martes, octubre 29, 2019

Construccionismo social, naturaleza humana y biologización de las ciencias sociales


Ponencia escrita a finales de 2016 y publicada en 2018 en el libro de Memorias del IV Congreso Iberoamericano de Filosofía de la Ciencia y la tecnología

Resumen Ampliado de Comunicación

IV Congreso Iberoamericano de Filosofía de la Ciencia y la Tecnología
Cultura científica y cultura tecnológica
Julio 3 al 7, 2017 – Salamanca, España


No es tiempo de muros


Jorge Enrique Senior Martínez
Barranquilla, Colombia

Área temática a inscribirse: Filosofía de las ciencias sociales

Palabras clave: Naturaleza humana, construccionismo social, humanismo liberal, biología, ciencias sociales

Perspectiva de actualidad

En el segundo semestre de 2016, casi veinte años después de la “Declaración sobre la Raza” de la AAA, EEUU se debatía en  medio de la violencia racial a pesar de la presidencia de un afrodescendiente y del lema #blacklivesmatter.  Finalmente los resultados electorales de noviembre de 2016 dan el triunfo al candidato y al partido más proclive a las posiciones racistas o xenofóbicas. 

Mientras tanto, en Colombia, tras un cuarto de siglo con una constitución laica, una simple cartilla escolar sobre sexualidad, emanada del Ministerio de Educación (2016), logró que las iglesias católica y evangélicas movilizaran en agosto de 2016 a cientos de miles de personas “en defensa de la familia” y contra la “ideología de género”, lo cual terminaría repercutiendo en la derrota de la refrendación de los Acuerdos de Paz entre el Estado y la mayor de las guerrillas (Gómez-Suárez, 2016). 

En estos y otros casos similares se debate una posición tradicionalista y conservadora contra una posición liberal y progresista.  Lo curioso es que son las posiciones conservadoras las que acuden a la biología, mientras que las progresistas se atrincheran en un construccionismo social, y cuando no abrazan la tabula rasa, entonces minimizan la importancia de la biología reduciéndola como mucho a un trasfondo, una base plástica indiferenciada que es modulada por la cultura (Pinker, 2002; Hacking 2001).  Olvidando la falacia naturalista, el discurso construccionista radical ha acomodado el término “naturalización” con el sentido de un “velo ideológico legitimador”, carente de fundamento científico. 

Estas tesis progresistas son acolitadas por organismos como la ONU, élites políticas e intelectuales, y se las considera como “políticamente correctas”.  Esto se debe a los valores que abanderan, tales como la libertad, la tolerancia, la dignidad inherente a la condición humana y el respeto a la diversidad. Y también a que invocan a su favor la ciencia y la filosofía, pero esto resulta contradictorio dado el desconocimiento que hacen de la biología que desde hace 150 años reubicó a la especie humana en la esfera ontológica de la naturaleza. 

La tarea crítica de la filosofía no puede enfocarse exclusivamente en la posición tradicional, sino que debe someter a examen todas las tesis en pugna.  Someter a los valores de libertad y tolerancia a examen crítico, es válido, pero sería tema para otra ocasión. En este trabajo partimos de aceptar tales valores como premisa para cuestionar a continuación si el construccionismo social constituye su fundamento científico adecuado. 

En especial, para la filosofía de la ciencia es prioritario poner en cuestión el supuesto fundamento científico de las creencias en torno a la sexualidad, la raza u otras categorías del ámbito de la sociedad humana, ya sean de la ideología conservadora, liberal, marxista o cualquier otra que incida en la deliberación pública.  Los hechos mencionados arriba y otros similares muestran que esta tarea está en el orden del día con plena pertinencia, en especial con respecto a la ideología liberal predominante.

Perspectiva histórica

Los primeros intentos de interconexión entre la biología y las ciencias sociales durante el siglo XIX llevaron al auge de teorías pseudocientíficas como la frenología, la craneometría, fisiognomía,  darwinismo social, entre otros.  Estas ideas terminarían convirtiéndose en rotundos fracasos científicos, pero durante décadas alimentaron discursos racistas, sexistas y homofóbicos hasta llegar a la apoteosis de la eugenesia totalitaria del nazismo durante la segunda guerra mundial.  No extraña entonces que en la atmósfera de la posguerra florecieran concepciones que tomaran distancia de la biología. El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir, publicado en 1949, es un ejemplo emblemático de esta tendencia (Senior, 2011).  Hacking (2001) traza un panorama de cómo este enfoque, aupado por el posmodernismo, se tornó epidémico, a la vez que pone en evidencia algunas de sus debilidades epistemológicas al exagerar los componentes subjetivos. Wallerstein (1996a, 1996b) en el informe de la Comisión Gulbenkian describe cómo la configuración de las diferentes disciplinas para investigar la sociedad humana obedeció a una serie de circunstancias pragmáticas (acceso a información), ideológicas (visión liberal) y de orden institucional, mas no a un diseño fundamentado epistemológicamente, lo que las hace más permeables a las influencias ideológicas.

Mientras tanto, la biología, fragmentaria en el siglo XIX, logra a lo largo del siglo XX una poderosa síntesis teórica y anclarse fuertemente en la química, la física y la matemática (Senior, 2012).  Utilizando los avances desde la genética hasta la etología, la sociobiología (Wilson, 1980) es, quizás, la primera incursión fuerte de la biología en el territorio de las ciencias de la acción humana.  El debate Wilson vs. Lewontin es un referente obligado para expresar la tensión entre la primacía de la naturaleza humana o del ambiente social en el terreno de la explicación causal.  Posteriormente, en los posmodernos años 90, la psicología evolucionista (Tooby y Cosmides, 1992) lanza un nuevo embate contra el construccionismo social definido como el “modelo estándar de las ciencias sociales”.  A partir de aquí la polémica “nature vs nurture” se agudiza, desatándose las llamadas “science wars”, en las cuales las ciencias sociales parecen atrincherarse en un determinismo culturalista, que es otra forma de reduccionismo, espejo del determinismo genético que anida en el otro extremo. 

El éxito del proyecto Genoma Humano, inmensos descubrimientos de la paleogenómica sobre la filogénesis reciente de nuestra especie, notorios progresos de la neurociencia usando la tecnología fMRI, nuevas investigaciones en genética del comportamiento, psicología biológica y cognitiva, epidemiología, terapia génica, biología del desarrollo, hacen sonar trompetas que derriban los muros del construccionismo social.  Pero a medida que se tienden puentes el flujo se vuelve bidireccional.  La primatología (Tomasello, 2007), la epigenética (Jablonka & Lambs, 2016), la integración eco-evo-devo y hasta la misma neurociencia (Damasio, 2010; Sampedro, 2007) sustentan los efectos biológicos de la cultura.  Incluso Wilson (2012) defiende la coevolución biológico-cultural.  La biología pasa de ser mero trasfondo y bastión de universales a convertirse en una herramienta de captura de datos y más allá, en un abridor de cajas negras de las determinaciones sociales, revelando mecanismos y cadenas causales de carácter biosocial, en un entramado complejo con el potencial de explicar la dinámica de la igualdad y la diversidad, brindando cimientos científicos más sólidos al humanismo liberal. Es tiempo de consiliencia, no de muros.

Futuro

La ironía final es que la transdisciplina biosocial se configura como una tecnociencia y resetea al construccionismo social al reconvertirlo en transhumanismo (Diéguez, 2016) mediante la intervención de la naturaleza humana (Habermas, 2002). Es el retorno de la eugenesia, ahora en versión liberal.  Lo que parecía la vía para brindarle al humanismo liberal un mejor fundamento científico, puede convertirse, como indica Harari (2016) en semilla de su propia destrucción.


Referencias bibliográficas

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No hay crisis de la democracia (debate con Lucía Picarella)


No hay crisis de la democracia, pero sí desafíos 
(Debate con Lucía Picarella en noviembre de 2018)

Por Jorge Senior

Coja usted un periódico de izquierda de los 60, los 70, los 80, los 90 o de este siglo, y encontrará que siempre están hablando de la crisis del capitalismo.  El uso confuso, difuso y profuso de la palabra “crisis” hace que pierda todo valor heurístico y se convierta en un subjetivismo propio de pensar con el deseo.  Como en el teatro, “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.

