el futuro de la izquierda y de las ciencias sociales.

2. La Izquierda colombiana y mundial están en mora de reconocer su crisis teórica y asumir el debate filosófico, siempre eludido con el pretexto del antiintelectualismo o por el encerramiento de cada quien en su parcela teórica.      

Nota Bene: un resumen superapretado de este tema está en los 21 puntos compilados en una sola página, en la entrada Alertas antidecoloniales (ver enlace)

Barranquilla, sitio de libres, ciudad de mestizos criollos e inmigrantes, Julio 2 de 2021


OTRAS LECTURAS RELACIONADAS

-El desafío de la izquierda, primera parte (enlace)

-Anticipo de la segunda parte: Los 3 oscurantismos (enlace)

miércoles, octubre 14, 2020

Trump, enemigo de la ciencia

Por primera vez en sus 175 años de historia, la prestigiosa revista Scientific American decidió apoyar a un candidato en el peculiar sistema bipartidista de EEUU (tan peculiar que en 2000 y 2016 ganó el que sacó menos votos).  El hecho es tan insólito que ha repercutido mucho más allá de sus siete millones de lectores.  Puede analizarse en el marco de la coyuntura electoral, pero su carácter extraordinario invita a una lectura más profunda del acontecimiento.

Scientific American, cuya edición en español se titula Investigación y Ciencia, no es cualquier revista.  Se trata de la publicación científica para público amplio más importante del mundo.  Es la cumbre del periodismo científico y en ella han escrito los científicos más brillantes de los últimos dos siglos. Actualmente pertenece a Springer Nature.

El pronunciamiento aparece en el editorial de octubre de 2020 divulgado esta semana y está firmado por los editores en pleno.  En él se evalúa a Trump y su gestión en relación con la pandemia, el sistema de salud, el cambio climático y la transición energética.  Asimismo se evalúa el programa de Joe Biden del Partido Demócrata en los mismos ítems.

Arranca diciendo que “la evidencia y la ciencia muestran que Donald Trump ha perjudicado gravemente a Estados Unidos y a su pueblo debido a su rechazo de la evidencia y la ciencia.  El ejemplo más desvastador es su respuesta inepta y deshonesta a la pandemia de Covid-19 que, para mediados de septiembre, ha costado la vida a más de 190.000 estadounidenses.  También ha atacado a las protecciones ambientales, al sistema de salud, a los investigadores y agencias públicas de ciencia que ayudan a este país a prepararse para sus mayores desafíos”.

El editorial abunda en ejemplos del manejo “catastrófico” de la pandemia por parte de Trump, incluyendo sus mentiras.  Frente a algo tan sencillo y básico como la utilización de mascarillas, el presidente activamente estimuló su no uso.   Su actitud de subestimar la pandemia en vez de controlarla y de ignorar el consejo de los expertos conllevó al rebrote con graves consecuencias económicas y sociales, como el desempleo. Trump mintió al público sobre la letalidad del virus propiciando riesgosos comportamientos de la ciudadanía y dividiendo al pueblo entre los que se toman en serio la amenaza y aquellos que se creen las falsedades del mandatario.  Más allá del virus, Trump ha tratado de eliminar la Ley de Asistencia Asequible y Protección al Paciente sin ofrecer alternativas, ha propuesto recortes multimillonarios a los institutos nacionales de salud, la Fundación Nacional para la Ciencia y los centros de control y prevención de enfermedades.  Así como ataca al sistema de salud ha presionado para eliminar las regulaciones de salud de la Agencia de Protección Ambiental para mayor riesgo de la gente y ha reemplazado a científicos con representantes de la industria en las juntas asesoras de la agencia.  Con su negacionismo del cambio climático Trump ha obstaculizado todo lo que apunte a su mitigación.

En contraste con las duras criticas al aspirante a repetir período, el editorial analiza positivamente el programa de Biden.  Dice que el candidato demócrata, que derrotó a Bernie Sanders en las primarias, “viene preparado con planes para controlar el Covid-19, mejorar el sistema público de salud, reducir las emisiones de carbono y restaurar el rol de la auténtica ciencia en la gestación de políticas públicas”.  Las propuestas de Biden se fundamentan en el conocimiento de expertos, como David Kessler, quien fue director de la FDA, Rebecca Katz, especialista en inmunología de la Universidad de Georgetown University y Ezekiel Emanuel, bioeticista de la Universidad de Pennsylvania. No incluye a médicos que creen en extraterrestres o en falsas terapias desenmascaradas por la ciencia y que Trump tanto elogia.

Los editorialistas de la revista destacan diversos aspectos de las propuestas de Biden en salud, política social y medio ambiente.  En este último tema vale la pena detenerse, pues tiene implicaciones para el resto del planeta.

Biden, dice la revista, planea planea invertir dos billones de dólares en el sector energético libre de emisiones, construir estructuras y vehículos con uso eficiente de energía, impulsar la energía solar y eólica, establecer agencias de investigación para desarrollar la energía nuclear segura y tecnologías de captura de carbono, entre otras acciones.  La inversión generará dos millones de empleos y el plan se financiará –en parte- eliminando los recortes de impuestos con que la administración Trump benefició a las corporaciones.  El 40% de estos desarrollos de infraestructura y energía beneficiarán a comunidades historicamente desfavorecidas.  El editorial reconoce que la implementación de algunos de estos programas del candidato demócrata dependerán de sortear el camino legislativo.

Finalmente el editorial advierte que “Trump y sus aliados” (nótese que se cuida de no mencionar al Partido Republicano como tal) han tratado de crear obstáculos para la votación de noviembre, por lo que invita a los ciudadanos a superar esas trabas y votar.  Y remata: “Es tiempo de sacar a Trump y elegir a Biden, quien tiene una trayectoria de respeto a los datos y a la ciencia”.

Este texto muestra a una sociedad polarizada entre la ciencia y la anticiencia, un fenómeno que de manera menos aguda se manifiesta también en Europa y América Latina.  Lo vemos en Bolsonaro en Brasil y en el anterior gobierno del PP en España.  Pero también en otros partidos y gobiernos, incluso en algunos de izquierda.  Derechas como la trumpista, la uribista o la de Bolsonaro se nutren de oscurantismos religiosos, conspiranoicos y pseudocientíficos.  Pero otros oscurantismos han infiltrado a las izquierdas a partir del posmodernismo, por ejemplo, el construccionismo social y el decolonialismo antioccidental.  Y nunca faltan los que se creen de izquierda pero tragan entero las “teorías conspirativas”, las supersticiones “ancestrales” y las pseudociencias que posan de alternativas al gran capital.

Coletilla: la lección para nosotros es que la educación para la democracia y la educación científica de calidad son una sola.  Con esa premisa debemos repensar una reforma educativa en Colombia.

Publicado el 18 de septiembre de 2020 en mi columna Buhografías en el portal El Unicornio

lunes, agosto 19, 2019

Metarrelato 1 (junio 2015)

EL FUTURO DE LAS CIENCIAS SOCIALES Y EL RETORNO DE LOS METARRELATOS

Junio 23 de 2015

Por Jorge Senior

En esta nota suelto dos tesis. Una es en torno a la pertinencia de reorganizar la estructura disciplinar de las ciencias sociales. La segunda es sobre el inminente regreso de los metarrelatos de la mano de la biologización de las ciencias sociales.

CRISIS DE ORFANDAD Y MICROMANÍA

“Metarrelato” es un término peyorativo robado al análisis literario por los posmodernistas para deslegitimar ciertos discursos representativos de la modernidad. Por cierto, “posmoderno” también es un término robado, en este caso a la arquitectura. Esta robadora corriente de pensamiento antimoderno, de carácter neoconservador en su trasfondo político, tuvo amplia difusión y cierto éxito relativo en los entornos académicos durante una o dos décadas, constituyéndose en un ‘episodio-epidémico-epidérmico’ en el seno de la bohemia intelectual y las ciencias blandas, una especie de prurito, contagiando incluso a sectores de izquierda de débil formación y faltos de rigor. 

En la tecnociencia y en las ciencias naturales no tuvo mayores efectos, pues éstas siguieron inmunes su arrollador avance y a finales del pasado siglo, el affaire Sokal y el proyecto Genoma Humano, significaron un par de estocadas letales al profuso, confuso y difuso metarrelato posmodernista. 

Sin embargo, su éxito relativo en contaminar las humanidades y las ciencias sociales y humanas se explica por la crisis y decadencia en los años setenta de los paradigmas que dominaban estos terrenos, especialmente en Francia: el marxismo, el psicoanálisis y el estructuralismo. Ese contexto anémico, que dejó a muchos intelectuales en orfandad y crisis existencial, fue tierra abonada para la peste barbárica del oscurantismo posmodernista.

En América Latina, como en otros paisajes del globo, algunos científicos sociales, huérfanos de paradigma, lograron resistir ese galimatías con pretensión de discurso lúcido, refugiándose en lo micro, lo local, o en la inercia de rutinas superficiales, pero al menos sin hacer concesiones a los bobales de la parroquia que hacían eco de la nueva moda parisina (el predominio actual de la investigación descriptiva sobre la explicativa es reflejo de tal situación). Pero aunque el posmodernismo es basura, algo se puede reciclar de ahí. Su pomposa declaración de muerte de los “metarrelatos”, aunque venenosa y contradictoria, expresaba un hecho real: la antedicha crisis de paradigma en las ciencias sociales.

