sábado, noviembre 06, 2021

Conferencia sobre cosmovisión científica y educación - Segunda parte

 Una educación sin cosmovisión es como café sin cafeína

 

El siguiente texto es una transcripción de un audio de la conferencia ofrecida por Jorge Senior el 28 de octubre de 2021.  Es, por tanto, lenguaje oral.

Como la conferencia tiene tres partes, para efectos de presentación en este Blog, se hará en tres entradas.  Esta es la segunda.  


 

Segunda parte

 Gran Historia y Cosmovisión científica

 

La Gran Historia y la cosmovisión científica solo son posibles por el avance convergente del conocimiento científico en los últimos 70 años y además por una disciplina que siempre pasa de bajo perfil, la cronología, y que muy bien merece nuestro elogio, porque gracias a ella podemos reconstruir la línea del tiempo del pasado de la naturaleza y de la sociedad.  La gran historia o gran relato, decíamos, es el producto de las últimas 7 décadas.  Sería interesante comparar (lo he hecho en algunas conferencias) cómo se pensaba en 1948, en la posguerra, y como se piensa hoy en día sobre la naturaleza y la sociedad.  Veríamos los grandes cambios que ha habido en en ese trayecto.  Por ejemplo, se corroboró el 'big bang', se estableció la edad del universo, se descubrió la tectónica de placas y se estableció la edad de la Tierra y el Sistema Solar, se fundamentó el origen de la Luna; se descubrió la doble hélice del ADN, el código genético unos años después, la endosimbiosis y las rutas metabólicas, bueno, todo lo que aportó la biología molecular y se logró acotar la datación del origen de la vida, que hoy está más o menos entre 3.800 a 4 mil millones de años; se reconstruyó también la hominización, el proceso que llevó al surgimiento del Homo Sapiens, ampliando y datando el registro fósil, usando la genografía y la paleogenómica; y como ya dijimos se desarrollaron potentes tecnologías de cronología, con las mejores técnicas de datación, que antes eran imposibles.  En la época de nuestros abuelos ninguna de estas cosas se sabía y hoy en cambio lo tenemos perfectamente claro.  Eso debería marcar una diferencia gigantesca entre un ciudadano del siglo XXI y un ciudadano de comienzos del siglo XX. 

Actualmente se ha implementado el Big History Project en muchos países.  En la Universidad de Macquarie, en Australia, hay un Big History Institute que nuclea ese proyecto y sus redes. Pero por fuera del mismo hay múltiples iniciativas, como hemos hecho en Barranquilla (por ejemplo con la Fundación Stellam).  Este campo disciplinar ha crecido y actualmente hay una bibliografía amplísima. También hay debates de hondo calado, como la aguda crítica que propone Fred Spier, de la Universidad de Amsterdam, al concepto de “Umbral” o “umbrales de complejidad” que defiende David Christian (el historiador cuya charla en TED ha sido vista por más de 10 millones de personas). 

