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sábado, febrero 17, 2024

Oferta de conferencias y cursos

 De 1993 al presente he realizado centenares de conferencias y cursos de divulgación científica, filosófica e histórica (sin mencionar las decenas de asignaturas formales como docente universitario durante 27 años). Una buena parte de ellas se han hecho en el Planetario de Barranquilla (hoy Combarranquilla), escenario que pervive y es mi orgullo como legado a la ciudad y la región. También en universidades, colegios y escenarios diversos de Barranquilla y otras ciudades. Algunas conferencias están grabadas en mi canal de YouTube o en otros canales, sumando miles de vistas.

Asimismo he realizado múltiples ponencias en congresos nacionales e internacionales de filosofía, historia, astronomía, educación, ingeniería, propiedad intelectual e investigación, en Colombia y otros países.

También he publicado varias decenas de artículos en revistas académicas o prensa, algunos libros o capítulos de libro, casi 200 columnas en el portal El Unicornio y un número similar de entradas en mi blog La Mirada del Búho. Algunas de las columnas se recopilan, agrupadas por temas, en otro blog llamado Buhografías del Unicornio. Ambos blogs se ubican en blogspot.

Por último, debo mencionar la divulgación científica que realicé en radio, con el programa El Sonar del Búho que tuvo más de mil emisiones en el período 1993-1998, y en televisión, específicamente en Telecaribe, incluyendo la transmisión en vivo y en directo del eclipse total de sol de 1998. Y aún me falta explorar el nuevo formato de los podcasts (busco aliados para ello).

Tal ha sido, en síntesis, mi aporte a la construcción de ciudadanía.

Con base en esa experiencia de más de 30 años me permito ofrecer la siguiente selección de conferencias y cursos para público escolar, universitario, profesional y ciudadanía en general.

OFERTA DE CONFERENCIAS Y CURSOS

1.       Historia del universo

2.       Historia del Sistema Solar, la Tierra y su biosfera

3.       Historia de la especie humana

4.       La Gran Historia:  integra 1, 2 y 3 (conferencia o curso)

5.       El surgimiento de la Modernidad (1430-1830)

6.       Las revoluciones industriales y tecnológicas (1774-2024)

7.       Historia del mundo moderno: integra 5 y 6 (conferencia o curso)

8.       Leonardo da Vinci: vida y obra

9.       La revolución científica (siglos XVI y XVII)

10.   La segunda revolución científica (siglos XIX y XX)

11.   Historia de la ciencia: integra 9 y 10  (conferencia o curso)

12.   Historia y filosofía de la física (conferencia o curso)

13.   Preguntas y respuestas sobre el espacio y el tiempo

14.   Historia de la cosmología (conferencia o curso)

15.   Kepler, Darwin y el multiverso

16.   El Big Bang y los agujeros negros

17.   Una perspectiva diferente del Sistema Solar

18.   Historia de las geometrías no euclidianas.

19.   Los peces y los reptiles no existen.

20.   Las dos grandes ideas de Darwin

21.   Historia de la biología molecular.

22.   La vida extraterrestre (biología universal o astrobiología)

23.   Albert Einstein: su vida y su pensamiento

24.   Historia del siglo XX (conferencia o curso)

25.   1980: el año en que todo cambió

26.   ¿Qué es el Antropoceno?

27.   Historia de la filosofía de la ciencia (conferencia o curso)

28.   ¿Qué es la filosofía científica? (conferencia o curso)

29.   Materialismo del siglo XXI

30.   Ateísmo racioempirista: argumentos de ida y vuelta

31.   Cosmovisión científica  (integra 4, 11, 27, 28, 29, 30, 33, 34) (conferencia o curso)

32.   Exosomatización del conocer o el giro ingenieril de la epistemología

33.   ¿Qué es el pensamiento crítico?  (conferencia o curso)

34.   ¿De qué está hecho el mundo?

35.   Historia de Colombia (conferencia o curso)

36.   Historia de la insurgencia en Colombia (conferencia o curso)

37.   Epistemología para divulgadores científicos (conferencia o curso)

lunes, diciembre 04, 2023

Emergencia vs. Superveniencia en Filosofía

Emergencia vs. Superveniencia en filosofía

Por Rafael González del Solar (el traductor de Bunge).

Tomado del capítulo 6, Systemic Materialism in Biology en el libro Contemporary Materialism: its Ontology and Epistemology (Springer, 2022)

[Traducción libre de Jorge Senior]

Existe otra noción relacionada con la idea de que la materia está organizada en una estructura de niveles, la cual está ontológicamente menos comprometida que la noción de ‘emergencia’, es la noción de ‘superveniencia’. Considerada por algunos como un concepto central de la filosofía analítica (McLaughlin y Bennet 2018), superveniencia es usualmente caracterizada de la siguiente manera: “Un conjunto de propiedades A superviene a otro conjunto B sólo en el caso de que dos cosas no puedan diferir respecto a las propiedades A sin diferir también sobre las propiedades B”.

Uno de los problemas con la idea de superveniencia es que parece asumir la existencia de propiedades  en sí mismas [existencia autónoma]. En contraste, los procesos de emergencia siempre son descritos como procesos concretos que ocurren en las cosas. Otro problema de la superveniencia es que es biyectiva, si es analizada como una relación lógica estática, y en este caso es simétrica y como tal sólo puede describir correlaciones entre propiedades en dos niveles. En contraste, los procesos de emergencia son siempre descritos dinámicamente, a lo largo de un eje temporal que establece la precedencia de algunas cosas (precursores) sobre otras cosas (sistemas). Para más análisis crítico de la noción de ‘superveniencia’ ver Fundamentos de biofilosofía (1997) de Mahner y Bunge, y Materia y mente (2010) de Bunge.

martes, noviembre 28, 2023

Ontología de la mecánica cuántica de Gustavo Romero


 Nota: pensaba elaborar una reseña de uno de los mejores capítulos escrito por Gustavo Romero en el libro sobre materialismo contemporáneo, pero preferí hacer una traducción libre del último acápite del texto en inglés, esto es, el sumario y las conclusiones.

Entre corchetes van comentarios aclaratorios de mi parte y entre paréntesis van palabras en inglés como aparecen en el original, por si acaso la traducción no es idónea.

Ontología de la mecánica cuántica

Tomado de Contemporary Materialism: its Ontology and Epistemology (Materialismo contemporáneo: su ontología y epistemología). Capítulo 4: Quantum Matter (Materia Cuántica) por Gustavo Romero. Sección 4.8: Sumario y conclusiones.

La mecánica cuántica es una teoría extraordinaria. Es extraordinaria por sus logros y triunfos, y es extraordinaria por su opacidad de significado y la distancia que va desde su profunda visión a los dictados del sentido común. La extrañeza de la teoría se manifiesta principalmente a través del entrelazamiento, la dualidad onda – partícula, y la carencia de nítida definición (sharpness) de algunas propiedades cuánticas [indeterminación – superposición]. Todas estas características pueden encajarse dentro de una interpretación realista y objetiva [objetivista] de la teoría. En tal interpretación los referentes de la mecánica cuántica son los sistemas cuánticos y sus entornos.

Los estados de estos sistemas son representados por funciones complejas que corresponden a un espacio funcional llamado espacio de Hilbert. Las propiedades específicas de un sistema particular son dadas por operadores autoadjuntos (self-adjoints) que actúan a través del correspondiente espacio de Hilbert. Los valores propios (eigenvalues) de los operadores son identificados con los valores de las propiedades. Dado que los valores son discretos, se dice que el sistema está cuantizado. Si dos operadores no conmutan, los correspondientes valores propios no son simultaneamente definidos (sharp). Tal indeterminación de propiedades, llamadas desigualdades de Heisenberg o relaciones de dispersión, nada tienen que ver con observaciones. Simplemente reflejan el modo de ser de los objetos cuánticos [no se trata de que el observador altere lo observado, como se suele decir equivocadamente].

La evolución de los sistemas cuánticos obedece a una ecuación linear [determinista]. Esta ecuación puede ser formulada para estados o propiedades. La aplicación del Principio de Superposición a estados lleva naturalmente al entrelazamiento. Una vez un sistema es preparado de una manera particular, evoluciona de tal modo que sus propiedades globales se preservan. Como resultado de esto se da la existencia de correlaciones no-locales entre estados cuánticos de los componentes del sistema. Este entrelazamiento, muy bien verificado desde el punto de vista experimental, no es amenaza para la interpretación realista, en contravía de lo que pensaba Einstein. Sólo implica que las correlaciones cuánticas en sistemas entrelazados son no-locales [No hay conexión causal no-local, ni transmisión de energía o información instantáneas o a mayor velocidad que c (velocidad de la luz y la ondas gravitacionales), no hay “spooky action at a distance” como dijera Einstein].