En realidad, las ciencias sociales son preparadigmáticas. En los últimos 150 años han permanecido en una etapa exploratoria, incipiente, lo que no es sorprendente si consideramos la complejidad de su objeto de estudio. Estrictamente lo que han existido son escuelas, no paradigmas, ninguna de la cuales ha logrado consenso general, llevando a estas disciplinas a un estado de permanente conflicto interno y competencia de corrientes diversas, con mayor o menor acogida, en un decurso vacilante. El esquema kuhniano de paradigma hegemónico -valga el pleonasmo- pero con fisuras, y que sólo cae cuando surge una alternativa mejor que se convierte en el nuevo paradigma, no es precisamente una buena descripción de lo que sucede en las ciencias sociales. Si tomásemos las escuelas o corrientes de las ciencias sociales como paradigmas, lo que observaríamos en los años setenta y ochenta sería el derrumbe de paradigmas sin reemplazo, generándose un vacío que el posmodernismo intentó llenar desde fuera de la ciencia y con un discurso anticiencia, con graves consecuencias para la salud de la investigación social.

LA OBSOLETA ESTRUCTURA DISCIPLINAR DE LAS CIENCIAS SOCIALES

Uno de los problemas de las ciencias sociales es que su reproducción en las instituciones universitarias está organizada en disciplinas obsoletas. Esta estructuración obedece a sus orígenes diversos y no al orden epistemológico que correspondería hoy al conocimiento de la especie humana y su plural y dinámica organización social. En el siglo XIX y comienzos del siglo XX, mientras se consolidaban las universidades, museos y otras instituciones relacionadas con el creciente conocimiento acumulado (las discontinuidades, rupturas y conflictos en el progreso del conocimiento científico no significan que no sea acumulativo), se van cimentando con trabajos pioneros, disciplinas como: arqueología, historia, sociología, antropología, psicología, lingüística. Desde luego que estas disciplinas, unas más que otras, tuvieron importantes antecedentes en siglos anteriores. Pero esta génesis decimonónica, con su matriz de problemas y sus incipientes técnicas y métodos, configuró una estructura disciplinar que se implantó en las universidades de la época.

Desde entonces ha corrido mucha agua bajo los puentes, han surgido nuevas técnicas y métodos, principalmente por los desarrollos de las matemáticas, las ciencias naturales y la tecnología. La propia sociedad moderna, por su notorio dinamismo, ha cambiado a todo nivel y, con ella, los objetos de investigación, en gran parte condicionados por el contexto sociopolítico y cultural. Algunas disciplinas, como la antropología, se fragmentaron en varios pedazos en direcciones divergentes convirtiéndose en colcha de retazos. Al mismo tiempo, las fronteras entre disciplinas se difuminaron, hubo solapamiento e intercambiabilidad, como se evidencia en las ocupaciones profesionales actuales. Todo el mapa se desdibujó.

Las instituciones de educación superior, gracias a la flexibilidad que permite la existencia de varios niveles, han empezado a adaptarse. Hoy por hoy es común que un profesional de alguna de las ciencias sociales o de humanidades, curse su maestría o doctorado en otra disciplina. Estos sospechosos movimientos en el desarrollo profesional de los individuos, así como la intercambiabilidad ocupacional de facto, muestran que las antiguas fronteras disciplinares han perdido vigencia. Esta evolución reclama una reorganización de la estructura disciplinar, por lo menos en las ciencias sociales, pero este imperativo se estrella contra la lógica del mercado que se resiste al cambio. En vez de tener una fundamentación común en una ciencia de la sociedad humana que luego se diversifique en posgrados especializados según líneas de investigación, tenemos lo contrario: pregrados diversificados y doctorados genéricos. El mercado, no la epistemología, determina la estructura disciplinar. En el plano personal, se presenta la otra cara de la misma moneda: se estudia el pregrado para conseguir un empleo, no para fundamentar un conocimiento, y el posgrado para subir de status académico y salario, no para especializarse y convertirse en vanguardia de la investigación. La Universidad pública, menos dependiente del mercado, podría marcar la pauta y reorganizar la estructura disciplinar, empezando con un pregrado en ciencias sociales integrales, con un ciclo de fundamentación de por lo menos tres años y un ciclo profesional de dos, con diversos énfasis.

NUEVOS METARRELATOS SE COCINAN EN EL CALDERO TRANSDISCIPLINAR

Con el cambio de siglo y de milenio un nuevo fenómeno se viene desplegando en las ciencias sociales, aunque en buena parte es de carácter exógeno. Se trata de la biologización de las ciencias sociales debido al avance en el conocimiento de la naturaleza humana y de la historia evolutiva de la especie con trascendentes implicaciones para la teorización de la sociedad. Desde luego, actualmente es inadmisible un concepto esencialista de la naturaleza humana. Esta debe entenderse como una norma conductual estadística, genéticamente influida y cambiante en el tiempo (no tan rápido como la cultura pero tampoco tan lento como algunos creen, pues bastan pocas generaciones para producir cambios genéticos notables si la presión selectiva es muy fuerte, sin incluir ingeniería genética ni una eugenesia consciente). El texto titulado El Futuro de la Naturaleza Humana de Habermas, nace precisamente de la preocupación por ese carácter cambiante.

No sería correcto decir que lo biológico soporta lo universal y que la cultura reina en lo local. La diversidad racial, étnica, cladística, de biotipos y ecotipos, ha crecido a lo largo de milenios, aunque ahora el proceso se reversa y fundimos en el crisol de los tiempos modernos la raza cósmica que visionara Vasconcelos. De manera paralela o correlativa la diversidad cultural se multiplicó a través de los siglos, pero desde hace 500 años la humanidad ha iniciado su puesta en común en asamblea plenaria. Estamos en la era planetaria, como diría Edgar Morin con elemental sentido común.

Una cosa es que las ciencias naturales, formales o la tecnociencia, hayan provisto en el pasado a las ciencias sociales de nuevas técnicas y herramientas, como la datación, la estadística, la informática, y otra muy distinta que la biología se vaya convirtiendo en el fundamento de la ciencia de la sociedad y del conocimiento del ser humano, así como antes la química se tornó base de la biología y la física de la química. En el fondo Augusto Comte tuvo razón (al igual que Quine y otros) y el edificio del conocimiento de la naturaleza -la cual incluye obviamente a la especie humana- sigue integrándose cada vez más en una red única. De hecho, me parece curioso que algunos esperasen otra cosa, aunque dado nuestro trasfondo platónico-cristiano no debería extrañarme.

La famosa frase de Dobzhansky, “nada en biología tiene sentido excepto a la luz de la evolución”, debe ahora extenderse a las ciencias sociales: NADA EN CIENCIAS SOCIALES TIENE SENTIDO EXCEPTO A LA LUZ DE LA EVOLUCIÓN. Para evitar malinterpretaciones simplistas, digamos de una vez que no existe el menor peligro de caer en un determinismo biológico. Creo que no existe nadie que defienda tal idea. No hay tal debate Nature vs Nurture. La discusión es Nature/Nurture vs Only-Nurture. A la hora de investigar los comportamientos o pensamientos humanos, no se presenta una discusión entre quienes apuestan por la biología y quienes apuestan por la cultura (léase instituciones, economía o cultura material). Si acaso hay unilateralidad o reduccionismo sería del lado de la cultura por parte de lo que se ha denominado Modelo Estándar de las Ciencias Sociales (MECS) cuando cae en el viejo mito de la Tabula Rasa, pues del lado de la biología está siempre contemplada la interacción con el medio ambiente, sea social o natural, muchas veces con predominio de este último.

En efecto, en la búsqueda de comprender la dinámica de la sociedad humana, es ineludible articular, dentro del gran marco teórico de la evolución,tres grandes subdeterminaciones o tipos de causas últimas (en contraste con las causas próximas moduladoras): la genética, el medio ambiente biogeográfico y los sistemas sociales. Los avances parciales y fragmentarios de las ciencias sociales durante siglo y medio, empiezan a ser integrados por el hilo de la genómica, paleogenómica, la epigenética/biología del desarrollo y las neurociencias, entre otras novedosas disciplinas, y empieza a aparecer una visión de conjunto, un paisaje integral (prefiero no usar la palabra “holístico”) sobre el individuo y la especie humana.En el plano heurístico las estrategias de investigación tienen que ser plurales, trabajando paralelamente en los diferentes niveles, con diversas técnicas, en dirección abajo-arriba, pero también arriba-abajo. Mas a la postre, aunque existan propiedades emergentes, el entendimiento del mesomundo humano, tanto individual como social, se reconstruye teóricamente desde el micromundo biomolecular, pasando por los niveles intermedios celular, tisular, subsistémico y organísmico.

Aunque pueda parecer prematuro ya empiezan a aparecer publicaciones que bosquejan el paisaje que se va tejiendo de la historia humana en los últimos 50 mil años leyendo el pasado en nuestros genes, rebasando y complementando lo logrado con los métodos de la paleontología y la arqueología. La lingüística ha hecho inmensos aportes también, entre los que resalto dos: en primer lugar Chomsky fue pionero, con su gramática generativa, de un camino que hoy lleva a las neurociencias a comprender la mente humana desde su fundamento biológico. En segundo lugar, con métodos de ciencia dura, ha logrado reconstruir con bastante exactitud el árbol histórico de las lenguas humanas, lo cual permite confrontar dos mapas construidos de manera independiente, examinando su congruencia e incongruencia: el mapa genético y el lingüístico, calibrándose mutuamente.

No se trata entonces de una conquista o invasión a las ciencias sociales por parte de la biología sino de una convergencia entre los nuevos desarrollos de la biología y los esfuerzos más lúcidos y visionarios dentro de las ciencias sociales. No obstante, muchos cientistas sociales se empecinan en una actitud chovinista atrincherados en las viejas disciplinas, incapaces de dar el salto al espacio transdisciplinar o, como mínimo, al trabajo interdisciplinar.

