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sábado, julio 09, 2022

Código ético del M19


El siguiente es un extracto de una ponencia sobre la concepción teórica del M19 elaborada por el autor de este blog.  

Este segmento se refiere a la ética de dicho actor político-militar. 

CÓDIGO ÉTICO

Los actores de violencia política insurgente desarrollan sus propios códigos éticos, usualmente llamados “ética revolucionaria”, una ética del guerrero, espartana, estoica, en la cual se valora el sacrificio, la valentía, el heroísmo, la solidaridad, la disciplina, la lealtad, la entrega a una causa, la capacidad de trabajo, como el ideal que encarnara el “hombre nuevo” de Guevara.  Pero ese contexto épico tiene su lado oscuro, pues también se tiene que elaborar al “enemigo”, acotar los límites de la acción violenta y contrarrestar el riesgo de degradación moral. 

Este es un tema tan rico que, en sí mismo, da para un trabajo específico que lo desarrolle en profundidad.  Por tanto, dentro de las limitaciones de tiempo y espacio de la ponencia, sólo se ofrece un esquema para el abordaje de su complejidad. 

(1) La ética del M19 es consecuencialista, permeada por la política y en coherencia con ella y su concepto vertebral de identidad cultural.

(2) El ideal ascético de la “ética revolucionaria”, con referentes clásicos como el “hombre nuevo” de Ernesto Guevara, está presente en el inicio del M19, pero luego se va  desmitificando al emborronarse la frontera entre militancia y no militancia. En su discurso sobre “el mito de los hombres perfectos”, al inicio de la VIII Conferencia, Bateman le da sepultura.  Sin embargo, el M19 extrae valores morales del pensamiento mágico-religioso[1], al acuñar conceptos como “la cadena de afectos”, que aún pervive, una idea de origen gnóstico.  Una comparación subjetiva entre el M19 (clandestino y en guerra) con la Alianza Democrática M-19 (legal) en los años 90, sirve para ilustrar la dimensión moral al superar el primero a la segunda en estatura moral. En contraste los códigos sancionatorios formales no son ilustrativos de la realidad ética del Movimiento. 

(3) Los límites de la acción violenta son el principal dilema moral de los actores armados con pretensiones de legitimidad.  Como los demás grupos insurgentes, el M19 debió definir límites al elaborar el concepto de “enemigo”[2], el trato a prisioneros, la política de financiación (quién paga la guerra y cuáles son los métodos de cobranza), la destrucción de infraestructura pública o privada, el ejercicio de la justicia, el manejo de los efectos colaterales, la ética ambiental.  El M19 logró definir límites más estrictos que otros actores armados.  Como resultado es posible realizar un balance de acciones moralmente cuestionables realizadas por el M19, otras realizadas pero corregidas, y aquellas jamás realizadas, para contrastarlas con otros actores.  Este análisis va ligado a la cuantificación del daño y el sufrimiento causado.  Como puede verse en el documento ¡Basta ya! Del CNMH, ese balance es favorable al M19 en comparación con otros actores guerrilleros, paramilitares, estatales[3] y de los partidos tradicionales, y explica su vigencia política en el postconflicto. 

(4) Un aspecto particular del código ético es el cambio en el lenguaje que consiste en renombrar las acciones violentas para diferenciar aquellas que son moralmente aceptables de las que no lo son, pero esta jerga especial no es exclusiva, sino compartida con otros grupos guerrilleros. 

(5) Conciencia del riesgo de degradación: El M19, en concreto su dirigencia, era consciente del riesgo de degradación de la guerra y sus actores[4].  Las consideraciones éticas hacen parte de las razones del rechazo del M19 al concepto de “Guerra Popular Prolongada” o GPP, pues la extensión en el tiempo conlleva mayor sufrimiento para el pueblo que padece la guerra y mayor degradación de los propios actores.  Esta actitud es concomitante con el voluntarismo insurreccional de que hizo gala el M19.  Las experiencias del ELN con Fabio Vásquez Castaño y del Frente Ricardo Franco con Javier Delgado en Tacueyó[5] son tomadas como “espejo”.  La autocrítica (colectiva) a excesos fue un mecanismo correctivo, como parte de la contrastación empírica.  La “guerra sucia” y la “libanización” del conflicto en Colombia, fueron motivantes para negociar la legalización y dejación de armas.

(6) El respeto a los valores populares tradicionales, tales como familia, patria y religión, fueron parte del comportamiento ético del M19 acorde a su criterio medular de identificación cultural. 

