domingo, septiembre 27, 2020

¿Qué es ser autodidacta?

Ser autodidacta es combinar todas las formas de aprendizaje, incluyendo la enseñanza

Ser autodidacta es hacer productivo el insaciable apetito de la curiosidad poniendo en práctica lo aprendido

Ser autodidacta es explorar inquisitivamente el mundo por dentro y por fuera de la academia

Ser autodidacta es generar preguntas e investigar sus respuestas

Ser autodidacta, como el maestro Estanislao Zuleta, es entender como él que leer es trabajar

Ser autodidacta, como nos enseñó Gabo, es entrenarse en el dominio de la palabra escrita, es ejercer la disciplina de escribir

Ser autodidacta es evaluar a conciencia y asimilar racionalmente la experiencia

Ser autodidacta hoy en día es saber aprovechar las TIC y sus recursos como la educación virtual, las bases de datos, el monitoreo del avance de la ciencia y la tecnología en tiempo real, es ejercer la búsqueda recursiva y con criterio en el casi infinito mar de datos de internet

Ser autodidacta es padecer de algún nivel significativo de polimatía

Ser autodidacta es aprender por inmersión lenguas distintas a la nativa


Jorge Senior

sábado, septiembre 19, 2020

Ejercicio de lógica (Wason)

Tarea de selección de Peter Cathcart Wason (1966)


Hay 4 cartas expuestas en la mesa.  Cada carta tiene una letra por un lado y un número por el otro lado.

Regla: si hay una consonante de un lado, entonces hay un número impar del otro.

Caso: en la mesa aparecen las 4 cartas con los siguientes números y letras: 1, 2, A, B.

La misión es responder con fundamento lógico cuáles cartas mínimo hay que levantar (para mirar el otro lado obviamente) con el objeto de testear la regla.



El pensamiento crítico en grupo (otro comentario a La Actitud Científica de McIntyre)

 En el editorial de la revista Ingeniare (No. 23, 2017) propuse que el pensamiento crítico tiene tres componentes:

  • Actitudinal: disposición contra el autoengaño, apetito por la verdad
  • Evaluativo: detección de sesgos y falacias
  • Contenido: referencia en el acumulado de la ciencia

 

En La Actitud Científica, Lee McIntyre referencia al libro de Cass Sunstein titulado Infotopia: How Many Minds Produce Knowledge (cómo muchas mentes producen conocimiento).

Sunstein sustenta, con base en hallazgos experimentales, lo siguiente: en general, en lo que se refiere al razonamiento humano, tres conclusiones se extraen:

  • Los grupos piensan o razonan mejor que los individuos
  • Los grupos interactivos lo hacen mejor que grupos de meros agregados
  • Los expertos lo hacen mejor que los no expertos.

Resumiendo 3 en 1 podemos decir que los grupos interactivos de expertos optimizan el razonamiento humano.  La institucionalidad de la ciencia, por ejemplo, ha de ser terreno fértil para tal optimización por su carácter de comunidad abierta y pública que maximiza la interacción grupal de expertos y a un segundo nivel la interacción intergrupal en redes.

El pensamiento en grupo tiene, sin embargo, ciertos riesgos: el efecto de autoridad (si el grupo es jerarquizado), el efecto cascada (quien habla primero influye más), entre otros sesgos psicológicos. En casos donde estos efectos negativos logran predominar no sólo se diluyen las ventajas del pensamiento en grupo sino que hasta se vuelve contraproducente.  (Hay que analizar, por ejemplo, el efecto de las ideologías en el pensamiento grupal).

Sunstein propone los siguientes criterios para eludir o minimizar esos riesgos:

  • Los grupos deben apreciar el disenso como una obligación
  • La crítica debe ser valorada positivamente
  • Hay que estimular el rol de “abogado del diablo”

Tales criterios aluden al pensamiento crítico.

La conclusión, en mi concepto, se resume así: Las redes de grupos interactivos de expertos con pensamiento crítico optimizan el razonamiento humano basado en la evidencia.

El pensamiento crítico en la educación superior

Publicado como Editorial de la revista Ingeniare No. 23 (2017-2)

Por Jorge Senior

El pensamiento crítico en la educación superior

Numerosas instituciones, tanto de educación básica y media como de educación superior, afirman en sus misiones o en sus P.E.I. que forman ciudadanos con pensamiento crítico.  Sin embargo, el investigador en educación Julián De Zubiría, de la reconocida Fundación Alberto Merani, sostiene que en Colombia sólo el 1% de los mayores de 18 años tiene capacidad de lectura crítica.  Para el año 2012 un colombiano leía en promedio 1,9 libros al año, cifra que aumentó a 2,7 en 2017 según encuesta de hábitos de lectura del DANE, datos que muestran un rezago gigantesco con respecto a países desarrollados.  Estas cifras sobre una competencia tan básica como la lectura indican un déficit importante en la construcción de ciudadanía e incluso en la formación de buenos profesionales.  A la hora de buscar culpables las miradas se dirigen a la educación, aunque no se puede obviar el contexto en que ésta se desenvuelve.

Si bien podría argüirse que la formación en pensamiento crítico es tarea de la educación básica y media, lo cierto es que la educación superior no puede eludir olímpicamente su cuota de responsabilidad.  De ahí que es tiempo de reflexionar en el ámbito universitario sobre el proceso de enseñanza – aprendizaje de pensamiento crítico y explorar nuevas estrategias para formar el talento humano que llega de la educación media, empezando por el diagnóstico de sus carencias o debilidades.  Es claro que el pensamiento crítico es un tema transversal presente de una u otra forma en todas las asignaturas del pensum, pero no hay que descartar la creación de una asignatura específica de entrenamiento y la realización de seminarios para docentes en este eje.