La Gran Historia es la historia del universo, del planeta Tierra y la biosfera terrestre y la historia de la especie humana hiladas en una narración multidisciplinar.  Constituye un valioso aporte a la solución del déficit pedagógico de una educación fragmentaria y carente de sentido profundo.  Como dijimos el Big History Project está trabajando en muchos países del mundo, en varios continentes, adiestrando docentes para implementar creativamente proyectos en sus colegios.  Estos proyectos son transversales a las asignaturas de la educación básica y media.  Se pueden dar, por ejemplo, en el noveno grado, perfectamente, a lo largo de un año, haciendo sinergia entre los profesores de todas las áreas: de ciencias sociales, de arte, de ciencias naturales, de matemáticas, de deporte, de español, de inglés, de filosofía.  Por cierto, en los colegios no se suele enseñar filosofía sino historia de la filosofía, lamentablemente.  Un proyecto de Gran Historia permitiría subsanar en algo ese déficit. La Gran Historia brinda acceso a la cosmovisión científica del siglo XXI, o sea, la presenta de manera narrativa, contando desde el big bang hasta el presente.  La Gran Historia nos da una perspectiva cósmica del lugar de la humanidad en el universo, que desde luego no es nada central.  La Gran Historia nos hace conscientes de la encrucijada cósmica de las actuales generaciones, porque estamos viviendo un momento decisivo en la historia humana.  Desde un ángulo religioso, algunos han dicho que estamos en una época de nihilismo.  No es así, o más bien no debería ser así, deberíamos llamar a esta época, “la época de la mayoría de edad”, desde el punto de vista del deber ser.  Bueno, entonces tenemos la respuesta a la pregunta “de dónde venimos” a través de la Gran Historia, que tiene cuatro capítulos: la historia del universo, la historia de la Tierra, la historia de la vida y la historia de la especie humana; sin embargo, la historia de la Tierra y de la vida tienen que unificarse porque no se puede entender la una sin la otra, están integradas.  No obstante, el proyecto Big History lo trabaja en ocho umbrales.  Les comento que hoy recibí una comunicación de uno de los líderes mundiales de Big History, Fred Spier, profesor jubilado en la universidad de Amsterdam, en la cual él hace una crítica profunda a otro de los líderes mundiales que es David Christian, de la universidad de Macquarie.  Sobre este punto de los umbrales específicamente.  Ese es un debate bien interesante, pero será para tratarlo en otra ocasión.  Yo siempre digo, de todas maneras, que los ocho umbrales son simplemente un recurso didáctico simplificado, hasta cierto punto arbitrario (en cuanto al número) y uno podría subdividirlo en muchos más umbrales, como voy a plantear en la próxima diapositiva que habla de 30 umbrales.  ¿Pero cuáles son los 8?  (1) el big-bang, origen de la expansión del universo conocido, el universo observable; (2) el surgimiento las estrellas y galaxias;  (3) la núcleosíntesis, que alude al proceso de formación de los elementos de la tabla periódica o sea la complejidad química.  Hasta ahí estamos hablando el universo entero.  Luego hay un salto a un rinconcito del universo que es nuestro sistema solar.  Entonces ahí comenzamos a hablar (4) del surgimiento de nuestro sol, del planeta Tierra, de los otros planetas del sistema; luego pasamos al (5) quinto umbral que es el surgimiento de la vida en la Tierra, la única biosfera conocida hasta ahora, que es una sola vida o sea la vida es una unidad, eso podría no haber sido así pero lo fue, la vida tiene un origen único en un evento único hace unos cuatro mil millones de años o sea muy poco tiempo después de la formación de la Tierra, unos 500 millones de años después.  Bueno, luego de los umbrales 4 y 5 viene un salto hacia los umbrales 6, 7 y 8, que se refieren exclusivamente a la especie humana: (6) el aprendizaje colectivo, que yo a veces denomino coevolución biológico – cultural; (7) la revolución del neolítico y el surgimiento de las civilizaciones agrarias; y por último, (8) la revolución moderna, que nos lleva hasta el Antropoceno.  En esa enumeración de 8 umbrales ustedes ven un ejemplo de subdivisión en el 5.  Eso es debido a que allí aparece la vida compleja eucariota; realmente eso fue un salto más significativo que el surgimiento de la vida propiamente dicha. 

En realidad podríamos hablar de muchos más umbrales, en los cuales la complejidad de la organización de la materia aumenta, al menos en alguna región del universo y esto lo podríamos trabajar en cinco líneas del tiempo: (1) la línea del universo, desde hace 13.800 millones de años; luego le ponemos la lupa y trabajamos (2) la línea del planeta Tierra, su biosfera y el sistema solar al que pertenece, que sería más o menos de unos 4 mil 500 millones de años;  luego trabajamos (3) la línea del tiempo del Fanerozoico, que serían los últimos 541 millones de años y luego sí aterrizamos en (4) la línea de los homininos, de unos 6 millones de años, que son nuestros antecesores, y finalmente, (5) la línea del Holoceno que ya corresponde al final de la edad de hielo, hace un poquito más de 10.000 años: ahí está la historia social que conocemos.  Bueno, estoy trabajando una sexta línea que sería la del Cenozoico, que tiene 66 millones de años, desde que cayó el famoso meteorito que mató a los dinosaurios, como se suele decir.  Bueno, esa línea de 66 millones de años es el surgimiento de una nueva época en la historia de la vida bajo el “imperio” de los mamíferos, sin lo cual no existiríamos; allí surge el orden de los primates, que es el nuestro. Es una línea de tiempo sobre la cual se conoce muy bien la evolución del clima, con algunas lecciones claves, como el calientamiento global del PETM o “máximo térmico, hace 55 millones de años, una lección de cambio climático.