(7) Finalmente, el M19, al desmovilizarse, pidió perdón en boca de Antonio Navarro Wolff a las víctimas y a la ciudadanía en general, por los daños y sufrimientos causados, aún a pesar de que sus contrapartes no lo hicieron (FFMM, el estado colombiano, el partido conservador y el partido liberal frentenacionalista).  Los crímenes de lesa humanidad nunca fueron amnistiados o indultados.



[1] Diego Arias, Memorias de abril, 195.

[2] En tres categorías: el combatiente enemigo, el civil de la élite o enemigo sociopolítico, el traidor

[3] Grupo de Memoria Histórica, ¡Basta ya! , 31-108  (por ejemplo cuadro en p. 67)

[4] Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI, (Barcelona: Crítica, 2010), 165.

[5] Diego Arias, Memorias de abril, 73.

lunes, agosto 17, 2020

La increíble historia de Henrietta Lacks

En este anómalo agosto, Henrietta Lacks cumplió 100 años.  Como el gato de Schrödinger, ella está viva y muerta.  Una parte de ella murió en 1951.  Otra parte de ella es inmortal y pesa actualmente varias toneladas.  Su yo inmortal fue el asesino de su yo mortal.  Hela ahí: ese yo inmortal y asesino es un hito de la medicina y hoy ayuda a salvar vidas.  Su yo mortal nunca imaginó el final de esta increíble historia.  Ni el más imaginativo de los escritores pudo vislumbrar semejante destino para un simple mortal.

Todo comenzó en febrero de 1951 cuando a Loretta Pleasant, una joven de 30 años, le diagnosticaron cáncer cervical en el hospital John Hopkins en Baltimore.  Era una mujer pobre, de raza negra, con 5 hijos, el último de los cuales había nacido pocos meses antes en ese mismo hospital.  Cuando se casó con su primo David Lacks nueve años antes, tomó su apellido, pero ni siquiera sus descendientes saben cómo o por qué cambió su nombre a Henrietta. 

El médico Howard Jones decidió hacer una biopsia, tomó muestras de células del tumor para diagnosticarlo y les pasó algunas a investigadores del mismo instituto. Uno de ellos era el ginécologo Richard TeLinde, quien investigaba sobre cáncer cervical, y los otros dos eran una pareja casada, George y Margaret Gey, quienes llevaban años trabajando en cultivos celulares in vitro, intentando que células humanas perduraran largo tiempo fuera del cuerpo de origen.  En su laboratorio el matrimonio Gey creó las condiciones para la reproducción por mitosis de las células tumorosas de Henrietta, quien no tenía la menor idea del asunto, pues en aquella época el consentimiento informado no era práctica habitual, ni había un protocolo bioético que obligara a dar tal información al paciente.  Para sorpresa de los investigadores estas células resultaron dotadas de un superpoder: reproducirse indefinidamente, más allá del límite de Hayflick que marca la muerte programada por apoptosis a las celulas ordinarias del ser humano y de muchas otras especies. ¡Las agresivas células cancerosas de Henrietta eran inmortales! 

Pero Henrietta nunca lo supo.  Ella no era inmortal.  El 4 de octubre de 1951 falleció por causa de ese tumor inmortal.  Sólo 20 años después, casi de casualidad, su familia se enteró de que una parte de Henrietta, precisamente la que causó su muerte, aún vívía.  Y no sólo eso, la reproducción de esas células, llamadas HeLa por el nombre de la paciente fallecida, había escalado a niveles industriales, distribuyéndose por innumerables laboratorios de todo el mundo debido a sus propiedades especiales y su inmensa utilidad para la investigación biomédica.  Las células HeLa, por ejemplo, contribuyeron a la investigación de Jonas Salk que llevó a la exitosísima vacuna contra la poliomelitis.  Muchos descubrimientos médicos, y hasta algunos premios Nobel, se han derivado de investigaciones realizadas con esas células letales y maravillosas.  Es el caso de Elizabeth Blackburn, Carol Greider y Jack Szostak que en 2009 ganaron el Nobel por su trabajo sobre la enzima telomerasa, que repara los telómeros de los cromosomas y es clave en la juventud eterna de las células HeLa.  Se calcula que se han realizado unos 74.000 experimentos con las células descendientes de Henrietta, que algunos clasifican como no humanas, pues son mutantes con 80 cromosomas.  Aquí en Colombia también se utilizan.

