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lunes, agosto 17, 2020

Modelación matemática del cuerpo humano

 

¿Es posible modelar matematicamente el organismo humano?  Sin duda es posible ir construyendo modelos parciales con múltiples variables cuantificables con las cuáles construir un espacio de estados que contemple parámetros para salud y enfermedad, con una zona gris de alerta entre ambas zonas.  Con una red de nanosensores que midan esas variables se puede alimentar un algoritmo que informe, alerte y prescriba medidas en tiempo real para mantener al organismo en el espacio de salud. 

Con el tiempo se puede ir haciendo más complejo el algoritmo, incorporando más variables y más interrelaciones.

Si el algoritmo se maneja desde un dispositivo portátil personalizado el derecho a la privacidad o intimidad individual sería menos vulnerable.  Pero si por conveniencia epidemiológica todo se realiza a través de conexión en línea, por ejemplo, para ser monitorizado por el servicio de salud al cual esté adscrito el sujeto, es posible que el ciudadano se encuentre en una situación de vulnerabilidad.  El problema es que la misma tecnología que sirve para producir un bien, por ejemplo el cuidado de tu salud, serviría también para el control totalitario.  He ahí el dilema que se viene en los próximos años.

Los rajados por la pandemia: evaluación

Miremos primero un referente mundial y luego el caso de Colombia.

Suecia vs. Noruega

La evaluación comparativa de las distintas estrategias para confrontar la pandemia es la mejor manera de aprender y mejorar en el manejo a escala social de este tipo de fenómeno, que bien podría volverse a presentar por rebrote o por nuevos agentes patógenos.

Pero esas comparaciones no se pueden hacer de manera burda, pues cada nación tiene características y situaciones distintas.  Sin embargo, Suecia y Noruega son dos estados muy parecidos que optaron por estrategias muy diferentes, casi que opuestas, por lo que resultan equivalentes a un experimento social. 

Estos países escandinavos no fueron tomados de sorpresa como España e Italia, sino que tuvieron más tiempo de preparación. En situación de pandemia un mes es mucho tiempo.  Tampoco son receptores turísticos como los dos países del mar Mediterráneo.  Suecia y Noruega están en la misma latitud, comparten clima y genética, sus sistemas de salud son equiparables, así como su ingreso per cápita. La cultura ciudadana es similar y la estructura familiar también (por ejemplo, una relativamente alta proporción de las viviendas tienen sólo una persona habitándola).  La estructura de la pirámide demográfica es igual, un factor clave para el caso de la Covid-19, pues afecta mucho más a los ancianos.  Países con mayor proporción de población en la tercera edad están en mayor riesgo, pero en este caso ambos comparten esa desventaja.  África, en cambio, a pesar de sus debilidades en cuanto a sistema de salud y condiciones de vida, ha tenido la ventaja de una población con mayor proporción de jóvenes. 

Suecia tiene 10,2 millones de habitantes frente a 5,4 millones de Noruega, es decir, una proporción aproximada de 2 a 1, que facilita la comparación.

Pues bien, Suecia le apostó a una estrategia de no confinamiento, so pretexto de proteger la economía y la libertad ciudadana.  Una apuesta arriesgada por la inmunidad de rebaño.  Noruega, en cambio, se decidió por la estrategia recomendada por la OMS, tomando medidas tipo cuarentena, a sabiendas de que significaba un sacrificio económico a costa del ahorro nacional, pero salvaguardando la vida, en especial de los mayores de 60 años.

El resultado del “experimento” salta a la vista.  En Suecia, a fecha 13 de agosto, ha habido 84.294 casos confirmados y 5.783 muertes por Covid19.  Para la misma fecha, Noruega ha tenido 10.005 casos y apenas 261 muertes.  Es decir, que con el doble de población Suecia ha tenido 8 veces más contagios y 22 veces más muertos.  La tasa de letalidad, basada en los casos confirmados, es de 6,8% en Suecia y de sólo 2,6% en Noruega.  Y este mismo ejercicio se puede hacer con Finlandia o Dinamarca, cuyos desempeños han sido similares a Noruega.  Simplemente Suecia escogió la muerte de sus viejos, miles de ancianos: ¡un verdadero gerontocidio!