Tampoco se trata, como aclaré antes, de apostarle todo a una determinación unilateral de tipo biológico, ya sea genética o más amplia, ni de resucitar demonios superados como el darwinismo social, la eugenesia totalitaria o las teorías racistas. Mucho menos de apostarle exclusivamente al determinismo geográfico, tesis que surge a partir de generalizaciones, a veces ingenuas a veces prejuiciosas, en tiempos de la colonización, pero que luego adquiere mayor rigor conceptual no exento de exageraciones(un ejemplo de elaboración intelectual seria, en esta dirección, fue el trabajo del barranquillero Luis Eduardo Nieto Arteta a mediados del siglo XX). Y menos aún se trata de seguir en la inercia del culturalismo cerrado, en sus variantes institucionalistas, pseudomaterialistas, subjetivistas, etc, que han caracterizado a las ciencias sociales durante siglo y medio. Esto no implica que se deseche lo producido por estas escuelas. Lo que sí implica es que las elaboraciones teóricas y resultados de estas visiones parciales se sometan a la prueba ácida de los nuevos datos sobre la especie humana, su historia y naturaleza, surgidos de las nuevas técnicas biológicas. 

Las tres famosas preguntas fundamentales -tan populares que se tornan casi un cliché -se han respondido ya en gran parte, o al menos las dos primeras: ¿de dónde venimos?, ¿qué o quiénes somos?. La respuesta a la tercera, ¿adónde vamos?, depende de nuestra capacidad de responder a las dos primeras, razonar los fines desde esa nueva perspectiva y gestionar los riesgos que crecen exponencialmente, tras más de 2 millones de años de jugar con fuego. En el caldero transdisciplinar de las ciencias de la naturaleza humana se cocina un nuevo metarrelato. Todavía el cuadro no se ha completado y hasta ahora nadie se le ha medido a la integración compleja de una teoría de la sociedad humana. Pero ya pasó ese vacío que los posmodernistas intentaron copar y nuevos abordajes a escala macro se proponen como grandes hipótesis explicativas de la aventura humana. 

BOOM DE METANARRATIVAS PARCIALES

En lo que va del siglo han proliferado las publicaciones de vanguardia que narran el devenir humano a gran escala. Ejemplos destacados de metanarrativas en esa dirección son:

En la subdeterminación sociocultural, la Economía regresa a los estudios de alcance global, por ejemplo con el libro de Acemoglu y Robinson, ¿Por qué fracasan las naciones?; o el de Piketty: El capital en el siglo XXI. También encontramos originales ataques desde la matemática a la economía matematizada en los libros de Taleb sobre los eventos de cola y la interpretación estadística de la no linealidad. En éste mismo ámbito sociocultural, la teoría darwiniana parió un hijo por analogía: la memética. Un ejemplo de ejercicio memético es: Romper el hechizo, texto de Daniel Dennet (el autor de La conciencia explicada) sobre el tema religioso.

En la subdeterminación biogeográfica o medioambiental los voluminosos textos de Jared Diamond, Colapso y Armas, gérmenes y acero, son ya clásicos y bestsellers. 

En la subdeterminación biológica (neurociencias o paleogenómica): La Tabula Rasa de Steven Pinker, quien estuvo en el Hay Festival de Cartagena este año, pone las cartas sobre la mesa y sintetiza el debate. Hay también textos audaces y provocadores, como el de Nicholas Wade, Una herencia incómoda: genes, raza e historia, un verdadero revulsivo capaz de matarle los parásitos a más de uno. Más prudente es David Stamos en su libro Evolución: los grandes temas, aunque toca varios puntos sensibles, como sexo, raza, feminismo, religión, ética, conocimiento, conciencia, todo bajo la luz evolutiva. Entra también el pionero de la sociobiología, Edward Wilson, por ejemplo con su texto La conquista social de la tierra, o Antonio Damasio, quien desde su éxito de hace 20 años, El error de Descartes, ha publicado otros tres libros interesantes, entre ellos El cerebro creó al hombre. Olvidaba un clásico de 1999, coincidente casi con la finalización del proyecto Genoma Humano: Genoma, de Matt Ridley.

Hay muchos más ejemplos, tanto de estos mismos autores como de otros. Pero a pesar del esfuerzo de síntesis, estas elaboraciones intelectuales ni siquiera intentan integrar las tres grandes subdeterminaciones en un metarrelato rico, complejo y convergente. Parafraseando a Marx, un relato que sea “Síntesis de múltiples determinaciones”.

Alguien podría preguntar por qué concedo a los posmodernistas el término “relato” que es ficción por antonomasia y no ciencia. Lo hago porque nuestra especie es narrativa y nuestra poderosa capacidad de abstracción es lujo de unos cuantos que con talento y cultivo la hicieron florecer, como la maestría musical o la pintura futbolística. La abstracción es hueso sin carne. Se necesita la voluptuosidad de la carne para conmover el cerebro más allá de la corteza hasta las honduras del sistema límbico. Por eso el paper académico es apenas el primer escalón. El artículo de revisión se eleva un poco más y otea el horizonte pero en un campo restringido. La buena divulgación científica, reflexiva y profunda, con fundamentación filosófica y no mera erudición técnica, es el ámbito fecundo para construir los brochazos de una nueva cosmovisión que le llegue al ciudadano común que habita las urbes y los rastrojos, y que navega en estas redes sociales. La gran pintura ya está cerca. La Atapuerca del Siglo XXI.

La cuestión islámica: simplificar es equivocarse

Publicado en noviembre de 2015

Los hechos ocurridos en París el viernes 13 de noviembre de 2015 y unas horas antes en Beirut, Líbano, autoría de ISIS como parte de su “guerra santa”, generan todo tipo de informaciones y análisis en los medios de comunicación, pero…. ¿tiene el público claridad sobre lo que acontece? (¿o los propios periodistas?) 

La respuesta parece ser negativa. En las redes se desatan los comentarios y pronunciamientos cruzados, y por doquier circulan imágenes o memes que muchas veces sirven más para sembrar confusión que para aclarar la naturaleza de este conflicto. Ante situaciones tan complejas y de largo calado histórico, como la del Medio Oriente, la única simplificación válida es decir que toda simplificación está equivocada. 

Por ejemplo, el hecho de que la mayoría de los perpetradores de los atentados de París son nacionales franceses, remite a un problema interno de integración o asimilación de migrantes, aunque no se puede desconocer que el epicentro de la fuerza atacante, el denominado “estado islámico” (ISIS), está en el Oriente Medio, pero es evidente que constituye un fenómeno transfronterizo. Después del 9-11 de 2001 el tema era el mismo, aunque el actor de la yihad era otro: Al-Qaeda. La guerra en Irak y Afganistán, el atentado de Madrid el 3-11 de 2004, la ofensiva que acabó con Kaddafi y varios miembros de su familia en Libia, las masacres por los israelíes en Gaza, la denominada “primavera árabe”, la masacre de Charlie Hebdo a comienzos del presente año, la guerra en Siria, la oleada de desplazados hacia Europa, entre otros hechos históricos en lo que va del nuevo siglo, muestran la explosiva dinámica de este paisaje complejo.

No es propósito de esta nota ir al fondo del asunto, pero sí llamar la atención en torno a cuatro simplificaciones que se han escuchado en este debate, en dos ejes, uno político y otro religioso. Son cuatro maneras erróneas, unilaterales y parciales de entender lo que sucede, a mi modo de ver, o tal vez formas adrede de propaganda, racionalización justificante o disculpante, o estrategias de confusión. 

Las cuatro simplificaciones

1. Se trata de un choque de civilizaciones entre un Occidente moderno con valores democráticos y un mundo islámico premoderno con valores totalmente distintos. Si bien el Medio Oriente cuenta con estados nacionales (algunos de factura reciente que no coinciden necesariamente con los territorios ancestrales de los pueblos milenarios de la zona), estos no se caracterizan por instituciones democráticas liberales sino por otro tipo de institucionalidad de vieja data como la teocracia, la monarquía y el tribalismo. En su cultura impera el machismo, el dogma religioso sobrenatural, el autoritarismo, las costumbres atávicas (algunas de las cuales son violatorias de los DDHH, como la infibulación o la lapidación). El estado de derecho, la separación de las ramas del poder público, la separación entre religión y estado o entre religión y ley, la soberanía popular, la ciudadanía, la equidad entre géneros, los principios de libertad e igualdad, entre otras instituciones democráticas liberales clásicas, están tan ausentes en estos países como puede estarlo la industria endógena o el desarrollo propio de ciencia y tecnología (mucho menos hay desarrollo de instituciones socialistas ni nada que se le parezca; de aquel leve soplo de los años 70 no queda nada).