Nota: en este punto se muestra un doble imagen en una diapositiva: a la izquierda la huella de un hominino bípedo, un Australopithecus, y a la derecha la huella de Neil Armstrong en la Luna.  La separación temporal entre esas dos huellas supera los tres millones de años y enmarca la epopeya del Género Homo. 

¿De dónde venimos? La imagen de la izquierda puede ser una respuesta.  ¿Hacia dónde vamos?  La imagen de la derecha puede ser una respuesta. Y entre las dos está lo que somos, una especie exploradora que se yergue para conquistar el mundo y más allá, con su gran cerebro y con sus manos. 

Este animal tiene un gran desarrollo cognitivo y ha desplegado toda una historia épica que nos ha llevado al punto en el cual estamos, e incluso nos ha llevado hasta la Luna.

Pero allá lejos, en el punto de partida de la revolución cognitiva, hace decenas de milenios, había maravillas como éstas:

 


 Cualquiera de estas obras maestras del paleolítico se puede medir de tú a tú con el arte moderno y hasta Picasso tendría que ponerse de rodillas.



Esta es la filogenia de la especie humana.  Ustedes pueden ver allí que la taxonomía del Homo Sapiens son por lo menos 25 niveles.  Algunos son claves para posibilitar un animal capaz de producir tecnología y muy interesantes para estudiarlos desde el punto de vista de la biología universal, para mirar, por ejemplo, cómo podría ser la vida extraterrestre inteligente.  En todo caso, al final aparece que somos eucariotas.  Recientemente se descubrió que somos en realidad simbiontes: en nuestro cuerpo hay más bacterias que células eucariotas y esa microbiota juega un papel en lo que somos, sin duda influye en la digestión que nos recicla y parece que influye en alguna medida en nuestros pensamientos y estados de ánimo.  En otros animales el asunto es aún más radical.

Preguntar qué somos es preguntar por la naturaleza humana.  Bueno, esto es un intento de resumen muy compacto.

Somos animales, producto de una evolución contingente en un planeta marginal de un cosmos inhóspito.  Miren esa frase: choca contra la religión por lo menos cuatro veces. Somos improbables, eso sí. Sabemos que no somos necesarios y que tampoco somos probables. Nuestra probabilidad de existencia es cercana a cero, pero existimos.  Cercana a cero no es igual a cero en un universo con trillones de planetas.  El cálculo exacto de nuestra (im)probabilidad no es posible aún, pues no conocemos todos los detalles, todas las combinatorias, qué procesos son necesarios (o cuasinecesarios según la química probabilística) y qué procesos son contingentes.

Somos seres materiales complejos: físico-químico-biológicos y sociales.  No menciono allí lo neuropsicológico porque es una interfase entre lo biológico y lo social.

La especie humana es una sola actualmente, pero durante miles de años existieron diversas especies o subespecies de homininos. No somos infinitamente plásticos, como cree el reduccionismo culturalista o construccionismo social, pero tampoco somos robots-esclavos genéticos.  En otras palabras: ni el determinismo culturalista, ni el determinismo genético nos dan una respuesta al “qué somos”.  Hay que articular varias subdeterminaciones.  Entonces, tanto el individuo como la sociedad humana, en sus formas diversas, está subdeterminada por (1) la geología y -en sentido más amplio- el medio ambiente; (2) la genética y -en sentido más amplio- la biología; y (3) por factores socioculturales.  Generalmente en las ciencias sociales se quedan en el 3 y se les olvida el 2 y el 1.

Todos estos conocimientos, todo lo narrado en la Gran Historia, se han elaborado en los últimos 70 años, pero se cimientan sobre teorías científicas que surgieron entre, más o menos, la mitad del siglo XIX y la mitad del siglo XX.  Hay más de 20 teorías exhibibles en primera línea, pero tenemos poco tiempo, así que no voy a hacer ese listado.  A este conjunto de teorías las podríamos denominar “la segunda revolución científica”, la cual es una resultante de una serie de siete procesos que se produjeron en Europa entre 1430 y 1830 para dar a luz lo que llamamos la Modernidad. Estos son: (1) el Renacimiento; (2) la exploración geográfica; (3) la Reforma religiosa; (4) la primera revolución científica; (5) las revoluciones políticas de Inglaterra, EEUU y Francia; (6) la Ilustración en el plano filosófico; (7) la primera revolución industrial (vamos en la tercera, es falso que haya una cuarta revolución industrial, eso es propaganda política del Foro Económico Mundial y Karl Schwab). 

