domingo, mayo 17, 2020

La guerra viral


Estimado lector: tome nota de la dimensión de esta guerra mundial.  Enfrentados a un ejército de incontables virus nanométricos, el imaginario estado mayor de la especie humana abre cuatro frentes de guerra y despliega cientos de operaciones investigativas. Veamos:

Primer frente: Virología molecular. Objetivo: conocer al enemigo SARS-CoV-2 y encontrar sus puntos débiles.  La partícula viral no es un ser vivo, pero comparte con estos material genético, replicación, mutación y evolución. Su ciclo reproductivo incluye cuatro fases: infección, replicación, ensamblaje y escape para diseminarse por el entorno.  Cada fase es un potencial punto débil para ser atacado.  El teatro de operaciones es el laboratorio y hace falta mucha investigación básica para derrotar al minúsculo enemigo.  Mes a mes el trillonario ejército viral se va diversificando, no porque sea astuto -ya que carece de inteligencia- sino por variación y selección, como nos enseñó Darwin.

Segundo frente: Fisiopatología para el contraataque clínico.  Objetivo: mejorar las defensas de los Homo Sapiens.  En este frente subimos al nivel de tejidos, órganos y subsistemas del organismo humano.  Tratamos de entender cómo afecta el virus la salud de las personas hasta eventualmente matarlas, sin sevicia ni alevosía, pero sí a la manera implacable de la naturaleza.  Pulmones, hígado, corazón, tormentas de citoquinas, porfirina, hemoglobina, son muchos nuestros potenciales puntos vulnerables, aunque el Sapiens, como todo animal, tiene su propio sistema inmune para defenderse de invasores.  Pero nuestro sistema inmune tampoco tiene inteligencia, sino mecanismos falibles de reconocimiento químico que algunos llaman “memoria”.  Y puede equivocarse.  No deja de ser irónico que uno muera, no por acción directa del virus, sino por sobrerreacción inmunológica.  Es como si un mosquito te está picando en el brazo y le disparas con un revólver 38 y mueres desangrado.  Conocer los mecanismos fisiopatológicos de la Covid lleva su tiempo.  La presión lleva a los científicos a publicar preprints con todo tipo de resultados a medias, parciales, inconclusos.  A veces la desnudez de la ciencia puede volverse un tanto grotesca: a la luz de los reflectores, médicos desesperados y también algunos oportunistas ensayan tratamientos a ciegas, volándose los protocolos refinados por siglos de experiencia. 

Tercer frente: la epidemiología.  Objetivo: obtener información sobre el despliegue de fuerzas enemigas en las poblaciones y tratar de prever sus futuros movimientos.  En este frente tenemos una poderosa arma: la matemática.  Esa es la buena noticia.  La mala es que esa arma funciona con municiones que escasean: los datos.  Sin olvidar que en cada país son muchas las variables en juego pues este terreno pertenece a las ciencias sociales.  En este frente no se gana la guerra, su función estratégica radica en ganar tiempo, para que el segundo frente pueda dar los golpes decisivos.  Al aconsejar la estrategia del repliegue económico adrede, como hizo la URSS en la segunda guerra mundial trasladando fábricas a la retaguardia, la epidemiología expone a la sociedad un difícil dilema: economía vs salud.  No faltan los que torpemente quieren matar al mensajero.  Tal dilema es objetivo, no un invento de los epidemiólogos.  La sociedad decide o deja que los gobiernos decidan por ella.

Cuarto frente: salud pública.  Objetivo: garantizar la logística de guerra.  Se resume en camas, UCI, respiradores, hospitales, contingentes de profesionales de la salud, laboratorios, testeos, bases de datos, producción de elementos necesarios para implementar protocolos sanitarios y de bioseguridad, financiación de investigaciones, racionalización de recursos, accesibilidad a tratamiento igualitario.  Desafortunadamente este frente sufre de politización e ideologización crónica y notoria ausencia de cientificidad.  La capacidad de los sistemas públicos de salud en muchos países ha sido socavada por décadas de neoliberalismo y la privatización pone la vida humana en las manos amorales del mercado.  Si el virus pensara, diría: “en este frente gano la guerra, pues tengo muchos aliados entre los políticos”.

He ahí el panorama sanitario, que no bélico. ¿Qué puede hacer la ciudadanía?  Apoyar y aprender del primer y segundo frente, y ser un proactivo partisano comprometido en los frentes tercero y cuarto.  Hasta la victoria.

Publicado en elunicornio.co como primera parte de una columna doble el 10 de mayo de 2020 (aniversario 80 de la blitzkrieg y la llegada de Winston Churchill al cargo de Primer Ministro británico).


La obscena desnudez de la ciencia


En cuestión de cuatro meses la diva ciencia quedó en cueros, como la ausencia de Dios la trajo al mundo.  Un virus travieso y sin remilgos la exhibió in vitro, cual voluptuosa ninfa en el distrito rojo de Amsterdam.  Para muchos resulta desconcertante la obscena desnudez de la paradigmática, estereotípica y arquetípica fémina que en el imaginario popular viste siempre de bata blanca y gafas rojas, como parodiando a la Parody, pero sin acento gomelo.  Algunos, más creativos, la recuerdan en traje de exploradora, a lo Lara Croft, de aventura en aventura en el trabajo de campo, pero jamás desnuda como la petrista Amaranta Hank.

La biociencia suele ser una dama discreta y recatada, perfumada con aroma de laboratorio y maquillada en enigmáticas letras en recónditos proceedings de ISI y de Scopus. No una mujer pública, prostituída en redes, difamada en medios de desinformación, manoseada por pervertidos, y sometida a los bajos instintos de políticos ineptos.  Pero masas y gobiernos exigen preñez inmediata, embarazo corto, ecografía permanente transmitida en vivo y en directo por toda la infoesfera y parto feliz de rozagantes vacunas y tratamientos para espantar la peste vírica y que no cunda el paniqueo.

Se entiende la urgencia.  Una tasa de contagio alta sumada a una tasa de letalidad baja, pero significativa, producen un coctel viral que puede mandar a la nada absoluta a millones, quizás decenas de millones de personas.  En contraste, la gripe común, que aquí llamamos gripa, nojoda, apenas mata medio millón anual y la malaria sólo poco más de un millón de individuos de la subdesarrollada zona intertropical en ese mismo lapso.

Pero aquí interviene el abogado del diablo.  Somos tantos que, por espeluznante que parezca, la cifra más pesimista no llega siquiera al 1% de la humanidad (que serían unos 76 millones).  De hecho, cada año mueren 56 millones de personas y nacen más del doble, así que, ¿por qué tanta alharaca?  Sencillo: porque es una ruleta rusa dónde todos somos potencialmente vulnerables, una lotería macabra en la cual todos compramos boleto, seamos de la élite o de la plebe.  A diferencia del mucho más letal ébola o del VIH-Sida, la Covid-19 es una enfermedad de tan fácil transmisión que su contagio es a la larga inevitable, por lo que el confinamiento sólo sirve para ganar tiempo, evitar el colapso de los sistemas de salud y esperar que aparezca tanto vacuna como tratamiento por virtud de la gaya ciencia.

