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lunes, agosto 30, 2021

La tiranía del mérito de Michael Sandel



En esta entrada presento algunos comentarios al vuelo sobre el libro La tiranía del mérito del profesor de Harvard, Michael Sandel, publicado en 2020.  Subtítulo: ¿Qué ha sido del Bien común?  

Por lo pronto no tengo tiempo para una reseña, a pesar de que recomiendo la lectura de la obra.

El libro es una crítica a la meritocracia, argumentada de manera muy ordenada en un lenguaje accesible a un público amplio, sin perder por ello un ápice de rigor.  No es trata de una crítica al mal funcionamiento de la meritocracia, algo que eventualmente pudiera corregirse, sino a su lado oscuro intrínseco.  

Comparada con la aristocracia, la meritocracia aparece como muy progresista, pero en realidad no contribuye a la igualdad.  Por el contrario, la desigualdad que produce es tan aguda como la aristocrática y con un agravante: ya no es culpa de factores fuera de control sino de las propias personas.

En el desarrollo argumentativo aparecen algunos análisis dicotómicos:  mérito vs gracia; autosuficiencia vs impotencia; soberbia vs humildad; ética del dominio vs ética de la fortuna; providencia vs fortuna.

El mérito es analizado en diversos aspectos: lotería genética, herencia, esfuerzo, contribución social.  Sandel lo cuestiona en esos cuatro aspectos.

Hay un análisis de la igualdad de oportunidades y de la movilidad social, conceptos que definieron la estrategia apoyada por el progresismo liberal, pero que no resolvieron el problema de la desigualdad, sino que por el contrario la agudizaron de 1980 al presente.

En perspectiva histórica cuenta el origen de la idea meritocrática, desde la religión en tiempos de la Reforma protestante (siglo XVI) hasta el neoliberalismo y la globalización de los últimos 40 años.  Una idea que caló en la derecha y la izquierda y sirvió para ese deslizamiento hacia la derecha y el consenso de Washington del liberalismo progresista estadounidense, el laborismo británico y la socialdemocracia europea.

Explica el fenómeno del populismo de derecha, especialmente ejemplificado en la victoria de Trump en 2016 y el Brexit.  Los carentes de credenciales, es decir, de educación universitaria, son los perdedores de la globalización apoyada por la élite progresista (deslocalización de la industria, la automatización y el desbalance en la correlación de fuerzas entre patrono y trabajadores (dicho en términos nuestros).

Muestra como la educación superior es la variable principal para explicar y predecir al votante estadounidense y también las "muertes por desesperación" (suicidios, sobredosis, enfermedades hepáticas producidas por alcohol).

Hay una crítica al "credencialismo", término que se refiere a las credenciales académicas en la hoja de vida. Y en general hay una fuerte crítica al sistema de educación superior por sus criterios de selección supuestamente meritocráticos, ideados por James Conant, aquel rector de Harvard en los 40 y 50 que influyó en Thomas Kuhn.  El autor cita a  Michael Young, quien hace 60 años escribió El triunfo de la meritocracia y vió lo que Conant no vió.

La meritocracia supone que tenemos el control de nuestro destino, la autorrealización: si triunfamos es un logro merecido y si fracasamos es nuestra culpa.  También supone que el valor de mercado del salario es indicador del valor moral del trabajador.  Dos tesis que Sandel rebate.  El autor muestra el lado oscuro de la meritocracia, la desvalorización del "perdedor" en la estima social y en la autoestima.  No puede culpar a nadie más que a sí mismo y debe soportar la soberbia de los triunfadores.  

Dos de cada tres estadounidenses no tiene título universitario.  En el caso del trabajador blanco, supuestamente privilegiado por raza y sexo, no tener título es un fracaso abrumador.  No es sólo un asunto de justicia retributiva sino de justicia contributiva (la primera relacionada con el consumo y la segunda con la producción) y de respeto al trabajo. El progresismo se concentró en la primera y olvidó la segunda.  Esto ayuda a explicar la revuelta populista de derecha.  Nota: Smith y Keynes están con el consumo, pero Aristóteles, Hegel, Durkheim y la doctrina social católica no, estos están con la producción. Sandel no lo dice, pero ahí debió mencionar a Marx.

Casi todo el libro es diagnóstico, análisis.  Pero hay algunas propuestas al final. En el tema de las universidades propone un proceso selectivo que involucre la suerte.  En política tributaria propone disminuir impuestos al trabajo y aumentarlos al sector financiero, cuya contribución a la sociedad es dudosa. Sandel no propone una igualdad de resultados como alternativa a la igualdad de oportunidades sino una amplia igualdad de condiciones de vida digna (incluye un concepto interesante: cultura de aprendizaje extendida).  Esta parte propositiva es débil, el fuerte del texto es el diagnóstico.

Comentario adicional: este libro encaja con la Historia mínima del neoliberalismo de Fernando Escalante (ver reseña en este blog), con el texto de Piketty (El capital en el siglo XXI) y con mi columna y video sobre "1980, el año en que todo cambió".  Me refiero a la historia del capitalismo en el siglo XX y su periodización razonada.  Algunos creen que el capitalismo siempre ha sido lo mismo, que hoy es igual al siglo XIX.  Pero en 1980 hubo un viraje profundo.  Los invito a ver el video, he aquí el hipervínculo:

Video 1980 el año en que todo cambió


sábado, junio 06, 2020

¿Nuevo orden mundial?


Si buscas en google la frase entrecomillada “nuevo orden mundial”, ¿Cuántos resultados crees que salgan?  En español hay alrededor de 4 millones.  Pero si buscas “New World Order”, puedes llegar a los 20 millones.  Sería interesante haber hecho este ejercicio una vez al mes desde enero, pues creo que la cifra se ha disparado y así podríamos corroborarlo.  En todo caso la frase está de moda en las redes sociales, pulula por doquier, casi siempre asociada a un discurso conspirativo simplón, que raya en el delirio de persecusión y el victimismo, y se basa en la ignorancia. Su entrada en wikipedia advierte “no se debe confundir con la conspiración judeo-masónico-comunista internacional”.  Parece un chiste.  

El concepto serio de “nuevo orden mundial” es antiguo en geopolítica y en historia.  Por ejemplo, en 1945 aparece un nuevo orden mundial como resultado de la guerra que involucró a todo el hemisferio norte, generando una correlación bipolar de superpotencias en permanente guerra fría y poco después surge la ONU y la Declaración Universal de los Derechos Humanos.  Hay también una nueva dinámica económica, con fuerte rol del estado en inversión y regulación, y un enfoque keynesiano en la política, lo que llevará a un gran crecimiento en la riqueza material y a un tipo de democracia social conocida como estado de bienestar.  Y en el otro polo se consolida un modelo de socialismo de estado en el bloque soviético que, sin embargo, se derrumbaría 45 años después, con lo cual tenemos otra vez un nuevo orden mundial en 1990.  Este tema lo tratamos hace poco en una columna anterior y lo profundizamos en este video.

No toda crisis por profunda que sea es capaz de producir un nuevo contexto de poder entre las naciones y las ideologías.  Por ejemplo, hace un siglo tuvo lugar la Gran Guerra Europea que ahora se conoce como “la primera guerra mundial” y al final de esos cuatro terribles años se produjo una revolución anticapitalista en el país de mayor tamaño y luego una pandemia de influenza que causó más muertos que la propia guerra.  Sin embargo, no surgió un nuevo orden mundial.  En el marco del Tratado de Versalles se creó la Sociedad de las Naciones que se proponía establecer las bases para la paz duradera a partir de una reorganización de las relaciones internacionales.  Mas no hubo tal.  Por el contrario, hubo más de lo mismo y hasta peor, como lo evidencia el hecho de la crisis económica de 1929 y la siguiente guerra de mayor escala.      