El pensamiento crítico es el hermano gemelo del pensamiento científico pero criado en un entorno libre, no acotado.  Una primera definición de pensamiento crítico lo caracteriza como “pensamiento científico extrapolado a la cotidianidad”, esto es, en condiciones de incertidumbre, con información incompleta y muy limitado control de variables.

El pensamiento científico es el mayor descubrimiento de la humanidad, pero no surge de la nada ni por una travesura de Prometeo.  Utilizando una licencia para esquematizar, se pueden simplificar las formas de conocer en dos niveles: el conocimiento empírico y el conocimiento científico.  El primero precede a la especie humana, pues fue innovación de nuestros antecesores homininos desde hace más de dos millones de años y su producto práctico es la técnica.  El Homo Sapiens no inventó la técnica, por el contrario, es producto de ella.  La técnica creó a la especie humana en el sentido de que fue condición necesaria, aunque no suficiente, para su cambio evolutivo.  En contraste, la ciencia es un invento reciente, de hace apenas 400 años, con algunos antecedentes en la antigüedad griega.  Y concomitante con ella aparece la tecnología, que equivale a técnica pero con fundamento científico.  Al igual que el conocimiento empírico, la ciencia trabaja con ensayo y eliminación de error, pero ha compactado y sistematizado el proceso, refinándolo en un aprendizaje colectivo de dos milenios, hasta decantar una condición de calidad denominada “rigor”.  El conocimiento científico se fundamenta en dos tipos de rigor, el lógico y el experimental.

El pensamiento crítico debe negociar rigor por razones prácticas, pero sin perderlo de vista como ideal regulativo.  Una segunda definición lo caracteriza como “pensamiento evaluativo en un espacio de comunicación, comprometido con la verdad y con un propósito”.  Evaluación, comunicación, verdad y propósito son, pues, cuatro componentes claves para clarificar el concepto de pensamiento crítico.

Evaluación, en este contexto, es primariamente autoevaluación, como proceso metacognitivo de monitoreo y diálogo interno ejerciendo el control de calidad del propio pensar lingüístico y de su exteriorización oral o escrita.  Puede ejercerse por el emisor antes, durante y después de la comunicación.  Pero también es, desde luego, evaluación del discurso del otro, oral o escrito, por parte del receptor.  Toma elementos de análisis del discurso, pero no se reduce a él, pues ante todo es un proceso metacognitivo.  La psicología cognitiva, y cada vez más las neurociencias, cimientan el ejercicio crítico del pensamiento y dotan parte de su caja de herramientas, con recursos cognitivos para analizar, sintetizar, clasificar, comparar, ordenar, sistematizar, inferir, decodificar significados y operar con abstracciones, entre otros.  Pero quizás el aporte más útil es el “detector de sesgos cognitivos”, el cual conlleva un proceso autorreflexivo.

La comunicación es el principal teatro de operaciones del pensamiento crítico, pero debajo de esa superficie subyace la teoría de la argumentación y, a un nivel más fundamental, la lógica.  La lógica, como ciencia formal, y la teoría de la argumentación, como nueva retórica, brindan las herramientas para el análisis crítico del discurso propio y ajeno, en especial para la determinación de su estructura.  Y en este terreno, sin duda, el aporte más útil es el “detector de falacias”, que pone en evidencia fallas estructurales.

La “verdad” como concepto epistemológico tiene una larga historia en el debate filosófico.  La “verdad como correspondencia” y la “verdad como coherencia” son, quizás, lo más aproximado al consenso en este tema y, en cierto sentido, se conectan con el rigor experimental y el rigor lógico, respectivamente, por lo cual el pensamiento crítico que se mueve en territorios prácticos podría asumirlas, a riesgo de eclecticismo, como complementarias.  A diferencia de la teoría de la argumentación que tiene como objetivo la persuasión y, por ende, se somete al pensamiento estratégico, el pensamiento crítico tiene como objetivo la verdad.  Así que no bastan las técnicas evaluativas, como los detectores de sesgos y falacias, ni el trasfondo de la ciencia, sino que se exige además un componente actitudinal: aborrecer el autoengaño.  El filósofo alemán Friedrich Nietzsche lo expresó de manera magistral: “¿cuánta verdad eres capaz de soportar?”.  La verdad es filosa y puede herir nuestra identidad, autoestima o imagen de uno mismo.  Incluso a nivel de las organizaciones también aflora el temor a la verdad, especialmente en aquellas en que hay resistencia al cambio, el llamado “Factor R” que se estudia en administración de empresas.

A pesar de su compromiso con la verdad, el pensamiento crítico no es una isla, puesto que se trata de un aspecto funcional parcial de un sistema nervioso central muy complejo y juega en la práctica de las interacciones personales en el contexto de una sociedad también compleja.  Así que el pensamiento crítico, como ejercicio consciente que es, no se solaza con atesorar la verdad, sino que debe negociarla, por ejemplo, con el pensamiento creativo que busca la novedad o con el pensamiento estratégico que busca la victoria, y por el otro lado con el pensamiento escéptico que no busca nada, salvo jugar al francotirador o al purgante.  Para esa negociación consciente el pensamiento crítico se guía por un propósito que nace de la vida social, de otra manera estaríamos absolutizándolo y esto nos reportaría altos costos y escasos beneficios compensatorios.  A esta sabiduría social del individuo la podríamos denominar el “dosificador del pensamiento crítico”.  Tal valoración de propósitos la realizamos en tres direcciones: con uno mismo, con el interlocutor y en una dinámica que es muy importante para las organizaciones, el trabajo en equipo.

