Mostrando las entradas con la etiqueta paz. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta paz. Mostrar todas las entradas

sábado, octubre 29, 2022

La Serranía del Perijá y sus épicos secretos


Navegando por mis redes pesqué un artículo del Washington Post que me llamó la atención (ver aquí).  Fue publicado el primero de octubre y lo que me atrapó es que afirmaba en su titular que el acuerdo de paz en Colombia llevó al descubrimiento de una nueva especie de dinosaurio.  ¿El acuerdo de paz? Contra lo que un lector colombiano podría sospechar el dinosaurio no era el Centrus Democráticus sino el Perijasaurus lapaz. 

El cuento reforzado de que el acuerdo de paz tenía que ver con este logro paleontológico se lo inventaron los propios investigadores, un equipo liderado por Jeffrey Wilson Mantilla en el marco de una alianza entre la Universidad del Norte y la Universidad de Michigan, al incluirlo en la justificación del nombre con el cual bautizaron a la nueva especie registrada.  Y fue por esa jugadita que el Washington Post lo convirtió en noticia. No es que la noticia científica no tenga valor, pero al ser algo muy técnico no atrae lectores, así que el periodismo le pone picante político para que sepa más sabroso. 

La realidad prosaica es que el fósil de 175 millones de años fue descubierto en 1943 en el municipio de La Paz, la tierra del ruiseñor del Cesar, Jorge Oñate, en las estribaciones de la Serranía del Perijá, cadena montañosa que pertenece a la cordillera oriental y marca la frontera con Venezuela al norte del país. Eso es lo que sustenta el nombre del dinosaurio colombiano: Perijasaurus lapaz, un saurópodo herbívoro parecido a los famosos brontosaurios.  En sus buenos tiempos del Jurásico inferior, este animal de larga cola y largo cuello tenía unos 12 metros de punta a punta y es el único de su tipo encontrado en el norte de Suramérica. A pesar de que sólo se halló una vértebra durante una exploración petrolera de la Tropical Oil Company hace ocho décadas, los científicos actuales pueden calcular el tamaño, inferir sus múltiples características y así clasificarlo en el sistema taxonómico como una nueva especie. 

El hallazgo científico actual no es, entonces, el descubrimiento del fósil sino su clasificación validada como especie nueva, arrojando luz sobre una época de diversificación temprana de los saurópodos en latitudes tropicales.  El artículo original, con varios autores colombianos, fue publicado el 10 de agosto de 2022 en el Journal of Vertebrate Paleontology.  Para hacer su investigación, los paleontólogos colombianos y extranjeros tuvieron que ejecutar, tanto un trabajo sofisticado de laboratorio, como un trabajo de campo en el departamento del Cesar, cerca de la carretera que conduce de La Paz a Manaure. 

Según ellos no había condiciones para ese trabajo de campo antes del acuerdo de paz debido a la presencia guerrillera.  Pero lo cierto es que Perijá no sólo fue territorio del Frente 41 de las FARC, también lo ha sido del ELN, grupo que apenas acaba de reiniciar negociación con el gobierno de Gustavo Petro en esta semana.  Por ejemplo, en agosto de 2020 fue capturado en La Paz un dirigente del Frente José Manuel Martínez Quiroz del ELN que lleva décadas en esa región.  Por esa presencia de los elenos y por el hecho de que la zona de donde proviene el fósil es de baja altitud y fácilmente accesible por carretera, resulta poco creíble que el peace agreement con las FARC haya sido determinante para el proyecto de investigación.  Más bien parece un toque macondiano adrede para condimentar un árido artículo académico y una estrategia para llegarle a un público más amplio.  Y el truco tuvo éxito, pues la prensa colombiana se dedicó a resaltar el hecho que normalmente habría pasado desapercibido.   

Vale recordar que no muy lejos de la zona, un poco más al norte, en la mina carbonífera del Cerrejón en el departamento de La Guajira fue descubierto en 2009 el famosísimo fósil de la serpiente más grande que ha existido, la Titanoboa Cerrejonensis, que pesaba más de una tonelada.  Esta serpiente récord tiene su propia entrada en Wikipedia.  La titanoboa existió en una época mucho más reciente que el perijasaurio, pues data del paleoceno, un período posterior a la extinción de los dinosaurios (hace unos 58 a 60 millones de años).  Pero en ambos casos había un hábitat tropical por lo que sorprende que esos fósiles se conservaran a pesar del calor y la humedad. 