En 2020 enfrentamos una pandemia más global que cualquier otra.  En un contexto totalitario la economía seguiría funcionando así murieran algunos millones de personas.  Que de forma intencional se haya frenado parcialmente la economía como estrategia de defensa anticontagio, es un indicador de que el valor democrático de la vida se impuso a los intereses de los negocios (aunque fue evidente que gobernantes populistas como Trump, Bolsonaro y Johnson lo hicieron a regañadientes y con deficiencia). ¡Es una victoria democrática! 

La emergencia ha demostrado de manera contundente el desastre social y ambiental que ha generado la hegemonía neoliberal y su fundamentalismo de mercado durante los últimos cuarenta años en gran parte del mundo.  El sector público de la salud fue desmantelado.  El sistema educativo ha fracasado, arrodillado al pensamiento mágico y la fragmentación del saber. El empleo se ha hundido en el pantano de la inestabilidad, precariedad e informalidad debido a la política de “flexibilidad laboral”.  La desigualdad y la miseria se han incrementado.  La investigación científica se ha desfinanciado, debilitando su infraestructura.  El efecto invernadero, la pérdida dramática de biodiversidad y la acidificación de los océanos se han desbocado y amenazan la supervivencia de la civilización.

Es entonces el momento de reclamar masivamente el regreso del estado social remasterizado y la economía mixta, el fortalecimiento de lo público, el despliegue de nuevas y audaces formas de política social incluyente, como la renta básica universal.  Que vuelva Keynes, que venga la vieja socialdemocracia, dirán algunos.  Que resucite el liberalismo social, dirían otros en Colombia.  Sí, hay que aprender las lecciones positivas del pasado, pero hay también nuevas ideas que se pueden conjugar creativamente, nuevas opciones como la propuesta por Thomas Piketty, por ejemplo.  Ese es el nuevo orden mundial que necesitamos, un orden postneoliberal, con raigambre social.  Y en eso es que deberíamos estar pensando.

El Estado de Bienestar ha sido la mejor forma de sociedad jamás construída, probada en la realidad de los hechos durante décadas y debe resurgir repotenciado, actualizado a la altura del siglo XXI, dotado de una política antropocénica para enfrentar el cambio climático.  En Colombia lo llamamos Estado Social de Derecho y lo han venido desmontando desde 1993, cuando de lo que se trata es de profundizarlo.  No hablamos de resistencia, sino de construcción de futuro para todos.  La reivindicación del Estado Social de Derecho, columna vertebral de la Constitución del 91, no será el fruto espontáneo de una crisis pandémica, sino el objetivo de un movimiento multitudinario de los trabajadores, que somos todos los empleados profesionales o no profesionales, los desempleados, los subempleados, los informales y los rebuscadores.  

El nuevo orden que soñamos tendrá que ser necesariamente implacable contra la corrupción.  La clase politiquera se ha apropiado del estado y lo ha podrido de corrupción con un beneficio doble: se enriquecen con la contratocracia y logran desprestigiar lo público para que la gente no crea en ello y vea la privatización como la salvación.  Con cara ganan ellos y con sello también.  Entre el neoliberalismo que debemos sepultar en el pasado y el futuro estado social, se levanta la barrera de la corrupción.  Contra ella lo hemos intentado casi todo, excepto la pena de muerte.  Es hora de considerar esa opción, ¿no les parece?

No es eficiente la deliberación racional sobre un nuevo orden mundial liberador y postneoliberal, como propuesta política progresista, mientras los fanáticos de las llamadas “teorías conspirativas” generen tanto ruido desorientador con su alborotada paranoia de un imaginario “nuevo orden mundial” opresivo, sin fundamento geopolítico ni tecnocientífico alguno.  Estos idiotas útiles, alebrestados por el confinamiento y el auge de las redes sociales, hacen eco a Trump y sus trinos descabellados, con un sancocho contradictorio de insensateces que simplifica a niveles absurdos y ridículos la situación que vivimos.  Según ellos la pandemia es un engaño, totalmente inexistente, o tal vez sí existe, pero es un fenómeno artificial.  En cualquiera de los dos casos es un plan diabólico fabricado por…. ¿el partido comunista chino? ¿Bill Gates? ¿el Club Bilderberg? ¿Putín y Trump cogidos de la mano? ¿la Big Pharma?  ¿los judíos? ¿los Illuminati? ¿los bancos?  Tamaña inconsistencia se resuelve con una mágica frase evasiva: “la élite mundial”, un oscuro colectivo siempre indefinido, pero de alguna forma caracterizado por su perfecta unidad sin fisuras, su solidez a toda prueba, su fantástica cohesión y capacidad maquiavélica infinita.  Con su estéril sofisma de distracción los conspiranoicos son funcionales al sistema.  Por eso, la próxima columna va enfocada al análisis de este fenómeno psicosocial y a tratar de responder esta pregunta: ¿por qué tanta gente de izquierda traga entero teorías conspiranoicas que origina la extrema derecha?



sábado, mayo 02, 2020

Videocharla 1980, el año en que todo cambió

Videocharla

Conferencia en cuarentena sobre historia del siglo XX, geopolítica, tecnología, guerra fría

1980, el año en que todo cambió


Si quieres entender el 2020 debes conocer 1980, el año que partió en dos la historia de la civilización global que surgió a partir de la posguerra.  Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.  Y ahora, con unos añitos más y unas cuantas canas (muy pocas, la verdad), podemos ver lo que en su momento no vimos. 

En 1980 todo era euforia.  Aún resonaban los ecos de la victoria vietnamita contra el ejército más poderoso del mundo.  La revolución sandinista, cuya fulgurante ofensiva final escuchamos en directo por radio de onda corta, acababa de triunfar.  Con el liderazgo de Omar Torrijos, Panamá recuperaba la soberanía sobre la zona del canal.  La revolución salvadoreña se veía inminente con el FMLN a la cabeza.  En Colombia, el M19 se había tomado la embajada de la República Dominicana y un hervidero de pañuelos blancos lo saludaba en su salida triunfal, el movimiento estudiantil, liderado por la FEUV, ascendía vertiginosamente en su movilización contra la reforma universitaria, los movimientos cívicos explotaban en paros, barricadas y tomas por doquier, y el sindicalismo parecía avanzar, por fin, hacia la ansiada unidad.  El fervor por los derechos humanos se elevaba en oleadas al mismo tiempo que se agudizaba la represión, la tortura y las desapariciones en un régimen militarista enmarcado en el estado de sitio permanente y el estatuto de seguridad. 

Todo parecía posible y el sueño de una patria digna, justa, libre y democrática sembraba de maestra vida a una juventud que escuchaba a Pablo pueblo, hijo del grito y la calle.  Una juventud que no quería escoger entra la navaja y el plástico y que gozaba como pagano el sonido bestial que estremecía La Casita de Paja, La Cien o Tintindeo.

Entre brumas recordamos el dulce aroma de la llanta quemada que perfumaba la atmósfera de los ochenta, pero el signo de los tiempos señalaba contravía.  Un par de años antes, Albino Luciani, recién nombrado soberano de un diminuto país denominado Vaticano, murió súbitamente, algunos dicen que fue asesinado, y en su reemplazo el cónclave designa al polaco Karol Wojtyla, con la misión, más geopolítica que divina, de romper el eslabón débil de la cadena soviética en la Europa Oriental.  Un año después llega al 10 de Downing Street Margaret Tatcher y en el siguiente es elegido el actor Ronald Reagan en EEUU.  Se configura así un poderoso triunvirato de ultraderecha en el Atlántico Norte, mientras en el otro polo de la guerra fría el asunto se calienta con la invasión de Afganistán por la URSS y la masificación del sindicato Solidarnosc en Polonia.  En otra esquina, Deng Xiaoping consolida su poder en la China milenaria e inicia una sorprendente reconversión radical del sistema económico que tendrá un impacto decisivo en el siglo XXI. 