Después de esta sucinta y un tanto esquemática caracterización, es preciso abordar, aunque sea brevemente, la enseñabilidad del pensamiento crítico.  Hacia este objetivo referenciamos tres componentes:

·   Actitudinal: constituye el máximo desafío para docentes y discentes, pues tiene un carácter existencial e identitario muy fuerte.  Sólo la investigación psicopedagógica permitirá optimizar la enseñabilidad de este aspecto.

·       Técnico: es el núcleo duro del proceso de enseñanza – aprendizaje del pensamiento crítico y, cual si fuera un deporte, el entrenamiento tiene primacía sobre la teorización.  Al estar aquí la máxima enseñabilidad, este componente constituiría la mayor parte de un curso o seminario sobre el tema.

·    Contenido de referencia: en el campo especializado de un individuo el método científico y su experticia priman, pero al salir hacia áreas de conocimiento ajenas, el pensamiento científico debe dar paso al pensamiento crítico.  Tal salto exige cultura científica, esto es, un nivel de conocimientos científicos que, sin alcanzar la experticia, nos brinde la posibilidad de valorar información y fuentes, para establecer hechos y evidencias.  En un sentido más profundo este punto puede entenderse como asimilar una concepción científica del mundo, clave en la visión ilustrada de construcción de ciudadanía. 

Es así como desde la revista Ingeniare y el sistema de I+D+i de la Universidad Libre queremos abonar el terreno para la reflexión de una temática de gran importancia en la formación de los ingenieros del siglo XXI: el pensamiento crítico.

 

Jorge Senior Martínez

Director Seccional de Investigación

miércoles, septiembre 16, 2020

Comentarios iniciales a La Actitud Científica de Lee McIntyre

 


Pre-Reseña de La Actitud Científica de Lee McIntyre (MIT, 2019)

Por Jorge Senior

Tras leer la Introducción y los 4 primeros capítulos elaboro este comentario sobre el libro, ejercicio que servirá después para escribir la reseña.

La Actitud Científica (en adelante AC) es un libro que retoma el hilo de los clásicos, en especial Popper, Kuhn y Laudan (también, pero en menor medida, el empirismo lógico y Merton).  No es, por tanto, un libro de filosofía de alguna ciencia particular, sino filosofía de la ciencia en general. Básicamente retoma el problema de la demarcación para darle un giro con un propósito: la defensa de la ciencia (también comprender la ciencia y desarrollarla). 

Esa defensa muestra otra carácterística del texto: no es academicista, no es la típica obra escrita desde la torre de marfil. A diferencia del típico filósofo profesional, McIntyre entiende y asume la importancia política central de la ciencia en el siglo XXI y su punto de partida es que la ciencia está bajo ataque. Incluso menciona la Marcha por la Ciencia de 2017.  Indudablemente el negacionismo del cambio climático de Trump y un vasto sector de la sociedad estadounidense es un acicate para este esfuerzo argumentatitivo del autor, así como el movimiento antivacunas. Fue publicado en 2019, por tanto no sale la pandemia del novel coronavirus, pero si hubiera salido este año incluiría sin duda las teorías conspiranoicas sobre la pandemia.  El creacionismo defendido por el fundamentalismo evangélico cristiano (base social del Partido Republicano y mayoría política en muchos estados del centro de EEUU) es otro referente de la deliberación pública y judicial estadounidense sobre la ciencia, en este caso relacionado con la educación (en este punto aparece en escena el filósofo de la biología Michael Ruse).  El ataque posmodernista, más evidente en Europa como enemigo de la ciencia, es mencionado pero no aparece de manera nítida, en los primeros capítulos por lo menos.  Este carácter dialéctico se vislumbra en el título completo o subtítulo que hace referencia al negacionismo, el fraude y la pseudociencia.

Su principal contrincante actual dentro de la filosofía de la ciencia parece ser Massimo Pigliucci.  Un libro mencionado muchas veces en el texto es Filosofía de la Pseudociencia, una recopilación con capítulos de múltiples autores (Universidad de Chicago, 2013). Toca leerlo.

McIntyre, decíamos, retoma el hilo del problema de la demarcación, recapitula la discusión desarrollada en el siglo XX.  Muestra que debe precisarse la demarcación respecto a qué, pues al principio se trataba de deslindar ciencia y metafísica, luego apareció el reto de la pseudociencia.  McIntyre engloba todo lo que no es ciencia en el término “Non-scientific”.  Pero este campo se divide en “Un-scientific” (que se refiere al arte, la filosofía, etc, campos que no pretenden o aspiran a ser ciencia) y pseudociencia (astrología, creacionismo, etc, que sí pretenden ser ciencia).