La tesis que voy a sostener es que no hay tal crisis de la democracia.  Más aún, sostendré que la democracia está en su mejor momento.  Esto no significa que no haya problemas o que se hayan logrado las promesas de libertad, igualdad y fraternidad del proyecto moderno.  Y por supuesto tampoco significa que no pueda mejorar… o empeorar.  Estas dos últimas son verdades de Perogrullo, pero hay que decirlas ante los excesos de optimismos y pesimismos.

¿Cuándo en la historia había estado América Latina totalmente ausente de dictaduras?  ¿Cuándo en la historia había tenido la izquierda la oportunidad de gobernar en tantos países y por tantos períodos en el subcontinente?  Cierto es que la experiencia arroja resultados agridulces y parece sufrir cierto agotamiento, pero hay un Uruguay que saca la cara, un México próximo a iniciar su proceso, una izquierda colombiana que acaba de alcanzar su máximo histórico inmensamente superior a guarismos anteriores. Y la izquierda aún gobierna con vicisitudes y contradicciones en 5 países más. 

En Colombia los movimientos cívicos de los años 70 y 80 y la institucionalidad lograron que el país en rápido proceso de urbanización solucionara las necesidades básicas en materia de infraestructura de servicios públicos.  Y en 1990 una nueva constitución garantista aniquiló la centenaria y obsoleta de 1886, rompió el esquema bipartidista y generó una apertura democrática, aunque sea una carta bicéfala que hibrida el estado social de derecho con fórmulas neoliberales de política económica. Ya no vivimos en estado de sitio permanente y, por ejemplo, las comunidades indígenas cuentan hoy con un reconocimiento institucional como nunca antes se dio.

Mientras tanto, la democracia europea superó la crisis financiera de 1929 y las dos peores conflagraciones bélicas de la historia humana, el desafío totalitario del nazismo y el fascismo y aun así, o quizás por eso, ha vivido ahora el mayor período de paz de su historia durante ¾ de siglo, con la excepción de la guerra de los Balcanes.  En ese lapso, en un marco geopolítico bipolar que enfrentaba dos sistemas, la democracia europea fue capaz de inventar una síntesis dialéctica de contrarios a través de la socialdemocracia, para construir así las que se pueden considerar las mejores sociedades que han existido en la era moderna de los estados nacionales.  Me refiero al estado de bienestar, que integró logros liberales con frutos de las luchas socialistas en una economía de mercado regulada por un estado fuerte y con sentido social.  La socialdemocracia de los 70 y 80 fue el fiel de la balanza entre socialismo y capitalismo, pero el derrumbe del bloque soviético desequilibró la balanza y llevó al consenso de Washington y el auge neoliberal, logrando que muchos partidos socialdemócratas se desdibujaran.

De todos modos en las últimas décadas Europa se ha convertido en el laboratorio de un extraordinario experimento de gobernanza supranacional vinculante: la Unión Europea, que tuvo un asombroso y veloz desarrollo en los años 90 y primera década del siglo, aunque parece haber llegado a su tope, e incluso muestra signos de retroceso, como el brexit.  Aun así es un logro gigantesco que marca la pauta para lo que se constituye como la gran tarea política de la humanidad en el tercer milenio: la gobernanza mundial. Absolutamente necesaria dado que los problemas fundamentales son globales y los capitales son transnacionales.

Como si fuera poco, el mayor peligro para la humanidad, la guerra nuclear, ha permanecido bajo control mientras baja el número de ojivas nucleares que pende sobre nuestras cabezas, hasta el punto que nos olvidamos del asunto en la agenda pública y debatimos sobre democracia tranquilamente despreocupados como si no estuviéramos encaramados en un polvorín.  Un grave problema ambiental, el agujero en la capa de ozono, fue solucionado, demostrando la capacidad de la sociedad humana para corregir sus errores.  Un reto más difícil es el calentamiento global, tema medular de la política actual.

Esta tesis optimista no es muy original en todo caso.  La sustenta, por ejemplo, Acemoglu y Robinson en ¿Por qué fracasan los países? (2012), en los libros, videos y página web de Hans Rosling.  O, para no ir más lejos, el libro recién publicado, En defensa de la ilustración de Steven Pinker, que con cifras y gráficos sustenta esta idea con la misma diligencia con que hace unos años sostuvo que vivimos en la época más pacífica de la historia humana en términos proporcionales.  A este reto intelectual no se responde con subjetividades sino con argumentos objetivos.

Hasta ahora he hablado de logros, evidenciando los hechos de la historia, pero no he dicho nada sobre méritos o sobre problemas y nuevos desafíos.  Todos lo sabemos, los logros de Europa y, en general, de los países desarrollados se cimientan en una deuda histórica con los países del tercer mundo y una deuda ambiental con la humanidad entera y la bioesfera.  Sin las riquezas del sur el norte no sería lo que es. Y la tercera deuda, la social, que se da al interior de cada nación, se ha saldado en unos pocos países pero permanece estructural en buena parte del mundo. 

El avance hacia la igualdad tuvo un punto de inflexión en el año de 1980 y desde entonces no ha hecho más que aumentar la desigualdad, pero no en todos los países por igual.  Es clave hacer análisis comparativo y entender el por qué.  El trabajo de Thomas Piketty aporta en ese sentido y varias investigaciones, como por ejemplo la de Evelyn Huber, Jingjing Huo y John Stephens, muestran que esto está asociado a gobiernos y legislaturas con predominio de la derecha, que a su vez se ven favorecidas por ciertos diseños institucionales, como el de EEUU, que ha permitido que los republicanos se queden con la presidencia en dos ocasiones estando en minoría. 

Que en muchos países notorios el péndulo se haya movido hacia la derecha no implica crisis de la democracia, eso es parte del juego.  ¿O que querían? ¿Qué ganara siempre la izquierda?  El nuevo populismo de derecha es meramente reactivo y no constituye un desafío antisistémico para la democracia.

El islam, las migraciones, el “terrorismo”, los agites identitarios no son el gran reto.  Es en Asia donde está el desafío.  El gran fenómeno político y económico de este siglo es el ascenso del eje del Pacífico, y en particular el despegue fulgurante de China que ya está a pocos años de convertirse en la primera economía del planeta.  Lo que está a punto de suceder es que por primera vez en la era moderna, un país con un régimen político distinto a la democracia liberal se constituye en la potencia económica dominante.   

En todo este panorama las fuerzas progresistas parecen con la brújula enloquecida. Esto es porque están huérfanos de teoría e infiltrados por tres oscurantismos: el posmodernismo, el construccionismo social y el decolonialismo, todos los cuales tienen en común el ataque a la objetividad, la cienciafobia y el enfrentamiento a la modernidad y el progreso, es decir, son neoconservadores.

Ahora bien, los grandes cambios de la humanidad no se originan en la ruidosa escena política, sino en el silencio de los laboratorios. Siguiendo el razonamiento de Jeremy Rifkin, vemos que la Tercera Revolución Industrial conlleva tecnologías propias de una sociedad de la abundancia y de costo marginal cero, cambiando las reglas del juego del capitalismo tradicional.  Más allá del estado y el mercado está el procomún colaborativo que crece a la par que el internet de las cosas, las redes distribuidas de energía solar y otras tecnologías. El mercado y la democracia liberal no son el fin de la historia. Y si seguimos a otro autor, Yuval Noah Harari, en este siglo la humanidad, y en particular la democracia como diseño institucional para la toma de decisiones, tendrá que enfrentar un reto mayor que el peligro nuclear y el cambio climático: la disrupción tecnológica.

Todo ello suena lejano para un país como Colombia y su democracia tortuosa. Pero la clave es la misma aquí y allá: la democratización del conocimiento, la educación, la cultura científica, el pensamiento crítico.  Sólo así podremos construir la paz y profundizar la democracia.

Como bien dice la Dra. Picarella, “una verdadera democracia necesariamente tiene que apoyar y apoyarse en el conocimiento” (p125).
 

domingo, octubre 27, 2019

Filosofía científica, pensamiento crítico y educación (Esquema)


HACIA UN PROGRAMA DEL CÍRCULO Y UN PROYECTO EDUCATIVO

El foro interno de filosofía de Uniatlántico es el pretexto para una ponencia, pero el texto tiene un propósito programático para el Círculo de Filosofía Científica y Pensamiento Crítico de Barranquilla (CFCPCB).  Tal programa tiene, a su vez, un propósito integral que va más allá de la academia, a toda la sociedad: la construcción de ciudadanía (mayoría de edad).  Pero de manera específica va dirigido a la educación básica y media (y por extensión a la educación superior que es menos importante) y a la divulgación científica que también tiene que jugar un papel clave en formar cultura científica. 