Hemos hablado de dinosaurios y serpientes gigantes, de exploraciones de petróleo y carbón, de las FARC y el ELN.  Y ni siquiera hemos mencionado la riqueza de la cultura vallenata que florece en el plan y en la montaña, en esa tierra exuberante que es el valle encajonado entre dos sierras magníficas.  Ya nombré a uno de sus grandes cantores, el jilguero que falleció el año pasado y que en sus viejos tiempos entonaba “La Paz es mi pueblo, con sus calles raras, donde tanto tiempo allá, canté madrugadas”. 

Con la música revoloteando por tus oídos sigues hasta San Diego, tierra de poetas, y brindas en su Café Literario Vargas Vila.  Continúas por la carretera hasta El Desastre, donde los liberales perdieron una cruenta batalla durante la guerra de los mil días. Si subes por la bodega, antes de llegar a Codazzi, atravesarás cafetales y aguacatales hasta que perdido entre las montañas, a más de dos mil metros de altura, de pronto, divisarás un cañón profundo y al otro lado, una visión fantástica en medio de la bruma: la cascada más alta de Colombia, tan alta que no se alcanza a ver donde termina: es La Vela. 

Entiendes entonces lo que sintió Humboldt cuando viajó por América, tal y como lo narra Andrea Wulf en su libro La invención de la naturaleza.  En la cinta Los viajes del viento, con sus majestuosos paisajes, Ciro Guerra apenas nos brinda un atisbo, un sorbo de su magnificencia.

Así es Perijá, tierra ancestral del pueblo Yukpa, de la familia Karib, que antiguamente dominaba toda la cordillera y hoy se ha reducido a menos de 20 mil personas. Un territorio misterioso que entre el páramo de Sabana Rubia y el río Tocaimo de Leandro Díaz encierra el secreto mejor guardado del M-19, un sueño de Carlos Pizarro que un grupo de locos trató de plasmar en la realidad. Un sueño desconocido, como vértebra de un dinosaurio que nunca existió, cuya única pista escrita se encuentra en la autobiografía del Presidente de la República.


miércoles, agosto 14, 2019

Colombia Humana 2018: un programa liberal, serio y moderno, largamente aplazado

La antigua bandera liberal de la reforma agraria

Las modernas banderas liberales de libertades individuales: eutanasia, aborto, dosis personal, derechos LGTBI

Las reivindicaciones feministas

Los derechos de los animales

La defensa radical del medio ambiente

Los derechos sociales, la inclusión y la equidad

La defensa de lo público

La economía mixta de un capitalismo productivo e innovador (no especulador o rentista)

La ética ciudadana contra la corrupción

La paz

La separación de poderes

TODO LO ANTERIOR ESTÁ EN LA OPCIÓN ALTERNATIVA A URIBE, PASTRANA Y ORDOÑEZ

Narcotráfico, extradición, paz y polarización en la historia reciente de Colombia

 ¿Por qué hay narcotráfico? 

En primera instancia porque hay una demanda de consumidores y el país con mayor demanda se llama Estados Unidos. Por tanto, este país campeón de la adicción, el microtráfico y la alienación psicotrópica carece de autoridad moral para dirigir la política o la justicia de otros países sobre el tema, dado que su justicia y su política no es capaz de eliminar el problema en su fuente. Adicionalmente, es preciso recordar que drogas como el alcohol y la mariguana fueron ilegales en algún momento en ese país sin resultado alguno, llevando finalmente a la legalización en todo el territorio o en algunos estados, que cada vez son más, para el caso de la “bareta”.

La “guerra contra las drogas” fracasó, como se evidencia en sus resultados después de medio siglo, pero a países como Colombia le ha tocado poner los muertos, sufrir la violencia y ver el impacto corruptor de esos dineros privados, que en ello no se diferencian de otros dineros privados de origen lícito (en ambos casos sirven por subordinar el interés público o Bien común, a los intereses particulares de unos pocos, es decir, el poder económico domina al poder político y corrompe la democracia).