Del puente para allá está Brézhnev, del puente para acá está Ronald Tatcher, alias Margaret Reagan, y en el medio de los dos, pasan Francois Miterrand y Felipe González, con rumbo al estado de bienestar… en teoría.  Queda servido pues el tinglado geopolítico de la recta final de la guerra fría.  La madre de todas las batallas está por empezar.

Pero la dinámica geopolítica, es como un iceberg en un mar tormentoso.  La mayor parte de su masa está bajo la superficie de las olas, aunque nunca a la manera ingenua como suelen elucubrar gratuitamente los conspiranoicos al practicar su deporte favorito.  En esos años agitados pasaban muchas cosas que nosotros, los de entonces, no alcanzábamos a entrever.  Por ejemplo, en el mundo de las ideas, que nada tiene de platónico, poderosas corrientes submarinas arrastraban al iceberg hacia destinos inimaginables.  Ahora, con 40 años de distancia, podemos desentrañar esos procesos subyacentes y para ello enfocaremos dos niveles de análisis.    

Primero, el nivel de la realidad objetiva o de primer orden. 

En los últimos siglos la tecnociencia se ha convertido cada vez más en el factor determinante de la evolución de la sociedad humana, pues como decía Francis Bacon,”el conocimiento es poder”.  El control de la realidad objetiva se define en el silencio de los laboratorios y en el diálogo crítico de los científicos.  Los poderes mundanos astutos procuran por tanto instrumentalizar a la ciencia mientras los sectores sociales y políticos más confusos caen en la estupidez de darle la espalda, brindando en bandeja de plata el factor decisivo a sus oponentes. 

Para 1980 la “era atómica” y la “era espacial” ya estaban siendo opacadas por la “era digital”, que potenciaba el despegue de la tercera revolución industrial.  Un nuevo tipo de capitalismo postindustrial se forjaba alimentado por la revolución digital: internet, telemática, robótica, inteligencia artificial.  El manejo de los bits definía el futuro.  La batalla era entre de seres de carbono, pero las armas eran de silicio.  Y la victoria fue para Silicon Valley y sus equivalentes en Europa Occidental y en un nuevo territorio que irrumpe como potencia económica: el Este Asiático.  (Nota: poco se ha analizado sobre el impacto de la revolución digital en el derrumbe del bloque soviético o en la derrota parcial de las FARC en Colombia).

En segundo término  está el nivel de la realidad intersubjetiva o de segundo orden. 

Como todos sabemos las guerras también se libran en el terreno de las ideologías.  O de las creencias, culturas, imaginarios, ficciones en suma.  En las facultades de economía de los años 70 ya se hablaba del “monetarismo”, de la “escuela de Chicago” y en 1976  Milton Friedman ganó el Nobel.  Bajo la tiranía de Pinochet, Chile había sido su laboratorio experimental.  Como narra el sociólogo mexicano Fernando Escalante Gonzalbo en su libro Historia mínima del neoliberalismo, esta corriente de pensamiento que surgió en los años 30, aprovecha ciertas debilidades del estado de bienestar surgido en la posguerra europea y se ve potenciado por los gobiernos de Tatcher y Reagan, para luego, tras la caída del Muro y la consolidación del consenso de Washington en los 90, convertirse en el pensamiento hegemónico de la globalización.  Su fundamentalismo de mercado pasa de ser una teoría económica, considerada pseudociencia por filósofos como Mario Bunge, a expandirse como una ideología todo terreno.

Esta ficción llamada neoliberalismo ni siquiera pudo ser enterrada por la crisis económica de 2008, al parecer según dicen algunos gurúes de la opinión, porque no existen alternativas.  Y es posible que tengan algo de razón, a pesar de que ya hay propuestas alternativas fuertes como las de Piketty que mencioné en la pasada columna.  Y es precisamente el trabajo de Piketty y otros economistas de la misma línea los que muestran con cifras cómo 1980 marca un punto de inflexión en la distribución del ingreso y de la riqueza, un viraje en dirección a la concentración y la desigualdad en significativa correlación con el predominio de la conservadora ideología neoliberal.

La carencia de alternativas al neoliberalismo está asociada a la orfandad de teoría en que cayó buena parte de la izquierda global a partir de la crisis y decadencia del marxismo a finales de los años 70, un vacío que permitió el auge de una serie de formas oscurantistas de pensamiento, como el posmodernismo a nivel intelectual y el pensamiento mágico a nivel popular. 

Uno de esos casos, que merece más estudio, fue la invasión evangélica a la otrora católica América Latina agenciada desde el sur de Estados Unidos con fines de lucro y de dominación política alineada con el partido republicano.  Por ejemplo, vimos como desde los años ochenta el magisterio sindicalizado pasó de tener una formación materialista dialéctica a ser dominado por un adoctrinamiento evangélico premoderno, con todo lo negativo que eso implica en la formación de las nuevas generaciones.  En el propio campo religioso, los hechos muestran que en el continente la teología de la liberación languideció y las sectas evangélicas proliferaron. 

En los movimientos de izquierda observamos cómo la confusión y dispersión ideológica llevó a refugiarse en microcosmos identitarios y miradas introvertidas, sobrevalorando la mera resistencia defensiva de supervivencia, fragmentando y debilitando al movimiento popular.  Por eso ya no hay continentes de izquierda, sino archipiélagos, movimientos constituídos por amalgamas de minorías.  En muchos de estos sectores es notoria la renuncia a un horizonte progresista humanista universal.  No es de extrañar que los encuentros del Foro Social Mundial sean como una torre de Babel y su consigna central se limite a la tesis vacía “Otro mundo es posible”.  Ante lo cual toca preguntar: “Sí, pero ¿cuál?”. 

En resumen, 1980 es la bisagra de cinco cambios históricos de impacto global:

-La democracia liberal gana la guerra fría al modelo soviético de socialismo de estado.

-El estado de bienestar, exitoso proyecto socialdemócrata de posguerra, es desmantelado por el
neoliberalismo que se impone como ideología hegemónica.

-La revolución digital es el eje de la tercera revolución industrial y genera un nuevo tipo de
capitalismo postindustrial, la sociedad de la información y el conocimiento.

-El Este Asiático irrumpe como nueva potencia económica mundial.

-La orfandad de teoría se apodera de las izquierdas y diferentes formas de oscurantismo se infiltran en los movimientos sociales y políticos alternativos.      


Las dos lecciones de la pandemia


En la anterior columna sostuve que la presente coyuntura 2020 es de aprendizaje forzoso, para que a la especie humana no le pase en los próximos 20 años como a la rana hervida en la olla del calentamiento global.  La pregunta entonces es: ¿qué podemos aprender los Homo Sapiens de esta emergencia?  No se trata de hacer un ejercicio descriptivo de adivinación futurista, sino un raciocinio prescriptivo sobre el qué hacer frente a los desafíos del siglo XXI. 

Procedo entonces a extraer lecciones que, sin embargo, no surgen del momento, sino del análisis de las cuatro décadas pasadas y que la actual emergencia permite liberar de la torre de marfil intelectual para ser arrojadas a la cara de todo individuo que se tome al menos unos momentos para reflexionar sobre lo que está pasando.  Este análisis parte de dos contradicciones, que casualmente tienen en 1980 el punto de inflexión.  En efecto, el año de 1980 y sus alrededores es el parte-aguas que divide en dos el devenir del capitalismo en la posguerra.

Las dos contradicciones son: (1) neoliberalismo vs estado de bienestar y (2) oscurantismos vs ciencia.

