domingo, julio 19, 2020

La OMS: ¿bien o mal?


La Organización Mundial de la Salud se encuentra desde febrero en el ojo del huracán.  Es el referente fundamental de salud pública en el planeta, pero está recibiendo críticas desde todos los flancos.  Algunas de estas críticas están fundamentadas, otras no.  Aunque es temprano para un balance definitivo de la gestión de esta pandemia, es pertinente hacer un análisis de estas críticas.
El asunto, además, puede adquirir importancia política en la coyuntura del debate electoral de EEUU, pues el presidente y candidato republicano Donald Trump ha tomado la determinación de sacar a ese país de la OMS, pero el candidato demócrata, Joe Biden, ya anunció que echará reversa a esa decisión.  Como el proceso de salida demora un año, la elección presidencial de noviembre definirá en últimas si Estados Unidos se queda o se va.  Y esa nación es, de lejos, el principal sostén económico de la Organización.

Cada vez que sale una noticia sobre la OMS en los medios online, estudio minuciosamente los comentarios de los lectores en la propia página.  De este ejercicio me queda claro que la OMS está perdiendo la batalla mediática, pero también observo que hay un gran desconocimiento de lo que esa institución mundial es y representa, cómo funciona y, asimismo, sobre la naturaleza de su campo de acción: la ciencia médica y epidemiológica.

La OMS es una agencia especializada dentro del sistema de las Naciones Unidas, como la Unesco, OIT, FAO o la OMPI.  Fue creada el 7 de abril de 1948 y actualmente cuenta con 194 estados miembros.  Su máxima instancia de decisión es la Asamblea General constituída precisamente por los estados que la integran, que se reúne una vez al año.  Luego está el comité ejecutivo de 34 personas con formación de alto nivel nombrado por la Asamblea y que se reúne al menos dos veces en el año.  Y en el liderazgo del día a día se encuentra al frente el Director General, cargo que actualmente ejerce el biólogo e inmunólogo etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien ha sido criticado por no ser médico, sin embargo no se puede negar que tiene una formación apropiada.  Una de las acusaciones contra la OMS es su burocratización, pero esta organización mundial cuenta con siete mil empleados, apenas la sexta parte de los que tiene la ONU.  No es una cifra exagerada para la responsabilidad que tiene.

Al estar compuesta por estados podemos decir que es una institución pública internacional, en principio sostenida por nuestros impuestos, a través de los gobiernos que representan al respectivo estado nacional. Colombia aporta el 0,32% del presupuesto básico que es la sumatoria de las contribuciones obligatorias de los países, menos que Venezuela que pone 0,57%, mientras Estados Unidos aporta el 22%, China el 7,9% y Rusia el 3%.  Si la financiación reflejara la influencia tendríamos que decir que la OMS obedece principalmente a EEUU, pero eso no es así y es una de las razones del malestar de Trump.  La realidad es que ningún estado, partido, fuerza o poder tiene la hegemonía de la Organización.  Es una entidad multilateral en un tinglado de fuerzas cuya gobernanza depende de un equilibrio geopolítico.  La mayor parte de la financiación pública proviene de Europa Occidental, Norteamérica y países del este asiático como China, Japón y Corea del Sur, pero sus principales esfuerzos se dirigen hacia África y, en general, a los países con menor desarrollo.  

La OMS como entidad multilateral coopera con los estados miembros, ofreciendo apoyo, recomendaciones, coordinación de campañas, sistema de información, pero no tiene competencia sobre la política de salud interna de cada país. Su orientación no es obligatoria y cada nación es autónoma y soberana para manejar su propia política de salud.  En consecuencia debe quedar bien claro que ningún gobierno puede excusarse de su responsabilidad sobre lo que suceda en su territorio durante una pandemia como la actual echándole la culpa a la OMS.

Precisado lo anterior, de todos modos hay que reconocer que en el siglo XXI los fenómenos de salud pública, como nos lo enseña la misma pandemia, son de carácter global, así que no cabe duda que es mejor tener una organización planetaria que esté pendiente y dedicada a la problemática de la salud que no tenerla en absoluto.  Esto no significa que no se puedan criticar sus defectos, sino que tal crítica, por lo demás necesaria, debe ser constructiva y dirigirse a proponer las reformas que mejoren su funcionamiento.  La idea tiene que ser mejorar la OMS, nunca eliminarla.

