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sábado, mayo 02, 2020

Las dos lecciones de la pandemia


En la anterior columna sostuve que la presente coyuntura 2020 es de aprendizaje forzoso, para que a la especie humana no le pase en los próximos 20 años como a la rana hervida en la olla del calentamiento global.  La pregunta entonces es: ¿qué podemos aprender los Homo Sapiens de esta emergencia?  No se trata de hacer un ejercicio descriptivo de adivinación futurista, sino un raciocinio prescriptivo sobre el qué hacer frente a los desafíos del siglo XXI. 

Procedo entonces a extraer lecciones que, sin embargo, no surgen del momento, sino del análisis de las cuatro décadas pasadas y que la actual emergencia permite liberar de la torre de marfil intelectual para ser arrojadas a la cara de todo individuo que se tome al menos unos momentos para reflexionar sobre lo que está pasando.  Este análisis parte de dos contradicciones, que casualmente tienen en 1980 el punto de inflexión.  En efecto, el año de 1980 y sus alrededores es el parte-aguas que divide en dos el devenir del capitalismo en la posguerra.

Las dos contradicciones son: (1) neoliberalismo vs estado de bienestar y (2) oscurantismos vs ciencia.

El neoliberalismo, con el fundamentalismo de mercado cómo médula, surge en los años 30 en tanto idea, pero adquiere relevancia con la escuela de Chicago en los 70 y empieza a predominar con el advenimiento de Reagan y Thatcher al poder ejecutivo a ambos lados del charco.  Por su parte, el estado de bienestar es un producto europeo de la guerra fría con base keynesiana, socialdemócrata, que intenta conjugar los valores ilustrados de igualdad y libertad, motorizado por el miedo al modelo soviético de socialismo. Miedo que desaparece al derrumbarse el Pacto de Varsovia y permite al neoliberalismo imponer el consenso de Washington, expandirse como ideología de la globalización, volverse sentido común más allá de la esfera económica y ser asimilado como modo de vida.  Entretanto la socialdemocracia se diluye a medida que el estado de bienestar va siendo desmontado a pedazos.  El neoliberalismo alcanza tal hegemonía cultural que ni siquiera la crisis de 2008 le hizo mella, dado que no había alternativa, salvo el extraño modelo asiático de capitalismo emergente tardío que, por cierto, sirvió para jalonar la economía mundial y ocultar las fallas del modelo neoliberal.

En Colombia, la Constitución de 1991 refleja en su carácter bicéfalo esta contradicción que analizamos, al imbricar en precario equilibrio la tendencia privatizadora y mercantil con el garantista estado social de derecho.  En 30 años hemos visto cómo el componente neoliberal ha socavado el estado social de derecho dejándolo en los huesos.

Ahora la emergencia sanitaria de la pandemia pone en evidencia la ineptitud del mercado para gestionar la crisis y velar por el Bien común, incapaz de interpretar los intereses de la humanidad como conjunto. Como en la caricatura, el náufrago en el agua no encuentra la mano invisible de Adam Smith que lo salve de ahogarse.  Se plantea entonces el retorno del Estado en todo el mundo.  El imperativo de la salud como derecho deja de ser letra muerta y resucita en medio de la angustia, el miedo y la vulnerabilidad biológica: ¡¿cómo pudimos desmantelar el sistema público de salud?!  La renta básica universal deja de ser utópica y en cuestión de días se hacen ensayos pilotos en su dirección (aunque en Colombia bajo la forma perversa del know how asistencialista de la clase politiquera: repartiendo mercaditos con sobrecostos).  La investigación científica, en muchos países marginada, de repente es urgida como salvadora y guía.

