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jueves, agosto 19, 2021

El infinito en un junco: reseña


 

"En aquel entonces, Oriente era el foco de la civilización, bien iluminado por la historia; y Occidente el territorio oscuro y salvaje donde vivían los bárbaros" (p. 34)

"Se esconde aquí una atractiva paradoja: que todos podamos amar el pasado es un hecho profundamente revolucionario" (p. 69) 


En esta entrada presento una breve reseña al libro de la filóloga española Irene Vallejo Moreu, titulado El infinito en un junco, publicado inicialmente por Ediciones Siruela en 2019 y ahora en 2021, en Colombia, por Penguin Random House Grupo Editorial, colección Debolsillo.  La edición es perfecta, pues no encontré un sólo error tipográfico.

Más abajo incluyo la columna que publiqué en El Unicornio el 16 de agosto, pero antes quiero hacer unos comentarios adicionales.

En estos tiempos la Historia se encuentra bajo ataque, el revisionismo cunde impulsado por ideologías con fines políticos.  Ese ataque proviene tanto de la derecha como desde la izquierda.  En el caso de la izquierda post-marxista hay una influencia posmoderna (léase antimoderna) que se refleja en enfoques identitarios y victimistas sectarios que caen en anacronismos y moralismos maniqueos.  De acuerdo con el posmodernismo (antimodernismo) la objetividad es despreciada y la subjetividad es reivindicada, de tal modo que no hay verdad histórica sino verdades propias de cada sujeto social.  Bajo esta óptica la historia como ciencia resulta imposible, la historiografía es reemplazada por unas supuestas "memorias", que en realidad no son más que inventos acomodados para contarle a un público específico lo que quiere oir.  Para justificar ese proceder se dice que se trata de revisar la "historia oficial" de los poderes dominantes integrados por viejos varones blancos, occidentales y heterosexuales (falacia Ad Hominem, falacia genética).  Pero en realidad se desconoce el trabajo historiográfico serio realizado por escuelas marxistas, de los annales  y otras corrientes, que no son "oficiales" ni sirvientes de las élites.  En esa misma línea de ataque antimoderna se despliega una diatriba permanente contra la cultura occidental, so pretexto de criticar el eurocentrismo.  Pero botan el niño con el agua sucia de la bañera, desconociendo todo lo maravilloso que hay en una cultura tan inmensa, plural, cambiante y autocrítica.

Pues bien, el libro de Irene Vallejo reivindica la historiografía y la objetividad, a pesar de que reconoce sus limitaciones y que se alínea con un liberalismo políticamente correcto, pero lo hace con ecuanimidad y plausibilidad, sin lloriqueos victimistas.  Está implícito en el texto que los valores morales y la cultura política son contextuales, no transhistóricos.  Sin perder de vista los defectos ni la visión crítica, la autora logra un emocionado canto a Europa y a Occidente a través de una sus más asombrosas creaciones tecnológicas y culturales: el libro.  Una Europa clásica que, desde luego, hunde sus raíces en África y Asia.  Irene es una enamorada de los libros, escribe con pasión, se involucra biográficamente en la narración, pero al mismo tiempo ejerce con profesionalismo su saber técnico-científico, un equilibrio nada fácil de alcanzar.  Ella pone en juego su talento literario, deja las entrañas en sus letras, y al final logra un producto vital y conmovedor, pero a la vez serio y bien fundamentado.  No todo lo que escribe y recrea del pasado está basado en la evidencia, pero cuando eso sucede es porque no hay evidencia disponible y la autora se permite una licencia literaria transparente, con la advertencia explícita al lector.  Es una obra honesta.  Un homenaje a nuestros antepasados y su legado.   

Gazapillos.  En p. 290 dice que "hace 300.000 años nuestros antepasados domesticaron el fuego", pero esa hazaña es muy anterior, incluso anterior al Homo Sapiens.  También dice allí mismo que "hace unos 100.000 años la especie humana conquistó la palabra", lo cual no es propiamente un gazapo, pero sí algo que se debe decir reconociendo la incertidumbre al respecto, con más énfasis que el "unos".

En p. 370, al hablar de los cánones, hace referencia a "nuestro metro de platino iridiado".  Esa expresión, que por cierto es el título de una obra literaria española, debe hacer referencia al patrón del metro como unidad de medida y componente principal del sistema métrico decimal.  Sin embargo, ese patrón basado en una barra de platino e iridio se usó entre 1889 y 1960.  Hace más de 60 años que no se usa.

En p. 269 hay una referencia a Einstein y Bohr como emigrantes a América. Pero en realidad Bohr sólo estuvo un par de años en EEUU y no ejemplifica lo que la autora quiere decir.

Columna en El Unicornio (agosto 16 de 2021):

Del junco al infinito

Por Jorge Senior

Por estos días se celebra uno de los eventos culturales más importantes del año en Colombia, la Feria Internacional del Libro, con más de 400 invitados en cerca de 600 actividades, la gran mayoría virtuales dadas las pandémicas circunstancias.  El país invitado este año es Suecia, sobre cuya literatura tengo todo por aprender.  Entre los invitados hay algunos del campo de la ciencia y la filosofía, como el matemático de Oxford Marcus du Sautoy, el filósofo de Harvard Michael Sandel y el bioperiodista David Quammen, cuyo libro Contagio de 2012 anticipó la emergencia sanitaria que hoy vive el mundo. De Sandel tengo en lista de espera La tiranía del mérito, una crítica a la meritocracia.  De Colombia destaco a la escritora Pilar Quintana, autora de La perra, y el periodista científico Pablo Correa que hace un tiempo publicó la biografía de Rodolfo Llinás.  No puedo dejar de mencionar a un invitado sui generis, mi amigo Jairo Rubio, protagonista principal de El Karina, uno de los mejores libros del recientemente fallecido Germán Castro Caycedo, decano del periodismo colombiano.

Los nombres mencionados apenas reflejan mi sesgo personal y no hacen honor a la variedad de nacionalidades y géneros literarios presentes en la Feria.  Pero en la primera línea de invitados sobresale una joven autora española, que de manera magistral es capaz de integrar en su obra la ciencia, el arte, la filosofía, la literatura y la historia.  La inacabable combinación de las letras del alfabeto y una planta acuática de las orillas del río Nilo, el papiro, da origen al título de un libro que bien puede aspirar a ser considerado una obra maestra: El infinito en un junco.  Irene Vallejo es el nombre de su autora, una filóloga clásica nativa de la tierra de Santiago Ramón y Cajal, Zaragoza, helada encrucijada de caminos.  Hasta hace poco, Vallejo era prácticamente desconocida fuera de España y ahora su obra premiada está siendo traducida a más de 30 idiomas. 

Leer las 400 páginas de su texto es un auténtico placer.  En ellas recorremos la historia antigua de un invento genial: el libro.  El infinito en un junco es un libro sobre el libro.  Y no sólo eso: es una historia de la escritura y la lectura, de sus sucesivos soportes materiales, de la educación, de su contexto cultural y político en los orígenes mismos de la civilización occidental.  Está dividido en 135 breves capítulos que se leen como viñetas llenas de emociones y sorpresas, 87 dedicados a los griegos y 48 a los romanos.  Y en cada capítulo se cuentan una o varias historias de modo que al final hay tantas narraciones como páginas, cada una iluminando un fragmento de la condición humana en una prosa poética que evoca y estremece, deleita y conmueve. 

Y es que esta obra es muchas cosas a la vez.

Es un trabajo de investigación histórica que refleja un esfuerzo metódico de muchos años en Oxford, Florencia, Alejandría -entre otros lugares- husmeando en fuente primarias con dominio del griego y el latín de los tiempos antiguos o haciendo un barrido sistemático en fuentes secundarias, para obtener una visión de conjunto del objeto de estudio que abarca casi mil quinientos años desde Homero o incluso antes, hasta la caída del Imperio Romano.  La magia de la autora es que un trabajo erudito se convierte en una lectura agradable, sencilla y accesible para una amplísima gama de lectores. No hay interrupciones de notas a pie de página, ni referencias bibliográficas que vuelvan la lectura farragosa, pero al final del libro hay 27 páginas de notas por capítulos y 9 páginas de bibliografía que muestran el fundamento de la exposición.