La cultura científica en el siglo XXI es componente esencial de la cultura política democrática.  Educar en ciencias es educar para la democracia y educar para la democracia exige educar en ciencias.

La ponencia se titula: Filosofía científica, pensamiento crítico y educación para la democracia.

Además de esos 3 conceptos del título, la ponencia maneja otros 3: cosmovisión científica, big history e ilustración antropocénica.  Poner los seis en el título sería una obvia exageración, no viable. 
También se maneja la idea de unidad, convergencia o consiliencia en 3 pasos: unidad de las ciencias naturales, unidad de ciencias naturales y sociales, unidad de ciencia y filosofía.

Unidad de la ciencia es base para la cosmovisión científica (pero aún es incompleta pues le falta la síntesis filosófica).

Cosmovisión científica y big history son 2 caras de la misma moneda, la primera es analítico – sintética y la segunda es narrativa.

Unidad de ciencia y filosofía es filosofía científica y brinda la síntesis filosófica que completa la cosmovisión científica.

Unidad de cosmovisión científica y pensamiento crítico es ilustración antropocénica (ilustración actual o ilustración del siglo XXI).  La cultura científica bien entendida, esto es, en profundidad, es ilustración antropocénica. 

Ser ciudadano en el siglo XXI (en el Antropoceno) es tener cultura científica. 

No hay tales “ciudadanías libres” sin cultura científica.  Ciudadanías libres no ilustradas es un oxímoron.

Y profesionales y científicos no ilustrados son simples técnicos (póngale ahí sí toda la carga peyorativa que quiera).

Todo lo dicho no es más que la actualización del proyecto ilustrado.

El Búho  ( seniorjorge@gmail.com )

Próximamente publicamos la ponencia en este blog

martes, octubre 08, 2019

Alertas antidecoloniales


Consejos para lectores de textos decoloniales
(Algunos de estos consejos sirven también para los otros dos oscurantismos, el posmodernismo y el construccionismo social)

Se recomienda estar alerta para detectar las siguientes fallas:

1.                  Confundir modernidad con capitalismo o neoliberalismo (falacia “hombre de paja”)
2.                  Confundir verdad objetiva con verdad absoluta
3.                  Confundir neutralidad con objetividad
4.                  Eludir la diferencia entre verdad y falsedad (mentira, fantasía, ficción)
5.                  Confundir epistemología con epistémico o con conocimiento o con cultura o con cosmogonía o con cosmología o con saberes o con creencias
6.                  No distinguir o mezclar conocimiento de aspectos naturales u objetivos de la realidad con aspectos convencionales o culturales de las sociedades
7.                  Confundir conocimiento de la realidad objetiva con creencia, superstición, saber social
8.                  No distinguir entre conocimiento científico, conocimiento empírico y creencias fantásticas
9.                  Equiparar el pensamiento científico y el pensamiento mágico - religioso
10.              Confundir el contexto de origen con el contexto de aplicación (falacia genética)
11.              Elastificar arbitrariamente el significado de los términos (daña los conceptos)
12.              Vaguedad o laxitud en las definiciones de los términos y conceptos
13.              Aceptar, de manera acrítica, las ideas posmodernistas (ignorando la amplia literatura que la refuta)
14.              Mezclar unas cosas con otras, falacia de asociación transitiva para que la aceptación de unas cosas se traspase a otras (por ej justicia social y “justicia epistémica”)
15.              Mezclar, confundir o no definir con precisión conceptos como epistemología, conocimiento(s), cultura, cosmogonía, cosmología, saber
16.              Usar versiones radicales o moderadas a conveniencia (falacia mota castral)
17.              Caer en el maniqueísmo, un sesgo selectivo, satanizando unas cosas e idealizando otras (falacia selectiva, cherrypicking, sesgo de confirmación)
18.              Inventar nuevos términos para viejos conceptos para pasarlos como nuevas ideas
19.              Caricaturizar al cientificismo como esencialista, teleológico, positivista  o presentar la ilustración del siglo XXI con ideas del siglo XVIII  (falacia “hombre de paja”)
20.              Presentar la cultura occidental como homogénea ocultando su inmensa pluralidad (por ej equipararla al “Logos”)
21.              Exagerar la importancia del lenguaje (“el lenguaje crea el mundo”)

Apuntes para una crítica al decolonialismo


Subtítulo: En defensa de la ilustración, la modernidad, la razón, la ciencia, la objetividad, el cosmopolitismo y el progreso; dicho de manera simplificada: En defensa de la cosmovisión científica o si se prefiere En defensa de la ilustración antropocénica

*Nótese que no incluí la tecnología, el capitalismo, la democracia, el liberalismo, el socialismo, el cristianismo, etc, ni la propia “cultura occidental” que incluye todo lo anterior y más, pues la cultura occidental es la cultura más plural y heterogénea que ha existido en toda la historia de la humanidad; si jugamos a la fabricación de términos, como les gusta a posmodernos y decoloniales, tendríamos que llamarla la “pluricultura occidental” (también bajo ataque)

Antecedentes

A finales de los años 70 el marxismo, que había sido casi hegemónico en la intelectualidad progresista del siglo XX, entra en decadencia y se inicia el auge de lo que se denominaría el posmodernismo.  El posmodernismo es una vertiente de la filosofía continental que podemos inscribir en la tradición del idealismo, el irracionalismo, el relativismo y el subjetivismo (en menor grado el romanticismo). 

El posmodernismo bebe de la fuente del filósofo nazi Heidegger, de Max Weber (tengo en mente el concepto de “desencantamiento del mundo”), la escuela de Frankfurt (por ej, la Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer), el giro lingüístico de Wittgenstein y otros, el giro historicista relativista de la filosofía de la ciencia de Thomas Kuhn y Paul Feyerabend, la mal-interpretación de algunos descubrimientos científicos (cuántica y termodinámica) y los debates interminables sobre los escritos de Marx y Freud.  Esta corriente filosófica se pone de moda en los años 80 y 90, atacando a la modernidad (de ahí el nombre), la ilustración, la razón, la objetividad, la ciencia y el progreso. 
Las ciencias naturales casi no se dan por enteradas y durante ese período avanzan aceleradamente desmintiendo de facto los tañidos luctuosos de los posmodernistas que anunciaban la muerte de los “metarrelatos”.  Pero las ciencias sociales sí se ven notoriamente afectadas.  Del marxismo sobreviven en los años 80 algunas tesis de Antonio Gramsci, dándole relevancia a conceptos como “cultura” y “hegemonía”, pero ese referente no logra evitar el notorio vacío que deja el marxismo en las ciencias sociales (la disciplina en la cual el marxismo logró perdurar un poco más fue la Historia). 

Esta orfandad teórica es aprovechada por diversas corrientes de pensamiento, como el liberalismo, el institucionalismo, el posmodernismo, por supuesto, y una nueva tendencia que podríamos denominar “construccionismo social”, una forma de reduccionismo culturalista que se va a imponer, sobre todo, en antropología, una disciplina bastante fragmentada, y en buena parte de los feminismos cuya teorización crece como la espuma en estos años.  Esta tendencia se expresa institucionalmente en una serie de programas académicos denominados “estudios sociales” o “estudios culturales” de tales o cuales aspectos de la sociedad. Una característica del construccionismo social es la negación de la naturaleza humana, es decir, se resucita el viejo mito de la tabula rasa.  Es por tanto una forma de idealismo y subjetivismo y no es ajena al irracionalismo y relativismo, pero tiene menos interés que el posmodernismo en atacar a la modernidad y al progreso, quizás por la influencia liberal y marxista que ahí pervive.

Deconstrucción del decolonialismo

En este contexto intelectual, a la vuelta del milenio, surge el pensamiento decolonial.  Como diría un posmoderno, ahora vamos a hacer la deconstrucción.  A la trilogía compuesta por el posmodernismo, el construccionismo social y el pensamiento decolonial, los denomino oscurantismos de izquierda, pues son críticos del statu quo, pero enemigos de la razón y la ilustración.  En este sentido son ideas neoconservadoras sin un claro proyecto de futuro.  Allí no hay eutopía que ilumine el horizonte.