La linealidad de las ecuaciones dinámicas de la mecánica cuántica también implica que la teoría es plenamente determinista. En cada punto del espacio-tiempo el estado de un sistema cuántico no interactuante está completamente determinado desde las condiciones iniciales. Sin embargo, la teoría es probabilística en el sentido de que a partir de un estado dado sólo las propensiones pueden ser evaluadas para diferentes posibles resultados (outcomes). Tales propensiones son matemáticamente representadas por probabilidades que son determinadas por la regla dada por la ecuación 4.5. En la evolución de las propensiones los observadores no están involucrados, sino únicamente las interacciones con el entorno, las cuales pueden ser artificiales –como en un experimento- o naturales –como en la mayoría de los casos-.

La llamada dualidad onda – partícula en realidad no existe. Los sistemas cuánticos no son ondas ni partículas. Ellos pueden mostrar bajo ciertas condiciones un comportamiento que puede asemejarse (resemble) al de una onda y bajo otras condiciones un comportamiento semejante a una partícula, pero ellos no son ni lo uno ni lo otro: son entidades sui generis. ¿Qué clase de entidades? En este capítulo he sustentado que los sistemas cuánticos son campos extendidos sobre el espacio-tiempo. Lo que llamamos partículas individuales son sólo excitaciones de este campo. El hecho de que las partículas sean propiedades del campo y no entidades se revela cuando nos damos cuenta de que no son relativisticamente invariantes [o sea para diferentes sistemas de referencia]. Diferentes estados del vacío [vacío cuántico] pueden ser encontrados en el mismo campo. Esto resulta en que hay partículas detectadas en un marco de referencia y no en otro.

La propiedad que caracteriza la existencia ontológica [óntica] es la energía: la capacidad de cambiar y producir cambios. La densidad de energía del campo siempre está bien definida en todos los marcos de referencia y no puede ser nivelada (leveled) por un cambio de marco. Esto muestra que las entidades subyacentes en la teoría son los campos cuánticos. Dado que estos campos interactúan entre ellos, decimos que son materiales.

Finalmente, el espacio-tiempo en el que estos campos existen es material también, porque también tiene energía, aunque con una distribución no local [en regiones de espacio-tiempo].

Podemos decir que, de acuerdo a nuestros actuales puntos de vista del mundo físico, todo lo que existe es material. Parece haber dos clases de materia: campos y espacio-tiempo [37 campos cuánticos y un campo clásico que es el espacio-tiempo; en el recuento de Romero se mencionan 25 campos cuánticos, pero ahí faltan las anti-partículas de los 12 fermiones]. Que estas dos clases de materia puedan reducirse una a la otra es algo que está por verse [ya sea por el camino de Einstein y Wheeler o por el camino “inverso” de la gravedad cuántica de bucles u otros similares].

 

 

sábado, abril 15, 2023

Refutando creyentes

 En esta entrada del blog La Mirada del Búho recopilo algunos de los argumentos más socorridos por los creyentes en dioses para tratar de justificar racionalmente su creencia o sus intentos para rebatir el ateísmo. Y luego paso a refutarlos de manera relativamente breve.

Hablo de dioses en plural, aunque se trate de monoteísmo. Esto se debe a que aún en religiones monoteístas, como el cristianismo por ejemplo, diferentes creyentes tienen diferentes ideas de ese “dios único”, lo que en la práctica significa una multiplicidad de dioses bajo una sola etiqueta. Y eso sin mencionar que suelen acompañar al dios de una serie de seres sobrenaturales que, sin tener la categoría de divinidad, son igualmente fantásticos. El truco de hablar de “Dios”, con mayúscula y como un nombre, es para crear la sensación psicológica de que el nombre tiene un referente objetivo y que todo el mundo habla del mismo ente, lo cual no es lo que sucede.

 

Argumento 1. “No se ha demostrado la inexistencia de Dios”.

Refutación. Esta frase debe traducirse como “No se ha demostrado la inexistencia de un dios o dioses”. Podría aplicarse al dios cristiano, musulmán, hebreo, o a algún dios sacado de las colecciones de dioses de los nórdicos, los griegos antiguos, los hindúes o los de cualquier tribu. Este argumento falla, en primer lugar, porque ignora que la carga de la prueba le corresponde a quien afirme la existencia de X (sea X lo que sea), debido -entre otras cosas- a que no es posible demostrar la inexistencia de algo, ya que siempre es posible imaginar hipótesis ad hoc, como por ejemplo que ese “algo” existe en otro lugar o tiempo o fuera de nuestro espacio y tiempo (en otro planeta por ejemplo, o in extremis en otra región del universo con otras leyes o en otro universo del “multiverso”). ¿Alguien ha demostrado que Zeus no existe? ¿o que Odín no existe? Esas creencias fueron abandonadas por diversas razones, pero no por demostraciones de inexistencia.

Veamos como funciona este criterio en la ciencia. Por ejemplo, si un científico postula la existencia de átomos, de un éter lumínico, del flogisto, del calórico, del elan vital, de los fotones, de los neutrinos, de la antimateria, de la energía oscura, de la materia oscura, etc, la idea sería sólo una hipótesis hasta que haya evidencias de su existencia. Lo mismo aplica para las propiedades (o “poderes”) como las propiedades físicas, químicas, biológicas, psicológicas y por esa misma vía “poderes” como la telepatía, telekinesis, videncia del futuro, reencarnaciones, inmortalidad, “mal de ojo”, embrujos, etc. Ahora bien, para que una idea sea una hipótesis científica interesante debe servir para explicar y predecir fenómenos, debe ser fecunda para la investigación, debe ser contrastable empíricamente y debe estar acorde con el conocimiento científico en general o por lo menos chocar lo menos posible con el conocimiento acumulado. En el caso de los átomos, los fotones, los neutrinos, la antimateria, esas hipótesis se convirtieron en conocimiento firme al obtenerse evidencias experimentales y encajar en el viejo o nuevo marco teórico. En el caso de la energía oscura y la materia oscura, hay evidencias incompletas por lo que aún se presentan dudas y todavía no encajan bien en el marco teórico de la física. En el caso del éter, el calórico, el flogisto, el elan vital, esas hipótesis fueron abandonadas, pero no por demostraciones de inexistencia sino porque nuevos desarrollos teóricos y experimentales hicieron inútiles o innecesarias esas hipótesis y, en consecuencia, el principio de parsimonia (ver más adelante) las barre. En los casos de las propiedades físicas, químicas, biológicas, psicológicas, la lista se ha ido ampliando a medida que se prueba su existencia. Pensemos en propiedades tan sorprendentes como la superconductividad o el entrelazamiento cuántico, por ejemplo, o las ondas de espacio-tiempo (gravitacionales). En cambio, los “poderes mentales”, mencionados arriba, tales como la telepatía, telekinesis y los demás de ese estilo, se investigaron pero nunca se pudo probar su existencia, por lo cual son rechazados por la ciencia. Nótese que no se trata de probar su inexistencia, lo cual es imposible. Es al revés, su rechazo es porque no se pudo probar su existencia y el que quiera seguir investigando es asunto suyo, igual que si alguien quiere seguir intentando construir una máquina de movimiento perpetuo. Lo importante es que no sea a costa de los recursos de la sociedad, dilapidando dineros públicos.

Al argumento nítido de la carga de la prueba ilustrado arriba es pertinente complementarlo con otro criterio de la ciencia y la filosofía: el principio de economía, principio de parsimonia o navaja de Ockham, que nos indican que hay que evitar la inflación ontológica, es decir, la postulación de entidades innecesarias que no tienen valor agregado para el conocimiento. Las hipótesis inútiles se desechan.

Nota adicional: vale aquí recordar las críticas que recibió el criterio popperiano de la falsabilidad (refutabilidad). La tesis Duhem-Quine, la carga teórica de la observación y otras ideas de la filosofía de la ciencia como los paradigmas de Kuhn o los programas de investigación de Lakatos, destrozaron la falsabilidad estricta, obligándola a flexibilizarse hasta perder el sentido para el cual fue propuesta por Popper. La contrastabilidad empírica sigue siendo muy importante, pero está lejos de ser un proceso simple y automático. Los llamados experimentum crucis, que se supone sirven para dirimir entre alternativas, también han sido relativizados. Todo esto aplica para las hipótesis que postulan la existencia de un X y muestra por qué no hay “demostraciones absolutas de inexistencia”. En todo caso, un popperiano diría que la hipótesis de un dios o dioses no es falsable, por tanto no es científica, cae afuera de la ciencia y cae dentro de lo que algunos autores llaman “lógica paranoica” (para el paranoico todo es prueba de aquello que presume, ya sea que suceda una cosa o su contrario, su creencia se adapta a todo y la persona entrampada en esa “lógica” defectuosa no puede ser convencida jamás). Así funcionan los dogmas.