2. Se trata de la lucha de pueblos oprimidos durante más de un siglo por el colonialismo imperial de las potencias occidentales sobre la región que fue el origen de las tres grandes religiones monoteístas que tan importante papel han tenido en la cultura occidental. Estos pueblos asentados desde hace milenios en una tierra desértica, tuvieron la fortuna, buena o mala según se mire, de tener en el subsuelo las mayores reservas mundiales de la sustancia que la segunda ola de la revolución industrial, alrededor de 1900, convirtió en la principal base material de la civilización tecnológica planetaria: el petróleo. Por esta razón se convirtió en escenario geopolítico clave y teatro de operaciones estratégicas para las grandes potencias, durante las guerras mundiales y la guerra fría. En la primera mitad del siglo XX el rol protagónico fue del Imperio Británico, y en la posguerra fueron las superpotencias URSS y EEUU. Pero tras la caída del muro, con EEUU como Hegemón y gendarme global, la polarización se ha dado entre una resistencia islámica que de alguna manera interpreta la identidad y la dignidad de esos pueblos humillados y el imperialismo en todas sus variantes y cuya punta de lanza es la política exterior de EEUU (o incluso desde antes con la revolución de los ayatollahs en 1979 y los talibanes en 1980, aunque estos inicialmente fueron apoyados por EEUU contra la URSS). Pero no es la política lo que prima, sino la economía. ¿Qué dios detrás de dios la trama empieza? Son los intereses del gran capital transnacional los que mueven los hilos. No sólo del negocio petrolero (caso familia Bush por ejemplo), también el negocio de las armas y todo lo que se mueve dentro del complejo militar-industrial. De ahí la aparente incoherencia de apoyar a Saddam Hussein y luego combatirlo, apoyar a los talibanes y luego enfrentarse con ellos, engendrar ciertos grupos armados y luego ver como estos, cual Frankenstein, escapan a la manipulación de sus gestores y vuelven sus armas contra el imperio. Esto ha sucedido una y otra vez, como bien sabemos en América Latina (por ejemplo, Noriega aquí al lado) y es muestra significativa de una lógica económica que subyace a la política exterior. OTAN, OCDE, G20, Davos, son la fachada visible del club. Y la ONU es un parque de diversiones. Dado que invertir soldados occidentales puede salir muy costoso políticamente, lo que hacen es armar a ambos lados y hacer que se maten entre ellos (fácil, pues los musulmanes empezaron a pelear entre sí apenas se murió Mahoma hace 1.400 años) o bombardear asépticamente “posiciones enemigas” y si caen civiles, niños, lo que sea, pues simplemente se trata de daños colaterales… qué se le va a hacer! La guerra allá lejos no es un problema para Occidente, al contrario, es un buen negocio. Lo malo es el “terrorismo” que se infiltra en la retaguardia y ataca en Europa o Norteamérica. En cualquier caso, para Occidente todo es aguantable menos una cosa: ¡quedarse sin petróleo! (al menos hasta que nuevas fuentes de energía reemplacen a los combustibles fósiles, lo cual sucederá gradualmente a lo largo de este siglo).

3. Todo este asunto se origina en el fanatismo religioso. Lo delata el método suicida de los atentados, por ejemplo. Sin mencionar que el propio discurso de ISIS o Al-qaeda así lo expresa con claridad meridiana: la yihad o guerra santa (muy distinta a la intifada de los palestinos). Los blancos de los golpes en Occidente no son militares, sino población civil, en particular la que expresa un pensamiento y un modo de vida contrario al dogma (recuerden Charlie Hebdo o la persecución a Salman Rushdie por sus obras literarias). Destruyen hasta reliquias milenarias de antiguas culturas de un valor histórico inapreciable. Prácticas brutales como la infibulación (diferentes cortes de labios vaginales y/o clítoris en niñas), la lapidación (muerte a pedradas de mujeres enterradas hasta el cuello… ¡culpables de haber sido violadas!), el uso de niños varones en la guerra, los castigos corporales, el degüello de los prisioneros sean militares o civiles, entre otras barbaridades, reflejan el irracionalismo que hunde sus raíces en la tradición religiosa, la cual no puede ser criticada o cuestionada ni en mínimo grado. Incluso un dibujo puede costarle la vida a una persona. La irracionalidad del dogma llevado a extremos radicales, el peso conservador de la tradición y la autoridad, imponen su imperio sobre las mentes alucinadas del rebaño y son capaces de reclutar hasta jóvenes occidentales descarriados. Quizás ese poderoso imaginario sea acicateado por actuaciones de Occidente, que personifica al demonio, pero ante todo estamos ante un claro fenómeno religioso totalitario que no sólo se opone a los valores políticos de la democracia sino ante todo a los valores culturales del modo de vida occidental que para ellos puede ser decadente, disipado, blasfemo, depravado, impío, como lo son para nosotros las barbaridades arriba mencionadas que violan los más elementales derechos humanos. Esto lleva a las estupideces posmodernistas enamoradas del relativismo cultural a ver una simetría que no existe, porque son incapaces de admitir el progreso en la historia humana. Pero en todo caso hay algo occidental que los yihadistas nunca rechazarán: las armas. Allí no hay relativismo.

4. Todo este asunto nada tiene que ver con la religión. Las apariencias engañan. El yihadismo no tiene que ver con el verdadero Islam. Estos “grupos terroristas” no son auténticos intérpretes de la religión que dicen profesar y la tergiversan por completo. La verdadera religión es ajena a toda esta violencia brutal. En esta tesis contraevidente confluyen de manera asombrosa los creyentes en las teorías conspirativas globales, los afines al Islam pero en versión moderada, los pro-israelíes (porque creen que la religión legitima a sus enemigos, ya que ellos también son teocráticos). Para estas dos últimas perspectivas se trata de unos locos, psicópatas, terroristas, salvajes (alguna explicación psicologista habrá). Y para los conspiretas son simples idiotas útiles, engendros manipulados como títeres por los grandes poderes que luchan por el predominio en el planeta, incluyendo sus aliados dentro del mundo árabe. Son vil carne de cañón del juego geopolítico, aunque a veces se salen del libreto, del control de unos y otros, como ahora cuando coyunturalmente ISIS ataca a Rusia y a Occidente, abriendo extrañamente dos frentes, en su plan de instaurar “el califato” en Siria e Irak.

Pseudoconclusión

Todos estos simplismos tienen una pizca de razón, aunque no exactamente en el mismo grado. Pero todos están equivocados, en especial en sus versiones más extremas y cuando excluyen las otras perspectivas. A veces hay conexiones o intersecciones entre los simplismos 1 y 3 o entre 2 y 4. Pero en general el problema de estos abordajes está en el “reduccionismo”, la visión unilateral o parcial, cuando solo se ven determinados aspectos del problema y de la historia, cuando no se miran todas las caras del poliedro.

Este escrito pretende invitar a una mirada multilateral y a un análisis integral. De seguro por este camino nos aproximaremos más a la verdad.

Epílogo

No tengo espacio ni tiempo aquí y ahora para desarrollar ese análisis complejo, que amerita la investigación y el acopio de mayor información, aunque el desarrollo de las discusiones en los diferentes escenarios permitirá tal vez ir dilucidando realidades. 

De todos modos, para no dejar mi posición sobre el tema en el aire diré, sin mayores sustentaciones presentes, que ni las potencias occidentales ni la religión islámica pueden ser eximidas de responsabilidades en este macro-conflicto, pues las tienen en alto grado, por razones históricas y actuales, intrínsecas a lo que son. Ahora bien, debo puntualizar dos cosas. Primero, yo defiendo la modernidad y sus logros, eso que llamamos progreso, aún con sus contradicciones y peligros. Y segundo, la ecuación “musulmán = terrorista” es falsa y peligrosa, e induce a la injusticia (es otra simplificación sesgada, ligada al simplismo 3). 

Pero por otra parte, me resulta absolutamente imposible identificarme con alguno de los actores en ese teatro de guerra, el Oriente Cercano, sean gobiernos o grupos armados, ni creo que una persona progresista pueda hacerlo coherentemente. Otra cosa es la solidaridad con los civiles, con las familias no combatientes, con la niñez que crece en ese fragor bélico y que ponen la mayor parte de los muertos como ha sucedido en todas las guerras posteriores a la primera guerra mundial. O con el deseo, ingenuo pero imperativo, de que no haya guerra. Frente al dolor o sufrimiento humano, nuestro compromiso solidario es indeclinable.

Y mínimos atisbos 

En el caso puntual de Israel y Palestina, a estas alturas del partido y aunque la creación de Israel haya sido una brutalidad imperial, la solución considero que pasa por la coexistencia de los dos estados, con una Palestina no segregada y no ocupada (lo que implicaría devolución de tierras). Pero mirados internamente, ambos estados distan de un ideal y tendrán que construir su propio camino, ojalá con reemplazo de las dos fuerzas extremistas y polarizantes hoy en el poder en cada uno de ellos.

En el caso de los kurdos me simpatiza su lucha por la independencia, pero qué sabe uno de las alianzas y las facciones que se mueven en ese mar revuelto. Es lo mismo que la “primavera árabe” que uno ve desde la distancia con débil optimismo, pero no logramos enfocar el mapa real. Ni que decir de Siria que tiene a un gobierno laico pero opresivo, apoyado por Rusia, una insurgencia apoyada por Occidente, a ISIS, a los Kurdos, en un tinglado intrincado, y cuyo resultado patente es la destrucción del país. Aunque ya vimos a Líbano, destruido en los 80, renacer de las cenizas y eso alimenta la esperanza. 

En Afganistán y en Irak la guerra y su negocio se extienden al infinito. Talibanes, Estado Islámico o Al-qaeda no representan nada positivo, pero ni la democracia se impone por decreto ni ese mapa tribal nos resulta entendible. Así que antes que democracia, la paz es el primer objetivo. Por eso la solución no puede pasar por el inhumano arrasamiento de la población sino por la ruptura de la cadena de suministro bélico. Son las armas estadounidenses, rusas y europeas las que abastecen a los distintos actores y mantienen la llama de la guerra. Lo que es claro entonces es que en los países occidentales debemos combatir el mercado de armas, empezando por EEUU, donde el partido republicano, cuya principal base social es también un fundamentalismo religioso retrógrado, es su principal abanderado y defensor. 

Por su parte, Persia (Irán) progresa en paz, pero los ayatollahs siguen ahí (estos son Chiíes, así que de seguro disfrutan viendo las guerras imperiales contra los suníes, pero son tan radicales en su imaginario premoderno como los yihadistas suníes).

Finalmente, el éxodo masivo de África y de Siria hacia Europa, es otro fenómeno complejo. La pregunta de “¿por qué hacia Europa?” puede parecer xenofóbica, pero es legítima. ¿Hay un tráfico de personas? ¿hay intereses políticos? ¿quién mueve los hilos de esas oleadas o es que de verdad son espontáneas? También aquí la solidaridad con las víctimas prima y observamos con horror todo el sufrimiento humano que conlleva. Pero hay que investigar a fondo, cosa que nuestros medios de desinformación jamás hacen en sus paquetes de noticias superficiales y fragmentarias. Las redes sociales también desinforman. Así que en medio de tanto ruido, compartamos los enlaces de las fuentes más serias y ecuánimes. Y sigamos conversando.

miércoles, agosto 14, 2019

Los desafíos de la Izquierda (segunda parte): Los tres oscurantismos y su contexto histórico

Los desafíos de la Izquierda - Segunda Parte

Los tres oscurantismos y su contexto histórico

Por Jorge Senior

Esta nota es la segunda parte o continuación de una nota anterior titulada “Los desafíos de la izquierda actual”, la cual hace referencia a desafíos intelectuales de derecha e izquierda, pero se concentra en los de la propia izquierda, los que en cierto sentido son internos.