La extradición es un mecanismo judicial que tiene sentido como cooperación internacional si es bilateral o de doble vía y si se refiere a delitos cometidos en el país que solicita la extradición. De otra manera es un atentado a la soberanía. Un gobierno que entrega a sus connacionales sin que hayan perpetrado delitos en el país solicitante, comete traición a la patria y viola el principio constitucional de soberanía. Y si el mecanismo se vuelve unidireccional estamos ante un sometimiento o subordinación inaceptables para una sociedad que tenga dignidad. Es, además, el reconocimiento de la ineptitud o incapacidad para solucionar la incompetencia de la justicia nacional. En otras palabras, es autolimitarse a una minoría de edad, como un pueblo incapaz de gobernarse a sí mismo y que necesita la tutoría de una autoridad externa. 

En todo caso, que haya o no haya extradición no exime de la aplicación de justicia. La extradición no define la impunidad o no impunidad. De hecho, en el caso del narcotráfico, la justicia estadounidense es proclive a la impunidad por su mecanismo de premiar soplones. Así, un alto número de narcotraficantes ha logrado la impunidad, para que eventualmente un escaso número de capos pague prisión extranjera, lo cual no ha llevado a la disminución del lucrativo negocio que simplemente cambia de caras y a veces de epicentro geográfico, pero sigue creciendo con sus secuelas debidas a la ilegalidad que impide la regulación. La solución, que debe implementarse a nivel internacional, es la legalización y la regulación, como se hizo en el caso del alcohol, la nicotina y la mariguana, minimizando sus impactos negativos. Solución que debe necesariamente complementarse con educación y calidad de vida.

Ahora vamos a la historia concreta de Colombia. Aquí la economía y la política en el nivel nacional están permeadas por los flujos monetarios del gran negocio, que al mismo tiempo siembra el desgobierno, nutre la violencia y afecta el medio ambiente en amplias zonas periféricas del país. También afecta con el microtráfico a las zonas urbanas debido a la carencia de oportunidades económicas y hoy ese microtráfico, y por ende el consumo local, se está expandiendo a municipios pequeños y zonas rurales. 

¿Podemos hablar de un narcoestado en Colombia? 

Aunque después de los acontecimientos de las últimas tres décadas del siglo XX y del posterior predominio de los carteles mexicanos se pretenda guardar las apariencias, la realidad es que el capital ilícito sigue moviendo buena parte de la economía y como en Colombia la precaria democracia se sostiene sobre un sistema clientelar en el cual el poder económico maneja el poder político, podemos reconocer que no hemos superado del todo esa condición de narcoestado de finales del siglo anterior.

En aquel contexto, tres décadas atrás, el país intentaba salir de los ciclos de violencia política que surgieron a partir de las guerras sectarias entre conservadores y liberales, y que luego cambiaron de signo bajo la geopolítica de la guerra fría. La gran oportunidad de pasar la página de la historia fue la Constituyente del 91 y los procesos de paz de la época, pero el mal manejo de la política de paz en los ochenta y la guerra sucia dejó por fuera a las FARC y el ELN (recuérdese el genocidio de la UP y, en menor medida, de A Luchar. Este hecho coincidió con la caída del muro de Berlín y la cortina de hierro. En cierto sentido se rompió el cordón umbilical de las FARC con el comunismo internacional, lo que llevó a esta guerrilla a una degradación política y ética en medio de la agudización y degeneración de la guerra (o ascenso de los extremos que llamara Clausewitz), al mismo tiempo que fortalecía como nunca antes su poderío económico y militar, siendo el narcotráfico el principal combustible económico. Toda esta historia llevó a las FARC a convertirse en el principal combustible político del nuevo fenómeno que polarizó al país: el uribismo. 