Es también un entretenido paseo narrativo por Mesopotamia, Egipto, Fenicia, Grecia clásica, la magna aventura bélica de Alejandro y la época helenística subsiguiente con Alejandría como epicentro, para luego acompañar a los conquistadores romanos, que en vez de arrasar con la cultura de los conquistados, la elevaron en un pedestal, la admiraron e imitaron y en algún momento también le dieron su propio toque original. 

Es una historia de la técnica, de la escritura en primer lugar, cuneiforme o jeroglífica.  Del gran invento fenicio: el alfabeto. De los soportes materiales: la piedra, la madera, la arcilla, el papiro, el pergamino, la tablilla encerada. Es historia de los formatos, el rollo, el códice, la encuadernación. De las formas de leer hasta que apareció la insólita lectura silenciosa. De la escuela y la educación.

La escritura empezó con inventarios, órdenes y leyes, pero luego aparece la narración y con ella los géneros literarios, de la poesía, la epopeya y la lírica, a la prosa, la historia y la fábula. Y detrás de los autores aparecen los copistas, los amanuenses, los esclavos lectores, las bibliotecas y los bibliotecarios, las librerías y los libreros. 

A lo largo del hilo narrativo la autora introduce comparaciones entre el pasado antiguo y nuestro presente, va y viene, contrasta diferencias, subraya inesperados parecidos, sugiere analogías, logrando eludir el sesgo del presentismo y evitando caer en anacronismos.  En ese juego creativo enriquece el relato conectando lo antiguo con literatura moderna o películas actuales -familiares al lector- o a veces nos confiesa intimidades de su propia vida, pero siempre con los libros como protagonistas.

Finalmente la obra es un ensayo, riguroso pero personal, no un texto académico.  Por ello no extraña el tono de corrección política, sin estridencias ni exageraciones.  Igualdad, libertad, paz y democracia, son valores que orientan la visión subjetiva que nos propone Irene Vallejo en su diálogo con el pasado objetivo.  Desde mi óptica lamento que América Latina esté bastante ausente en el escrito a pesar de que Jorge Luis Borges y César Vallejo aparecen como cerros tutelares.  Imperdonable, eso sí, que en un capítulo sobre listas famosas en la literatura no contemple el increíble testamento de la Mamá Grande.    

@jsenior2020


martes, julio 13, 2021

Sólo el conocimiento salva

Quítate las gafas románticas


 

Me gusta ver video-clips de animales en su hábitat, se aprende mucho con ellos.  En esa materia hemos dado un salto cualitativo en los últimos años, tanto en producción de videos como en su fácil y masiva distribución en las redes sociales, especialmente Instagram.

Estas imágenes nos muestran la realidad salvaje como es: implacable, cruel, sin compasión, donde el sufrimiento, la dolorosa agonía y la muerte terrible son la ley.  En muchos casos la presa es comida viva. No son tan extraños los casos de animales herbívoros devorando otros animales.  La terrible muerte de los predadores cuando el envejecimiento hace sus estragos nos recuerda que el sufrimiento no es exclusividad de los débiles. No faltan los casos de "canibalismo" y de "infanticidios" (en carnívoros y en herbívoros).

Pues bien, los comentarios del público a estas imágenes son un muestrario de la mentalidad predominante.  Como dice Mauricio García Villegas al referirse a la indignación virtuosa, hoy de moda: “nuestra psiquis se acomoda mejor al oficio del sacerdote que al del científico”.  En efecto, tales comentarios están llenos de moralismo, maniqueísmo, proyección antropomórfica (atribuirles a los animales no humanos características humanas).  

El público casi siempre toma partido a favor de la presa (victimismo). Se alegra cuando escapa.  Y sufre empáticamente cuando la presa sufre.  Le reclaman con indignación al filmador que no intervenga como salvador.  Las simpatías están cargadas a favor de los mamíferos y algunos reptiles inofensivos. Los insectos los dejan más o menos indiferentes. Las serpientes suelen ser aborrecidas.  Casi me atrevo a proponer una hipótesis: “a menor distancia genética con la presa, mayor simpatía”.

Estas imágenes son muy educativas, pues chocan de frente con las visiones románticas de "la naturaleza apacible", una especie de paraíso terrenal creado por un dios bondadoso donde las criaturas viven en armonía. Algo así como la "isla del Edén“ en la tira cómica de El Fantasma, “el duende que camina” (una vieja tira cómica que no era cómica sino de aventuras y salía en El Tiempo los domingos).  La realidad del orden natural es todo lo contrario, la vida silvestre es el reino de la muerte, donde impera el intenso sufrimiento de los "inocentes", el martirio permanente de las "criaturas de Dios".  

No hay justicia en la naturaleza. No tiene por qué haberla, pues no hay" buenos" ni "malos". Pero el moralismo proyecta a la naturaleza la moral humana y si la persona es capaz de asomarse a esta realidad, se estrella contra la amoralidad del mundo objetivo.

No es difícil entender que si la especie humana estuvo sometida a los peligros de las fieras y las serpientes durante la mayor parte de su historia, ese miedo perviva en nosotros, aunque hoy no se justifique racionalmente.  El miedo es desagradable, por tanto el cerebro se las amaña para construir una visión romántica, dulcificada, del mundo natural.  Llevamos incorporadas unas “gafas rosadas”, enraizadas emocionalmente, que cuesta quitarse.    

Estamos llenos de sesgos psicológicos, las gafas románticas son apenas un ejemplo entre muchos. Eliminarlos, minimizarlos o aprender a estar alerta frente a ellos es necesario para entender la realidad.  Tal eliminación o manejo consciente es el objetivo del entrenamiento en pensamiento crítico. 

Con el estudio de la historia de la sociedad humana pasa algo similar. Nos cuesta quitarnos las gafas. Y la miramos desde el presente proyectando juicios morales apasionados.  Examinamos el pasado de manera anacrónica y maniqueísta, entonces juzgamos a los personajes históricos con los valores morales de hoy y a veces hasta con el orden jurídico actual.  Y salimos a vengarnos  insuflados de rabia y odio contra el mármol y el bronce en medio de una borrachera simbólica.

Las telenovelas turcas están de moda, como antes las mexicanas, venezolanas o nuestras propias producciones colombianas.  El melodrama siempre ha tenido éxito, con sus malos malos y sus buenos buenos, a pesar de ser una simple y tonta caricatura de las interacciones humanas, pues logra mover nuestras pasiones primarias.  El buen cine y la buena literatura se alejan de esa simpleza para poder profundizar en la complejidad de la condición humana.  La buena historiografía también, nada de leyendas blancas, rosadas o negras.  Al igual que en etología -ciencia de la conducta animal- en historia también tienes que quitarte las gafas románticas si quieres conocer la realidad.

Somos el producto del pasado que existió y que no podemos cambiar ni acomodar a nuestros valores actuales.  Reconocer el pasado es reconocernos a nosotros mismos, sin ínfulas de supremacía moral.

Nos cegamos al sufrimiento animal para crear un paisaje salvaje pero idílico.  Acomodamos la historia con relatos míticos en blanco y negro, leyendas ideológicas disfrazadas de “memoria colectiva”.  Antropomorfizamos los fenómenos naturales inventando dioses del trueno, de la lluvia, de la “madre Tierra”.  Humanizamos hasta el cosmos y nos creemos que los planetas y las estrellas giran en torno nuestro, o como suele decirse ahora, graciosamente, “el universo conspira a nuestro favor”.  Nos negamos a crecer, sumergidos en la ficción.  Deseamos permanecer por siempre en ese estado infantil, como Peter Pan, viviendo en el mundo encantado.

Blas Pascal era creyente, pero alguna vez reconoció la indiferencia absoluta del universo cuando expresó, “el silencio de los espacios infinitos me aterra”.  No lo superó, prefirió domesticar el miedo con una ingeniosa apuesta.  En el siglo XXI, huérfanos de dioses y enfrentados a la catástrofe climática, el infantilismo resulta suicida y el negacionismo es irresponsable con las futuras generaciones.  A estas alturas de la aventura humana no tenemos más alternativa que apostar a las ciencias, quitarnos todas las gafas y asumir la mayoría de edad: sólo el conocimiento salva.