El autor analiza los intentos de solución lógica o metodológica al problema de demarcación desde la exigencia planteada por Laudan de condiciones necesarias y suficientes. McIntyre recapitula los problemas que llevaron a esos esfuerzos a un callejón sin salida y entonces lanza su propuesta de criterio, el concepto de “actitud científica”.  El autor no considera que esta propuesta solucione el problema de demarcación, pero indica que sí sirve para lo que verdaderamente importa: defender a la ciencia.  Al hacerlo argumenta a favor de la superioridad epistémica de la ciencia, su privilegio epistémico, una posición que comparto plenamente.  Esta alternativa no es lógica o metodológica, pues se introduce en el campo de los valores y actitudes.  Y algo muy importante: la actitud científica es condición necesaria pero no suficiente y el autor argumenta que precisamente esa es su ventaja.  De hecho, el capítulo 4 (por ahí voy) es una magistral argumentación lógica a partir del manejo de las categorías de “necesario” y “suficiente”.  Por eso considero a este capítulo 4 como excepcionalmente bueno para estudiantes de filosofía, por esa brillante demostración de manejo de la pareja conceptual mencionada, una herramienta fundamental en el quehacer filosófico.

Al ser condición necesaria pero no suficiente, el criterio AC puede servir para detectar lo que no es ciencia, pero no sirve para caracterizar o identificar a la ciencia, es decir, para delimitar qué es ciencia.  Pero no importa, puesto que se trata de poner en evidencia a los charlatanes, pseudocientíficos, negacionistas y también sirve para señalar la mala ciencia, pues McIntyre lo propone como un criterio normativo, no descriptivo.  Por esta misma razón el criterio normativo AC puede servir también para desarrollar científicamente aquellos campos que aspiran ser ciencia, como las “ciencias sociales”, que el autor reconoce aún están deficientes de AC (en el índice veo que hay un capítulo dedicado a las ciencias sociales).  En este punto el autor aún no ha precisado su criterio en términos prácticos: ¿cómo se identifica la AC en el mundo real?  Pero promete hacerlo en subsiguientes capítulos.

Comentario crítico:

En el libro aparecen errores inconcebibles como calificar de “elíptica” la trayectoria de una bola pateada en la superficie de la Tierra, o poner el problema de la precesión del perihelio de la órbita de Mercurio como algo que venía merodeando desde antes del siglo XIX.  Asimismo, en algún momento parece aceptar la tesis vieja de Popper sobre el carácter no falsable de la biología evolutiva, algo que el propio Popper reconoció como error y por tanto ni siquiera valía la pena de ser mencionado.  El criterio de falsación no deja a la biología evolutiva por fuera de la ciencia.

Otro comentario que me suscita el texto es que lo que el autor viene llamando AC se corresponde muy bien con el “pensamiento crítico” (PC) o “critical thinking”.  En un escrito sobre el tema expuse que el PC tiene 3 aspectos: el actitudinal, el evaluativo (detector de falacias y sesgos, que es la parte de mayor enseñabilidad) y el contenido científico de referencia (cosmovisión científica).  La AC corresponde al aspecto actitudinal del PC.  En ese mismo escrito menciono que el pensamiento crítico es el hermano gemelo del pensamiento científico o, dicho en otras palabras, es el pensamiento científico aplicado a la vida cotidiana, en condiciones de incertidumbre y sin mayor control de variables.

Me interesa mucho un capítulo que aún no he leído, que se refiere a la historia de la medicina, pues es el tema que estoy trabajando actualmente. En uno de los capítulos que leí, McIntyre menciona el trajinado ejemplo de Semmelweis (muy usado en CTS) y el de la fusión en frío, para ilustrar la AC y la ausencia de AC.  

Para estudiar Introducción a la Lógica, McIntyre recomienda Beginning Logic de EJ Lemmon (Cambridge, MA: Hackett, 1978).



martes, septiembre 15, 2020

Tu filogénesis





Perteneces a la especie Homo Sapiens

Del Género Homo

De la subtribu Hominina (junto con Ardipithecus, Kenyanthropus, Australopithecus y Paranthropus)

De la tribu Hominini (junto a Chimpancés y Bonobos)

De la subfamilia Homininae (junto a Gorilas)

De la Familia Hominidae (junto a Orangutanes)

De la superfamilia Hominoidea (junto a Gibones)

Del parvorden Catarrhini

Del infraorden Simiformes

Del suborden Haplorrhini

Del Orden de los Primates

Del granorden Euarchonta

Del superorden Euarchontoglires

De la infraclase Placentalia

De la subclase Theria

De la Clase Mammalia

De la superclase Tetrapoda

Del infrafilo Gnathostomata

Del subfilo Vertebrata

Del Filo Chordata

Del superfilo Deuterostomia

Del combo bacano de los Bilateria

Del subreino Eumetazoa

Del Reino Animalia

Del Dominio Eukaryota

jueves, agosto 27, 2020

Representación de razas, sexos y religiones en el Congreso de EEUU según partido político

 Dataisbeautiful sacó una gráfica excelente sobre los dos partidos políticos de EEUU, que merece un somero análisis o, al menos, una traducción a palabras, para que quede consignado y consultable acá en el blog.

La gráfica muestra la distribución por religión, raza y sexo en la población estadounidense y en la representación de cada partido en el congreso. Veamos.



SEXO

Los hombres están ligeramente sobrerrepresentados en el partido demócrata y muy sobrerrepresentados en el republicano (cerca del 90%).

RAZA

La mayoritaria raza blanca está representada adecuadamente en el partido demócrata y abrumadoramente sobrerrepresentada en el republicano (cerca del 95%).  