 

Argumento 2. “La ciencia no ha logrado explicar X o Y fenómenos, luego es pertinente una explicación sobrenatural o milagrosa”. Por ejemplo, el “ajuste fino” del universo, el origen del universo (antes se hablaba del origen del sistema solar), el origen de la vida, la complejidad de los seres vivos, la conciencia, etc. Dentro de este tipo de argumentos entran los del denominado “diseño inteligente”.

Refutación. Este argumento es denominado “el dios de los huecos”. Se llama así porque el truco es aprovechar cualquier hueco que haya en el conocimiento humano de la época para proclamar que aquello nunca podrá ser explicado de forma científica y que por tanto la única “explicación” es la acción mágica de un agente sobrenatural. Hay una variante naturalista que utiliza como “explicación” a agentes naturales como podrían ser unos supuestos visitantes extraterrestres. Si no sabemos aún cómo un pueblo antiguo construyó un monumento extraordinario, entonces eso se “explica” por la acción de dioses o extraterrestres. Si no sabemos aún cómo se explica un fenómeno natural o una característica de la naturaleza, entonces se acude a la pseudoexplicación milagrosa o mágica que involucra la agencia intencional (sospechosamente parecida a la humana) de un ser sobrenatural, de seres extraterrestres o de seres de otra dimensión o universo.

Así eran las explicaciones primitivas sobre la lluvia, la sequía, el trueno o el rayo, los terremotos, tsunamis, la cosecha, las enfermedades y hasta las derrotas o victorias en las guerras. Todo estaba intervenido por espíritus de la selva, dioses o poderes brujos. El cerebro humano evolucionó en sociedad y así como un niño de pocos años atribuye mente a otros humanos (se suele llamar “teoría de la mente” a esa capacidad infantil que se adquiere como a los 4 años), esa misma capacidad se proyecta a todo tipo de seres: animales, vegetales, ríos, montañas, muñecos, etc. Es una proyección antropomórfica.

En contraste la ciencia explica los fenómenos naturales como procesos objetivos no intencionales, es decir, no intervenidos por agentes naturales espurios o sobrenaturales, procesos que obedecen a patrones también objetivos que se pueden estudiar y que luego sirven para predecir, lo cual abre inmensas posibilidades para los seres humanos (“el conocimiento es poder” decía Bacon). La ciencia es naturalista, objetivista, rechaza las pseudoexplicaciones sobrenaturales (mágicas) y las proyecciones antropomórficas más allá de lo específicamente humano. Es bajo ese enfoque que, en los últimos cuatro siglos, ha progresado el conocimiento científico de la naturaleza, depurándose gradualmente de lo subjetivo, lo sobrenatural y lo antropomórfico.

La historia nos enseña que el conocimiento científico ha ido reemplazando las “explicaciones” mágicas, milagrosas, sobrenaturales y antropomórficas una y otra vez a lo largo de los siglos. De ahí que podamos esperar que todo aquello que aparezca como inexplicado al día de hoy, pueda ser explicado más adelante gracias a la investigación científica y no inventando respuestas mágicas sin fundamento, esto es, arbitrarias.

Nota: sobre “ajuste fino”, origen del universo, origen de la vida, la conciencia y otros temas por resolver podríamos decir mucho más, pues en las últimas décadas se ha avanzado enormemente en esas líneas de investigación. Por ahora basta decir que no hay carencia de hipótesis científicas al respecto como se estudia en el campo de la Gran Historia o Big History. Por el contrario, lo que hay es fecunda investigación en curso. Y sobre esos temas he producido otras entradas en este blog, conferencias en Youtube, cursos de Big History.

El punto es que el creyente cree que necesariamente lo complejo produce lo simple, así como un relojero produce un reloj (metáfora del siglo XVIII que hoy se podría cambiar por un sistema informático) (nota: el razonamiento por analogía no es argumento válido, no tiene fuerza probatoria, sólo sirve para ilustrar). Según él es imposible que lo complejo surja de lo simple. Pero semejante creencia choca frontalmente con todas las ciencias. El creyente de este tipo está desconociendo el concepto de emergencia, que es un concepto metacientífico obtenido a partir de la ciencia y significa que lo complejo emerge de lo simple. Es lo que se ha encontrado en astronomía, en geología, en física, en química, en biología, en historia social. Algunos ejemplos pueden ser nucleosíntesis de elementos químicos en el Big Bang, estrellas y supernovas; síntesis de moléculas a mayores niveles de complejidad, incluyendo biomoléculas; surgimiento de eucariotas a partir de endosimbiosis de arquea y bacterias; formación de sistemas termodinámicos alejados del equilibrio (basta ver los huracanes o el agua hirviendo con sus estructuras ordenadas); evolución de los seres vivos con la complejización de una parte de la biosfera; evolución de los cerebros y sistemas nerviosos centrales; emergencia de conductas; progreso y complejización de las sociedades humanas.

Los creyentes suelen repetir discursos que hablan de la improbabilidad del surgimiento de la vida, citando por ejemplo a Hoyle y su imagen del huracán que arma espontáneamente un boeing 747, la cual es una analogía que no se sostiene, pues allí no hay selección natural. La evolución biológica no es un producto exclusivo del azar, sino el resultado de interacciones de procesos deterministas que pueden modelarse en un esquema de variación y selección. Por cierto, los modelos de variación y selección pueden utilizarse también con la materia no viva, por ejemplo en astronomía. Quien no domine esos esquemas de pensamiento no puede entender procesos como la evolución. La abiogénesis hace unos 4 millardos de años en la Tierra primigenia es abordable perfectamente con ese enfoque, aplicado a la química.

Sobre el origen de la vida terrestre ver esta entrada: Abiogénesis

En cuanto al diseño inteligente del sistema solar, como lo llegó a pensar Kepler con los sólidos platónicos, ese problema fue resuelto con un esquema darwiniano de variación y selección: existen trillones de sistemas planetarios y aunque la mayoría no ofrezca condiciones favorables para la vida, puede haber una minoría de miles o de millones de planetas que sí las ofrezcan. Es decir, que la improbabilidad no es imposibilidad, cuando hay trillones de oportunidades. De hecho, el término “improbable” es muy vago mientras no se cuantifique y actualmente nadie puede calcular, ni siquiera en forma aproximada, cuál es la probabilidad real de que surjan fenómenos biológicos. Para ello hace falta más investigación.

Sobre el ajuste fino hay una solución similar a la del sistema solar que podemos imaginar. Ver esta explicación especulativa pero naturalista en: Video

Conclusión: a medida que avanza la ciencia el dios de los huecos retrocede. El dios de los huecos siempre va en retroceso, nunca avanza.

 

Argumento 3. “El ateísmo no se deriva de la ciencia o no tiene que ver con la ciencia”.

Refutación. Este argumento es increíble porque las evidencias de lo contrario son abrumadoras. Ya en la refutación del argumento 2 mostramos cómo la ciencia es naturalista, rechaza las explicaciones mágicas sobrenaturales, antropomórficas y teleológicas. Eso es filosofía de la ciencia a un nivel muy básico. Avanzando en esa misma dirección se puede argumentar que la ciencia tiene la misma ontología y la misma epistemología que el ateísmo racioempirista (ver entrada en este blog sobre el ateísmo racioempirista). La ciencia es también racioempirista (tiene rigor lógico y rigor experimental) y rechaza el irracionalismo dentro de la ciencia, es objetivista y rechaza o minimiza el subjetivismo dentro de la ciencia, su ontología es materialista y rechaza el idealismo. La neurología o neuropsicología, por ejemplo, nos muestra que la mente es una función del cerebro y que no hay mente sin cerebro (mentes incorpóreas, fantasmas, alma o espíritu humano inmortal, son fantasías, nunca han sido detectadas), lo cual es plenamente coherente con la biología evolutiva que nos expone el origen natural de la especie humana. También es consistente con los experimentos de interfase cerebro humano – máquinas, que permiten a un ser humano interactuar con una máquina por medio del pensamiento (que es actividad cerebral plenamente material pues consume energía). Ahí se desmoronan todas esas fantasías sobre seres espirituales, dioses pensantes incluidos.

Otro eje de refutación es la ciencia de la historia. La historia de las religiones nos muestra que son creaciones idiosincrásicas subjetivas de los diferentes pueblos. Contrafáctico: si la historia mostrara que todos los pueblos produjeron la misma religión o llegaron a la misma idea de la divinidad, se tendría que reconocer, a partir de ese carácter universal, que debe haber algo objetivo que explique esa universalidad. Pero ese no es el caso. En contraste, la universalidad de las ciencias naturales proviene de su metodología experimental y replicable que minimiza lo subjetivo y maximiza la objetividad como ideal regulador.