Dos temáticas se abren a partir de esta historia.  Una es la deliberación bioética que se derivó de este caso y el perfeccionamiento consecuente de los protocolos.  Sin embargo, no se puede desconocer que los inmensos beneficios para la humanidad obtenidos de las investigaciones con esta línea celular inmortal, superan cualquier derecho individual de corte liberal.  El Bien común prima sobre el interés particular.  Por ello, actualmente en muchos países todos somos donantes por defecto, mientras no digamos lo contrario.  En Colombia, la ley 1805 de 2016 establece en su artículo 3 que “se presume que se es donante cuando una persona durante su vida se ha abstenido de ejercer el derecho que tiene a oponerse a que de su cuerpo se extraigan órganos, tejidos o componentes anatómicos después de su fallecirniento”.

El otro tema, de mayor importancia, es el renacimiento del milenario sueño de la especie humana de alcanzar la inmortalidad, ya no por magia sino por ciencia y tecnología.  Entiéndase por inmortalidad, en este contexto biológico, la detención del envejecimiento, no la indestructibilidad.  Durante el 80% de los 4 mil millones de años de historia de la vida la muerte por envejecimiento o muerte programada no existía.  Este “invento” reciente de la evolución es concomitante con otra novedad: la reproducción sexual de organismos pluricelulares.  Sexo y muerte son dos caras de la misma moneda evolutiva.  Sin embargo, hay especies animales que no tienen ese mecanismo llamado “muerte” en su ciclo vital, como la hydra, por ejemplo. ¿Podremos los seres humanos prescindir de la muerte senil algún día?  La respuesta parece ser afirmativa y no muy lejana.  Una posibilidad sería con células madres y epigenética para lograr la regeneración de tejidos y órganos. 

Si el siglo XX fue el siglo de la física, ahora estamos en el de la biología y la medicina se encuentra al borde de una revolución científica.

Publicado en El Unicornio en agosto 9 de 2020

@jsenior2020

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lunes, agosto 19, 2019

La libertad de expresión referente a ideas o creencias no tiene límites

Por Jorge Senior, publicado originalmente en enero 2015, poco después del atentado a Charlie Hebdo

La masacre en el hebdomadario francés Charlie Hebdo generó un rechazo unánime en los medios y redes que yo suelo recorrer, pero dividió a los supuestos “rechazadores” de la masacre en dos:

1) Los que al lado del rechazo a la masacre (y a veces dedicándole mucho más espacio y energía) repudiaron los contenidos de la revista, los tildaron de provocadores, los acusaron de “pasarse de la raya” y en ocasiones insinuaron que los dibujantes se lo buscaron (el mismo argumento que se usa contra Ingrid o el General Alzate por meterse en terrenos de las Farc, contra la chica en minifalda abusada en Andrés carne de res, contra Jaime Garzón y, en general, contra víctimas que de algún modo transgredieron un límite real o imaginario, práctico o teórico). Y no faltó el que insinuó o afirmó que “se lo merecían” en cuyo caso ya entraba en contradicción con la otra afirmación: “condeno la masacre”. En este grupo caben también los que argumentaron sobre la hipocresía de los líderes que marcharon, las culpas imperialistas y colonialistas de Occidente, los aprovechamientos de la derecha xenofóbica, la islamofobia, los defectos, incoherencias o limitaciones de las democracias occidentales, etc, como explicaciones (y atenuantes morales) de la operación militar yijadista, para ser leída como una “reacción a”. Nota: no he leído a nadie que analizara el hecho notable de que Mahmud Abás y Netanyahu marcharan juntos a pocos metros de distancia.

2) Los que rechazamos la masacre sin ambages, sin asteriscos, independientemente de si estamos de acuerdo o no con los contenidos de la revista (asunto que consideramos irrelevante o secundario), y también independientemente de los oportunismos que aprovechan la coyuntura, pues lo consideramos no sólo un atentado contra las víctimas, sino un atentado contra la libertad de expresión, un combate desigual entre lápices y balas. Y defendemos la libertad de expresión (en el grado en que existe) porque no es una graciosa dádiva de los poderosos sino una conquista (filosóficamente liberal) de innumerables luchas populares en Europa y otros continentes. Sería contradictorio, consideramos, adoptar una posición crítica frente a los grandes poderes dominantes en el globo y a la vez adoptar una posición en pro de la censura o de la limitación de la libertad de expresión. Se trataba entonces de un evento distinto a otros hechos violentos como los sucesos del 9-11 o del 11-M y su discusión también es distinta aunque hay conexiones entre tales sucesos (mezclarlas lleva a confusión). Este grupo de ciudadanos opinadores supo poner en práctica la idea de Voltaire que parafraseo así: “puedo no estar de acuerdo con lo que dices, pero defiendo tu derecho a decirlo”.

