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viernes, agosto 04, 2023

El padre del Big Bang fue Gamow, no Lemaitre


 


Grupos interesados andan promoviendo en redes y medios al sacerdote y cosmólogo Georges Henri Lemaitre como “padre del Big Bang”, por medio de memes sin fundamento que muchos tragan entero.

En primer lugar, es falso que Lemaitre fuese el autor del primer modelo de Big Bang, muy a pesar de que la susodicha atribución haya hecho carrera por las afirmaciones ligeras de divulgadores famosos y de académicos admiradores del personaje. Denominarlo “padre del Big Bang” es una tergiversación de la historia de la cosmología, como veremos más adelante. Y en segundo lugar, tal mentira es propagada con la intención de exaltar la religión, como si los méritos de Lemaitre como científico se trasladaran a sus creencias u opiniones no científicas. Ahí se oculta el llamado “argumento de autoridad” que es una falacia tanto si la autoridad es auténtica como si es un caso de falsa autoridad. En ningún caso la autoridad reemplaza el sustento con base en evidencias, hechos, pruebas experimentales u observacionales.

Las opiniones de un científico, por bueno que sea en su especialidad, sobre asuntos que no son de su especialidad, no tienen más valor que las de cualquier otra persona educada. Y aún si fuese en su especialidad, mientras sean opiniones y no conocimiento, tampoco merecen la suficiente credibilidad como para definir un debate. Los debates se ganan o se resuelven con argumentos con rigor lógico y basados en la evidencia.      

Que un científico sea sacerdote o un sacerdote sea científico no prueba que la religión y la ciencia sean compatibles o complementarias. Lo único que revela tal doble condición es la incoherencia de esa persona. No hay que olvidar que la incoherencia –desafortunadamente- es una característica muy común en los humanos y los científicos no necesariomente están exentos de ella. Tampoco hay que olvidar que la ciencia se volvió un asunto de especialistas y el sistema educativo refleja esa tendencia que Ortega y Gasset llamó “la barbarie de la especialización”. Esto lleva a que muchos científicos carezcan de una formación filosófica y de una cosmovisión científica integral más allá de su estrecho nicho académico.

Sobre la presencia de sacerdotes o simplemente de creyentes religiosos o místicos en la actividad científica lo único relevante es la evolución estadística de esa presencia a través del tiempo. Y esa estadística lo que muestra es que la presencia de creyentes en las comunidades científicas de primer nivel disminuye, mientras la presencia de agnósticos o ateos aumenta inexorablemente.

La ciencia y la religión son incompatibles porque la ciencia se basa en una ontología materialista y naturalista, rechazando todo lo sobrenatural y toda explicación antropomórfica de fenómenos naturales, mientras que la religión hace lo contrario al prohijar pseudoexplicaciones basadas en seres mágicos como dioses, espíritus, duendes, etc. También son incompatibles en lo epistemológico y metodológico: la ciencia es objetivista y racioempirista, mientras la religión es subjetivista e irracionalista. La ciencia es ajena a la fé y la religión es ajena a la evidencia. También son incompatibles en el caso de la ciencia de la historia cuando su objeto de estudio es el fenómeno religioso. Por ejemplo, no se puede hacer historia científica de la religión bajo el prejuicio de que la creencia religiosa es verdadera (sin mencionar que no hay una creencia religiosa universal sino miles de creencias diferentes). La historia científica de las religiones lo que muestra es que son inventos de carácter idiosincrásico en el contexto de las culturas populares. Por su parte, la neuropsicología rechaza conceptos como el alma inmortal o alma incorpórea, los cuales carecen de evidencia y chocan contra el conocimiento científico.

En resumen, mencionar ejemplos de científicos creyentes o extrapolar sus opiniones metafísicas no constituyen argumentos válidos a favor de la veracidad de una u otra religión. Sólo evidencian la incoherencia de tales sujetos. Lo que sí resultaría interesante es que pudiesen probar que el porcentaje de creyentes religiosos en las comunidades científicas tiende a aumentar a medida que la ciencia avanza. Pero la tendencia es exactamente al revés.

Vamos ahora a la historia de la cosmología.

El primer modelo del Big Bang fue elaborado por George Gamow en 1948. Para esa época la idea de la expansión del universo ya era ampliamente aceptada gracias a los trabajos de Edwin Hubble y Milton Humason en Monte Wilson. La hipótesis de Gamow pretendía explicar la expansión, pero además pretendía explicar la nucleosíntesis de los elementos químicos (y en efecto lo logró para los casos de hidrógeno, helio y trazas de Berilio y Litio). Este trabajo lo asumió su discípulo Ralph Alpher como doctorando y dio lugar, entre otros, al famoso artículo Alpher, Bethe, Gamow, un juego de palabras con el alfa, beta, gamma del alfabeto griego, pues Bethe no aportó allí; también hay que mencionar a Robert Herman, quien con Alpher calculó la temperatura de la radiación cósmica de fondo teorizada por ellos). Y ese es otro aspecto clave: predijeron un fondo cósmico de microondas. La hipótesis enfrentaba a una hipótesis rival: la del Steady State o estado estacionario, también llamado de creación continua, la cual era sustentada por Fred Hoyle. Y precisamente fue Hoyle, en un programa radial en 1949, quien le puso el apodo de “Big Bang” a la hipótesis de Gamow.

El descubrimiento de la radiación cósmica de fondo en 1964 por Penzias y Wilson le dio la victoria a la hipótesis de Gamow sobre la de Hoyle (aunque Hoyle triunfó con su trabajo sobre nucleosíntesis estelar). Desde entonces el Big Bang se convirtió en el modelo estándar de la cosmología main stream. Vale aclarar que el Big Bang no es una teoría. Es el nombre, apodo o etiqueta que le damos a una familia de modelos cosmológicos sobre el universo temprano (inicio de expansión) que tienen unas características comunes (el modelo de Gamow y sus discípulos fue el primero de una serie de variados modelos). Se soporta en teorías científicas de tres campos de la física: la Relatividad General, la física cuántica y la termodinámica. Y se sustenta en evidencias como: la radiación cósmica de fondo, la expansión (redshift o corrimiento al rojo de espectros galácticos en proporción a distancia, es decir, ley de Hubble) y la composición química del universo con más de 99% de hidrógeno y helio.

Lemaitre, por su parte, fue un gran científico a pesar de ser sacerdote, pero no por ello hay que sobrevalorarlo. Su hipótesis del “átomo primigenio o primordial”, resultó falsa, y no se puede confundir con el Big Bang como pretenden los propagandistas religiosos. Lemaitre tampoco fue el primero en ofrecer un modelo de universo en expansión. Ya De Sitter en 1916-17 había hecho lo propio con un modelo sin materia (la discusión entre De Sitter y Einstein fue clave para alejar a Einstein del principio de Mach). El soviético Aleksandr Friedman fue el primero en hacer modelos de universo en expansión con materia en 1922-24. Lemaitre hizo lo propio en 1927. Y posteriormente Robertson y Wilson hicieron lo suyo (de sus iniciales viene la sigla “métrica FLRW”, nótese que la L de Lemaitre va de segundo).

Tampoco hay que subvalorar a Lemaitre. A favor del científico belga podemos decir que en su trabajo de 1927 prefiguró la ley de Hubble en un escrito que tuvo una incompleta traducción al inglés, hecha por él mismo. Muchos consideramos que la Ley de Hubble debería denominarse Ley de Hubble-Lemaitre, tal y como lo aceptó la IAU hace pocos años.

En una próxima entrada analizaremos el artículo corto de 1931 en Nature en el cual Lemaitre lanza su idea especulativa del "átomo primordial" con el objeto de mostrar que tal artículo no tiene nivel científico,  ni hace parte de la familia de modelos de Big Bang y que además estaba desencaminado, de ahí que el concepto de "átomo primordial" no se instaló en el vocabulario científico ni constituye un concepto válido actualmente. 

Nota Bene. Aprovechemos para aclarar que es falso que Einstein dijera alguna vez que la constante cosmológica Lambda que introdujo en 1916-17 fuese “el mayor error de su vida”. Ese cuento lo inventó Gamow como prueba Mario Livio. La constante cosmológica para modelar un universo estático no fue un error, sino una necesidad para corresponder a los datos de la época (sólo el trabajo de Vesto Slipher insinuaba algo diferente, pero era insuficiente). Cuando los datos dijeron otra cosa en los años 20, Einstein aceptó la idea de un universo en expansión y quitó la constante cosmológica Lambda. Sin embargo, Lambda reapareció en la cosmología desde los trabajos de 1997-98 que introdujeron el concepto de “energía oscura”.   

Conclusión: George Gamow es el “padre del Big Bang”, si es que queremos otorgar ese título. De todos modos los científicos siempre están parados en los hombros de gigantes, como bien dijera Newton. La ciencia es un proceso colectivo.

sábado, abril 15, 2023

Refutando creyentes

 En esta entrada del blog La Mirada del Búho recopilo algunos de los argumentos más socorridos por los creyentes en dioses para tratar de justificar racionalmente su creencia o sus intentos para rebatir el ateísmo. Y luego paso a refutarlos de manera relativamente breve.

Hablo de dioses en plural, aunque se trate de monoteísmo. Esto se debe a que aún en religiones monoteístas, como el cristianismo por ejemplo, diferentes creyentes tienen diferentes ideas de ese “dios único”, lo que en la práctica significa una multiplicidad de dioses bajo una sola etiqueta. Y eso sin mencionar que suelen acompañar al dios de una serie de seres sobrenaturales que, sin tener la categoría de divinidad, son igualmente fantásticos. El truco de hablar de “Dios”, con mayúscula y como un nombre, es para crear la sensación psicológica de que el nombre tiene un referente objetivo y que todo el mundo habla del mismo ente, lo cual no es lo que sucede.