Y esto nos lleva de nuevo a madame Biociencia.  Colgada en el panóptico, sola en su candorosa desnudez, ya no medita en el amor como el rapado terruño acantilado del genial bizco de Cartagena.  Más bien corre en pelota como las chicas que hacían streaking en los estadios.  La muchedumbre esperanzada se desconcierta al observarla en trapos menores con discusiones y enredos, pues en la escuela les enseñaron una ciencia edulcorada, administrada en inconexas pastillas dogmáticas o vestida de etiqueta en impolutos libros de texto.  Nunca conocieron la ciencia real, la del debate ardiente, con sus batallas de argumentos armados de afiladas evidencias que hacen correr la sangre de hipótesis moribundas.  La crítica es la esencia de la ciencia -argumento va y argumento viene- hasta decantarse la verdad objetiva con el paso de los años, luego de miles de experimentos y pruebas.  Pero en la actual emergencia, tiempo es lo que no hay.

En el río revuelto del miedo y los afanes pescan los oportunistas y conspiranoicos.  Desde estafadores que venden dióxido de cloro, como otrora menjurjes de ganoderma o cualquier otra “droga milagrosa”, hasta premios Nobel que vociferan tonterías sin fundamento en su afán de recuperar el protagonismo que alguna vez tuvieron.  Las redes sociales resuenan con sus cámaras de eco y los medios, que jamás supieron cómo se hace periodismo científico, amplifican las mentiras, incrementando los decibeles de ruido.  Cierra ese telón y otea la siguiente entrada del blog: La guerra viral.

Publicado en elunicornio.co como primera parte de una columna doble el 10 de mayo de 2020 (aniversario 80 de la blitzkrieg y la llegada de Winston Churchill al cargo de Primer Ministro británico).

El electrón cansado o la metáfora en la divulgación científica


Una posible manera  de definir lo que significa comprender algo es: “volver familiar lo desconocido”.  Al menos, cuando eso se logra, dá la sensación de que comprendemos, aunque strictu sensu es apenas una aproximación.  Quizás por eso en el lenguaje de la divulgación científica se utiliza mucho la analogía, el simil, la comparación, la metáfora.

Un caso ejemplar es el astrofísico y cosmólogo norteamericano Lawrence Maxwell Krauss, que en su libro Atom del año 2001 (en español Historia de un átomo, Laetoli, 2005) hace un notable uso de ese recurso retórico.

En la página 77 trae un párrafo de ocho renglones que incluye las siguientes palabras, en ese orden: vida, destino, infierno, desesperados, cocción, vacaciones.  ¡Alto! Deténgase aquí y piense por un momento, ¿de qué pueda estar hablando el autor en este párrafo?
Este ejercicio lo ofrecí en varios sitios de facebook, sin mencionar el libro ni el autor, y dio lugar a una serie de respuestas que en el juego de “frío, frío, caliente, caliente” tendrían la apariencia de un témpano.  Todo el mundo helado.

El tema era el Big Bang, quién lo creyera.  Y en el párrafo había otras palabras como: protones, neutrones, partículas, átomo, oxígeno, universo, nuclear, minutos, segundos, período.  A diferencia de la primera lista, aquí podemos reconocer conceptos científicos precisos.
La “vida” a que hacía referencia es la “vida del universo” y el “destino” se refiere a la evolución del universo. El “infierno” es el propio Big Bang por su alta temperatura. La “cocción” atañe a las reacciones nucleares y las “vacaciones” a un período más calmado o menos energético que sobrevino después de los “desesperados” primeros minutos.  Se construye así una narración que combina lo familiar y cotidiano con una terminología científica para describir de un manera atractiva un proceso en curso.  Sin embargo, en este caso no hay una analogía general del fenómeno a la manera de una imagen metafórica, sino una serie de pequeñas metáforas que salpican el texto con su condimento.
Para no dejarlos con la curiosidad y que puedan apreciar la sazón literaria de Krauss, éste es el párrafo:

“Fueran protones o neutrones en sus inicios, hoy podemos identificar las 16 partículas de nuestro átomo de oxígeno con partículas concretas, sin relación entre ellas, existentes en el universo cuando éste tenía unos pocos minutos de vida y a las que sólo el destino conectó más adelante.  Dado el intenso infierno de los primeros segundos, seguidos de los desesperados minutos de cocción nuclear, de la que se salvaron algunas partículas mientras otras se perdían para siempre, el período que siguió podría parecer unas vacaciones increíblemente largas.”

Por cierto, esas “vacaciones increíblemente largas” se abordan en el siguiente capítulo, titulado Cien millones de años de soledad.  ¿Les suena?

El párrafo en mención y todo el libro está narrado como una historia de aventuras donde el protagonista es un átomo individual de oxígeno y los 16 hadrones que constituyen su núcleo.  Primo Levi, el famoso escritor judío superviviente del holocausto, hizo un ejercicio parecido con un átomo de carbono en su libro El sistema periódico publicado en 1975. 

Todo la obra se basa en una idea ontológica equivocada: suponer que las partículas, sean subatómicas o átomos, tienen identidad, algo que no es consistente con la física cuántica.  Pero podemos suponer que es una licencia literaria para desarrollar el truco mayor: hacer una exposición de tipo narrativo y no descripciones analíticas que pueden resultar aburridas o muy abstractas a muchos lectores del gran público.  Es un truco que tiene un fundamento psicológico si lo que se quiere es llegar a una vasta audiencia.

En las páginas 230 y 231 hay otro párrafo que contiene las siguientes palabras: violenta, despreocupada, valioso, acompañantes, niños, madre, esclavizados, campos de trabajo, cuerda de presos, bombean, aguijonean, parientes.  Y en el siguiente aparecen expresiones como “trabajador explotado” e “inmigrantes”.   Y otra vez, ¿de qué estará hablando?

Pues bien, los niños separados de su madre, esclavizados en campos de trabajo y moviéndose en una hilera de presos son… ¡los electrones!  Son ellos los que aguijonean a sus parientes, que no son otros que… los protones.  Y el trabajador explotado e inmigrante es… el átomo de oxígeno.  La despreocupada y violenta es una señora reacción química y el valioso es el doctor hidrógeno.  El tema, entonces, no es una historia de la antigua Roma sino la fotosíntesis.  ¿Quo vadis, oxígeno?

Cuando Krauss asegura que “la respiración es cosa de expertos” se refiere a las bacterias no a los yoguis y para mostrar el estado químico de reducción en que se encontraba la Tierra hace más de dos mil millones de años, anuncia que “el planeta entero pedía a gritos ser oxidado”.  El sistema solar se formó en un disco de acreción acumulativo que lleva a nuestro autor a sentenciar: “Los ricos se enriquecen y los pobres se empobrecen, lo mismo en los cielos que en la Tierra”.  La pluma del astrofísico se deleita contando uno de los acontecimientos más poderosos del universo, el estallido de una supernova: “la mayor parte del resto de la estrella permanece felizmente ignorante de lo que ha ocurrido; al igual que el coyote, el personaje de dibujos animados que permanece suspendido en el aire después de andar o saltar un acantilado, el resto de la estrella todavía no sabe que tiene que derrumbarse.  Y lo cierto es que nunca lo sabrá.”

El estilo de Krauss me recuerda una frase del gran bioquímico húngaro Albert Szent-Gyorgy  que cita Nick Lane en La cuestión vital: “la vida no es más que un electrón buscando dónde descansar”.  Por cierto, tal frase fue utilizada por el poeta mexicano Edgar Artaud Jarry (pseudónimo del más prosaico Edgar Altamirano) para titular uno de sus libros de poesía de la corriente infrarrealista.  ¡Vaya! He aquí a la flamante poesía copiando a la humilde ciencia.  Por eso les digo a mis amigos poetas: ¡que no te cojan con el electrón cansado!

