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sábado, noviembre 06, 2021

Conferencia Cosmovisión científica y educación - Tercera parte

 Una educación sin cosmovisión es como café sin cafeína

 

El siguiente texto es una transcripción de un audio de la conferencia ofrecida por Jorge Senior el 28 de octubre de 2021.  Es, por tanto, lenguaje oral.

Como la conferencia tiene tres partes, para efectos de presentación en este Blog, se hará en tres entradas.  Esta es la tercera.  


 

Tercera parte

¿Hacia dónde vamos? Reflexiones sobre el Antropoceno

 

Llegamos entonces al final de la película, que es nuestra época, el Antropoceno.  La humanidad está en una encrucijada. El COP26 que comienza esta semana es clave, aunque hemos aprendido a no hacernos muchas expectativas.  Nuestra caja de herramientas número 4, el Antropoceno, es quizás el concepto más importante del siglo XXI.  Sustento: porque caracteriza nuestra época y nuestras responsabilidades.  Implica que el ser humano está convertido en el gestor del planeta Tierra, gústenos o no nos guste.  Por el impacto que tenemos el Antropoceno es un concepto geológico, en primer lugar, pero también es biológico, histórico, tecnológico y ético político. Implica que la especie humana se convirtió en una fuerza geodeterminante, con más influencia que muchas de las fuerzas naturales, con más impacto positivo o negativo. Implica que la mayor amenaza para la especie humana es la propia especie humana. Implica que la humanidad está a cargo del Sistema Tierra, que asume la gestión planetaria y se hace responsable ante sí misma: no hay dios que nos venga a salvar, nadie nos va a salvar, eso es lo que podemos llamar (ahí sí siguiendo a Kant) mayoría de edad, esto no se resuelve rezando, esto se resuelve con conocimiento.

Ser útiles a la sociedad no refiere a la reproducción del sistema sino a su transformación en función del bien común.

A riesgo de ser esquemático, la idea se aclara, quizás, con una simplificación expresada en dos rutas extremas.

Por una ruta marcada por una educación deficiente, tendríamos súbditos acríticos envueltos por las redes (ya los medios han dejado de ser tutores), menores de edad (no importa si tienen 30 o 40 o 50 años), alienados, manipulables, hackeables.  El resultado podría ser una democracia doxástica, si es que no dictadura de frente, con una profunda desigualdad en la sociedad entre una reducida élite y las grandes mayorías, una civilización incapaz de enfrentar los desafíos del cambio climático y las nuevas condiciones generadas por la tecnología.  El planeta no será destruido, pero la biodiversidad será golpeada y la civilización con sus esplendorosos niveles de confort no será sostenible.  Algunos le apuestan a una élite salvadora, de tipo tecnocrático, administrando una inteligencia artificial que, a su vez, administraría al mundo. Las últimas 4 décadas ya nos dan un atisbo de esta opción.

Por la otra ruta, ideal, se prioriza la formación de ciudadanos críticos (una redundancia), algo que parece aterrorizar a los gobiernos colombianos desde que se instaló el orden conservador en 1886.  Ciudadanos mayores de edad, conscientes, autónomos, son el sustento de una democracia epistémica, única opción que yo veo para una sociedad sostenible sin abismos de desigualdad.

Volvemos aquí a la contradicción fundamental del Antropoceno entre Homo Deus y animal hackeable, inteligencia colectiva e inteligencia individual, con la primera hegemonizada por unas élites en ciertos países determinantes y la segunda cada vez más atomizada y carente de herramientas políticas que no sean mesías.

Hay cuatro escenarios posibles a toda esta historia. 

Dos negativos: la extinción (que pareciera una “ley” evolutiva implacable, pero ante la cual todos parecemos ser negacionistas) y una situación distópica, como a veces nos las pinta Hollywood, pero que efectivamente es posible. Yo crecí en una época bajo la amenaza de la guerra nuclear, ahora no se habla mucho de eso pero la amenaza está allí, los misiles están allí.  El cambio climático y las derivaciones de la tecnología cuyo futuro es opaco para nosotros, son también factores que pueden desembocar en el escenario distópico.

Del otro lado tenemos dos escenarios positivos: el más fantástico de todos, el ideal soñado, es alguna utopía épica de maravillosa civilización, como nos la prometen los transhumanistas o algunos otros optimistas, entre ellos Pinker.  La alternativa parece aún más utópica: el decrecimiento, como plantean algunas corrientes anarquistas, que equivale a parar la máquina acumulativa del capitalismo, generar una nueva sociedad poscapitalista que no esté prisionera de esa máquina que nadie sabe cómo se detiene, que no tiene freno, mejor dicho que es un caballo desbocado que puede reventar este planeta por lo menos en términos de lo que nuestra civilización necesita para mantenerse y prosperar.

Sostengo que la disyuntiva entre democracia doxástica y democracia epistémica, inclina la balanza hacia las opciones negativas o positivas, aunque, desde luego, se trata de una simplificación.  Los escenarios realistas son híbridos y confusos, pero el esquema ayuda a ver el fondo de la cuestión, por lo menos para los que aún creemos en la opción moderna de los Ilustrados, con su énfasis en la democracia y la educación.

Casi siempre se ha dicho que democracia y capitalismo van juntos y en armonía.  La realidad parece indicar lo contrario, el capitalismo llamado “salvaje” choca contra la democracia cuando no es regulado o domesticado de alguna forma.  El poder económico, en los últimos 40 años, se ha ido imponiendo sobre el poder político y realmente el destino del mundo ni siquiera se decide en las votaciones o por lo menos su incidencia es baja a nivel global.  En últimas, el destino del mundo depende de la ciencia y la tecnología, fuerza determinante de la civilización actual, pero la ciencia y la tecnología la hegemonizan élites o los factores de poder del capitalismo.  Hay corrientes políticas que critican al capitalismo, pero no entienden que no pueden regalarle a la ciencia y la tecnología a las élites.  Al contrario, tendrían que asumir a fondo la democratización del conocimiento científico y tecnológico.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que vivimos en el filo entre un futuro oscuro y un futuro luminoso.  Estamos en una encrucijada que es el momento más importante de la historia humana. No es una exageración, no es una hipérbole, se trata de un momento único.  Si nuestra especie sobrevive los próximos milenios, esta época será recordada como la era pionera: por primera vez en 3.800 millones de años de historia de la vida sobre la faz de la Tierra, una especie controló la evolución y manipuló a su antojo la genética; por primera vez una especie viajó al espacio y a otros cuerpos celestes; por primera vez hubo un sol en la Tierra al desatar la energía del núcleo de los átomos; por primera vez se construyó una nueva forma de seres complejos, las máquinas pensantes.  Los mojones históricos de 1945, 1953 y 1969, siempre serán recordados.  Sin embargo, esta especie que logró la hazaña increíble de conquistar el planeta, dominar todos los nichos, pudo ser también el detonante de la sexta extinción masiva e incluso de su propia extinción, víctima de su propio éxito, al meterse en un callejón sin salida: tener demasiado poder sin haber dejado de ser un animal de naturaleza contradictoria, producto de la selección natural multinivel.  Porque esta especie conquistó el mundo, pero esa conquista es precaria.

lunes, agosto 30, 2021

La tiranía del mérito de Michael Sandel



En esta entrada presento algunos comentarios al vuelo sobre el libro La tiranía del mérito del profesor de Harvard, Michael Sandel, publicado en 2020.  Subtítulo: ¿Qué ha sido del Bien común?  

Por lo pronto no tengo tiempo para una reseña, a pesar de que recomiendo la lectura de la obra.

El libro es una crítica a la meritocracia, argumentada de manera muy ordenada en un lenguaje accesible a un público amplio, sin perder por ello un ápice de rigor.  No es trata de una crítica al mal funcionamiento de la meritocracia, algo que eventualmente pudiera corregirse, sino a su lado oscuro intrínseco.  

Comparada con la aristocracia, la meritocracia aparece como muy progresista, pero en realidad no contribuye a la igualdad.  Por el contrario, la desigualdad que produce es tan aguda como la aristocrática y con un agravante: ya no es culpa de factores fuera de control sino de las propias personas.

En el desarrollo argumentativo aparecen algunos análisis dicotómicos:  mérito vs gracia; autosuficiencia vs impotencia; soberbia vs humildad; ética del dominio vs ética de la fortuna; providencia vs fortuna.

El mérito es analizado en diversos aspectos: lotería genética, herencia, esfuerzo, contribución social.  Sandel lo cuestiona en esos cuatro aspectos.

Hay un análisis de la igualdad de oportunidades y de la movilidad social, conceptos que definieron la estrategia apoyada por el progresismo liberal, pero que no resolvieron el problema de la desigualdad, sino que por el contrario la agudizaron de 1980 al presente.

En perspectiva histórica cuenta el origen de la idea meritocrática, desde la religión en tiempos de la Reforma protestante (siglo XVI) hasta el neoliberalismo y la globalización de los últimos 40 años.  Una idea que caló en la derecha y la izquierda y sirvió para ese deslizamiento hacia la derecha y el consenso de Washington del liberalismo progresista estadounidense, el laborismo británico y la socialdemocracia europea.

