Mostrando las entradas con la etiqueta paleogenómica. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta paleogenómica. Mostrar todas las entradas

domingo, octubre 16, 2022

Los premios Nobel 2022 y el genio que no ganó

Primera parte

Pasada la semana de los premios Nobel vale la pena echar un vistazo sobre estos reconocimientos que, dígase lo que se diga, siguen siendo los más importantes a nivel mundial.  De ahí la necesidad de esta doble columna en El Unicornio.  Hoy vamos con la primera parte, mañana con la segunda para degustar mejor el festivo. 

Sin contar el “premio Nobel de paz” que es político y lo otorga Noruega, los premios Nobel son cinco: tres en ciencias naturales (teniendo en cuenta que la medicina es una tecnología que se soporta en la biología); uno para la más matemática de las ciencias sociales, la economía; y el quinto para una de las bellas artes, la literatura.  De los de ciencia, Colombia va invicto, con cero premiados desde 1901.

Este año hubo 11 ganadores, nueve hombres y dos mujeres. Seis ganadores, o sea más de la mitad, son estadounidenses, de las principales universidades norteamericanas que no necesariamente pertenecen a la Ivy League.  Dos son de Francia, y tres de sendos países: Dinamarca, Suecia y Austria.  Británicos, alemanes y asiáticos esta vez brillaron por su ausencia, como siempre brilla el tercer mundo con el esplendor del subdesarrollo.  De los 11 ganadores, cinco nacieron en la década de los 40, otros cinco en la década de los 50 (todos varones boomers nacidos entre 1953 y 1955) y sólo una maravillosa jovenzuela que nació en los años 60.  Por otro lado, la Academia Sueca parece estarse adecuando al correccionismo político de estos tiempos, pero a diferencia de los medios amarillistas aquí no nos interesa la vida sexual de los científicos.           

A mis amigos literatos o economistas no los veo muy contentos, más bien lucen indiferentes. Quizás porque, como yo, no conocían a los premiados. Cuarenta años después de otorgárselo a un colombiano, el de Literatura lo ganó una francesa octogenaria, Annie Ernaux.  Menos conocida que algunos de sus rivales, como Salman Rushdie o Michel Houllebeck, la ganadora tiene varias obras traducidas al español, pero debo reconocer que nunca la había oído mencionar.  Ahora es que me entero que ganó el premio de la lengua francesa en 2008 y el premio Formentor 2019, así que no fue propiamente un “palo”.  El de Economía, que no lo da la Academia Sueca de Ciencias sino el Banco Central de ese país, se lo otorgaron a investigadores del sector bancario, precisamente.  Uno de ellos, el republicano Ben Bernanke, fue presidente de la Reserva Federal de EEUU (2006-2014).  Los otros dos son académicos, Douglas Diamond y Philip Dybvig.  Los trabajos que motivaron el reconocimiento son modelos matemáticos que datan de los años ochenta y se centran en el estudio de las crisis financieras.

Mis amigos químicos, en cambio, sí andan contentos por el premio a la química click, que toda la prensa ha comparado con el juego del Lego, pues ciertos módulos moleculares se enlazan como fichas de este juego de construcción.  Sobre todo están encantados con el triunfo de la joven y popular Carolyn Bertozzi, con apenas 56 años recién cumplidos y en cuya estantería ya no parecen caber más premios.  Pero fueron tres los ganadores del premio de Química, como es lo más común en los premios Nobel actuales. Sólo que este trío pertenece a tres generaciones científicas: Barry Sharpless nació a comienzos de los 40, el danés Morten Meldal en los 50 y la mencionada Bertozzi en los 60.  El más viejo, Sharpless, es repitente, pues había obtenido el Nobel de química en 2001 y es el auténtico padre de la química click, es decir, del concepto y de los primeros desarrollos. 