Concluyo señalando que la divulgación científica o popularización de la ciencia es un puente con un pilar en la vida cotidiana y su lengua coloquial y el otro pie en el terreno riguroso de la ciencia.  Constituye, sin duda, un legítimo “juego de lenguaje” en el sentido del filósofo e ingeniero austríaco Ludwig Wittgenstein y un exquisito género literario que los ministerios y burócratas de la cultura desconocen por completo.

No puedo despedir esta columna sin agradecer a mi amigo Hugo González que un día, antes de abandonar para siempre al espacio-tiempo, la materia y la energía, compró el libro de Lawrence Krauss en una librería de Barranquilla sin imaginar que yo habría de heredarlo para viajar al espacio en una cuarentena e hilvanar una columna en el año de la peste.

Publicado el 5 de mayo de 2020 en elunicornio.co 


domingo, mayo 10, 2020

¿De qué está hecho el mundo?




Ver esta entrada comentada en video aquí.

La gran pregunta ontológica sobre los constituyentes últimos o fundamentales de la realidad ha tenido diversas respuestas a lo largo de los siglos.  Algunas han sido descartadas por completo, como aquellas producidas por el desconcierto del pensamiento cuando se piensa a sí mismo y que dio lugar a respuestas fantasiosas como espíritu, alma, ideas, dioses, fantasmas y toda una fauna de seres mitológicos.  También quedaron enterradas aquellas ideas antiguas sobre los elementos agua, aire, tierra, fuego, extendidas por Eurasia y que se prolongaron hasta el Renacimiento.

En los albores de la modernidad, la ignorancia fue descubierta, por así decirlo, y se entendió que para saber de qué está hecho el mundo, o para saber cualquier otra cosa, había que investigar, que es una combinación de experimentación, observación y teorización.  Desde la Ilustración la respuesta materialista se impuso en la ciencia, en contraste total con la cultura popular y el sistema educativo que la reproduce (en vez de cumplir su misión original de generar cultura científica).  Se trata de un doloroso fracaso del sistema educativo con consecuencias negativas para la democracia, que se limita a ser doxástica y se abandona el anhelo ilustrado por una democracia epistémica.

Pero olvidémonos por un momento de la cultura popular y del sistema educativo y hagamos un paseo por la cultura científica bicentenaria.  Desde el siglo XIX múltiples respuestas han circulado en el mundo científico.  Algunas han tenido su cuarto de hora y luego han desaparecido o al menos quedaron relevadas por otras más fundamentales.  

Respondamos, pues, la pregunta ¿de qué está hecho el mundo?

1.       Átomos
2.       Elementos químicos
3.       Materia
4.       Materia en movimiento
5.       Materia, gravedad y electromagnetismo
6.       92 elementos químicos
7.       118 elementos químicos
8.       Protones, electrones y neutrones
9.       Partículas elementales
10.   Materia, energía, espacio y tiempo
11.   Materia, energía, espacio-tiempo
12.   Materia-energía y espacio-tiempo
13.   Energía
14.   Interacciones fundamentales
15.   Gravedad, electromagnetismo, nuclear fuerte y nuclear débil
16.   Gravedad, nuclear fuerte y electrodébil
17.   Campos
18.   37 campos cuánticos y un campo clásico
19.   Energía oscura, materia oscura y materia bariónica
20.   Energía oscura, materia oscura + la respuesta 15 o 16 o 18.

De acuerdo a tus conocimientos, si tuvieras que escoger una sola, ¿cuál escogerías?

De acuerdo a tus conocimientos, ¿dónde trazarías una línea de obsolescencia? (o en otras palabras, ¿cuáles números considerarías que son respuestas obsoletas?)

sábado, mayo 02, 2020

Gaitán, hito y mito. Vida, pensamiento y obra.

Conferencia en vivo realizada en Zoom, el 9 de abril de 2020.

Vida, pensamiento y obra de Jorge Eliécer Gaitán

Enlace

Videocharla 1980, el año en que todo cambió

Videocharla

Conferencia en cuarentena sobre historia del siglo XX, geopolítica, tecnología, guerra fría

1980, el año en que todo cambió


Si quieres entender el 2020 debes conocer 1980, el año que partió en dos la historia de la civilización global que surgió a partir de la posguerra.  Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.  Y ahora, con unos añitos más y unas cuantas canas (muy pocas, la verdad), podemos ver lo que en su momento no vimos. 

En 1980 todo era euforia.  Aún resonaban los ecos de la victoria vietnamita contra el ejército más poderoso del mundo.  La revolución sandinista, cuya fulgurante ofensiva final escuchamos en directo por radio de onda corta, acababa de triunfar.  Con el liderazgo de Omar Torrijos, Panamá recuperaba la soberanía sobre la zona del canal.  La revolución salvadoreña se veía inminente con el FMLN a la cabeza.  En Colombia, el M19 se había tomado la embajada de la República Dominicana y un hervidero de pañuelos blancos lo saludaba en su salida triunfal, el movimiento estudiantil, liderado por la FEUV, ascendía vertiginosamente en su movilización contra la reforma universitaria, los movimientos cívicos explotaban en paros, barricadas y tomas por doquier, y el sindicalismo parecía avanzar, por fin, hacia la ansiada unidad.  El fervor por los derechos humanos se elevaba en oleadas al mismo tiempo que se agudizaba la represión, la tortura y las desapariciones en un régimen militarista enmarcado en el estado de sitio permanente y el estatuto de seguridad. 

Todo parecía posible y el sueño de una patria digna, justa, libre y democrática sembraba de maestra vida a una juventud que escuchaba a Pablo pueblo, hijo del grito y la calle.  Una juventud que no quería escoger entra la navaja y el plástico y que gozaba como pagano el sonido bestial que estremecía La Casita de Paja, La Cien o Tintindeo.

Entre brumas recordamos el dulce aroma de la llanta quemada que perfumaba la atmósfera de los ochenta, pero el signo de los tiempos señalaba contravía.  Un par de años antes, Albino Luciani, recién nombrado soberano de un diminuto país denominado Vaticano, murió súbitamente, algunos dicen que fue asesinado, y en su reemplazo el cónclave designa al polaco Karol Wojtyla, con la misión, más geopolítica que divina, de romper el eslabón débil de la cadena soviética en la Europa Oriental.  Un año después llega al 10 de Downing Street Margaret Tatcher y en el siguiente es elegido el actor Ronald Reagan en EEUU.  Se configura así un poderoso triunvirato de ultraderecha en el Atlántico Norte, mientras en el otro polo de la guerra fría el asunto se calienta con la invasión de Afganistán por la URSS y la masificación del sindicato Solidarnosc en Polonia.  En otra esquina, Deng Xiaoping consolida su poder en la China milenaria e inicia una sorprendente reconversión radical del sistema económico que tendrá un impacto decisivo en el siglo XXI. 

Del puente para allá está Brézhnev, del puente para acá está Ronald Tatcher, alias Margaret Reagan, y en el medio de los dos, pasan Francois Miterrand y Felipe González, con rumbo al estado de bienestar… en teoría.  Queda servido pues el tinglado geopolítico de la recta final de la guerra fría.  La madre de todas las batallas está por empezar.