Es el momento de la defensa de lo público en los sectores estratégicos de la sociedad.  Corrupción y privatización son dos caras de la misma moneda. La corrupción del sector público no sólo produce ganancias inmediatas ilegales sino que fomenta luego la privatización y sus ganancias legales concomitantes.  La combinación perfecta…. ¡para ellos!  Y ya no es cierto que no haya alternativa al “sentido común” neoliberal.  El estado de bienestar ha sido el mejor modelo de sociedad moderna que ha existido y puede ser actualizado, por ejemplo, siguiendo la línea de investigación que Thomas Piketty y su equipo han liderado en la última década.  Y que quede claro que no proponemos un modelo estatista sino una economía mixta racionalmente regulada.  Pero lo más importante es que este modelo nos permitiría enfrentar en mejores condiciones el mayor desafío de todos: el cambio climático.   

La otra contradicción viene desde el siglo de las luces cuando el enciclopedismo visumbró al ciudadano ilustrado como el pilar de la democracia.  Pero el sistema educativo no cumplió con esta promesa de la modernidad al dedicarse a embutir en los jóvenes información fragmentada inconexa y perder de vista el objetivo de formar en pensamiento crítico racional y cosmovisión científica.  Olvidamos que la ciencia, como decía Carl Sagan, no es una montonera de conocimientos sino una forma de ver y entender el mundo.  Esta falla grave en el marco del progreso moderno es confrontada por Steven Pinker en su recomendado libro En defensa de la Ilustración (2018). 

La consecuencia es que no habrá ciudadanías libres si no hay masa crítica de ciudadanos ilustrados.  Para la democracia esto ha sido extremadamente perjudicial, pues ha prohijado el auge de los populismos y clientelismos.  En términos filosóficos se dice que la democracia epistémica fue opacada por la democracia doxástica.

La forma tradicional de oscurantismo anti-ciencia ha sido el pensamiento mágico religioso.  Lejos de desaparecer, ha pervivido en los sectores conservadores de la sociedad.  En EEUU la base social republicana de protestantes fundamentalistas tiene tal peso político que pone presidentes. Y en tiempos de pandemia podemos ver lo que eso implica: la ineptitud total del gobierno federal y las escandalosas cifras ascendentes de la Covid en ese país.  En América Latina ni siquiera se limita a los sectores conservadores, como el caso patético de Bolsonaro, sino que ha permeado hasta los sectores de izquierda, supuestamente progresistas. 

Pero el fenómeno que más ha impactado a las izquierdas con epicentro en Europa fue el movimiento intelectual posmodernista que surgió a finales de los 70 para llenar el vacío dejado por el marxismo, y desde entonces ha hecho estragos en las ciencias sociales y en el pensamiento “progre”.  En verdad, el “posmodernismo” debería denominarse “antimodernismo”.  También el pensamiento liberal se vió influido por esa moda lo que derivó en la ideología de la “corrección política” basada en el construccionismo social y cultural que desconoce la base biológica del animal humano, que hoy nos abofetea con la pandemia. Afectó sobre todo a feminismos y movimientos étnicos.  En América Latina hay otra corriente oscurantista, poco conocida, pero con alguna influencia en países de fuerte presencia indígena.  Me refiero al llamado “pensamiento decolonial” que practicamente declara una guerra cultural contra Occidente.  Hay un tufo “decolonial” en el gobierno de AMLO, cuya ministra de ciencia ha sido fuertemente cuestionada por la comunidad científica (igual ha pasado en Colombia en un gobierno de derecha como mostré en mis columnas de enero). La gestión de López Obrador frente a la epidemia ocasionada por el virus SARS-CoV-2 pondrá a prueba su actitud y aptitud ante la ciencia.

A todo lo anterior hay que sumar las pseudociencias y las pseudoteorías conspiranoicas que, a diferencia de los anteriores cuatro oscurantismos, no se han acallado en la coyuntura de  la pandemia, generando confusión y desinformación en las redes sociales gracias al analfabetismo científico de las multitudes, lo cual se traduce en muerte y sufrimiento cuando no se siguen las medidas de contención y mitigación necesarias para enfrentar la epidemia en cada nación.  Mi punto es que la emergencia del 2020 de origen biológico, pero expandida por la autopista expedita del transporte áereo de pasajeros que la globalización exacerbó en las últimas décadas, ha recuperado para la ciencia el lugar que le corresponde como faro iluminante de la sociedad.  Hoy dependemos angustiosamente de la investigación en virología, fisiopatología y epidemiología de este novel coronavirus que ya se diversifica en variantes más o menos patógenas.  Y esperamos que vacuna y tratamientos eficaces logren que la cifra de fallecidos no llegue ni al 1% de la influenza de hace un siglo.