En la vuelta de siglo también se estaban produciendo cambios tecnológicos que han llevado a la transformación de la confrontación militar en todo el mundo. En Colombia eso se tradujo en golpes contundentes a la cúpula de los insurgentes. Este hecho, el aparente desmonte de las AUC por sus aliados en el gobierno y el nuevo contexto latinoamericano de sucesivas victorias electorales de diversas izquierdas, entre ellas varias provenientes de movimientos guerrilleros de otrora, abrió la posibilidad de un nuevo proceso de paz a pesar de que el fracaso del Caguán había cambiado las mayorías pro-paz en mayorías pro-guerra en la propia sociedad civil. Uribe lo intentó al final de su segundo período, pero fracasó. Santos asumió el reto de la mano de su hermano Enrique, con mejores posibilidades y con el aprendizaje de 3 procesos frustrados en 3 décadas sucesivas. Y ya sabemos que hubo “éxito” con todo y Nobel. Pero un éxito estrangulado por una polarización en el seno de la derecha que evoca el arcaico enfrentamiento sectario entre liberales (ahora santismo) y conservadores renacidos (ahora uribismo). Y con varios agravantes: no se solucionó el problema de la tierra, la vieja cuestión agraria; el paramilitarismo recicló en “bacrim” (bandas criminales); y el combustible económico, el narcotráfico, siguió intacto en la realidad campesina sin alternativas desde la apertura económica de Gaviria, menos cartelizado eso sí, pero canalizado por los carteles mexicanos.

La pelea menor entre el moderno Santos y el premoderno Uribe generó un saboteo al proceso, capitalizando el acumulado de miedos y odios que había dejado la guerra degenerada de los noventa y poscaguán. La polarización entre salida política y salida militar al conflicto se convirtió, por la pésima idea del plebiscito, en un enredo institucional que se sumó al repudio generalizado que las FARC habían atraído sobre sí mismas (sin desconocer que los desafueros de los paramilitares fueron mucho peores como evidencian las estadísticas y los hechos opacados por los medios pero explicitados en esfuerzos académicos como los del CNMH y sin olvidar la múltiples violaciones sistemáticas al DIH y a los DDHH perpetradas por la fuerza pública). 

Esta polarización coyuntural de la derecha opaca el verdadero debate político entre proyectos de sociedad y de estado, es decir, entre izquierda y derecha, a pesar de que en 2018 los protagonismos individuales dejaron a la derecha moderna sin chance y asombrosamente afloró la alternativa de izquierda democrática con Gustavo Petro, que representa un proyecto socialdemócrata de estado de bienestar y un liberalismo social colombianista. 

La derecha conservadora en el gobierno no quiere reconciliación sino venganza, quiere aprovechar el embrollo del acuerdo de paz para canalizar el odio antifariano, la crisis venezolana y el poder gringo, hoy en manos de la derecha conservadora afín (republicanos). Su gran anhelo es retroceder la rueda de la historia y regresarnos a la constitución de 1886. Aunque digan que están combatiendo el comunismo, un fantasma inexistente en Colombia (léase marginal), lo que desean es acabar con todo lo que huela a estado de bienestar y liberalismo filosófico, y por ahí derecho se llevan descentralización, paz y medio ambiente. Su proyecto es de guerra, autoritarismo, desigualdad y plutocracia, mezclado con la cleptocracia de siempre: la corrupción, el clientelismo y la mermelada. Esto incluye la aniquilación de la resistencia social mediante la combinación de todas las formas de lucha, es decir, usando hasta la eliminación física de los opositores, para así disolver los movimientos sociales, tal cual hacían las AUC, que sólo fue un instrumento temporal de una vieja estrategia de la élite conservadora agropecuaria. Y también puede incluir una fórmula de doble filo: una Asamblea Nacional Constituyente.

El pensamiento liberal moderno enfrenta entonces un tremendo desafío en Colombia, no muy distinto del que representa el populismo de derecha a nivel mundial. Al compartir con esa derecha conservadora la visión neoliberal de la economía, el liberalismo nada en la ambigüedad. Ese es el problema de liberales como Alejandro Gaviria o Humberto De la Calle. El liberalismo colombiano debe beber de su historia social de luchas populares, asumir la defensa de lo público, la política tributaria progresiva, el derecho garantista y la equidad, para converger con la izquierda democrática en una concepción de estado social de derecho que incluya de manera contundente los derechos de la naturaleza y la exploración de los derechos colectivos.