Pero la dinámica geopolítica, es como un iceberg en un mar tormentoso.  La mayor parte de su masa está bajo la superficie de las olas, aunque nunca a la manera ingenua como suelen elucubrar gratuitamente los conspiranoicos al practicar su deporte favorito.  En esos años agitados pasaban muchas cosas que nosotros, los de entonces, no alcanzábamos a entrever.  Por ejemplo, en el mundo de las ideas, que nada tiene de platónico, poderosas corrientes submarinas arrastraban al iceberg hacia destinos inimaginables.  Ahora, con 40 años de distancia, podemos desentrañar esos procesos subyacentes y para ello enfocaremos dos niveles de análisis.    

Primero, el nivel de la realidad objetiva o de primer orden. 

En los últimos siglos la tecnociencia se ha convertido cada vez más en el factor determinante de la evolución de la sociedad humana, pues como decía Francis Bacon,”el conocimiento es poder”.  El control de la realidad objetiva se define en el silencio de los laboratorios y en el diálogo crítico de los científicos.  Los poderes mundanos astutos procuran por tanto instrumentalizar a la ciencia mientras los sectores sociales y políticos más confusos caen en la estupidez de darle la espalda, brindando en bandeja de plata el factor decisivo a sus oponentes. 

Para 1980 la “era atómica” y la “era espacial” ya estaban siendo opacadas por la “era digital”, que potenciaba el despegue de la tercera revolución industrial.  Un nuevo tipo de capitalismo postindustrial se forjaba alimentado por la revolución digital: internet, telemática, robótica, inteligencia artificial.  El manejo de los bits definía el futuro.  La batalla era entre de seres de carbono, pero las armas eran de silicio.  Y la victoria fue para Silicon Valley y sus equivalentes en Europa Occidental y en un nuevo territorio que irrumpe como potencia económica: el Este Asiático.  (Nota: poco se ha analizado sobre el impacto de la revolución digital en el derrumbe del bloque soviético o en la derrota parcial de las FARC en Colombia).

En segundo término  está el nivel de la realidad intersubjetiva o de segundo orden. 

Como todos sabemos las guerras también se libran en el terreno de las ideologías.  O de las creencias, culturas, imaginarios, ficciones en suma.  En las facultades de economía de los años 70 ya se hablaba del “monetarismo”, de la “escuela de Chicago” y en 1976  Milton Friedman ganó el Nobel.  Bajo la tiranía de Pinochet, Chile había sido su laboratorio experimental.  Como narra el sociólogo mexicano Fernando Escalante Gonzalbo en su libro Historia mínima del neoliberalismo, esta corriente de pensamiento que surgió en los años 30, aprovecha ciertas debilidades del estado de bienestar surgido en la posguerra europea y se ve potenciado por los gobiernos de Tatcher y Reagan, para luego, tras la caída del Muro y la consolidación del consenso de Washington en los 90, convertirse en el pensamiento hegemónico de la globalización.  Su fundamentalismo de mercado pasa de ser una teoría económica, considerada pseudociencia por filósofos como Mario Bunge, a expandirse como una ideología todo terreno.

Esta ficción llamada neoliberalismo ni siquiera pudo ser enterrada por la crisis económica de 2008, al parecer según dicen algunos gurúes de la opinión, porque no existen alternativas.  Y es posible que tengan algo de razón, a pesar de que ya hay propuestas alternativas fuertes como las de Piketty que mencioné en la pasada columna.  Y es precisamente el trabajo de Piketty y otros economistas de la misma línea los que muestran con cifras cómo 1980 marca un punto de inflexión en la distribución del ingreso y de la riqueza, un viraje en dirección a la concentración y la desigualdad en significativa correlación con el predominio de la conservadora ideología neoliberal.

La carencia de alternativas al neoliberalismo está asociada a la orfandad de teoría en que cayó buena parte de la izquierda global a partir de la crisis y decadencia del marxismo a finales de los años 70, un vacío que permitió el auge de una serie de formas oscurantistas de pensamiento, como el posmodernismo a nivel intelectual y el pensamiento mágico a nivel popular. 

Uno de esos casos, que merece más estudio, fue la invasión evangélica a la otrora católica América Latina agenciada desde el sur de Estados Unidos con fines de lucro y de dominación política alineada con el partido republicano.  Por ejemplo, vimos como desde los años ochenta el magisterio sindicalizado pasó de tener una formación materialista dialéctica a ser dominado por un adoctrinamiento evangélico premoderno, con todo lo negativo que eso implica en la formación de las nuevas generaciones.  En el propio campo religioso, los hechos muestran que en el continente la teología de la liberación languideció y las sectas evangélicas proliferaron. 

En los movimientos de izquierda observamos cómo la confusión y dispersión ideológica llevó a refugiarse en microcosmos identitarios y miradas introvertidas, sobrevalorando la mera resistencia defensiva de supervivencia, fragmentando y debilitando al movimiento popular.  Por eso ya no hay continentes de izquierda, sino archipiélagos, movimientos constituídos por amalgamas de minorías.  En muchos de estos sectores es notoria la renuncia a un horizonte progresista humanista universal.  No es de extrañar que los encuentros del Foro Social Mundial sean como una torre de Babel y su consigna central se limite a la tesis vacía “Otro mundo es posible”.  Ante lo cual toca preguntar: “Sí, pero ¿cuál?”. 

En resumen, 1980 es la bisagra de cinco cambios históricos de impacto global:

-La democracia liberal gana la guerra fría al modelo soviético de socialismo de estado.

-El estado de bienestar, exitoso proyecto socialdemócrata de posguerra, es desmantelado por el
neoliberalismo que se impone como ideología hegemónica.

-La revolución digital es el eje de la tercera revolución industrial y genera un nuevo tipo de
capitalismo postindustrial, la sociedad de la información y el conocimiento.

-El Este Asiático irrumpe como nueva potencia económica mundial.

-La orfandad de teoría se apodera de las izquierdas y diferentes formas de oscurantismo se infiltran en los movimientos sociales y políticos alternativos.      


Piketty versus Pinker


Al hacer mi lista de los libros más importantes de la segunda década del siglo XXI en el género de no-ficción, me encuentro con la entretenida tarea de desempatar el primer lugar entre El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty y En defensa de la Ilustración de Steven Pinker.  Ambos textos abordan la macrohistoria secular de la Modernidad, con diagnóstico y propuestas de soluciones basadas en datos, todo ello producto de investigaciones sociales a gran escala.  Éste es un signo esperanzador, pues muestra que la crisis de las ciencias sociales tiene salida.

Un lector acucioso de este par de obras maestras y fiel a El Unicornio, notará que las dos lecciones que nos deja la pandemia, tema de mi pasada columna, corresponden precisamente a sendas tesis muy cercanas a estos autores: la defensa del estado social por Piketty y la defensa de la racionalidad por Pinker.  Tuvo que venir una pandemia para recordarnos que tales ideas complementarias no son elucubraciones de intelectuales sino exigencias políticas de la realidad imperante. 

Si usted, amable lector, no ha leído los dos volúmenes, tal vez querrá atender mi recomendación, pero sepa de antemano que le esperan 1400 páginas…¡y eso que ambos son “resúmenes” de un acopio de información mucho mayor!  Y es que ambos escritores cuentan con la facilidad de tener equipos que los respaldan en la cosecha de datos y no escatiman extensión en los procesos argumentativos que los llevan desde las evidencias hasta las tesis que pretenden defender.  Pero si usted quiere ahorrarse tamaña maratón, puede leer Piketty esencial, el breve texto del sueco Jesper Roine  y mi reseña del libro de Pinker aquí.