Queda claro, entonces, que la OMS tenía razón y que la supresión o la mitigación decidida constituyen la mejor estrategia para el desafío del coronavirus-2.  El propio Anders Tegnell, epidemiólogo sueco ideador y líder de la estrategia de su país, reconoció el fracaso.

Caso de Colombia

En el caso colombiano, bajo condiciones muy diferentes, pero con mayor tiempo de preparación, la cuarentena porosa, el nulo rastreo y el lento crecimiento del testeo, han significado un manejo deficiente de la pandemia, aunque no tan grave como el de Suecia.  En nuestro país los viejos lastres de pobreza y desigualdad, informalidad laboral y hacinamiento en viviendas, sumados a un pésimo sistema de salud altamente privatizado, hacían necesaria una estrategia que combinara una cuarentena intensiva con la salvaguarda socioeconómica de la renta básica, así fuese provisional.  De otra manera, al riesgo de gerontocidio se le agregaría el aporocidio o muerte de los más pobres.  Ni el gobierno ni el congreso aprobaron la renta básica, los gobiernos locales fueron erráticos y el gobierno nacional ha sido mero show vespertino televisado a una rata de $40 millones por noche. 

El cierre de colegios y universidades y la cuarentena a medias (además de los protocolos sanitarios que la población ha ido asimilando a pesar de la nula inversión en cultura ciudadana) nos han salvado de la catástrofe.  Pero aún así las cifras son pésimas.  Ya llevamos 15 mil fallecidos -principalmente ancianos y pobres- y el pico áun no llega.  Mientras en Suecia, con economía abierta, se contagió el 0,83% de la población, en nuestro país, con parte de la economía cerrada, vamos por 0,94%.  Lo más grave es que Colombia ocupó el primer lugar mundial en número de muertos por Covid-19 por millón de habitantes por día en las siguientes fechas: julio 23, 25, 28 y 29.  También ocupó el primer lugar en ese mismo indicador pero por semana, en el período agosto 2 al 9.  Afortunadamente estos primeros lugares no se dieron en el nivel tan agudo como los primeros lugares de Italia y España en marzo, pero indican claramente que nuestro país tuvo un manejo inadecuado de la epidemia.  Y pensar que aún falta afrontar el oscuro panorama económico.

En resumen, como Suecia, Bolsonaro y Trump, Duque se rajó, pero nosotros sufrimos las consecuencias.  Por sanidad, todos debemos lavarnos las manos, menos el gobierno nacional,  que no puede eludir su responsabilidad en esta crisis.

Publicado en El Unicornio en agosto 17 de 2020

@jsenior2020

Blog

domingo, julio 19, 2020

La OMS: ¿bien o mal?


La Organización Mundial de la Salud se encuentra desde febrero en el ojo del huracán.  Es el referente fundamental de salud pública en el planeta, pero está recibiendo críticas desde todos los flancos.  Algunas de estas críticas están fundamentadas, otras no.  Aunque es temprano para un balance definitivo de la gestión de esta pandemia, es pertinente hacer un análisis de estas críticas.
El asunto, además, puede adquirir importancia política en la coyuntura del debate electoral de EEUU, pues el presidente y candidato republicano Donald Trump ha tomado la determinación de sacar a ese país de la OMS, pero el candidato demócrata, Joe Biden, ya anunció que echará reversa a esa decisión.  Como el proceso de salida demora un año, la elección presidencial de noviembre definirá en últimas si Estados Unidos se queda o se va.  Y esa nación es, de lejos, el principal sostén económico de la Organización.

Cada vez que sale una noticia sobre la OMS en los medios online, estudio minuciosamente los comentarios de los lectores en la propia página.  De este ejercicio me queda claro que la OMS está perdiendo la batalla mediática, pero también observo que hay un gran desconocimiento de lo que esa institución mundial es y representa, cómo funciona y, asimismo, sobre la naturaleza de su campo de acción: la ciencia médica y epidemiológica.

