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lunes, agosto 17, 2020

Los rajados por la pandemia: evaluación

Miremos primero un referente mundial y luego el caso de Colombia.

Suecia vs. Noruega

La evaluación comparativa de las distintas estrategias para confrontar la pandemia es la mejor manera de aprender y mejorar en el manejo a escala social de este tipo de fenómeno, que bien podría volverse a presentar por rebrote o por nuevos agentes patógenos.

Pero esas comparaciones no se pueden hacer de manera burda, pues cada nación tiene características y situaciones distintas.  Sin embargo, Suecia y Noruega son dos estados muy parecidos que optaron por estrategias muy diferentes, casi que opuestas, por lo que resultan equivalentes a un experimento social. 

Estos países escandinavos no fueron tomados de sorpresa como España e Italia, sino que tuvieron más tiempo de preparación. En situación de pandemia un mes es mucho tiempo.  Tampoco son receptores turísticos como los dos países del mar Mediterráneo.  Suecia y Noruega están en la misma latitud, comparten clima y genética, sus sistemas de salud son equiparables, así como su ingreso per cápita. La cultura ciudadana es similar y la estructura familiar también (por ejemplo, una relativamente alta proporción de las viviendas tienen sólo una persona habitándola).  La estructura de la pirámide demográfica es igual, un factor clave para el caso de la Covid-19, pues afecta mucho más a los ancianos.  Países con mayor proporción de población en la tercera edad están en mayor riesgo, pero en este caso ambos comparten esa desventaja.  África, en cambio, a pesar de sus debilidades en cuanto a sistema de salud y condiciones de vida, ha tenido la ventaja de una población con mayor proporción de jóvenes. 

Suecia tiene 10,2 millones de habitantes frente a 5,4 millones de Noruega, es decir, una proporción aproximada de 2 a 1, que facilita la comparación.

Pues bien, Suecia le apostó a una estrategia de no confinamiento, so pretexto de proteger la economía y la libertad ciudadana.  Una apuesta arriesgada por la inmunidad de rebaño.  Noruega, en cambio, se decidió por la estrategia recomendada por la OMS, tomando medidas tipo cuarentena, a sabiendas de que significaba un sacrificio económico a costa del ahorro nacional, pero salvaguardando la vida, en especial de los mayores de 60 años.

El resultado del “experimento” salta a la vista.  En Suecia, a fecha 13 de agosto, ha habido 84.294 casos confirmados y 5.783 muertes por Covid19.  Para la misma fecha, Noruega ha tenido 10.005 casos y apenas 261 muertes.  Es decir, que con el doble de población Suecia ha tenido 8 veces más contagios y 22 veces más muertos.  La tasa de letalidad, basada en los casos confirmados, es de 6,8% en Suecia y de sólo 2,6% en Noruega.  Y este mismo ejercicio se puede hacer con Finlandia o Dinamarca, cuyos desempeños han sido similares a Noruega.  Simplemente Suecia escogió la muerte de sus viejos, miles de ancianos: ¡un verdadero gerontocidio!

Queda claro, entonces, que la OMS tenía razón y que la supresión o la mitigación decidida constituyen la mejor estrategia para el desafío del coronavirus-2.  El propio Anders Tegnell, epidemiólogo sueco ideador y líder de la estrategia de su país, reconoció el fracaso.

Caso de Colombia

En el caso colombiano, bajo condiciones muy diferentes, pero con mayor tiempo de preparación, la cuarentena porosa, el nulo rastreo y el lento crecimiento del testeo, han significado un manejo deficiente de la pandemia, aunque no tan grave como el de Suecia.  En nuestro país los viejos lastres de pobreza y desigualdad, informalidad laboral y hacinamiento en viviendas, sumados a un pésimo sistema de salud altamente privatizado, hacían necesaria una estrategia que combinara una cuarentena intensiva con la salvaguarda socioeconómica de la renta básica, así fuese provisional.  De otra manera, al riesgo de gerontocidio se le agregaría el aporocidio o muerte de los más pobres.  Ni el gobierno ni el congreso aprobaron la renta básica, los gobiernos locales fueron erráticos y el gobierno nacional ha sido mero show vespertino televisado a una rata de $40 millones por noche. 

El cierre de colegios y universidades y la cuarentena a medias (además de los protocolos sanitarios que la población ha ido asimilando a pesar de la nula inversión en cultura ciudadana) nos han salvado de la catástrofe.  Pero aún así las cifras son pésimas.  Ya llevamos 15 mil fallecidos -principalmente ancianos y pobres- y el pico áun no llega.  Mientras en Suecia, con economía abierta, se contagió el 0,83% de la población, en nuestro país, con parte de la economía cerrada, vamos por 0,94%.  Lo más grave es que Colombia ocupó el primer lugar mundial en número de muertos por Covid-19 por millón de habitantes por día en las siguientes fechas: julio 23, 25, 28 y 29.  También ocupó el primer lugar en ese mismo indicador pero por semana, en el período agosto 2 al 9.  Afortunadamente estos primeros lugares no se dieron en el nivel tan agudo como los primeros lugares de Italia y España en marzo, pero indican claramente que nuestro país tuvo un manejo inadecuado de la epidemia.  Y pensar que aún falta afrontar el oscuro panorama económico.