El capital en el siglo XXI es un verdadero tratado sobre la desigualdad con base empírica (usa datos de 27 países).  El economista francés muestra la dinámica de la relación capital/ingreso a lo largo de siglos y cómo ha evolucionado la distribución del ingreso y de la riqueza durante el siglo XX y la primera década del presente.  Luego detalla cómo ha aumentado la concentración de ingreso y de riqueza en los últimos 40 años, esto es, en la era neoliberal, con diferencias entre el modelo anglosajón y el europeo continental, que reflejan la contradicción entre estado de bienestar y fundamentalismo de mercado. Pero lo más importante es que a largo plazo la dinámica de la desigualdad obedece fundamentalmente a un mecanismo intrínseco del capitalismo mediante el cual el rendimiento del capital es superior a la tasa de crecimiento, sin desconocer que también incide, a favor o en contra, la dimensión política, lo cual explica las fluctuaciones históricas.  Ahora bien, también hay mecanismos que favorecen la igualdad.  Los dos principales son la difusión del conocimiento y la inversión en educación, los cuales permiten eventualmente la convergencia de la racionalidad económica y la racionalidad democrática.

En defensa de la Ilustración es un verdadero tratado sobre el pensamiento crítico racional con base empírica.  El psicólogo canadiense defiende la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso contra el ataque incesante que en las últimas décadas han desatado múltiples formas de irracionalismo y oscurantismo en todos los ámbitos: la política, la economía, la academia, la escuela, la medicina, el periodismo, la cultura, la religión, las redes sociales.  Pero el talante excesivamente optimista de Pinker le juega una mala pasada en el capítulo 9 donde aborda el tema de la desigualdad.  Precisamente en la página 135 cita a Piketty: “La mitad más pobre de la población mundial es tan pobre en la actualidad como lo era en el pasado, con apenas el 5% de la riqueza total en 2010, al igual que en 1910”.  Y luego lo despacha con el peregrino argumento de que “la riqueza total actual es infinitamente mayor que en 1910, por lo que si la mitad más pobre posee la misma proporción, es mucho más rica, no ‘igual de pobre’”.  Parece que ni la desproporción entre 50% y 5%, ni el concepto de injusticia, le dicen nada al autor.  Y lo de “infinitamente” es un mero recurso retórico, no un dato.  Pinker coquetea con la llamada “teoría del goteo” y la utopía neoliberal del crecimiento ilimitado de la torta.  Parodiando el argumento diríamos: “no importa que recibas migajas, pues gracias a los que reciben la mayor parte de la torta ésta es cada vez más grande, y así mismo, aunque no en la misma proporción, crecen tus migajas”.  Adicionalmente, Pinker, aunque alardea de conciencia ambiental, no parece concebir los límites de la capacidad de carga del sistema Tierra. Intuyo un sesgo ético/axiológico en el psicólogo cognitivo experto en sesgos.

En este debate clave sobre la desigualdad le doy la razón, tan preciada por Pinker, a Piketty.  Y también a Harari que vislumbra otros peligros en el presente siglo, por la disrupción tecnológica que puede generar la convergencia de las tecnologías BIO e INFO, la biología sintética y la Inteligencia Artificial.  Una distopía en la cual la segregación tradicional de ricos y pobres se transformaría y amplificaría en la segmentación de castas tecnobiológicas.  Lo que era ciencia ficción en la película GATTACA, con la bella Uma Thurman, ahora se encuentra en el horizonte de las posibilidades, como lo reconoce el filósofo Jurgen Habermas en El futuro de la naturaleza humana.

Sin ir tan lejos, la desigualdad está impresa en el trágico drama del diario de vivir para millones de personas que aún sobreviven en medio de la miseria absoluta, como lo vemos en campos y ciudades colombianas.  En sintonía con Piketty, aquí también, en nuestro país, la buena ciencia económica ha estudiado la Dinámica de las desigualdades en Colombia, título del libro de Luis Jorge Garay y Jorge Espitia.  Recomendado.

De vuelta al tinglado levanto la mano del economista francés en su duelo con el canadiense por ocupar el primer lugar en mi top ten personal de los libros de la década, pasatiempo de cuarentena más divertido que los viernes de siluetas.  Y como corresponde a tiempos de redes y pandemia, lo ratifico al comparar los trinos poco relevantes de Steven Pinker frente a la emergencia mundial, con los pronunciamientos certeros de Thomas Piketty, como el que sustenta en su columna del 14 de abril en Le Monde: “Para evitar la hecatombe, lo que se requiere es un estado social, no un estado prisión.  La reacción correcta a la crisis debería ser reanudar el ascenso del estado social en el Norte y especialmente acelerar su desarrollo en el Sur”.

Y ya puestos, ¿le gustaría conocer mi listado de libros de la década?  Dele click.

Publicado originalmente en El Unicornio el 17 de abril de 2020 (elunicornio.co)

Las dos lecciones de la pandemia


En la anterior columna sostuve que la presente coyuntura 2020 es de aprendizaje forzoso, para que a la especie humana no le pase en los próximos 20 años como a la rana hervida en la olla del calentamiento global.  La pregunta entonces es: ¿qué podemos aprender los Homo Sapiens de esta emergencia?  No se trata de hacer un ejercicio descriptivo de adivinación futurista, sino un raciocinio prescriptivo sobre el qué hacer frente a los desafíos del siglo XXI. 

Procedo entonces a extraer lecciones que, sin embargo, no surgen del momento, sino del análisis de las cuatro décadas pasadas y que la actual emergencia permite liberar de la torre de marfil intelectual para ser arrojadas a la cara de todo individuo que se tome al menos unos momentos para reflexionar sobre lo que está pasando.  Este análisis parte de dos contradicciones, que casualmente tienen en 1980 el punto de inflexión.  En efecto, el año de 1980 y sus alrededores es el parte-aguas que divide en dos el devenir del capitalismo en la posguerra.

Las dos contradicciones son: (1) neoliberalismo vs estado de bienestar y (2) oscurantismos vs ciencia.

El neoliberalismo, con el fundamentalismo de mercado cómo médula, surge en los años 30 en tanto idea, pero adquiere relevancia con la escuela de Chicago en los 70 y empieza a predominar con el advenimiento de Reagan y Thatcher al poder ejecutivo a ambos lados del charco.  Por su parte, el estado de bienestar es un producto europeo de la guerra fría con base keynesiana, socialdemócrata, que intenta conjugar los valores ilustrados de igualdad y libertad, motorizado por el miedo al modelo soviético de socialismo. Miedo que desaparece al derrumbarse el Pacto de Varsovia y permite al neoliberalismo imponer el consenso de Washington, expandirse como ideología de la globalización, volverse sentido común más allá de la esfera económica y ser asimilado como modo de vida.  Entretanto la socialdemocracia se diluye a medida que el estado de bienestar va siendo desmontado a pedazos.  El neoliberalismo alcanza tal hegemonía cultural que ni siquiera la crisis de 2008 le hizo mella, dado que no había alternativa, salvo el extraño modelo asiático de capitalismo emergente tardío que, por cierto, sirvió para jalonar la economía mundial y ocultar las fallas del modelo neoliberal.