La OMS es una agencia especializada dentro del sistema de las Naciones Unidas, como la Unesco, OIT, FAO o la OMPI.  Fue creada el 7 de abril de 1948 y actualmente cuenta con 194 estados miembros.  Su máxima instancia de decisión es la Asamblea General constituída precisamente por los estados que la integran, que se reúne una vez al año.  Luego está el comité ejecutivo de 34 personas con formación de alto nivel nombrado por la Asamblea y que se reúne al menos dos veces en el año.  Y en el liderazgo del día a día se encuentra al frente el Director General, cargo que actualmente ejerce el biólogo e inmunólogo etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien ha sido criticado por no ser médico, sin embargo no se puede negar que tiene una formación apropiada.  Una de las acusaciones contra la OMS es su burocratización, pero esta organización mundial cuenta con siete mil empleados, apenas la sexta parte de los que tiene la ONU.  No es una cifra exagerada para la responsabilidad que tiene.

Al estar compuesta por estados podemos decir que es una institución pública internacional, en principio sostenida por nuestros impuestos, a través de los gobiernos que representan al respectivo estado nacional. Colombia aporta el 0,32% del presupuesto básico que es la sumatoria de las contribuciones obligatorias de los países, menos que Venezuela que pone 0,57%, mientras Estados Unidos aporta el 22%, China el 7,9% y Rusia el 3%.  Si la financiación reflejara la influencia tendríamos que decir que la OMS obedece principalmente a EEUU, pero eso no es así y es una de las razones del malestar de Trump.  La realidad es que ningún estado, partido, fuerza o poder tiene la hegemonía de la Organización.  Es una entidad multilateral en un tinglado de fuerzas cuya gobernanza depende de un equilibrio geopolítico.  La mayor parte de la financiación pública proviene de Europa Occidental, Norteamérica y países del este asiático como China, Japón y Corea del Sur, pero sus principales esfuerzos se dirigen hacia África y, en general, a los países con menor desarrollo.  

La OMS como entidad multilateral coopera con los estados miembros, ofreciendo apoyo, recomendaciones, coordinación de campañas, sistema de información, pero no tiene competencia sobre la política de salud interna de cada país. Su orientación no es obligatoria y cada nación es autónoma y soberana para manejar su propia política de salud.  En consecuencia debe quedar bien claro que ningún gobierno puede excusarse de su responsabilidad sobre lo que suceda en su territorio durante una pandemia como la actual echándole la culpa a la OMS.

Precisado lo anterior, de todos modos hay que reconocer que en el siglo XXI los fenómenos de salud pública, como nos lo enseña la misma pandemia, son de carácter global, así que no cabe duda que es mejor tener una organización planetaria que esté pendiente y dedicada a la problemática de la salud que no tenerla en absoluto.  Esto no significa que no se puedan criticar sus defectos, sino que tal crítica, por lo demás necesaria, debe ser constructiva y dirigirse a proponer las reformas que mejoren su funcionamiento.  La idea tiene que ser mejorar la OMS, nunca eliminarla.

A la OMS se le hacen dos críticas principales, una de fondo y otra coyuntural. La primera ataca la supuesta influencia de la industria farmacéutica y en general el sector privado de la salud, en la orientación de la entidad. La segunda se refiere a su actuación en la actual crisis mundial originada por la partícula viral SARS-CoV-2.

Veamos la primera.  Arriba mencionamos las contribuciones obligatorias de los países que sostienen el presupuesto básico de la OMS, pero a ellas hay que sumarles las contribuciones voluntarias que hacen las fundaciones, ONGs, la ONU, empresas y los propios países, casi siempre con destinación específica a determinados programas.  Este esquema mixto se ha venido desequilibrándo a favor de la financiación privada voluntaria tal cual puede observarse aquí.  Pero no olvidemos que el poder de decisión es de los estados a través de la Asamblea General. 