@jsenior2020


Pensamiento de un sector juvenil en Barranquilla 2021



DEBATE SOBRE COLÓN Y EL PATRIMONIO CULTURAL 

Discusión sobre la destrucción de la estatua de Colón en Barranquilla hace un par de semanas.


Para lectores que no conozcan a Barranquilla: ésta es una ciudad puerto, moderna, de un millón y medio de habitantes y un área metropolitana conurbada.  No fue fundada por conquistadores, sino por el pueblo mestizo, criollo.  Es reconocida en la historia como "sitio de libres" en contraste con ciudades coloniales como Cartagena y Santa Marta.  No hubo aquí una élite esclavista o aristocrática ligada a la tierra sino una élite de comerciantes e industriales, irrigada por una inmigración cosmopolita, como la colonia italiana que donó la estatua en 1892.  Esta ciudad es un crisol de mestizaje, no es ciudad de etnias o conflictos étnicos, aunque no me cabe duda de que hay racismo supérstite disimulado.

Este evento se realizó aproximadamente una semana después de los hechos y en el lugar de los hechos.  Asistieron unas 60 personas, la mayoría jóvenes menores de 25 años.  Yo participé como invitado para sustentar la posición crítica al hecho destructivo y simbólico, como parte de un panel integrado también por otras tres personas. Sumando las intervenciones del público hubo en total unas 15 personas exponiendo opiniones durante dos horas (mis intervenciones sumarían quizás unos 20 minutos).  La deliberación fue respetuosa, sin abucheos ni comités de aplausos.

Mi objetivo fue escuchar de viva voz el pensamiento de estos jóvenes activistas y expresar ideas críticas externas al discurso decolonial que tiende a predominar en algunos sectores como éste.  En este escrito me concentro en lo que ellos dijeron, no en mis tesis.  Hago una síntesis en 27 puntos de las intervenciones individuales que escuché, lo que no significa que todos estuvieran de acuerdo con todo.  No se puede asegurar que haya unanimidad total entre ellos, pero sí hay en términos generales sintonía con un discurso que se puede caracterizar como decolonial, indigenista o afín.  Esta cuasi-unanimidad se evidencia en que prácticamente no hubo debate entre ellos sino con las tesis que logré sustentar brevemente.  No peco de inmodestia al decir que si yo no hubiese asistido el evento habría sido un monólogo.  Esto es así porque el grupo organizador me invitó precisamente por eso, ya que esta discusión presencial fue precedida por el debate en redes y yo acepté el reto del debate presencial.  

Suele suceder que los académicos no se atreven a salir de su torre de marfil y asumir el debate político, a pesar de que las ideas que circulan en las universidades, especialmente en facultades de sociales o humanidades, están profundamente imbricadas con la dinámica política de la sociedad.  Por mi parte, pienso lo contrario de los académicos acomodados, las ideas deben salir a la calle, al ágora de la polis, para decirlo en un lenguaje pseudoerudito que place a los académicos.  Eso es producto de mi historia de vida que ha sido precisamente antiacadémica, aunque irónicamente me encuentre vinculado laboralmente a este sector durante los últimos tiempos.      


SÍNTESIS DE PENSAMIENTOS EXPRESADOS

Los siguientes son los puntos de vista o intentos argumentativos expresados por integrantes del sector juvenil que está de acuerdo con la acción realizada.    

1.       El valor artístico y estético de la estatua es despreciable y además obedece a una estética nazi

2.      Se puede criticar a Char por abandono al patrimonio cultural de la ciudad y al mismo tiempo atentar contra ese patrimonio

3.       El notorio contraste entre Barranquilla y Popayán es irrelevante (maximalismo)

4.    La diferencia entre la historia de la estatua de Belalcázar en Popayán y la historia de la estatua de Colón en Barranquilla es irrelevante  (maximalismo)

5.       El relato de ciudad pionera, moderna y cosmopolita no cala, no tiene mayor aceptación

6.       La memoria urbana no parece ser importante para ellos

7.       A mayor lejanía en el tiempo y en el espacio se les hace más importante la historia (la de hace 500 en el continente es más importante que la de hace 200 en el país y mucho más que la de hace 100 en la localidad)

8.       El sentido de pertenencia con la ciudad lo percibo en un nivel muy bajo (sería interesante verificar procedencia de los jóvenes, sus padres y abuelos, buscarle explicación al fenómeno)

9.        La acción tiene como motivo alegado expresar solidaridad con indígenas como un "acto simbólico de reparación"

10.   El accionar de los jóvenes Misak es asumido como representativo de más de 80 etnias indígenas que hay en Colombia

11.   Un grupo de un centenar de jóvenes activistas sí es representativo de la ciudad, es democracia en las calles, no se necesitaba consulta previa (vanguardismo) (la ausencia del comunicado explicativo fue un fallo circunstancial dicen)

12.   Es válido igualarse al oponente, por ejemplo responder a la antidemocracia del gobierno con la antidemocracia de los activistas (toma de decisiones sin consultar a la ciudadanía)

13.   Aceptación de la estatua durante 130 años no cuenta, tampoco el respeto a la colonia italiana

14.   Creen que la acción no genera rechazo, no perjudica la valoración del Paro por la opinión pública y no beneficia a la derecha políticamente  (metidos en su burbuja)

15.   La dimensión histórica de Colón es un asunto irrelevante (el navegante explorador no les interesa ni el impacto histórico multidimensional)

16.   Creen que la leyenda rosa es aún hegemónica y por tanto hay que confrontarla (verbos muy usados: visibilizar, resignificar) (¿qué historiografía leen?)  (falacia espantapájaro o punching bag)

17.   La historiografía marxista, la de la escuela de los anales, la "Nueva Historia" en Colombia y en general la historiografía seria les resulta desconocida al parecer

18.   Eludieron la crítica a la idealización de los indígenas (los comportamientos anteriores a la llegada de europeos que son moralmente criticables desde la moral actual; las alianzas de indígenas con europeos en contra de sus opresores también indígenas, las acciones indígenas durante la guerra)

19.   Los hechos históricos son falseados en dirección a una leyenda negra hiperexagerada (un ejemplo es el desconocimiento del papel de los gérmenes como causante de la mayor parte de la mortandad; otro desfase es atribuirle a Colón eventuales hechos posteriores a su muerte en 1506)

20.   La conquista no es vista como una guerra geopolítica con todas sus complejidades sino simplemente como genocidio y robo unilateral: la visión ético-jurídica anacrónica y maniqueísta opaca todo análisis político – militar o de procesos socioeconómicos.  La moral individual de Colón (u otros protagonistas) es sometida a un juicio extemporáneo con la moral de hoy y los conceptos jurídicos de hoy.

21.   El llamado a una visión histórica como procesos sociales objetivos, sin anacronismos, moralismos o maniqueísmos, es simplemente desatendido (queda la duda sobre la enseñanza de la historia en colegios y por tanto en la formación de maestros de historia o sociales en Uniatlántico)

22.   No encuentran falacia alguna en una analogía entre Colón y los indígenas con el caso de Hitler y los judíos

23.   La idea de un “nosotros” indigenista desconoce el mestizaje, la ascendencia española, las inmigraciones e historias de 500 años; es como si “nosotros” fuésemos los indígenas de 1500 (error que también le he escuchado a la divulgadora Diana Uribe)

24.   Se minimiza la importancia de la independencia de España hasta un valor casi nulo

25.   Frente a los héroes de la independencia Bolívar aún es valorado (por ahora se salva), no así Santander y Nariño (el antisantanderismo en Colombia es viejo, pero ¿y Nariño?)