El segundo grupo acogió en términos generales la consigna o numeral “yosoycharlie”. Y el primer grupo ripostó con “yonosoycharlie”.

Esta clasificación se refiere a mis lecturas por redes y medios. Sin duda hubo otras posturas, por ejemplo de los xenófobos o islamofóbicos europeos, o los que de la boca para fuera dicen una cosa pero piensan otra, o de los indecisos (que es una “no postura”). El punto es que se generó un debate sobre la libertad de expresión y sus límites, tema de esta nota.

La libertad de expresión es un subconjunto de todas las libertades posibles y deseables. La libertad de prensa es sólo un subconjunto de la libertad de expresión, pues existen muchas y muy importantes formas de expresión ciudadana que no se dan a través de medios de comunicación como los periódicos, revistas, radio y televisión y, en general, lo que quepa bajo la etiqueta de “prensa”.

La tesis que voy a defender aquí se refiere a la libertad de expresión y no sólo a la libertad de prensa. Se refiere a la expresión en torno a las ideas o creencias y no a la información o a las personas, una distinción que es esencial clarificar al máximo.

Esta puede ser una manera de expresar mi planteamiento: LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN SOBRE IDEAS O CREENCIAS NO DEBE TENER LÍMITES EN UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA PLURALISTA MODERNA. Esta libertad de expresión se refiere, pues, a lo que Kant llamaba el “uso público de la razón” y lo que Antanas Mockus mencionaba en su pedagogía del 2010 como: “argumento va, argumento viene”. La deliberación pública es columna vertebral de la democracia (y de la ciencia también).

Complemento la tesis diciendo que aunque utilizó la palabra “debe”, es decir me refiero a un deber ser, considero que esta tesis es aplicable en la práctica a través de un proceso de construcción de ciudadanía y aprendizaje cultural, concomitante con el respectivo marco legal y estado social de derecho. Se trata además de una realidad existente con bastante aproximación en algunas sociedades actuales. No es pues un ideal imposible o un sueño utópico.

Aclaro que el uso de tres calificativos, a saber, democrática, pluralista y moderna, puede ser pleonástico, pero es mi manera redundante y robusta de enfatizar que la democracia es una construcción histórica moderna (Atenas no era democrática aunque allí nacieron algunos elementos) y que el pluralismo es una de sus características medulares especialmente relevante para el tema que nos ocupa.

Aclaro también que al hablar de “sociedad” me refiero a una comunidad a escala de país o estado–nación. La existencia de una libertad como ésta no significa “en todo momento y lugar” sino que la sociedad caracteriza diferente espacios (como sucede con otros comportamientos, con la vestimenta y otras prácticas sociales). La sociedad democrática pluralista y compleja crea diferentes espacios y situaciones, de tal modo que la crítica y el humor tengan espacios eficientes para su ejercicio sin caer en el saboteo o agudizar conflictos. Estas distribuciones de espacios pueden estar regladas en la cultura o en normativas legales, pero lo importante es que se garantice la “tribuna eficiente” para la crítica y el humor.

Una tercera aclaración se refiere a aspectos que están implícitos en la tesis. Por ejemplo, el manejo de la información debe tener límites, pues el funcionamiento social exige un compromiso con la veracidad en los medios, en el comercio (las etiquetas de los productos por ejemplo), en los gobiernos, en la educación, etc. La información es un bien público. La libertad de expresión está restringida por el derecho a la información. Pero información no es igual a ideas o creencias (no me refiero a “información” en términos técnicos de bits, sino en sentido de información periodística o social). Una crítica o una sátira a una idea o creencia no lesionan el derecho a la información, ese es el punto. Otro límite a la “expresividad” tiene que ver con las amenazas o la referencia a personas. Aquí se involucran aspectos como la seguridad personal o colectiva, la calumnia o injuria, etc. Pero esto no es asunto de críticas o sátiras impersonales, abstractas o genéricas que es lo que nos ocupa.