El neoliberalismo, con el fundamentalismo de mercado cómo médula, surge en los años 30 en tanto idea, pero adquiere relevancia con la escuela de Chicago en los 70 y empieza a predominar con el advenimiento de Reagan y Thatcher al poder ejecutivo a ambos lados del charco.  Por su parte, el estado de bienestar es un producto europeo de la guerra fría con base keynesiana, socialdemócrata, que intenta conjugar los valores ilustrados de igualdad y libertad, motorizado por el miedo al modelo soviético de socialismo. Miedo que desaparece al derrumbarse el Pacto de Varsovia y permite al neoliberalismo imponer el consenso de Washington, expandirse como ideología de la globalización, volverse sentido común más allá de la esfera económica y ser asimilado como modo de vida.  Entretanto la socialdemocracia se diluye a medida que el estado de bienestar va siendo desmontado a pedazos.  El neoliberalismo alcanza tal hegemonía cultural que ni siquiera la crisis de 2008 le hizo mella, dado que no había alternativa, salvo el extraño modelo asiático de capitalismo emergente tardío que, por cierto, sirvió para jalonar la economía mundial y ocultar las fallas del modelo neoliberal.

En Colombia, la Constitución de 1991 refleja en su carácter bicéfalo esta contradicción que analizamos, al imbricar en precario equilibrio la tendencia privatizadora y mercantil con el garantista estado social de derecho.  En 30 años hemos visto cómo el componente neoliberal ha socavado el estado social de derecho dejándolo en los huesos.

Ahora la emergencia sanitaria de la pandemia pone en evidencia la ineptitud del mercado para gestionar la crisis y velar por el Bien común, incapaz de interpretar los intereses de la humanidad como conjunto. Como en la caricatura, el náufrago en el agua no encuentra la mano invisible de Adam Smith que lo salve de ahogarse.  Se plantea entonces el retorno del Estado en todo el mundo.  El imperativo de la salud como derecho deja de ser letra muerta y resucita en medio de la angustia, el miedo y la vulnerabilidad biológica: ¡¿cómo pudimos desmantelar el sistema público de salud?!  La renta básica universal deja de ser utópica y en cuestión de días se hacen ensayos pilotos en su dirección (aunque en Colombia bajo la forma perversa del know how asistencialista de la clase politiquera: repartiendo mercaditos con sobrecostos).  La investigación científica, en muchos países marginada, de repente es urgida como salvadora y guía.

Es el momento de la defensa de lo público en los sectores estratégicos de la sociedad.  Corrupción y privatización son dos caras de la misma moneda. La corrupción del sector público no sólo produce ganancias inmediatas ilegales sino que fomenta luego la privatización y sus ganancias legales concomitantes.  La combinación perfecta…. ¡para ellos!  Y ya no es cierto que no haya alternativa al “sentido común” neoliberal.  El estado de bienestar ha sido el mejor modelo de sociedad moderna que ha existido y puede ser actualizado, por ejemplo, siguiendo la línea de investigación que Thomas Piketty y su equipo han liderado en la última década.  Y que quede claro que no proponemos un modelo estatista sino una economía mixta racionalmente regulada.  Pero lo más importante es que este modelo nos permitiría enfrentar en mejores condiciones el mayor desafío de todos: el cambio climático.   

La otra contradicción viene desde el siglo de las luces cuando el enciclopedismo visumbró al ciudadano ilustrado como el pilar de la democracia.  Pero el sistema educativo no cumplió con esta promesa de la modernidad al dedicarse a embutir en los jóvenes información fragmentada inconexa y perder de vista el objetivo de formar en pensamiento crítico racional y cosmovisión científica.  Olvidamos que la ciencia, como decía Carl Sagan, no es una montonera de conocimientos sino una forma de ver y entender el mundo.  Esta falla grave en el marco del progreso moderno es confrontada por Steven Pinker en su recomendado libro En defensa de la Ilustración (2018). 

La consecuencia es que no habrá ciudadanías libres si no hay masa crítica de ciudadanos ilustrados.  Para la democracia esto ha sido extremadamente perjudicial, pues ha prohijado el auge de los populismos y clientelismos.  En términos filosóficos se dice que la democracia epistémica fue opacada por la democracia doxástica.

La forma tradicional de oscurantismo anti-ciencia ha sido el pensamiento mágico religioso.  Lejos de desaparecer, ha pervivido en los sectores conservadores de la sociedad.  En EEUU la base social republicana de protestantes fundamentalistas tiene tal peso político que pone presidentes. Y en tiempos de pandemia podemos ver lo que eso implica: la ineptitud total del gobierno federal y las escandalosas cifras ascendentes de la Covid en ese país.  En América Latina ni siquiera se limita a los sectores conservadores, como el caso patético de Bolsonaro, sino que ha permeado hasta los sectores de izquierda, supuestamente progresistas. 

Pero el fenómeno que más ha impactado a las izquierdas con epicentro en Europa fue el movimiento intelectual posmodernista que surgió a finales de los 70 para llenar el vacío dejado por el marxismo, y desde entonces ha hecho estragos en las ciencias sociales y en el pensamiento “progre”.  En verdad, el “posmodernismo” debería denominarse “antimodernismo”.  También el pensamiento liberal se vió influido por esa moda lo que derivó en la ideología de la “corrección política” basada en el construccionismo social y cultural que desconoce la base biológica del animal humano, que hoy nos abofetea con la pandemia. Afectó sobre todo a feminismos y movimientos étnicos.  En América Latina hay otra corriente oscurantista, poco conocida, pero con alguna influencia en países de fuerte presencia indígena.  Me refiero al llamado “pensamiento decolonial” que practicamente declara una guerra cultural contra Occidente.  Hay un tufo “decolonial” en el gobierno de AMLO, cuya ministra de ciencia ha sido fuertemente cuestionada por la comunidad científica (igual ha pasado en Colombia en un gobierno de derecha como mostré en mis columnas de enero). La gestión de López Obrador frente a la epidemia ocasionada por el virus SARS-CoV-2 pondrá a prueba su actitud y aptitud ante la ciencia.

A todo lo anterior hay que sumar las pseudociencias y las pseudoteorías conspiranoicas que, a diferencia de los anteriores cuatro oscurantismos, no se han acallado en la coyuntura de  la pandemia, generando confusión y desinformación en las redes sociales gracias al analfabetismo científico de las multitudes, lo cual se traduce en muerte y sufrimiento cuando no se siguen las medidas de contención y mitigación necesarias para enfrentar la epidemia en cada nación.  Mi punto es que la emergencia del 2020 de origen biológico, pero expandida por la autopista expedita del transporte áereo de pasajeros que la globalización exacerbó en las últimas décadas, ha recuperado para la ciencia el lugar que le corresponde como faro iluminante de la sociedad.  Hoy dependemos angustiosamente de la investigación en virología, fisiopatología y epidemiología de este novel coronavirus que ya se diversifica en variantes más o menos patógenas.  Y esperamos que vacuna y tratamientos eficaces logren que la cifra de fallecidos no llegue ni al 1% de la influenza de hace un siglo.

Si la debilidad en infraestructura  y talento humano en ciencias de  la salud sumadas al analfabetismo científico de las mayorías ponen en aprietos a las sociedades del siglo XXI frente a un simple virus, imagínense esta incapacidad enfrentada a un reto inmensamente más grande y menos visible, como es el caso del cambio climático antropogénico.

En resumen, estado de bienestar + ciencia no es una fórmula simplona ni la panacea, pero sí constituye el punto de partida, la base firme desde la cual la humanidad pueda salir adelante frente al peligro que representa ella misma cuando está sometida a las fuerzas ciegas del mercado alimentadas por la codicia y al oscurantismo masificado por la alienación, el miedo y la ignorancia. 