26.   La idea de progreso como un valor no cala, no es apreciada, no cuenta

27.   La memoria (subjetiva) es enfrentada y preferida a la historia (objetiva) y es extendida más allá de cualquier memoria humana.  De hecho es aplicada 5 siglos en el pasado (nuevamente el tema de visibilizar y resignificar)


Como referencia he aquí un resumen de mis argumentos en seis puntos:

1.       Defiendo la cultura y el arte sin censura.

2.       Defiendo la memoria histórica, colectiva y urbana de Barranquilla.

3.       Defiendo la toma democrática de decisiones en la comunidad (ciudad en este caso).

4.       No apoyo acciones que pudieran ser aprovechadas por la derecha para desacreditar el Paro ante la opinión pública o en la perspectiva electoral de 2022.

5.       Estoy en desacuerdo con la manipulación ideológica del pasado, sea leyenda rosa, blanca o negra; frente a ello defiendo la historiografía científica.  En este punto ubicado en las ciencias sociales rechazo el maniqueísmo, el moralismo y el anacronismo como formas de aproximación a la historia.

6.       En el campo filosófico soy crítico del posmodernismo y sus derivados, mientras que defiendo la filosofía científica.  Este punto es pertinente porque sostengo que el posmodernismo está detrás del pensamiento decolonial y éste, como ya dije, está en el meollo del discurso que defiende la acción que se debate.  (Esta tesis no se pudo desarrollar). Esta crítica es ontológica (contra el idealismo) y es epistemológica (contra el subjetivismo, el ultrarrelativismo y el irracionalismo).

 

 ¿Quedaría la semilla de algunas inquietudes y cuestionamientos?

 

El Búho, julio de 2021

viernes, julio 02, 2021

La guerra de estatuas y la izquierda mítica: caso Barranquilla



Autor: Jorge Senior

Antecedentes

Hace pocos días en la ciudad de Barranquilla, Colombia, un grupo de muchachos (creo que no había chicas o al menos no las ví en los videos), quizás un centenar, derribaron y destrozaron la estatua de Cristóbal Colón que la colonia italiana había donado a la ciudad en 1892 con motivo del cuarto centenario de una fecha que partió en dos la historia de la humanidad, como explicamos en otra entrada de este blog (enlace).  Era una obra artística realizada en mármol de carrara, algo para nada usual, tal vez único, en la ciudad. 

Para los que no conozcan a Barranquilla, resulta pertinente recordar que esta ciudad - puerto no fue fundada por conquistador alguno, sino por el pueblo mestizo, criollo, y orgullosamente se ha considerado  como un “sitio de libres”, en contraste con Cartagena y Santa Marta. Es también una ciudad de inmigrantes, abierta al mundo y como decía el filósofo Rubén Jaramillo Vélez, a comienzos del siglo XX Barranquilla era una urbe cosmopolita cuando Bogotá era todavía una aldea grande con un pueblo andino y provinciano, a pesar de ser la capital.

Pues bien, el acto destructivo sucedió en el marco de un “Paro Nacional” que no ha sido paro, pero sí un estallido social de gran magnitud durante dos meses, desde el 28 de abril (coincidente con el aniversario de Jaime Bateman Cayón).  En el contexto del Paro, que ha tenido favorabilidad de más del 80% de la ciudadanía según encuestas en mayo, ha habido todo tipo de manifestaciones, incluyendo las vías de hecho, como por ejemplo los bloqueos, pero estas modalidades de lucha han tenido menor favorabilidad de la opinión.  La represión brutal de la policía orientada por el gobierno uribista de Duque ha dejado más de 80 muertos, todos jovencitos de barriadas populares.  Además hay que decir que la mayoría de estas víctimas han ocurrido en Cali y Bogotá, dos ciudades gobernadas por el partido Alianza Verde, que se dice alternativo.

Desde mi perspectiva de izquierda mi posición sobre el acto es de rechazo, en este caso concreto.  De la misma manera que rechazo el derribamiento de estatuas de Bolívar, Santander y Nariño en el sur del país, la zona en que los indígenas se pusieron del lado de los españoles durante la guerra de independencia, señal de que aún puede haber allí una perspectiva bien diferente a la de las mayorías populares de Colombia.  Desde que los españoles invadieron tuvieron a numerosos pueblos indígenas de aliados, lo cual fue clave para que pudieran derrotar a los imperios y cacicazgos opresores de esos pueblos. La guerra de conquista fue también una guerra de indígenas contra indígenas, algo que muchos parecen olvidar.   

También hubo derribamiento de 9 estatuas de conquistadores y políticos, ninguno de gran valía, actos con los cuales me quedaría más fácil simpatizar.  Debe quedar claro que yo no tengo una posición de principio contra las vías de hecho, todo lo contrario, considero que, desafortunadamente, muchas veces son absolutamente necesarias en las luchas populares.  Es el mismo criterio de la legítima defensa, extendido a la contraofensiva.  Pero las vías de hecho mal manejadas pueden llevar al descrédito del Paro, que por su prolongada duración ya está sufriendo el desgaste natural de este tipo de procesos.  Y eso puede ser favorable a la derecha que aprovecha para ofrecer mano dura y seguridad.  Tenemos unas elecciones claves en 2022 donde por primera vez un candidato de izquierda luce como favorito, por tanto un criterio de análisis imprescindible es evaluar los efectos políticos en la opinión pública generados por las actuaciones más mediáticas que se producen en el contexto del Paro.  La idea es no favorecer a la derecha con acciones que generan repudio.

El acto de tumbar la estatua en Barranquilla no fue masivo ni una acción de un grupo étnico.  Más bien luce como un operativo aislado, imitativo, sin siquiera un comunicado explicativo y pedagógico, en una ciudad donde la dinámica del Paro ha sido muy diferente a Cali (por ejemplo unas pedreas relacionadas con partidos de fútbol).  El acto tuvo un contenido político, equivocado, pero sin duda es hecho político, no es vandalismo lumpen como lo califican erróneamente algunos.

Lo que me parece interesante y oportuno del operativo de Barranquilla es que ha generado un debate en algunos sectores de izquierda divididos en torno al hecho (curiosamente, hasta ahora, no he visto en los chats donde predominan los uribistas u otras visiones tradicionales una reacción escandalizada, sino que lo ven como otro “acto vandálico” más).  En mi concepto este debate es interesante porque permite realizar en caliente una discusión sobre la crisis teórica de la izquierda, algo que los sectores de izquierda permanentemente eluden, quizás porque el antiuribismo nos une a gran escala y el mal llamado “petrismo” a menor escala y porque la izquierda es cada vez más electorera (con mayor razón ahora cuando hay posibilidades de triunfo, al menos en el ejecutivo).

 

E L   D E B A T E

En realidad hay tres debates en uno.  El primero sobre la estatua, el segundo sobre el personaje Cristóbal Colón y el tercero, el debate sobre la izquierda mítica y su manera posmodernista y demagógica de tramitar el pasado.


La estatua:

El ataque a un monumento cualquiera en el espacio público nos plantea dos temas: uno sobre el valor artístico de la obra y otro sobre la historia específica de ese ejemplar de amoblamiento urbano, es decir, cómo se tomó la decisión sobre el monumento y todo lo que rodea esa iniciativa.

Sobre el valor artístico de la estatua de Colón no opino porque no soy experto en ese asunto, más bien me guío por lo que digan los que sí saben.  Pero sí tengo un criterio general: el arte debe ser respetado, no importa su contenido.  Y a mayor calidad, mayor respeto.  Que yo no sea experto en arte no significa que no lo admire.  No hay ciudad adonde yo vaya en que no visite el mayor número de museos de arte, gracias a lo cual conozco decenas de museos en múltiples países.  Para mí el arte es sublime, cumbre del talento humano.  Y eso es más importante que la “corrección política”.  No se puede ser humanista y destruir una obra artística de valor.  No importa si la obra representa realidades que repudio, como la monarquía, la creencia religiosa, la tiranía, la violencia, el rapto, la opulencia y el lujo, la vieja nobleza o la menos vieja burguesía.  Para mí el incendio de Notre Dame, la destrucción de los Budas de Bamiyán y el incendio del Museo Nacional de Brasil, fueron pérdidas dolorosas, auténticas tragedias.  