El pensamiento decolonial carece, en general, de originalidad.  Como veremos, es un reciclaje o refrito de ideas anteriores, vestidas con nuevos ropajes (léase nueva terminología para viejos conceptos).  Sus ideas se inscriben en una tradición filosófica occidental conocida como filosofía continental y, dentro de ella, en las cuatro categorías metafilosóficas ya mencionadas: idealismo, subjetivismo, irracionalismo y relativismo.  No basta proclamarse antioccidental para escapar a la pluricultura occidental.  En este caso el énfasis está en el relativismo como concepción epistemológica, una idea de larga tradición desde los griegos.  Pero hay una excepción a su falta de originalidad, su auténtico aporte novedoso.  Como suelen hacer los ingenieros innovadores, los decoloniales unen dos artefactos viejos y crean su gran novedad.  Ellos compran la crítica epistemológica de los posmodernos y la unen a la centenaria tradición de la crítica al eurocentrismo.  Al igual que los posmodernos y con similar estilo filosófico, ellos atacan la modernidad, la ilustración, la razón, la objetividad, la ciencia y el progreso, pero también atacan a “Occidente”, supuestamente desde afuera, y le dicen a los posmodernos: “ustedes también son eurocéntricos” y voilá, ha nacido una nueva corriente de pensamiento.  Al igual que otros sectores de izquierda radical son críticos del capitalismo, pero con un énfasis muy diferente al marxismo o socialismo, pues ahora la contradicción principal no es capital / trabajo, que pasa a un segundo plano, sino Norte / Sur, una metáfora geográfica surgida en la posguerra mundial (movimientos de liberación nacional, estudios postcoloniales) pero a la cual le dan un giro étnico, para expresar una contradicción básicamente cultural entre la “cultura occidental” y las culturas no occidentales.  Adicionalmente, adoptan ideas del feminismo, que es una corriente variopinta de la cultura occidental, pero le espetan la misma crítica que al posmodernismo: “el feminismo blanco debe ser descolonizado”.  No hace falta ser un genio para comprender que la problemática de una mujer estadounidense o sueca no es la misma que la de una mujer nigeriana o embera katío. De hecho, es mucho peor en los “pueblos del sur”.

La propuesta decolonial es una revolución política, social, epistémica, cognitiva (y étnica).  La palabra “revolución” no la utilizan, pero sí hablan de un “cambio de paradigma”, una expresión kuhniana que significa “revolución” con todo su sentido radical.   Exigen “justicia epistémica o cognitiva”, la cual consiste en aplicar el principio jurídico de igualdad a los “saberes”, concretamente proponen que los “saberes del Sur”, cualquier cosa que sea eso, estén en pie de igualdad con el conocimiento científico, que ellos llaman “hegemónico”, en un espacio común denominado “ecología de saberes”.  Nótese que esto es diferente a “diálogo de saberes” o “diálogo intercultural”, los cuales son interacciones necesarias que nadie cuestiona.  Esa justicia cognitiva o epistémica aparece mezclada o revuelta con algo completamente diferente: la justicia social, de tal manera que la aceptación reivindicativa de ésta conlleve la aceptación de la otra.  Un buen truco.  La expresión más utilizada para esa idea central es “epistemologías del Sur”, un concepto confuso pues aparece como sinónimos de culturas, saberes ancestrales, cosmogonías, cosmologías, saber-hacer (técnica).

Defensa

Prometí defender la ilustración, la modernidad, la razón, la ciencia, la objetividad, el cosmopolitismo y el progreso.  No se puede hacer uno por uno porque todos están imbricados en una sola cosmovisión ilustrada o moderna que se caracteriza por el secularismo y el naturalismo basados en la ciencia, o como decía Weber, en el desencantamiento del mundo y que no depende de la forma particular como se organice la sociedad o, en particular, la economía.  “Modernidad” es una categoría cultural y no se debe confundir con modernización económica o con economía capitalista. 

Dado que la ciencia ha progresado y lo sigue haciendo aceleradamente desde el siglo de las luces hasta hoy, se infiere que la cosmovisión ilustrada o moderna ha evolucionado en la misma medida y que, como decía, Habermas, constituye un proyecto inacabado.  La ciencia del siglo XVIII era materialista, naturalista, mecanicista y determinista y de un nivel muy inferior a la ciencia actual, tanto en conocimientos como en rigor y método.  La ciencia del siglo XXI sigue siendo naturalista y materialista, aunque el concepto de materia es otro, y ha rebasado el mecanicismo y el determinismo para asumir el azar y una concepción más compleja de la causalidad.  Por ejemplo, en Historia hoy prima una concepción abierta, más compleja y menos determinista que la del siglo XVIII, donde lo contingente y lo necesario se imbrican.  Por tanto la idea ingenua de progreso entendida en forma determinista, finalista o teleológica está hoy completamente superada.  Tanto en biología como en ciencias sociales el concepto de progreso está plenamente vigente, pero en un sentido muy diferente al siglo XVIII.

El racionalismo y el empirismo puros fracasaron y hoy prima una concepción racioempirista.  La razón trascendental y apriorista de Kant, filósofo anterior a Darwin, es ya obsoleta, pues hoy tenemos una concepción naturalista de la razón, entendida como una capacidad cognitiva del primate Homo Sapiens centrada en la corteza prefrontal del cerebro e inseparable del cuerpo y, por ende, de otras capacidades del animal humano.  Así que las verdades absolutas y apodícticas no existen, pero sí existen las verdades objetivas, alcanzables por medio del método científico (también el conocimiento empírico puede producir verdades objetivas eventualmente).  Estas pueden ser universales en términos prácticos, no porque se deduzcan de principios indubitables sino porque empíricamente se han escalado hasta abarcar todo el planeta Tierra, toda la especie humana y en algunos campos, como la física y la química, todo el universo.  Es una universalidad con límites, pero esos límites rebasan por completo los horizontes de los siglos XVIII o XIX y son dibujados por la propia ciencia.

He mencionado el método científico.  Este es una abstracción y una generalización a partir de los métodos específicos de las distintas disciplinas, los cuales se han venido perfeccionando durante los últimos 400 años.  Negar el progreso del conocimiento y el progreso del método es negar la capacidad de aprendizaje de la humanidad.  El método progresa clarificando sus propios límites y expandiéndolos, identificando las fallas, los errores lógicos, los errores experimentales o matemáticos, los sesgos psicológicos y sociales, minimizando los aspectos subjetivos, mejorando los controles frente a las interferencias espurias, aprovechando los progresos de las ciencias formales como la lógica y la matemática y produciendo más y mejor tecnología, la cual permite más y mejores evidencias y mayor procesamiento de información.  Se refinan así los protocolos, las técnicas de investigación, los métodos específicos y, si miramos con visión de conjunto, el método científico en general.  Este se sustenta en dos tipos de rigor, el rigor lógico y el rigor experimental u observacional, de los cuales se desprenden los dos conceptos de verdad que utiliza primariamente la ciencia: la verdad como coherencia y la verdad como correspondencia (en filosofía puede haber conceptos más sofisticados de verdad, pero con estos dos básicos es suficiente por ahora). 

Esta maravilla llamada “ciencia” es, junto a la tecnología que se deriva de ella, el máximo logro de la especie humana, aunque algunos quieran tapar el sol con un dedo a punta de malabares retóricos.  En el libro, En defensa de la ilustración de 2018, Steven Pinker sustenta de manera contundente a lo largo de más de 700 páginas y con más de 70 tablas de datos, lo que estoy sosteniendo aquí de manera muy resumida (aunque disiento del capítulo 2).