 

Argumento 1. “No se ha demostrado la inexistencia de Dios”.

Refutación. Esta frase debe traducirse como “No se ha demostrado la inexistencia de un dios o dioses”. Podría aplicarse al dios cristiano, musulmán, hebreo, o a algún dios sacado de las colecciones de dioses de los nórdicos, los griegos antiguos, los hindúes o los de cualquier tribu. Este argumento falla, en primer lugar, porque ignora que la carga de la prueba le corresponde a quien afirme la existencia de X (sea X lo que sea), debido -entre otras cosas- a que no es posible demostrar la inexistencia de algo, ya que siempre es posible imaginar hipótesis ad hoc, como por ejemplo que ese “algo” existe en otro lugar o tiempo o fuera de nuestro espacio y tiempo (en otro planeta por ejemplo, o in extremis en otra región del universo con otras leyes o en otro universo del “multiverso”). ¿Alguien ha demostrado que Zeus no existe? ¿o que Odín no existe? Esas creencias fueron abandonadas por diversas razones, pero no por demostraciones de inexistencia.

Veamos como funciona este criterio en la ciencia. Por ejemplo, si un científico postula la existencia de átomos, de un éter lumínico, del flogisto, del calórico, del elan vital, de los fotones, de los neutrinos, de la antimateria, de la energía oscura, de la materia oscura, etc, la idea sería sólo una hipótesis hasta que haya evidencias de su existencia. Lo mismo aplica para las propiedades (o “poderes”) como las propiedades físicas, químicas, biológicas, psicológicas y por esa misma vía “poderes” como la telepatía, telekinesis, videncia del futuro, reencarnaciones, inmortalidad, “mal de ojo”, embrujos, etc. Ahora bien, para que una idea sea una hipótesis científica interesante debe servir para explicar y predecir fenómenos, debe ser fecunda para la investigación, debe ser contrastable empíricamente y debe estar acorde con el conocimiento científico en general o por lo menos chocar lo menos posible con el conocimiento acumulado. En el caso de los átomos, los fotones, los neutrinos, la antimateria, esas hipótesis se convirtieron en conocimiento firme al obtenerse evidencias experimentales y encajar en el viejo o nuevo marco teórico. En el caso de la energía oscura y la materia oscura, hay evidencias incompletas por lo que aún se presentan dudas y todavía no encajan bien en el marco teórico de la física. En el caso del éter, el calórico, el flogisto, el elan vital, esas hipótesis fueron abandonadas, pero no por demostraciones de inexistencia sino porque nuevos desarrollos teóricos y experimentales hicieron inútiles o innecesarias esas hipótesis y, en consecuencia, el principio de parsimonia (ver más adelante) las barre. En los casos de las propiedades físicas, químicas, biológicas, psicológicas, la lista se ha ido ampliando a medida que se prueba su existencia. Pensemos en propiedades tan sorprendentes como la superconductividad o el entrelazamiento cuántico, por ejemplo, o las ondas de espacio-tiempo (gravitacionales). En cambio, los “poderes mentales”, mencionados arriba, tales como la telepatía, telekinesis y los demás de ese estilo, se investigaron pero nunca se pudo probar su existencia, por lo cual son rechazados por la ciencia. Nótese que no se trata de probar su inexistencia, lo cual es imposible. Es al revés, su rechazo es porque no se pudo probar su existencia y el que quiera seguir investigando es asunto suyo, igual que si alguien quiere seguir intentando construir una máquina de movimiento perpetuo. Lo importante es que no sea a costa de los recursos de la sociedad, dilapidando dineros públicos.

Al argumento nítido de la carga de la prueba ilustrado arriba es pertinente complementarlo con otro criterio de la ciencia y la filosofía: el principio de economía, principio de parsimonia o navaja de Ockham, que nos indican que hay que evitar la inflación ontológica, es decir, la postulación de entidades innecesarias que no tienen valor agregado para el conocimiento. Las hipótesis inútiles se desechan.

Nota adicional: vale aquí recordar las críticas que recibió el criterio popperiano de la falsabilidad (refutabilidad). La tesis Duhem-Quine, la carga teórica de la observación y otras ideas de la filosofía de la ciencia como los paradigmas de Kuhn o los programas de investigación de Lakatos, destrozaron la falsabilidad estricta, obligándola a flexibilizarse hasta perder el sentido para el cual fue propuesta por Popper. La contrastabilidad empírica sigue siendo muy importante, pero está lejos de ser un proceso simple y automático. Los llamados experimentum crucis, que se supone sirven para dirimir entre alternativas, también han sido relativizados. Todo esto aplica para las hipótesis que postulan la existencia de un X y muestra por qué no hay “demostraciones absolutas de inexistencia”. En todo caso, un popperiano diría que la hipótesis de un dios o dioses no es falsable, por tanto no es científica, cae afuera de la ciencia y cae dentro de lo que algunos autores llaman “lógica paranoica” (para el paranoico todo es prueba de aquello que presume, ya sea que suceda una cosa o su contrario, su creencia se adapta a todo y la persona entrampada en esa “lógica” defectuosa no puede ser convencida jamás). Así funcionan los dogmas.

 

Argumento 2. “La ciencia no ha logrado explicar X o Y fenómenos, luego es pertinente una explicación sobrenatural o milagrosa”. Por ejemplo, el “ajuste fino” del universo, el origen del universo (antes se hablaba del origen del sistema solar), el origen de la vida, la complejidad de los seres vivos, la conciencia, etc. Dentro de este tipo de argumentos entran los del denominado “diseño inteligente”.

Refutación. Este argumento es denominado “el dios de los huecos”. Se llama así porque el truco es aprovechar cualquier hueco que haya en el conocimiento humano de la época para proclamar que aquello nunca podrá ser explicado de forma científica y que por tanto la única “explicación” es la acción mágica de un agente sobrenatural. Hay una variante naturalista que utiliza como “explicación” a agentes naturales como podrían ser unos supuestos visitantes extraterrestres. Si no sabemos aún cómo un pueblo antiguo construyó un monumento extraordinario, entonces eso se “explica” por la acción de dioses o extraterrestres. Si no sabemos aún cómo se explica un fenómeno natural o una característica de la naturaleza, entonces se acude a la pseudoexplicación milagrosa o mágica que involucra la agencia intencional (sospechosamente parecida a la humana) de un ser sobrenatural, de seres extraterrestres o de seres de otra dimensión o universo.

Así eran las explicaciones primitivas sobre la lluvia, la sequía, el trueno o el rayo, los terremotos, tsunamis, la cosecha, las enfermedades y hasta las derrotas o victorias en las guerras. Todo estaba intervenido por espíritus de la selva, dioses o poderes brujos. El cerebro humano evolucionó en sociedad y así como un niño de pocos años atribuye mente a otros humanos (se suele llamar “teoría de la mente” a esa capacidad infantil que se adquiere como a los 4 años), esa misma capacidad se proyecta a todo tipo de seres: animales, vegetales, ríos, montañas, muñecos, etc. Es una proyección antropomórfica.

En contraste la ciencia explica los fenómenos naturales como procesos objetivos no intencionales, es decir, no intervenidos por agentes naturales espurios o sobrenaturales, procesos que obedecen a patrones también objetivos que se pueden estudiar y que luego sirven para predecir, lo cual abre inmensas posibilidades para los seres humanos (“el conocimiento es poder” decía Bacon). La ciencia es naturalista, objetivista, rechaza las pseudoexplicaciones sobrenaturales (mágicas) y las proyecciones antropomórficas más allá de lo específicamente humano. Es bajo ese enfoque que, en los últimos cuatro siglos, ha progresado el conocimiento científico de la naturaleza, depurándose gradualmente de lo subjetivo, lo sobrenatural y lo antropomórfico.

La historia nos enseña que el conocimiento científico ha ido reemplazando las “explicaciones” mágicas, milagrosas, sobrenaturales y antropomórficas una y otra vez a lo largo de los siglos. De ahí que podamos esperar que todo aquello que aparezca como inexplicado al día de hoy, pueda ser explicado más adelante gracias a la investigación científica y no inventando respuestas mágicas sin fundamento, esto es, arbitrarias.

Nota: sobre “ajuste fino”, origen del universo, origen de la vida, la conciencia y otros temas por resolver podríamos decir mucho más, pues en las últimas décadas se ha avanzado enormemente en esas líneas de investigación. Por ahora basta decir que no hay carencia de hipótesis científicas al respecto como se estudia en el campo de la Gran Historia o Big History. Por el contrario, lo que hay es fecunda investigación en curso. Y sobre esos temas he producido otras entradas en este blog, conferencias en Youtube, cursos de Big History.

El punto es que el creyente cree que necesariamente lo complejo produce lo simple, así como un relojero produce un reloj (metáfora del siglo XVIII que hoy se podría cambiar por un sistema informático) (nota: el razonamiento por analogía no es argumento válido, no tiene fuerza probatoria, sólo sirve para ilustrar). Según él es imposible que lo complejo surja de lo simple. Pero semejante creencia choca frontalmente con todas las ciencias. El creyente de este tipo está desconociendo el concepto de emergencia, que es un concepto metacientífico obtenido a partir de la ciencia y significa que lo complejo emerge de lo simple. Es lo que se ha encontrado en astronomía, en geología, en física, en química, en biología, en historia social. Algunos ejemplos pueden ser nucleosíntesis de elementos químicos en el Big Bang, estrellas y supernovas; síntesis de moléculas a mayores niveles de complejidad, incluyendo biomoléculas; surgimiento de eucariotas a partir de endosimbiosis de arquea y bacterias; formación de sistemas termodinámicos alejados del equilibrio (basta ver los huracanes o el agua hirviendo con sus estructuras ordenadas); evolución de los seres vivos con la complejización de una parte de la biosfera; evolución de los cerebros y sistemas nerviosos centrales; emergencia de conductas; progreso y complejización de las sociedades humanas.