La historia también nos muestra que el ateísmo reflexivo, colectivo, cientificista, surge en el siglo de las luces, especialmente con la Ilustración, como un efecto colateral de los avances científicos que desvirtúan la biblia (católica o no católica) y posibilitan el surgimiento de una cosmovisión mecanicista y materialista en aquella época. La ciencia lo hizo posible. No sobra recordar la oposición institucional de la iglesia católica, especialmente el tribunal de la Inquisición, al progreso de la ciencia en los albores de la modernidad. Las sociedades islámicas y protestantes, que fueron más proclives al avance del conocimiento en los siglos anteriores, han dado un vuelco negativo hacia el dogmatismo y fanatismo en los últimos tiempos, mientras que el catolicismo se ha flexibilizado.    

Otro punto clave es la correlación estadística entre avance de la ciencia y mayores niveles de ateísmo (esto se puede ver en forma diacrónica en el mismo país o en comparación sincrónica entre países con niveles distintos). Alguien podría decir que EEUU es la excepción. Pero si se analiza esa país internamente, se verá que la correlación es clara entre los estados más avanzados y los más atrasados que son precisamente los del bible belt. Ese fenómeno del fundamentalismo evangélico de las zonas más atrasadas de EEUU proviene de la peculiar historia de esa nación. Asimismo se puede estudiar la correlación inversa entre mayores niveles de educación y mayores niveles de creencia en dioses. La comunidad científica tiene un porcentaje de ateos mucho mayor que la ciudadanía en general, en practicamente todos los países. Y dentro de las propias comunidades científicas se va a encontrar mayor porcentaje de ateos en los niveles más altos (por ejemplo en los premios Nobel) que en los niveles más bajos (por ejemplo, las comunidades científicas latinoamericanas).

Resumiendo: el choque entre ciencia y religión, y la fuerte conexión entre ateísmo y ciencia se encuentran en:

·         La cosmovisión científica que nos brindan las ciencias naturales y su Big History.

·         La neuropsicología que niega las mentes incorpóreas en coherencia con la biología evolutiva.

·         La historiografía científica que nos muestra, por un lado, el carácter idiosincrásico de las creencias religiosas y, por otro lado, el carácter universal de las ciencias naturales; mientras que muestra el desarrollo del ateísmo como efecto derivado del avance de las ciencias desde los siglos XVII y XVIII hasta hoy.

 

Hasta aquí la primera parte. En la segunda parte (siguiente entrada del blog) abordamos otros alegatos que no son verdaderos argumentos sino trucos retóricos: el argumento de autoridad mediante citas, la explotación de algún error particular de la contraparte y la crítica ad hominem al comportamiento del ateo militante (voy a referirme a un comportamiento que sí está justificado: darle importancia a ciertas creencias metafísicas que impactan la sociedad).

domingo, febrero 13, 2022

Crítica al libro El físico y el filósofo de Jimena Canales



Hace pocos días acabé el texto de Jimena Canales sobre Einstein y Bergson. Las recensiones hay que escribirlas cuando la lectura aún está fresca, así que aquí va una reseña algo extensa pero de elaboración rápida.

Leí el texto de la historiadora mexicana porque ví en medios y redes algunas críticas y comentarios positivos.  Al parecer ha tenido acogida. Además, la historia de la ciencia y de la filosofía hace parte de mis intereses intelectuales y en ese marco he trabajado el caso de Albert Einstein, su obra y la física relativista (ver otras entradas de este blog).  Sobre Bergson, en cambio, conozco poco, pero el tema de la concepción del tiempo, que es la columna vertebral del libro, resulta fascinante.

La portada trae una frase que no sé si es subtítulo o epígrafe, la cual dice: “Albert Einstein, Henri Bergson y el debate que cambió nuestra comprensión del tiempo”.  De entrada aflora aquí el problema más protuberante del texto: exagerar la importancia de ese debate el 6 de abril de 1922 entre un filósofo famoso y consagrado con un joven físico que acababa de saltar a la fama.  Todo el libro es un intento por darle a ese debate una trascendencia histórica, pero no lo logra.  No convence.  No es casual o circunstancial que ese debate haya sido olvidado, pues a todas luces es una discusión obsoleta y superada, a menos que a estas alturas del siglo XXI uno sea un creyente o un filósofo subjetivista, irracionalista e idealista y además anticientífico (o ignorante de la ciencia).  Resucitar ese cadáver justo cuando se va a cumplir el centenario es un buen truco editorial y quizás pueda anotarse un éxito de ventas.

Pero el asunto va más allá.  Sostengo que la tesis central del texto no es que ese debate fue de importancia trascendental y que cambió nuestra concepción o comprensión del tiempo, sino otra aún más exagerada: que el debate está abierto, que sigue vigente, y que la filosofía de Bergson tiene actualidad.  Es decir, el libro, que se presenta como de historia de las ideas científicas y filosóficas, termina siendo un texto de filosofía actual donde la historia es instrumentalizada para sostener la tesis de la vigencia de unas ideas equivocadas.  Ese giro me hizo sentir estafado, aunque eso no es más que un sentimiento subjetivo de mi parte frente a las expectativas que tenía.  No me atrevo a calificar de deshonesta esa envoltura, pero sí creo que la historiografía debe evitar los anacronismos y ser clara en sus propósitos.  Entonces, además de exageración hay un claro sesgo bergsoniano o pro-Bergson.  La autora se convierte en la abogada de Bergson, sólo que su estrategia de defensa es recrear la historia con criterio selectivo y utilizando la figura de Einstein de señuelo.

Historiografía de diatribas

En su ejercicio historiográfico la autora se concentra en las críticas, resistencias y diatribas que recibieron las dos teorías de la relatividad en las primeras décadas del siglo XX.  Es un tema interesantísimo desde el punto de vista histórico.  Como suele suceder con toda teoría revolucionaria que choca contra formas de pensar muy enraizadas, su aceptación se hace lenta y difícil.  De ahí que Kuhn y otros han recalcado que  a veces se necesita el relevo generacional para que el nuevo paradigma predomine.  En el caso de la TGR (Teoría General de la Relatividad), como se sabe, las pruebas experimentales que corroboraron sus predicciones se produjeron en su mayoría después de la muerte de Einstein.  Al comienzo, la nueva base empírica de la TGR que marcaba la diferencia con la teoría de la gravitación clásica de Newton fueron tan sólo la precesión del perihelio de Mercurio y las mediciones del cambio de posición aparente de las estrellas visibles cerca al Sol durante un eclipse total realizado por un equipo dirigido por Eddington en mayo de 1919 en África y Suramérica.  Ambas mediciones son difíciles y susceptibles a error, generando dudas hasta que no se repliquen al cabo de décadas.  Esta debilidad empírica inicial es explotada a fondo por la autora, y si bien es pertinente para conocer la situación en los años 20 del siglo pasado, el hecho fundamental es que tal debilidad fue superada con creces al pasar las décadas, algo que la autora no valora.

Debido a lo anterior considero que este libro es peligroso para un lector que no sea conocedor de la Relatividad, su poderosa base empírica y su exitosa historia.  Un lector inocente podría quedar con la idea de que la Relatividad, tanto la Especial como la General, no son conocimiento supremamente sólido, de lo mejor que tiene la ciencia actual.  En parte esto sucede por el sesgo de la autora al trabajar con un enfoque de historia externa, exagerando su relevancia, y descuidar casi por completo la historia interna que es la determinante en la ciencia. La externa se refiere al contexto histórico, tecnológico, social, político, religioso, étnico y personal, mientras la interna es la que aborda la propia problemática científica, en este caso en la física.  En lo externo puede incluirse la filosofía de la época.  Al hacerlo, la autora confunde el contexto de descubrimiento con el contexto de justificación.  Es cierto que esta dicotomía fue criticada, y que ya no se puede asumir ingenuamente esa distinción, pero no considero que haya sido invalidada en absoluto (asunto que podemos discutir en otro momento: precisamente la Relatividad General es un buen ejemplo del desfase temporal entre el descubrimiento y la justificación tardía).  De hecho, una característica de la ciencia es que sus teorías no son de autor, es decir, pueden originarse en un autor pero terminan con vida independiente, a diferencia de lo que suele suceder en filosofía e incluso en ciencias sociales.