En muchas ocasiones el artista me genera repudio y sin embargo el talento me obliga a reconocerlo, como en otra discusión local en torno al cantante Diomedes Díaz, ídolo popular colombiano que estuvo involucrado en un homicidio y protegido por paramilitares. 

Destruir obras de arte nos convierte en talibanes, es decir, en fanáticos enceguecidos, dogmáticos e irracionales, de la misma estirpe de un quemalibros como Alejandro Ordoñez.  Nos convierte en censores o censuradores como la Inquisición católica con su índice de libros prohibidos.  ¿Qué tal que uno no pudiera conseguir y leer un libro como Mi lucha de Adolf Hitler? Todos tenemos derecho a conocer el pasado, lo que no tenemos es derecho a ocultarlo o negarlo.  No es el momento para profundizar en ello, pero me manifiesto en contra de la “cultura de la cancelación” y de lo que llamo “correcionismo político” o ideología de la corrección política, pretextos perversos para limitar la libertad de expresión (ver entrada). Y el arte es expresión que debe ser libre.

Por último, me parece despreciable que alguien que no sabe esculpir destruya la obra de un escultor.  Es un ejemplo de la brutalidad contra el talento.

El otro asunto es el carácter de amoblamiento urbano que tienen los monumentos públicos.  Entonces hay que mirar lo que representa para el patrimonio urbano y la historia de la ciudad.  En este caso la obra artística fue un obsequio de la colonia de inmigrantes italianos del siglo XIX, que al igual que otras corrientes de inmigración se integraron a la historia de la ciudad y son constitutivos de lo que somos como urbe abierta al mundo.  Es cierto que la estatua fue trasteada por varios lugares y terminó en el bulevar de la iglesia del Carmen, un lugar menos central que el Paseo Colón (1910 - 1937, convertido luego en Paseo Bolívar) o la plaza de San Nicolás (donde cogíamos el bus de Puerto Colombia para ir a la playa).  No se puede decir, sin embargo, que estuviera en estado de abandono.  Y aún si lo estuviera, eso sería criticable, pero no razón para destrucción.

Ahora bien, en Barranquilla los gobernantes casi nunca consultan a la ciudadanía sobre el amoblamiento urbano, los monumentos y sus ubicaciones.  Esa misma práctica antidemocrática la siguieron los muchachos del operativo de destrucción, pues ese puñado de personas no tiene la representatividad de la juventud ni mucho menos de la población en general.  Más aún, ni siquiera hubo una deliberación pública sobre el asunto, aunque estaba “cantado” que sucedería aquí por la moda imitativa que ya lleva unas 13 estatuas destruidas en Colombia y varias decenas en el globo. 

Las estatuas se ponen y se quitan.  Las visiones colectivas cambian con el tiempo y una ciudad puede tomar decisiones para transformar su amoblamiento urbano. Lo importante es que haya deliberación pública y refrendación democrática, puede ser a través de una consulta ciudadana o que el alcalde lo haya incluido en su campaña y su triunfo exprese entonces el apoyo a ese punto del programa.

En resumen, rechazo el acto destructivo por ser un atentado contra el arte, la democracia y la historia de mi ciudad natal con la cual tengo un fuerte sentido de pertenencia.  Estimado lector, puedes refutar esta tesis probando el escaso valor artístico de la obra, su insignificancia en la historia de la urbe y la gestación democrática del operativo.  Cosa distinta es explicar la actuación de las personas de muy corta edad involucradas en el evento, pero para esto necesitamos desarrollar los otros dos puntos, pues no desconocemos el contenido político.

 


Cristóbal Colón:

El segundo eje es el personaje: el marinero Cristóbal Colón o Christophorus Columbus (personaje que le da nombre a nuestra  patria republicana).  Ese punto lo desarrollé en 2020 en otra entrada del blog (enlace).  A Cristóbal Colón, el navegante explorador, se le hacen estatuas porque cambió de manera disruptiva la historia milenaria de la humanidad. Catorce mil años de escisión en dos de la especie humana llegaron a su fin con la hazaña de navegación de Colón.  Es una figura cimera de la historia mundial, algo que sólo puede apreciar quien conozca la historia de la especie.  Pocas figuras del pasado podrían competirle en dimensión histórica. 

Somos lo que somos por el evento que ese sujeto cristiano lideró.  Si Colón no hubiera existido, habría pasado casi lo mismo, ya que la expansión europea fue un proceso social, colectivo, comercial y militar que se desplegó durante varios siglos antes de 1492 (incluso los vikingos ya había llegado al norte del continente y fueron derrotados) y me atrevo a conceptuar que era inevitable, como argumento en otros escritos.  Pero nosotros los individuos que existimos hoy como producto de ese proceso, nunca habríamos existido (ya sea que lo miremos desde la "teoría del caos" o desde la historia como ciencia).  Se hubieran producido otras personas, no nosotros. Reconocer el pasado tal y como fue, es reconocernos a nosotros mismos. 

Los anti-Colón nunca hablan de la talla histórica del personaje, aspecto fundamental, sino que se dedican a hacer una evaluación o juicio moral (y a veces con terminología jurídica) del personaje, utilizando para ello categorías contemporáneas, inexistentes hace 500 años.  Pero Colón está muerto, por tanto no podemos llevarlo a un tribunal, ni fusilarlo, ahorcarlo o degollarlo, es decir, no podemos hacer justicia (ni correctiva ni vengativa) por los crímenes (según criterio actual) que haya cometido (y que pudiéramos probar), aunque tumbemos mil estatuas.  Tampoco podemos acusarlo de violar el orden jurídico internacional, ni el derecho internacional humanitario, ni los derechos humanos, ni el derecho de propiedad, ni la autodeterminación de los pueblos, porque nada de eso existía entonces. Puro moralismo anacrónico.

Algunos intentan compararlo con santos de la época para tratar de argumentar que se podía ser “bueno” en ese entonces.  Craso error, como si la historia la hicieran los santos y no los guerreros e inventores.  La historia se hace con ideas y acción.  Colón encarna las ideas y la acción de su época que confluyen en su talento de navegante.  Esos santos no hicieron la hazaña, la parasitaron desde su nicho funcional en esa sociedad.  Ponen de ejemplo a Bartolomé De las Casas, un tipo dedicado a "lavar cerebros" ("salvar almas"), adoctrinándolos con la ideología mítico - religiosa medieval mientras promovía el comercio esclavista de africanos para reemplazar el trabajo indígena.  Si Colón era un hijueputa (según nuestros parámetros de hoy), De las Casas era otro hijueputa.  Y entre esos dos hijueputas me quedo con el que tiene el mérito de la gran hazaña.  ¿Quién en Europa se opuso a la exploración y conquista del Nuevo Mundo?  (compárese con la guerra de Vietnam que dividió al pueblo estadounidense)

El columnista Mauricio García Villegas aborda lo que podríamos llamar “el sesgo de los indignados” contando lo siguiente (cita larga): 

“El profesor Robert P. George, de la Universidad de Princeton, cuenta que de tanto en tanto les pregunta a sus estudiantes qué posición habrían tenido sobre la esclavitud si hubiesen sido blancos en Georgia, al sur de los Estados Unidos, a principios del siglo XIX, es decir, antes de la abolición de la esclavitud. Casi todos responden que habrían sido abolicionistas. Pero es casi seguro que habrían sido esclavistas como lo fueron todos en esa época. A los humanos no solo nos cuesta ponernos en los zapatos de los otros, sino imaginar lo que haríamos si estuviésemos en circunstancias completamente diferentes a las presentes. Las personas de mi edad solemos hacer una lista de cosas que ocurrían cuando éramos niños y que hoy son, a todas luces, inaceptables, como conducir con tragos o ser indiferentes ante el confinamiento de las mujeres en el hogar. Éramos indolentes y no lo sabíamos. Soy un defensor de la naturaleza y del medio ambiente y nací en el seno de una familia que ama la naturaleza, pero cuando era niño mataba pájaros con cauchera y gozaba pescando truchas en las quebradas y no recuerdo haber sentido congoja alguna con el chapaleo agonizante de esos animales en mis manos. Cuando pienso que ese joven y yo somos la misma persona, dudo de mis certezas actuales.