Los creyentes suelen repetir discursos que hablan de la improbabilidad del surgimiento de la vida, citando por ejemplo a Hoyle y su imagen del huracán que arma espontáneamente un boeing 747, la cual es una analogía que no se sostiene, pues allí no hay selección natural. La evolución biológica no es un producto exclusivo del azar, sino el resultado de interacciones de procesos deterministas que pueden modelarse en un esquema de variación y selección. Por cierto, los modelos de variación y selección pueden utilizarse también con la materia no viva, por ejemplo en astronomía. Quien no domine esos esquemas de pensamiento no puede entender procesos como la evolución. La abiogénesis hace unos 4 millardos de años en la Tierra primigenia es abordable perfectamente con ese enfoque, aplicado a la química.

Sobre el origen de la vida terrestre ver esta entrada: Abiogénesis

En cuanto al diseño inteligente del sistema solar, como lo llegó a pensar Kepler con los sólidos platónicos, ese problema fue resuelto con un esquema darwiniano de variación y selección: existen trillones de sistemas planetarios y aunque la mayoría no ofrezca condiciones favorables para la vida, puede haber una minoría de miles o de millones de planetas que sí las ofrezcan. Es decir, que la improbabilidad no es imposibilidad, cuando hay trillones de oportunidades. De hecho, el término “improbable” es muy vago mientras no se cuantifique y actualmente nadie puede calcular, ni siquiera en forma aproximada, cuál es la probabilidad real de que surjan fenómenos biológicos. Para ello hace falta más investigación.

Sobre el ajuste fino hay una solución similar a la del sistema solar que podemos imaginar. Ver esta explicación especulativa pero naturalista en: Video

Conclusión: a medida que avanza la ciencia el dios de los huecos retrocede. El dios de los huecos siempre va en retroceso, nunca avanza.

 

Argumento 3. “El ateísmo no se deriva de la ciencia o no tiene que ver con la ciencia”.

Refutación. Este argumento es increíble porque las evidencias de lo contrario son abrumadoras. Ya en la refutación del argumento 2 mostramos cómo la ciencia es naturalista, rechaza las explicaciones mágicas sobrenaturales, antropomórficas y teleológicas. Eso es filosofía de la ciencia a un nivel muy básico. Avanzando en esa misma dirección se puede argumentar que la ciencia tiene la misma ontología y la misma epistemología que el ateísmo racioempirista (ver entrada en este blog sobre el ateísmo racioempirista). La ciencia es también racioempirista (tiene rigor lógico y rigor experimental) y rechaza el irracionalismo dentro de la ciencia, es objetivista y rechaza o minimiza el subjetivismo dentro de la ciencia, su ontología es materialista y rechaza el idealismo. La neurología o neuropsicología, por ejemplo, nos muestra que la mente es una función del cerebro y que no hay mente sin cerebro (mentes incorpóreas, fantasmas, alma o espíritu humano inmortal, son fantasías, nunca han sido detectadas), lo cual es plenamente coherente con la biología evolutiva que nos expone el origen natural de la especie humana. También es consistente con los experimentos de interfase cerebro humano – máquinas, que permiten a un ser humano interactuar con una máquina por medio del pensamiento (que es actividad cerebral plenamente material pues consume energía). Ahí se desmoronan todas esas fantasías sobre seres espirituales, dioses pensantes incluidos.

Otro eje de refutación es la ciencia de la historia. La historia de las religiones nos muestra que son creaciones idiosincrásicas subjetivas de los diferentes pueblos. Contrafáctico: si la historia mostrara que todos los pueblos produjeron la misma religión o llegaron a la misma idea de la divinidad, se tendría que reconocer, a partir de ese carácter universal, que debe haber algo objetivo que explique esa universalidad. Pero ese no es el caso. En contraste, la universalidad de las ciencias naturales proviene de su metodología experimental y replicable que minimiza lo subjetivo y maximiza la objetividad como ideal regulador.

La historia también nos muestra que el ateísmo reflexivo, colectivo, cientificista, surge en el siglo de las luces, especialmente con la Ilustración, como un efecto colateral de los avances científicos que desvirtúan la biblia (católica o no católica) y posibilitan el surgimiento de una cosmovisión mecanicista y materialista en aquella época. La ciencia lo hizo posible. No sobra recordar la oposición institucional de la iglesia católica, especialmente el tribunal de la Inquisición, al progreso de la ciencia en los albores de la modernidad. Las sociedades islámicas y protestantes, que fueron más proclives al avance del conocimiento en los siglos anteriores, han dado un vuelco negativo hacia el dogmatismo y fanatismo en los últimos tiempos, mientras que el catolicismo se ha flexibilizado.    

Otro punto clave es la correlación estadística entre avance de la ciencia y mayores niveles de ateísmo (esto se puede ver en forma diacrónica en el mismo país o en comparación sincrónica entre países con niveles distintos). Alguien podría decir que EEUU es la excepción. Pero si se analiza esa país internamente, se verá que la correlación es clara entre los estados más avanzados y los más atrasados que son precisamente los del bible belt. Ese fenómeno del fundamentalismo evangélico de las zonas más atrasadas de EEUU proviene de la peculiar historia de esa nación. Asimismo se puede estudiar la correlación inversa entre mayores niveles de educación y mayores niveles de creencia en dioses. La comunidad científica tiene un porcentaje de ateos mucho mayor que la ciudadanía en general, en practicamente todos los países. Y dentro de las propias comunidades científicas se va a encontrar mayor porcentaje de ateos en los niveles más altos (por ejemplo en los premios Nobel) que en los niveles más bajos (por ejemplo, las comunidades científicas latinoamericanas).

Resumiendo: el choque entre ciencia y religión, y la fuerte conexión entre ateísmo y ciencia se encuentran en:

·         La cosmovisión científica que nos brindan las ciencias naturales y su Big History.

·         La neuropsicología que niega las mentes incorpóreas en coherencia con la biología evolutiva.

·         La historiografía científica que nos muestra, por un lado, el carácter idiosincrásico de las creencias religiosas y, por otro lado, el carácter universal de las ciencias naturales; mientras que muestra el desarrollo del ateísmo como efecto derivado del avance de las ciencias desde los siglos XVII y XVIII hasta hoy.

 

Hasta aquí la primera parte. En la segunda parte (siguiente entrada del blog) abordamos otros alegatos que no son verdaderos argumentos sino trucos retóricos: el argumento de autoridad mediante citas, la explotación de algún error particular de la contraparte y la crítica ad hominem al comportamiento del ateo militante (voy a referirme a un comportamiento que sí está justificado: darle importancia a ciertas creencias metafísicas que impactan la sociedad).

Refutando creyentes (segunda parte)

 Segunda parte


Argumento 4. El creyente cita a algún personaje famoso o prestigioso haciendo alguna afirmación que apoya o parece apoyar la tesis del creyente.

Refutación. El argumento de autoridad no es un verdadero argumento válido, pues sólo informa lo que pensaba un sujeto. Normalmente se usa de manera honesta como una forma de ahorrar tiempo en la argumentación, bajo el supuesto de que el interlocutor acepta la autoridad de conocimiento del personaje citado. En realidad, lo que tendría que exponer es el argumento completo y no citar frases aisladas sacadas de contexto y ocultando el resto de planteamientos del personaje. Y aún en ese caso el argumento puede estar equivocado. Por ejemplo, Newton creía en la religión y en la alquimia, pero eso no válida un ápice ni la religión ni la alquimia, ambas eran simplemente creencias de su época. Y si recordamos y apreciamos a Newton no es por aportes a la alquimia o la religión sino por aportes a la ciencia (por cierto, Newton sí incluye a su dios en su razonamiento de los Principia, pero el desarrollo posterior de la mecánica clásica de partículas prescindió de esa idea innecesaria, como bien le dijo Laplace a Napoleón). Vivimos en un mundo donde el conocimiento acumulado avanza rápidamente, un mundo en progreso. Por esa razón, las citas envejecidas fácilmente pueden ser impertinentes por obsoletas.

Una modalidad más grave es el argumento de falsa autoridad. En el argumento de autoridad mencionado en el párrafo anterior se supone que el personaje es experto en el tema sobre el cual se pronuncia. Pero si el personaje se pronuncia sobre algo en lo cual no es experto en el sentido de haber acumulado un conocimiento fundamentado, entonces ni siquiera se puede considerar autoridad en el tema, aunque lo sea sobre otros temas. Es una falsa autoridad. Es lo que suele sucederle a personajes con premios Nobel que pontifican sobre diversos asuntos ajenos a la especialidad en la cual fueron premiados. No es extraño que “metan las patas”. Ahora bien, ¿puede alguien ser experto en dioses? ¿qué significa ser experto en la existencia de un dios? Si su creencia se basa en la fe o en vivencia personal subjetiva significa que no hay base racional para su “autoridad”. Su pronunciamiento es irrelevante. Y si tuviese base racional para su creencia entonces, en ese caso, en vez de apelar a la autoridad lo que procede es exponer esa base racional. Y como siempre se somete a crítica racioempirista.

 

Argumento 5. Atribuir a algún ateo particular o a los ateos en general alguna afirmación equivocada.

Refutación. Puede ser que sea cierto que algún ateo la dijo o puede ser falso, pero en todo caso constituye una falacia generalizar como si el caso fuese representativo de la totalidad de los ateos o intrínseco al ateísmo como tal. Si se trata de una tesis que ningún ateo ha afirmado estaremos ante una falacia espantapájaro u hombre de paja (Strawman), se está mintiendo o tergiversando. Si se trata de una tesis que algún ateo equivocadamente afirmó, entonces se cometen dos falacias al atribuírselo a todos: falacia de generalización apresurada y falacia por asociación. Queda claro entonces que el “argumento 6” es un truco burdo y no un verdadero argumento.