Explica el fenómeno del populismo de derecha, especialmente ejemplificado en la victoria de Trump en 2016 y el Brexit.  Los carentes de credenciales, es decir, de educación universitaria, son los perdedores de la globalización apoyada por la élite progresista (deslocalización de la industria, la automatización y el desbalance en la correlación de fuerzas entre patrono y trabajadores (dicho en términos nuestros).

Muestra como la educación superior es la variable principal para explicar y predecir al votante estadounidense y también las "muertes por desesperación" (suicidios, sobredosis, enfermedades hepáticas producidas por alcohol).

Hay una crítica al "credencialismo", término que se refiere a las credenciales académicas en la hoja de vida. Y en general hay una fuerte crítica al sistema de educación superior por sus criterios de selección supuestamente meritocráticos, ideados por James Conant, aquel rector de Harvard en los 40 y 50 que influyó en Thomas Kuhn.  El autor cita a  Michael Young, quien hace 60 años escribió El triunfo de la meritocracia y vió lo que Conant no vió.

La meritocracia supone que tenemos el control de nuestro destino, la autorrealización: si triunfamos es un logro merecido y si fracasamos es nuestra culpa.  También supone que el valor de mercado del salario es indicador del valor moral del trabajador.  Dos tesis que Sandel rebate.  El autor muestra el lado oscuro de la meritocracia, la desvalorización del "perdedor" en la estima social y en la autoestima.  No puede culpar a nadie más que a sí mismo y debe soportar la soberbia de los triunfadores.  

Dos de cada tres estadounidenses no tiene título universitario.  En el caso del trabajador blanco, supuestamente privilegiado por raza y sexo, no tener título es un fracaso abrumador.  No es sólo un asunto de justicia retributiva sino de justicia contributiva (la primera relacionada con el consumo y la segunda con la producción) y de respeto al trabajo. El progresismo se concentró en la primera y olvidó la segunda.  Esto ayuda a explicar la revuelta populista de derecha.  Nota: Smith y Keynes están con el consumo, pero Aristóteles, Hegel, Durkheim y la doctrina social católica no, estos están con la producción. Sandel no lo dice, pero ahí debió mencionar a Marx.

Casi todo el libro es diagnóstico, análisis.  Pero hay algunas propuestas al final. En el tema de las universidades propone un proceso selectivo que involucre la suerte.  En política tributaria propone disminuir impuestos al trabajo y aumentarlos al sector financiero, cuya contribución a la sociedad es dudosa. Sandel no propone una igualdad de resultados como alternativa a la igualdad de oportunidades sino una amplia igualdad de condiciones de vida digna (incluye un concepto interesante: cultura de aprendizaje extendida).  Esta parte propositiva es débil, el fuerte del texto es el diagnóstico.

Comentario adicional: este libro encaja con la Historia mínima del neoliberalismo de Fernando Escalante (ver reseña en este blog), con el texto de Piketty (El capital en el siglo XXI) y con mi columna y video sobre "1980, el año en que todo cambió".  Me refiero a la historia del capitalismo en el siglo XX y su periodización razonada.  Algunos creen que el capitalismo siempre ha sido lo mismo, que hoy es igual al siglo XIX.  Pero en 1980 hubo un viraje profundo.  Los invito a ver el video, he aquí el hipervínculo:

Video 1980 el año en que todo cambió


sábado, mayo 02, 2020

Videocharla 1980, el año en que todo cambió

Videocharla

Conferencia en cuarentena sobre historia del siglo XX, geopolítica, tecnología, guerra fría

1980, el año en que todo cambió


Si quieres entender el 2020 debes conocer 1980, el año que partió en dos la historia de la civilización global que surgió a partir de la posguerra.  Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.  Y ahora, con unos añitos más y unas cuantas canas (muy pocas, la verdad), podemos ver lo que en su momento no vimos. 

En 1980 todo era euforia.  Aún resonaban los ecos de la victoria vietnamita contra el ejército más poderoso del mundo.  La revolución sandinista, cuya fulgurante ofensiva final escuchamos en directo por radio de onda corta, acababa de triunfar.  Con el liderazgo de Omar Torrijos, Panamá recuperaba la soberanía sobre la zona del canal.  La revolución salvadoreña se veía inminente con el FMLN a la cabeza.  En Colombia, el M19 se había tomado la embajada de la República Dominicana y un hervidero de pañuelos blancos lo saludaba en su salida triunfal, el movimiento estudiantil, liderado por la FEUV, ascendía vertiginosamente en su movilización contra la reforma universitaria, los movimientos cívicos explotaban en paros, barricadas y tomas por doquier, y el sindicalismo parecía avanzar, por fin, hacia la ansiada unidad.  El fervor por los derechos humanos se elevaba en oleadas al mismo tiempo que se agudizaba la represión, la tortura y las desapariciones en un régimen militarista enmarcado en el estado de sitio permanente y el estatuto de seguridad. 

Todo parecía posible y el sueño de una patria digna, justa, libre y democrática sembraba de maestra vida a una juventud que escuchaba a Pablo pueblo, hijo del grito y la calle.  Una juventud que no quería escoger entra la navaja y el plástico y que gozaba como pagano el sonido bestial que estremecía La Casita de Paja, La Cien o Tintindeo.

Entre brumas recordamos el dulce aroma de la llanta quemada que perfumaba la atmósfera de los ochenta, pero el signo de los tiempos señalaba contravía.  Un par de años antes, Albino Luciani, recién nombrado soberano de un diminuto país denominado Vaticano, murió súbitamente, algunos dicen que fue asesinado, y en su reemplazo el cónclave designa al polaco Karol Wojtyla, con la misión, más geopolítica que divina, de romper el eslabón débil de la cadena soviética en la Europa Oriental.  Un año después llega al 10 de Downing Street Margaret Tatcher y en el siguiente es elegido el actor Ronald Reagan en EEUU.  Se configura así un poderoso triunvirato de ultraderecha en el Atlántico Norte, mientras en el otro polo de la guerra fría el asunto se calienta con la invasión de Afganistán por la URSS y la masificación del sindicato Solidarnosc en Polonia.  En otra esquina, Deng Xiaoping consolida su poder en la China milenaria e inicia una sorprendente reconversión radical del sistema económico que tendrá un impacto decisivo en el siglo XXI. 

Del puente para allá está Brézhnev, del puente para acá está Ronald Tatcher, alias Margaret Reagan, y en el medio de los dos, pasan Francois Miterrand y Felipe González, con rumbo al estado de bienestar… en teoría.  Queda servido pues el tinglado geopolítico de la recta final de la guerra fría.  La madre de todas las batallas está por empezar.

Pero la dinámica geopolítica, es como un iceberg en un mar tormentoso.  La mayor parte de su masa está bajo la superficie de las olas, aunque nunca a la manera ingenua como suelen elucubrar gratuitamente los conspiranoicos al practicar su deporte favorito.  En esos años agitados pasaban muchas cosas que nosotros, los de entonces, no alcanzábamos a entrever.  Por ejemplo, en el mundo de las ideas, que nada tiene de platónico, poderosas corrientes submarinas arrastraban al iceberg hacia destinos inimaginables.  Ahora, con 40 años de distancia, podemos desentrañar esos procesos subyacentes y para ello enfocaremos dos niveles de análisis.    

Primero, el nivel de la realidad objetiva o de primer orden. 

En los últimos siglos la tecnociencia se ha convertido cada vez más en el factor determinante de la evolución de la sociedad humana, pues como decía Francis Bacon,”el conocimiento es poder”.  El control de la realidad objetiva se define en el silencio de los laboratorios y en el diálogo crítico de los científicos.  Los poderes mundanos astutos procuran por tanto instrumentalizar a la ciencia mientras los sectores sociales y políticos más confusos caen en la estupidez de darle la espalda, brindando en bandeja de plata el factor decisivo a sus oponentes. 

Para 1980 la “era atómica” y la “era espacial” ya estaban siendo opacadas por la “era digital”, que potenciaba el despegue de la tercera revolución industrial.  Un nuevo tipo de capitalismo postindustrial se forjaba alimentado por la revolución digital: internet, telemática, robótica, inteligencia artificial.  El manejo de los bits definía el futuro.  La batalla era entre de seres de carbono, pero las armas eran de silicio.  Y la victoria fue para Silicon Valley y sus equivalentes en Europa Occidental y en un nuevo territorio que irrumpe como potencia económica: el Este Asiático.  (Nota: poco se ha analizado sobre el impacto de la revolución digital en el derrumbe del bloque soviético o en la derrota parcial de las FARC en Colombia).

En segundo término  está el nivel de la realidad intersubjetiva o de segundo orden. 

Como todos sabemos las guerras también se libran en el terreno de las ideologías.  O de las creencias, culturas, imaginarios, ficciones en suma.  En las facultades de economía de los años 70 ya se hablaba del “monetarismo”, de la “escuela de Chicago” y en 1976  Milton Friedman ganó el Nobel.  Bajo la tiranía de Pinochet, Chile había sido su laboratorio experimental.  Como narra el sociólogo mexicano Fernando Escalante Gonzalbo en su libro Historia mínima del neoliberalismo, esta corriente de pensamiento que surgió en los años 30, aprovecha ciertas debilidades del estado de bienestar surgido en la posguerra europea y se ve potenciado por los gobiernos de Tatcher y Reagan, para luego, tras la caída del Muro y la consolidación del consenso de Washington en los 90, convertirse en el pensamiento hegemónico de la globalización.  Su fundamentalismo de mercado pasa de ser una teoría económica, considerada pseudociencia por filósofos como Mario Bunge, a expandirse como una ideología todo terreno.