Lo interesante es que la técnica, que es un conocimiento de más de 2 millones de años de antigüedad, que se fue acumulando a través de miles de años, y la ciencia, que surgió hace apenas 400 años, con algunos antecedentes brillantes en la antigua Grecia y Alejandría, se van entrelazando, y se va trenzando la tecnología, columna vertebral de nuestra civilización.

Veamos algo sobre la cosmovisión científica, hasta donde alcancemos porque ese es un tema demasiado amplio.

¿Cuáles fueron los mayores descubrimientos de esta revolución moderna?  En primer lugar el macromundo; en segundo lugar, el micromundo; en tercer lugar, el naturalismo (ya no como filosofía, sino como un resultado científico); y en cuarto lugar…  mal podríamos hablar de ciencia y de conocimiento científico si no sabemos cómo surge ese conocimiento, cómo funciona esa producción de conocimiento, qué exigencias tiene, cuál ha sido su historia, etcétera, etcétera, y a eso le llamamos pensamiento científico, que se ha ido perfeccionando durante estos 400 años. El pensamiento crítico es hermano gemelo del pensamiento científico, son casi iguales, lo que pasa es que el pensamiento crítico se aplica a situaciones más de la cotidianidad, situaciones no contoladas, bajo incertidumbre.  Recientemente salió un libro de Steven Pinker que se llama Racionalidad. Muy bueno como compendio para enseñar pensamiento crítico.

El macromundo. Eso fue un descubrimiento más o menos de 1543, cuando salió el libro de Copérnico y el de Vessalio en Anatomía. Tomamos casi siempre esa fecha como como un referente.  En todo caso a partir de allí hay que decir que la teoría de Copérnico demoró más de 100 años en ser medio aceptada, pero lo cierto es que a partir de ese hito cambió el lugar del ser humano en el cosmos y significó la muerte del antropocentrismo. Bueno, en realidad lo que significa el logro de Copérnico y la aceptación de que la Tierra no es el centro del universo, más bien sería como el inicio de la muerte del antropocentrismo, pues el antropocentrismo está vivo.  “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, dice el dicho. El antropocentrismo se las ha arreglado para sobrevivir. Precisamente, Fred Spier acusa a David Christian en Big History de antropocentrismo. El principio cosmológico, que es muy conocido en astronomía, significa que no estamos en un lugar especial, por eso podemos conocer cómo es el universo.  Si estuviéramos en un lugar especial tendríamos una perspectiva especial y no podríamos conocerlo.  Esto choca contra las ideas posmodernistas que dicen que el enunciado depende del lugar de enunciación.  Falso, falso de toda falsedad, incluso a nivel cultural.  Sí es cierto que puede suceder, pero no necesariamente, no siempre y muchas veces el conocimiento trasciende su origen. Vamos de la mano de Copérnico, Galileo, Shapley, Hubble, Gamow, Guth, digamos, por mencionar algunos nombres, en realidad son muchos más, quienes nos fueron ampliando la escala de la realidad.  Y así vamos encontrando que cada vez la Tierra está ocupando un lugar más marginal.  A medida que se fue desarrollando el conocimiento de la astronomía nos dimos cuenta que nosotros habitamos un planeta, que antes nos parecía que era todo el universo, y resulta que apenas es un pequeño mundo entre miles de millones y que ocupa un rinconcito insignificante y marginal del universo.  Como si fuera poco llegó Albert Einstein y nos cambió de manera rotunda la concepción del espacio y el tiempo.  Ésta es una revolución mental ya centenaria, que es fundamental, y no ha llegado plenamente a los colegios, a lo mucho llega en fragmentos.  El niño aprende información, pero los conceptos no, o los asimila de manera equívoca, mientras la verdadera dimensión de esta transformación mental y las implicaciones filosóficas y culturales para el ser humano, no las asumimos en los colegios. Esa es nuestra realidad desde la ciencia, muy diferente a la visión antropocéntrica de las religiones, por ejemplo.