Un ejemplo notorio es la referencia a Dawkins y a otro divulgador científico diciendo que el universo se originó de la “nada”.  Eso es algo que la ciencia no afirma. Las fluctuaciones cuánticas se producen en el vacío cuántico, que tiene energía distinta de cero. Es un error burdo confundir el vacío cuántico con la “nada”. Cuando la cosmología habla de una singularidad en el origen del Big Bang, está diciendo que la teoría (Relatividad General) allí no aplica, es decir, que el origen es desconocido en el actual marco teórico. Actualmente la respuesta correcta a la pregunta ¿Cómo se originó el universo observable?, es la siguiente: no lo sabemos. Aún no hay respuesta científica al respecto. Aquí aplica la refutación del dios de los huecos (ver Argumento 2 en la primera parte).

 

Argumento 6. En los grupos de Facebbok sobre ateísmo, los creyentes critican a los ateos por vivir “obsesionados” por algo inexistente.

Refutación. Dejemos de lado que es una falacia ad hominem y analicemos el caso. El creyente no cae en cuenta que al entrar en un grupo de ateos en una red social va a obtener un muestreo sesgado, no representativo. Hay muchos más ateos fuera de los grupos ateístas de Facebook que dentro de ellos. Y dentro de los grupos grandes, con miles o cientos de miles de miembros, la mayoría es silenciosa, los vociferantes son los más “afiebrados” con el tema. Por tanto, la “obsesión” no es tal.

Con éste y otros escritos sobre el tema, yo estoy dedicándole tiempo y energía. ¿Vale la pena? El punto es que el problema no es la creencia metafísica en sí, que pertenece a la zona mitológica (ver más adelante este concepto), sino cómo esa creencia se inmiscuye en asuntos políticos y morales con posiciones retardatarias y efectos negativos para la sociedad. Por tal impacto negativo sí hay que preocuparse. Ahí están los ejemplos de Trump, Uribe, Bolsonaro o el partido popular de España, entre otros que utilizan los fanatismos cristianos para hacer política o promover criterios morales conservadores. La religión funciona como factor alienante. En 2016 hubo un caso notorio en Colombia. Hubo un referendo sobre el acuerdo de paz con el grupo de las FARC y por una pequeña diferencia ganó el No a la paz. En esa ocasión hubo bastante desinformación y la religión fue usada para manipular a las masas (ver marcha del 10 de agosto de 2016 en varias ciudades de Colombia; de paso tumbaron a la ministra de educación que era públicamente homosexual).

El pensamiento mágico-religioso favorece la formación de súbditos, más que de ciudadanos autónomos. Es una forma de infantilización de la población. Lo contrario de la mayoría de edad que planteara Kant y por tanto no contribuye al uso público de la razón. En la escuela se pretende que el joven aprenda ciencia, razonamiento, pensamiento crítico, se pretende construir ciudadanía y futuros trabajadores o emprendedores creativos. Pero si ese esfuerzo se mezcla con un adoctrinamiento religioso irracional lo que se genera es confusión, incoherencia, que el joven nunca alcance una cosmovisión científica. He ahí el impacto negativo de la creencia metafísica en la educación.

La racionalidad está bajo amenaza. El irracionalismo o el oscurantismo avanzan en varios frentes. Ante el auge de las redes sociales los medios de comunicación han perdido influencia, lo cual es bueno, pero esa tutela ha desatado un ruido en la intercomunicación de masas desorientadas. El pensamiento crítico es fundamental para la defensa de la racionalidad y la ilustración en un mundo con fake news, pseudociencias, pseudoteorías conspiranoicas, ideologías de diversos signos proclives al fanatismo, ideologías anti-occidentales infiltradas en la izquierda, ideologías de correccionismo político de tipo identitario, woke o de liberalismo individualista radical, ideologías neoliberales o libertarians.

En la vida práctica la racionalidad se mantiene, pero en la zona mitológica el individuo puede adoptar cualquier idea sin que eso repercuta de inmediato en su superviviencia diaria, por lo que es fácil que la persona pierda el “polo a tierra”. Estos temas han sido desarrollados por Steven Pinker en sus libros más recientes. En mi columna de El Unicornio publiqué una reseña del libro La racionalidad de Pinker el 6 de noviembre de 2021. Ahí escribí lo siguiente:

“¿Qué le pasa a la gente?  Esta pregunta es el título del penúltimo capítulo, donde Pinker aborda el crucial y espinoso tema de las creencias, como lo expusiera Carl Sagan en El mundo y sus demonios.  En este capítulo el autor toma de Robert Abelson y el humorista George Carlin la diferencia entre creencias distales y creencias comprobables, la cual lleva a los individuos a establecer dos zonas de realidad: el entorno inmediato (donde son realistas pues ser fantasioso sale costoso) y la realidad lejana (donde pueden ser fantasiosos sin problema).  Esa realidad lejana puede ser el más allá, el espacio exterior, el micromundo, el pasado anterior a nuestra memoria, el futuro y el mundillo de los ricos y famosos al cual no tenemos acceso.  Esa realidad que no es directamente accesible configura una zona mitológica, donde podemos dar rienda suelta a la especulación.

Tales creencias mitológicas, como la religión, las pseudociencias, las pseudoteorías conspiranoicas, las fake news y los mitos identitarios, se pueden asumir sin aparentes consecuencias negativas. Al contrario, parecen brindar sentido de pertenencia a un colectivo o “tribu”, sensación de superioridad moral o cognitiva (buenos contra corruptos o despiertos contra dormidos) o simplemente convertirnos en personajes entretenidos en una reunión social con nuestras “teorías” extravagantes.  Sin embargo, no es cierto que no haya consecuencias negativas: ahí está el caso de los antivacunas o las medicinas no basadas en la evidencia, o las sectas, o el negacionismo del cambio climático antropogénico.  Y los efectos políticos del oscurantismo, añado yo”.

 

Epílogo

Los seis recursos retóricos mencionados en la primera y segunda parte son refutados una y otra vez en las redes sociales y a veces en conversaciones presenciales. Si el creyente fuese predominantemente racional y con actitud de aprendizaje podría aprovechar los argumentos que se le brindan para obtener conocimiento y resolver sus dudas, y además agradecerlo. Pero lo más común es que el creyente no sea una persona con dudas y apetito de aprendizaje, sino un troll, o un fanático dogmático e irracional que no le interesan las razones. O simplemente una persona que ha hecho de su creencia un componente vital de su identidad y, por tanto, le cuesta cambiar. En el caso de los grupos de facebook se cae en un inútil diálogo de sordos, una pérdida de tiempo, pues no hay verdadero debate sino simple repetidera de memes, insultos y burlas a falta de argumentos. Y muchos ateos, sobre todo adolescentes, caen en ese mismo juego.

Coletilla: El debate sobre la biblia no lo he mencionado. Considero que no vale la pena, pues los católicos ya resolvieron eso hace tiempo, simplemente diciendo que es alegórica y que no se debe asumir de manera literal. Sólo los fundamentalistas evangélicos siguen atrapados en la literalidad absurda de ese texto primitivo e infantil.  Y además de todo lo mencionado no faltan los creyentes (y a veces ateos o agnósticos también) que ignoran la ciencia y se dedican a tergiversarla. Un caso típico es el “debate” del creacionismo y la teoría de la evolución, una discusión externa por completo a la ciencia y superada hace más de 100 años. Ahí lo que está fallando es el sistema educativo, pues la biología evolutiva debe ser parte medular del pensum en la educación básica y media.  

martes, diciembre 13, 2022

El ateísmo racioempirista es una extraordinaria hazaña del intelecto humano

El ateísmo racioempirista es un extraordinario y admirable logro del intelecto humano.  Así debe ser considerado si apreciamos el esfuerzo que significó superar las explicaciones antropomórficas, la vanidad complaciente del antropocentrismo, el peso de la tradición, las cadenas de los dogmas, la seducción de los mitos, la inercia de la costumbre, la prisión del contexto idiosincrásico, el facilismo de pensar con el deseo (wishful thinking, fé), la comodidad de un paternalismo protector.  

Durante milenios no hubo alternativa.  

En los filósofos presocráticos hubo un atisbo, pero realmente el ateísmo racional y empirista es un logro moderno que va de la mano de la revolución científica y la Ilustración.  El ateísmo no es sólo la tesis contraria a la religión, la fé y la creencia acrítica en dioses (sean múltiples o uno solo). También es la tesis contraria a la afirmación de lo sobrenatural, del alma inmaterial e inmortal y del pensamiento sin soporte neural. Y asimismo es la tesis contraria al antropocentrismo, esto es, a la idea de que el ser humano ocupa un lugar especial en el cosmos, en la naturaleza.

Ser ateo es superar el infantilismo, es decir, esa etapa en que el ser humano no es capaz de distinguir entre la realidad y la fantasía, entre la verdad como atributo basado en la evidencia (aunque no nos guste) y la ficción que no se somete a la contrastación de la prueba empírica.

El pensamiento mágico es infantil pues sustenta sus creencias en el deseo meramente subjetivo.  Por ejemplo, los deseos de tener protección contra los peligros, de tener ayuda poderosa (sobrenatural, o sea mágica) para lograr ciertos anhelos, de vivir eternamente o de que nos volveremos a encontrar con nuestros seres queridos en "la otra vida".  Es infantil no aceptar la realidad y darle crédito a la fantasía.  Entonces se niega nuestra naturaleza animal mortal.  Se niega la naturaleza fantástica de los mitos o narrativas inventadas por cada pueblo o cultura, o peor aún, se acepta esa naturaleza fantástica para los mitos de los otros grupos humanos pero no para los mitos del grupo al cual pertenecemos, en el colmo de la incoherencia patente.    