Nuestra mente está bien diseñada para proclamar y defender principios, no para entender el comportamiento humano como un resultado de las circunstancias. Estamos más predispuestos para la indignación virtuosa que para entender una realidad llena de causas y efectos, por eso nuestra psiquis se acomoda mejor al oficio del sacerdote que al del científico. Los psicólogos hablan del “error fundamental de atribución”, que refleja nuestra tendencia a apañarnos con una explicación de todo lo que ocurre en la que solo hay sujetos, no contextos, ni condicionantes, ni estructuras, ni azar. Vemos la vida como actores de un culebrón de televisión en el que todo depende de lo que hacen los malos y los buenos.

Tenemos en cuenta las circunstancias para justificar nuestros fracasos, pero cuando se trata del fracaso de los otros solo su persona cuenta. Si alguien no hace bien su trabajo pensamos que eso se debe, por ejemplo, a su pereza, pero cuando nosotros no hacemos bien el trabajo pensamos que eso se debe, por ejemplo, al hecho de tener un jefe autoritario”.

Hasta allí la cita.  Así pues, los ilusos del siglo XXI, como buenos idealistas (antimaterialistas), creen que si vivieran en el siglo XVI serían antiesclavistas.  También tienen la ilusión contrafáctica de que el “encuentro de dos mundos” pudo ser pacífico.  Primero, aún ese caso habrían muerto millones de indígenas por los gérmenes, los agentes patógenos que traían los europeos (que era sobrevivientes de la peste bubónica).  Segundo, esa ilusión es tan improbable que sólo es posible imaginarla desde un desconocimiento de la historia de la humanidad desde el paleolítico, pues la guerra, el desplazamiento y el saqueo han sido recurrentes.  

Los europeos también se expandieron por todos los otros continentes y la historia es similar.  El caso de Asia es interesante, porque ahí la pelea era pareja y no era posible una conquista tan fácil como la de los imperios Inca o Mexica derrotados por una fuerza española asombrosamente pequeña (gracias a los aliados indígenas).  Aún así hubo violencia, los españoles dominaron a Filipinas (nombre en honor a Felipe II, 1543) y varias islas, al igual que los portugueses.  Con el tiempo China, India, Indonesia y otros territorios terminaron dominados por Inglaterra y Francia principalmente y Rusia llegó hasta el Pacífico (también es bueno comparar la situación de Asia hoy, que sin victimismo llorón se ha sabido poner al mismo nivel de las potencias de Occidente).

Para terminar este punto toca ir más allá de Colón, pues sus críticos no sólo caen en el error de anacronismo sino también en el de maniqueísmo cuando se trata de mirar todo el proceso, ya no la figura individual.  Los ingenuos de hoy dicen: “en el colegio no nos enseñaron la historia verdadera”.  Se refieren a la historia contada en la versión española de la leyenda blanca.  No sé si a estas alturas del siglo XXI todavía hay profesores de historia en Colombia enseñando la leyenda blanca, pero lo dudo.  El punto es que estos desengañados de la leyenda blanca entonces abrazan de manera igualmente acrítica la leyenda negra según la cual la conquista y colonización fue una masacre unilateral de europeos malos contra indígenas buenos.  Ocultan o desconocen la política de alianzas.  Ocultan o desconocen que cada vez que pudieron los indígenas masacraron a los españoles (bien por ellos, guerra es guerra).  Ocultan o desconocen que en el Nuevo Mundo, antes de Colón, había opresión, esclavitud, servidumbre, patriarcado, castas y clases sociales, dominación de unos sobre otros, genocidios, asesinatos, torturas, sacrificios humanos, canibalismo, violaciones, epidemias, desastres ambientales, civilizaciones desaparecidas (el caso de los mayas es un ejemplo de guerras y mala gestión ambiental del territorio).  No se ha probado, pero es probable que estos asiáticos, que fueron los primeros humanos en llegar al continente por Bering, tuvieron su cuota de responsabilidad de la coincidente extinción de la megafauna.  En síntesis, los habitantes del Nuevo Mundo eran seres humanos, no ángeles.  Y como tales exhibían las mismas características de la naturaleza humana que los humanos del Viejo Mundo.  

 


La Izquierda mítica:

Llamo izquierda mítica a esos sectores que tramitan el pasado desde el sesgo de las subjetividades y las identidades, es decir, la ideología en últimas, sin rigor ni respeto alguno por la verdad y negando la idea de progreso, como hemos visto someramente en el caso de la conquista española y su narrativa anacrónica y maniquea.  Pretenden reemplazar la historia objetiva por la “memoria subjetiva” a pesar de que la memoria no puede abarcar más atrás del siglo XX, por tanto lo que hay es la invención de un relato victimista y moralista con fines políticos y jurídicos (que muchas veces resultan ser demagógicos). 

Todo esto tiene su origen en un fenómeno intelectual que aconteció en la Europa de los años setenta, cuando el marxismo entró en decadencia y el posmodernismo empezó a imponerse.  El marxismo tenía defectos, pero el posmodernismo fue la debacle.  Al menos el marxismo era materialista (aunque flaqueó al flirtear con el construccionismo social), objetivista, universalista, contrario al irracionalismo, con visión de progreso (incluso excesivamente optimista y determinista).  Por tanto el marxismo, mal que bien, era ilustrado o moderno, pro-ciencia y humanista.  El posmodernismo era lo contrario en todos los aspectos: idealista (exagerando la importancia del lenguaje y lo simbólico), subjetivista (no hay verdad sino poder), ultrarrelativista (sobre todo cultural), enemigo de la razón, por tanto rechaza idea de progreso.  En consecuencia, el posmodernismo debería llamarse antimodernismo pues es antilustración y anticiencia, de ahí que lo califico de oscurantista (ver enlace).  En vez de un humanismo universal, el posmodernismo niega la naturaleza humana para enfatizar el construccionismo social y las identidades de grupo.

El posmodernismo, que es una versión moderna de los sofistas griegos, surgió de Weber (desencantamiento del mundo y jaula de hierro), Escuela de Frankfurt (Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer), psicoanálisis, giro lingüístico, giro historicista en filosofía de la ciencia, programa fuerte de sociología de la ciencia, entre otras fuentes.

No entró directo a los partidos de izquierda, estos siguieron en su inercia durante los años 80 o retomando a Gramsci.  El posmodernismo se metió por la vía de la academia, las protociencias sociales, los estudios culturales, luego por medio de ciertos feminismos de tercera ola, fue colonizando sectores liberales que aparecían triunfantes tras la caída del muro de Berlín y del bloque soviético (esto llevaría a la actual fractura liberal (ver enlace)).

Al ser la antropología su fuerte con el relativismo cultural, el posmodernismo también circuló por las problemáticas raciales o étnicas, los estudios postcoloniales y de ahí se pasó al autodenominado “pensamiento decolonial” (ver enlace), el cual ha intentado una polarización Norte/Sur de nuevo tipo, pues no se centra en el desarrollo o progreso, sino que asume un carácter antioccidental.  Mientras la critica anterior al eurocentrismo era por presentar como universales ideas, visiones, creencias y valores que en realidad eran locales de Europa y por tanto su corrección consistía en buscar una auténtica universalidad, ahora el relativismo posmo-decolonial renuncia a la universalidad y por tanto su critica al eurocentrismo (incluido el posmodernismo) lo que busca es equiparar las culturas locales, enclaustrando sus identidades sobre todo frente al Otro Occidental, lograr su reconocimiento por vías políticas, jurídicas y éticas, no por logros tecnológicos, militares, artísticos o de conocimiento (por ejemplo utilizando conceptos como “epistemologías del sur” o “justicia epistémica”).  