El micromundo.  Éste sí que tuvo impacto, no sólo en la mentalidad o en lo cultural, sino además un impacto práctico: en la producción de energía, en la civilización tecnológica, en la medicina, en el tratamiento de las enfermedades, en el conocimiento de la herencia y, por lo tanto, de cómo funciona esa cosa misteriosa que es la vida y se fué desmitificando…. en la química, en la electrónica, en la energía nuclear, el conocimiento de los átomos y su estrcutura interna, la realidad íntima de la materia.  Ayer la noticia fue que China sacó un computador cuántico millones de veces más capaz que lo que se conocía hasta ahora, dando un paso más en la supremacía de la computación cuántica, que sabemos donde empieza pero no dónde termina.  Sí, estamos viviendo una revolución.  Si no nos ponemos a tono, pues vamos a ser cada vez más marginales en el concierto mundial, en el vagón de cola del progreso.  La investigación del micromundo nos llevó a la revolución cuántica, que  desde el punto de vista filosófico es la revolución más profunda de todas, más allá de la imaginación más febril.

Entonces, uniendo las dos cosas, el descubrimiento del micromundo y el macromundo, imagínense en perspectiva lo que sucedió en este último medio milenio: los humanos descubrimos por primera vez que todo eso que creíamos durante miles y miles de años que era la realidad, en verdad es apenas una pequeña lámina de una realidad que es inmensamente más amplia.  Hacia lo grande, hacia el universo más allá de la galaxia a miles de millones de años luz.  Y hacia el micromundo, hacia lo pequeño donde estaba la respuesta a muchos interrogantes sobre las enfermedades, que no eran por espíritus ni sutiles entidades malignas, ni por castigo divino;  las enfermedades son producidas por agentes patógenos, virus, bacterias, parásitos, etcétera, en dialéctica con las defensas de nuestro organismo.  Por esa vía del micromundo se descubrió la base del funcionamiento de los sistemas vitales y se pudo entonces empezar a fundamentar la medicina científica.

Desde una perspectiva de filosofía científica, como la ontología de Mario Bunge, la realidad es una sola, pero se presenta estructurada en niveles de organización de la materia, donde todo lo que existe es un sistema o parte de un sistema.  Este monismo materialista es, sin embargo, pluralista en cuanto a las propiedades, y admite propiedades emergentes, de tal manera que lo social no se reduce a lo psicológico, ni lo psicológico a lo biológico, ni éste a lo químico, ni lo químico a lo físico.  Al menos por ahora.

En la imagen siguiente están los niveles de organización de la materia en potencias de 10, o sea en órdenes de magnitud.  Y en la pequeña franja de la mitad que dice “mesomundo” está representada todo lo que era la realidad humana durante miles y miles de años.  Esa era la escala natural humana en el paleolítico y aumentó un poco con las civilizaciones agrarias, mientras permanecían completamente desconocidos todos los niveles hacia arriba (macromundo) y todos los niveles hacia abajo (micromundo).


En la siguiente imagen puede verse cómo se incrementó la escala de interacción (segunda columna) y de conocimiento (tercera columna), primero de manera muy lenta y luego, a partir de los tiempos de Colón y Magallanes, de un modo cada vez más acelerado.  Los inventos de telescopio y microscopio a comienzos del siglo XVII marcaron sendos hitos.


La realidad de un humano en el paleolítico era de 8 órdenes de magnitud, en la época de Cristóbal Colón y Magallanes era de 11 órdenes de magnitud y actualmente es de 26 órdenes de magnitud en interacción y 62 en conocimiento.  Y ésta es una escala logarítmica, de modo tal que la ampliación de la escala de la realidad para el Homo Sapiens ha sido verdaderamente gigantesca en los últimos 500 años.  ¿Se aprende esto en la escuela?

Otro de los grandes descubrimientos del pensamiento científico que se aprende aisladamente en el colegio sin sacar las consecuencias para nuestra concepción del mundo se puede enunciar en una frase: De lo simple surge lo complejo.  Es la idea medular de la Gran Historia.  Esta idea aparentemente sencilla destruye el idealismo ontológico, la visión animista, las creencias religiosas en almas inmortales, espíritus incorpóreos, dioses antropomórficos, seres sobrenaturales, las ideas vitalistas. La metáfora del relojero y el reloj para referise a la naturaleza es espuria, es una falacia de falsa analogía, es puro antropomorfismo.  El mundo funciona al revés, lo simple se organiza y de ese proceso autoorganizativo probabilístico (porque no es necesario sino probabilístico) surge lo complejo, surge la complejidad.  Esto es lo que se observa en los laboratorios y en los procesos naturales. 