Ser ateo, entonces, es alcanzar la madurez, el estado adulto, la mayoría de edad. 

Ser ateo es superar el parroquialismo y las cárceles identitarias, es ser cosmopolita, universal. Es ser crítico frente a cualquier tradición, dogma o argumento de autoridad.  Crítica que debe ser racioempirista, es decir racional, lógica, basada en la evidencia.  Evidencia que también está sujeta a control de calidad con los métodos que hemos aprendido en el ámbito científico en los últimos cuatro siglos.

El ateísmo es la consecuencia del pensamiento crítico que, al igual que la ciencia, se fundamenta en el rigor lógico y experimental, en la contrastación empírica y en la valoración máxima de la verdad objetiva como propósito de la búsqueda, sin llenar los vacíos con ficciones voluntaristas.  El pensamiento crítico es el detector permanentemente en guardia frente a falacias y sesgos.  

En llave con la ciencia y el pensamiento crítico está la filosofía científica y juntos integran una cosmovisión científica.  Esta cosmovisión científica puede responder en gran parte a las preguntas ¿de dónde venimos? y ¿qué somos? a través de lo que se ha denominado Big History o Gran Historia, el metarrelato que la ciencia ha logrado construir en los últimos 70 años.  Y lo que la ciencia aún no puede explicar no se llena o se soluciona con fantasías o pensando con el deseo.

En el campo de la ontología el ateísmo es naturalista / materialista.  Por tanto es contrario al idealismo.

En el campo de la epistemología el ateísmo es racioempirista y objetivista.  Se opone al irracionalismo y al subjetivismo.  El ateísmo también se opone al absolutismo, pero no cae en el relativismo exagerado, pues reconoce a la especie humana como una sola, reconoce a la naturaleza humana más allá de nuestras diferencias individuales y nuestra diversidad grupal. Y acepta el principio cosmológico, esto es, que la Tierra, el Sol, nuestro sistema solar y nuestra galaxia, no ocupan el centro ni un lugar especial.  Por tanto el ateísmo acepta que nuestra capacidad de conocer no está limitada en términos absolutos por nuestra condición de especie animal de la biosfera terrestre. 

El ateísmo es cientificista, es decir, pro-ciencia. El cientificismo bien entendido afirma que lo que llamamos "ciencia" es el mejor modo de conocer el mundo (no afirma que sea el único modo de conocer y no entiende la "ciencia" de manera esencialista).  

El ateo racioempirista no es dogmático. Si la contraparte puede puede mostrar evidencia de dioses, fantasmas, espíritus, almas, ángeles, magia o cualquier fenómeno sobrenatural, con mucho gusto se somete a investigación.  Si la contraparte presenta argumentos bien elaborados con mucho gusto se someten a crítica racional. 

¿Y el agnosticismo?  Hay otra entrada en el blog sobre ese tema.   

¿Y el humanismo progresista?  Habrá otra entrada en el blog sobre ese tema.  

 



sábado, octubre 29, 2022

Por qué no soy agnóstico


El debate entre ateísmo y agnosticismo parece ser más interesante que la discusión entre ateísmo y creencia en la existencia de un dios.  Por eso abordo el tema en esta columna publicada el 29 de 0ctubre de 2022 en el portal El Unicornio, un día antes de la segunda vuelta en la elección presidencial en Brasil.

Por qué no soy agnóstico

La revista científica más importante del mundo, Nature, dice en su más reciente editorial que en la segunda vuelta electoral en Brasil sólo hay una opción consistente con la ciencia: votar por Lula para que pierda Bolsonaro, a quien la revista considera, con pleno fundamento, “una amenaza para la ciencia, la democracia y el medio ambiente”.

De manera análoga digo que frente al tema de la existencia de un dios (o varios dioses) sólo hay una opción consistente con la cosmovisión científica del siglo XXI: el ateísmo. Y en este caso la opción que estoy descartando no es la creencia en un dios, que en el mundo actual obviamente es un asunto de mera fe, sino el agnosticismo, posición que sí pretende ser racional.

Difiero de muchos ateos a quienes les encanta debatir y criticar a los creyentes.  Eso es tiempo perdido porque tal creencia no se basa en la razón sino en el argumento de autoridad impuesto en la crianza a temprana edad siguiendo la tradición y/o en necesidades psicológicas de algunos individuos que encuentran en tal creencia una prótesis mental que les sirve de apoyo.  La creencia en un dios pertenece a la zona mitológica en la cual el individuo puede especular sin mayor riesgo para la vida práctica, tal y como expusimos en una columna donde reseñamos el libro La racionalidad de Steven Pinker. Más o menos lo mismo pienso de quienes se dedican a refutar tonterías como el terraplanismo que carecen de importancia.

Se me dirá que la religión sí tiene importancia por sus repercusiones negativas en la vida social, como evidencia la historia: dogmatismo, guerras, vasallaje, manipulación, explotación, restricciones a la libertad, alienación, fanatismo y muchas más.  El adoctrinamiento religioso a los niños perjudica o distorsiona la formación moral, axiológica, actitudinal y cognitiva, aunque desde luego su ausencia no es garantía de una formación apropiada.

El punto es que la clave en la formación del joven no reside en los temas metafísicos sino en el desarrollo del pensamiento crítico – racional y la asimilación activa de la cosmovisión científica construida con rigor lógico y experimental en los últimos dos o tres siglos y que constituye el más grandioso logro de la humanidad.  El ateísmo termina siendo simplemente un corolario de lo anterior, no el asunto principal.  Por tanto, no se trata de hacer proselitismo ateo, como si fuese una creencia más, sino de fortalecer el pensamiento crítico en los espacios educativos y de comunicación masiva, lo cual se contrapone al facilista pensamiento mágico y a los impulsos fanáticos.  Todo ello a sabiendas de que la naturaleza humana, como la entendemos hoy, no es la de un ser precisamente racional, por lo que la tarea no es nada fácil.

Dicho esto, volvemos entonces al descarte del agnosticismo como opción racional.  Éste es un debate mucho más interesante, pues el agnóstico no puede refugiarse en la fe.  De hecho, algunos agnósticos acusan al ateo de caer en un acto de fe por su afirmación contundente sobre la no existencia de dioses, mientras el agnóstico deja margen a la duda, lo cual parece una actitud más racional.

Es un error lógico.  La no existencia de un X (sea X un dios o cualquier entidad propuesta por una o muchas personas) nunca puede demostrarse o probarse.  La carga de la prueba recae siempre en quien postula la existencia de X.  Los seres humanos hemos inventado todo tipo de seres o entidades fantasiosas o míticas: dragones, duendes, hadas, espíritus de la selva, fantasmas, almas, dioses, ángeles, demonios, elefantes rosados, unicornios azules, flogisto, éter, calórico, élan vital. Una cuasi-infinita inflación ontológica.

Si el agnóstico es consecuentemente racional tendría que extender su agnosticismo, es decir, su manto de duda, sobre toda la parafernalia mitológica inventada por todas las culturas del planeta.  O probar que determinado ser mítico, por ejemplo el dios cristiano, es un caso especial que merece un tratamiento preferencial, como decir: “soy agnóstico sobre el dios cristiano, pero no sobre Zeus u Odín”.  ¿Y qué tiene de especial la mitología cristiana respecto a las demás mitologías? Todos los dioses inventados por los humanos son idiosincrásicos, provienen de una tradición, como las costumbres y los acentos.  El cristianismo no es la excepción, sólo que es uno de los componentes de la cultura occidental que logró conquistar el mundo, un hecho meramente circunstancial, no atribuible a su más común mitología tradicional.

Otro argumento del agnóstico es atribuirle a la idea de dios (¿y por qué no de dioses en plural?) el carácter de hipótesis, lo cual parece acorde con la ciencia.  Algunas de las entidades arriba mencionadas, como el flogisto, el calórico, el élan vital o el éter fueron hipótesis científicas hace más de un siglo, que luego resultaron ser refutadas.  ¿No podría ser un dios una hipótesis para explicar algo?  La respuesta simple es “no”. Recuerden que estamos en el siglo XXI.  Los dioses pudieron ser una explicación racional de la lluvia, el rayo, la fertilidad de la tierra o cualquier otro fenómeno natural en las épocas precientíficas desde la edad de piedra hasta la sociedad medieval europea e incluso hasta la época de Newton.  Podríamos decir que el pensamiento mágico religioso y la proyección antropomórfica eran una necesidad, o por lo menos la alternativa más plausible, y por eso usamos el concepto de “religión natural”. 

En la era moderna, cuando tenemos a nuestra disposición una cosmovisión científica bien fundamentada en evidencias, aunque no lo explique todo, esa “hipótesis” de dios -como le dijera Laplace a Napoleón- resulta innecesaria.  Ni sirve como hipótesis pues carece de valor heurístico, es decir, no es fecunda para la investigación.  Es lo que se suele llamar “el dios de los huecos”: lo que la ciencia no podía explicar, se le atribuía a un dios, pero luego el avance del conocimiento científico rellenaba ese hueco y entonces la “hipótesis explicativa” por medio de la voluntad antropomórfica de un dios se echaba a la basura.  Y así sucesivamente, un dios en permanente retroceso.

Puede haber más razones, el tema es amplio y fascinante, mas el espacio de esta columna ha llegado a su fin.    



sábado, noviembre 06, 2021

Conferencia sobre cosmovisión científica y educación - Segunda parte

 Una educación sin cosmovisión es como café sin cafeína

 

El siguiente texto es una transcripción de un audio de la conferencia ofrecida por Jorge Senior el 28 de octubre de 2021.  Es, por tanto, lenguaje oral.