Publicado originalmente en El Unicornio el 12 de abril de 2020  (elunicornio.co)
Próxima columna: Piketty vs Pinker

miércoles, octubre 30, 2019

Hacia dónde va el mundo: lecturas contradictorias 2018


Lecturas contradictorias 2018: Hacia dónde va el mundo

Por Jorge Senior

Mi principal campo de interés en materia de lectura es la ciencia y la filosofía científica.  Este año trabajé en dos líneas: el pensamiento crítico y Big History.  Pero esto no implica abandonar otros intereses en un mundo intelectualmente muy dinámico.  Quizás porque fue un año político en Colombia con una definición inédita entre izquierda y derecha, o tal vez porque en todo el mundo hay zozobra y desconcierto sobre el devenir de este siglo XXI que parece muy distinto al siglo anterior, o puede ser por la propia retroalimentación que producen las lecturas, pero lo cierto es que al hacer el balance de lo leído en 2018 encuentro que una parte significativa del listado se enfoca en el reciente pasado, el presente y el futuro de la sociedad humana.  Y ello, desde luego, no es ajeno ni al pensamiento crítico ni a la Gran Historia.

En esta nota voy a referirme a una serie de libros publicados recientemente y que de un modo u otro tratan de entender la sociedad actual y vislumbrar hacia dónde se dirige.  Hice un listado de 10 libros, ocho de ellos leídos éste año y los otros dos objeto de relecturas, y como indica el título en ellos no existe nada que siquiera se aproxime al consenso, pues toda esta producción intelectual genera ideas contradictorias en una virtual polémica que a primera vista parece confusa. 

Mi propósito aquí es desenredar la madeja en alguna medida y examinar la posibilidad de integrar un punto de vista con tales insumos divergentes.  Esto puede ser un ejercicio interesante en cuanto a la problemática de “hacia dónde va el mundo” más allá de la coyuntura de los Putin, Trump, Brexit, Bolsonaros o uribismos. 

Si echamos estos textos en una descomunal olla comunal con agua y puesta sobre un fogón de piedra y alimentada por fuego de leña, obtendríamos una ininteligible e incoherente, pero deliciosa, sopa de letras.  Quizás lo mismo sucedería con los cerebros de los autores en una eventual sopa de sesos.  El resultado es ecléctico como lo que en el Caribe colombiano solemos llamar sancocho trifásico. 
Estos son tiempos de eclecticismo, abiertos a la convergencia o la divergencia, dado que no hay predominio de una visión crítica determinada.  En este sancocho contestatario confluyen bastimentos y vituallas como neoinstitucionalismo, humanismo liberal, izquierdas identitarias y culturalistas, heterodoxias nostálgicas herederas del marxismo-freudismo, los tres oscurantismos que ya he mencionado en otros escritos (posmodernismo, construccionismo social y decolonialismo) y populismos de izquierda mezclados con pragmatismos corruptibles.  Por el lado del poder dominante a escala global también hay eclecticismo a pesar de cierta hegemonía del neoliberalismo.  Esta corriente ideológica dirige una orquesta en la cual confluyen nuevos populismos de derecha proteccionistas y xenofóbicos, viejos conservatismos autoritarios tradicionales, brotes neofascistas ocasionales e irracionalismos de diversa índole, más la corruptela de siempre y el apetito insaciable de las élites. Tanto en la derecha como en la izquierda encontramos algunos fenómenos de fobia a la ciencia y la tecnología, diferentes formas de antimodernidad.

En la lista de 10 libros encontramos 11 autores de 10 países distintos, nacidos en cuatro décadas diferentes y pertenecientes a cinco ciencias sociales y una rama de la filosofía. Tal diversidad es significativa, parece signo de los tiempos.  Cuatro autores son economistas, tres son sociólogos, tres politólogos, un psicólogo, un historiador y un filósofo de la biología.  Si las cuentas no cuadran es porque hay un par con dos títulos.  Los países representados en este grupo selecto de autores son: Turquía, Israel, Canadá, EEUU, Reino Unido, Francia, Italia, Portugal, México y España (con dos malagueños).  Boaventura de Sousa Santos y Jeremy Rifkin son los más veteranos, nacidos en la década de los cuarenta.  Steven Pinker es el único representante de los 50.  Antonio Diéguez, James Robinson, Daron Acemoglu y Fernando Escalante nacieron en los 60.  Los más jóvenes son Lucía Picarella, Manuel Arias, Thomas Piketty y Yuval Noah Harari, setenteros.

La mitad de los textos fueron escritos en español, por lo menos eso es seguro en los casos de los españoles Diéguez y Arias, y el mexicano Escalante, y creo que también es el caso del portugués Santos y la italiana Picarella, esta última vinculada con una universidad colombiana.  Los otros fueron escritos en inglés, excepto el de Piketty, y se encuentran traducidos al español. 
En orden cronológico inverso los libros son los siguientes:
·         En defensa de la ilustración de Steven Pinker (2018)
·         21 lecciones para el siglo XXI de Yuval Noah Harari (2018)
·         Evolución de la democracia de Lucía Picarella (2018)
·         Antropoceno de Manuel Arias Maldonado (2018)
·         Transhumanismo de Antonio Diéguez Losada (2017)
·         Historia mínima del neoliberalismo de Fernando Escalante Gonzalbo (2015)
·         La sociedad de coste marginal cero de Jeremy Rifkin (2014)
·         El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty (2013)
·         Por qué fracasan los países de James Robinson y Daron Acemoglu (2012)
·         Descolonizar el saber, reinventar el poder de Boaventura de Sousa Santos (2010)

En realidad los libros de Harari, Rifkin, Pinker y Santos representan varias obras de estos autores y los he reseñado en otras notas.

Ninguno de estos libros es de derecha.  Son pocos los autores de derecha que leo.  Por ejemplo, he leído a Andrés Oppenheimer, un propagandista neoliberal, porque sus tesis sobre educación, ciencia, tecnología e innovación son un reto.  Es una falla grave de la izquierda latinoamericana que estos temas tengan mayor posicionamiento en la derecha neoliberal.  Cosa diferente sucede en EEUU, un país cada vez más polarizado, donde la derecha tiende a ser cienciofóbica debido a su base social religiosa fundamentalista.

Tampoco se puede decir que los 10 libros listados sean de izquierda, a excepción del escrito de Santos, que pretende serlo, aunque he sostenido en otras notas que el decolonialismo es neoconservador y un caballo de Troya en la izquierda (pero Santos dice que no es decolonial).  Sin embargo, sí se puede decir que estos textos representan matices progresistas, como veremos en sus tesis.

Cada autor acota su temática según su respetable criterio, pero las limitaciones de una cota, sea autoimpuesta o no, hay que señalarlas en su descripción.  Los que fueron escritos en español, a excepción de Santos que es bastante polémico y político, son los textos más académicos.  De hecho pueden servir como introducciones panorámicas a los temas de antropoceno, transhumanismo, neoliberalismo y democracia.  Si el lector conoce poco de estos temas y no ha leído a sus especialistas, estos libros le dan una visión panorámica.  Por ejemplo, yo leo la bibliografía de estos textos y encuentro que desconozco más del 90%, por tanto el libro me sirve de guía.  Además de académicos, introductorios y panorámicos, estos textos hispano-mexicanos son interdisciplinares, no así el de Picarella que presenta una limitación notoria en cuanto está muy encerrado en el ámbito de la teoría política propia de la politología, el derecho y la filosofía política.  Los del dúo Acemoglu y Robinson y el de Piketty tienen su eje en la economía, pero necesariamente tocan aspectos sociales, políticos, legales e institucionales.  En contraste, los libros de las superestrellas Harari, Pinker y Rifkin son de gran angular al abarcar períodos históricos amplios y casi todos los aspectos de la sociedad (Rifkin en menor medida).  Por esa misma razón estos autores evidencian debilidades en aquellos campos que les resultan ajenos.

Los temas abordados en el conjunto de algo más de tres mil páginas son los siguientes, a riesgo de ser redundante: conflicto, energía, medio ambiente, ciencia, tecnología, información, democracia, instituciones, ideología, cultura, moral, valores, igualdad, libertad, progreso, razón, modernidad, capitalismo.  Otros como felicidad, identidad, derechos humanos, no ocupan el lugar central que vemos por ejemplo en las redes sociales.  Los viejos conceptos del marxismo y de los autores franceses obsesionados con el “poder”, como dominación, opresión, explotación, están casi ausentes, nuevamente con excepción de Santos.  Lo mismo vale para las “subalternidades” de moda o asuntos como los movimientos migratorios.