En Colombia, la Constitución de 1991 refleja en su carácter bicéfalo esta contradicción que analizamos, al imbricar en precario equilibrio la tendencia privatizadora y mercantil con el garantista estado social de derecho.  En 30 años hemos visto cómo el componente neoliberal ha socavado el estado social de derecho dejándolo en los huesos.

Ahora la emergencia sanitaria de la pandemia pone en evidencia la ineptitud del mercado para gestionar la crisis y velar por el Bien común, incapaz de interpretar los intereses de la humanidad como conjunto. Como en la caricatura, el náufrago en el agua no encuentra la mano invisible de Adam Smith que lo salve de ahogarse.  Se plantea entonces el retorno del Estado en todo el mundo.  El imperativo de la salud como derecho deja de ser letra muerta y resucita en medio de la angustia, el miedo y la vulnerabilidad biológica: ¡¿cómo pudimos desmantelar el sistema público de salud?!  La renta básica universal deja de ser utópica y en cuestión de días se hacen ensayos pilotos en su dirección (aunque en Colombia bajo la forma perversa del know how asistencialista de la clase politiquera: repartiendo mercaditos con sobrecostos).  La investigación científica, en muchos países marginada, de repente es urgida como salvadora y guía.

Es el momento de la defensa de lo público en los sectores estratégicos de la sociedad.  Corrupción y privatización son dos caras de la misma moneda. La corrupción del sector público no sólo produce ganancias inmediatas ilegales sino que fomenta luego la privatización y sus ganancias legales concomitantes.  La combinación perfecta…. ¡para ellos!  Y ya no es cierto que no haya alternativa al “sentido común” neoliberal.  El estado de bienestar ha sido el mejor modelo de sociedad moderna que ha existido y puede ser actualizado, por ejemplo, siguiendo la línea de investigación que Thomas Piketty y su equipo han liderado en la última década.  Y que quede claro que no proponemos un modelo estatista sino una economía mixta racionalmente regulada.  Pero lo más importante es que este modelo nos permitiría enfrentar en mejores condiciones el mayor desafío de todos: el cambio climático.   

La otra contradicción viene desde el siglo de las luces cuando el enciclopedismo visumbró al ciudadano ilustrado como el pilar de la democracia.  Pero el sistema educativo no cumplió con esta promesa de la modernidad al dedicarse a embutir en los jóvenes información fragmentada inconexa y perder de vista el objetivo de formar en pensamiento crítico racional y cosmovisión científica.  Olvidamos que la ciencia, como decía Carl Sagan, no es una montonera de conocimientos sino una forma de ver y entender el mundo.  Esta falla grave en el marco del progreso moderno es confrontada por Steven Pinker en su recomendado libro En defensa de la Ilustración (2018). 

La consecuencia es que no habrá ciudadanías libres si no hay masa crítica de ciudadanos ilustrados.  Para la democracia esto ha sido extremadamente perjudicial, pues ha prohijado el auge de los populismos y clientelismos.  En términos filosóficos se dice que la democracia epistémica fue opacada por la democracia doxástica.

La forma tradicional de oscurantismo anti-ciencia ha sido el pensamiento mágico religioso.  Lejos de desaparecer, ha pervivido en los sectores conservadores de la sociedad.  En EEUU la base social republicana de protestantes fundamentalistas tiene tal peso político que pone presidentes. Y en tiempos de pandemia podemos ver lo que eso implica: la ineptitud total del gobierno federal y las escandalosas cifras ascendentes de la Covid en ese país.  En América Latina ni siquiera se limita a los sectores conservadores, como el caso patético de Bolsonaro, sino que ha permeado hasta los sectores de izquierda, supuestamente progresistas. 

Pero el fenómeno que más ha impactado a las izquierdas con epicentro en Europa fue el movimiento intelectual posmodernista que surgió a finales de los 70 para llenar el vacío dejado por el marxismo, y desde entonces ha hecho estragos en las ciencias sociales y en el pensamiento “progre”.  En verdad, el “posmodernismo” debería denominarse “antimodernismo”.  También el pensamiento liberal se vió influido por esa moda lo que derivó en la ideología de la “corrección política” basada en el construccionismo social y cultural que desconoce la base biológica del animal humano, que hoy nos abofetea con la pandemia. Afectó sobre todo a feminismos y movimientos étnicos.  En América Latina hay otra corriente oscurantista, poco conocida, pero con alguna influencia en países de fuerte presencia indígena.  Me refiero al llamado “pensamiento decolonial” que practicamente declara una guerra cultural contra Occidente.  Hay un tufo “decolonial” en el gobierno de AMLO, cuya ministra de ciencia ha sido fuertemente cuestionada por la comunidad científica (igual ha pasado en Colombia en un gobierno de derecha como mostré en mis columnas de enero). La gestión de López Obrador frente a la epidemia ocasionada por el virus SARS-CoV-2 pondrá a prueba su actitud y aptitud ante la ciencia.

A todo lo anterior hay que sumar las pseudociencias y las pseudoteorías conspiranoicas que, a diferencia de los anteriores cuatro oscurantismos, no se han acallado en la coyuntura de  la pandemia, generando confusión y desinformación en las redes sociales gracias al analfabetismo científico de las multitudes, lo cual se traduce en muerte y sufrimiento cuando no se siguen las medidas de contención y mitigación necesarias para enfrentar la epidemia en cada nación.  Mi punto es que la emergencia del 2020 de origen biológico, pero expandida por la autopista expedita del transporte áereo de pasajeros que la globalización exacerbó en las últimas décadas, ha recuperado para la ciencia el lugar que le corresponde como faro iluminante de la sociedad.  Hoy dependemos angustiosamente de la investigación en virología, fisiopatología y epidemiología de este novel coronavirus que ya se diversifica en variantes más o menos patógenas.  Y esperamos que vacuna y tratamientos eficaces logren que la cifra de fallecidos no llegue ni al 1% de la influenza de hace un siglo.

Si la debilidad en infraestructura  y talento humano en ciencias de  la salud sumadas al analfabetismo científico de las mayorías ponen en aprietos a las sociedades del siglo XXI frente a un simple virus, imagínense esta incapacidad enfrentada a un reto inmensamente más grande y menos visible, como es el caso del cambio climático antropogénico.

En resumen, estado de bienestar + ciencia no es una fórmula simplona ni la panacea, pero sí constituye el punto de partida, la base firme desde la cual la humanidad pueda salir adelante frente al peligro que representa ella misma cuando está sometida a las fuerzas ciegas del mercado alimentadas por la codicia y al oscurantismo masificado por la alienación, el miedo y la ignorancia. 

Publicado originalmente en El Unicornio el 12 de abril de 2020  (elunicornio.co)
Próxima columna: Piketty vs Pinker

La parábola de la rana hervida


Dice la fábula que si echas una rana en agua muy caliente inmediatamente saltará fuera del agua, pero si la introduces en agua al clima y comienzas a calentarla lentamente la rana no notará el cambio y se cocinará viva.  Agradezco al lector acucioso que no haga el experimento a ver si es verdad. La moraleja es obvia: hay peligros que pasan por debajo de nuestro umbral de percepción y cuando nos damos cuenta ya es demasiado tarde.

Es lo que pasó con la pandemia en curso en varios países y viene sucediendo con el calentamiento global.