Por “izquierda” entenderemos desde la antisistémica o anticapitalista hasta la izquierda democrática reformista, dependiendo del contexto y teniendo en cuenta que sus expresiones varían de un país a otro. En ambos casos con la pretensión de ser intérprete de los intereses de “los de abajo”.

Los tres oscurantismos del título son: posmodernismo, construccionismo social y pensamiento decolonial (que yo denomino a veces “decolonialismo”). La etiqueta de “oscurantistas” la adjudico, como dije en la nota anterior, porque estas corrientes intelectuales tienen en común que son contrarias a la ciencia, al realismo científico y al cientificismo, también al materialismo (son idealistas), a la razón (son irracionalistas), a la objetividad (son subjetivistas). Dos de ellas, el posmodernismo y el decolonialismo, son netamente contrarias a la modernidad, a la ilustración y al progreso. (Nota: hoy por hoy la defensa de la ciencia no tiene que ver con esencialismos de ninguna especie y la defensa del progreso está lejos de las ingenuidades del siglo XVIII; en ningún momento rechazamos una visión crítica de la ciencia o del progreso, todo lo contrario, lo que rechazamos son las criticas subjetivistas y/o irracionalistas que hacen estas tres corrientes). En teoría las tres pueden aparecer como anticapitalistas, pero en la práctica no le hacen mella ni al capitalismo ni a la política de derecha, pero sí a la izquierda. Por eso también les adjudico otra etiqueta: caballos de Troya. 

La pregunta que trataré de responder es: ¿cómo fue que la izquierda, que era moderna, ilustrada, materialista, objetivista, progresista, racionalista y favorable a la ciencia y la tecnología, se convirtió (al menos en parte y en mayor o menor grado según el país) en todo lo contrario?

La respuesta será esquemática, por razones de brevedad, y provisional, por razones de tiempo. Lo que haré será una especie de mapa de la ruta de ese giro de 180 grados por parte de sectores de izquierda. Y como el punto de viraje fueron los años 70 haré la ruta década por década, en cinco segmentos. Pero aclaro de antemano que lo que narro de los setenta venía incubándose desde antes.

(Nota 1: “racionalista” o “racionalismo” en este contexto se refiere simplemente a darle la mayor importancia a la razón y a cierto optimismo sobre su potencial. Gracias a los avances de las psiconeurociencias, ciencias cognitivas, lógica, metamatemática, robótica, Inteligencia Artificial y biología evolutiva, en la actualidad conocemos mucho mejor que en el siglo de las luces las limitaciones del raciocinio humano, pero aun así seguimos priorizando a las funciones mentales cognitivas de la corteza prefrontal o sea la traducción al presente de la vieja “razón”. Y tenemos claros que esas funciones cognitivas no existen en estado puro pues son inseparables del resto del sistema nervioso central y su electrobioquímica. Subnota: Palabras como “racionalista” o “racionalismo” tienen otro significado en epistemología.)

(Nota 2 para los no filósofos: la filosofía del siglo XX está partida en dos vertientes enfrentadas llamadas “filosofía continental” y “filosofía analítica” (también llamada “empírico-analítica”, “positivista” o “anglosajona”), todos ellos pésimos nombres. La primera más cercana a la literatura y el arte, con tendencia a la elucubración, la segunda más cercana a la ciencia, con tendencia a razonar con rigor lógico sobre evidencias, configuraron así dos maneras muy distintas de hacer filosofía. Lo de “continental” y “anglosajona” se refiere a los países que fueron epicentros de estas dos formas de hacer filosofía: Francia y Alemania son continentales y las islas británicas y EEUU son anglosajones. Pero esta división geográfica es equívoca, pues las dos formas de hacer filosofía se desarrollaron en mayor o menor grado en todos los países, incluyendo América Latina. Y etiquetas como “filosofía analítica” o “filosofía positivista” se refieren a sólo una parte de un campo mucho más amplio. Yo diría que la mayoría de los que nos ubicamos en este campo de la “filosofía científica” no somos ni analíticos ni positivistas.) 

AÑOS SETENTA

Se contrae el marxismo y en el vacío que deja brota el posmodernismo.

En esa década el marxismo, que era hegemónico en la vida intelectual pero ya estaba fragmentado en múltiples vertientes, entra en crisis teórica y práctica. Praga y París en 1968 le movieron el piso. Los modelos de URSS y China hacen agua, mientras que la socialdemocracia logra avanzar con el estado de bienestar, hasta ahora la mejor sociedad jamás creada. Los partidos comunistas de Europa Occidental producen el “eurocomunismo” que se aproxima a la socialdemocracia. Japón y Alemania, derrotados en la segunda guerra mundial y sin gastos militares, vuelven a ser potencias tecnológicas, pero mansas. También el psicoanálisis y el estructuralismo, concubinos del marxismo, decaen y entran en crisis, aunque al primero le aparece un brote juvenil llamado lacanismo. En 1979 Lyotard publica “La condición posmoderna”. El concepto “posmoderno” que venía de la arquitectura, pega. La chispa incendia la pradera. La etiqueta “posmodernismo” recoge afluentes como el post-estructuralismo y el deconstruccionismo, entre otras, y se riega como pólvora en los años ochenta y noventa. Foucault, Vattimo, Derrida, Deleuze, Baudrillard, Barthes, Latour, entre otros, son los profetas de la nueva era. Sólo Habermas les hará contrapeso significativo en el territorio continental y defenderá la modernidad como proyecto inacabado.

Los antecedentes del posmodernismo en la filosofía continental los encontramos en Nietzsche, Heidegger, Weber, Adorno y Horkheimer. Los dos primeros oscuros pensadores fueron precursor de los nazis uno, y nazi activo el otro. Weber no era filósofo, pero hay dos ideas suyas inundadas de pesimismo que fueron precursoras: la “jaula de hierro” y “el desencantamiento del mundo”. En realidad el desencantamiento del mundo es una magnífica noticia que hay que celebrar, pues tiene que ver con la superación del pensamiento mágico – religioso (desafortunadamente tal superación sigue siendo minoritaria, casi que elitista, pero el objetivo sigue siendo masificarla, tarea que la educación no ha sido capaz de cumplir). Adorno y Horkheimer de la escuela de Frankfurt (también llamada “teoría crítica” como si tuvieran el monopolio de la crítica) publicaron después de la segunda guerra mundial uno de los libros más pesimistas jamás escritos: “Dialéctica de la ilustración”. Todos estos señores atacaron con sevicia y alevosía a la Ilustración. Puede que tuvieran una pizca de razón en algunas críticas, pero el signo pesimista los llevó a la incontinencia y la exageración en los aspectos negativos, mientras se minimizaban o invisibilizaban los aspectos positivos.

Aunque usted no lo crea el posmodernismo también bebió de la vertiente “empírico-analítica” de la filosofía. Por un lado, (1) el señor Wittgenstein desató lo que se llamaría “el giro lingüístico”. Y por otra parte, (2) la filosofía de la ciencia superó críticamente la etapa positivista. Podemos decir que desde los años sesenta la filosofía no continental, OJO, es post-positivista, aunque muchos continentales siguen viendo el fantasma positivista por todos lados. Para los que creen que la filosofía no avanza vale informar que la filosofía de la ciencia del siglo XX llegó a la siguiente conclusión: el conocimiento empírico, incluyendo el optimizado conocimiento científico, no tiene ni puede tener un fundamento último absoluto, ni por la vía racionalista, ni por la empirista. Última palabra. Simplemente el conocimiento apodíctico (absoluto) sobre el mundo no existe. Una de las consecuencias fue el auge del relativismo epistémico en el despliegue de lo que se llamó “el giro historicista” (que también fue sociologista y que en otra parte denominé “la venganza de las ciencias sociales”). Pues bien, el posmodernismo, ni corto ni perezoso, aprovechó el “papayazo” y explotó a fondo tanto el giro lingüístico como el giro historicista, abrazó el relativismo de ambos y los usó para impulsar el irracionalismo y atacar a la ciencia como sirvienta del “poder” (confundiendo la ciencia con su aspecto institucional) y siguen haciéndolo desde hace 40 años. En esos 40 años las ciencias naturales básicas y aplicadas, así como la matemática, progresaron enormemente sin que les importaran para nada las tesis posmodernas. Pero en las ciencias sociales el impacto fue brutal, desastroso.

AÑOS OCHENTA

El marxismo socialdemocratizado sobreviviente se aferra a Gramsci. La “hegemonía cultural” pasa a primer plano. En el útero feminista se gesta el construccionismo social. 

Veamos tres viñetas que ayudan a ilustrar cómo se incubó el construccionismo social.