La raza negra está ligeramente sobrerrepresentada en el partido demócrata mientras en ese mismo partido los latinos están ligeramente subrrepresentados. Es como si negros ocuparan un pequeño porcentaje correspondiente a latinos. Estas dos minorías tienen un tamaño parecido en la población en general (ligeramente superior al 25% sumadas), con una pequeña diferencia a favor de latinos, pero tal situación se invierte en el congreso.

Los asiáticos son una minoría más pequeña y están representados adecuadamente en el partido demócrata y casi inexistentes en el republicano. Es claro que el demócrata es el partido de los asiáticos.

Los nativos americanos y los mestizos son aún más minoritarios y además están subrepresentados en el partido demócratas y son casi inexistentes en el republicano.

En general, las minorías están adecuadamente representadas en el partido demócrata, es decir, que este partido representa de manera apropiada la realidad demográfica racial del país.  En contraste, el partido republicano es el partido de los blancos y la única minoría con presencia significativa pero baja en ese partido son los latinos, lo cual se explica seguramente por los cubanos de la Florida.

RELIGIÓN 

Los protestantes están muy sobrerrepresentados en el partido republicano (casi el doble del % de la población) y están adecuadamente representados en el demócrata.

Los judíos aparecen como religión, no como raza (supongo que entonces quedan incluidos como blancos). La religión judía es una minoría sobrerrepresentada en el partido demócrata y no existe en el republicano. Definitivamente el demócrata es el partido de los judíos. 

Otro dato altamente significativo es que la categoría "no afiliado" a religión alguna, que podríamos suponer son ateos o agnósticos, corresponde aproximadamente al 25% de la población y no tiene representación alguna en el congreso.  Otra categoría denominada "no sabe" tiene cerca de 7% del partido demócrata y apenas como un 2% en la población.

Los católicos aparecen como sobrerrepresentados en el partido demócrata y ligeramente sobrerrepresentados en el republicano.

Protestantes y católicos son más del 90% de republicanos y más del 75% de los demócratas, mientras que no llegan a 65% de la población. Los católicos están repartidos entre los dos partidos, aunque con una ligera inclinación a favor de los demócratas.

El cristianismo en general es, pues, claro dominante del congreso.  La única otra religión con presencia significativa es la hebrea. Musulmanes, hindúes, budistas y otros casi no tienen presencia.

SÍNTESIS

El partido republicano es el clásico WASP por antonomasia, el partido de los hombres blancos protestantes.

El partido demócrata es el partido de las minorías: negros, latinos y asiáticos por un lado y judíos por el otro, y en términos relativos es también el partido de las mujeres.Y sin embargo, no se puede decir que los hombres blancos protestantes estén subrrepresentados en él.  Más bien, podríamos decir que el partido demócrata refleja de manera aproximada la realidad demográfica, mientras los republicanos tienen una representación muy distorsionada o sesgada en religión, raza y sexo. 

Los católicos son la categoría más equilibrada en cuanto a su preferencia por uno u otro partido. Y los ateos (o los no religiosos) son la categoría más perjudicada.

lunes, agosto 17, 2020

Modelación matemática del cuerpo humano

 

¿Es posible modelar matematicamente el organismo humano?  Sin duda es posible ir construyendo modelos parciales con múltiples variables cuantificables con las cuáles construir un espacio de estados que contemple parámetros para salud y enfermedad, con una zona gris de alerta entre ambas zonas.  Con una red de nanosensores que midan esas variables se puede alimentar un algoritmo que informe, alerte y prescriba medidas en tiempo real para mantener al organismo en el espacio de salud. 

Con el tiempo se puede ir haciendo más complejo el algoritmo, incorporando más variables y más interrelaciones.

Si el algoritmo se maneja desde un dispositivo portátil personalizado el derecho a la privacidad o intimidad individual sería menos vulnerable.  Pero si por conveniencia epidemiológica todo se realiza a través de conexión en línea, por ejemplo, para ser monitorizado por el servicio de salud al cual esté adscrito el sujeto, es posible que el ciudadano se encuentre en una situación de vulnerabilidad.  El problema es que la misma tecnología que sirve para producir un bien, por ejemplo el cuidado de tu salud, serviría también para el control totalitario.  He ahí el dilema que se viene en los próximos años.

Los rajados por la pandemia: evaluación

Miremos primero un referente mundial y luego el caso de Colombia.

Suecia vs. Noruega

La evaluación comparativa de las distintas estrategias para confrontar la pandemia es la mejor manera de aprender y mejorar en el manejo a escala social de este tipo de fenómeno, que bien podría volverse a presentar por rebrote o por nuevos agentes patógenos.

Pero esas comparaciones no se pueden hacer de manera burda, pues cada nación tiene características y situaciones distintas.  Sin embargo, Suecia y Noruega son dos estados muy parecidos que optaron por estrategias muy diferentes, casi que opuestas, por lo que resultan equivalentes a un experimento social. 

Estos países escandinavos no fueron tomados de sorpresa como España e Italia, sino que tuvieron más tiempo de preparación. En situación de pandemia un mes es mucho tiempo.  Tampoco son receptores turísticos como los dos países del mar Mediterráneo.  Suecia y Noruega están en la misma latitud, comparten clima y genética, sus sistemas de salud son equiparables, así como su ingreso per cápita. La cultura ciudadana es similar y la estructura familiar también (por ejemplo, una relativamente alta proporción de las viviendas tienen sólo una persona habitándola).  La estructura de la pirámide demográfica es igual, un factor clave para el caso de la Covid-19, pues afecta mucho más a los ancianos.  Países con mayor proporción de población en la tercera edad están en mayor riesgo, pero en este caso ambos comparten esa desventaja.  África, en cambio, a pesar de sus debilidades en cuanto a sistema de salud y condiciones de vida, ha tenido la ventaja de una población con mayor proporción de jóvenes. 