Como se puede ver la ciencia es una actividad muy humana, su falibilidad alimenta sus potentes mecanismos autocríticos y autocorrectivos y así se produce progreso.  Este progreso es acumulativo a pesar de que se produzcan rupturas relativas, reformulaciones y reconceptualizaciones, pues nunca hay borrón y cuenta nueva, jamás se regresa al principio (efecto trinquete), sino que se construye sobre lo construido, los científicos se paran en hombros de los gigantes de las generaciones anteriores, como dijera Newton.  Kuhn y Feyerabend se equivocaron con su concepto de “inconmensurabilidad”, hoy obsoleto en filosofía de la ciencia.  Ese concepto dio pie a la euforia relativista de los posmodernistas de otrora y debido a ese mal entendimiento de lo que es la ciencia y cómo funciona, inflaron una deficiente epistemología hoy insostenible.  En el año de 1996 y 1997Alan Sokal y Jean Bricmont, en el libro Imposturas Intelectuales, los pusieron en evidencia.

Ese carácter humano de la ciencia no la rebaja sino que la engrandece.  Es producto del esfuerzo y el mérito colectivo de millones de seres humanos y una prueba del potencial de nuestra especie para hacer lo que ninguna otra ha hecho en 4 mil millones de años de historia de la vida.  La ciencia es la forma superior de conocimiento pero no la única, ella es apenas la cereza en el pudín.  Hace dos millones y medio de años unos homininos empezaron a utilizar sistemáticamente herramientas, adaptando el entorno a sus necesidades.  Con ellos, con el Homo Habilis, con el Homo Erectus, surgió la técnica, una forma de conocimiento empírico africana, un saber hacer que dejó atrás los logros cognitivos de otras especies, incluyendo los chimpancés, nuestros parientes más próximos.  Se inició así una coevolución biológica cultural que dio lugar a nuevas especies, aunque sólo una de ellas sobrevivió hasta hoy, el Homo Sapiens, que también es africano.  No fue el Homo Sapiens el que creó la técnica, fue la técnica la creó al Homo Sapiens. 

Ese poderoso conocimiento empírico que nos puso en la cúspide de la cadena alimenticia mejoró con el tiempo y permitió descubrir la agricultura en múltiples ocasiones, en todos los continentes menos Europa, valga la ironía. Con el conocimiento empírico se construyó así la civilización, el segundo entorno, un entorno artificial que no por ello deja de ser ontológicamente natural, aunque cree la ilusión de una separación del mundo natural que en realidad no existe.  Hoy sabemos que somos parte del sistema Tierra y en el antropoceno, después de tres revoluciones industriales, nos hemos convertido en fuerza geológica, capaz de transformar al planeta, para bien o para mal. 

Pues bien, fue con el conocimiento empírico, más que con el científico, que se hizo la primera revolución industrial y se creó la matriz energética y productiva inicial de la sociedad moderna.  Pero no sólo le debemos nuestra existencia a ese tipo de conocimiento técnico, sino que, además, la ciencia misma no es más que una forma refinada del conocimiento empírico, una forma superior de conocimiento producida con esfuerzo a través de la sistematización de la investigación y la acumulación del aprendizaje de la humanidad en un cuerpo de conocimientos convergente y emergente. Desde el punto de vista metodológico y epistemológico las dos formas de conocimiento son ensayo y eliminación de error, sólo que en el caso de la ciencia este proceso se ha sistematizado, compactado y perfeccionado, haciéndose mucho más eficiente y riguroso.  Dada esta genealogía del conocimiento científico, la superioridad establecida de éste es consistente con la valoración histórica y actual del conocimiento empírico, el know how, el saber hacer, presente aún hoy en muchos campos de la actividad humana (ver por ejemplo El Cisne Negro y otros libros de Nicholas Nassim Taleb donde cuestiona el saber de ciertos economistas, incluidos algunos premios Nobel).

Y aquí vienen tres lecciones importantes:

(1) Un conocimiento es superior, no porque sea ciencia (lo cual sería una errónea visión esencialista y además falacia genética) sino que es ciencia porque es superior.  La superioridad no reside en el status científico, sino que éste obedece a una superioridad probada en la capacidad explicativa y predictiva con exactitud y precisión, la superación de pruebas experimentales y observacionales, la coherencia lógica interna y con el resto del conocimiento ya probado, y a la producción de tecnología eficiente. Todo ello expuesto de manera clara, transparente y bien argumentada. En otras palabras el status científico se gana desde abajo, desde el rigor del método, no se decreta  desde arriba.

(2) El conocimiento es poder, como decía Bacon, porque es verdadero, no al revés.  Constituye un craso error epistemológico creer que el carácter “verdadero” del conocimiento es sólo una etiqueta impuesta por el poder como pensaba Bruno Latour.  Ese puede ser el caso de la ideología, la cual no es capaz de superar las pruebas de rigor lógico y experimental.

(3) La hegemonía de la verdad no es mala, todo lo contrario, es deseable; lo que sí es grave y nefasto es la hegemonía de la falsedad, la mentira o, como diríamos ahora, la post-verdad.  La fantasía es muy buena cuando se presenta como tal, como en el arte, pero no cuando se disfraza de “conocimiento” sin ser capaz de probarse como verdadera.  En consecuencia es pertinente diferenciar entre ciencia e ideología, entre conocimiento y superstición o entre pensamiento científico y pensamiento mágico religioso.

Continuará……

sábado, agosto 24, 2019

Sesión 6 Big History Antropoceno

Big History sesión 6

Sesión 5 Big History Cosmovisión

Big History sesión 5

Sesión 4 Big History Modernidad

Big History sesión 4 Modernidad

Sesión 3 Big History

Big History sesión 3

Sesión 2 de Big History

Big History sesión 2

Sesión 1 de Big History

Curso Big History sesión 1

lunes, agosto 19, 2019

Video preliminar de Big History 2018

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La conquista de México: 500 años Primera parte

500 años de la conquista de México – Primera parte

Por Jorge Senior

Basado en la biografía de Hernán Cortés, autoría de Francisco Gutiérrez Contreras.

En el segundo semestre de 2019 se cumple medio milenio de una de las hazañas militares más grandes de todos los tiempos: la conquista del núcleo de la civilización mesoamericana tardía por una pequeña tropa española improvisada bajo el liderazgo de Fernando Cortés, también llamado Ferdinandi Cortessi en latín y más conocido en la historiografía y en el imaginario como Hernán Cortés.

Cortés nació en Medellín, en Extremadura, en 1485, época en la cual Leonardo da Vinci ya estaba en Milán como vimos en el primer semestre de este año al conmemorar los 500 años de la muerte del gran artista y científico florentino (ver texto en mi perfil de Academia.edu y en mi blog La Mirada del Búho en conectadosconelbuho.blogspot.com ). Entre los 14 y los 16 años realiza estudios jurídicos en la Universidad de Salamanca. No culmina su formación, pero lo aprendido le será muy útil en su estrategia de combinación de todas las formas de lucha. En 1504, tenía apenas 19 años cuando embarca hacia la isla La Española (hoy República Dominicana y Haití) en calidad de colono. Siete años después se traslada a Cuba en la expedición de Diego Velásquez, con quien tendrá una relación ambigua de amistad y enemistad, y allí se establece.

Hasta 1518 Cortés es uno más, un anodino personaje enredado en líos de faldas (recuérdese que había muy pocas españolas en estas tierras), y nada en su biografía permitiría presagiar que ocuparía un lugar destacado en la historia. Pero ese año logra que el gobernador Velásquez le permita capitanear una nueva expedición a costas mexicanas, tras el fracaso de dos incursiones anteriores lideradas por Francisco Hernández de Córdoba (1517) y Juan de Grijalva (1518). Es su oportunidad y bien que sabrá aprovecharla con audacia y habilidad insospechadas. A esas alturas, los españoles todavía creen que tales costas pertenecen a un archipiélago asiático. Esa era la tesis defendida por Alamino, el piloto de las tres expediciones.

En términos de correlación de fuerzas, el recientemente unificado Reino de España, sin ser propiamente una potencia en el contexto de Eurasia, tenía todas las de ganar frente a lo que se ha llamado el “imperio azteca”, una confederación dominada por los mexicas al otro lado del mar océano, hoy llamado Océano Atlántico. Mayor poder militar, tecnológico, económico, demográfico y político, una cosmovisión de mayor escala, mayor experiencia de guerra. Eso en abstracto. Pero en la situación concreta de 1519, Hernán Cortés y su miniejército cuasiprivado tenían todas las de perder. Una inmensa inferioridad numérica, desconocimiento del terreno, de la fauna y de la flora, nula retaguardia, recursos limitados. Ambas culturas estaban dominadas por un pensamiento mágico – religioso. Todo estaba dado para que los guerreros aztecas aplastaran fácilmente a los españoles. Pero eso no sucedió. Y en ello me baso para considerarlo una hazaña militar de dimensiones históricas.