Esta ficción llamada neoliberalismo ni siquiera pudo ser enterrada por la crisis económica de 2008, al parecer según dicen algunos gurúes de la opinión, porque no existen alternativas.  Y es posible que tengan algo de razón, a pesar de que ya hay propuestas alternativas fuertes como las de Piketty que mencioné en la pasada columna.  Y es precisamente el trabajo de Piketty y otros economistas de la misma línea los que muestran con cifras cómo 1980 marca un punto de inflexión en la distribución del ingreso y de la riqueza, un viraje en dirección a la concentración y la desigualdad en significativa correlación con el predominio de la conservadora ideología neoliberal.

La carencia de alternativas al neoliberalismo está asociada a la orfandad de teoría en que cayó buena parte de la izquierda global a partir de la crisis y decadencia del marxismo a finales de los años 70, un vacío que permitió el auge de una serie de formas oscurantistas de pensamiento, como el posmodernismo a nivel intelectual y el pensamiento mágico a nivel popular. 

Uno de esos casos, que merece más estudio, fue la invasión evangélica a la otrora católica América Latina agenciada desde el sur de Estados Unidos con fines de lucro y de dominación política alineada con el partido republicano.  Por ejemplo, vimos como desde los años ochenta el magisterio sindicalizado pasó de tener una formación materialista dialéctica a ser dominado por un adoctrinamiento evangélico premoderno, con todo lo negativo que eso implica en la formación de las nuevas generaciones.  En el propio campo religioso, los hechos muestran que en el continente la teología de la liberación languideció y las sectas evangélicas proliferaron. 

En los movimientos de izquierda observamos cómo la confusión y dispersión ideológica llevó a refugiarse en microcosmos identitarios y miradas introvertidas, sobrevalorando la mera resistencia defensiva de supervivencia, fragmentando y debilitando al movimiento popular.  Por eso ya no hay continentes de izquierda, sino archipiélagos, movimientos constituídos por amalgamas de minorías.  En muchos de estos sectores es notoria la renuncia a un horizonte progresista humanista universal.  No es de extrañar que los encuentros del Foro Social Mundial sean como una torre de Babel y su consigna central se limite a la tesis vacía “Otro mundo es posible”.  Ante lo cual toca preguntar: “Sí, pero ¿cuál?”. 

En resumen, 1980 es la bisagra de cinco cambios históricos de impacto global:

-La democracia liberal gana la guerra fría al modelo soviético de socialismo de estado.

-El estado de bienestar, exitoso proyecto socialdemócrata de posguerra, es desmantelado por el
neoliberalismo que se impone como ideología hegemónica.

-La revolución digital es el eje de la tercera revolución industrial y genera un nuevo tipo de
capitalismo postindustrial, la sociedad de la información y el conocimiento.

-El Este Asiático irrumpe como nueva potencia económica mundial.

-La orfandad de teoría se apodera de las izquierdas y diferentes formas de oscurantismo se infiltran en los movimientos sociales y políticos alternativos.      


lunes, agosto 19, 2019

Metarrelato 3 Sapiens (Harari enero 2016)

De animales a dioses

Reseña informal comentada del libro “De Animales a Dioses” de Yuval Noah Harari, profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén. (Publicada originalmente en enero 5 de 2016)

Subtítulo: Breve historia de la humanidad. Fue publicado en inglés en 2013, en español en 2014 y en Colombia en 2015, siendo esta última la edición que utilizo. El libro es un best-seller y ha sido traducido a 30 idiomas. El profesor Harari también ha producido un extraordinario MOOC (en Coursera) con más de 100.000 estudiantes en dos ediciones, sobre el mismo tema del libro. Este autor estará próximamente en Cartagena en el Hay Festival. Autor de la reseña comentada: Jorge Senior

INTRODUCCIÓN

Esta nota feisbukera no es una reseña académica, pues no cumple sus requisitos. Su propósito es no sólo recomendar la lectura de este libro sino, además, comentar libremente su contenido, el cual coincide en gran parte con otra nota que publiqué hace algunos meses en este muro bajo el título “El Gran Relato”. 
(ver Metarrelato 2 en este blog)

En efecto, el texto es un gran relato de la epopeya humana. Hace parte de un género llamado Macrohistoria que, en buena hora, parece estar cogiendo auge, en contravía de la tesis posmodernista de la desaparición de los metarrelatos. De hecho es un meta-meta-relato pues engloba a las distintas ideologías, religiones y sistemas de pensamiento, fundamentándose hasta donde le resulta posible en avances recientes de la ciencia (la frase “hasta donde sabemos” o similares aparece varias veces). Se trata entonces de responder “hasta donde es posible hoy” las tres preguntas clásicas: ¿de dónde venimos? ¿qué o quiénes somos? ¿adónde vamos?

Este mismo gran tema con sus tres preguntas clásicas fue abordado por Edward Wilson en su libro La conquista social de la Tierra, publicado en noviembre de 2012, es decir, poco antes del libro de Harari, a quien nos referiremos en adelante por sus iniciales YNH. Y es el tema de un cuadro de Gauguin. Es significativo que Wilson sea biólogo (entomólogo y conocido como el padre de la Sociobiología) y que YNH sea historiador (por cierto, el autor israelí muestra cierta debilidad en su formación biológica, así como Wilson en la formación histórica, lo que indica la necesidad de un trabajo en equipos interdisciplinarios más que autores individuales para profundizar esta línea de investigación; YNH, por ejemplo, parece que no ha entendido bien cómo se produce el proceso de especiación y su obra trae errores en este aspecto o la otra explicación es que se toma libertades literarias excesivas: ver páginas 17 y 30). Es claro que esto hace parte de la tendencia que hemos llamado la biologización de las ciencias sociales. 
(ver Metarrelato 1 en este blog)

Después de un tiempo en que la historiografía, por orfandad de teoría, se hundió en la microhistoria, ha vuelto a renacer la visión de conjunto, primero desde autores con base biológica (como Jared Diamond y Steven Pinker, cuya influencia se nota en YNH) y luego por los propios historiadores, al menos por aquellos que se atreven a pensar en grande. 

No hay duda que los avances en paleogenómica, en genografía (que se fundamenta en la genética de poblaciones y la biología molecular) y en neurociencia (con base en fRMI y otras tecnologías) han tenido un impacto gigantesco en el conocimiento de la historia y la prehistoria, humanas y homínidas. Nótese que todo surge a partir de nuevas técnicas de investigación creadas en los últimos 25 años, las cuales abren el acceso a información que antes nos estaba vedada. La lección para los científicos sociales es que deben estar abiertos y receptivos a la innovación técnica de la investigación y no fosilizarse en los viejos métodos tradicionales.

En resumen, el libro en cierto sentido expresa el estado del arte de la macrohistoria, pero también introduce la visión y los aportes originales del autor desde su reflexión personal. Esto significa que estamos ante un ensayo, no un texto científico como tal. Pero su marco de referencia es la ciencia. No me atrevo a catalogarlo como ensayo filosófico, pues eso sería estrechar sus alcances, sesgarlo hacia los vicios profesionales de los filósofos, con lo cual perdería la frescura que de hecho tiene. Tal vez podría considerarse un ensayo de divulgación en su mejor sentido: poner al alcance del público general los desarrollos científicos y reflexionar sobre sus implicaciones.

PÚBLICO LECTOR

Este libro no utiliza terminología rebuscada ni se enzarza en discusiones academicistas, por lo que es perfectamente accesible a un estudiante de educación media y de ahí en adelante a personas de cualquier profesión o formación (sería muy recomendable para estudiantes y maestros de secundaria y de universidad). El autor elucubra hipótesis de gran alcance pero al mismo tiempo narra situaciones concretas, de tal modo que el escrito va y viene entre el nivel concreto y el nivel abstracto, que suele ser siempre el más difícil. Es una buena exposición didáctica con ocasionales giros que pueden sorprender inteligentemente al lector. Lo que si puede suceder es que choque con los prejuicios y dogmas de tipo religioso o ideológico que pueda tener el eventual lector. Advertencia: Ningún sistema de pensamiento queda indemne, no queda títere con cabeza. Todas las ideologías religiosas, políticas y económicas quedan categorizadas como mitos o ficción, lo cual no impide que el autor sopese los aspectos funcionales reales que generan (efectos sociales y psicosociales que pudieran considerarse positivos). 

PERIODIZACIÓN Y ESTRUCTURA

El autor retoma una periodización de la historia humana que ya tiene bastante consenso, la cual establece tres momentos críticos o revoluciones: (1) la revolución cognitiva del paleolítico tardío hace 70.000 años, (2) la revolución agraria del neolítico hace 12.000 años y (3) la revolución científica (en estos últimos 500 años) que da paso a la modernidad (por qué etiquetarlo con la revolución científica y no con la revolución industrial, el capitalismo o la modernidad es algo que se implica en el texto). Nótese que el paso “del mito al logos” en la antigua Grecia, que tanto encanta a los filósofos, no se incluye y, de hecho, ni siquiera se menciona. Esto podría entenderse de dos formas: (a) o la tesis de YNH niega o borra esa partición, (b) o simplemente no aparece por su menor relevancia. Soy partidario de la interpretación b. 