Como la conferencia tiene tres partes, para efectos de presentación en este Blog, se hará en tres entradas.  Esta es la segunda.  


 

Segunda parte

 Gran Historia y Cosmovisión científica

 

La Gran Historia y la cosmovisión científica solo son posibles por el avance convergente del conocimiento científico en los últimos 70 años y además por una disciplina que siempre pasa de bajo perfil, la cronología, y que muy bien merece nuestro elogio, porque gracias a ella podemos reconstruir la línea del tiempo del pasado de la naturaleza y de la sociedad.  La gran historia o gran relato, decíamos, es el producto de las últimas 7 décadas.  Sería interesante comparar (lo he hecho en algunas conferencias) cómo se pensaba en 1948, en la posguerra, y como se piensa hoy en día sobre la naturaleza y la sociedad.  Veríamos los grandes cambios que ha habido en en ese trayecto.  Por ejemplo, se corroboró el 'big bang', se estableció la edad del universo, se descubrió la tectónica de placas y se estableció la edad de la Tierra y el Sistema Solar, se fundamentó el origen de la Luna; se descubrió la doble hélice del ADN, el código genético unos años después, la endosimbiosis y las rutas metabólicas, bueno, todo lo que aportó la biología molecular y se logró acotar la datación del origen de la vida, que hoy está más o menos entre 3.800 a 4 mil millones de años; se reconstruyó también la hominización, el proceso que llevó al surgimiento del Homo Sapiens, ampliando y datando el registro fósil, usando la genografía y la paleogenómica; y como ya dijimos se desarrollaron potentes tecnologías de cronología, con las mejores técnicas de datación, que antes eran imposibles.  En la época de nuestros abuelos ninguna de estas cosas se sabía y hoy en cambio lo tenemos perfectamente claro.  Eso debería marcar una diferencia gigantesca entre un ciudadano del siglo XXI y un ciudadano de comienzos del siglo XX. 

Actualmente se ha implementado el Big History Project en muchos países.  En la Universidad de Macquarie, en Australia, hay un Big History Institute que nuclea ese proyecto y sus redes. Pero por fuera del mismo hay múltiples iniciativas, como hemos hecho en Barranquilla (por ejemplo con la Fundación Stellam).  Este campo disciplinar ha crecido y actualmente hay una bibliografía amplísima. También hay debates de hondo calado, como la aguda crítica que propone Fred Spier, de la Universidad de Amsterdam, al concepto de “Umbral” o “umbrales de complejidad” que defiende David Christian (el historiador cuya charla en TED ha sido vista por más de 10 millones de personas). 

La Gran Historia es la historia del universo, del planeta Tierra y la biosfera terrestre y la historia de la especie humana hiladas en una narración multidisciplinar.  Constituye un valioso aporte a la solución del déficit pedagógico de una educación fragmentaria y carente de sentido profundo.  Como dijimos el Big History Project está trabajando en muchos países del mundo, en varios continentes, adiestrando docentes para implementar creativamente proyectos en sus colegios.  Estos proyectos son transversales a las asignaturas de la educación básica y media.  Se pueden dar, por ejemplo, en el noveno grado, perfectamente, a lo largo de un año, haciendo sinergia entre los profesores de todas las áreas: de ciencias sociales, de arte, de ciencias naturales, de matemáticas, de deporte, de español, de inglés, de filosofía.  Por cierto, en los colegios no se suele enseñar filosofía sino historia de la filosofía, lamentablemente.  Un proyecto de Gran Historia permitiría subsanar en algo ese déficit. La Gran Historia brinda acceso a la cosmovisión científica del siglo XXI, o sea, la presenta de manera narrativa, contando desde el big bang hasta el presente.  La Gran Historia nos da una perspectiva cósmica del lugar de la humanidad en el universo, que desde luego no es nada central.  La Gran Historia nos hace conscientes de la encrucijada cósmica de las actuales generaciones, porque estamos viviendo un momento decisivo en la historia humana.  Desde un ángulo religioso, algunos han dicho que estamos en una época de nihilismo.  No es así, o más bien no debería ser así, deberíamos llamar a esta época, “la época de la mayoría de edad”, desde el punto de vista del deber ser.  Bueno, entonces tenemos la respuesta a la pregunta “de dónde venimos” a través de la Gran Historia, que tiene cuatro capítulos: la historia del universo, la historia de la Tierra, la historia de la vida y la historia de la especie humana; sin embargo, la historia de la Tierra y de la vida tienen que unificarse porque no se puede entender la una sin la otra, están integradas.  No obstante, el proyecto Big History lo trabaja en ocho umbrales.  Les comento que hoy recibí una comunicación de uno de los líderes mundiales de Big History, Fred Spier, profesor jubilado en la universidad de Amsterdam, en la cual él hace una crítica profunda a otro de los líderes mundiales que es David Christian, de la universidad de Macquarie.  Sobre este punto de los umbrales específicamente.  Ese es un debate bien interesante, pero será para tratarlo en otra ocasión.  Yo siempre digo, de todas maneras, que los ocho umbrales son simplemente un recurso didáctico simplificado, hasta cierto punto arbitrario (en cuanto al número) y uno podría subdividirlo en muchos más umbrales, como voy a plantear en la próxima diapositiva que habla de 30 umbrales.  ¿Pero cuáles son los 8?  (1) el big-bang, origen de la expansión del universo conocido, el universo observable; (2) el surgimiento las estrellas y galaxias;  (3) la núcleosíntesis, que alude al proceso de formación de los elementos de la tabla periódica o sea la complejidad química.  Hasta ahí estamos hablando el universo entero.  Luego hay un salto a un rinconcito del universo que es nuestro sistema solar.  Entonces ahí comenzamos a hablar (4) del surgimiento de nuestro sol, del planeta Tierra, de los otros planetas del sistema; luego pasamos al (5) quinto umbral que es el surgimiento de la vida en la Tierra, la única biosfera conocida hasta ahora, que es una sola vida o sea la vida es una unidad, eso podría no haber sido así pero lo fue, la vida tiene un origen único en un evento único hace unos cuatro mil millones de años o sea muy poco tiempo después de la formación de la Tierra, unos 500 millones de años después.  Bueno, luego de los umbrales 4 y 5 viene un salto hacia los umbrales 6, 7 y 8, que se refieren exclusivamente a la especie humana: (6) el aprendizaje colectivo, que yo a veces denomino coevolución biológico – cultural; (7) la revolución del neolítico y el surgimiento de las civilizaciones agrarias; y por último, (8) la revolución moderna, que nos lleva hasta el Antropoceno.  En esa enumeración de 8 umbrales ustedes ven un ejemplo de subdivisión en el 5.  Eso es debido a que allí aparece la vida compleja eucariota; realmente eso fue un salto más significativo que el surgimiento de la vida propiamente dicha. 

En realidad podríamos hablar de muchos más umbrales, en los cuales la complejidad de la organización de la materia aumenta, al menos en alguna región del universo y esto lo podríamos trabajar en cinco líneas del tiempo: (1) la línea del universo, desde hace 13.800 millones de años; luego le ponemos la lupa y trabajamos (2) la línea del planeta Tierra, su biosfera y el sistema solar al que pertenece, que sería más o menos de unos 4 mil 500 millones de años;  luego trabajamos (3) la línea del tiempo del Fanerozoico, que serían los últimos 541 millones de años y luego sí aterrizamos en (4) la línea de los homininos, de unos 6 millones de años, que son nuestros antecesores, y finalmente, (5) la línea del Holoceno que ya corresponde al final de la edad de hielo, hace un poquito más de 10.000 años: ahí está la historia social que conocemos.  Bueno, estoy trabajando una sexta línea que sería la del Cenozoico, que tiene 66 millones de años, desde que cayó el famoso meteorito que mató a los dinosaurios, como se suele decir.  Bueno, esa línea de 66 millones de años es el surgimiento de una nueva época en la historia de la vida bajo el “imperio” de los mamíferos, sin lo cual no existiríamos; allí surge el orden de los primates, que es el nuestro. Es una línea de tiempo sobre la cual se conoce muy bien la evolución del clima, con algunas lecciones claves, como el calientamiento global del PETM o “máximo térmico, hace 55 millones de años, una lección de cambio climático.


Nota: en este punto se muestra un doble imagen en una diapositiva: a la izquierda la huella de un hominino bípedo, un Australopithecus, y a la derecha la huella de Neil Armstrong en la Luna.  La separación temporal entre esas dos huellas supera los tres millones de años y enmarca la epopeya del Género Homo. 

¿De dónde venimos? La imagen de la izquierda puede ser una respuesta.  ¿Hacia dónde vamos?  La imagen de la derecha puede ser una respuesta. Y entre las dos está lo que somos, una especie exploradora que se yergue para conquistar el mundo y más allá, con su gran cerebro y con sus manos. 

Este animal tiene un gran desarrollo cognitivo y ha desplegado toda una historia épica que nos ha llevado al punto en el cual estamos, e incluso nos ha llevado hasta la Luna.

Pero allá lejos, en el punto de partida de la revolución cognitiva, hace decenas de milenios, había maravillas como éstas:

 


 Cualquiera de estas obras maestras del paleolítico se puede medir de tú a tú con el arte moderno y hasta Picasso tendría que ponerse de rodillas.



Esta es la filogenia de la especie humana.  Ustedes pueden ver allí que la taxonomía del Homo Sapiens son por lo menos 25 niveles.  Algunos son claves para posibilitar un animal capaz de producir tecnología y muy interesantes para estudiarlos desde el punto de vista de la biología universal, para mirar, por ejemplo, cómo podría ser la vida extraterrestre inteligente.  En todo caso, al final aparece que somos eucariotas.  Recientemente se descubrió que somos en realidad simbiontes: en nuestro cuerpo hay más bacterias que células eucariotas y esa microbiota juega un papel en lo que somos, sin duda influye en la digestión que nos recicla y parece que influye en alguna medida en nuestros pensamientos y estados de ánimo.  En otros animales el asunto es aún más radical.