¿Y de qué click estamos hablando?  Se trata de una pauta operativa para hacer síntesis orgánica, que imita la naturaleza y es sumamente práctica, pues tiene un amplio rango de aplicaciones.  Meldal, por su parte, logró en Dinamarca la primera reacción específica utilizando este concepto, abriendo el camino hacia mayores aplicaciones de esta técnica.  Sin embargo, los avances obtenidos por los equipos de Sharpless y Meldal tenían el inconveniente de contener cobre, un metal tóxico para las células, impidiendo su aplicación en el campo biomédico.  Bertozzi y su equipo solucionaron de modo ingenioso ese inconveniente con la química bioortogonal, de manera que ahora se puede usar esta fecunda técnica en seres vivos, ya sea para investigación o para tratamientos clínicos.



En la segunda parte de esta columna especial veremos los premios de mayor impacto filosófico: medicina y física.  El primero cambió nuestra concepción de la naturaleza humana y el segundo transformó nuestro entendimiento de la realidad en su nivel más profundo.  Ah, y sabremos por fin quién fue “el genio que no ganó”.

 ___________


Segunda parte

En la primera parte de esta columna especial vimos los premios en literatura y economía, para luego enfocarnos en lo que fue el trabajo que mereció el Nobel de química.

Tales desarrollos de la química bio-orgánica fueron realizados a finales de los noventa y comienzos del presente siglo. Resulta curioso que estos avances tengan mayor impacto en la medicina que los logros de Svante Pääbo, el sueco ganador en solitario del Nobel de Medicina de este año.  Los suecos premiaron al sueco, pero no por rosca, como sospecharía un colombiano, pues se trata nada menos que del famoso padre de la paleogenómica, el estudio en laboratorio del ADN antiguo. Es el líder mundial en este campo. 

Pääbo lideró el proyecto que por primera vez secuenció el genoma de un fósil Neanderthal (2009), lo cual llevó a la resolución de un viejo debate sobre la relación entre Neanderthales y Sapiens, dejando en claro que sí hubo hibridación y que por tanto en los humanos actuales, especialmente en europeos, hay genes neanderthales (alelos, para ser exactos).  Como si fuera poco en 2010 anunció otra secuenciación histórica: una falange hallada en una cueva de Denisova, región de la Siberia rusa, muy cerca de Kazajistán y Mongolia, correspondería a una especie desconocida del género Homo. Y esa especie, ahora llamada los denisovianos, también se hibridó, tanto con Neanderthales como con Sapiens, y en los humanos actuales, especialmente asiáticos, hay alelos denisovianos. 

Todos estos hallazgos tienen una tremenda importancia filosófica, pues cambian radicalmente nuestro concepto de la naturaleza humana, alejándonos de todo tipo de esencialismo.  Su importancia para la medicina apenas se está explorando.  En todo caso, quienes trabajamos en filosofía y Gran Historia (Big History), estamos de plácemes con el reconocimiento a una de las personas que más ha contribuído a desentrañar la genealogía humana.  Pääbo, que es hijo de otro Nobel de Medicina, es tan merecedor del premio que hasta ha podido ganarlo antes por su trabajo sobre la evolución molecular del gen FoxP2, el llamado “gen del lenguaje”.  Nota bibliográfica: Pääbo publicó en 2014 el libro El hombre de Neanderthal, traducido en 2015 al español (Alianza Editorial).


Y ahora viene lo mejor. En 2022 hubo otro premio Nobel dotado de una importancia filosófica aún mayor, si cabe. El de Física, otorgado a un trío que al igual que Ernaux y Sharpless, nacieron en los años cuarenta: el francés Alain Aspect, el austríaco Anton Zeilinger y el gringo John Clauser, de los Clauser de Pasadena.

Todo empezó con el debate filosófico más importante del siglo XX, el cual no fue protagonizado por filósofos, sino por científicos: Albert Einstein y Niels Bohr. Un rifirrafe de alturas inusitadas que inició en el Congreso de Solvay de 1927 con la crítica de Einstein a la mecánica cuántica que él mismo contribuyó a crear, a la cual acusaba de “incompleta”.  El primer round lo ganó Bohr y el segundo en 1930 también.  Einstein ripostó en 1935 con uno de sus artículos más famosos, escrito en inglés en conjunto con Boris Podolsky y Nathan Rosen, por lo que se le conoce con la sigla de sus apellidos EPR y su contenido pasó a la historia como la “paradoja EPR”.  Lo que estaba en juego era nada menos que la naturaleza de la realidad.  Para Einstein y sus compañeros era imposible la interacción instantánea a distancia como pareciera suceder en los entrelazamientos cuánticos entre dos partículas.  “Spooky action” la llamaba el genial judío.  En el lenguaje de la física actual se le denomina “no localidad” (que sólo ocurre en ciertos fenómenos cuánticos).