En términos demográficos, en el estadio 1, algunos milenios después de la revolución cognitiva, la humanidad ronda el millón de personas en el viejo continente (aún no hay gente en Oceanía y América). Hoy cabrían todos en una ciudad mediana. En la época de la revolución agraria, en el neolítico, la población global en los cinco continentes alcanza el orden de magnitud de 10 millones. Algo así como la población del Caribe colombiano. En la época de Colón había unos 500 millones de Sapiens y hoy ya rebasamos los 7.000 millones. Ahora bien, entre la revolución cognitiva y la agraria, había por lo menos otras cuatro especies humanas, especies del género homo, distintas al Sapiens: reductos de Homo Erectus (la más exitosa especie de homínidos por su extensión y duración) en Asia Oriental, Denisovianos en Asía Central, Neandertales en Medio Oriente y Europa y los extraños “pigmeos” de la isla de Flores. Estas especies se extinguieron en ese período.

La estructura del libro tiene 20 capítulos distribuidos en cuatro partes. La primera, la segunda y la cuarta corresponden a las tres revoluciones mencionadas y se interpola una tercera parte bajo el título: La unificación de la humanidad. Un breve epílogo cierra las 450 páginas de impactante lectura. El título del epílogo es: El animal que se convirtió en un dios.

REVOLUCIÓN COGNITIVA

La revolución cognitiva que vivió el Homo Sapiens en el paleolítico tardío, es un hecho que se evidencia por sus efectos, pero sus causas se desconocen, aunque se supone debieron ser cambios genéticos. Por esta razón YNH no se detiene mucho a analizar las posibles causas sino sus efectos: una ínfima población de Sapiens, que estuvo al borde la extinción en el noreste africano, en unos cuantos milenios se desparrama por todo el globo, detona una explosión cultural, se dispara demográficamente, extingue a las otras especies humanas y a la mitad de la megafauna existente (sobre todo al irrumpir en Oceanía y América) y, finalmente, se consolida en la cima de la cadena alimentaria como el más extraordinario depredador. Una gesta verdaderamente épica y letal. 

Alrededor de esta epopeya vital, YNH baraja diversas hipótesis, para luego pintarnos el panorama de una sociedad paleolítica “opulenta”, con una dieta diversa y saludable, pocas enfermedades y mucho tiempo libre, aunque desde luego no todo era color de rosa, pues la vida rústica es dura (YNH le sigue la línea al enfoque de la psicología evolutiva). El “caso judicial” de la culpabilidad del Homo Sapiens en tales extinciones no se ha cerrado, pero los indicios apuntan a su condena. 

La idea central de esta primera parte es la siguiente: la revolución cognitiva es lingüística y social. El lenguaje repotenciado por nuevas capacidades neurales confiere a los miembros de la especie no sólo la posibilidad de transferir mayores volúmenes de información, sino además capacidades de cooperación a mucha mayor escala (lo que Wilson llama la “eusocialidad”, clave del poderío humano) y la posibilidad de crear ficción. En el origen fue el chismorreo al calor del hogar, sugiere YNH (bueno, otros autores hablarían de inteligencia social, teoría de la mente, tecnología social, etc). Como sea, con esta nueva herramienta cognitiva, la imaginación se amplifica exponencialmente, extendiéndose en el espacio, el tiempo y las combinatorias de representaciones (recordar a Hume), con independencia de la verdad y la mentira. 

La respuesta de YNH a la pregunta por la eusocialidad es muy distinta a la de Wilson. Para éste el asunto es de selección de grupo, cuidado del “nido” y coevolución genético-cultural. Para YNH se trata del poder de la ficción para generar creencias compartidas, las cuales constituyen el “pegamento mítico” que permite la cooperación a gran escala entre extraños (como las redes de comercio, por ejemplo). YNH plantea el tema de la relación biología y cultura (o biología e historia) como una especie de bifurcación a partir de la revolución cognitiva en la cual la cultura gana una notoria independencia frente a la biología, aunque ésta sigue siendo el marco que impone los límites. Es cierto que la evolución cultural es más rápida y flexible que la biológica, pero eso no significa que ésta desaparezca del radar. YNH no parece concebir que la evolución biológica no se detuvo hace 70.000 años, lo cual es un craso error. Cuando más adelante en el libro, trata el tema de las razas, YNH minusvalora el impacto de la biología y al hacerlo cae en el mito de lo “políticamente correcto”. Ya sea que niegue la evolución biológica reciente o que la considere irrelevante, en mi concepto YNH se equivoca. Y además, desconoce el concepto de coevolución biológico-cultural, que es muy fecundo.

El punto es que, según YNH, con la revolución cognitiva el Homo Sapiens empieza a vivir en una realidad dual. Por un lado está la realidad objetiva que todo animal enfrenta. Y por otra parte está la realidad intersubjetiva, que a pesar de ser pura imaginación social, puede presentarse ante el individuo con la misma fuerza de la realidad objetiva, como todos sabemos por experiencia propia. Esta idea es muy potente. A estos constructos sociales o creencias compartidas, YNH los denomina “órdenes imaginados” y en última instancia, son mito o ficción. El concepto de “orden imaginado” es más amplio y abarcante que otros conceptos tradicionales como “ideología” (Marx), “instituciones” (Veblen), “epistemes” (Foucault). Una manera fácil de representarlo es como aquello que desaparece si desaparece el ser humano, pues sólo se sostiene por la creencia de éste. 
Resumiendo, según YNH, estos mitos o ficciones son el secreto del éxito humano, la clave de la cooperación a gran escala (eusocialidad).

REVOLUCIÓN AGRARIA

Después de un cambio climático que trajo tiempos más cálidos, en el lapso que va entre 11.000 años a.p. (antes del presente) y 4.000 años a.p., los seres humanos domesticaron diversos animales herbívoros y plantas en por lo menos 10 epicentros independientes en Asia meridional, África subsahariana, Nueva Guinea y las Américas, y desde allí se diseminó la agricultura y la ganadería por muchos territorios (ver también Jared Diamond). Hay que aclarar que primero se había dado la domesticación del lobo en Europa hace unos 30.000 años. También es bueno dejar claro que el uso agropecuario del suelo, hasta hace unos 600 años, no pasaba del 2% de la superficie del planeta Tierra o 14% de la parte terrestre, esto es, 11 millones de kilómetros cuadrados.

Más que domesticación, la relación entre el ser humano y algunas especies es un caso de mutualismo, pues es de doble vía. Por ejemplo, el autor narra cómo el trigo domesticó al animal humano. YNH baraja las hipótesis de mayor consenso sobre cómo se dio este paso de la vida nómada en cuadrillas de cazadores recolectores a la vida sedentaria en aldeas de agricultores y ganaderos, pero nunca utiliza el concepto de selección de grupo (no genética en este caso).

Su tesis central es que la revolución agraria fue el mayor “fraude” de la historia. Si bien la agricultura-ganadería no obedeció a un plan consciente de largo plazo, sí fue el producto de una sucesión de decisiones graduales de algunos grupos humanos en un plazo relativamente corto. Cada paso era visto como una mejora o ventaja, por ejemplo para asegurar y facilitar el abastecimiento de alimentos. El resultado no esperado es que la vida si acaso mejoró para unos pocos y empeoró para la mayoría, en razón de que se incrementó y rutinizó la jornada laboral, y que la vida sedentaria en aglomeraciones propició la difusión de enfermedades infecciosas y los problemas de seguridad debidos a guerras y robos. Las consecuencias no planeadas fueron el crecimiento demográfico y la estratificación social. YNH no abunda en el análisis de la esclavitud y el surgimiento de clases sociales y propiedad privada, pero si enfatiza en la “trampa del lujo”. El aumento de la producción benefició al colectivo pero no a los individuos. 

Hace 10.000 años había entre 5 y 8 millones de cazadores recolectores nómadas. Hace 2.000 años sólo quedaban de 1 a 2 millones de cazadores-recolectores pero ya había 250 millones de agricultores-ganaderos en el mundo. Es entonces evidente el triunfo demográfico de la agricultura, pero existe una discrepancia entre el éxito evolutivo y el sufrimiento individual. Los humanos cayeron en la trampa sin siquiera darse cuenta y sin reversa posible, y asimismo aconteció con los animales y plantas que “aceptaron” el “acuerdo fáustico” con los Sapiens. 

El profesor Harari en varias partes de su libro argumenta un punto de vista que resultará muy grato para las nuevas sensibilidades que tocan las fibras de los grupos animalistas. La alianza mutualista significó un gran éxito para las especies involucradas. Actualmente hay 300 millones de toneladas de humanos y 700 millones de toneladas de animales domésticos, mientras que los animales salvajes terrestres a duras penas alcanzan una biomasa de 100 millones de toneladas. En otras lecturas he visto datos un poco distintos pero la idea es la misma: el mutualismo con los humanos fue un notable éxito evolutivo (por ejemplo, apenas hay un lobo por cada 2.000 perros). Pero las plantas y, sobre todo, los animales, pagaron un precio alto por ese acuerdo fáustico. Las plantas se volvieron totalmente dependientes de los humanos y los animales se vieron atrapados en formas de vida anómalas, sujetos a una selección artificial a la medida de los intereses humanos que no necesariamente coinciden con los intereses de los animales más allá del traspaso de la herencia genética. Al humano puede interesarle el bienestar físico del animal de granja pero no su bienestar psicológico y hoy sabemos que mamíferos y aves tienen necesidades en ese aspecto. El asunto llegó al extremo después de la revolución industrial que convirtió al ser vivo en un simple tubo acumulador de carne que sufre una vida realmente terrorífica en una cinta de producción en serie. Hoy por hoy sacrificamos 50.000.000.000 de animales cada año, siete veces la población humana (y aun así hay hambre en el mundo). YNH considera a la industria pecuaria el mayor crimen de la historia. 