Como vimos en una columna anterior, el neoliberalismo se ha venido imponiendo desde 1980 y en el campo de la salud esto se refleja en la lucha entre dos concepciones: la salud como derecho o como negocio.  El asunto no es tan sencillo de dirimir porque el derecho a la salud se quedaría en letra muerta si no hay inversión en investigación, desarrollo e innovación y en toda la logística de un sistema funcional de salud, de la misma manera que poco sirve que haya remedios genéricos si estos no tienen la misma calidad que los de marca.  Los ciudadanos debemos entender que la forma de favorecer el derecho a la salud en cada país y en la instancia de la OMS es votando por opciones alternativas al neoliberalismo.  Sólo con gobiernos proclives al estado social de derecho podemos revertir la tendencia a la financiación privada de la OMS y de los sistemas nacionales de salud.

En la coyuntura de 2020 la OMS ha recibido críticas por sus vaivenes en la orientación de protocolos epidemiológicos y clínicos en la pandemia (ver cronología).  Hoy por hoy la OMS ha perdido sintonía popular y se ha ganado la animadversión de muchos, en parte por el nefasto ruido conspiranoico que zumba en las redes, pero también por errores en la manera de comunicar.  Al parecer los responsables de su estrategia comunicativa desconocen el imaginario de su audiencia internacional y los problemas de percepción e imagen que ha acumulado en los últimos años.  Y los medios de comunicación tampoco ayudan, quizás porque atraviesan una situación crítica de decadencia ante el auge de las redes sociales y son esclavos del rating.

Los zigzags que ha dado la OMS en realidad son normales dentro de un campo como la epidemiología que se mueve en condiciones de incertidumbre.  En su desespero la gente quiere fórmulas mágicas que solucionen el problema de una vez por todas, pero la ciencia no funciona con magia. De hecho se viene trabajando con una intensidad increíble, acelerando los procesos investigativos y realizando centenares de proyectos simultaneamente en decenas de países.  Es lógico que haya debate entre visiones encontradas en la vanguardia de la investigación científica. Es lo normal, la diferencia es que ahora es visible (la ciencia desnuda) y antes el público sólo veía el resultado final decantado tras años de tropiezos (la ciencia vestida de gala).  La OMS no hace investigaciones, aunque puede patrocinar o coordinar una que otra, por lo tanto debe basarse en la pluralidad de investigaciones que ejecutan centenares de laboratorios, universidades e institutos a lo largo y ancho del globo y, mediante metanálisis, tratar de extraer una síntesis provisional a cada momento para fundamentar sus orientaciones.

Para entender la naturaleza de la epidemiología podemos compararla con la meteorología. En ambos casos se utilizan modelos matemáticos computacionales para hacer predicciones, pero los fenómenos que constituyen sus objetos de estudio son sistemas complejos con miles de variables.  Durante años las predicciones del tiempo atmosférico eran el hazmerreir del público, pero fueron mejorando con los años, no sólo por una mejor comprensión de los fenómenos, sino sobre todo por el desarrollo de una gigantesca red de estaciones meteorológicas y satélites que permitió potenciar la cantidad y calidad de los datos que alimentan los modelos.  En epidemiología no ha sucedido lo mismo.  El neoliberalismo, la corrupción y la ineptitud de los políticos han desbaratado los sistemas públicos de salud y no hay sistemas de información eficientes.  Por eso, en países como Colombia donde hubo tiempo suficiente para reaccionar, de todos modos la gestión gubernamental de la epidemia se ha hecho dando palos de ciego.  

Publicado originalmente en El Unicornio el 12 de julio de 2020

domingo, mayo 17, 2020

La guerra viral


Estimado lector: tome nota de la dimensión de esta guerra mundial.  Enfrentados a un ejército de incontables virus nanométricos, el imaginario estado mayor de la especie humana abre cuatro frentes de guerra y despliega cientos de operaciones investigativas. Veamos:

Primer frente: Virología molecular. Objetivo: conocer al enemigo SARS-CoV-2 y encontrar sus puntos débiles.  La partícula viral no es un ser vivo, pero comparte con estos material genético, replicación, mutación y evolución. Su ciclo reproductivo incluye cuatro fases: infección, replicación, ensamblaje y escape para diseminarse por el entorno.  Cada fase es un potencial punto débil para ser atacado.  El teatro de operaciones es el laboratorio y hace falta mucha investigación básica para derrotar al minúsculo enemigo.  Mes a mes el trillonario ejército viral se va diversificando, no porque sea astuto -ya que carece de inteligencia- sino por variación y selección, como nos enseñó Darwin.