A la OMS se le hacen dos críticas principales, una de fondo y otra coyuntural. La primera ataca la supuesta influencia de la industria farmacéutica y en general el sector privado de la salud, en la orientación de la entidad. La segunda se refiere a su actuación en la actual crisis mundial originada por la partícula viral SARS-CoV-2.

Veamos la primera.  Arriba mencionamos las contribuciones obligatorias de los países que sostienen el presupuesto básico de la OMS, pero a ellas hay que sumarles las contribuciones voluntarias que hacen las fundaciones, ONGs, la ONU, empresas y los propios países, casi siempre con destinación específica a determinados programas.  Este esquema mixto se ha venido desequilibrándo a favor de la financiación privada voluntaria tal cual puede observarse aquí.  Pero no olvidemos que el poder de decisión es de los estados a través de la Asamblea General. 

Como vimos en una columna anterior, el neoliberalismo se ha venido imponiendo desde 1980 y en el campo de la salud esto se refleja en la lucha entre dos concepciones: la salud como derecho o como negocio.  El asunto no es tan sencillo de dirimir porque el derecho a la salud se quedaría en letra muerta si no hay inversión en investigación, desarrollo e innovación y en toda la logística de un sistema funcional de salud, de la misma manera que poco sirve que haya remedios genéricos si estos no tienen la misma calidad que los de marca.  Los ciudadanos debemos entender que la forma de favorecer el derecho a la salud en cada país y en la instancia de la OMS es votando por opciones alternativas al neoliberalismo.  Sólo con gobiernos proclives al estado social de derecho podemos revertir la tendencia a la financiación privada de la OMS y de los sistemas nacionales de salud.

En la coyuntura de 2020 la OMS ha recibido críticas por sus vaivenes en la orientación de protocolos epidemiológicos y clínicos en la pandemia (ver cronología).  Hoy por hoy la OMS ha perdido sintonía popular y se ha ganado la animadversión de muchos, en parte por el nefasto ruido conspiranoico que zumba en las redes, pero también por errores en la manera de comunicar.  Al parecer los responsables de su estrategia comunicativa desconocen el imaginario de su audiencia internacional y los problemas de percepción e imagen que ha acumulado en los últimos años.  Y los medios de comunicación tampoco ayudan, quizás porque atraviesan una situación crítica de decadencia ante el auge de las redes sociales y son esclavos del rating.

Los zigzags que ha dado la OMS en realidad son normales dentro de un campo como la epidemiología que se mueve en condiciones de incertidumbre.  En su desespero la gente quiere fórmulas mágicas que solucionen el problema de una vez por todas, pero la ciencia no funciona con magia. De hecho se viene trabajando con una intensidad increíble, acelerando los procesos investigativos y realizando centenares de proyectos simultaneamente en decenas de países.  Es lógico que haya debate entre visiones encontradas en la vanguardia de la investigación científica. Es lo normal, la diferencia es que ahora es visible (la ciencia desnuda) y antes el público sólo veía el resultado final decantado tras años de tropiezos (la ciencia vestida de gala).  La OMS no hace investigaciones, aunque puede patrocinar o coordinar una que otra, por lo tanto debe basarse en la pluralidad de investigaciones que ejecutan centenares de laboratorios, universidades e institutos a lo largo y ancho del globo y, mediante metanálisis, tratar de extraer una síntesis provisional a cada momento para fundamentar sus orientaciones.

Para entender la naturaleza de la epidemiología podemos compararla con la meteorología. En ambos casos se utilizan modelos matemáticos computacionales para hacer predicciones, pero los fenómenos que constituyen sus objetos de estudio son sistemas complejos con miles de variables.  Durante años las predicciones del tiempo atmosférico eran el hazmerreir del público, pero fueron mejorando con los años, no sólo por una mejor comprensión de los fenómenos, sino sobre todo por el desarrollo de una gigantesca red de estaciones meteorológicas y satélites que permitió potenciar la cantidad y calidad de los datos que alimentan los modelos.  En epidemiología no ha sucedido lo mismo.  El neoliberalismo, la corrupción y la ineptitud de los políticos han desbaratado los sistemas públicos de salud y no hay sistemas de información eficientes.  Por eso, en países como Colombia donde hubo tiempo suficiente para reaccionar, de todos modos la gestión gubernamental de la epidemia se ha hecho dando palos de ciego.  

Publicado originalmente en El Unicornio el 12 de julio de 2020

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