El texto insinúa un enfrentamiento entre dos bandos, los físicos y los filósofos, para luego aclarar que no es así, que había, como es apenas obvio, científicos contrarios a Einstein y filósofos a su favor.  Otra cosa es que en el debate Einstein se afincaba en la física y descalificaba la filosofía (por lo menos la de Bergson, con la frase lapidaria “el tiempo de los filósofos no existe”), mientras que Bergson sabía que no tenía argumentos científicos contra Einstein y entonces se atrincheraba o se refugiaba en la filosofía, como dominio propio y ajeno al del científico.  Un viejo truco que viene desde los tiempos de Galileo y Descartes hasta Duhem y Bergson (también lo usa Stephen Jay Gould en su tesis de “los dos magisterios”).  Estoy de acuerdo en que la ciencia no agota el conocimiento y que aunque desplaza a la filosofía en algunos temas, ésta sigue siendo necesaria. Sí, pero no cualquier filosofía.  Una buena filosofía en esta época no choca contra la ciencia, sino que interactúa con ella. Es lo que llamamos Filosofía Científica.  Una filosofía que ayuda a fundamentar mejor la ciencia y que mira más allá de los estrechos marcos especializados de las disciplinas.  De ahí la necesidad de trabajar semántica filosófica, ontología y epistemología en consonancia con la ciencia y en especial con la física fundamental (Relatividad, Cuántica y Termodinámica).

Otro recurso que aprovecha la autora es también muy interesante en el plano histórico, pero de nulo valor como argumento en una discusión actual.  Es el hecho de que los principales predecesores de la Relatividad como Lorentz, Poincaré, Michelson, Mach, nunca la aceptaron, con diversos argumentos (para mí estos son los capítulos más interesantes).  Lo que no dice la autora es que hoy sabemos que esos argumentos eran equivocados y que Einstein tenía razón, porque supo ver lo que otros no vieron. 

En esta misma dirección está el caso de Eddington que fue quien catapultó a Einstein a la fama y apuntaló su teoría con sus mediciones, pero que luego fue confuso en su posición filosófica al examinar las implicaciones profundas de la teoría sobre la concepción del espacio-tiempo-gravedad.  Otro caso fue Bridgman, a quien se suele considerar el gran defensor del operacionalismo, una forma específica de empirismo.  Cuando Einstein creó la TER (Teoría Especial de la Relatividad) utilizó el razonamiento operacionalista con relojes, trenes y “rayos” de luz.  Pero en ese mismo proceso, Einstein usó una vía racionalista axiomática, un racionalismo que luego se hizo más evidente en la TGR.  Bridgman nunca digirió este racioempirismo einsteiniano.  Peor para él.

Asimismo Canales rescata del olvido a una serie de personajes que armaron diatribas contra Einstein, pero la conclusión que uno puede sacar de esos capítulos es que tales personajes tenían un olvido bien merecido, pues sus diatribas carecen de valor. Esto contrasta con notorias e imperdonables ausencias, tanto en el campo científico como filosófico.  Por ejemplo, hay un breve capítulo sobre la cuántica, que es utilizado para hablar de la polémica posición de Einstein frente al indeterminismo y el azar, pero curiosamente no se menciona a Dirac y al empalme entre la cuántica y la TER, es decir, no se habla de los desarrollos cuántico-relativistas. Tampoco se habla del denominado “principio de indeterminación” que asocia las magnitudes de tiempo y energía.  En el campo de la filosofía apenas hay un capítulo muy breve y superficial dedicado al empirismo lógico con énfasis en Reichenbach. De Popper ni se habla.  Bertrand Russell sí es mencionado, pero mucho menos que Whitehead, a pesar de Russell lo dejó muy atrás en talla filosófica. También menciona a Quine, pero de una manera poco integral, sesgada.  En últimas, la autora practica el cherrypicking, armando un popurrí de diatribas (actualmente obsoletas) que pareciera que buscan sembrar la duda anti-Einstein.

Física relativista

No obstante, al lector avezado le surgen, más bien, dudas sobre la comprensión y competencia de la autora en temas de física relativista. En su extensa bibliografía aparece Tim Maudlin, pero no pareciera haberlo leído.  De hecho, si alguien escribe un libro filosófico sobre el tiempo, su obligación ineludible es la interlocución con filósofos de la física, cosa que Canales no hace. Y éste es otro sesgo marcado: la autora definitivamente está alineada en la “filosofía continental” y distanciada de la denominada “filosofía empírico-analítica” (ambas etiquetas son pésimas, pero la división en esas dos vertientes más o menos refleja la realidad del campo filosófico; por cierto, Canales menciona brevemente esta división tradicional). 

Las consecuencias se observan en el tratamiento de los temas de física.  Un caso es la famosa “paradoja de los gemelos” que aparece en abundancia, pues ocupó un lugar central en la discusión, especialmente por parte de Paul Langevin, amigo de Einstein.  Pues bien, la tal “paradoja” hace rato dejó de ser tal y perfectamente serviría para evidenciar que en el debate de hace un siglo Einstein tuvo razón y Bergson estaba equivocado.  En resumen, la situación de los gemelos no es simétrica, el gemelo viajero (a velocidades significativamente altas) sí envejece menos que el gemelo sedentario. Hoy sabemos de sobra que el tiempo (su magnitud) es relativo dependiendo de la gravedad y de la velocidad de los sistemas de referencia en comparación y que eso afecta todo, desde las partículas subatómicas hasta los organismos vivos (uno de los puntos donde Bergson se equivoca debido a su filosofía idealista y subjetivista).  La autora incluso menciona de paso la tecnología de GPS, cuando debería subrayarla pues muestra la potencia de las dos teorías relativistas.  Desde luego es válido e interesante recrear las dudas y exploraciones del asunto hace cien años, pero no dejar en el aire la sensación de que el asunto sigue abierto.

Otro caso es el de la velocidad de la luz y el uso privilegiado que hace Einstein de los “relojes de luz”.  Los cuestionamientos a este lugar que ocupa la velocidad de la luz como constante fundamental de la naturaleza tenían sentido en aquella época pero no ahora.  Ya mencionamos que Einstein usó una estrategia en la TER, en 1905, que desde la epistemología llamaríamos racioempirista.  Esto es apenas una muestra de algo profundo que hay que entender: Einstein no sólo hizo una revolución en la física sino además en la filosofía.  Al lado de su operacionalismo de los conceptos (por ejemplo el concepto de “simultaneidad”), en la argumentación su punto de partida fue axiomático y, por ende, racionalista.  Einstein comprendió que había tres axiomas que no se sostenían en conjunto: el principio de relatividad de Galileo, el espacio y tiempo absolutos de Newton y la velocidad de la luz constante de Maxwell.  Einstein (influido por Mach) se queda con Galileo y Maxwell y rechaza a Newton en ese punto.  Increíblemente la autora no menciona a Maxwell, cuya teoría debería ser epicéntrica cuando el tema es la velocidad de la luz.  Los axiomas son postulados, pero en este caso el postulado proviene o se fundamenta en otra teoría bien probada.  Lo que Einstein descubrió fue algo asombroso: que en el universo hay una velocidad límite.  Que esa velocidad sea la de la luz proviene de que el fotón carece de masa en reposo, pero eso se aprendería después con el desarrollo de la mecánica cuántico-relativista.  Hoy sabemos que toda partícula sin masa en reposo se moverá a la velocidad límite, donde el tiempo no transcurre, como es el caso de la luz y de las ondas gravitacionales.  Así que los “relojes de luz” sí son privilegiados, por más que le choque a Bergson.  La posición de Einstein fue clara y acertada.  Ahora bien, si lo que se quiere cuestionar es por qué la velocidad límite tiene ese valor y no otro, más allá de Maxwell, entonces toca recordar que eso es muy común en la física.  Hay más de 25 constantes en la física que entran en la teoría como datos pues sus valores no se derivan de la propia teoría.  No puedo extenderme demasiado para no alargar lo que apenas pretende ser una reseña sucinta, así que simplemente concluyo que el tratamiento al tema de la constancia de la velocidad de la luz es insatisfactorio, aunque la autora aporta detalles informativos curiosos e interesantes, pero no precisamente relevantes.