Uno. Ya el marxismo había vivido un conflicto entre el materialismo histórico y el materialismo dialéctico, en el cual el primero aplastó al segundo. Esto es explicable pero nefasto. Es explicable porque Marx trabajó materialismo histórico, mientras que el materialismo dialéctico fue más bien un producto intelectual de Engels desarrollado después por Lenin y los soviéticos, principalmente. Los filósofos de Europa Occidental se apuntaron al materialismo histórico, pero no tanto al materialismo dialéctico. Resulta que el materialismo histórico lleva un alien idealista en su seno, pues su “materialismo” consiste en la prioridad que le concede a la economía, al trabajo y a lo que podríamos llamar la cultura material, pero se olvida que el ser humano es material en un sentido más básico, es un animal, un ser biológico. Marx y Engels recibieron con alborozo la teoría de Darwin, pero es entendible que el desarrollo de la biología en el siglo XIX era aún escaso, así que Marx y Engels dejaron de lado el concepto de “naturaleza humana” y sólo vieron al “ser social”, infinitamente plástico, moldeable por el sistema social. Y aunque no lo dijeron con este término, la idea de fondo, implícita, es que el ser humano es un “constructo social”. Desconocer la base biológica del ser humano es caer en el idealismo. El materialismo dialéctico podría haber subsanado este error desde la ciencia, pero el carácter dogmático e ideológico del marxismo soviético se impuso y en tiempos stalinistas Lysenko revivió el lamarckismo, proscribió el darwinismo, obstaculizó la genética, atrasó la biología y afectó negativamente la agricultura soviética, uno de los factores que incidirá en la caída del régimen.

Dos. En medio de la invasión soviética a Afganistán y luego las tribulaciones de la perestroika, las victorias de la derecha con Reagan y Thatcher, el nombramiento estratégico del polaco Karol Wojtila como papa Juan Pablo II tras lo que parece ser un asesinato del efímero y olvidado papa Juan Pablo I, el terremoto ideológico del sindicato Solidaridad en Polonia, en medio de todo eso, digo, el marxismo occidental encontró en Antonio Gramsci un posible salvavidas en la medida en que su teoría quizás ayudaría a entender lo que estaba pasando, la debacle de la URSS y el auge de la derecha. El concepto de “hegemonía cultural” reemplazó a “los aparatos ideológicos del estado” (Althusser). La cultura pasó a primer plano en el análisis político estructural y coyuntural. La superestructura no era tan superflua después de todo. La revolución debía ser, ante todo, una revolución cultural. 

Tres. El desarrollo del capitalismo en el siglo XX cambió la estructura del empleo, desplegó la sociedad de consumo, expandió las clases medias y el sector servicios, automatizó varias funciones domésticas con artefactos eléctricos. El socialismo y el liberalismo impulsaron el sufragio universal en varias naciones. Las guerras mundiales removieron el orden social en la vida cotidiana en dirección igualitaria. Ya en los sesenta el movimiento hippie contracultural y la tecnología anticonceptiva liberalizaron valores y costumbres en torno al sexo y al amor. Todo esto dio pie a lo que se llamó “la liberación de la mujer” (de manera análoga también se alteraron las relaciones intergeneracionales, el rol de la juventud se transformó y el racismo retrocedió en EEUU a partir de grandes movilizaciones por los derechos civiles). En resumen, la tradicional familia patriarcal se disolvió y el rol de la mujer cambió en un sentido incluyente en la educación, el trabajo, la política y con consecuencias en el ámbito familiar. En este contexto surgen a nivel intelectual la segunda y luego la tercera ola del feminismo. Memes como “la mujer no nace, se hace” (paráfrasis de El segundo sexo de Simone de Beauvoir) se reprodujeron por doquier y el construccionismo social fue asumido al menos por una parte de los diversos grupos de presión feministas. La distinción entre “sexo” y “género” data de los años 50, pero con el construccionismo social la distancia entre lo biológico y lo cultural podía estirase como un elástico, tanto que incluso podría romperse, como en efecto sucedió hasta llegar a la idea de “género fluido” en el siglo XXI. Si el género es una construcción social podemos alterarlo como sea. Las tesis más exageradas en esta dirección hoy son denominadas por la derecha “ideología de género” y atribuidas al “marxismo cultural”, pero la realidad es que la mayoría de los grupos feministas y activistas LGTBI que asumieron la idea extrema de que la identidad sexual, el rol de género y algunos aspectos de la sexualidad son meros constructos sociales en un 100%, derivaron del marxismo al liberalismo individualista hace décadas.

Así pues, materialismo histórico, el pensamiento gramsciano y sectores radicales del feminismo más las ideas posmodernistas que ya se estaban desplegando impusieron en esta década un reduccionismo socioculturista en el estudio de la especie humana. El construccionismo social exagerado, esto es, el que desconoce por completo el factor biológico es una posición idealista en ontología, una filosofía clásicamente conservadora y ligada a la religión. Y para completar la ironía, la derecha conservadora que se va al otro extremo y se opone a la liberalización en estos temas, se aferra a la base biológica como si fuesen materialistas. El mundo al revés. La idea anticientífica de “un alma de mujer en el cuerpo de un hombre” o viceversa, debería ser afín a la ideología conservadora apegada a la religión. Mientras que los supuestos progresistas liberales deberían rechazar semejante adefesio expresivo. Pero sucede todo lo contrario. 

Ahora bien, ¿por qué en el tema de la tensión entre biología y cultura como factores determinantes de identidades y comportamientos la biología fue apropiada por la derecha conservadora y la izquierda asumió el reduccionismo culturista? La razón parece obvia: la biología cambia lento y la cultura cambia más rápido. Por tanto, un conservador le apuesta a la biología que parece fija y un progresista le apuesta a la revolución cultural para cambiar el “ser social” y producir “el hombre nuevo” como soñaba el “Ché” Guevara o “la mujer nueva” que dejó atrás todos los trapos patriarcales. En los dos extremos reduccionistas, el biologista y el culturista, lo que hay es una mala comprensión de la biología y de la interacción entre un organismo y su entorno. Hay conductas que son casi en un 100% determinadas genéticamente. Hay conductas que son casi en un 100% determinadas por el ambiente. Y hay conductas, la mayoría, que son determinadas, en diversos %, por factores genéticos y ambientales. Además, lo biológico no es sólo genético y en el siglo XXI es menos fija que nunca. El ambiente influye en la biología del organismo afectando su proceso de desarrollo, por ejemplo mediante efectos epigenéticos, endocrinos o en los “circuitos” cerebrales.

AÑOS NOVENTA

Cae el muro y se impone el consenso de Washington. Se proclama el fin de la historia con el triunfo de la democracia liberal como expresión suprema de la modernidad. El eje del planeta se inclina a la derecha con un solo polo. Surge la Unión Europea. En el espacio intelectual contestatario se presenta un auge del posmodernismo en sinergia con el construccionismo social. Despega la tercera revolución industrial.

A pesar de los problemas de la izquierda mencionados en las dos décadas anteriores, lo cierto es que en ese mismo período EEUU fue derrotado militarmente en Vietnam, Laos y Camboya, el FSLN logra la revolución en Nicaragua y Centroamérica arde (Colombia no se queda atrás), la Socialdemocracia gobierna en Europa y el estado de bienestar alcanza su máximo, Cuba gana en África, el “socialismo real” sobrevive aún. Es decir, aún medio groggy la izquierda daba pelea.

Pero con la caída del muro la estantería del campo socialista se viene al suelo. En esos territorios al otro lado de la antigua “cortina de hierro”, los factores étnicos y religiosos, que permanecieron soterrados durante décadas, afloran con ímpetu. Sobrevive China con una economía de mercado bajo la dirección del partido comunista, seguido de Vietnam y otros. Cuba entra en el período especial. La socialdemocracia, cuyo auge se basó en ser el fiel de la balanza entre el socialismo soviético y el capitalismo salvaje, pierde su situación de privilegio, se derechiza y corrompe. EEUU es el gran hegemón (como gendarme global invadió Grenada, Panamá, Irak). El denominado consenso de Washington impone una línea económica neoliberal en el mundo. Ahora más que nunca, los Estados Unidos son El Imperio en un mundo monopolar. 

Mas un inédito contrapeso emerge al otro lado del Atlántico: la Unión Europea, primer experimento de gobernanza supranacional. A través de los tratados de Maastricht, Amsterdam, Niza y Lisboa, los dos primeros en esta década y los dos siguientes al doblar el siglo, por vez primera en la modernidad, surge una institucionalidad fuertemente vinculante e integradora por encima de los estados nacionales. En gran parte este logro es producto de la socialdemocracia.

Sin embargo, los filósofos continentales tienen otros temas en su agenda: multiculturalismo, memoria y víctimas, por ejemplo, y se enfocan en la guerra de la fragmentada Yugoslavia para anunciar el fracaso de la modernidad. Los Balcanes le recuerdan a Europa que la barbarie no está allende las fronteras sino en el propio continente, muy cerca del lugar de origen de la cultura occidental. Es como si el horror nazi regresara de ultratumba. Pero las campanas doblan por la izquierda.

En esta década el posmodernismo alcanza su apogeo y el construccionismo social conquista nuevos territorios. Por ejemplo, en 1998 la mesa ejecutiva de la Asociación Americana de Antropología en un famoso statement declara que las razas no existen, son un constructo social. Poco antes el Informe de la comisión Gulbenkian, liderada por Immanuel Wallerstein, había evaluado el estado de confusión de las ciencias sociales a escala mundial, proponiendo una reestructuración que nunca se cumplió.

En el ámbito tecnocientífico la biotecnología y la nanotecnología avanzan aceleradamente. Internet, GPS y celulares revolucionan las comunicaciones y de la genética surge con fuerza la genómica. La tercera revolución industrial BIO+INFO está despegando (nota: no hay que dejarse confundir con el cuento de la “cuarta” revolución industrial propagandeada por el Foro Económico Mundial).

PRIMERA DÉCADA DEL SIGLO XXI

La unificación europea topa su límite. El desafío yihadista a las potencias occidentales y el ascenso de Asia transforman el tablero geopolítico. La izquierda renace de las cenizas en América Latina y florece su primavera pendular. En nichos académicos aparece un nuevo oscurantismo, esta vez con sabor latinoamericano, el llamado “pensamiento decolonial”. Es un eco marginal de los oscurantismos de Europa y Norteamérica. 