Y ya que hablamos de límites, diferenciemos entra la censura (que implica prohibición y penalización, que puede ser desde leve hasta letal) y la sanción social de tipo cultural que se expresa precisamente mediante contracríticas y contrasátiras (lápices contra lápices, palabras contra palabras, por así decirlo). Sanción social que muchas veces no es “políticamente correcta”, pero en todo caso no es censura oficial o legal. Así mismo hay que diferenciar entre la autocensura por miedo (a la retaliación violenta o la represión oficial legal o pseudolegal) de la “autocensura” por cortesía, delicadeza, buenas maneras, sensibilidad, etc, que más que autocensura es un criterio. En lo que se refiere a la crítica o sátira de ideas o creencias yo estoy contra la censura, no contra el (buen) criterio. Y frente al “descriteriado” considero debe aplicarse una respuesta de su propia medicina, esto es, crítica y sátira con mayor calidad y fundamento. Por la misma razón no estoy en contra del control de calidad en los espacio específicos, aunque en la sociedad en su conjunto existe el derecho hasta de decir estupideces. 

Uno de los fundamentos de la tesis son estas otras dos tesis netamente modernas:

1) Se respeta a las personas por el solo hecho de ser personas (podríamos incluso ampliar el círculo ético a una parte del reino animal pero eso queda para otro día). Esto involucra el concepto de dignidad como intrínseco a la condición humana. En el debate sobre el aborto aparece el problema de en qué momento del proceso ontogenético se le asigna al embrión o feto el atributo de dignidad humana y sujeto de derecho (antiguamente era la discusión de en qué momento se “encarnaba el alma”; hoy sabemos que no hay tal alma pero igual hay que tomar una decisión social que trace una línea frontera).

2) Las ideas o creencias no son personas. Ideas/creencias, por un lado, y personas, por el otro, pertenecen a dos “mundos” ontológicos distintos, tan distintos que ni siquiera se solapan. Las personas sienten, sufren, gozan, ríen, lloran, piensan, sueñan, aman, odian, en cambio las ideas o creencias no hacen o padecen nada de eso. No podemos golpear una idea y mucho menos hacerla sufrir. Las ideas o creencias son creaciones del cerebro humano en su natural esfuerzo de simular o recrear la realidad y se objetivan mediante el lenguaje y los acuerdos o convenciones sociales (las más de las veces se imponen o inculcan, especialmente en la etapa infantil), así como en la técnica o el arte. Para crear ideas hay que pensar, mal o bien, pero hay que pensar y mejora mucho si dialogas. Para crear personas hay que aparearse (…muchos lo hacen sin pensar y sin hablar)….. (es una broma).

De esas dos premisas se desprende que es posible irrespetar una idea sin irrespetar a una persona. Es posible que tú irrespetes mis ideas o creencias (recuerda que es una falacia usar “argumentos” ad hominem) sin que por ello me estés irrespetando a mí y sin que yo ni siquiera me sienta ofendido. Desde luego que, para que ello sea así, se necesita un aprendizaje, tanto del individuo como del entorno social. Se necesita un desprendimiento racional que involucra una actitud o disposición para la deliberación y el humor (y que en nada disminuye el entusiasmo y la sana emoción por las ideas). Se necesita un entorno social que lo favorezca. Pero aún si me sintiera ofendido, ese no es el punto pues el debate es sobre libertad de expresión. El punto es que aún en caso de que me sintiera ofendido no por ello voy a pedir censura. A las ideas o sátiras que pudieran ofenderme las contraataco con inteligencia seria o humorística, pero no con peticiones de censura. Pedir censura o censurar (prohibir, penalizar) es intolerancia. Dar el debate o replicar no es intolerancia, todo lo contrario, es deliberación, uso público de la razón, clave de la democracia.

En una red social puse el siguiente desafío: reto a cualquiera a que me insulte, irrespete o se burle de mí por un medio verbal o escrito utilizando exclusivamente como arma el irrespeto, el insulto o la burla a una idea, creencia o símbolo abstracto. 

Nadie pudo. Al parecer es imposible sin mi complicidad. Es como una especie de invulnerabilidad sin kriptonita. Pero en los comentarios se evidenció lo difícil que es separar ideas/creencias de la persona y a veces intentaron atacarme como persona (como son amigos y no sicarios no les resultó, pues el insulto y la amenaza para que funcionen deben ser creíbles). El manido argumento de “¿te gustaría que insultará a tu madre?, no aplica. Las madres son personas, no ideas o creencias.