Ese punto de qué es lo relevante a la hora de debatir sobre concepciones del tiempo es clave.  Desde luego el criterio de relevancia depende de nuestro conocimiento actual y también de nuestra posición filosófica.  Por ejemplo, Canales, siguiendo a Bergson, le da gran relevancia a tecnologías de la época, como el cinematógrafo.  Sin duda la tecnología de la época tiene una influencia heurística en los creadores y descubridores y un impacto directo en las posibilidades experimentales.  Pero la justificación de una teoría sólo depende de la tecnología en el segundo aspecto, o sea en lo experimental.  El impacto de la tecnología en el arte y la cultura popular es poco relevante para la ciencia.  Einstein se inspiró en trenes y ascensores, espejos, relojes y linternas, las propuestas inventivas que atendió en la oficina de patentes ayudaron a su imaginación y razonamiento, pero a la postre ni la TER ni la TGR dependen de tecnologías específicas.  Ese conocimiento sobre la naturaleza no es relativo a la tecnología de la época.  Más bien, al revés, ese conocimiento ayudó al desarrollo de nuevas tecnologías.  En mi concepto la autora exagera la relevancia de la tecnología en cuanto a los temas que estaban en discusión.  Por ejemplo, el cinematógrafo nada tiene que ver con la justificación de la Relatividad.  Sí es pertinente hablar del desarrollo de nuevos aparatos sensores o de medición automatizados, para enfatizar, en el marco del debate y del contexto de descubrimiento, que el observador humano es prescindible y hasta ahí (otro punto en que Einstein tenía razón). Esto nos lleva a la dicotomía entre tiempo físico y tiempo psicológico (no mencionaré el tiempo histórico que es de índole narrativa y cultural, un tema más alejado).

De acuerdo a nuestro conocimiento actual, la especie humana es un producto evolutivo de reciente aparición en un universo que lleva en expansión 13.800 millones de años.  El género Homo surgió hace unos 3 millones de años, el Homo Sapiens hace unos 300.000 y la civilización hace unos 5 mil años.  La existencia de la materia, la energía, el espacio y el tiempo antecedió en mucho a la humanidad y, por ende, no dependen en absoluto de la conciencia humana o de los vaivenes civilizatorios.  El tiempo objetivo es una realidad física anterior al humano, por lo que es objeto de estudio de la física.  Tema distinto es la percepción por parte de animales de esa realidad física que llamamos tiempo.  A la percepción del tiempo por el animal humano la llamamos tiempo psicológico, para diferenciarla del tiempo en sí o tiempo físico, aunque deberíamos denominarlo tiempo neuropsicológico o biopsicológico, pues la percepción es ante todo un fenómeno biológico que involucra los órganos de los sentidos y el SNC (Sistema Nervioso Central). Este tiempo psicológico es estudiado por la neurociencia y la psicología experimental. 

Para Bergson, según el libro de Canales, el tiempo físico del que hablaba Einstein en su teoría podría afectar relojes, pero no a los seres vivos, orgánicos y menos a la conciencia.  Grave error, pues el tiempo físico afecta a todos los procesos materiales y tanto la vida como la conciencia son materiales.  Pero esto no podía ser comprendido por un filósofo que partía de un idealismo religioso (y por ende equivocado) que mitifica la vida y la conciencia.  Bergson creía en entelequias como el élan vital y el espíritu, entidades inexistentes como se evidencia por el hecho de que la investigación científica no sólo no ha encontrado tales entidades sino que además prescinde de ellas para toda explicación.  La Relatividad distingue el “tiempo propio” del tiempo relativo en sus magnitudes comparables entre dos sistemas de referencia diferenciados en velocidad y/o en gravedad.  En la percepción del gemelo viajero y el gemelo sedentario el tiempo transcurre igual, ellos no notan nada diferente, hasta que se vuelven a encontrar y comparan sus relojes, su percepción del tiempo transcurrido y su envejecimiento orgánico.  En tal comparación es que aparece la diferencia que nos permite afirmar con fundamento que el tiempo es relativo.

Estos aspectos no son aclarados por la autora, pues prefiere dejarlos en la bruma.  Si el libro consistiera en ponerse en los zapatos de Bergson y en los de Einstein en 1922, de modo tal que se invite al lector a viajar en el tiempo a esa época, hace un siglo, y entender el debate en los términos propios de la época, entonces sería correcto no aclarar lo que sucedió después y llegar a nuestro conocimiento actual.  El problema es que la autora no se queda en 1922 sino que abarca las décadas subsiguientes hasta la muerte de Bergson en 1941 y de Einstein en 1955, y luego sigue hasta el presente, habla de Deleuze, de los posmodernistas, de Sokal y Bricmont, insinuando que el debate sigue vivo. Es por esto que sí constituye una falla grave no interlocutar con la ciencia y la filosofía científica actual, aclarando cómo esos puntos de discusión se dirimieron de manera experimental tanto en la primera como la segunda mitad del siglo XX. 

Hay desde luego temas sobre concepción del tiempo que siguen abiertos, tres en concreto. (1) Uno es el debate entre eternalismo y presentismo que tiene que ver con el fluir del tiempo.  Einstein defendía el eternalismo y consideraba el fluir del tiempo -que todos sentimos- como una ilusión, una posición que llevó a Popper a llamarlo “el Parménides del siglo XX”.  La detección de ondas gravitacionales a partir de 2015 parece darle la razón a Einstein y a los eternalistas como Gustavo Romero.  Pero aceptemos que ese punto sigue en discusión, pero no por Bergson, sino porque muchos filósofos defienden el presentismo (como Bunge, por ejemplo), pues tiene un punto fuerte: estar acorde con el sentido común.  (2) El segundo es el antiguo tema de la divisibilidad del tiempo, es decir, si es discontinuo o continuo. Para la Relatividad es continuo.  Pero desde el ángulo de la física cuántica se apuesta por la discontinuidad (ver por ejemplo los libros de Carlo Rovelli).  Sin embargo, aún no existe una teoría firme de la gravedad cuántica, por tanto no se puede afirmar la discontinuidad del tiempo como un conocimiento científico establecido.  El punto sigue en discusión y hace parte de la contradicción entre cuántica y relatividad, un choque que se supone debe resolverse a favor de la cuántica, algo que está por verse.  (3) El tercero es la flecha del tiempo que tiene en la entropía, el decaimiento beta y la expansión del universo tres indicadores cimentados en la física y la cosmología.  Para unos la termodinámica es emergente, no física fundamental, pero yo estoy en sintonía con la idea contraria: la entropía es un concepto fundamental que no sólo tiene que ver con el calor y agregados de partículas.  Esto se ve más claro cuando estudiamos el inicio de la expansión (“universo temprano”) con baja entropía pero muy caliente y en equilibrio termodinámico (casi).

Los tres puntos del párrafo anterior no son los únicos que permiten problematizar la TGR.  También está por ejemplo la frontera de las singularidades en el inicio del Big Bang  y en el centro de los agujeros negros.  Son debates abiertos en pleno furor, pero Bergson practicamente nunca es mencionado en ellos.  Sencillamente, no es relevante.  Habría que ver si en neurociencias y psicología experimental sucede lo mismo.  Sospecho que sí, pero dejo al lector la tarea de revisar esa literatura.

El lado bueno del libro

A pesar de los profundos defectos mencionados, el libro contiene información abundante sobre detalles de la época, digamos de las primeras tres décadas del siglo XX.  Se apoya en una amplia bibliografía y creo que sí hay un esfuerzo serio de documentación.  A veces hasta se pasa en la información, exhibiendo minucias del nivel de los chismes.  ¡Hasta la próstata de Poincaré aparece en ese libro!

Al centrarse en historia externa, Canales examina aspectos como la cuestión judía de entonces (los dos protagonistas eran judíos), el sionismo, la iglesia católica, las guerras mundiales y la entreguerra, la política, los nacionalismos, las nuevas tecnologías de entonces, la atmósfera cultural, diversas corrientes filosóficas, el tratamiento mediático y múltiples alusiones al entorno personal de los protagonistas.  Por ejemplo, parece haber una intención de mostrar a Einstein como un vanidoso, un tipo siempre pendiente de su imagen, como si ello tuviera relevancia frente al tema de fondo.  Todo ese recorrido sinuoso por recovecos de época, hacen del libro un laberinto narrativo, a ratos entretenido, pero no libre de sesgos.  Llamar “secuaces” o “esbirros” a los defensores de alguno de los protagonistas no es apropiado e incluso contradice su propósito de darle nivel de trascendencia al debate de 1922.    

Invito a leer el libro de Jimena Canales, aunque sólo sea por el aspecto informativo de época.  Y que esta reseña sirva como advertencia para que el lector esté en guardia y no caiga en el juego de vueltas y más vueltas de la autora, no sea que termine mareado y tragándose el cuento de la vigencia de Bergson.  

sábado, noviembre 06, 2021

Conferencia sobre cosmovisión científica y educación - Primera parte

 

Una educación sin cosmovisión es como café sin cafeína

 

El siguiente texto es una transcripción de un audio de la conferencia ofrecida por Jorge Senior el 28 de octubre de 2021 en Café-Filo.  Es, por tanto, un lenguaje oral.


Como la conferencia está dividida en tres partes, para efectos de presentación en este Blog quedará repartida en tres entradas sucesivas. Esta es la primera.