Es notorio que la principal amenaza a la supervivencia de la humanidad, la guerra nuclear, esté poco presente en estos análisis. El tema está por fuera de la agenda mediática desde hace rato, pero la espada de Damocles sigue pendiendo sobre nuestras cabezas.  En general, la guerra o la violencia, no aparecen como preocupación central en ninguno.  Es sabido que en un libro de 2012 Pinker defendió la tesis de la disminución histórica de la violencia.   En los medios de comunicación el “terrorismo” islámico ocupa lugar preponderante, pero los analistas no lo ven como significativo si se miran las cifras e impactos reales.  Es más una cuestión psicológica.  (Nota: en mi opinión el concepto de “terrorismo” es inválido, meramente propagandístico).

De los dos párrafos anteriores podemos inferir que los temas de coyuntura o los de la agenda pública se tornan secundarios o se subsumen en otros más generales y básicos cuando se pasa al análisis estructural o de mediano y largo plazo.  Por eso una persona que se informa por los medios y las redes del acontecer diario puede verse confundida en medio del maremágnum informativo y desinformativo, aparentemente caótico, que circula por esas vías.  He ahí la necesidad de leer libros o artículos que brinden visión de conjunto, de largo aliento, de profundidad. 

Caso distinto es el cambio climático antropogénico, una transformación estructural de naturaleza y sociedad que se ha ido asomando a la conciencia pública y se ha ido metiendo en la coyuntura.  Es el tema central del libro Antropoceno, también abordado por Pinker y Harari aunque no sea la preocupación principal para este par de autores. Rifkin lo aborda indirectamente, pues uno de sus temas claves es la transición energética, en especial la energía solar.  Santos lo ve desde su maniqueísmo habitual.  Los demás autores no lo abordan, quizás por la acotación de sus temas.  Después de la guerra nuclear, el calentamiento global es la segunda amenaza para la humanidad.

El optimismo y el pesimismo marcan la mayor polarización en estos libros.  Pinker, Rifkin y el transhumanismo son extremo-optimistas.  Acemoglu y Robinson también son optimistas.  En contraste, Santos, Harari, Picarella y Escalante son muy pesimistas, a veces apocalípticos.  Piketty no cae en extremos, señala el problema y posibles soluciones.  Al joven Arias hay que reconocerle que tratando un tema apocalíptico per se, lo hace con sindéresis, ecuanimidad y mesura.   

El optimismo nace del progreso, la razón y la tecnología.  El pesimismo tiene que ver con la desigualdad, no con la guerra o el cambio climático.  Leí a Pinker y a Santos en una misma quincena y fue impresionante.  Parecía que estuvieran hablando de dos planetas distintos.  Creo que ambos adolecen de sesgo, ven el vaso medio lleno y medio vacío como lleno o vacío.  Santos no reconoce nada bueno en la sociedad actual.  Pinker trastabilla en el capítulo sobre la desigualdad y gracias a que argumenta sobre un período de más de dos siglos, logra evidenciar el progreso. 

Pero Piketty tiene la clave y Escalante y Picarella también identifican una periodización que es esencial tener en cuenta.  El capitalismo ha vivido tres etapas: una etapa inicial de aumento de la desigualdad, luego una fase de igualitarismo y, por último, una nueva fase de concentración de la riqueza y el ingreso que comenzó alrededor de 1980.  Los pesimismos de Santos, Picarella y Escalante, surgen del deterioro del estado de bienestar en las últimas cuatro décadas, de la hegemonía neoliberal y el capital supranacional como hegemón del “nuevo orden internacional”. 

El truco de Pinker es prescindir de esta periodización y asumir una escala histórica que no deja ver el momento histórico actual de 40 años. Además, Pinker es psicólogo y no sabe de economía. Es un liberal, demócrata, que puede creer en el estado regulado pero se traga la “teoría del goteo” neoliberal y ni siquiera se percata, en su magnífico combate contra el irracionalismo, que el neoliberalismo es pseudociencia, aunque sea racionalista.  El resultado es que donde Picarella ve una democracia en crisis, Pinker ve una democracia en su mejor momento.  Esto se debe también a que Pinker se centra en aspectos procedimentales, formales, y Picarella, en cambio, tiene un concepto más cercano a la democracia sustancial (que incluye democracia socioeconómica) y participativa.  La paradoja real es la siguiente: mientras la gente ve progresar su consumo gracias al avance tecnológico, al mismo tiempo se deteriora su situación laboral y de seguridad social, lo que podríamos llamar precarización.

El pesimismo de Harari es de otra índole, aunque a la postre también tiene que ver con la desigualdad, pero en perspectiva futurista.  Para Yuval el peligro de la disrupción tecnológica es mayor que el de la guerra nuclear (aparentemente controlado) o el del cambio climático (aparentemente solucionable como se está solucionando el agujero en la capa de ozono).  En cierto sentido el pesimismo de Harari es la antítesis del optimismo transhumanista, basados ambos en la misma información: la revolución Bio+Info (convergencia de biología sintética e Inteligencia Artificial).  Dicho crudamente el israelí alerta sobre la posibilidad de una biologización de las diferencias sociales, una fractura de la naturaleza humana que deja en pañales la “línea abismal” que según Santos divide al mundo actual.  Y en efecto, una combinación o alianza de neoliberalismo y transhumanismo sería apocalíptica si se mira desde el ángulo de las mayorías, es decir, la visión humanista tradicional.  En términos cinematográficos y literarios sería como integrar Soylent Green con Gattaca en un brave new world o mundo feliz, peor que 1984, para el año 2084.  Recuérdese que hace algo más de 15 años ya Jürgen Habermas alertaba sobre la eugenesia liberal, una distopía para las mayorías, pero una utopía para las élites.  La distopía puede tener una versión no catastrófica, en el sentido de un mundo feliz, sin sufrientes, donde el “soma” o droga de la felicidad, está en el consumo, donde los valores de libertad e igualdad no cuentan, salvo como ficción de consumo.  Los religiosos llaman a esto “nihilismo” de tipo nietzscheano y yo lo llamo hedonismo frívolo (hay otro tipo de hedonismo de corte epicúreo).

En resumen, hay una desigualdad presente aumentando y una posible desigualdad futura más profunda que cualquiera que haya existido.  De hecho, ésta última podría asentarse sobre la primera.  Pinker desestima ambas, por ejemplo en los dos últimos capítulos (19 y 20) de la segunda parte de su libro.  Es pertinente aclarar que ninguno de estos autores abraza una concepción teleológica de la historia, esa vieja idea hegeliano marxista ha desaparecido, aunque Fukuyama la utilizara hace tres décadas para proclamar el fin de la historia.  Por tanto, el futuro está abierto, no es predecible y sería ingenuo extrapolar a futuro tendencias actuales, salvo algunas prospectivas muy limitadas.  En últimas todo depende de decisiones a gran escala, que pueden ser tecnocráticas, democráticas o un agregado ciego de microdecisiones (como el mercado). 

Para transhumanistas y neoliberales la opción combina mercado y tecnocracia que otorgan ventajas elitistas.  Pinker, Harari y Rifkin le apuestan a la democracia, que es otro vaso medio lleno y medio vacío.  Pinker con énfasis resalta razones y evidencias de optimismo, Harari lo hace de manera vaga pues desconfía del mito liberal del individuo como mejor decisor, pero asume la democracia como el menos malo de los sistemas y Rifkin lo hace con una tesis original que toco más adelante.  Para los más críticos del statu quo la esperanza radica en la profundización de la democracia.  Las soluciones de Piketty pasan por una política económica antineoliberal, con lo cual estarían de acuerdo Escalante, Picarella y Santos.  Lo que no está claro es sobre cuales sujetos sociales y políticos se asienta tal esperanza.  En parte, el pesimismo tiene que ver con esto. 