En realidad se trató de una campaña político-militar en la cual el componente político fue fundamental. Pero el análisis histórico debe blindarse respecto a la política del presente y su proyección interesada al pasado. Asimismo, debe ponerse entre paréntesis todo juicio moral anacrónico, suprahistórico, hecho desde la moral moderna. Primero porque es inútil frente al hecho consumado, lo que pasó ya pasó (aunque desde el interés político actual algunos piensen lo contrario, tal actitud es perjudicial para la historiografía). Segundo, porque introduce un sesgo que impide comprender los acontecimientos de otrora. Lo mismo aplica al juicio legal que proyecta el derecho internacional del presente a un pasado en el cual no existía. Por ejemplo, la idea de que los primeros pobladores de un territorio adquieren derechos sobre el mismo que deben ser respetados por el resto de la humanidad, es sumamente extraña en la historia de la especie humana. De hecho, es una idea que sólo adquiere fuerza en el incipiente estado de derecho internacional de la modernidad.

Hay, sin embargo, un anacronismo del cual no podemos prescindir. Me refiero a nuestro conocimiento científico – tecnológico actual, el cual constituye un aliado para entender lo que pasó. Así que por un lado está el análisis contextual que trata de comprender a los actores individuales y colectivos en sus propios términos, en su propia visión. Y complementariamente está el análisis desde el conocimiento privilegiado del presente, capaz de ver lo que ni los indígenas ni los españoles podían percibir en aquella época. Tampoco podemos prescindir del lenguaje actual pues se hace necesario para la comunicación.

Hecha esta aclaración el lector atento debe poder distinguir y separar por sus propios medios los dos enfoques, pues pueden aparecer mezclados en el texto. Por ejemplo, si hablamos de “América”, “España”, “México”, “Perú”, “Panamá”, es evidente el anacronismo.

España está apenas surgiendo como estado-nación monárquico tras la unión de las coronas de Aragón y de Castilla. Su proceso expansivo interior, la reconquista frente a los moros, dará impulso a su expansión de ultramar en Canarias, Italia, mínimamente África y luego las Antillas y la tierra firme americana, consolidando como imperio su visión de nación (Asia vendría inmediatamente después). La expansión europea por todo el planeta es lo que configura los modernos estados nacionales europeos (principalmente España, Portugal, Reino Unido, Francia y Países Bajos, todos con costa en el Atlántico). Imperio y Nación son dos caras de la misma moneda. En mi concepto 1492 es, sin duda, un candidato poderoso a ser considerado el año más importante de la historia, no de la europea meramente, sino de la historia de la especie y origen del mundo actual. Tras el primer viaje de Colón en busca de las rutas de occidente hacia el Asia (Catay/China, Cipango/Japón), el papa Alejandro VI (de los Borgia de origen valenciano, padre de Lucrecia y César Borgia), expide en 1493 las bulas papales que conceden derechos de titularidad a la monarquía española sobre las tierras descubiertas. Y en 1494 se firma el tratado de Tordesillas con el cual España y Portugal se reparten el mundo, por así decirlo. Son los equivalentes de la época al derecho internacional posterior.

En 1519 América no existe ni como nombre ni como concepto. Ni los indígenas ni los españoles tenían clara la idea de continente ni la visión de conjunto del vasto territorio continental que va desde la Patagonia al ártico. Los españoles, ya dijimos, se consideraban exploradores de un archipiélago asiático. Sin embargo, una isla se confirma como tal si la has circunnavegado, mientras tanto cabe la hipótesis de que sea “tierra firme”, que es el concepto más aproximado a nuestro actual “continente”. La desembocadura de un río de gran tamaño es un indicador de que se trata de tierra firme. Pero Yucatán no tiene señales de esa índole por razones geológicas. Cortés será, precisamente, uno de los primeros en darse cuenta que están en un continente a medio camino entre Europa y Oriente, pero eso será varios años después de 1519.

“México” o el término un poco más amplio “Mesoamérica”, nombran actualmente un territorio habitado en ese entonces por varios pueblos que hablan distintas lenguas, aunque provienen de un origen común más de diez mil años atrás. En esta narración, por ejemplo, aparecen dos territorios, uno con lengua maya y otro con lengua náhuatl. Todos los nativos americanos en 1500 son descendientes de inmigrantes paleolíticos del este asiático, durante la etapa final de la última glaciación (nota: pudo haber más de una oleada migratoria). Ninguna tesis alternativa ha pasado de ser especulación. Pero después de la elevación del nivel del mar han vivido aislados del resto del mundo durante más de 15 mil años, tiempo suficiente para una gran diversificación y para un experimento natural sin par.

A la llegada de los españoles ya hacía siglos que la civilización maya había colapsado, entre otros factores por una mala gestión ambiental del territorio, coincidente con una tanda de sequías. Sus pueblos aún sobrevivían en las zonas selváticas de lo que hoy es Yucatán, Bélice y Guatemala, pero sin el auge urbano de otros tiempos. Esa zona vivió un cataclismo hace 65 millones de años, el impacto de un meteorito de unos 10 kilómetros de largo que produjo el cráter de Chicxulub, actualmente no visible, pues se encuentra bajo tierra en la frontera de estratos K/T. Semejante catástrofe tuvo efectos mundiales, el más conocido es la extinción de casi todos los dinosaurios. La península de Yucatán, que cierra el golfo de México por el sur, tiene unas condiciones geológicas peculiares que permitieron a los mayas construir una importante civilización urbana. La península aparentemente no tiene ningún río importante, apropiado para sostener una población abundante, pero bajo la superficie existe el río subterráneo más grande del mundo. Podríamos decir que es más bien una gigantesca red de acuíferos a través de una plataforma sedimentaria de tierra caliza porosa de unos pocos kilómetros de grosor que se asienta sobre rocas metamórficas legadas por Pangea. Así que los mayas sí tenían agua en abundancia, pero con un acceso complicado a través de cenotes.

Para 1519 los españoles ya han consolidado su posición en las tres Antillas mayores con La Española como bastión principal y una avanzada en tierra firme localizada en el istmo de Panamá. Las islas fueron el primer ensayo a través del cual se va resolviendo cuál será el modelo de colonización, entre varias posibilidades en disputa que podríamos agrupar en dos campos, los modelos extractivistas y los feudales, que en palabras de la época se llamarían “rescatar” y “poblar”. La corona no tenía un diseño previo, sino que las cosas se van dando en una puja de intereses múltiples, un tinglado de fuerzas que demorará más de medio siglo en definirse mediante conflictivos ajustes sucesivos. Igual podríamos decir de la rentabilidad, la cual no resulta nada clara en los primeros decenios. El debate sobre el trato a los indígenas, las epidemias, el descenso demográfico indígena, la importación forzosa de africanos negros (del África occidental subsahariana) están presentes desde los inicios del siglo XVI.

El máximo gobernante de las indias desde 1509, era el hijo de Cristóbal Colón, Diego, designado virrey. Pero en 1514 Diego Colón es llamado a España por el rey Fernando, quien muere poco después. Se genera una especie de crisis de gobernabilidad, circunstancia que sería aprovechada por Diego Velásquez, autoridad delegada en Cuba, para promover las expediciones desde esa isla hacia las costas mexicanas. En estos procesos hay un personaje clave para los historiadores, el soldado Bernal Díaz del Castillo, quien años después escribiría Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, una de las crónicas de Indias más importantes como fuente informativa de los acontecimientos.