Segundo frente: Fisiopatología para el contraataque clínico.  Objetivo: mejorar las defensas de los Homo Sapiens.  En este frente subimos al nivel de tejidos, órganos y subsistemas del organismo humano.  Tratamos de entender cómo afecta el virus la salud de las personas hasta eventualmente matarlas, sin sevicia ni alevosía, pero sí a la manera implacable de la naturaleza.  Pulmones, hígado, corazón, tormentas de citoquinas, porfirina, hemoglobina, son muchos nuestros potenciales puntos vulnerables, aunque el Sapiens, como todo animal, tiene su propio sistema inmune para defenderse de invasores.  Pero nuestro sistema inmune tampoco tiene inteligencia, sino mecanismos falibles de reconocimiento químico que algunos llaman “memoria”.  Y puede equivocarse.  No deja de ser irónico que uno muera, no por acción directa del virus, sino por sobrerreacción inmunológica.  Es como si un mosquito te está picando en el brazo y le disparas con un revólver 38 y mueres desangrado.  Conocer los mecanismos fisiopatológicos de la Covid lleva su tiempo.  La presión lleva a los científicos a publicar preprints con todo tipo de resultados a medias, parciales, inconclusos.  A veces la desnudez de la ciencia puede volverse un tanto grotesca: a la luz de los reflectores, médicos desesperados y también algunos oportunistas ensayan tratamientos a ciegas, volándose los protocolos refinados por siglos de experiencia. 

Tercer frente: la epidemiología.  Objetivo: obtener información sobre el despliegue de fuerzas enemigas en las poblaciones y tratar de prever sus futuros movimientos.  En este frente tenemos una poderosa arma: la matemática.  Esa es la buena noticia.  La mala es que esa arma funciona con municiones que escasean: los datos.  Sin olvidar que en cada país son muchas las variables en juego pues este terreno pertenece a las ciencias sociales.  En este frente no se gana la guerra, su función estratégica radica en ganar tiempo, para que el segundo frente pueda dar los golpes decisivos.  Al aconsejar la estrategia del repliegue económico adrede, como hizo la URSS en la segunda guerra mundial trasladando fábricas a la retaguardia, la epidemiología expone a la sociedad un difícil dilema: economía vs salud.  No faltan los que torpemente quieren matar al mensajero.  Tal dilema es objetivo, no un invento de los epidemiólogos.  La sociedad decide o deja que los gobiernos decidan por ella.

Cuarto frente: salud pública.  Objetivo: garantizar la logística de guerra.  Se resume en camas, UCI, respiradores, hospitales, contingentes de profesionales de la salud, laboratorios, testeos, bases de datos, producción de elementos necesarios para implementar protocolos sanitarios y de bioseguridad, financiación de investigaciones, racionalización de recursos, accesibilidad a tratamiento igualitario.  Desafortunadamente este frente sufre de politización e ideologización crónica y notoria ausencia de cientificidad.  La capacidad de los sistemas públicos de salud en muchos países ha sido socavada por décadas de neoliberalismo y la privatización pone la vida humana en las manos amorales del mercado.  Si el virus pensara, diría: “en este frente gano la guerra, pues tengo muchos aliados entre los políticos”.

He ahí el panorama sanitario, que no bélico. ¿Qué puede hacer la ciudadanía?  Apoyar y aprender del primer y segundo frente, y ser un proactivo partisano comprometido en los frentes tercero y cuarto.  Hasta la victoria.

Publicado en elunicornio.co como primera parte de una columna doble el 10 de mayo de 2020 (aniversario 80 de la blitzkrieg y la llegada de Winston Churchill al cargo de Primer Ministro británico).