Desde luego que, como sucede en biología, una cosa es in vitro y otra es in situ. El ejercicio es interesante pero la prueba exigente tiene que ser en contextos reales. 

¿Por qué hay tanta dificultad en separar las ideas y creencias de las personas? 

Por atavismo. En las sociedades no modernas, por ejemplo en las sociedades tribales, el fenómeno identitario entre individuo, comunidad y creencia es tal, que prácticamente se fusionan como si fueran la “santísima trinidad”. Ese fenómeno psicosocial no desaparece como por arte de magia en la modernidad pues tiene una raíz profunda que viene desde “los tiempos de la manada” y sobre vive en islas arcaicas dentro de los países y dentro de nuestro cerebro. Se asimila a lo que los ilustrados llamaban “estado de naturaleza” y que hoy se estudia desde las denominadas “ciencias de la naturaleza humana” y desde las ciencias sociales y humanas. A esto se refería el filósofo Lucien Goldmann con su concepto de “límite de conciencia posible”. Hay inercia y resistencia al cambio, como sucede en toda organización o comunidad humana.

En las sociedades modernas, producto histórico de los siete procesos que transformaron a Europa y al mundo entre 1430 y 1830, y producto del desenvolvimiento del mundo moderno desde el siglo XIX para acá, se fue produciendo otro fenómeno: el individuo ciudadano. La construcción de ciudadanía se considera clave para la existencia y mejoramiento de la democracia y se expresa como la difusión de una cultura política: la cultura democrática. 

No se trata de un proceso netamente político. Las revoluciones tecnológicas, en especial en el campo del transporte y las telecomunicaciones, rebarajan todo, revuelven a los humanos, disuelven las viejas identidades ancestrales basadas en lo biológico, lo territorial, los idiomas y las tradiciones, y generan nuevas identidades entrecruzadas, de tal modo que cada individuo tiene, no una, sino muchas identidades, y en cierto sentido cada uno es una fórmula única de cruce de identidades de toda índole. El cosmopolitismo avanza de la mano de la tecnología pues la economía y la cultura se mueven sobre los rieles tecnológicos. No hay tal aldea global salvo en el sentido trivial de empequeñecimiento de las distancias. 

Este rumbo no es producto de un superpoder conspirador, de un gran hermano, pero los grandes poderes que nuclean y lideran al capitalismo avanzado, hoy como ayer, saben adaptarse, transmutarse y aprovechar las circunstancias para la promoción de sus intereses. Lo mismo tienen que hacer las fuerzas democráticas. Se trata de ampliar y profundizar la democracia, no de retroceder a situaciones superadas apoyando la censura en lo interno o apoyando las teocracias opresivas en un asombroso internacionalismo mal entendido, como si eso fuera solidaridad con sus pueblos oprimidos. Ni Boko Haram, ni ISIS ni los talibanes ni ningún fundamentalismo atávico pueden ser considerados luchadores progresistas (sí, yo defiendo una idea no ingenua de progreso; negarle a la humanidad una visión de progreso (compleja y multidimensional) equivale a negarle la posibilidad de aprender y nos lleva a un rasero indiferencial). Pero, por el otro lado, el maniqueísmo de la tesis de “choque de civilizaciones” puede caer fácilmente en la sobresimplificación. Basta mirar la media luna protestante del centro de EEUU que es base social de los republicanos gringos para entender que ese fundamentalismo atávico aún está enquistado en Occidente (o ver lo que pasó en la URSS y Yugoslavia). Y, a su vez, en África o Asia, como en América Latina, hay valiosas semillas endógenas de democracia por incipientes que sean.

Siendo optimistas, este rumbo es la base incipiente de la ciudadanía mundial y yo le doy la bienvenida. Aunque hoy los homo sapiens, como ayer los homo erectus, seguimos jugando con fuego.

Post-scriptum: nótese que no uso términos como “terrorismo”, “sagrado”, “violencia simbólica” porque no los comparto. Sólo los utilizaría para referirme a lo que otro dice. Tampoco toqué el tema del “cuidado de sí mismo” (el famoso “principio” popular de “no dar papaya” como se dice en Colombia). Ese tema lo desarrollé cuando el caso de la mujer en minifalda en Andrés carne de res. Como víctimas potenciales todos tenemos el deber pragmático y realista de cuidarnos, pero ello no otorga derechos a los potenciales victimarios ni socava nuestro derecho a no ser agredidos.