Las expediciones de conquistas eran empresas privadas, pero sometidas a la regulación de la corona (hoy podríamos llamarlas APP, alianzas público – privadas, no exentas de conflictos). Alguien tenía que invertir a riesgo y reclutar huestes compuestas por mercenarios ansiosos de obtener un botín. La rentabilidad era el interés del empresario conquistador, pero había que asegurar la parte correspondiente a la monarquía. No era el patriotismo ni la fe religiosa el acicate de las improvisadas tropas, sin embargo, sí había una identidad en torno a la cristiandad y la novel identidad nacional que daba cohesión cultural y sentido de pertenencia. Esto encaja en el modelo de colonización extractivista, pero había otra opción cuyas posibilidades se incentivaban con el paso del tiempo: el modelo feudal, que implicaba el asentamiento y el cultivo de la tierra, abría espacio a la migración femenina y permitía la configuración de municipalidades y unidades políticas mayores. La historiografía tradicional lo planteó como dos etapas, la conquista y la colonización, pero es mejor entenderlo como dos modelos articulados a intereses divergentes. A la postre, la encomienda sería la figura jurídica predominante como expresión del modelo feudal. A todo ello hay que agregarle la esclavitud, aplicada a indígenas y a mano de obra comprada en África por traficantes que luego la vendían en América (ese tráfico empezó antes de 1492 por parte de los portugueses). El modelo de la plantación esclavista fue clave en las Antillas, Brasil y Norteamérica.

La primera expedición a costas mexicanas fue un desastre para los invasores y un éxito defensivo para el pueblo maya. Los españoles manejaban la doble táctica de zanahoria y garrote. Inicialmente tomaban contacto pacífico, si era posible, embaucaban con regalitos y obtenían abastecimiento e información. Pero también hacían lo que denominaban el “requerimiento”, que consistía en una declaración formal para que los indígenas se sometieran voluntariamente al rey de España. Sobra decir que en muchas ocasiones ni siquiera había un traductor, así que los aborígenes no sabían de qué iba todo el asunto. Entonces aplicaban el segundo método: la vía de la violencia. Por el lado de los amerindios el dilema era también entre las dos tácticas, la relación amigable y hospitalaria o atacar a estos extraños. Al principio, incluso, cabía la duda de si estos hombres barbados eran dioses o simples humanos. Y quizás también debieron pensar en las consecuencias, por ejemplo que si atacaban a los invasores estos regresarían con mayores fuerzas y sufrirían algún tipo de retaliación, como en efecto sucedió.

El punto es que en 1517 la primera expedición de tres barcos, encabezada por Francisco Hernández de Córdoba, fue derrotada en Yucatán. Pasando diversas penurias, especialmente por las dificultades para “hacer la aguada” (aprovisionarse de agua dulce), la exploración tocó varios puntos: la isla de Cozumel y luego Cabo Catoche, Campeche, Champotón (los españoles iban poniendo nombres y haciendo rústicas cartografías). En el último lugar hay combate, los invasores sufren 57 bajas, muchos heridos y dos prisioneros. Pudo ser peor para ellos, pero las advertencias y el ritual indígena para iniciar el combate favorecieron la retirada. El propio Hernández sufrió 10 heridas que le causarían finalmente la muerte tras regresar afanosamente a Cuba.

La experiencia deja varias lecciones a los europeos: conocimiento sobre la capacidad militar indígena, la avanzada arquitectura nunca vista en las Antillas, los cultivos, la presencia de oro, el efecto psicológico de arcabuces y ballestas, la diversidad de terrenos, indicios de lo que hay más allá. Ahora saben que la isla de Cozumel es dominable y puede servir como cabeza de playa. También entienden que están ante una civilización más avanzada que la de los taínos de las islas, capaz de construir ciudades con casas de cal y canto y sostenida por una agricultura de mayor escala. Los nativos usan vestimentas de algodón. Sopesan el poder del armamento indígena y de sus defensas, como la armadura de algodón grueso que utilizan (los españoles aprenderán a usarla también). Evalúan sus tácticas. Además, lograron capturar dos indígenas, bautizados Julianillo y Melgarejo, que serán entrenados como lenguas (traductores) para futuras expediciones.

En el primer semestre de 1518 sale la segunda expedición con cinco barcos al mando de Juan de Grijalva, hombre con poca capacidad de liderazgo para ese tipo de empresa. Consolidan la posición insular de Cozumel y recorren el litoral con diversos encuentros pacíficos y pocas escaramuzas, pero sin que los indígenas acepten someterse al rey Carlos. El clásico intercambio de vidrios de colores por oro tiene lugar y el apetito de riqueza de la hueste se va incrementando. Llegan mucho más allá de la península yucateca, a nuevos territorios con selva exuberante y nativos que hablan otro idioma, la lengua náhuatl, que los traductores mayas no manejan. En el sitio que bautizaron San Juan de Ulúa tiene un recibimiento excepcional con regalos y atenciones. Son enviados de Moctezuma, el máximo jefe de los mexicas, el propio “emperador” (Uei Tatloani) azteca, pero los españoles aún no dimensionan la magnitud de la cultura que han contactado, lo que sí tienen claro es que hay riqueza. La táctica de recepción amistosa y con ofrendas lejos de tener efecto disuasivo, tiene un resultado totalmente contraproducente, porque aumenta el apetito de riquezas de los mercenarios, que no venían precisamente a hacer turismo. Por eso el regreso de la expedición a Cuba por orden de Grijalva genera inconformidades y conflictos.

Antes de que Grijalva hubiese regresado, ya Velásquez está planeando una tercera expedición. Es el momento de Hernán Cortés. A pesar de sus difíciles relaciones con Velásquez, consigue con ayuda de amistades cercanas ser designado capitán general de la nueva incursión, que en términos actuales equivale a ser el comandante del pequeño ejército que lograra formar. El 23 de octubre de 1518 recibe sus instrucciones en Santiago de Cuba, las cuales se limitaban a exploración, cartografía, rescate de cristianos prisioneros en la “isla” de Yucatán, toma de posesión de tierras, hacer requerimiento a indígenas y adoctrinarlos en la fe, investigar dónde hay oro y tratar de encontrar el reino de las amazonas. No hay autorizaciones para el rescate y comercio de riquezas ni mucho menos para fundar o poblar. Tales expediciones eran empresas privadas a riesgo, y el propio Velásquez no apoyaría económicamente la aventura. Así que Cortés empieza a organizar los pregones y reclutar su hueste indiana prometiendo riquezas y negociando sus propias reglas del juego. Sale de Santiago y va recorriendo el lado septentrional de la gran antilla integrando su tropa hasta llegar a Puerto Carenas (La Habana actual). Velásquez se arrepiente de la designación y trata de detener la expedición, pero Cortés apresura la partida.

El 10 de febrero de 1519 salen rumbo a Yucatán con 11 naos, cada una con su respectivo capitán. En total van 508 soldados (entre ellos 32 ballesteros y 13 escopeteros), 109 marinos, más de 150 indios taínos en calidad de porteadores, 16 caballos (serían los primeros en tierra firme americana), 10 cañones, 4 falconetes. Buena parte de la infantería llevaría como armadura las defensas de algodón que habían observado que usaban los mayas en las dos incursiones anteriores. Esto muestra flexibilidad, aprendizaje y adaptación por parte de los invasores.

Si examinamos su tropa encontraremos, en orden de más a menos numerosos, andaluces, castellanos-viejos, extremeños, leoneses, gallegos, asturianos y vascos. No hay aragoneses, catalanes ni valencianos, más interesados en el mar Mediterráneo y, en particular, en el sur de Italia. Y Granada está recién reconquistada.

En Cozumel rescatan a Jerónimo de Aguilar que en 1511 había naufragado junto a un pequeño grupo cuando se dirigían del Darién a La Española y una tormenta los arrojó a las costas yucatecas, donde fueron capturados por los nativos. La mayoría murió, pero Jerónimo logró sobrevivir y ahora reforzaba la expedición con un saber valioso, su conocimiento de la lengua maya, convirtiéndose así en traductor (“lengua” se les llamaba a quienes cumplían esta función). Caso distinto fue el Gonzalo Guerrero, otro sobreviviente que se había asimilado a la vida indígena, casándose con la hija de un cacique con la cual tuvo tres hijos, los primeros mestizos mexicanos. De hecho Guerrero terminaría combatiendo del lado de los mayas y moriría en 1536 peleando contra los españoles.

El 12 de marzo llegaron al río de Grijalva (Tabasco), pero a diferencia del año anterior esta vez los españoles son recibidos con hostilidad. Los invasores derrotan a los nativos tabasqueños en la cruenta batalla de Centla. Melchorejo, el lengua indígena capturado en la primera expedición, aprovecha la ocasión y se fuga llevando información valiosa a los mayas. En el museo de América, en Madrid, hay un cuadro sobre este primer combate. Como resultado de su victoria los españoles reciben oro, mantas y 20 indias jóvenes. Una de ellas será una protagonista clave de lo que sigue. Malinali (Malintzin) era su nombre, pero será famosa en la historia como “la Malinche” y bautizada como Doña Marina, su nombre españolizado.