El novel coronavirus SARS-CoV-2, agente patógeno causante de la enfermedad Covid-19, ha generado una emergencia mundial al convertirse en pandemia, aunque no necesariamente se ha convertido en epidemia en todos los países.  Para la ciencia, la OMS o los que trabajan en epidemiología, no es una sorpresa tal tipo de situación para la cual existen protocolos preestablecidos que, sin embargo, siempre enfrentan resistencia por su impacto económico.  Un artículo de 2005 (Wendong Li et al), por ejemplo, trata de los murciélagos como reservorios naturales de coronavirus del tipo productor de SARS (Síndrome Respiratorio Agudo) y alertaba sobre su peligrosidad. Otro artículo de 2007 (Vincent C. et al) enfatiza el carácter emergente y reemergente de las infecciones por coronavirus.  Y como esos hay otros resultados publicados de investigaciones sobre zoonosis, enfermedades infecciosas y emergentes provenientes de animales no humanos y que pasan de una especie a otra, como es natural en la biosfera desde antes de la explosión cámbrica.  Seguramente la mayoría de los lectores de esta columna han visto la charla TED de 2015 ofrecida por Bill Gates, a quien pintan como un genio, cuando en realidad al vaticinar un peligro como el que ahora vivimos decía algo de sentido común, sabido por la ciencia, pero despreciado por sectores políticos que subvaloran el conocimiento científico.

No pertenezco al clan de autores, columnistas, periodistas, académicos, analistas y opinadores que ven “crisis” en todo lado y en todo momento.  Creo que la palabra “crisis” hay que reservarla para verdaderas situaciones críticas que se dan cuando un sistema ya no puede seguir funcionando normalmente o como en el caso técnico de las crisis económicas cuando se puede medir en indicadores la magnitud de un retroceso.  Con una sonrisa sarcástica hago eco al trino de Andrés Mejía: “esta debe ser como la decimonovena crisis definitiva del capitalismo desde 1850”. Por otra parte, tampoco sigo la senda de los optimistas inveterados como Steven Pinker, Hans Rosling o los transhumanistas, quienes parecen abanderar la consigna, atribuída a Carlos Marx, según la cual “la humanidad sólo se plantea los problemas que puede resolver”. 

Ahora estamos ante una crisis de salud y economía que es mucho menor a varias sufridas en la primera mitad del siglo XX en el breve lapso de 30 años: 1914-1918 guerra mundial imperialista; pandemia de influenza en 1918-1919; crisis económica de 1929-1933; segunda guerra mundial 1939-1945.  En contraste, la segunda mitad del siglo no tuvo verdaderas crisis globales, hubo crecimiento económico bastante generalizado y los focos de conflicto de mayor intensidad no alcanzaron las dimensiones de las guerras mundiales y fueron confinados en la periferia de los centros de poder de las grandes potencias.

En el siglo XXI, a pesar del 9-11 y la nueva geopolítica, el conflicto bélico no ha alcanzado nunca las cifras del siglo anterior.  Y aunque el peligro de guerra nuclear sigue pendiendo sobre nuestras cabezas, lo cierto es que se encuentra latente en un plano secundario, casi afuera de la agenda pública.  Brotes epidémicos como el SARS, MERS, Ébola, Zika, Chikungunya y otros, algunos con mayor tasa de letalidad que el actual coronavirus, no produjeron un impacto comparable a la actual peste al tener una tasa de contagio mucho menor y ser más fácil su contención.

Así que, vista en perspectiva histórica, la inminente crisis producida por la emergencia de la Covid no tendrá las dimensiones de aquellas que vivieron nuestros abuelos y que nuestra generación nunca había experimentado en carne propia.  Pero será lo suficientemente estremecedora para arrojarnos a la cara una lección contundente que debemos asimilar con inteligencia superior a la rana de la fábula, pues la verdadera encrucijada para la humanidad en el siglo XXI es el cambio climático que nos está cocinando lentamente y que asumimos con procrastinación estructural.

Imagino con optimismo que la relativamente pequeña o mediana crisis de 2020 será recordada como el simulacro que preparó a la especie humana para enfrentar el mayor desafío de su breve historia sobre la faz de la Tierra.  Digo “simulacro” como metáfora, no para repetir el error de la alcaldesa de Bogotá de etiquetear de esa forma una medida real sobre una amenaza real. Un símil boxístico podría ser llamar a esta crisis el “sparring” de la humanidad que ayuda a prepararse para la verdadera pelea por el campeonato mundial.  Es el pellizco que nos debe despertar de nuestro sopor y sacarnos de una vez por todas de la zona de confort.  No minimizo la gravedad de la emergencia actual ni desvalorizo las decenas de miles de personas cuyas vidas han entrado en las estadísticas de letalidad, cada una de las cuales es una tragedia familiar (no olvidar que el frenazo temporal de la maquinaria capitalista salva muchas vidas y renueva la naturaleza por la menor contaminación y el menor número de muertes en accidentes y otras causas).  Lo que quiero es enfatizar el carácter de advertencia, alerta, lección, aprendizaje, llamado de atención, que tiene la presente coyuntura.  La letra con sangre entra, decía una vigorosa pedagogía antigua.

¿Y cuáles son las lecciones que debemos captar en toda su altura y profundidad de esta experiencia vital a escala planetaria?

En pretendida respuesta, ya la industria de los gurúes, que sufre de incontinencia verbal, ha ofrecido generosamente su deposición de graforrea en grandes volúmenes de elucubraciones a una tasa superior al contagio del CoV2.  Prefiero pasar por encima sin untarme.  Keep calm and sapere aude, diría un Kant memético de nueva generación.  Tengamos pues, como nos enseñó Estanislao Zuleta, el valor de hacer uso público de nuestra propia razón.  Pero me temo, estimado lector que has llegado hasta aquí, que esa propuesta con las dos tesis de abril será en la próxima columna, en esta misma semana santa.  Quedamos QAP.

Publicado el 6 de abril de 2020 en El Unicornio  (elunicornio.co)

Semblanza de Mario Bunge, In Memoriam (1919-2020)




El 24 de febrero de 2020 murió el filósofo latinoamericano más importante de todos los tiempos.  Pero Mario Bunge no estudió filosofía, sino física.  Este científico se convirtió en filósofo en forma autodidacta, por su interés en problemas filosóficos desde muy joven.  Mario nació en Buenos Aires y en el siglo que duró su vida tuvo dos etapas claramente distinguibles: los primeros 40 años y los 60 siguientes.  

En la primera etapa su base estuvo en Argentina, viajó poco, hizo política de izquierda creando la Universidad Obrera, sufrió la persecusión de militares y peronistas, investigó en física e incursionó en filosofía de la ciencia intentando impulsar la modernización y exactificación del trabajo filosófico en América Latina.  Demoró demasiados años haciendo la tesis, algo que puede servir de consuelo a muchos. En la segunda etapa se exilió, migró por varios países para finalmente establecerse en la Universidad de McGill, en Canadá, durante medio siglo, uno de los secretos de su productividad.  En esta fase de su vida se alejó de la física práctica y se entregó de lleno a la filosofía, debatiendo con los grandes filósofos de primera línea, recorriendo casi todas las áreas del campo filosófico: ontología, epistemología, semántica, ética, filosofía política.  En filosofía de la ciencia también recorrió todas las especialidades: de la filosofía de la física, pasó por filosofía de las matemáticas, la química, la biología, la psicología, las ciencias sociales, así como la filosofía de la mente y de la tecnología. Fue un filósofo de talla mundial.