Dicho burdamente, con perdón de los filósofos, Einstein defendía el realismo objetivo y determinista en el marco de un programa de búsqueda de “variables ocultas”, mientras que Bohr se alejaba de esa visión filosófica promulgando un metafísico “principio de complementariedad” y lo que finalmente se conocería como “la interpretación de Copenhague”, que tiene diversas versiones, unas más subjetivistas que otras.  El joven John von Neumann aparentemente había “demostrado” en 1932 que no podía haber tales variables ocultas.

Los físicos siguieron en lo suyo, desarrollando nuevas teorías cuánticas y descubrimientos experimentales, despreocupados de los fundamentos epistemológicos y ontológicos de lo que hacían (a excepción de David Bohm), hasta que en 1964 un pelirrojo norirlandés, John Stewart Bell, ingeniero cuántico (como le gustaba etiquetearse), logró lo que Gary Zukav describió como “el trabajo más importante en la historia de la física”….  ¡Nada menos!

En ese año Bell publicó en una revista casi desconocida un artículo titulado “Sobre la paradoja EPR”, el cual permaneció desapercibido durante años.  Allí Bell cuantificó matemáticamente las implicaciones teóricas de la paradoja EPR (la denominada “desigualdad de Bell”) y sentó así las bases para un eventual diseño experimental.  Si el experimento violaba la desigualdad de Bell, que es lo que predecía la mecánica cuántica, Einstein estaría equivocado.  Fue precisamente ese diseño el que lograron materializar John Clauser y otros científicos, en los años setenta.  Finalmente fue Alain Aspect quien en 1982 -en Francia- coronó el experimento definitivo que derrota la tesis de Einstein, al menos en el sentido de darle base empírica rigurosamente controlada a las interacciones no locales (“spooky actions”). 

La verdad es que el debate sobre la naturaleza de la realidad ha dado un giro, pero no se ha cerrado, como suele pasar en filosofía.  Mientras tanto, las aplicaciones tecnológicas del entrelazamiento cuántico se hacen cada día más importantes.  Es el caso de la computación cuántica y la invulnerable criptografía cuántica.  En ese contexto entra la teleportación cuántica que ha trabajado Zeilinger con asombrosos experimentos de orilla a orilla del Danubio (1997) o entre La Palma y Tenerife (2012).  Un sistema entrelazado sigue comportándose como una unidad independientemente de la distancia que luego separe a sus componentes.


Todo esto se lo debemos a John Stewart Bell.  ¿Por qué Bell no ganó el Nobel?  Lamentablemente murió de una hemorragia cerebral a los 62 años, poco después de darle una entrevista a Jeremy Bernstein, publicada en el libro Perfiles cuánticos (McGraw-Hill, 1991).  



Bell no ganó el premio, pero hoy hay un premio que lleva su nombre, para trabajos sobre fundamentos de la física cuántica.

Brindemos por el pelirrojo genial, el ingeniero cuántico de Belfast que no ganó el Nobel.  Que sea con cerveza irlandesa, Guinness.  O si no con Carlsberg, la cerveza danesa de Niels Bohr y Morten Meldal.


Publicado en El Unicornio

Octubre 16 de 2022

 

jueves, mayo 28, 2020

Un libro incómodo


Reseña del libro Una herencia incómoda de Nicolas Wade
Esta reseña fue publicada en la revista Advocatus en 2015

Editorial Planeta, a través de su sello Ariel, ha publicado la que posiblemente es la obra más polémica de 2015 en los países de habla hispana, como ya lo había sido en 2014 en naciones angloparlantes.  Se trata del libro Una herencia incómoda, subtitulado Genes, raza e historia humana, autoría del editor de ciencia y tecnología del New York Times, Nicholas Wade.  El título original es A troublesome inheritance: genes, race and human history.