Si la debilidad en infraestructura  y talento humano en ciencias de  la salud sumadas al analfabetismo científico de las mayorías ponen en aprietos a las sociedades del siglo XXI frente a un simple virus, imagínense esta incapacidad enfrentada a un reto inmensamente más grande y menos visible, como es el caso del cambio climático antropogénico.

En resumen, estado de bienestar + ciencia no es una fórmula simplona ni la panacea, pero sí constituye el punto de partida, la base firme desde la cual la humanidad pueda salir adelante frente al peligro que representa ella misma cuando está sometida a las fuerzas ciegas del mercado alimentadas por la codicia y al oscurantismo masificado por la alienación, el miedo y la ignorancia. 

Publicado originalmente en El Unicornio el 12 de abril de 2020  (elunicornio.co)
Próxima columna: Piketty vs Pinker

La parábola de la rana hervida


Dice la fábula que si echas una rana en agua muy caliente inmediatamente saltará fuera del agua, pero si la introduces en agua al clima y comienzas a calentarla lentamente la rana no notará el cambio y se cocinará viva.  Agradezco al lector acucioso que no haga el experimento a ver si es verdad. La moraleja es obvia: hay peligros que pasan por debajo de nuestro umbral de percepción y cuando nos damos cuenta ya es demasiado tarde.

Es lo que pasó con la pandemia en curso en varios países y viene sucediendo con el calentamiento global.

El novel coronavirus SARS-CoV-2, agente patógeno causante de la enfermedad Covid-19, ha generado una emergencia mundial al convertirse en pandemia, aunque no necesariamente se ha convertido en epidemia en todos los países.  Para la ciencia, la OMS o los que trabajan en epidemiología, no es una sorpresa tal tipo de situación para la cual existen protocolos preestablecidos que, sin embargo, siempre enfrentan resistencia por su impacto económico.  Un artículo de 2005 (Wendong Li et al), por ejemplo, trata de los murciélagos como reservorios naturales de coronavirus del tipo productor de SARS (Síndrome Respiratorio Agudo) y alertaba sobre su peligrosidad. Otro artículo de 2007 (Vincent C. et al) enfatiza el carácter emergente y reemergente de las infecciones por coronavirus.  Y como esos hay otros resultados publicados de investigaciones sobre zoonosis, enfermedades infecciosas y emergentes provenientes de animales no humanos y que pasan de una especie a otra, como es natural en la biosfera desde antes de la explosión cámbrica.  Seguramente la mayoría de los lectores de esta columna han visto la charla TED de 2015 ofrecida por Bill Gates, a quien pintan como un genio, cuando en realidad al vaticinar un peligro como el que ahora vivimos decía algo de sentido común, sabido por la ciencia, pero despreciado por sectores políticos que subvaloran el conocimiento científico.

No pertenezco al clan de autores, columnistas, periodistas, académicos, analistas y opinadores que ven “crisis” en todo lado y en todo momento.  Creo que la palabra “crisis” hay que reservarla para verdaderas situaciones críticas que se dan cuando un sistema ya no puede seguir funcionando normalmente o como en el caso técnico de las crisis económicas cuando se puede medir en indicadores la magnitud de un retroceso.  Con una sonrisa sarcástica hago eco al trino de Andrés Mejía: “esta debe ser como la decimonovena crisis definitiva del capitalismo desde 1850”. Por otra parte, tampoco sigo la senda de los optimistas inveterados como Steven Pinker, Hans Rosling o los transhumanistas, quienes parecen abanderar la consigna, atribuída a Carlos Marx, según la cual “la humanidad sólo se plantea los problemas que puede resolver”. 