Ninguno de estos autores critica el fenómeno de las luchas identitarias, que en últimas están produciendo una fragmentación de movimientos sociales que supuestamente sería la base social de la izquierda.  Escalante minimiza, y con razón, los retozos alterglobales.  Santos, como adalid de los FSM (sigla de Foro Social Mundial, no de Flying Spaghetti Monster), se inspira en el archipiélago de movimientos sociales heterogéneos y dispersos, una especie de torre de Babel, y sueña con sujetos marginales convertidos en protagonistas (hay un texto colombiano de Boaventura titulado “DDHH, democracia y desarrollo” que puede arrojar otra perspectiva).  Confunden resistencia con proyecto político estratégico.  Picarella está demasiado encerrada en la teorización cualitativa y un tanto especulativa que agobia la denominada “ciencia política”, cuando se necesita más investigación interdisciplinar y sin miedo a los datos cuantitativos.

Veamos entonces la opción de Rifkin.  Primero digamos que la tesis de la TRI (tercera revolución industrial) planteada en otro libro (2011) ha sido contra-atacada por el neoliberalismo global asentado en el Foro Económico Mundial, del cual emanó la contratesis de la Cuarta Revolución Industrial, liderada por Karl Schwab, que ha calado.  Por ejemplo, es utilizada por el gobierno colombiano, sea santista o uribista.  La batalla TRI vs CRI o 3 vs 4, no es de meras etiquetas o de una periodización teórica.  Es una batalla entre el neoliberalismo y sus alternativas, donde el primero está cohesionado en alto grado y las segundas, en cambio, lucen dispersas. 

En segundo término, pero no menos importante, Rifkin ve en los cambios tecnológicos una tendencia hacia el costo marginal cero y una nueva forma de economía, que en realidad es el resurgimiento de una forma antigua, el procomún colaborativo, capaz de generar profundos cambios sociales y en la formas de vida.  Es decir, de manera esquemática: hay nuevas tecnologías que favorecen la economía solidaria.  Estas tecnologías son, por ejemplo, el Internet de las Cosas (IoT), la energía solar (y otras energías renovables), la impresión 3D, los MOOC y, en general, todo lo que tiene que ver con economía inteligente y automatización.  Este tipo de economía trabaja en redes, descentraliza, maneja de otra manera las economías de escala, reemplaza el trabajo humano (lo cual es traumático a corto plazo, pero no debería serlo intrínsecamente) y genera un nuevo sujeto prosumidor, que es productor y consumidor a la vez.  El derecho de propiedad se ve reemplazado en ciertas partes de la sociedad por el derecho de acceso.  Nota: Rifkin no examina las implicaciones de la biotecnología aplicada a la intervención en la naturaleza humana, los ciborgs o la biología sintética.

Esta tesis de la economía solidaria es similar a la del socialismo utópico y a ciertas utopías anarquistas, pero con un fuerte componente tecnológico.  Es una forma de producción socialista que no es estatista y perfectamente compatible con cierto tipo de individualismo liberal (espacios personales) y con el mercado.  Un punto a profundizar es la diferencia entre este mercado inteligente, los mercados tradicionales y el mercado teórico de los modelos matemáticos de los economistas neoliberales.  Rifkin llega a hablar del “eclipse del capitalismo”.  Este es, pues, un optimismo muy distinto al de Pinker.

MOSAICO DE IDEAS

·         Modernidad y capitalismo no son lo mismo.
·         La violencia disminuye, pasa a segundo plano, no es el principal factor de dominación ni es la partera de la historia (lo que no excluye la legítima defensa cuando la haya)
·         El conflicto sigue presente en la sociedad humana; a escala global porque no hay gobernanza mundial y a escala de los estados nacionales porque el estado de derecho no opera adecuadamente por razones premodernas o por el factor neoliberal (la esfera económica domina a las demás)
·         Estamos en la tercera etapa del capitalismo caracterizada por la hegemonía de la ideología neoliberal, globalización del capital, el retroceso del estado de bienestar y el aumento de la concentración de la riqueza y el ingreso
·         No existen actualmente alternativas al capitalismo ni siquiera como proyectos creíbles para las mayorías
·         Paradoja institucional: un estado nación, que a la vez es una civilización, ha adoptado el capitalismo bajo la dirección de un partido comunista en un régimen político unipartidista y su  economía ascendente, que ha jalonado el mercado global en el presente siglo, está próxima a convertirse en la primera economía del mundo
·         Paradoja económico - cultural: Occidente podría perder su primacía frente a Asia oriental, aunque la cultura occidental se haya convertido de facto en la cultura universal por antonomasia
·         Estamos ya en el Antropoceno, una era geológica, biológica y social caracterizada por el impacto de la especie humana en todo el sistema terrestre, un impacto que amenaza con cambiar el equilibrio dinámico del sistema en forma impredecible y, en todo caso, no adaptativa
·         El principal reto para el capitalismo es medio ambiental, en especial el cambio climático
·         El capitalismo solucionó o está en vías de solución el problema del agujero de la capa de ozono, pero no está claro que pueda hacer lo mismo frente al calentamiento global y la producción de gases de efecto invernadero
·         La ciencia ha refutado los mitos de la naturaleza humana elaborados por el marxismo y el liberalismo
·         El neoliberalismo es una pseudociencia convertida en ideología
·         El neoliberalismo favorece la tecnociencia pero es enemigo de la ciencia básica y, sobre todo, de la epistemología
·         El irracionalismo, sea antimoderno como en el posmodernismo, o moderno como en el construccionismo social, sirven de caballos de Troya en las izquierdas, las socavan por dentro
·         La innovación tecnológica y el capitalismo se han retroalimentado en un círculo ascendente
·         El avance tecnológico conlleva mayor productividad, mayor consumo de masas (aunque se note poco en el PIB)
·         El mayor consumo conlleva mayores satisfacciones (confort, experiencias) y genera un nuevo concepto de felicidad que se caracteriza por ser efímera y en permanente necesidad de renovación
·         Existe un choque o tensión entre el deterioro del estado de bienestar y su consecuente precarización laboral y existencial con el aumento de la felicidad consumista
·         La “cuarta revolución industrial” es un invento neoliberal del Foro Económico Mundial, estamos en la Tercera Revolución Industrial, que en realidad es post-industrial
·         La Tercera Revolución genera economía inteligente, la cual conlleva tendencias favorables a
o   Medio ambiente (transición energética y abandono de combustibles fósiles),
o   Liberación del trabajo humano (reducción de jornada laboral, renta universal, automatización), a una
o   Fuerte interdependencia global (gobernanza mundial), al
o   Resurgimiento del procomún colaborativo y del prosumidor
o   Formas de producción de costo marginal cero o cercano a cero
·         La Tercera revolución conlleva el inicio de la naturaleza humana intervenida de imprevisibles consecuencias, puede pasar de la eugenesia negativa a la eugenesia positiva


martes, octubre 29, 2019

No hay crisis de la democracia (debate con Lucía Picarella)


No hay crisis de la democracia, pero sí desafíos 
(Debate con Lucía Picarella en noviembre de 2018)

Por Jorge Senior

Coja usted un periódico de izquierda de los 60, los 70, los 80, los 90 o de este siglo, y encontrará que siempre están hablando de la crisis del capitalismo.  El uso confuso, difuso y profuso de la palabra “crisis” hace que pierda todo valor heurístico y se convierta en un subjetivismo propio de pensar con el deseo.  Como en el teatro, “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.