Suecia tiene 10,2 millones de habitantes frente a 5,4 millones de Noruega, es decir, una proporción aproximada de 2 a 1, que facilita la comparación.

Pues bien, Suecia le apostó a una estrategia de no confinamiento, so pretexto de proteger la economía y la libertad ciudadana.  Una apuesta arriesgada por la inmunidad de rebaño.  Noruega, en cambio, se decidió por la estrategia recomendada por la OMS, tomando medidas tipo cuarentena, a sabiendas de que significaba un sacrificio económico a costa del ahorro nacional, pero salvaguardando la vida, en especial de los mayores de 60 años.

El resultado del “experimento” salta a la vista.  En Suecia, a fecha 13 de agosto, ha habido 84.294 casos confirmados y 5.783 muertes por Covid19.  Para la misma fecha, Noruega ha tenido 10.005 casos y apenas 261 muertes.  Es decir, que con el doble de población Suecia ha tenido 8 veces más contagios y 22 veces más muertos.  La tasa de letalidad, basada en los casos confirmados, es de 6,8% en Suecia y de sólo 2,6% en Noruega.  Y este mismo ejercicio se puede hacer con Finlandia o Dinamarca, cuyos desempeños han sido similares a Noruega.  Simplemente Suecia escogió la muerte de sus viejos, miles de ancianos: ¡un verdadero gerontocidio!

Queda claro, entonces, que la OMS tenía razón y que la supresión o la mitigación decidida constituyen la mejor estrategia para el desafío del coronavirus-2.  El propio Anders Tegnell, epidemiólogo sueco ideador y líder de la estrategia de su país, reconoció el fracaso.

Caso de Colombia

En el caso colombiano, bajo condiciones muy diferentes, pero con mayor tiempo de preparación, la cuarentena porosa, el nulo rastreo y el lento crecimiento del testeo, han significado un manejo deficiente de la pandemia, aunque no tan grave como el de Suecia.  En nuestro país los viejos lastres de pobreza y desigualdad, informalidad laboral y hacinamiento en viviendas, sumados a un pésimo sistema de salud altamente privatizado, hacían necesaria una estrategia que combinara una cuarentena intensiva con la salvaguarda socioeconómica de la renta básica, así fuese provisional.  De otra manera, al riesgo de gerontocidio se le agregaría el aporocidio o muerte de los más pobres.  Ni el gobierno ni el congreso aprobaron la renta básica, los gobiernos locales fueron erráticos y el gobierno nacional ha sido mero show vespertino televisado a una rata de $40 millones por noche. 

El cierre de colegios y universidades y la cuarentena a medias (además de los protocolos sanitarios que la población ha ido asimilando a pesar de la nula inversión en cultura ciudadana) nos han salvado de la catástrofe.  Pero aún así las cifras son pésimas.  Ya llevamos 15 mil fallecidos -principalmente ancianos y pobres- y el pico áun no llega.  Mientras en Suecia, con economía abierta, se contagió el 0,83% de la población, en nuestro país, con parte de la economía cerrada, vamos por 0,94%.  Lo más grave es que Colombia ocupó el primer lugar mundial en número de muertos por Covid-19 por millón de habitantes por día en las siguientes fechas: julio 23, 25, 28 y 29.  También ocupó el primer lugar en ese mismo indicador pero por semana, en el período agosto 2 al 9.  Afortunadamente estos primeros lugares no se dieron en el nivel tan agudo como los primeros lugares de Italia y España en marzo, pero indican claramente que nuestro país tuvo un manejo inadecuado de la epidemia.  Y pensar que aún falta afrontar el oscuro panorama económico.

En resumen, como Suecia, Bolsonaro y Trump, Duque se rajó, pero nosotros sufrimos las consecuencias.  Por sanidad, todos debemos lavarnos las manos, menos el gobierno nacional,  que no puede eludir su responsabilidad en esta crisis.

Publicado en El Unicornio en agosto 17 de 2020

@jsenior2020

Blog

La increíble historia de Henrietta Lacks

En este anómalo agosto, Henrietta Lacks cumplió 100 años.  Como el gato de Schrödinger, ella está viva y muerta.  Una parte de ella murió en 1951.  Otra parte de ella es inmortal y pesa actualmente varias toneladas.  Su yo inmortal fue el asesino de su yo mortal.  Hela ahí: ese yo inmortal y asesino es un hito de la medicina y hoy ayuda a salvar vidas.  Su yo mortal nunca imaginó el final de esta increíble historia.  Ni el más imaginativo de los escritores pudo vislumbrar semejante destino para un simple mortal.

Todo comenzó en febrero de 1951 cuando a Loretta Pleasant, una joven de 30 años, le diagnosticaron cáncer cervical en el hospital John Hopkins en Baltimore.  Era una mujer pobre, de raza negra, con 5 hijos, el último de los cuales había nacido pocos meses antes en ese mismo hospital.  Cuando se casó con su primo David Lacks nueve años antes, tomó su apellido, pero ni siquiera sus descendientes saben cómo o por qué cambió su nombre a Henrietta. 