Ahora estamos ante una crisis de salud y economía que es mucho menor a varias sufridas en la primera mitad del siglo XX en el breve lapso de 30 años: 1914-1918 guerra mundial imperialista; pandemia de influenza en 1918-1919; crisis económica de 1929-1933; segunda guerra mundial 1939-1945.  En contraste, la segunda mitad del siglo no tuvo verdaderas crisis globales, hubo crecimiento económico bastante generalizado y los focos de conflicto de mayor intensidad no alcanzaron las dimensiones de las guerras mundiales y fueron confinados en la periferia de los centros de poder de las grandes potencias.

En el siglo XXI, a pesar del 9-11 y la nueva geopolítica, el conflicto bélico no ha alcanzado nunca las cifras del siglo anterior.  Y aunque el peligro de guerra nuclear sigue pendiendo sobre nuestras cabezas, lo cierto es que se encuentra latente en un plano secundario, casi afuera de la agenda pública.  Brotes epidémicos como el SARS, MERS, Ébola, Zika, Chikungunya y otros, algunos con mayor tasa de letalidad que el actual coronavirus, no produjeron un impacto comparable a la actual peste al tener una tasa de contagio mucho menor y ser más fácil su contención.

Así que, vista en perspectiva histórica, la inminente crisis producida por la emergencia de la Covid no tendrá las dimensiones de aquellas que vivieron nuestros abuelos y que nuestra generación nunca había experimentado en carne propia.  Pero será lo suficientemente estremecedora para arrojarnos a la cara una lección contundente que debemos asimilar con inteligencia superior a la rana de la fábula, pues la verdadera encrucijada para la humanidad en el siglo XXI es el cambio climático que nos está cocinando lentamente y que asumimos con procrastinación estructural.

Imagino con optimismo que la relativamente pequeña o mediana crisis de 2020 será recordada como el simulacro que preparó a la especie humana para enfrentar el mayor desafío de su breve historia sobre la faz de la Tierra.  Digo “simulacro” como metáfora, no para repetir el error de la alcaldesa de Bogotá de etiquetear de esa forma una medida real sobre una amenaza real. Un símil boxístico podría ser llamar a esta crisis el “sparring” de la humanidad que ayuda a prepararse para la verdadera pelea por el campeonato mundial.  Es el pellizco que nos debe despertar de nuestro sopor y sacarnos de una vez por todas de la zona de confort.  No minimizo la gravedad de la emergencia actual ni desvalorizo las decenas de miles de personas cuyas vidas han entrado en las estadísticas de letalidad, cada una de las cuales es una tragedia familiar (no olvidar que el frenazo temporal de la maquinaria capitalista salva muchas vidas y renueva la naturaleza por la menor contaminación y el menor número de muertes en accidentes y otras causas).  Lo que quiero es enfatizar el carácter de advertencia, alerta, lección, aprendizaje, llamado de atención, que tiene la presente coyuntura.  La letra con sangre entra, decía una vigorosa pedagogía antigua.

¿Y cuáles son las lecciones que debemos captar en toda su altura y profundidad de esta experiencia vital a escala planetaria?

En pretendida respuesta, ya la industria de los gurúes, que sufre de incontinencia verbal, ha ofrecido generosamente su deposición de graforrea en grandes volúmenes de elucubraciones a una tasa superior al contagio del CoV2.  Prefiero pasar por encima sin untarme.  Keep calm and sapere aude, diría un Kant memético de nueva generación.  Tengamos pues, como nos enseñó Estanislao Zuleta, el valor de hacer uso público de nuestra propia razón.  Pero me temo, estimado lector que has llegado hasta aquí, que esa propuesta con las dos tesis de abril será en la próxima columna, en esta misma semana santa.  Quedamos QAP.

Publicado el 6 de abril de 2020 en El Unicornio  (elunicornio.co)