Los partidos de izquierda liberales y socialdemócratas fueron cooptados por el consenso de Washington, es decir, por el neoliberalismo.  Mientras tanto los partidos de izquierda marxista sufrieron el debilitamiento de su discurso marxista (por derrota intelectual y debacle de países socialistas) y de su sujeto político supuestamente redentor, la clase obrera (por el cambio tecnológico de la producción más el embate neoliberal contra el sindicalismo). Ante eso se vieron precisados a transmutarse en nuevas agrupaciones o fueron permeados por nuevos “sujetos sociales” y "grupos de presión" de tipo identitario que reivindicaban subjetividades y buscaban reconocimiento (político, jurídico y ético).  Me refiero a grupos feministas, de minorías sexuales y de minorías étnicas. Las condiciones materiales de existencia y la contradicción principal de carácter socioeconómico (la desigualdad, la concentración de la riqueza y el ingreso) dejaron de ser el eje principal y aspectos simbólicos, lingüísticos, de identidad, memoria, víctimización y sexualidad, pasaron a primer plano.  La preocupación por libertades colectivas, como por ejemplo la de asociación, dió paso a un nuevo énfasis en libertades individuales de carácter liberal (aborto, eutanasia, matrimonio gay, dosis personal, etc). 

De esta manera, para complacencia del 1% más rico y de las élites en general, la contradicción principal que debiera aglutinar a la gran masa de la población (99% vs 1%) quedó en segundo plano opacada por luchas sectoriales y simbólicas que dividen al pueblo (a veces son marcadamente segregacionistas).  El horizonte eutópico de la revolución basado en la idea de progreso y el humanismo universal se ha diluido.  En su reemplazo aparece el concepto meramente negativo de resistencia, discriminaciones positivas (ventajas o privilegios temporales), horizontes de reparación simbólica, objetivos individualistas (cuotas) disfrazados de colectivos. 

No he mencionado el tema clave del medio ambiente que es otra contradicción principal, pero ya no dentro del capitalismo, sino entre capitalismo y naturaleza.  El cambio climático está en el centro de la política en el siglo XXI (por eso hablamos de política antropocénica, ver enlace) y merecería un análisis aparte que no será abordado en este escrito.

Como consecuencia de todo lo anterior, la izquierda ya no tiene un marco teórico unificado de referencia, sino un popurri de ideologías, relatos míticos, pseudociencias, pseudoteorías conspiranoicas, ciencias sociales especulativas, marxismo residual, reduccionismo culturalista, antioccidentalismo inconsecuente (de la boca para afuera), indigenismo, ambientalismo fundamentalista, vegetarianismo y veganismo y un largo etcétera.  Desde luego también hay sectores afines a la socialdemocracia clásica, al liberalismo social, al progresismo ilustrado siglo XXI, al humanismo, al populismo, al anarquismo.  Me identifico con estos últimos, excepto el anarquismo.

Hablar de vieja y nueva izquierda es equívoco.  No hay tal.  Toda esa especie de torre de Babel que hemos descrito escuetamente, es actual.  Sería paradójico que el progresismo fuera “viejo” y el antiprogresismo "nuevo”. ¿Qué progreso sería ese?

En términos generales todas las izquierdas apoyan causas de inclusión, justicia social e igualdad, libertades, equidad de género, antirracismo, ambientales, en fin, toda una herencia ético – política de la revolución francesa y su consigna de libertad, igualdad y solidaridad (Bien común).  Pero lo hacen de manera distinta y a veces las diferencias son profundas (para una buena causa son tan peligrosos sus enemigos como sus malos defensores que la hacen quedar mal).  Casi todas las izquierdas descuidan temas de seguridad o competitividad y en el caso de los sectores de izquierda impactados por el posmodernismo tienen una relación conflictiva con la ciencia y con la tecnología, a veces son abiertamente anticiencia.

En el fondo hay una disputa filosófica doble, primero entre “continentales” y “empírico-analíticos”, y segundo, dentro de los “continentales” está la batalla entre los posmodernistas de diverso pelambre y sus críticos.

El debate ontológico de fondo sigue siendo entre idealismo y materialismo.

El debate epistemológico de fondo es triple: objetivismo vs subjetivismo, racioempirismo vs irracionalismo, universalismo o relativismo moderado vs ultrarrelativismo.

A diferencia de las ciencias sociales, las ciencias naturales poco se ven perjudicadas por el posmodernismo.

Los que justifican la tumbada de la estatua de Colón se alinean en últimas con el posmodernismo, es decir, con el idealismo, subjetivismo, irracionalismo y ultrarrelativismo.  Además apuestan por la memoria en contra de la historia (lo cual no tiene sentido a distancias de más de 100 o como mucho 150 años).  Mi crítica se alinea con el materialismo, objetivismo, racioempirismo y universalismo. También me alineo con el relativismo moral histórico (coincidente con el marxismo), que se deriva del materialismo y no es contrario al universalismo, pues hay una base universal (la naturaleza humana) modulada por las culturas particulares (códigos morales particulares, que muchas veces son contranatura en diversos aspectos).  Y me alineo con la ciencia de la historia, no con el moralismo (un buen historiador debe suspender el juicio moral suprahistórico productor de sesgos).

En el tema de memoria, admito la dualidad memoria/historia en los últimos 100 años, más allá sólo queda el trabajo histórico.  En el tema de víctimas me interesan los vivos, sus reivindicaciones actuales, su futuro a construir, la resiliencia en vez del victimismo (baja autoestima o aprovechamiento ventajoso).  El presente y el futuro es lo que podemos cambiar, el pasado no.  Lo que sí podemos hacer con el pasado es investigarlo científicamente, conocerlo lo más objetivamente posible, en vez de armar una estúpida guerra de relatos inventados, con leyendas blancas y negras, maniqueísmos y anacronismos. 

Este tema no se agota aquí, apenas está esbozado.  Cierro con dos conclusiones generales.

1. Detrás de un simple evento como la tumbada de una estatua hay un trasfondo filosófico que marca el pasado reciente, el presente y el futuro de la izquierda y de las ciencias sociales.

2. La Izquierda colombiana y mundial están en mora de reconocer su crisis teórica y asumir el debate filosófico, siempre eludido con el pretexto del antiintelectualismo o por el encerramiento de cada quien en su parcela teórica.      

Nota Bene: un resumen superapretado de este tema está en los 21 puntos compilados en una sola página, en la entrada Alertas antidecoloniales (ver enlace)

Barranquilla, sitio de libres, ciudad de mestizos criollos e inmigrantes, Julio 2 de 2021


OTRAS LECTURAS RELACIONADAS

-El desafío de la izquierda, primera parte (enlace)

-Anticipo de la segunda parte: Los 3 oscurantismos (enlace)

miércoles, octubre 14, 2020

Cristóbal Colón y el significado histórico del 12 de octubre

Esta columna fue publicada en el fin de semana del puente del 12 de octubre de 2020, fecha festiva en la cual se conmemora el denominado "descubrimiento de América" en 1492.  Cada año se forma un coro de plañideras en las redes por esta conmemoración y se multiplican los memes que idealizan lo indígena y satanizan lo europeo u occidental, de manera maniquea y poco rigurosa con la historia, a tono con la moda "decolonial".  (Nota: la cultura de los memes tiende a suplantar el estudio historiográfico serio en la formación de la nueva generación; este hecho configura un peligro, como lo ha sido Hollywood para generaciones anteriores).  Así que había necesidad de balancear tal influencia nefasta.

En 2020 se presenta además un contexto de protestas del movimiento BLM en Estados Unidos y otros países, que en algunos casos se expresó con el derribamiento de estatuas de filósofos, empresarios, exploradores, conquistadores, etc, que de un modo u otro estuvieron involucrados con el comercio de esclavos (especialmente africanos) hace varios siglos, cuando no existía ni siquiera un incipiente estado de derecho moderno a nivel internacional y escasamente se iniciaba dentro de estados nacionales.  Este contexto de la "guerra de estatuas" (pues hubo reacciones de signo contrario) no es ajeno al fenómeno de la cultura de la cancelación que constituye un típico ejemplo de transformación de causas justas en su contrario, cercenando la libertad de expresión, pilar democrático moderno.  Este giro aproxima los movimientos que se dicen progresistas a corrientes retrógradas como los talibanes que destruían monumentos históricos con los que no congeniaban.  