La moraleja es que no hay justicia en la historia. Temas como las jerarquías sociales, los problemas raciales y de género, dejan aún muchas preguntas por resolver. De todos modos las sociedades agrarias dieron paso a organizaciones sociales más complejas y jerarquizadas con una nueva concepción del tiempo, mejores tecnologías y basadas en órdenes imaginados (tecnologías sociales, instituciones, religiones, sistemas políticos) de mayor alcance y dimensión.

Un orden imaginado no es una conspiración malvada ni un espejismo inútil, no es ni un fraude ni una charada. A diferencia de lo que hacen las teorías conspirativas que tanto pululan en las redes sociales, un constructo social de esta índole no puede ser explicado con base en el cinismo de las élites poderosas. Es posible que en esas élites haya personas que sólo simulan compartir la creencia, pero se necesita que la mayor parte de la élite y de la población realmente crea en ese orden imaginado, de ahí su fuerza y permanencia. El concepto de orden imaginado hace referencia a un orden intersubjetivo que modela al mundo material y a nuestros deseos permitiendo la cooperación a gran escala y su variabilidad no es una mera función de la genética. Una sociedad no puede prescindir de ellos y si alguno decae debe ser reemplazado por otro (al estilo de lo que afirmaba Kuhn de los paradigmas en la ciencia). Al ser algo imaginado es difícil de sostener a medida que crece el tamaño y complejidad de la sociedad. Hace 5.500 años los sumerios inventaron la escritura, una especie de memoria exosomática inicialmente al servicio de la burocracia (ver mi artículo sobre la exosomatización del conocer titulado El giro ingenieril de la epistemología en Academia.edu ). 

En China, Egipto y otros lugares pasó algo similar. Tal tecnología posibilitó el surgimiento de los imperios.

LA UNIFICACIÓN DE LA HUMANIDAD

En la parte III del texto, YNH abarca el período histórico de la antigüedad y la edad media sin necesidad de seguir una secuencia cronológica. Más bien hace comparaciones sincrónicas interesantes y utiliza un enfoque analítico.

En esta sección el autor deja plasmada su filosofía de la historia. El historiador o quien se aproxima a la historia no debe desconocer la asimetría existente entre pasado y futuro. YNH defiende, como casi todo el mundo hoy, una idea de la historia humana como un proceso contingente e impredecible en contraste con la más tradicional visión hegeliano-marxista de otrora, de tipo determinista. Al igual que en el caso de genética e historia, aquí también YNH considera que “las fuerzas geográficas, biológicas y económicas crean limitaciones pero dejan un amplio margen de maniobra” (p. 267), no restringido por una supuesta ley determinista (el autor no aprovecha el concepto de “accidente congelado”). Esto no le impide reconocer que a escala de milenios la historia humana muestra una clara dirección general hacia la unidad (el término “globalización” nunca aparece en el texto). 

Fue en el primer milenio antes de nuestra era que arraigó la idea de un orden universal. El primer orden universal fue económico, el orden monetario. El segundo fue político, el orden imperial. El tercero fue religioso, como el budismo, el cristianismo y el islamismo. Cada uno tiene su capítulo en el libro. YHN saca a la luz la cara menos percibida de cada fenómeno. Por ejemplo, sobre el dinero dice que “es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás haya sido inventado”. Asimismo muestra las dos caras de los imperios y en el balance de las religiones el monoteísmo sale mal parado por su sangrienta y criminal intolerancia histórica, en comparación con el politeísmo. 

Resulta curioso encontrar, de todas maneras, un cierto eco hegeliano en la idea de la contradicción como motor de cambio. Sin embargo, las contradicciones que interesan al autor son las que viven internamente las culturas, por ejemplo, la que hay entre cristianismo y caballería en la edad media o entre libertad e igualdad en la época moderna. Las contradicciones internas de las culturas y sus consecuentes disonancias cognitivas suelen ser comunes y constituyen una ventaja vital para su dinamización. 

En resumen, la historia es ciega y no es función del bienestar humano. Un aporte original de YNH es mostrar que esta idea es común a enfoques tan distintos como la memética, el posmodernismo y la teoría de juegos. Harari reconoce que el papel del individuo es de escasa influencia en el curso de la historia.

Fiel a su concepto de “órdenes imaginados” y explotando al máximo su potencial, YNH redefine religión e ideología política, diluyendo sus fronteras. La religión sería entonces “un sistema de normas y valores humanos que se basa en la creencia en un orden sobrehumano”. Nótese que “sobrehumano” no equivale a “sobrenatural”. Por eso puede haber, según YNH, religiones de ley sobrenatural (animismo, politeísmo, dualismo, monoteísmo) y religiones de ley natural como el liberalismo, el comunismo, el capitalismo, el nacionalismo y el nazismo. Todas ellas sirven de legitimadores de algún orden social, así sean en última instancia mitos o ficciones, y a nivel popular suelen devenir en sincretismos de toda índole. Por otra parte, el fútbol no es una religión pues sus normas son admitidamente humanas y las teorías científicas normalmente tampoco, pues de ellas no se derivan normas o valores (aunque puede suceder que las ideologías la utilicen a su conveniencia). Sobra decir que el derecho natural sería otro mito o ficción. 

Otro aporte interesante es el análisis comparativo entre tres “religiones humanistas”: liberalismo, socialismo y nazismo. YHN las presenta como las tres sectas rivales en que se divide el humanismo y que luchan por la definición exacta de “humanidad”. En las dos primeras se manifiesta la herencia cultural del monoteísmo según en el énfasis en la libertad o la igualdad. El nazismo, con su visión evolucionista de la naturaleza humana, aparentemente pasó a la historia pero nos dejó una asignatura pendiente: la eugenesia (ver el texto de Habermas El futuro de la naturaleza humana y mi publicación en la revista Advocatus y Academia.edu Utopía y naturaleza humana). Se puede bajar pdf en:

Resalto la pregunta final de este acápite: “¿cuánto tiempo más podremos mantener el muro que separa el departamento de biología de los departamentos de derecho y ciencia política?”.

LA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA

De una hermosa manera logra YNH expresar la mentalidad de la ciencia moderna al describir su surgimiento como “el descubrimiento de la ignorancia”. Y América, el nuevo mundo, tuvo mucho que ver con ello. Esto es más poético que exacto pues ya los griegos, desde los jónicos hasta los alejandrinos, habían hecho ese “descubrimiento”, pero sirve para expresar la modestia intrínseca de la ciencia y su espíritu antidogmático. A esta disposición a admitir la ignorancia, YNH le agrega otras dos características claves, “la centralidad de la observación y de las matemáticas” y “la adquisición de nuevos poderes”, desarrollando tecnologías (p. 279). 

En esta sección, YNH narra cómo la articulación ciencia, tecnología, capitalismo, imperio e idea de progreso llevaron a la humanidad a un punto de inflexión en su breve historia, una verdadera encrucijada cósmica en la epopeya humana. Es la misma idea básica que expusimos en El Gran Relato, pero con otros matices. 

De los siete procesos que transformaron a Europa y al mundo entre 1430 y 1830, YNH sólo menciona la mitad, es decir, 3,5. Los que el autor no menciona son: el Renacimiento, la Reforma Protestante, la Revolución política inglesa de 1688 y la Ilustración. Mientras que la exploración y expansión geográfica de los europeos, la revolución científica, la revolución francesa y la revolución industrial, sí que son mencionados. Y de ellos la revolución científica ocupa el lugar preponderante. 

Las razones son obvias.

En 1.500 había 500 millones de Sapiens que producían 250 mil millones de dólares (actuales obviamente) y consumían 13 billones de calorías. Quinientos años después somos 7.000 millones, producimos 60 billones de dólares y consumimos 1.500 billones de calorías. En medio milenio la población se multiplicó por 14, la producción por 240 y el consumo calórico por 115. La producción por cápita se multiplicó por 17. Un salto abismal. Algo realmente asombroso.

Europa fue la locomotora de este proceso, pero durante la primera mitad de estos últimos 500 años la sociedad europea estaba lejos de tener una superioridad sobre otras civilizaciones. En 1.775 Asia era el 80% de la economía mundial. Sólo China e India representaban dos tercios de la producción planetaria. Claro que en los tres siglos subsiguientes a los viajes de Colón, Europa había extraído buena parte de la riqueza de América y aunque YNH no hace referencia explícita a la acumulación originaria del capital, de hecho está narrando ese proceso. La superioridad europea se construye entre 1.750 y 1.850 con la revolución tecnológica industrial y su vanguardia es el Imperio Británico, seguido por otros países de Europa Occidental. Nota: YNH ejemplifica este proceso recordándonos que el Imperio Británico apoyó a sus carteles de la droga atacando a China en las guerras del opio y apropiándose de Hong Kong a mediados del siglo XIX, mientras que la Compañía Británica de las Indias Orientales ya se había apoderado de la India desde siglos anteriores, llegando a tener bajo su dominio a la quinta parte de la humanidad.