Preguntar qué somos es preguntar por la naturaleza humana.  Bueno, esto es un intento de resumen muy compacto.

Somos animales, producto de una evolución contingente en un planeta marginal de un cosmos inhóspito.  Miren esa frase: choca contra la religión por lo menos cuatro veces. Somos improbables, eso sí. Sabemos que no somos necesarios y que tampoco somos probables. Nuestra probabilidad de existencia es cercana a cero, pero existimos.  Cercana a cero no es igual a cero en un universo con trillones de planetas.  El cálculo exacto de nuestra (im)probabilidad no es posible aún, pues no conocemos todos los detalles, todas las combinatorias, qué procesos son necesarios (o cuasinecesarios según la química probabilística) y qué procesos son contingentes.

Somos seres materiales complejos: físico-químico-biológicos y sociales.  No menciono allí lo neuropsicológico porque es una interfase entre lo biológico y lo social.

La especie humana es una sola actualmente, pero durante miles de años existieron diversas especies o subespecies de homininos. No somos infinitamente plásticos, como cree el reduccionismo culturalista o construccionismo social, pero tampoco somos robots-esclavos genéticos.  En otras palabras: ni el determinismo culturalista, ni el determinismo genético nos dan una respuesta al “qué somos”.  Hay que articular varias subdeterminaciones.  Entonces, tanto el individuo como la sociedad humana, en sus formas diversas, está subdeterminada por (1) la geología y -en sentido más amplio- el medio ambiente; (2) la genética y -en sentido más amplio- la biología; y (3) por factores socioculturales.  Generalmente en las ciencias sociales se quedan en el 3 y se les olvida el 2 y el 1.

Todos estos conocimientos, todo lo narrado en la Gran Historia, se han elaborado en los últimos 70 años, pero se cimientan sobre teorías científicas que surgieron entre, más o menos, la mitad del siglo XIX y la mitad del siglo XX.  Hay más de 20 teorías exhibibles en primera línea, pero tenemos poco tiempo, así que no voy a hacer ese listado.  A este conjunto de teorías las podríamos denominar “la segunda revolución científica”, la cual es una resultante de una serie de siete procesos que se produjeron en Europa entre 1430 y 1830 para dar a luz lo que llamamos la Modernidad. Estos son: (1) el Renacimiento; (2) la exploración geográfica; (3) la Reforma religiosa; (4) la primera revolución científica; (5) las revoluciones políticas de Inglaterra, EEUU y Francia; (6) la Ilustración en el plano filosófico; (7) la primera revolución industrial (vamos en la tercera, es falso que haya una cuarta revolución industrial, eso es propaganda política del Foro Económico Mundial y Karl Schwab). 

Lo interesante es que la técnica, que es un conocimiento de más de 2 millones de años de antigüedad, que se fue acumulando a través de miles de años, y la ciencia, que surgió hace apenas 400 años, con algunos antecedentes brillantes en la antigua Grecia y Alejandría, se van entrelazando, y se va trenzando la tecnología, columna vertebral de nuestra civilización.

Veamos algo sobre la cosmovisión científica, hasta donde alcancemos porque ese es un tema demasiado amplio.

¿Cuáles fueron los mayores descubrimientos de esta revolución moderna?  En primer lugar el macromundo; en segundo lugar, el micromundo; en tercer lugar, el naturalismo (ya no como filosofía, sino como un resultado científico); y en cuarto lugar…  mal podríamos hablar de ciencia y de conocimiento científico si no sabemos cómo surge ese conocimiento, cómo funciona esa producción de conocimiento, qué exigencias tiene, cuál ha sido su historia, etcétera, etcétera, y a eso le llamamos pensamiento científico, que se ha ido perfeccionando durante estos 400 años. El pensamiento crítico es hermano gemelo del pensamiento científico, son casi iguales, lo que pasa es que el pensamiento crítico se aplica a situaciones más de la cotidianidad, situaciones no contoladas, bajo incertidumbre.  Recientemente salió un libro de Steven Pinker que se llama Racionalidad. Muy bueno como compendio para enseñar pensamiento crítico.

El macromundo. Eso fue un descubrimiento más o menos de 1543, cuando salió el libro de Copérnico y el de Vessalio en Anatomía. Tomamos casi siempre esa fecha como como un referente.  En todo caso a partir de allí hay que decir que la teoría de Copérnico demoró más de 100 años en ser medio aceptada, pero lo cierto es que a partir de ese hito cambió el lugar del ser humano en el cosmos y significó la muerte del antropocentrismo. Bueno, en realidad lo que significa el logro de Copérnico y la aceptación de que la Tierra no es el centro del universo, más bien sería como el inicio de la muerte del antropocentrismo, pues el antropocentrismo está vivo.  “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, dice el dicho. El antropocentrismo se las ha arreglado para sobrevivir. Precisamente, Fred Spier acusa a David Christian en Big History de antropocentrismo. El principio cosmológico, que es muy conocido en astronomía, significa que no estamos en un lugar especial, por eso podemos conocer cómo es el universo.  Si estuviéramos en un lugar especial tendríamos una perspectiva especial y no podríamos conocerlo.  Esto choca contra las ideas posmodernistas que dicen que el enunciado depende del lugar de enunciación.  Falso, falso de toda falsedad, incluso a nivel cultural.  Sí es cierto que puede suceder, pero no necesariamente, no siempre y muchas veces el conocimiento trasciende su origen. Vamos de la mano de Copérnico, Galileo, Shapley, Hubble, Gamow, Guth, digamos, por mencionar algunos nombres, en realidad son muchos más, quienes nos fueron ampliando la escala de la realidad.  Y así vamos encontrando que cada vez la Tierra está ocupando un lugar más marginal.  A medida que se fue desarrollando el conocimiento de la astronomía nos dimos cuenta que nosotros habitamos un planeta, que antes nos parecía que era todo el universo, y resulta que apenas es un pequeño mundo entre miles de millones y que ocupa un rinconcito insignificante y marginal del universo.  Como si fuera poco llegó Albert Einstein y nos cambió de manera rotunda la concepción del espacio y el tiempo.  Ésta es una revolución mental ya centenaria, que es fundamental, y no ha llegado plenamente a los colegios, a lo mucho llega en fragmentos.  El niño aprende información, pero los conceptos no, o los asimila de manera equívoca, mientras la verdadera dimensión de esta transformación mental y las implicaciones filosóficas y culturales para el ser humano, no las asumimos en los colegios. Esa es nuestra realidad desde la ciencia, muy diferente a la visión antropocéntrica de las religiones, por ejemplo.

El micromundo.  Éste sí que tuvo impacto, no sólo en la mentalidad o en lo cultural, sino además un impacto práctico: en la producción de energía, en la civilización tecnológica, en la medicina, en el tratamiento de las enfermedades, en el conocimiento de la herencia y, por lo tanto, de cómo funciona esa cosa misteriosa que es la vida y se fué desmitificando…. en la química, en la electrónica, en la energía nuclear, el conocimiento de los átomos y su estrcutura interna, la realidad íntima de la materia.  Ayer la noticia fue que China sacó un computador cuántico millones de veces más capaz que lo que se conocía hasta ahora, dando un paso más en la supremacía de la computación cuántica, que sabemos donde empieza pero no dónde termina.  Sí, estamos viviendo una revolución.  Si no nos ponemos a tono, pues vamos a ser cada vez más marginales en el concierto mundial, en el vagón de cola del progreso.  La investigación del micromundo nos llevó a la revolución cuántica, que  desde el punto de vista filosófico es la revolución más profunda de todas, más allá de la imaginación más febril.

Entonces, uniendo las dos cosas, el descubrimiento del micromundo y el macromundo, imagínense en perspectiva lo que sucedió en este último medio milenio: los humanos descubrimos por primera vez que todo eso que creíamos durante miles y miles de años que era la realidad, en verdad es apenas una pequeña lámina de una realidad que es inmensamente más amplia.  Hacia lo grande, hacia el universo más allá de la galaxia a miles de millones de años luz.  Y hacia el micromundo, hacia lo pequeño donde estaba la respuesta a muchos interrogantes sobre las enfermedades, que no eran por espíritus ni sutiles entidades malignas, ni por castigo divino;  las enfermedades son producidas por agentes patógenos, virus, bacterias, parásitos, etcétera, en dialéctica con las defensas de nuestro organismo.  Por esa vía del micromundo se descubrió la base del funcionamiento de los sistemas vitales y se pudo entonces empezar a fundamentar la medicina científica.

Desde una perspectiva de filosofía científica, como la ontología de Mario Bunge, la realidad es una sola, pero se presenta estructurada en niveles de organización de la materia, donde todo lo que existe es un sistema o parte de un sistema.  Este monismo materialista es, sin embargo, pluralista en cuanto a las propiedades, y admite propiedades emergentes, de tal manera que lo social no se reduce a lo psicológico, ni lo psicológico a lo biológico, ni éste a lo químico, ni lo químico a lo físico.  Al menos por ahora.

En la imagen siguiente están los niveles de organización de la materia en potencias de 10, o sea en órdenes de magnitud.  Y en la pequeña franja de la mitad que dice “mesomundo” está representada todo lo que era la realidad humana durante miles y miles de años.  Esa era la escala natural humana en el paleolítico y aumentó un poco con las civilizaciones agrarias, mientras permanecían completamente desconocidos todos los niveles hacia arriba (macromundo) y todos los niveles hacia abajo (micromundo).