En este análisis, sin embargo, hay que examinar cada caso, pues los monumentos no tienen igual mérito artístico, ni es igual la importancia histórica del personaje, entre otros aspectos que distinguen unas protestas de otras.

En Colombia se presentó el derribamiento de la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar en Popayán por parte de indígenas Misak (guambianos).  Se trata de una acción significativa si tenemos en cuenta la actual situación de esa región, la pervivencia de una élite racista, conservadora y politiquera y una presencia demográficamente mayoritaria de comunidades indígenas.  No se puede desconocer que el monumento tiene varios agravantes: su ubicación (morro de Tulcán), las características del personaje y el incumplimiento de lo que se dice era la idea original de Guillermo Valencia, el poeta, que incluía un monumento al cacique Payán (que le da el nombre a la ciudad).  Pero tampoco se puede olvidar que se trata de una obra de arte.

En medio de todo este contexto y siguiendo también la crítica al denominado "pensamiento decolonial", la columna que sigue a continuación se fundamenta en la historia, como trabajo científico objetivo, sin moralismos ni sesgos, aunque hay que admitir que el título es una provocación (*guiño*).  Y desde la historia mirar el significado profundo de la fecha.  Es la fecha de la reunificación de la humanidad, que fue traumática, dolorosa e impactante a escala mundial y punto de partida de la sociedad moderna, origen de lo que somos hoy en día.  Una reunificación inevitable además, como también lo era su asimetría. La columna no se enfoca en el personaje, pues los individuos no son el factor determinante de los procesos históricos y, por ende no son lo más relevante desde el punto de vista explicativo.  Dicho esto, el personaje es mencionado como autor principal del evento histórico, que por lo demás constituye una verdadera hazaña.

Nota aparte: la formación política de cuadros con pensamiento crítico debe empezar por el reemplazo de la simple indignación moralista por el conocimiento científico de los procesos históricos, esto es, sus causas objetivas y su dinámica social.  Esto implica, además, entender el fenómeno moral como cultural e histórico, es decir, situado.  Y también aproximarse a la comprensión epistemológica que distingue a la ciencia de la moral y de qué forma y en qué medida la ciencia logra trascender el contexto histórico.  Igualmente debe contemplarse el conocimiento de la naturaleza humana sin mistificaciones, superar todo idealismo y pensamiento mágico-religioso.  Hace algunas décadas el marxismo lograba cumplir ese papel formador, a pesar de sus errores en otros aspectos.  Actualmente, la izquierda, huérfana de teoría, ni siquiera hace formación política de cuadros.  Se pasó del extremo dogmático de antaño al extremo ateórico del carnaval ideológico actual.  

Elogio de Cristóbal Colón

Por Jorge Senior

El descubrimiento de América se produjo a finales de la edad de hielo, cuando pueblos del noreste asiático atravesaron Bering y se instalaron en Alaska sin perder contacto con su continente de origen.  Con el cambio climático pasaron dos cosas: quedaron aislados de Asia y se facilitó el paso de los obstáculos montañosos para avanzar hacia el sur.  Como sucedió en otros lugares, la llegada del Homo Sapiens coincidió con la extinción de la megafauna, motivo para una sospecha que no hemos podido probar: nuestra responsabilidad en tales extinciones.   

Desde hace unos 14 mil años la humanidad quedó partida en dos: el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo.  La cultura humana evolucionó en forma paralela durante milenios en un extraordinario experimento natural. Asombra la similitud: de ambos lados surgieron grandes civilizaciones agrarias, se desarrollaron el comercio, la guerra y la esclavitud, se domesticaron animales y se contruyeron ciudades con edificaciones y calles.  También se organizaron sistemas hidráulicos, se aprendió el manejo de metales, matemática y astronomía de posición, se erigieron pirámides, se inventó la escritura, progresó la navegación y se forjaron grandes imperios.  Una diferencia fue la rueda, que en América sólo se usó en juguetes.  Hubo también desastres ambientales, epidemias, sacrificios humanos, canibalismo, homicidios, violaciones, división en clases sociales, dominación, chamanismo y creación de fantásticas narrativas imaginarias, mitologías religiosas. 

Era inevitable que los dos mundos se encontraran cuando la expansión del comercio llevara a un potente desarrollo de la navegación.  Hace tres mil años pueblos del sureste asiático lograron colonizar las islas del Pacífico sur, una hazaña de navegación asombrosa.  Y por esa misma época el Mediterráneo y el Índico ya empezaban a ser traficados por barcos comerciantes o guerreros.  No sorprende entonces que hace mil años los vikingos llegaran a América y se produjera el primer encuentro de los dos mundos.  En esas primeras escaramuzas los del viejo mundo perdieron y el intento abortó.  Fue cuestión de logística y medio ambiente. No había ímpetu comercial en juego.

A fines del siglo XV del calendario cristiano el encuentro sería a otro precio.  En los siglos inmediatamente anteriores la ruta de la seda se había convertido en el eje vertebral de un gran sistema comercial que abarcaba Eurasia de extremo a extremo y también incluía al norte y oriente de África.  El comercio alcanzaba máximos históricos y las técnicas de navegación se innovaban con múltiples tipos de embarcaciones y velámenes.  La selección natural había hecho su trabajo por medio de la peste bubónica.  Repúblicas urbanas, como Venecia, eran epicentro de un incipiente capitalismo comercial y bancario.

Portugal se lanzó a la exploración de la costa occidental africana desde 1430 y medio siglo después ya había llegado al Asia Oriental circunnavegando África y atravesando el Índico. Navegantes portugueses también intentaron la ruta occidental, pero fracasaron.  España se insinuaba como potencia al unificar sus reinos, expulsar a los moros, incursionar en el sur de Italia y norte de África.  Ambos países ibéricos tenían momentum económico, político y militar para la expansión.  Con Colón o sin Colón, la exploración de la mar Océana había comenzado con Las Canarias y otras islas y era indetenible. Sólo era cuestión de tiempo que se realizaran nuevas intentonas de exploración del globo hacia occidente, en cuyo caso, aunque ellos no lo supieran, el tropezón con ese continente desconocido en la mitad del camino era inevitable.

Colón no descubrió la redondez del mundo, ni fue el primero en pensar o intentar la ruta occidental.  No inventó el comercio de esclavos africanos (ya existía desde antes por desierto y por mar, con comerciantes africanos en primera instancia) ni visionó descubrir un nuevo mundo.  La historia no es el producto de individuos superdotados sino de procesos sociales colectivos.  El genovés no fue la causa de la exploración y la consiguiente invasión del nuevo mundo.  Su hazaña no fue la originalidad de la idea sino ser el primero, como líder expedicionario, en tener éxito en el reencuentro inevitable de dos mundos.  Un logro de dimensiones colosales que fue producto múltiples talentos y, como siempre en el contexto humano, del azar. 

Cristóbal Colón era un hombre de su época, con la mentalidad, las creencias y la cosmovisión de la sociedad que lo parió y lo crió.  Los que abordan el estudio del pasado con gafas ideológicas, politizando y moralizando la investigación histórica, hacen mala historia y mala política.  Y hacen pseudociencia.  La política y la moral son inseparables del contexto, no sobrevuelan por encima de la historia de manera anacrónica. Los juicios retroactivos carecen de sentido, sólo sirven para la manipulación de las pasiones.

No caemos en la hipérbole si decimos que el 12 de octubre de 1492 la historia de la humanidad se partió en dos, cuando lo que estaba partido en dos durante 14 milenios volvió a unificarse.  Esa reunificación de la especie humana fue trágica, dolorosa, ya lo sabemos, y también tremendamente dinamizadora del progreso humano.  Si conocemos la historia milenaria del Homo Sapiens no debe extrañarnos lo que sucedió en el siglo XVI.  Fue más de lo mismo, pero a mayor escala.  De ahí surgió el mundo moderno actual.  Y nosotros, los mestizos, no existiríamos sin ese crisol de pueblos.  Hace 528 años aconteció el hecho más importante de la historia humana que podamos fechar con total precisión.  ¿Podremos acaso olvidar a su protagonista principal?  Nuestro país honra su nombre y tú lo celebras en cada gol de la selección.