Wade es licenciado en ciencias naturales del King’s College (Universidad de Cambridge), ha sido editor de Nature y Science. Es autor de varios libros y numerosos artículos de divulgación científica e historia contemporánea de la ciencia.

El texto de Wade es un gran ensayo de revisión en torno a la evolución humana reciente y su trasfondo histórico.  El autor empieza por reconocer un factor clave que el “Modelo Estándar de las Ciencias Sociales” usualmente olvida: que el homo Sapiens es un animal y que la historia humana se desenvuelve en el marco de la evolución biológica. Los desarrollos recientes en diversos campos de las ciencias de la vida tienen un impacto profundo en las ciencias sociales. Genética, epigenética, evo-devo, genética de poblaciones humanas,  genografía, neurociencias, entre otras, constituyen disciplinas que en conjunto convergen en un campo sumamente dinámico en la actualidad, a veces denominado “Ciencias de la Naturaleza Humana”. 

En particular, la paleogenómica y la genografía han permitido rastrear la historia de las migraciones del ser humano moderno desde el África noroccidental a Eurasia, Oceanía y las Américas en los últimos 50 mil años, desplazando y eliminando a otros homínidos como Neanderthales y Denisovianos, no sin antes tener con ellos algún grado de hibridación. La gran capacidad de desplazamiento y ocupación de territorio de esta especie llevó a una diversificación notable, pero reciente, y en términos generales de tipo arborescente, generando múltiples variedades o razas.  Hoy sabemos que la humanidad tiene un origen común no muy lejano y que compartimos los mismos genes, pero también sabemos que durante milenios poblaciones más o menos grandes se separaron parcialmente, diferenciándose por sus frecuencias alélicas, y constituyendo subgrupos que aproximadamente coinciden con las tradicionales “razas” intuitivas que de manera no científica se establecieron al entremezclarse las culturas en los últimos siglos, muchas veces de manera violenta y opresiva.  Este proceso no debe entenderse como la ramificación en bloques homogéneos diferenciados entre sí, pues las poblaciones mantienen, en los pocos milenios transcurridos, una enorme heterogeneidad interna, fundamental para la supervivencia.      

El volumen tiene 10 capítulos. Los primeros cinco capítulos sustentan la tesis de la base biológica de la raza a partir de recientes desarrollos científicos y en contravía de la posición mayoritaria de los científicos sociales (por ejemplo la famosa declaración de la Asociación Americana de Antropología en 1998 que considera a la “raza” como un constructo social sin fundamento científico y por lo demás perjudicial). La segunda mitad del libro, reconoce el autor, entra a un terreno hasta cierto punto especulativo y se plantea la cuestión de si el comportamiento social, y por tanto la naturaleza de las sociedades humanas, ha experimentado un cambio evolutivo en el pasado reciente. Wade admite que no hay suficientes pruebas sobre el asunto, pero indica que se debe a que no ha habido una investigación sistemática al respecto y que urge hacerlo.  

Dado que el tema racial es sumamente sensible, no sólo en EEUU, las críticas no se hicieron esperar. Entre ellas, destaca una carta al NYT firmada por 143 profesores de universidades estadounidenses. En la edición en español Wade responde a estas críticas en el prefacio.

Independientemente de si Wade tiene o no razón en sus afirmaciones, resulta muy pertinente su lectura en facultades de derecho, ciencias sociales, ciencias de la salud, ciencias naturales, así como es importante generar espacios de discusión sobre la diversidad humana y sus implicaciones éticas, jurídicas y culturales, pues el concepto abstracto de igualdad no se sustenta en el desconocimiento de las diferencias existentes.

Este texto, además, hace parte de una creciente tendencia a la biologización de las ciencias sociales, como se expresa en las obras de Steven Pinker, Edward Wilson, Daniel Dennet, David Stamos y otros autores. Tendencia que suscita un intenso debate epistemológico en las ciencias sociales, enfrentando las posiciones extremas de los reduccionismos culturalista y biologista, con la visión integral que reconoce tanto el carácter biológico del ser humano como las propiedades emergentes de la organización social.