El médico Howard Jones decidió hacer una biopsia, tomó muestras de células del tumor para diagnosticarlo y les pasó algunas a investigadores del mismo instituto. Uno de ellos era el ginécologo Richard TeLinde, quien investigaba sobre cáncer cervical, y los otros dos eran una pareja casada, George y Margaret Gey, quienes llevaban años trabajando en cultivos celulares in vitro, intentando que células humanas perduraran largo tiempo fuera del cuerpo de origen.  En su laboratorio el matrimonio Gey creó las condiciones para la reproducción por mitosis de las células tumorosas de Henrietta, quien no tenía la menor idea del asunto, pues en aquella época el consentimiento informado no era práctica habitual, ni había un protocolo bioético que obligara a dar tal información al paciente.  Para sorpresa de los investigadores estas células resultaron dotadas de un superpoder: reproducirse indefinidamente, más allá del límite de Hayflick que marca la muerte programada por apoptosis a las celulas ordinarias del ser humano y de muchas otras especies. ¡Las agresivas células cancerosas de Henrietta eran inmortales! 

Pero Henrietta nunca lo supo.  Ella no era inmortal.  El 4 de octubre de 1951 falleció por causa de ese tumor inmortal.  Sólo 20 años después, casi de casualidad, su familia se enteró de que una parte de Henrietta, precisamente la que causó su muerte, aún vívía.  Y no sólo eso, la reproducción de esas células, llamadas HeLa por el nombre de la paciente fallecida, había escalado a niveles industriales, distribuyéndose por innumerables laboratorios de todo el mundo debido a sus propiedades especiales y su inmensa utilidad para la investigación biomédica.  Las células HeLa, por ejemplo, contribuyeron a la investigación de Jonas Salk que llevó a la exitosísima vacuna contra la poliomelitis.  Muchos descubrimientos médicos, y hasta algunos premios Nobel, se han derivado de investigaciones realizadas con esas células letales y maravillosas.  Es el caso de Elizabeth Blackburn, Carol Greider y Jack Szostak que en 2009 ganaron el Nobel por su trabajo sobre la enzima telomerasa, que repara los telómeros de los cromosomas y es clave en la juventud eterna de las células HeLa.  Se calcula que se han realizado unos 74.000 experimentos con las células descendientes de Henrietta, que algunos clasifican como no humanas, pues son mutantes con 80 cromosomas.  Aquí en Colombia también se utilizan.

Dos temáticas se abren a partir de esta historia.  Una es la deliberación bioética que se derivó de este caso y el perfeccionamiento consecuente de los protocolos.  Sin embargo, no se puede desconocer que los inmensos beneficios para la humanidad obtenidos de las investigaciones con esta línea celular inmortal, superan cualquier derecho individual de corte liberal.  El Bien común prima sobre el interés particular.  Por ello, actualmente en muchos países todos somos donantes por defecto, mientras no digamos lo contrario.  En Colombia, la ley 1805 de 2016 establece en su artículo 3 que “se presume que se es donante cuando una persona durante su vida se ha abstenido de ejercer el derecho que tiene a oponerse a que de su cuerpo se extraigan órganos, tejidos o componentes anatómicos después de su fallecirniento”.

El otro tema, de mayor importancia, es el renacimiento del milenario sueño de la especie humana de alcanzar la inmortalidad, ya no por magia sino por ciencia y tecnología.  Entiéndase por inmortalidad, en este contexto biológico, la detención del envejecimiento, no la indestructibilidad.  Durante el 80% de los 4 mil millones de años de historia de la vida la muerte por envejecimiento o muerte programada no existía.  Este “invento” reciente de la evolución es concomitante con otra novedad: la reproducción sexual de organismos pluricelulares.  Sexo y muerte son dos caras de la misma moneda evolutiva.  Sin embargo, hay especies animales que no tienen ese mecanismo llamado “muerte” en su ciclo vital, como la hydra, por ejemplo. ¿Podremos los seres humanos prescindir de la muerte senil algún día?  La respuesta parece ser afirmativa y no muy lejana.  Una posibilidad sería con células madres y epigenética para lograr la regeneración de tejidos y órganos. 

Si el siglo XX fue el siglo de la física, ahora estamos en el de la biología y la medicina se encuentra al borde de una revolución científica.

Publicado en El Unicornio en agosto 9 de 2020

@jsenior2020

Blog

 

 

El truco de la falsa polarización en Colombia y EEUU

LA FALSA POLARIZACIÓN ES UN TRUCO DE MANIPULACIÓN DE LA OPINIÓN QUE ES IMPULSADO POR LA CENTRO-DERECHA (algunos sectores verdes, el fajardismo y el santismo) Y POR LA EXTREMA DERECHA URIBISTA, CADA UNO CON SUS CÁLCULOS.

YA NO HAY EXTREMA IZQUIERDA EN COLOMBIA

La idea de un espectro político de izquierda a derecha se originó anecdóticamente durante la revolución francesa cuando en la convención nacional de 1792, con carácter constituyente, los jacobinos quedaron ubicados a la izquierda y los girondinos a la derecha del escenario.  El esquema cuajó y ha servido de modo descriptivo para mapear el ajetreo político partidista en medio mundo, así sea de manera lineal y sobresimplificada.  Algunos dicen que ese esquema está superado, pero la realidad parece contradecirlos, como lo evidencian los últimos procesos electorales en EEUU, España, Brasil, Argentina, México o Colombia.