Malinali era bilingüe, hablaba maya y náhuatl, y aunque fue concedida a Portocarrero, muy pronto Cortés valorará su inteligencia y habilidad, así que sacará a Portocarrero del juego y se quedará con ella durante algunos años. Según Gutiérrez Contreras había sido vendida como esclava por su padrastro en la zona del río Coatzacoalcos. Ella estaría presente en momentos claves, yendo más allá de la mera función de traducción. Tendría un hijo “bastardo” del conquistador, bautizado Martín Cortés, para quien su padre consiguió la “legitimación” como “blanco” mediante bula papal y hasta llegaría a ser caballero de la Orden de Santiago. No hay que romantizar la relación íntima entre Cortés y la Malinche, probablemente ambos se instrumentalizaron mutuamente para sus respectivos fines (caso parecido fue la india Catalina en el Caribe colombiano).

La flota sigue por el litoral hasta llegar a San Juan de Ulúa, en tierras aztecas, el jueves santo. Mientras en Francia Leonardo da Vinci dicta su testamento y agoniza, falleciendo el 2 de mayo de 1519, en México Hernán Cortés inicia su “juego de ajedrez” con Moctezuma Xocotzin, máximo jerarca de estas tierras. El Uei Tatloani envía una embajada liderada por dos caciques, Cuitlalpitoc (Pitalpitoque) y Tehutile, y se inician así los contactos entre las dos fuerzas, un primer round de estudio. La Malinche traduce del náhuatl al maya y Aguilar de éste al castellano. Cortés hace una demostración pacífica de poder con caballos y artillería para causar impresión en los enviados y expresa su deseo de entrevistarse con Moctezuma, lo que por un lado es considerado un atrevimiento por los mexicas y por el otro lo pone en la ruta de la extralimitación de competencias y la consiguiente insubordinación contra Velásquez. Al recibir el informe en Tenochtitlan, el jefe azteca comete su primer gran error. Envía de nuevo a Tehutile con 100 cargadores que portan oro, piedras preciosas, plumas, mantas y dos grandes ruedas (un calendario y otra de contenido astral) que maravillan a los castellanos. El resultado, por supuesto, es lo contrario de lo que espera Moctezuma, quien no parece concebir el grado de codicia de los extraños barbudos.

Aquí conviene analizar un poco el pensamiento mágico-religioso de ambos bandos, coincidentes en un dualismo ontológico. Los invasores buscaban riquezas mundanas, pero al mismo tiempo estaban infundidos de fe en un respaldo divino para la sagrada misión de extender el cristianismo y convertir infieles. Por eso siempre llevaban un capellán y solían interpretar fenómenos naturales como señales sobrenaturales a favor de su misión, por ejemplo en las batallas se aparecía el apóstol Santiago. Comparaban constantemente a los indígenas y sus ciudades y monumentos con los equivalentes de la cultura árabe islámica. Creían también en mitos no cristianos que abundaban en la Edad Media europea: el Preste Juan (supuesto rey cristiano en Asia oriental), el reino de las amazonas, los cinocéfalos (hombres cabeza de perro), las sirenas, los gigantes, los grifos, los hombres orejones, la fuente de la eterna juventud, etc. Y otro tipo de ficciones propias de la realidad intersubjetiva o realidad de segundo orden, como la “gloria” y la “honra” (hoy creemos en la “imagen” y la “hoja de vida”). Para los aztecas el asunto es muy diferente. El mito del regreso de Quetzalcoatl, quien había partido precisamente desde ese litoral al cual llegaron los europeos, juega a favor de los españoles, pues parece estarse cumpliendo la profecía. Los enviados de Moctezuma buscan precisamente averiguar si estos seres extraños son dioses o enviados de los dioses (teules). El regreso de Quetzalcoatl está asociado al fin de un ciclo en un año uno de Acatl (caña). Espacio y tiempo profetizados en la creencia de antiguo origen tolteca coinciden con la llegada de los europeos. Si esta tesis es cierta, explicaría en parte los errores estratégicos y tácticos de Moctezuma, y significaría que los invasores contaron con una buena dosis de suerte. El azar les facilitó la empresa.

Visto desde hoy, los homininos a ambos lados del charco aún están enmarcados en un pensamiento mágico. No hay un “logos” del viejo mundo en la conquista del nuevo mundo. Pero sí hay en la cosmovisión europea una superioridad de escala. En este mismo año de 1519 que aquí analizamos, en septiembre 20, parte la expedición del portugués Fernando de Magallanes al servicio de España que atravesará el Océano Pacífico (así nominado por ellos precisamente) y tras mil vicisitudes, incluida la muerte de Magallanes, uno de sus barcos bajo el mando de Juan Elcano, logrará la hazaña pionera de circunnavegar el globo terráqueo. Esta superior cosmovisión le permitía a Cortés tener una noción más exacta de lo que estaba sucediendo en el campo de batalla mesoamericano, mientras que Moctezuma nunca pudo visualizar el paisaje político-militar en medio de la humareda mítica que lo envolvía y la limitada integración comunicativa de los pobladores de un continente extendido en latitud de polo a polo.

El denominado imperio azteca es una unidad política relativamente reciente que aún no había alcanzado a consolidarse y enfrentaba múltiples conflictos en el territorio. Itzcóatl fue el Uei Tlatoani que sentó los fundamentos de la organización social y económica de los mexicas en la misma época en que Portugal, regido por Enrique el navegante, iniciaba desde Sagres la exploración de la costa occidental africana. El sucesor fue Moctezuma Ilhuicamina (1440-1469 en calendario europeo), gran constructor de templos. Luego Axayácatl (1469-1481) expandió el poder azteca por el valle de Toluca. Ahuizotl (1486-1502) conquistó zonas huastecas y el valle de Oaxaca. Y en 1502 Moctezuma II Xocoyotzin alcanza el poder. Al igual que España estaban en proceso de expansión para la época en que chocan los dos estados.

Cortés se va empapando de la realidad local y durante los siguientes cuatro meses, va a lograr victorias políticas en dos frentes. Por un lado, estableciendo una alianza con los totonacas de Cempoala que eran tributarios de los aztecas y engañando a unos y otros en un astuto manejo político. Y por el otro, derrotando a los velasquistas dentro de sus propias fuerzas, mediante una jugada magistral jurídico-política, que a veces es denominada la “revolución de Veracruz”. Cortés funda Veracruz, y por vez primera en la historia del nuevo mundo invoca el derecho ordinario para rebelarse a la autoridad de Velásquez, pero cuidándose de poner a su favor un argumento legal ante la corona. Resigna sus poderes ante la hueste constituida en cabildo para inmediatamente ser elegido como capitán general y justicia mayor. Designa autoridades en la nueva ciudad con escribano y testigos. La empresa privada ahora se convierte en una agenda con objetivos públicos. Comunidad y monarquía son la fuente jurídica de su nueva autoridad, o al menos tal es su alegato que es enviado a España en la forma de una carta de relación del cabildo de Veracruz.

En agosto, Cortés está listo para empezar la marcha sobre Tenochtitlan, pero antes debe cortar cualquier posibilidad de comunicación con Cuba de la fuerza que debe quedarse en Veracruz. Es entonces cuando Cortés procede a la acción más audaz que le dará fama hasta convertirlo en personaje legendario, odiado y admirado por siglos: la quema de las naves. Todo indica que nunca fueron incendiadas, pero si inutilizadas, barrenándolas y encallándolas. Esta decisión se convertirá en símbolo de coraje e irreversibilidad.

El 16 de agosto de 1519 Hernán Cortés se lanza a la campaña definitiva. En los meses siguientes derrotará a los tlaxcaltecas y los convertirá en aliados, luego masacrará a los cholultecas, entrará a Tenochtitlán, capturará a Moctezuma, humillará a los aztecas y vencerá a una fuerza superior española enviada por Velásquez a Veracruz. Pero también tendrá su “noche triste”. Esta asombrosa campaña será narrada de manera sucinta en la segunda parte de este escrito.