La tesis que voy a sostener es que no hay tal crisis de la democracia.  Más aún, sostendré que la democracia está en su mejor momento.  Esto no significa que no haya problemas o que se hayan logrado las promesas de libertad, igualdad y fraternidad del proyecto moderno.  Y por supuesto tampoco significa que no pueda mejorar… o empeorar.  Estas dos últimas son verdades de Perogrullo, pero hay que decirlas ante los excesos de optimismos y pesimismos.

¿Cuándo en la historia había estado América Latina totalmente ausente de dictaduras?  ¿Cuándo en la historia había tenido la izquierda la oportunidad de gobernar en tantos países y por tantos períodos en el subcontinente?  Cierto es que la experiencia arroja resultados agridulces y parece sufrir cierto agotamiento, pero hay un Uruguay que saca la cara, un México próximo a iniciar su proceso, una izquierda colombiana que acaba de alcanzar su máximo histórico inmensamente superior a guarismos anteriores. Y la izquierda aún gobierna con vicisitudes y contradicciones en 5 países más. 

En Colombia los movimientos cívicos de los años 70 y 80 y la institucionalidad lograron que el país en rápido proceso de urbanización solucionara las necesidades básicas en materia de infraestructura de servicios públicos.  Y en 1990 una nueva constitución garantista aniquiló la centenaria y obsoleta de 1886, rompió el esquema bipartidista y generó una apertura democrática, aunque sea una carta bicéfala que hibrida el estado social de derecho con fórmulas neoliberales de política económica. Ya no vivimos en estado de sitio permanente y, por ejemplo, las comunidades indígenas cuentan hoy con un reconocimiento institucional como nunca antes se dio.

Mientras tanto, la democracia europea superó la crisis financiera de 1929 y las dos peores conflagraciones bélicas de la historia humana, el desafío totalitario del nazismo y el fascismo y aun así, o quizás por eso, ha vivido ahora el mayor período de paz de su historia durante ¾ de siglo, con la excepción de la guerra de los Balcanes.  En ese lapso, en un marco geopolítico bipolar que enfrentaba dos sistemas, la democracia europea fue capaz de inventar una síntesis dialéctica de contrarios a través de la socialdemocracia, para construir así las que se pueden considerar las mejores sociedades que han existido en la era moderna de los estados nacionales.  Me refiero al estado de bienestar, que integró logros liberales con frutos de las luchas socialistas en una economía de mercado regulada por un estado fuerte y con sentido social.  La socialdemocracia de los 70 y 80 fue el fiel de la balanza entre socialismo y capitalismo, pero el derrumbe del bloque soviético desequilibró la balanza y llevó al consenso de Washington y el auge neoliberal, logrando que muchos partidos socialdemócratas se desdibujaran.

De todos modos en las últimas décadas Europa se ha convertido en el laboratorio de un extraordinario experimento de gobernanza supranacional vinculante: la Unión Europea, que tuvo un asombroso y veloz desarrollo en los años 90 y primera década del siglo, aunque parece haber llegado a su tope, e incluso muestra signos de retroceso, como el brexit.  Aun así es un logro gigantesco que marca la pauta para lo que se constituye como la gran tarea política de la humanidad en el tercer milenio: la gobernanza mundial. Absolutamente necesaria dado que los problemas fundamentales son globales y los capitales son transnacionales.

Como si fuera poco, el mayor peligro para la humanidad, la guerra nuclear, ha permanecido bajo control mientras baja el número de ojivas nucleares que pende sobre nuestras cabezas, hasta el punto que nos olvidamos del asunto en la agenda pública y debatimos sobre democracia tranquilamente despreocupados como si no estuviéramos encaramados en un polvorín.  Un grave problema ambiental, el agujero en la capa de ozono, fue solucionado, demostrando la capacidad de la sociedad humana para corregir sus errores.  Un reto más difícil es el calentamiento global, tema medular de la política actual.

Esta tesis optimista no es muy original en todo caso.  La sustenta, por ejemplo, Acemoglu y Robinson en ¿Por qué fracasan los países? (2012), en los libros, videos y página web de Hans Rosling.  O, para no ir más lejos, el libro recién publicado, En defensa de la ilustración de Steven Pinker, que con cifras y gráficos sustenta esta idea con la misma diligencia con que hace unos años sostuvo que vivimos en la época más pacífica de la historia humana en términos proporcionales.  A este reto intelectual no se responde con subjetividades sino con argumentos objetivos.

Hasta ahora he hablado de logros, evidenciando los hechos de la historia, pero no he dicho nada sobre méritos o sobre problemas y nuevos desafíos.  Todos lo sabemos, los logros de Europa y, en general, de los países desarrollados se cimientan en una deuda histórica con los países del tercer mundo y una deuda ambiental con la humanidad entera y la bioesfera.  Sin las riquezas del sur el norte no sería lo que es. Y la tercera deuda, la social, que se da al interior de cada nación, se ha saldado en unos pocos países pero permanece estructural en buena parte del mundo. 

El avance hacia la igualdad tuvo un punto de inflexión en el año de 1980 y desde entonces no ha hecho más que aumentar la desigualdad, pero no en todos los países por igual.  Es clave hacer análisis comparativo y entender el por qué.  El trabajo de Thomas Piketty aporta en ese sentido y varias investigaciones, como por ejemplo la de Evelyn Huber, Jingjing Huo y John Stephens, muestran que esto está asociado a gobiernos y legislaturas con predominio de la derecha, que a su vez se ven favorecidas por ciertos diseños institucionales, como el de EEUU, que ha permitido que los republicanos se queden con la presidencia en dos ocasiones estando en minoría. 

Que en muchos países notorios el péndulo se haya movido hacia la derecha no implica crisis de la democracia, eso es parte del juego.  ¿O que querían? ¿Qué ganara siempre la izquierda?  El nuevo populismo de derecha es meramente reactivo y no constituye un desafío antisistémico para la democracia.

El islam, las migraciones, el “terrorismo”, los agites identitarios no son el gran reto.  Es en Asia donde está el desafío.  El gran fenómeno político y económico de este siglo es el ascenso del eje del Pacífico, y en particular el despegue fulgurante de China que ya está a pocos años de convertirse en la primera economía del planeta.  Lo que está a punto de suceder es que por primera vez en la era moderna, un país con un régimen político distinto a la democracia liberal se constituye en la potencia económica dominante.   

En todo este panorama las fuerzas progresistas parecen con la brújula enloquecida. Esto es porque están huérfanos de teoría e infiltrados por tres oscurantismos: el posmodernismo, el construccionismo social y el decolonialismo, todos los cuales tienen en común el ataque a la objetividad, la cienciafobia y el enfrentamiento a la modernidad y el progreso, es decir, son neoconservadores.

Ahora bien, los grandes cambios de la humanidad no se originan en la ruidosa escena política, sino en el silencio de los laboratorios. Siguiendo el razonamiento de Jeremy Rifkin, vemos que la Tercera Revolución Industrial conlleva tecnologías propias de una sociedad de la abundancia y de costo marginal cero, cambiando las reglas del juego del capitalismo tradicional.  Más allá del estado y el mercado está el procomún colaborativo que crece a la par que el internet de las cosas, las redes distribuidas de energía solar y otras tecnologías. El mercado y la democracia liberal no son el fin de la historia. Y si seguimos a otro autor, Yuval Noah Harari, en este siglo la humanidad, y en particular la democracia como diseño institucional para la toma de decisiones, tendrá que enfrentar un reto mayor que el peligro nuclear y el cambio climático: la disrupción tecnológica.

Todo ello suena lejano para un país como Colombia y su democracia tortuosa. Pero la clave es la misma aquí y allá: la democratización del conocimiento, la educación, la cultura científica, el pensamiento crítico.  Sólo así podremos construir la paz y profundizar la democracia.

Como bien dice la Dra. Picarella, “una verdadera democracia necesariamente tiene que apoyar y apoyarse en el conocimiento” (p125).