 

Primera parte

Cosmovisión científica  vs.  Sistema Educativo

 Empezamos entonces con la Gran Historia: ¿de dónde venimos?, ¿qué somos? y ¿hacia dónde vamos?  Estas son tres preguntas que la humanidad se ha hecho durante miles de años en todos los pueblos, en todas las culturas y que por fin creo que hemos logrado la respuesta, por lo menos a las dos primeras y ya veremos qué podemos decir sobre la tercera.

Hemos soltado un guiño que dice “para mayores de 18”.  Bueno, esto realmente tiene que ver con un guiño a lo que decía Kant sobre la mayoría de edad, porque no vamos a tocar temas sexuales ni nada de eso, solamente vamos a hablar de creencias; y bueno, hay personas que a veces son muy delicadas frente al tema de las creencias y creen que es un irrespeto criticar las creencias, cosa que no es así.  El tema que presenté como título es una cara de la moneda, la otra cara de la moneda es el choque que hay entre la cosmovisión científica y el sistema educativo.  En otras palabras voy a sustentar que el sistema educativo no asume la cosmovisión científica y que más bien está impregnado de oscurantismo.

Esto puede verse como un programa de investigación, como algo que está en curso, sobre todo desde el punto de vista de diagnóstico; pero a su vez, conlleva a un programa de trabajo, de acción, con el objetivo de hacer una transformación profunda y radical de la educación básica y media (y también la universitaria, sólo que la universitaria en últimas depende de lo que haya pasado antes en la educación básica y media, sin olvidar que es en la universitaria donde se forman los docentes que trabajan en la educación básica y media.

El protagonista central de todo esto es lo que yo llamo cosmovisión científica.  Hay cuatro herramientas para trabajar cosmovisión científica: (1) la Gran Historia; (2) la Filosofía Científica; (3) el Pensamiento Crítico;  y (4) el Antropoceno.  Podríamos hacer un cambio en este esquema y poner Antropoceno en el título y bajar la cosmología científica como cuarta herramienta.  En ese caso el Antropoceno sería como el contexto en el cual nos encontramos actualmente en el siglo XXI, en todo el planeta Tierra, y las cuatro herramientas para enfrentar sus desafíos, serían: Gran Historia, Filosofía científica, Pensamiento crítico y la propia Cosmología científica.

La buena noticia es que ya tenemos la respuesta a esas dos grandes preguntas: ¿qué somos? ¿de dónde venimos?  Los que tengan mi edad, y si tienen diez o veinte años más mejor todavía, han vivido una época privilegiada, han vivido en la época en que por primera vez se logró responder a estas dos preguntas de manera científica.  Porque los pueblos, las culturas, la han respondido siempre, pero de manera mítica, no de manera científica basada en evidencia y con todo el rigor de la lógica y la experimentación.  Para mí esto es una experiencia sublime, porque siempre -a lo largo de las décadas- he vivido pendiente de lo que pasa en la ciencia, lo que pasa en la tecnología, he sido espectador de estos grandes descubrimientos y de cómo ha cambiado desde que yo era un niño en primaria hasta ahora, cómo ha cambiado nuestra concepción del mundo.  Y yo hago divulgación científica precisamente por eso, porque me gusta compartir esa experiencia sublime, esa sensación maravillosa de adentrarnos en la resolución de los misterios y encontrar respuestas a nuestras preguntas.  La tercera pregunta en cambio, ¿hacia dónde vamos?, es una pregunta mucho más práctica, una pregunta de acción.  En el largo plazo es una pregunta existencial; en el corto plazo, que en este caso sería el siglo XXI, es una pregunta política y hay que responderla con acción política (precisamente dentro de pocos días comienza el COP26 que tiene que ver con el cambio climático).  Bueno, ese es un punto central de los desafíos del Antropoceno.

La respuesta a “¿de dónde venimos?”, está en la Gran Historia, que es nuestra caja de herramientas número 1.  La segunda pregunta se refiere a dos sistemas: el individuo humano y la sociedad humana, o sea, qué somos como individuos y qué somos como sociedad. La pregunta por cualquier sistema siempre tiene dos respuestas que hay que unir o integrar, y que la ciencia tiene que investigar: (1) la génesis del sistema y (2) el mecanismo de cómo funciona el sistema. Y si pensamos unificadamente las dos grandes preguntas (qué somos y de dónde venimos) su respuesta se integra en lo que llamamos la cosmovisión científica.  Por otra parte, como ya dijimos, la respuesta a la tercera pregunta es una decisión.  Y en sus dos niveles (el existencial y el político) tiene que fundamentarse en la respuesta a las dos primeras preguntas o sea en la medida en que respondemos que somos y de dónde venimos y lo tenemos claro, con base en eso podemos sustentar hacia dónde vamos, qué es lo que vamos a hacer a nivel planetario en el siglo XXI.

Entonces aquí vamos articulando una serie de componentes, que aún no hemos analizado internamente.  El primero es (1) la Gran Historia que relata la historia del universo, la historia del planeta Tierra y la historia de la especie humana.  Tal narración con lujo de detalles es posible gracias a que las ciencias han ido convergiendo.  Si miramos la historia de la ciencia, lo que vemos es un proceso de convergencia hacia la unidad y por eso es posible hablar de una cosmovisión científica; incluso hoy más que en tiempos del Círculo de Viena. Pero a esto hay que añadirle otro ingrediente que es (2) la filosofía científica que es nuestra segunda caja de herramientas.

¿Qué es la filosofía científica?  Bueno, primero que todo la idea es hacer filosofía científicamente y hacer ciencia filosóficamente.  Hay científicos como Claude Bernard, Hermann von Helmholtz, Ludwig Boltzmann, Ernst Mach, Albert Einstein, por ejemplo, que hacían ciencia filosóficamente y hay filósofos -como Mario Bunge- que hacen filosofía científicamente.  Esto recupera una tradición que había sido rota por el romanticismo y el idealismo alemán que separaron la filosofía de las ciencias.  Por el contrario creemos que la filosofía hay que hacerla ligada a la ciencia, en diálogo permanente con la ciencia.  El Círculo de Viena constituye un referente clave en este proceso hacia la exactificación de la filosofía.  Miremos entonces una definición de filosofía científica tal y como la plantea el argentino Gustavo Romero: “la filosofía científica es filosofía informada por la ciencia, que provee a la ciencia de sus conceptos más generales, utiliza lenguaje lo más exacto posible y está siempre en concordancia con el conocimiento científico del momento, fórmula hipótesis y teorías para responder a problemas filosóficos, se contrasta contra la ciencia y sus resultados; y por su coherencia interna aspira a minimizar la vaguedad”.

Stephen Hawking y algunos divulgadores hablaban mal de la filosofía. De seguro él no había entendido qué es la filosofía.  Tal vez tenía una idea a partir de la filosofía continental, con los filósofos más famosos que son generalmente de esa vertiente, pero no conocía la filosofía científica.  Ésta se sustenta en un trípode que es la semántica filosófica, la ontología y la epistemología.  Ahora bien, tenemos la cosmovisión científica, pero ella se quedaría en una élite, en los filósofos, en los científicos más pensantes, más reflexivos.  Pero, ¿cómo la llevamos a la cultura, sobre todo a la cultura popular? Allí tiene que jugar su papel la educación formal, sobre todo, no sólo la divulgación científica, sino el sistema educativo.  Hay que entrenarse y entrenar a los niños y a los jóvenes en pensamiento crítico, que es nuestra caja de herramientas número 3.  Si eso se logra tendríamos ciudadanía, tendríamos ciudadanos mayores de 18 con capacidades de pensamiento crítico, con conocimiento de la cosmovisión científica y podríamos llamar al siglo XXI la época de la ilustración antropogénica, para diferenciarla de la ilustración del siglo XVIII, que es otro cuento, pues han pasado muchas cosas desde aquel siglo hasta el presente.  Ese es un ideal, que esto se convierta en cultura y no solamente en algo de una élite, pero eso no es lo que está sucediendo.  En este momento pasa lo contrario, hay oscurantismo por todos lados. Hoy estuve en un congreso de investigación en el cual había algunas ponencias oscurantistas, una mezclaba la ciencia con magia y religión, o sea todo revuelto.

Surgen entonces estas preguntas: ¿por qué está oculta o marginada la visión científica del mundo? ¿por qué no se enseña en los colegios? ¿por qué aún predomina el pensamiento mágico religioso? ¿y qué pasó con el desencantamiento del mundo del que hablaba Max Weber?  Bueno, lo que sucede es que nuestros queridos ilustrados del siglo XVIII no conocían bien la naturaleza humana.  El ser humano en un animal de ficciones.  Más que animal racional es un animal de ficciones. Hay ficciones que son honestas, como el arte, la matemática y las ficciones que se presentan como tal, que son convencionales y todo el mundo sabe que son convencionales.  Pero hay ficciones deshonestas fraudulentas, que se presentan como verdaderas y no lo son.  Es el caso de las religiones; es el caso de las ideologías políticas cuando se alejan de la ciencia o se convierten incluso en anticiencia; y es el caso de un montón de ruidos que abundan en nuestra sociedad, como la pseudociencia, las pseudoteorías conspiranoicas y las pseudofilosofías como el posmodernismo.  La ciencia es como el antídoto frente a todo eso desde hace más de 400 años.