En la siguiente imagen puede verse cómo se incrementó la escala de interacción (segunda columna) y de conocimiento (tercera columna), primero de manera muy lenta y luego, a partir de los tiempos de Colón y Magallanes, de un modo cada vez más acelerado.  Los inventos de telescopio y microscopio a comienzos del siglo XVII marcaron sendos hitos.


La realidad de un humano en el paleolítico era de 8 órdenes de magnitud, en la época de Cristóbal Colón y Magallanes era de 11 órdenes de magnitud y actualmente es de 26 órdenes de magnitud en interacción y 62 en conocimiento.  Y ésta es una escala logarítmica, de modo tal que la ampliación de la escala de la realidad para el Homo Sapiens ha sido verdaderamente gigantesca en los últimos 500 años.  ¿Se aprende esto en la escuela?

Otro de los grandes descubrimientos del pensamiento científico que se aprende aisladamente en el colegio sin sacar las consecuencias para nuestra concepción del mundo se puede enunciar en una frase: De lo simple surge lo complejo.  Es la idea medular de la Gran Historia.  Esta idea aparentemente sencilla destruye el idealismo ontológico, la visión animista, las creencias religiosas en almas inmortales, espíritus incorpóreos, dioses antropomórficos, seres sobrenaturales, las ideas vitalistas. La metáfora del relojero y el reloj para referise a la naturaleza es espuria, es una falacia de falsa analogía, es puro antropomorfismo.  El mundo funciona al revés, lo simple se organiza y de ese proceso autoorganizativo probabilístico (porque no es necesario sino probabilístico) surge lo complejo, surge la complejidad.  Esto es lo que se observa en los laboratorios y en los procesos naturales. 

El programa reduccionista ha sido tremendamente fecundo, sin embargo debe complementarse con la idea de emergencia.  La filosofía científica, decíamos más atrás, es una filosofía sistémica, monista desde el punto de vista ontológico substancial, pero pluralista respecto a las propiedades, porque la emergencia permite el surgimiento de propiedades nuevas a niveles más organizados de la materia.  Es una realidad de sistemas y procesos, dinámica, con historia, con niveles de organización que van surgiendo por integración de lo más simple.  Esto no es especulación, esto no es filosofía, esto es algo que se puede mirar en el laboratorio y es algo que de hecho es un resultado científico.  Incluso puede hablarse de progreso en términos de complejidad o sea hay procesos que llevan a mayor complejidad, también se pueden revertir o sea la complejidad se puede perder, es frágil.  En la materia organizada hay procesamiento de información y a medida que hay más complejidad, pues ese procesamiento es más también más potente, pero eso no puede suceder sin una base energética, sin condiciones termodinámicas.  Y contrario a lo que a veces se piensa la materia organizada compleja no choca contra la idea de entropía porque la materia organizada produce más entropía. Por ejemplo, el planeta Tierra produce más entropía que la Luna o el Sol, si lo calculamos con respecto a la masa, el Sol es un monstruo al lado de la Tierra, pero por unidad de masa la Tierra produce más entropía.  Por unidad de masa el amazonas produce más entropía que un desierto.

El tema de “los umbrales de creciente complejidad” es, como dijimos el punto que está al rojo vivo en el debate entre David Christian y Fred Spier.  En últimas es un debate filosófico,  importante en lo conceptual.  Spier dice que hay que acabar con ese concepto de “los umbrales de complejidad”, pero no para negar el incremento de complejidad que es algo real y comprobable en el universo, sino para evitar la generalización simplificadora que hace Christian.  Dejamos dos preguntas para reflexionar: ¿cuál es la concepción de progreso que sustenta la Gran Historia? y ¿no se está violando la segunda ley de la termodinámica?  En algunas conferencias yo he tratado ese tema porque efectivamente se podría narrar la Gran Historia de manera equivocada si no se aclaran esos dos conceptos. Es erróneo presentar como una fórmula automática, que si hay unos ingredientes y ciertas condiciones favorables (Goldilocks conditions) se obtiene un salto en complejidad.  En realidad es un proceso probabilístico, lo cual nos lleva a un tema profundo de la cosmovisión científica: el papel del azar.

Hemos visto algunos elementos de cosmovisión científica, no todos, pero a lo largo de estos últimos siglos lo que fue quedando en claro es que lo sobrenatural no existe.  Que no hay dioses, ni ángeles, ni seres espirituales, ni fantasmas, ni alma, ni espíritu, ni espiritismo, ni telepatía, ni clarividencia, ni telekinesia, ni reencarnación, ni viajes astrales y ¡que siga la lista!  Pero así como decimos eso con contundencia, igual decimos que no hay movimiento perpetuo, no hay flogisto, no hay calórico, no hay elan vitae, ni éter luminífero y tampoco hay fuerza de gravedad. Es decir, estamos aplicándole a esas fantasías de la cultura popular de muchos continentes, de muchas sociedades, estamos aplicando lo que aplicamos en la ciencia.  O sea, la carga de la prueba la tiene quien afirma la existencia de X.  Tú dices que existe la antimateria, pruébalo.  Dices que existen los neutrinos, pruébalo. Así lo hizo la ciencia a comienzos del siglo XX y lograron probarlo.  También dijeron en el siglo XIX que existía el éter, intentaron probarlo y nada, no lo pudieron probar y llegó  Einstein y acabó con el éter.  Entonces la carga de la prueba la tiene quien afirme la existencia de algo. Además, a esto le podemos aplicar la navaja de Ockham y pelar todas esas barbas.  No existe lo sobrenatural: a esta visión la llamamos naturalismo. Algunos preguntarán si es igual que materialismo. Yo diría que “casi, pero no exactamente”.  Ese es un cotejo que hay que hacer en otro momento.

Decíamos hace un rato que el ser humano es un animal de ficciones. ¿Por qué? ¿cómo es esto?  Esta característica tiene una base neurológica y evolutiva.  (1) Nuestro cerebro es capaz de pensar en términos causales y patrones, eso nos ayuda mucho en el esfuerzo científico y filosófico.  (2) También los seres humanos pensamos en términos de agencia, de ahí surgió el animismo, pero esto era necesario porque somos seres sociales, necesitamos interpretar qué es lo que quiere el otro, el otro ser humano, necesitamos entrar en sintonía, sincronizarnos, funcionar colectivamente, tener cohesión social en los grupos, gracias a eso sobrevivimos. La “teoría de la mente” la alcanza un niño a los 4 años más o menos, ser capaz de interpretar que el otro humano tiene una mente como la suya.  Pensar en términos de agencia era una manera de explicar por qué existe el rayo, el trueno, la lluvia, no sé qué, bueno, eso era natural hace miles de años, pero no tiene razón de ser hoy en día, en pleno siglo XXI, para aplicárselo a cosas que no son agentes (la “Madre Tierra”, la “Madre Naturaleza”, la “Pacha Mama”, el agua, el mar, “el universo conspira”).  No distinguir entre seres animados e inanimados en el siglo XXI, que la escuela no lo enseñe con claridad, es regresar a la premodernidad y nos muestra en algunas culturas populares (incluso en países del “primer mundo”) que la Modernidad es aún un proceso que está lejos de acabar. (3) Algo que si es muchísimo más difícil, es pensar en términos de azar y probabilidades y eso es fundamental para la cosmovisión científica. Nos cuesta bastante, en nuestro pasado evolutivo la presión selectiva favoreció en alguna medida cierto tipo de pensamiento bayesiano, probabilístico subjetivo, que generalmente funciona bien en contextos naturales.  Pinker llama a esta capacidad, “racionalidad ecológica”.  Pero con el conocimiento actual sobre probabilidades y la psicología experimental sabemos que estamos llenos de sesgos y trampas en las que caemos, pisamos cáscaras constantemente.

Dice Carl Sagan que “la ciencia es más que un simple conjunto de conocimientos, es una manera de pensar”.  Bueno, cuando en los colegios hay clases de física, química, biología y no se enseña la ciencia como manera de pensar estamos fracasando en la educación.  Entonces el niño aprende cuáles son los elementos químicos, la tabla periódica, y se aprende la fórmula del tiro parabólico, pero no ve más allá, no conecta los saberes fragmentarios ni se hace consciente de los procesos histórico-sociales y de razonamiento que llevaron a esos conocimientos ni cual es su sustento probatorio. Eso es instrumentalizar la educación.  Claro que a las élites les interesa preparar a la gente para el trabajo, no para pensar críticamente.  Para trabajar no se necesita una cosmovisión científica.  Al contrario, podría “estorbar” según algunos discursos que, a la postre, son justificatorios de la educación de mala calidad.  O mejor dicho, miden la “calidad” con otros parámetros, bien alejados de saberes “inútiles” como la filosofía.  De esa manera se garantizaría que el súbdito –que no ciudadano- será mucho menos crítico y más fácilmente manipulable, hackeable.

El pensamiento científico entonces implica muchas cosas:

·         Eliminar el antropocentrismo

·         Eliminar la proyección antropomórfica

·         Eliminar lo sobrenatural

·         Ser capaz de pensar en grandes diferencias de escala

·         La causalidad

·         El azar

·         La necesidad y la contingencia

·         La complejidad

·         La racionalidad

·         La contrastación empírica (clave de la ciencia)

·         La línea del tiempo

Otras ideas clave que hemos tratado en conferencias de Gran Historia, como advertencias y aclaraciones preliminares antes de adentrarnos en la narración del Big Bang al Antropoceno son:

·         El subdeterminismo

·         La naturaleza humana universal

·         El progreso no teleológico

·         La unidad de la ciencia

·         La complejidad, los sistemas complejos

 

Estas ideas son filosófico-científicas.

Nota: en Racionalidad, el reciente libro de Steven Pinker, menciona el dualismo (cuerpo-alma o natural - sobrenatural), el esencialismo y el finalismo o teleología, como 3 maneras de pensar que son habituales en el ser humano.