El programa reduccionista ha sido tremendamente fecundo, sin embargo debe complementarse con la idea de emergencia.  La filosofía científica, decíamos más atrás, es una filosofía sistémica, monista desde el punto de vista ontológico substancial, pero pluralista respecto a las propiedades, porque la emergencia permite el surgimiento de propiedades nuevas a niveles más organizados de la materia.  Es una realidad de sistemas y procesos, dinámica, con historia, con niveles de organización que van surgiendo por integración de lo más simple.  Esto no es especulación, esto no es filosofía, esto es algo que se puede mirar en el laboratorio y es algo que de hecho es un resultado científico.  Incluso puede hablarse de progreso en términos de complejidad o sea hay procesos que llevan a mayor complejidad, también se pueden revertir o sea la complejidad se puede perder, es frágil.  En la materia organizada hay procesamiento de información y a medida que hay más complejidad, pues ese procesamiento es más también más potente, pero eso no puede suceder sin una base energética, sin condiciones termodinámicas.  Y contrario a lo que a veces se piensa la materia organizada compleja no choca contra la idea de entropía porque la materia organizada produce más entropía. Por ejemplo, el planeta Tierra produce más entropía que la Luna o el Sol, si lo calculamos con respecto a la masa, el Sol es un monstruo al lado de la Tierra, pero por unidad de masa la Tierra produce más entropía.  Por unidad de masa el amazonas produce más entropía que un desierto.

El tema de “los umbrales de creciente complejidad” es, como dijimos el punto que está al rojo vivo en el debate entre David Christian y Fred Spier.  En últimas es un debate filosófico,  importante en lo conceptual.  Spier dice que hay que acabar con ese concepto de “los umbrales de complejidad”, pero no para negar el incremento de complejidad que es algo real y comprobable en el universo, sino para evitar la generalización simplificadora que hace Christian.  Dejamos dos preguntas para reflexionar: ¿cuál es la concepción de progreso que sustenta la Gran Historia? y ¿no se está violando la segunda ley de la termodinámica?  En algunas conferencias yo he tratado ese tema porque efectivamente se podría narrar la Gran Historia de manera equivocada si no se aclaran esos dos conceptos. Es erróneo presentar como una fórmula automática, que si hay unos ingredientes y ciertas condiciones favorables (Goldilocks conditions) se obtiene un salto en complejidad.  En realidad es un proceso probabilístico, lo cual nos lleva a un tema profundo de la cosmovisión científica: el papel del azar.

Hemos visto algunos elementos de cosmovisión científica, no todos, pero a lo largo de estos últimos siglos lo que fue quedando en claro es que lo sobrenatural no existe.  Que no hay dioses, ni ángeles, ni seres espirituales, ni fantasmas, ni alma, ni espíritu, ni espiritismo, ni telepatía, ni clarividencia, ni telekinesia, ni reencarnación, ni viajes astrales y ¡que siga la lista!  Pero así como decimos eso con contundencia, igual decimos que no hay movimiento perpetuo, no hay flogisto, no hay calórico, no hay elan vitae, ni éter luminífero y tampoco hay fuerza de gravedad. Es decir, estamos aplicándole a esas fantasías de la cultura popular de muchos continentes, de muchas sociedades, estamos aplicando lo que aplicamos en la ciencia.  O sea, la carga de la prueba la tiene quien afirma la existencia de X.  Tú dices que existe la antimateria, pruébalo.  Dices que existen los neutrinos, pruébalo. Así lo hizo la ciencia a comienzos del siglo XX y lograron probarlo.  También dijeron en el siglo XIX que existía el éter, intentaron probarlo y nada, no lo pudieron probar y llegó  Einstein y acabó con el éter.  Entonces la carga de la prueba la tiene quien afirme la existencia de algo. Además, a esto le podemos aplicar la navaja de Ockham y pelar todas esas barbas.  No existe lo sobrenatural: a esta visión la llamamos naturalismo. Algunos preguntarán si es igual que materialismo. Yo diría que “casi, pero no exactamente”.  Ese es un cotejo que hay que hacer en otro momento.