Ahora vamos a plantear el problema en cuatro partes.

En primer lugar el problema es político, se trata de la debilidad de la ciudadanía, hay escasez de ciudadanos, lo cual representa el fracaso educativo de la ilustración.  El proyecto de la ilustración, que era lograr una ciudadanía educada, no se ha logrado.  La concepción de democracia que se buscaba desde la ilustración era una democracia de ciudadanos, es decir de personas que tienen una fundamentación para hacer uso público de la razón, intervenir en la sociedad con muy buenos fundamentos.  Recuerden que en esa época había mucha gente analfabeta y se discutía si los analfabetas podían votar o no.  En ese contexto si se quería ampliar la democracia, tocaba ampliar la educación, democratizar la educación.  Entonces he ahí la gran diferencia entre una democracia epistémica, que se basa en ciudadanos ilustrados, con educación, y una democracia doxástica, la cual presume que el individuo sabe que es lo que mejor le conviene y cree que se pueden tomar decisiones sin tener, digamos, los elementos de juicio que se necesitan en cuanto a formación o conocimiento para tomar esas decisiones.  Y eso cada vez más es así, cada vez más la sociedad se hace más complicada, cada vez necesitamos más ciencia, más cultura científica, para poder entender lo que está pasando en sociedades complejas.  No somos una aldea, no somos una tribu.  Estamos en una sociedad planetaria con gran complejidad. Ello exige un concepto de ciudadanía que se caracteriza por la mayoría de edad (kantiana), capaz de hacer uso público de la razón, con un desarrollo pleno del potencial cognitivo de nuestra corteza prefrontal, como animales humanos que somos.

Así como nos entrenamos en el deporte, debemos entrenarnos en pensamiento crítico (que es pensamiento racional, abstracto, lógico, científico, lateral).  Sin olvidar, y eso lo dice la misma cosmovisión científica, que somos sentipensantes, como decían Alfredo Correa de Andréis y Orlando Fals Borda.

En segundo lugar el problema es cultural.  Se resume en el predominio del pensamiento mágico-religioso y el oscurantismo.  Pervive el encantamiento del mundo, claro que ya sin esa connotación terrorífica que tenía antes.  Y pululan la irracionalidad, los fanatismos y las ilusiones.  Lo vimos en enero de este año, en el propio congreso de los EEUU.  Lo hemos visto con el señor Bolsonaro en Brasil, por ejemplo, y lo vemos aquí con los pastores antivacunas, lo vemos por todos lados, lo vemos en la izquierda y lo vemos en la derecha.

El planteamiento del problema en un tercer sentido sería, usando términos de Yuval Harari, la contradicción del Sapiens como Homo Deus y animal hackeable. Homo Deus significa que nuestra especie ha adquirido un gran poderío, en nuestra civilización se acumula un saber de miles de años, pero a la vez nuestros individuos son cada vez más manipulables.  Digamos que la “inteligencia colectiva” ha aumentado con la civilización, pero la inteligencia individual parece ir hacia atrás.  Entre el individuo y la sociedad hay un abismo, cosa que no existía en la aldea.  Ese abismo se supera con un puente, que no puede ser otro que el conocimiento.  Sobre esto volveremos al final.

Ahora, como éste es un espacio de filosofía, café-filo, aquí cabe perfecta la cuarta manera de plantear el problema.  Todo lo que hemos venido diciendo a lo alrgo de la charla, desde el punto de vista filosófico sería una lucha entre distintas filosofías.  Se trata de un combate intelectual contra el idealismo en ontología y contra el subjetivismo, el ultrarrelativismo y el irracionalismo en la epistemología. Y también brilla la ausencia de una semántica filosófica. Alguien dirá: “bueno, ese es un asunto académico de los filósofos”.  Pero no. estas filosofías -que son malas filosofías- están irrigadas por toda la sociedad, aparecen en las ideologías políticas, aparecen en las creencias de las personas, así no sean conscientes de que están asumiendo una posición epistemológica o una posición ontológica.

Nuestra hipótesis de trabajo es que, si bien esta problemática es compleja y multicausal, toca enfocarse en algo y preferimos apuntarle al sistema educativo. Lo que observamos en allí es la desactivación durante el siglo XX del potencial revolucionario emancipador de la cosmovisión científica.  No es algo nuevo del siglo XXI, esto viene desde hace rato y lo han hecho por medio de la fragmentación del conocimiento, por medio de la especialización, dejando de lado la visión de conjunto.  Y lo han hecho también por medio de la incoherencia del currículo.  Así es. El currículo de la educación básica y media es incoherente y la pedagogía se ha dedicado a hablar de las formas, de la didáctica, del cómo enseñar, y ha olvidado el contenido, como si hubiese un consenso al respecto.  Y lo que tenemos es un contenido incoherente, donde al niño se le adoctrina en religión, por ejemplo, o sea en fantasías, y se le adoctrina en ciencia.  Sobra decir que la ciencia no debe ser adoctrinamiento.  Cuando digo que se adoctrina en ciencia es que la enseñanza de la ciencia se vuelve dogmática.  Aprendes cuánto es dos más dos, la fórmulita, alguna información fáctica en el mejor de los casos, pero no se sabe de dónde viene eso, cómo se llega a eso, qué experimento sustenta eso, cuál es la evidencia.  Entonces estamos formando personas que no son ciudadanos sino que se rigen por un pensamiento mágico religioso, oscurantistas en últimas.

La continuación de la hipótesis de trabajo sería que el pensamiento crítico integral está prácticamente prohibido en la educación básica, media y superior.  Soy testigo de eso.  No he hecho una investigación empírica para llegar a este diagnóstico en Colombia.  Pero sí se han hecho en otros países. En colombia muy poquito, quizás algo de Julián de Zubiría y la fundación Alberto Merani.  Hay algunos trabajos, pero muy poco se ha investigado esto en Colombia. Por eso lo planteo como hipótesis, pero en otros países ya esto no es hipótesis sino una realidad comprobada a través de investigación.  En el sistema educativo, si acaso existe el pensamiento crítico, es sumamente débil, fragmentario, limitado, está arrinconado, está disociado de la visión de conjunto, que es la cosmovisión.  Y está esterilizado.  Es  casi impotente frente a la incoherencia. 

¿Cuál sería la solución? Pues hay que cambiar el currículum.  Hay que hacer una educación coherente, hay que meter de lleno la cosmovisión científica en ese currículum, partiendo de la unidad de la ciencia y la filosofía científica, hay que entrenarse en pensamiento crítico integral.  Claro que, si el docente no está entrenado, pues ¿cómo va a entrenar al niño?  Entonces hay que empezar por los docentes, porque en las Facultades de Educación de las universidades pasa exactamente lo mismo que estamos diciendo aquí, reina el oscurantismo de decano para abajo.  Todo esto en últimas es educación para la democracia mediante la construcción de ciudadanía. Ustedes seguramente han escuchado muchísimo estas expresiones de “educación para la democracia”, “construcción de ciudadanía”, se habla mucho de “competencias ciudadanas”, se menciona mucho, pero se olvida que la principal competencia ciudadana es el pensamiento crítico.  Sin visión científica tampoco hay pensamiento crítico, el cual no es sólo cuestión de forma, pues exige   unos contenidos de referencia.  Ahora bien, si se lograse todo esto, en la sociedad habría mucho más nivel de cultura científica.  Y aquí establecemos una ecuación entre cultura científica y cultura política democrática.  Esto significa que un ciudadano del siglo XXI tiene que tener cultura científica para poder tener cultura política democrática, o si no, cómo va a meterse en una discusión sobre las 5G o sobre la computación cuántica o sobre algunos aspectos bioéticos o sobre las tecnologías relacionadas con la biología sintética, por ejemplo la terapia génica, sobre el cambio climático.  Todo ello necesita cultura científica, de otra manera qué tipo de interlocutor sería, ¿sería acaso un interlocutor válido?  Se necesita entonces ilustración antropocénica para poder asumir con fundamento la participación en la deliberación pública.

Bueno, hemos terminado la primera parte.  Hasta ahora no hemos hablado de cosmovisión científica desde adentro.  No sé cómo estaremos de tiempo, pero hagámosle.