La pregunta clásica es ¿por qué fue Europa y no Asia? (el continente más poblado y con grandes civilizaciones como China, Japón, India o Persia; ejemplo contrafáctico: China hubiera podido disputar el dominio de América y luego de Oceanía). Mi respuesta alude a los 7 procesos, pero el profesor Harari se centra en el círculo virtuoso que articula exploración, conocimiento/ignorancia, crédito e inversión productiva, en un marco político imperial basado en el espíritu de conquista de la mentalidad europea. Dos “sabios imperialistas”, Henry Rawlinson y William Jones le sirven a YNH para ilustrar el punto. 

España y Portugal abrieron la ruta imperial europea, pero no desarrollaron el credo capitalista que se basa en el círculo virtuoso: confianza en el futuro > crédito > inversión > ganancias > pago de crédito > más confianza en el futuro. Nótese que el concepto “confianza en el futuro” tiene una conexión íntima con la idea de progreso, una novedad en la historia humana. Los holandeses primero, seguidos por los ingleses y luego otros países, sí potenciaron ese bucle psico-económico que equivale a una profecía autocumplida. Y no sólo eso, también asumieron a plenitud el credo baconiano: el conocimiento es poder, cuyo círculo virtuoso es: recursos > investigación > poder > más recursos. Es lógico que YNH ni siquiera mencione a Descartes, y en cambio haga énfasis en Bacon. Los filósofos han popularizado la idea mítica de que Descartes inauguró y modeló la modernidad con su pensamiento. Disiento de esa tesis idealista por múltiples razones, pero no es el caso discutir eso aquí, baste decir que coincido plenamente con YNH en este punto, aunque no me satisface del todo la manera un tanto ligera en que el autor aborda la relación entre técnica y ciencia, que son dos formas de conocimiento diferentes que no siempre han estado tan imbricados como hoy. 

La descripción del capitalismo que hace YNH pone a la confianza en el futuro y la idea de progreso como piedra angular. La máquina capitalista se asemeja a esos negocios que llamamos “pirámides”, es una máquina de movimiento perpetuo que no puede detenerse porque se derrumba. El efecto es una sociedad ultradinámica como la historia no había visto, una sociedad en revolución permanente. La máquina a veces se traba un poco, sufre una que otra crisis circunstancial, pero en términos generales ha cumplido con el valor supremo de este sistema, su oxígeno vital: el crecimiento, tal y como vimos en los datos expuestos más arriba. Lo que ha permitido que esta “pirámide” funcione ha sido la extracción de riqueza en los “nuevos” continentes en una primera etapa y luego, a partir de la primera revolución industrial, la innovación tecnológica, que no solo incrementa la productividad sino que además abre nuevos sectores económicos. Entonces surge la pregunta que se planteó el Club de Roma en 1972: ¿es ilimitado el crecimiento? Estoy de acuerdo con YNH, el problema no es energético, ¡es la ecología, estúpido! 

Capitalismo y medio ambiente no se llevan bien. Dice YNH: mientras el cristianismo y el nazismo mataban por odio (yo añadiría el yihadismo islámico pero el autor israelí se cuida de hacerlo), el capitalismo, en cambio, mata por indiferencia. Así fue durante la época del tráfico de esclavos y así es ahora con la pobreza y la exclusión. Así es también con la naturaleza. Ya mencionamos el horror de la industria cárnica global. 

El punto es que el capitalismo necesita dos patas: el estado y el mercado. Creer en el libre mercado, dice YNH, es como creer en Papa Noel. El estado es necesario para regular los mercados y garantizar la confianza en el sistema. Ya desde el inicio, todo el proceso imperial europeo fue lo que hoy llamamos una gran “app”, una “alianza público privada”. YNH muestra el rol de vanguardia que jugaron la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y la Compañía Holandesa de las Islas Occidentales, al igual que sus equivalentes británicos más una serie de compañías que colonizaron Norteamérica con ejércitos mercenarios. Los franceses hicieron lo propio, por ejemplo con la Compañía del Mississippi. YNH toca apenas tangencialmente cómo los británicos derrotaron a los holandeses en Nueva York, pero profundiza un poco más en cómo le ganaron a los franceses en esta competencia de estados y capitales privados. Según YNH la razón fundamental fue que “Gran Bretaña consiguió ganarse la confianza del sistema financiero, mientras que Francia demostró no ser de fiar” (p. 355). 

La revolución permanente del proceso capitalista, siempre creciente a pesar de crisis y fluctuaciones, amplía la base de consumo y genera una nueva ética consumista que promete el paraíso en la Tierra y que se complementa perfectamente con la vieja ética capitalista, como dos caras de la misma moneda (el mandamiento supremo de la élite capitalista es: ¡invierte! Y el de las mayorías consumidoras: ¡compra!. Es un nuevo modelo de sociedad con un orden fluido. Estado y mercado desplazan a viejas instituciones como la familia y la comunidad, liberan a mujeres, jóvenes y minorías de viejas cadenas para que entren en el juego económico y político, logran una retirada relativamente pacífica de los viejos imperios. El estado y el mercado son el padre y la madre del individuo. Y como sustitutos emocionales de los viejos lazos tribales se afianzan las “comunidades imaginadas” a manera de nuevas identidades. Naciones y tribus de consumidores (clubes de fans, hinchadas de equipos, vegetarianos, ecologistas, etc) son realidades intersubjetivas como el dinero, los derechos humanos y las sociedades anónimas.

En un acápite sobre paz y violencia, el autor le sigue la línea a Pinker, en el sentido de que vivimos en una época de paz, si se mira desde el punto de vista histórico, y Surámerica ha sido vanguardia en este asunto, incluso antes que Europa. Hoy el suicidio genera más muertos que el crimen y el crimen más que la guerra, aunque los noticieros invierten esta realidad comprobada estadísticamente. La paz mundial es una realidad en ciernes porque estamos asistiendo a la formación de un imperio global. Ahora bien, el autor no desconoce que es una Pax Atómica, tenemos la tecnología para acabar con la humanidad (no con la naturaleza), pero nos salva por ahora que la guerra nuclear no es negocio. Nota: en el tema de la violencia no podía estar ausente Colombia, por supuesto, que es mencionado como un estado débil al lado de Somalia (p. 404).

Un crecimiento económico gigantesco, unos avances tecnológicos fantásticos, importantes logros en las últimas décadas en derechos humanos, derechos de minorías, equidad de género, disminución relativa de la violencia… ¿estamos en el paraíso terrenal? Ya se sabe que el autor lo niega, pues está por resolverse el problema ambiental, la contradicción entre la sostenibilidad de este modelo de sociedad y los límites del crecimiento. También hemos mencionado que está el peligro del armamento nuclear y que nuestra alimentación se basa en lo que YNH llama “el mayor crimen de la historia” (la industria agropecuaria moderna). Pero, ¿y qué hay de la felicidad? ¿somos más felices que lo que eran los Sapiens en las cuadrillas de cazadores recolectores o en las sociedad agrarias? Al fin y al cabo eso es lo que cuenta, en el fondo, ¿no? El historiador YNH reconoce que la historia de la felicidad es un campo casi virgen en la historiografía y dedica un capítulo al análisis del tema.

Generalmente se cree que a mayor progreso material, mayor felicidad, pero la investigación experimental en psicología y neurociencias ha mostrado que no es así. Sí parece haber una relación causal en la escala económica baja, cuando hay necesidades básicas insatisfechas. Mas a partir de cierto umbral de riqueza básica, el incremento sólo incide en la felicidad por un corto período de tiempo y la persona tiende a volver a su nivel habitual (como pasa con las pérdidas y el consiguiente duelo). Se ha encontrado que si bien las personas fluctúan normalmente en sus niveles de felicidad/infelicidad, alegría/tristeza, tienden a tener un promedio bastante estable en el mediano y largo plazo, aunque para cada individuo es diferente ese promedio. La neurociencia nos explica el fenómeno en el nivel bioquímico por la segregación de endorfinas, como la serotonina, la dopamina y la oxitocina. Esto significa que el progreso en las condiciones materiales de vida de una sociedad no conlleva a una mayor felicidad de sus miembros, así que la carrera del crecimiento, esencia de la lógica del capital, no parece tener mucho sentido. Pero sí le da mucho fundamento a la distopía creada por Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz, donde la gente vivía en estado de felicidad gracias a una droga llamada Soma. 

De otro lado, siguiendo a Daniel Kahneman, YNH explora la idea de que la “clave de la felicidad” es una vida dotada de sentido, con lo cual se infiere que la gente bien pudiera ser más feliz en sociedades premodernas articuladas con fuertes mitos (así fuese un autoengaño), que en la moderna sociedad secular tan cercana al nihilismo. El autor balancea y matiza ambas opciones en el mundo actual, sin inclinarse hacia el pesimismo o el optimismo, tratando de integrar aspectos materiales y emocionales. Por ejemplo, reconoce que los logros en materia de salud, en especial frente a la mortalidad infantil y de mujeres en el parto, es una contribución invaluable ante semejante factor de infelicidad. Y al mismo tiempo señala que “si la felicidad viene determinada por las expectativas, entonces dos pilares de nuestra sociedad (los medios de comunicación y la industria publicitaria) pueden estar vaciando, sin saberlo, los depósitos de satisfacción del planeta”. 