El 9/11 marca el “choque de civilizaciones” en reemplazo de la guerra fría bipolar. El islam premoderno se erige como retador del campeón mundial yankee. El yihadismo o guerra santa asume la forma de Al Qaeda, Talibanes, ISIS, hermanos musulmanes, Hezbolá y Hamas que reemplaza a Al Fatah. La etiqueta en boga es “terrorismo” y acapara la agenda pública imperial. Bush II protagoniza Irak II. Esta nueva realidad, que pone la contradicción Islam vs Occidente en primer lugar, no encaja en los esquemas de la izquierda histórica. Sin capacidad de enfrentar o ser alternativa frente al capital globalizado, la izquierda confusa y desorientada por sus derrotas y el auge posmodernista le apuesta al retador de la otra “civilización”. Una periodista, autora de “Nada y así sea”, “Entrevista con la Historia” y “Un hombre” (sobre el anarquista griego Alexandros “Alekos” Panagoulis, con quien tuvo una relación) acusa a la izquierda europea de ser antioccidental y escribe una trilogía sobre la amenaza islámica. Se llama Oriana Fallaci y uno de sus libros se titula “La fuerza de la Razón”. Es un llamado de atención válido.

Mientras el imperio se enfoca en Oriente Medio, dos extraordinarios fenómenos lo sorprenden por la retaguardia: el ascenso incontenible del Asia occidentalizada y la primavera latinoamericana. 

En el continente asiático un gigante despierta y se convierte en la locomotora de la economía mundial, produciendo el boom de los commodities. El vertiginoso ascenso económico del este asiático no distingue entre regímenes o tipos de gobierno, en lo que podría ser un contraejemplo de las teorías institucionalistas. 

Y en América Latina, cuando ya nadie daba un peso por la izquierda global de referencia, los pueblos sorprenden al mundo con una serie de insurrecciones electorales en todos los países de Suramérica, excepto Colombia y las Guayanas. La famosa “teoría del dominó” se plasmó en las circunstancias de tiempo, modo y lugar que el imperio menos esperaba. El primer fenómeno, el desarrollo capitalista tardío, pero arrollador, de Asia, parece de largo aliento. No así el auge electoral de la izquierda democrática latinoamericana que parece obedecer más bien a un patrón pendular.

En este amanecer del nuevo milenio surge también, de la mano de internet y las novedosas redes sociales telemáticas, una faceta contestataria de la globalización del capital. Multitudes juveniles de los países más ricos se manifiestan con nuevas formas de organización espontáneas y en una nueva escala de movilidad internacional: es la alterglobalización. Los vientos primaverales soplan también en el sur de América. Convocado por el PT brasilero en enero de 2001, se reúne en Porto Alegre el primer Foro Social Mundial, un sancocho alternativo que al principio parece una torre de Babel, y aunque no está claro su potencial al menos ha sabido sostenerse hasta la actualidad como un espacio de encuentro y referencia para la diversidad de movimientos periféricos del sistema planetario. Habían pasado 35 años entre la primera Tricontinental y este primer FSM. El contraste es abismal. Ya no hay campo socialista ni hegemonía intelectual marxista. Tampoco una nueva ideología que haya reemplazado a la doctrina del pensador renano. El posmodernismo resulta demasiado eurocéntrico y el construccionismo social demasiado individualista para los pueblos del “Sur”. 

En tal contexto ve su oportunidad un puñado de autores, académicos e intelectuales de Portugal, Puerto Rico, México, Colombia, Argentina, Perú, Ecuador y otros países (pero la mayoría con cátedras en universidades de EEUU) que inventan un discurso aparentemente nuevo que pretende diferenciarse del posmodernismo europeo (en mi opinión siguen pareciéndose demasiado). El novísimo movimiento intelectual se denomina “pensamiento decolonial” (también decolonialismo o giro decolonial) y al igual que el posmodernismo son enemigos verbales del capitalismo, pero también de la modernidad, el progreso, la ciencia, la razón, la objetividad, la verdad, los universales y la cultura occidental. Este círculo académico está lejos de tener el impacto global del pomosdernismo o el construccionismo social, pero cabalgando sobre los movimientos indigenistas tiene capacidad de hacer daño en la izquierda latinoamericana, justo cuando ésta se encuentra en ascenso. 

No es el propósito central de este escrito rebatir a los tres oscurantismos, sino tratar de explicar cómo parte de la izquierda pasó de moderna y progresista a antimoderna y reaccionaria en cuestión de medio siglo. Sin embargo, aprovechemos para señalar, provisionalmente, los tres puntos críticos del decolonialismo. 

Antes, digamos que los progresistas estamos de acuerdo con:

  • Proteger la homeostasis del planeta y la biosfera, esto es, defender el medio ambiente y la biodiversidad, luchar técnica y socialmente contra el calentamiento global, minimizar la huella de carbono, consolidar la sostenibilidad de la economía y la gestión de los recursos planetarios. La discusión sobre los derechos de la naturaleza, de los animales, de las futuras generaciones y los derechos colectivos de los pueblos es pertinente y se encuentra en la línea de progreso ético y de toma de conciencia de las ciudadanías modernas. Ciencia y ética humanista convergen en estos puntos. Las poesías sobre la Madre Tierra pueden aportar su granito de arena. Lo que está en juego es la propia supervivencia de la humanidad.

  • La unidad de la humanidad y los logros en la universalización y la hibridación son compatibles con la defensa de la diversidad cultural, la autodeterminación de los pueblos, la multiculturalidad concebida como riqueza, el respeto a las minorías en el marco de las democracias y la autonomía relativa de minorías étnicas raizales. Entendemos que la problemática de las migraciones y las luchas identitarias merecen una deliberación racional y reflexiva que evite las sobresimplificaciones, pues no se puede descartar que en diversos casos sean retrógradas y perjudiciales. La izquierda no debe actuar de forma automática e irreflexiva sobre fenómenos complejos bajo la lógica de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. 

  • Y desde luego, el progresismo mantiene en primer término la bicentenaria lucha de la izquierda por la justicia social, la equidad y la resolución del conflicto social. La consigna de la revolución francesa, “libertad, igualdad y fraternidad” sigue vigente, pues la historia mostró las debilidades del liberalismo respecto a la bandera igualitaria, así como también mostró las equivocaciones de algunos de los modelos socialistas en torno a las libertades. En resumen, el progresismo apoya la ampliación y la profundización de la paz y la democracia tal y como visionó Jaime Bateman Cayón en 1980, un año que fue punto de inflexión en el sistema global como veremos más adelante.

  • La búsqueda de sentido y la crítica al consumismo. Reconceptualizar la vida buena e integrar los aportes del sumak kawsay.

  • La ética de mínimos en contextos plurales.

Ahora sí procedamos a exponer los tres puntos críticos que hacen del decolonialismo un oscurantismo neoconservador y reaccionario, además de actuar como un distractor estratégico al interior de la izquierda (un caballo de Troya).

Uno. El decolonialismo está desfasado epistemológicamente al desconocer el carácter objetivo del conocimiento científico (en ciencias blandas puede ser discutible pero en ciencias duras es un desfase). Esta corriente relativista desconoce los límites entre ficción y no ficción, pone al mythos al nivel del logos, por tanto niega la verdad como ideal regulativo, cayendo en una especie de “todo vale” caótico. Las “epistemologías del sur” son una entelequia y la “sociología de las ausencias” (Boaventura Santos) es un lloriqueo inútil que defiende la automarginación de los pueblos en vez de oponerse a la exclusión y favorecer la inclusión (de las críticas de Boaventura Santos a los 5 modos de producir “ausencias”, 4 y media están equivocadas y, además, caen en el “hombre de paja”). En todo caso en este punto el decolonialismo es heredero del posmodernismo, toma el testigo y continúa su arremetida contra la ciencia y la razón. Y esto sucede en un mundo donde la ciencia y la tecnología son la principal fuerza de transformación, los determinantes del futuro.

Dos. El decolonialismo confunde adrede capitalismo con modernidad. Además, no reconoce nada bueno ni en el uno ni en la otra (contrástese Pinker vs Santos, pareciera que hablan de dos planetas distintos; me refiero a un libro de Pinker titulado En defensa de la Ilustración y uno de Santos llamado Decolonizar el saber). Con esta jugada los decoloniales tratan de poner a la izquierda, crítica del capitalismo, en contra de la modernidad. El mayor crítico del capitalismo, Karl Marx, por ejemplo, nunca estuvo en contra de las fuerzas productivas, sino de las relaciones sociales de producción que las hacían funcionar en el siglo XIX tras la primera revolución industrial. Marx era moderno como el que más. El talante neoconservador del decolonialismo se pone en evidencia en la idealización de la premodernidad, al menos en algunas de sus manifestaciones (idealización del mundo indígena, por ejemplo).

Tres. El decolonialismo pone en segundo plano contradicciones principales y pasa a primer plano contradicciones secundarias, algo en lo cual confluye con el construccionismo social. La excepción es el tema ambiental, en el cual todos coincidimos que es el asunto principal en este siglo. El conflicto social, la contradicción democracia / antidemocracia, la posibilidad de guerra nuclear, la contradicción desarrollo / subdesarrollo, secularismo vs fundamentalismo religioso, el manejo de la disrupción tecnológica, nihilismo vs sentido, son las verdaderas “líneas abisales” y no el colonialismo o la dicotomía Occidente/Sur. El colonialismo generó una deuda histórica y ambiental que se puede cobrar argumentativa y políticamente, no con un tribunal de Nuremberg, pero también produjo cambios irreversibles que hicieron a toda la humanidad contemporánea de sí misma, habitantes de una aldea global. Y esta realidad planetaria es un hecho positivo, grandioso, aunque al igual que las pirámides y la muralla china haya tenido un costo inmenso en sufrimiento en las generaciones pasadas. Y lo más importante: este hecho es un punto de partida, no de llegada, por más que algunos padezcan la nostalgia de un idílico pasado imaginario. Es el futuro planetario lo que nos interesa. No podemos caer en el error de muchos antropólogos culturales, que ponen un énfasis exagerado en destacar las diferencias entre los pueblos y ello les impide ver lo que tenemos en común todos los seres humanos en nuestra corta historia sobre la faz de la Tierra.