En resumen, como Suecia, Bolsonaro y Trump, Duque se rajó, pero nosotros sufrimos las consecuencias.  Por sanidad, todos debemos lavarnos las manos, menos el gobierno nacional,  que no puede eludir su responsabilidad en esta crisis.

Publicado en El Unicornio en agosto 17 de 2020

@jsenior2020

Blog

domingo, mayo 17, 2020

La guerra viral


Estimado lector: tome nota de la dimensión de esta guerra mundial.  Enfrentados a un ejército de incontables virus nanométricos, el imaginario estado mayor de la especie humana abre cuatro frentes de guerra y despliega cientos de operaciones investigativas. Veamos:

Primer frente: Virología molecular. Objetivo: conocer al enemigo SARS-CoV-2 y encontrar sus puntos débiles.  La partícula viral no es un ser vivo, pero comparte con estos material genético, replicación, mutación y evolución. Su ciclo reproductivo incluye cuatro fases: infección, replicación, ensamblaje y escape para diseminarse por el entorno.  Cada fase es un potencial punto débil para ser atacado.  El teatro de operaciones es el laboratorio y hace falta mucha investigación básica para derrotar al minúsculo enemigo.  Mes a mes el trillonario ejército viral se va diversificando, no porque sea astuto -ya que carece de inteligencia- sino por variación y selección, como nos enseñó Darwin.

Segundo frente: Fisiopatología para el contraataque clínico.  Objetivo: mejorar las defensas de los Homo Sapiens.  En este frente subimos al nivel de tejidos, órganos y subsistemas del organismo humano.  Tratamos de entender cómo afecta el virus la salud de las personas hasta eventualmente matarlas, sin sevicia ni alevosía, pero sí a la manera implacable de la naturaleza.  Pulmones, hígado, corazón, tormentas de citoquinas, porfirina, hemoglobina, son muchos nuestros potenciales puntos vulnerables, aunque el Sapiens, como todo animal, tiene su propio sistema inmune para defenderse de invasores.  Pero nuestro sistema inmune tampoco tiene inteligencia, sino mecanismos falibles de reconocimiento químico que algunos llaman “memoria”.  Y puede equivocarse.  No deja de ser irónico que uno muera, no por acción directa del virus, sino por sobrerreacción inmunológica.  Es como si un mosquito te está picando en el brazo y le disparas con un revólver 38 y mueres desangrado.  Conocer los mecanismos fisiopatológicos de la Covid lleva su tiempo.  La presión lleva a los científicos a publicar preprints con todo tipo de resultados a medias, parciales, inconclusos.  A veces la desnudez de la ciencia puede volverse un tanto grotesca: a la luz de los reflectores, médicos desesperados y también algunos oportunistas ensayan tratamientos a ciegas, volándose los protocolos refinados por siglos de experiencia. 

Tercer frente: la epidemiología.  Objetivo: obtener información sobre el despliegue de fuerzas enemigas en las poblaciones y tratar de prever sus futuros movimientos.  En este frente tenemos una poderosa arma: la matemática.  Esa es la buena noticia.  La mala es que esa arma funciona con municiones que escasean: los datos.  Sin olvidar que en cada país son muchas las variables en juego pues este terreno pertenece a las ciencias sociales.  En este frente no se gana la guerra, su función estratégica radica en ganar tiempo, para que el segundo frente pueda dar los golpes decisivos.  Al aconsejar la estrategia del repliegue económico adrede, como hizo la URSS en la segunda guerra mundial trasladando fábricas a la retaguardia, la epidemiología expone a la sociedad un difícil dilema: economía vs salud.  No faltan los que torpemente quieren matar al mensajero.  Tal dilema es objetivo, no un invento de los epidemiólogos.  La sociedad decide o deja que los gobiernos decidan por ella.

Cuarto frente: salud pública.  Objetivo: garantizar la logística de guerra.  Se resume en camas, UCI, respiradores, hospitales, contingentes de profesionales de la salud, laboratorios, testeos, bases de datos, producción de elementos necesarios para implementar protocolos sanitarios y de bioseguridad, financiación de investigaciones, racionalización de recursos, accesibilidad a tratamiento igualitario.  Desafortunadamente este frente sufre de politización e ideologización crónica y notoria ausencia de cientificidad.  La capacidad de los sistemas públicos de salud en muchos países ha sido socavada por décadas de neoliberalismo y la privatización pone la vida humana en las manos amorales del mercado.  Si el virus pensara, diría: “en este frente gano la guerra, pues tengo muchos aliados entre los políticos”.