Sea por “engaño bioquímico” o por “autoengaño social”, la solución al problema de la felicidad humana entendida como autopercepción subjetiva (cómo nos sentimos), parece ser deprimente (nótese la ironía). En una digresión desde este punto, YNH encuentra una sorprendente semejanza entre Darwin y Dawkins con san Pablo y san Agustín: “como Satanás, el ADN emplea placeres fugaces para tentar a la gente y someterla a su poder” (p. 431) (!!!). Sucede que esta idea de la felicidad como autopercepción subjetiva es más bien moderna y de corte liberal (y en ella es que se basan ciertos test de estudios psicológicos). Casi todas las filosofías y religiones han tenido un enfoque diferente. Por ejemplo, el budismo ve el problema en la búsqueda incesante de satisfacciones fugaces, lo que lleva a una tensión permanente y a la permanente insatisfacción. El tip de Buda es su llamado a independizarnos tanto de las condiciones externas como de los sentimientos internos.

Cuando leo y escribo esto no puedo sino evocar a El hombre rebelde de Albert Camus. “¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no”. El argelino escribía en la atmósfera de posguerra, algunos años después del holocausto nazi, un desgarramiento humano vertebrado por la eugenesia totalitaria, confusamente basada en las ideas biológicas de la época. En el siglo XXI la eugenesia real, ya no totalitaria sino liberal, está a la vuelta de la esquina. El animal enclenque de la sabana africana se ha convertido en un dios y el último capítulo del libro nos lleva a vislumbrar un futuro que es, al mismo tiempo, inminente e ignoto. Esta especie ha logrado lo que ninguna otra jamás pudo ni por aproximación: rebelarse contra la selección natural y empezar a imponer el diseño inteligente, incluido su propio diseño, ha creado soles y viajado a otros mundos, ha inventado seres inteligentes de una nueva forma de vida basada en silicio y está a punto de derrotar a la muerte. Esta extraña, débil y paradójica criatura se ha vuelto casi invencible: sólo ella misma o un cataclismo cósmico podría aniquilarla. En un acontecimiento de proporciones cósmicas sin precedentes, las leyes que gobernaron el planeta durante 4.500 millones de años están siendo reemplazadas, en gran parte, por leyes humanas. 

Nuestra época es una encrucijada: puede ser el big bang de un nuevo mundo o el principio del fin de la epopeya humana. (En El Gran Relato pinté no 2 sino 4 escenarios: pesimista radical, pesimista moderado, optimista moderado y optimista radical). Aprendimos qué somos y de dónde venimos, y ahora toca decidir hacia dónde vamos, qué queremos ser, pero ni siquiera en la más desbordada imaginación de alguna historia de ciencia ficción alcanzamos a vislumbrar el destino de la humanidad. En el Frankenstein romántico de Mary Shelley, el amor vence a la máquina. Pero el Frankenstein real de hoy, montado a hombros de Gilgamesh, parece imposible de detener.

“La única cosa que podemos hacer es influir sobre la dirección que tomen. Puesto que pronto podremos manipular también nuestros deseos, quizás la pregunta real a la que nos enfrentamos no sea ‘¿en qué deseamos convertirnos?’, sino ‘¿qué queremos desear?’. Aquellos que no se espanten ante esta pregunta es que probablemente no han pensado lo suficiente en ella” (p. 454, así finaliza el último capítulo).

Es lo que nos enseñaba Estanislao Zuleta cuando decía “deseamos mal” y nosotros, los de entonces, que ya no somos los mismos, pensábamos en la Revolución del Deseo, pero ni de cerca vislumbrábamos la verdadera dimensión del desafío. 

El libro de YNH termina con un epílogo, breve como una cuartilla, que culmina la obra con la más pringamocera de las preguntas: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”

Nota: Yuval Noah Harari es judío, israelí, gay casado y vegano. Los temas álgidos relacionados con Israel, la religión hebrea, el homosexualismo y el veganismo son eludidos en el texto de una manera sutil. La cuestión ética de la industria cárnica sí es abordada, pero no hay argumentación por el veganismo o el vegetarianismo.

miércoles, agosto 14, 2019

En defensa de la Ilustración: reseña

Somera y provisional reseña crítica del libro En defensa de la Ilustración (Enlightment now) de Steven Pinker realizada por Jorge Senior 

Así como Fukuyama tuvo un gran impacto a comienzos de los 90 con su artículo “Fin de la historia”, luego convertido en libro, es posible que de manera similar el nuevo texto de Pinker tenga también un gran impacto. En el caso de Fukuyama los intelectuales lo despreciaron, pero muchos se dedicaron a la exégesis de Hegel (asunto secundario) en vez de rebatir la tesis del fin de la historia. Años después Fukuyama reconoció que la historia no había terminado debido al progreso tecnológico que lleva a la humanidad hacia nuevos escenarios. Cualquiera con un enfoque Big History entendería la coyuntura del derribamiento del muro de Berlín y la desconfiguración de la URSS en un marco no tan estrecho. Y en efecto el debate sobre el progreso sigue abierto, más vivo que nunca.

Comparto la tesis central de este libro que es, quizás, la mejor obra del psicólogo canadiense. Esa tesis se resume en el título en español y en el subtítulo que reza “Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso”. Esos cinco conceptos constituyen el núcleo de lo que podríamos considerar la cosmovisión del siglo XXI (no tan vanguardista como el transhumanismo).

También comparto la metodología consistente en basar el argumento en la evidencia empírica. El libro trae más de 60 gráficos que soportan la argumentación. Sin embargo, vale recalcar que los datos no son los hechos, aunque sean las proposiciones más próximas a ellos. Los datos son cuasifácticos. Por tanto, los datos pueden (y deben) ser criticados. Esa tarea vale la pena pero me resulta imposible abordarla por ahora (es más factible que otros con el tiempo y los recursos necesarios lo hagan).

Teniendo en cuenta lo dicho no criticaré ni la tesis ni los datos. Me centraré entonces en la argumentación que enlaza datos y tesis. Primero haré una descripción y luego abordaré sucintamente la crítica a algunos aspectos del alegato. O para ser más exactos: primero un énfasis descriptivo con algunos comentarios y luego un énfasis crítico.

El libro tiene tres partes. 

En la primera parte, utilizando implícitamente un enfoque Big History, Pinker actualiza la cosmovisión ilustrada, puesto que la “defensa de la Ilustración” no se refiere estrictamente a las ideas del siglo XVIII sino a sus ideales, su proyecto inacabado, para usar la expresión de Habermas (que no usa Pinker), es decir, hablamos de la Ilustración a la altura del siglo XXI. El capítulo “Entro, evo, info” es magistral. En esta parte también acota quiénes son los enemigos de la Ilustración, que son bastantes y variados, por la derecha y por la izquierda, desde los románticos hasta los adalides de la progresofobia actual. Pinker saca el balde y comienza a repartir baldazos a diestra y siniestra. Perdón por la caricatura, el autor siempre utiliza argumentos racionales, con uno que otro adjetivo que desliza por ahí, sólo que llama la atención que Pinker no se ahorró ningún blanco, debate en todos los frentes. Intelectuales, religiosos, políticos y periodistas están en la mira. 

La segunda parte ocupa la mayor parte del libro y de la argumentación. Es la defensa del progreso con base empírica, abarcando aspectos como la vida, la salud, el bienestar, la riqueza, la desigualdad, el medio ambiente, la paz, la seguridad, la democracia, los derechos, el conocimiento, la calidad de vida, la felicidad, el significado de la vida humana, las amenazas existenciales y la prospectiva. En la base de esta argumentación están los datos y sus gráficas, cubriendo diversas extensiones de tiempo y espacio (esto depende obviamente de la disponibilidad).

La tercera parte es un debate un poco más teórico sobre razón, ciencia y humanismo. Pinker defiende la democracia liberal, pero en cierta parte hay una crítica realista que matiza esa defensa. Tal aporte clave del autor es presentado al abordar el tema del pensamiento crítico y los sesgos cognitivos (importante para la educación). A lo largo del libro, pero sobre todo en esta parte, el psicólogo explica 10 tipos de sesgos cognitivos que afectan al animal humano al examinar la realidad (al final de la reseña los enuncio). Más adelante defiende a la ciencia frente al viejo Kuhn, los posmos y los “estudios sociales” de corte relativista que la toman como objeto. Y finalmente defiende el humanismo con su núcleo de ética (en parte consecuencialista, en parte deontológica) y Derechos Humanos, frente a la moral de las religiones teístas y frente a la moral nietzscheana de los nacionalismos populistas, autoritarios y neofascistas. En una entrevista Pinker se refiere a la crítica que hace Yuval Harari al humanismo y dice que el historiador israelí malentiende el humanismo (en últimas lo acusa de la falacia muñeco de paja). Vale la pena enunciar aquí los puntos del manifiesto humanista III (2003) citado por Pinker:
-El conocimiento del mundo deriva de la observación, la experimentación y el análisis racional
-Los humanos somos una parte integral de la naturaleza, el resultado de un cambio evolutivo no guiado 
-Los valores éticos derivan de la necesidad y el interés humanos contrastados con la experiencia
-La realización vital surge de la participación individual al servicio de los ideales humanos
-Los humanos somos seres sociales por naturaleza y hallamos sentido en las relaciones
-El trabajo para beneficiar a la sociedad maximiza la felicidad individual.