Su libro de Memorias, publicadas a los 95, se tituló Entre dos mundos.  Esos dos ámbitos pueden interpretarse como Latinoamérica y el mundo anglosajón o como la ciencia y la filosofía.  Su obra más importante fue el Tratado de Filosofía Básica en ocho tomos (1974-1989), producto de una labor descomunal para establecer el que puede ser, quizás, el único sistema filosófico elaborado en el siglo XX, pues en esta época lo que hay es especialistas y no generalistas sin terrenos vedados.  Otras obras importantes son Causalidad, Fundamentos de física, Crisis y reconstrucción de la filosofía, A la caza de la realidad, Emergencia y Convergencia.  Tiene obras dedicadas a las ciencias sociales, a la filosofía de la medicina, a la ingeniería, a la educación.  Es decir, casi todas las profesiones pueden encontrar textos de Bunge pertinentes a su campo.  Con el colombiano Rubén Ardila escribió una obra conjunta sobre filosofía de la psicología.  Lo irónico es que el texto que le dio más fama en Colombia fue el pequeño manual La ciencia, su método y su filosofía, que en realidad es poco importante dentro de su producción. En total produjo más de 70 libros y centenares de artículos y columnas periodísticas. 

Una de sus características fue su apoyo al movimiento escéptico y el combate permanente contra los oscurantismos de todas las pelambres: las pseudociencias, los posmodernismos, el construccionismo social y toda filosofía idealista, irracionalista o relativista radical.  Mario fue ateo, por supuesto, y afín al socialismo democrático, pero sin militancia partidista. Su filosofía se puede definir en los siguientes parámetros: materialista, realista, emergentista, sistemista, racioempirista, cientificista y agatonista en ética. Es claramente un filósofo moderno, heredero de la Ilustración.

Tuve la oportunidad de conocer a Mario Bunge en el 2015 durante el primer Encuentro Latinoamericano de Filosofía Científica en Buenos Aires, precisamente celebrado como un homenaje a este pensador.  Allí pude conversar con él sobre la biologización de las ciencias sociales (tema de mi ponencia), la revista Minerva (que publicó muy joven) y sobre Gabriel García Márquez (decidió apodarme “Aureliano”, pues era el único colombiano en el evento, una anécdota que haría sonreir a cierto compañero de viejas andanzas, mi amigo Gustavo Petro), cuya obra admiraba.  Siempre dispuesto a charlar con los jóvenes y a debatir con cualquier ponente, fuese famoso o no. 

Mario era el máximo exponente de la filosofía científica en español, pero hay una serie de filósofos que recogemos su antorcha: Gustavo Romero (autor de Scientific Philosophy), Gerardo Primero (en psicología), Roxana Kreimer (feminismo científico), Antonio Diéguez (filosofía de la biología) y muchos más.  En Colombia hay iniciativas como Nullius in Verba, que dirige Sergio Barrera, que produce una revista online y un website de filosofía científica.  Y en el Caribe colombiano hemos conformado el Círculo de Filosofía Científica y Pensamiento Crítico de Barranquilla que en el pasado mes de septiembre organizó dos eventos sobre el pensamiento de Bunge, al cumplir éste los 100 años.  Estos eventos se hicieron en alianza con la Fundación Stellam que organiza el Café con ciencia y el grupo Holosapiens de la Universidad del Atlántico.  

En vida recibió muchos homenajes. Fue premio Príncipe de Asturias y Doctor Honoris Causa en unas 20 universidades, entre ellas la gloriosa Universidad del Valle.  Ahora vendrán los merecidos homenajes póstumos y, por supuesto, la tarea de las nuevas generaciones de aprender de su legado y continuar su línea de investigación cuyo único motor es la curiosidad infinita de la especie humana.

Esta breve semblanza fue publicada en el website de Noticias Coopercom. 



jueves, abril 16, 2020

Los libros de la década


Por Jorge Senior

Nota: Esta entrada tiene numerosos hipervínculos a reseñas, entradas relacionadas, videos, artículos en otro sitio, etc.  Usa el cursor para identificarlos y dale click.

La siguiente es mi selección muy personal de los 10 mejores libros de no-ficción de la segunda década del siglo XXI.  Quedan excluidos los textos especializados o los artículos.

Primero digamos que hay un libro de gran formato que está fuera de concurso.  Se trata del libro Big History (aún la edición en español aparece con el título en inglés) del Big History Institute de la Universidad de Macquarie en Australia y publicado por DK hace poco más de un año.  Ver video tertulia

He aquí mi ranking:

1. El capital en el siglo XXI (Thomas Piketty)
2. En defensa de la Ilustración (Steven Pinker) Ver reseña
3. De animales a dioses (Yuval Noah Harari) Ver reseña  
4. Homo Deus (Yuval Noah Harari)  Ver reseña
5. Por qué fracasan los países (Daron Acemoglu y James Robinson)
6. La sociedad de coste marginal cero (Jeremy Rifkin)  Ver reseña parcial
7. La Gran Historia de todo (David Christian)  Ver video TED
8. La cuestión vital (Nick Lane)  Ver Origen de la vida
9. Entre dos mundos (autobiografía de Mario Bunge)  Ver video tertulia
10. Historia mínima del neoliberalismo (Fernando Escalante)  Ver reseña

En ese listado hay dos autores latinoamericanos (uno argentino y otro mexicano), dos británicos, un francés, un israelí, un turco, un canadiense, un australiano y un estadounidense.  Sólo el décimo fue escrito originalmente en castellano.  Ninguno es filósofo, pues el único que clasificaría como tal es Bunge, que en realidad es físico. Hay un bioquímico, cuatro economistas, dos sociólogos, dos historiadores y un psicólogo-lingüista, así que las ciencias sociales y humanas están bien representadas.  Sucede que las ciencias naturales expresan sus avances en papers y son más especializadas en sus publicaciones.  Los 10 libros tiene abordaje histórico, 8 de ellos sobre la historia de la sociedad humana, con énfasis en el pasado, presente y futuro de la modernidad. Dos sobre la historia planetaria, uno incluye algo de historia del universo y una autobiografía. 

Quedan por fuera muy buenos libros de autores como WalterIsaacson, Peter Watson, Daniel Dennett, Jared Diamond, Antonio Damasio, Edward Wilson, Nassim Nicholas Taleb, Richard Dawkins, Siddhartha Mukherjee, Hans Rosling, Adam Rutherford, Pere Estupinyá, Juan Luis Arsuaga, Lewis Dartnell, Walter Álvarez, Brian Cox y Jeff Forshaw, Gustavo Romero,  Antonio Diéguez, Manuel Arias, Antonio Rosas, Daniel Altschuler, entre otros.

No hay libros colombianos en la selección.  En su defecto, propongo como el libro colombiano de la década a ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad del Centro Nacional de Memoria Histórica (antes de ser tomado por los enemigos de la memoria y de la historia).  Es el producto de un trabajo colectivo liderado por Gonzalo Sánchez.   Pero no lo incluyo en la lista global pues su tema es geográficamente muy limitado.  Ver relacionado   Ver sobre FARC

Ver: Sobre Harari y Pinker
Ver otra entrada con selección y comentarios de estos y otros libros (2018)