He ahí el panorama sanitario, que no bélico. ¿Qué puede hacer la ciudadanía?  Apoyar y aprender del primer y segundo frente, y ser un proactivo partisano comprometido en los frentes tercero y cuarto.  Hasta la victoria.

Publicado en elunicornio.co como primera parte de una columna doble el 10 de mayo de 2020 (aniversario 80 de la blitzkrieg y la llegada de Winston Churchill al cargo de Primer Ministro británico).


La obscena desnudez de la ciencia


En cuestión de cuatro meses la diva ciencia quedó en cueros, como la ausencia de Dios la trajo al mundo.  Un virus travieso y sin remilgos la exhibió in vitro, cual voluptuosa ninfa en el distrito rojo de Amsterdam.  Para muchos resulta desconcertante la obscena desnudez de la paradigmática, estereotípica y arquetípica fémina que en el imaginario popular viste siempre de bata blanca y gafas rojas, como parodiando a la Parody, pero sin acento gomelo.  Algunos, más creativos, la recuerdan en traje de exploradora, a lo Lara Croft, de aventura en aventura en el trabajo de campo, pero jamás desnuda como la petrista Amaranta Hank.

La biociencia suele ser una dama discreta y recatada, perfumada con aroma de laboratorio y maquillada en enigmáticas letras en recónditos proceedings de ISI y de Scopus. No una mujer pública, prostituída en redes, difamada en medios de desinformación, manoseada por pervertidos, y sometida a los bajos instintos de políticos ineptos.  Pero masas y gobiernos exigen preñez inmediata, embarazo corto, ecografía permanente transmitida en vivo y en directo por toda la infoesfera y parto feliz de rozagantes vacunas y tratamientos para espantar la peste vírica y que no cunda el paniqueo.

Se entiende la urgencia.  Una tasa de contagio alta sumada a una tasa de letalidad baja, pero significativa, producen un coctel viral que puede mandar a la nada absoluta a millones, quizás decenas de millones de personas.  En contraste, la gripe común, que aquí llamamos gripa, nojoda, apenas mata medio millón anual y la malaria sólo poco más de un millón de individuos de la subdesarrollada zona intertropical en ese mismo lapso.

Pero aquí interviene el abogado del diablo.  Somos tantos que, por espeluznante que parezca, la cifra más pesimista no llega siquiera al 1% de la humanidad (que serían unos 76 millones).  De hecho, cada año mueren 56 millones de personas y nacen más del doble, así que, ¿por qué tanta alharaca?  Sencillo: porque es una ruleta rusa dónde todos somos potencialmente vulnerables, una lotería macabra en la cual todos compramos boleto, seamos de la élite o de la plebe.  A diferencia del mucho más letal ébola o del VIH-Sida, la Covid-19 es una enfermedad de tan fácil transmisión que su contagio es a la larga inevitable, por lo que el confinamiento sólo sirve para ganar tiempo, evitar el colapso de los sistemas de salud y esperar que aparezca tanto vacuna como tratamiento por virtud de la gaya ciencia.

Y esto nos lleva de nuevo a madame Biociencia.  Colgada en el panóptico, sola en su candorosa desnudez, ya no medita en el amor como el rapado terruño acantilado del genial bizco de Cartagena.  Más bien corre en pelota como las chicas que hacían streaking en los estadios.  La muchedumbre esperanzada se desconcierta al observarla en trapos menores con discusiones y enredos, pues en la escuela les enseñaron una ciencia edulcorada, administrada en inconexas pastillas dogmáticas o vestida de etiqueta en impolutos libros de texto.  Nunca conocieron la ciencia real, la del debate ardiente, con sus batallas de argumentos armados de afiladas evidencias que hacen correr la sangre de hipótesis moribundas.  La crítica es la esencia de la ciencia -argumento va y argumento viene- hasta decantarse la verdad objetiva con el paso de los años, luego de miles de experimentos y pruebas.  Pero en la actual emergencia, tiempo es lo que no hay.

En el río revuelto del miedo y los afanes pescan los oportunistas y conspiranoicos.  Desde estafadores que venden dióxido de cloro, como otrora menjurjes de ganoderma o cualquier otra “droga milagrosa”, hasta premios Nobel que vociferan tonterías sin fundamento en su afán de recuperar el protagonismo que alguna vez tuvieron.  Las redes sociales resuenan con sus cámaras de eco y los medios, que jamás supieron cómo se hace periodismo científico, amplifican las mentiras, incrementando los decibeles de ruido.  Cierra ese telón y otea la siguiente entrada del blog: La guerra viral.

Publicado en elunicornio.co como primera parte de una columna doble el 10 de mayo de 2020 (aniversario 80 de la blitzkrieg y la llegada de Winston Churchill al cargo de Primer Ministro británico).