Para cerrar la parte descriptiva de la reseña anticipémosle al posible lector el listado de los blancos atacados por Pinker en el texto:

  • Critica frontalmente a la derecha, los republicanos (EEUU), los trumpistas, los conservadores, los fascistas, los fundamentalistas religiosos, los populistas autoritarios, los nacionalistas (el tema de Trump es el centro de la parte coyuntural del análisis)
  • Hay una crítica más leve al liberalismo libertariano, manchesteriano, esto es, el neoliberalismo que quiere minimizar el estado, el gasto social y los impuestos a los ricos.
  • Critica en forma matizada a la religión y al periodismo
  • Critica sin matices a la izquierda marxista-comunista (pero el combo del socialismo y la socialdemocracia es eludido, como veremos más adelante)
  • Critica con matices a ciertas formas de progresismo, ambientalismo, feminismo, y sectores de la academia en las humanidades, todos ellos ubicados a la izquierda 
  • Critica frontalmente a la intelectualidad anti-ilustración representada en la “segunda cultura” (se refiere al famoso “síndrome de las dos culturas” de C.P. Snow, cuya segunda cultura incluye artistas, críticos literarios, estudios culturales, sectores de las ciencias sociales y humanidades, etc), o en filosofía a los posmodernistas, deconstruccionistas, postestructuralistas, la escuela de Frankfurt (teoría crítica); también de refilón a los poscoloniales y bioéticos (a los decoloniales ni los menciona puesto que son desconocidos por fuera del barrio latino). El construccionismo social no es abordado en este libro, pero fue el tema central de La Tabula Rasa. (Nota: recalco mi tema de combate diario: para la izquierda democrática y progresista latinoamericana el principal peligro, aparte de la derecha y la izquierda ortodoxa se encuentra en tres corrientes intelectuales nefastas infiltradas: el posmodernismo que ya tiende a desaparecer, el decolonialismo (a quienes no les gusta que los llamen así sino dizque “pensamiento decolonial” que es la misma cosa) y el construccionismo social que es una forma de idealismo en ciencias sociales que lleva a exageraciones y absurdos al desconocer la biología).  Ver en este Blog las entradas sobre Los desafíos de la Izquierda.
Vamos ahora a examinar someramente algunos puntos críticos del libro. Mi propósito aquí es apenas llamar la atención sobre ellos, no desarrollar una contraargumentación, lo que exigiría mucho más tiempo. Mencionaré cuatro puntos, el último de los cuales ni siquiera es una crítica.

Primer punto: el libro es provinciano. Si bien el autor pretende hacer un análisis mundial, todo el tiempo regresa al ámbito nacional estadounidense. Eso es comprensible por razones editoriales de ventas y por razones de coyuntura política (el fenómeno Trump). Pero le baja la talla al libro a pesar de que EEUU es un país de extraordinaria importancia en el acontecer mundial y que los sucesos en esa nación a veces repercuten en todos los rincones del globo. El asunto no termina ahí. Ese provincialismo afecta gravemente el contenido histórico – filosófico del libro. Recordemos que es un libro sobre la Ilustración, un pensamiento que nació en Europa. Y no desconocemos la importancia de la revolución norteamericana de 1776. Pero el sesgo provinciano de Pinker lo lleva a desconocer casi por completo la corriente intelectual y política socialista democrática (socialdemócrata). En EEUU la izquierda es liberal. En Europa la izquierda es socialista (aunque la socialdemocracia se haya desdibujado de los 90 hacia acá). Y eso marca una gran diferencia a la hora de contar la historia de la sociedad y de las ideas. Los méritos que Pinker le atribuye al liberalismo, en buena parte corresponden al socialismo democrático (socialdemocracia europea). La síntesis de socialismo y democracia liberal que hizo esta corriente europea es lo que Pinker más valora: el estado de bienestar. El autor incluso reconoce que EEUU, a pesar de su poderío económico y tecnológico, es de los países más atrasados (entre los desarrollados) en la escala compleja del progreso que el propio Pinker elabora. Pero al reconstruir narrativamente la historia Pinker sufre un “olvido”: que el socialismo es tan moderno e ilustrado como el liberalismo. Este sesgo se puede demostrar a la Pinker, usando el análisis cuantitativo. El autor menciona 143 veces palabras que comienzan con “liberal-“ y sólo una palabra que comienza con “socialdem-“ y apenas aparecen 8 veces palabras que comienzan con “socialis-“. Al incluir otras palabras que inician con “marx-“, “comunis-“, que aparecen 17 y 29 veces o “populismo” que sale en 28 ocasiones, se hace notoria la omisión del socialismo democrático que es precisamente la principal corriente de pensamiento que plasmó en la realidad el estado de bienestar. Si el análisis cuantitativo de términos lo afinamos para discriminar el texto de la bibliografía nos encontramos que la bibliografía de Pinker también es sesgada, no sólo con respecto al socialismo sino al propio Marx y el marxismo (aunque esté pasado de moda).

El segundo punto es sólo un ejemplo de la manera como Pinker combina su análisis cuantitativo con un análisis cualitativo deficiente. Me refiero a su análisis de la igualdad y de la violencia. Al parecer para Pinker la violencia es mala per se, pero la igualdad no es buena per se. Pinker sabe, pero omite, que la violenta revolución francesa y la ilustración son uña y mugre, o que la ciencia y la tecnología recibieron un gran impulso durante las dos guerras mundiales y la guerra fría, así como contribuyeron a cambiar el valor social de mujeres y negros en EEUU. Los fenómenos humanos son complejos, llenos de matices, paradojas, efectos intrincados. Pinker sabe matizar y complejizar el análisis cuando quiere, pero parece que no siempre desea hacerlo. En unos casos sabe reconocer aspectos positivos en algo que está criticando, pero en otros casos su enfoque es plano, maniqueo, sobresimplificado. En esos ires y venires tengo la sospecha de que hay contradicciones, una sospecha que tengo que mirar con lupa en una segunda lectura. Por ejemplo, desechar una crítica por moralista pero defender una ética humanista. Tendría que demostrar que esa crítica moral no es humanista. En mi concepto la igualdad es un valor humanista ilustrado (con antecedentes desde luego) y subestimarlo no es precisamente una actitud coherente para un humanista ilustrado.

El tercer punto tiene que ver con el tinglado Pinker vs Harari. Ambos autores coinciden más o menos al aproximarse a temas como la guerra nuclear o el cambio climático, pero difieren notablemente en el tema de la disrupción tecnológica y, por supuesto, en la valoración del humanismo y el liberalismo que son fuertemente criticados por Harari en Sapiens y Homo Deus. Ya ambos autores se han lanzado dardos en los libros y en entrevistas. Esa pelea estelar está casada. Pero aparte del combate directo está la confrontación dentro de nuestras cabezas (o cuerpos para ser más exactos) o en tertulias y seminarios que nosotros hagamos por nuestra cuenta. Como lectores tenemos la oportunidad de hacerlo. Y no sólo con Harari, también con Piketty, Rifkin y otros, cuyos análisis de la riqueza y la desigualdad, o sobre los procomunes y la tendencia al costo marginal cero tienen mucho que ver con el contenido del libro de Pinker que estamos reseñando. El punto al que voy es que Pinker establece un vínculo inextricable, mejor dicho una ecuación, entre la Ilustración y el Capitalismo que los otros autores mencionados no comparten (ni yo). Dejemos esto allí sobre la mesa y retirémonos lentamente hacia el siguiente punto que no es una crítica.

El cuarto punto es que Pinker nos deja “iniciados” en varios temas muy interesantes. Ya mencioné el del pensamiento crítico. Otro es el de la diferenciación entre felicidad y significado. Y uno más es el de los límites de la prospectiva, un tema en el cual insinúa levemente que hay aspectos donde el horizonte de predicción no pasa de 5 años y otros donde existe una especie de inercia o momentum que marca cierta predictibilidad (o predecibilidad). Parte de la riqueza del libro es que trae temas colaterales que vale la pena tener muy en cuenta para ulterior exploración.

Finalmente, como lo prometido es deuda, termino esta somera e incompleta reseña con los 10 sesgos cognitivos trabajados en mayor o menor grado por el autor y que provienen de las investigaciones de Kahneman y Tversky, entre otros:
  • Heurística de la disponibilidad (lo que es fácilmente accesible a la mente se ve como probable)
  • Razonamiento motivado
  • Sesgo confirmatorio
  • Negatividad (lo negativo pesa más que lo positivo en la memoria)
  • Yo estoy bien, ellos no (refiriéndose a la situación del país)
  • Evaluación sesgada (es como la atención selectiva en la evaluación)
  • De la ilusión de la profundidad explicativa (sobrevaloramos nuestro conocimiento)
  • Razonamiento anecdótico
  • Confundir correlación con causación
  • Sesgo del sesgo

El Búho