En el contexto global el fenómeno de la corriente intelectual decolonial es marginal y su incidencia en la primavera latinoamericana es oportunista y negativa. En un plano mucho más relevante en la década inaugural del milenio suceden hechos como los siguientes: la aprobación de la constitución europea fracasa y la UE parece haber llegado a su tope, la economía del primer mundo sufre la crisis más grave desde 1929 y conduce a un rescate bancario ignominioso, el retorno del partido demócrata con el primer presidente negro marca un hito pero también reacciones que van llevando a EEUU a una cada vez mayor polarización de imprevisibles consecuencias.

SEGUNDA DÉCADA DEL SIGLO XXI

Migraciones, identidades, corrección política y cambio climático aparecen en el centro del ágora global y generan como reacción un nuevo fenómeno ascendente: el populismo de derecha. Rusia retorna a la escena, mas el BRICS no cuaja, es sólo un efecto colateral. La izquierda se diluye. Pero los hechos claves no están en el batiburrillo de la política global sino en el silencio de los laboratorios: la tercera revolución industrial es el tablero decisivo. 

Década intensa. Primavera árabe, guerra en Siria, ofensiva rusa, auge económico chino, BRICS, ruta de la seda, Occupy Wall Street, #metoo, de Obama a Trump, Brexit, péndulo hacia la derecha en América Latina, olas migratorias del tercer mundo escalan los muros del primer mundo. Mientras tanto, CRISPR/Cas9, Smartphones, drones, robótica+IA, IoT, impresión 3D.

La izquierda histórica, centrada en lo socioeconómico, se diluye en medio de nuevos desafíos del orden cultural y tecnológico que la rebasan. Alguien podría decir que “son los nuevos tiempos”, pero no es tan así. Los problemas sociales y económicos no están resueltos. Cierto es que la tercera revolución industrial genera cambios inusitados y que el movimiento obrero es cada vez más marginal, pero la desigualdad sigue en el orden del día. Desde la gran crisis de 1929 hasta 1980 la igualdad avanza en diferentes niveles nacionales e internacionales. Pero en 1980 hay un punto de inflexión y la concentración de la riqueza y el ingreso se hace cada vez mayor sin que eso signifique un decrecimiento de la clase media (ver Piketty, El capital en el siglo XXI). La deuda social no se ha zanjado, ni mucho menos, en la mayor parte del mundo y el estado de bienestar, donde lo había, retrocede. Así que la izquierda tiene ahí dos primeras tareas: defender y profundizar el estado de bienestar en el primer mundo y zanjar la deuda social en el tercer mundo. 

Además la tercera revolución industrial trae noticias que le pueden dar vigencia a la izquierda histórica si es capaz de reinventarse con inteligencia. 

Las noticias optimistas nos indican que las nuevas tecnologías parecen llevar a diversos sectores de la economía hacia un costo marginal cercano a cero, a un ascenso del procomún colaborativo y la aparición de un nuevo sujeto económico, el prosumidor (Jeremy Rifkin). Así, más allá del estado y el mercado hay un futuro prometedor para la economía solidaria de nuevo tipo. 

Las noticias pesimistas referentes a las nuevas tecnologías de manipulación e intervención llevan a pensadores como Harari a vislumbrar en el horizonte de unas cuantas décadas la posibilidad de la desigualdad más profunda que jamás haya existido, la desigualdad biológica. Pero algunas de esas tecnologías permiten pensar que la economía planificada y automatizada tiene mucho futuro y que el trabajo humano será reemplazado por máquinas a escalas inimaginables, lo cual conllevaría a la disminución de la jornada de trabajo y la creciente abundancia del tiempo libre. No se entiende que reivindicaciones antes utópicas y hoy posibles, como la renta mínima universal, no sean lideradas por la izquierda histórica sino por sectores liberales progresistas. 

Por otra parte, identidad y xenofobia son viejos temas de la derecha conservadora. Basta recordar el nazismo. La diferencia es que hoy no hacen parte de una ofensiva estratégica sino de una reacción defensiva que se debe estudiar desapasionadamente. Además, la “identidad” tiene muchas caras, individual y colectiva, nacional y étnica, sexual y de género, tradicional y contracultural, todo lo cual tiende a opacar el conflicto social y a fragmentar al “pueblo”, impidiendo cualquier posibilidad de “bloque histórico”. En general, las luchas identitarias se podría clasificar en una matriz con dos ejes: tradición-novedad e individual-colectivo. Las llamadas “nuevas ciudadanías” pueden ser tanto progresistas como reaccionarias, susceptibles a los populismos de izquierda y derecha dado que los viejos partidos no las interpretan, lo que explicaría por qué la izquierda histórica tiende a perder vigencia frente a izquierdas o pseudoizquierdas sectoriales que se expresan a través de liberalismos radicales, movimientos étnicos, feminismos, grupos contraculturales, etc. Nuevas ofertas como Podemos en España, Syriza en Grecia o Colombia Humana aquí en nuestro país, tratan de convocar a toda esa amalgama en convergencia con la izquierda histórica, con cierto éxito. En todo caso la Izquierda nunca puede dar por sentado que todo lo identitario, minoritario o etnicista es progresista, porque de hecho puede no serlo.

Otro aspecto de la presente década es la imposición de “lo políticamente correcto” como fruto del construccionismo social, del empuje liberal que se creyó triunfante en 1990 y del período Obama. El construccionismo social, a diferencia de los otros dos oscurantismos, no es antimoderno ni antiprogresista, al contrario, quiere acelerar y llevar al límite las posibilidades abiertas por la modernidad y el progreso social. Pero al abandonar la ciencia y el materialismo se vuelve filosóficamente reaccionario y en la arena política, aunque aparece como ultraprogresista, sus exageraciones y ultrasensibilidades victimistas, contrarias al diálogo racional, generan reacciones tanto de la derecha conservadora y populista, que puede ser igual de irracionalista, como del progresismo racional.

El liberalismo tiene múltiples facetas, veamos tres ejemplos. 

  • El viejo liberalismo económico manchesteriano es hoy neoliberalismo o libertarianismo y su objetivo es minimizar el estado, favorecer la libertad de mercados y, por ende, a los ricos. Esta ideología de derecha es asumida en mayor grado por partidos conservadores que por partidos liberales. 

  • El liberalismo radical individualista que se centra en temas culturales como sexismo, racismo y las clásicas reivindicaciones liberales: aborto, eutanasia, “matrimonio gay” y dosis personal de tal o cual alucinógeno o psicotrópico. 

  • El liberalismo ilustrado que defiende la razón, la ciencia, la tecnología y el progreso, así como la regulación de mercados, el gasto social y la responsabilidad ambiental, es afín a la socialdemocracia y al estado de bienestar. La izquierda democrática reformista tiene la posibilidad de alianza y convergencia con el (2) y el (3), incluso de búsqueda de consensos. El progresismo es la plataforma común.

Un hecho interesante es que por primera vez en la historia se presenta un choque entre ciencia y liberalismo. Las psiconeurociencias socavan los fundamentos individualistas del liberalismo. No se trata de un mero reto teórico, sino de un desafío político para la democracia liberal y las libertades individuales. Algunos antiguos problemas filosóficos hoy son problemas de ingeniería y, por ende, de política. En la elección de Trump y la votación del Brexit ya vimos el primer campanazo. Con el hacking de animales humanos la alienación alcanza un nuevo nivel y un totalitarismo feliz puede estar a la vuelta de la esquina. 

CONCLUSIÓN

En 50 años la Izquierda histórica perdió el liderazgo intelectual que tenía, se diluyó en el desconcierto y dejó de ser alternativa. En gran parte esto se debió a los pensamientos oscurantistas que se gestaron en la academia de Europa y EEUU, pues las condiciones objetivas no desaparecieron: el problema de la desigualdad se agudizó a partir de 1980, al aumentar la concentración de riqueza e ingreso y retroceder el estado de bienestar. La orfandad de teoría le impidió a la Izquierda histórica entender qué estaba sucediendo en la sociedad global. En especial, la tercera revolución industrial, que es más bien una revolución tecnológica posindustrial, dejó a la izquierda tradicional desubicada. 

En América Latina la izquierda mantiene cierta vigencia debido a las tres deudas impagadas: la social, la ambiental y la histórica. Pero resistencia y espíritu contestatario es el reconocimiento de la carencia de liderazgo. De la primavera latinoamericana de estas dos décadas queda, quizás, un referente intelectual de América Latina para el mundo: Pepe Mujica. 

EPÍLOGO

Paz perpetua, homeóstasis planetaria, minimización del sufrimiento y exploración de las posibilidades vitales, constituyen el horizonte de los fines últimos. Y aunque no lo parezca, han estado ahí desde el paleolítico. Pero entre esos cuatro fines la armonía no es perfecta. Algunos de sus problemas y contradicciones desafían a la democracia liberal e incluso a la supervivencia humana. La alternativa no es el freno ni el retorno a la premodernidad, sino el humanismo progresista moderno. 

Una vez resueltos los desafíos del cambio climático, la guerra nuclear, la disrupción tecnológica y los rezagos premodernos, si no desaparecemos en el intento, surgirán de seguro nuevos problemas y retos. Cuenta la leyenda que Marx, el moderno optimista, solía decir que “la humanidad sólo se plantea los problemas que puede resolver”. Así sea. 

El Búho