Decíamos hace un rato que el ser humano es un animal de ficciones. ¿Por qué? ¿cómo es esto?  Esta característica tiene una base neurológica y evolutiva.  (1) Nuestro cerebro es capaz de pensar en términos causales y patrones, eso nos ayuda mucho en el esfuerzo científico y filosófico.  (2) También los seres humanos pensamos en términos de agencia, de ahí surgió el animismo, pero esto era necesario porque somos seres sociales, necesitamos interpretar qué es lo que quiere el otro, el otro ser humano, necesitamos entrar en sintonía, sincronizarnos, funcionar colectivamente, tener cohesión social en los grupos, gracias a eso sobrevivimos. La “teoría de la mente” la alcanza un niño a los 4 años más o menos, ser capaz de interpretar que el otro humano tiene una mente como la suya.  Pensar en términos de agencia era una manera de explicar por qué existe el rayo, el trueno, la lluvia, no sé qué, bueno, eso era natural hace miles de años, pero no tiene razón de ser hoy en día, en pleno siglo XXI, para aplicárselo a cosas que no son agentes (la “Madre Tierra”, la “Madre Naturaleza”, la “Pacha Mama”, el agua, el mar, “el universo conspira”).  No distinguir entre seres animados e inanimados en el siglo XXI, que la escuela no lo enseñe con claridad, es regresar a la premodernidad y nos muestra en algunas culturas populares (incluso en países del “primer mundo”) que la Modernidad es aún un proceso que está lejos de acabar. (3) Algo que si es muchísimo más difícil, es pensar en términos de azar y probabilidades y eso es fundamental para la cosmovisión científica. Nos cuesta bastante, en nuestro pasado evolutivo la presión selectiva favoreció en alguna medida cierto tipo de pensamiento bayesiano, probabilístico subjetivo, que generalmente funciona bien en contextos naturales.  Pinker llama a esta capacidad, “racionalidad ecológica”.  Pero con el conocimiento actual sobre probabilidades y la psicología experimental sabemos que estamos llenos de sesgos y trampas en las que caemos, pisamos cáscaras constantemente.

Dice Carl Sagan que “la ciencia es más que un simple conjunto de conocimientos, es una manera de pensar”.  Bueno, cuando en los colegios hay clases de física, química, biología y no se enseña la ciencia como manera de pensar estamos fracasando en la educación.  Entonces el niño aprende cuáles son los elementos químicos, la tabla periódica, y se aprende la fórmula del tiro parabólico, pero no ve más allá, no conecta los saberes fragmentarios ni se hace consciente de los procesos histórico-sociales y de razonamiento que llevaron a esos conocimientos ni cual es su sustento probatorio. Eso es instrumentalizar la educación.  Claro que a las élites les interesa preparar a la gente para el trabajo, no para pensar críticamente.  Para trabajar no se necesita una cosmovisión científica.  Al contrario, podría “estorbar” según algunos discursos que, a la postre, son justificatorios de la educación de mala calidad.  O mejor dicho, miden la “calidad” con otros parámetros, bien alejados de saberes “inútiles” como la filosofía.  De esa manera se garantizaría que el súbdito –que no ciudadano- será mucho menos crítico y más fácilmente manipulable, hackeable.

El pensamiento científico entonces implica muchas cosas:

·         Eliminar el antropocentrismo

·         Eliminar la proyección antropomórfica

·         Eliminar lo sobrenatural

·         Ser capaz de pensar en grandes diferencias de escala

·         La causalidad

·         El azar

·         La necesidad y la contingencia

·         La complejidad

·         La racionalidad

·         La contrastación empírica (clave de la ciencia)

·         La línea del tiempo

Otras ideas clave que hemos tratado en conferencias de Gran Historia, como advertencias y aclaraciones preliminares antes de adentrarnos en la narración del Big Bang al Antropoceno son:

·         El subdeterminismo

·         La naturaleza humana universal

·         El progreso no teleológico

·         La unidad de la ciencia

·         La complejidad, los sistemas complejos

 

Estas ideas son filosófico-científicas.

Nota: en Racionalidad, el reciente libro de Steven Pinker, menciona el dualismo (cuerpo-alma o natural - sobrenatural), el esencialismo y el finalismo o teleología, como 3 maneras de pensar que son habituales en el ser humano.

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