Debo admitir, eso sí, que el análisis político no puede agotarse en tal esquema lineal, pues puede haber asuntos transversales, alianzas inconsistentes con el esquema o coincidencias insospechadas, como la que se dio entre la extrema izquierda y la extrema derecha conservadora de nuestro país, en tiempos del Frente Nacional, para rechazar juntos la política de control de natalidad.  A pesar de esas excepciones que confirman la regla, hoy vemos que asuntos que deberían unificar a toda la humanidad, como la lucha contra el calentamiento global o el impulso a la ciencia, se ven politizados y encorsetados en el esquema, pues en varios países hay una derecha negacionista del cambio climático y enemiga del pensamiento científico.

El espectro de izquierda – derecha tiene entonces plena validez en el mundo actual, tanto en sistemas electorales bipartidistas como en aquellos multipartidistas.  Colombia está en este último caso, mientras que EEUU aparentemente se encuentra en el primero.  Pero hay una similitud obvia debido a que en el Partido Demócrata, Bernie Sanders lideró en las primarias una propuesta ubicada mucho más a la izquierda que el muy moderado Joe Biden, quien finalmente ganó la candidatura (en EEUU se entiende por Left a los de pensamiento liberal).  Eso dio lugar a una lectura tripartita con Trump en la extrema derecha, Biden en el centro y Sanders en la izquierda.  Algo muy parecido a la realidad colombiana, donde el uribismo copa el espacio de la extrema derecha (halando al partido conservador que lleva varias elecciones presidenciales sin candidato propio); el santismo, fajardismo y el ala derecha verde representan un centro que bien podríamos llamar de centro-derecha; y una centro-izquierda que se representa en Colombia Humana, varios partidos pequeños y parte de las bases del Polo (partido este último que tiene la brújula dando vueltas como un trompo). Es notoria la ausencia de extrema izquierda en Colombia, en contraste con las décadas de los 60, 70 y 80.  A duras penas queda el clandestino y marginal ELN que nada tiene que ver con el certamen electoral.

Y aquí viene el truco de la falsa polarización, una táctica que funciona tanto en Colombia como en Estados Unidos.  Al no haber extrema-izquierda, por ejemplo de tipo comunista o netamente socialista, revolucionaria o antisistémica, la polarización frente al autoritarismo de extrema derecha que encarnan Trump allá y Uribe acá, es imposible.  No hay dos polos extremos, sino uno solo, el extremismo de la derecha autoritaria que conjuga lo represivo y lo populista.  El truco está en convertir a Bernie Sanders o a Gustavo Petro en supuestos extremistas radicales, cuando el estudio objetivo de sus programas muestra una línea moderada de tipo socialdemócrata o de liberalismo social. 

El uribismo vive de la polarización, la necesita, como el ser humano necesita el oxígeno.  El fenómeno Uribe surgió de la polarización con las FARC, grupo éste poco inteligente que se convirtió en el combustible político que impulsaba a su archienemigo de 2001 a 2010.  Luego, durante el proceso de paz la tesis del “Centro Democrático” era que Santos le iba a entregar el país a las FARC (juzgue el lector tamaño engaño a la audiencia crédula) y así polarizó con los dos.  Al desaparecer las FARC, el uribismo urge de un polo opuesto para galvanizar la opinión y los votos, entonces lo busca en contradictores frenteros como Petro, acomodándole adjetivos como “castrochavista” y utilizando el coco de Venezuela para manipular el miedo. 

Por su parte, el centro aderechado sigue el juego pues cree que, como pasó en EEUU, la ciudadanía va reaccionar contra la polarización artificialmente creada, apostándole al “moderado” y “tranquilizador” centro neutro.  Esa es la apuesta del fajardismo y el nuevo lopismo (el de Claudia), mientras Santos todavía no muestra las cartas y permanece astutamente en bajo perfil.  El cálculo es que, de llegar el centroderechismo a segunda vuelta, la izquierda, que cada vez es más numerosa y ya se cuenta por millones, votará por la opción más cercana, o sea el mal menor, como pasó en 2014.  Esa táctica les falló en 2018, pero todo indica que insisten en el juego de la falsa polarización. 

Humberto De la Calle identificó con lucidez ese juego de “atacar en gavilla” a Gustavo Petro y lo rechazó, lanzando una propuesta de altura para buscar consenso en el terreno programático.  La idea fue acogida por Petro, quien habla de un “Pacto Histórico”, mirando más allá del 2022.  El dilema lo tienen ahora los “alternativos” del amarillo y el verde, que llevan por dentro de sus partidos la fractura entre centro-izquierda y centro-derecha, a veces apaciguada por la fría pero dulce mermelada de la capital.

@jsenior2020

Blog

lunes, julio 27, 2020

La nueva fractura del pensamiento liberal


El pasado 7 de julio apareció una trascendental declaración en el magazín Harper de los Estados Unidos con el título A Letter on Justice and Open Debate, firmada por 150 intelectuales de reconocida trayectoria.  Entre estos escritores, periodistas, historiadores y profesores están Noam Chomsky, Steven Pinker, Francis Fukuyama, Garry Kasparov, J.K. Rowling, Salman Rushdie, Jenifer Senior y muchos otros de diversas nacionalidades y profesiones.  Esta carta pública la puede usted leer en su original en inglés y en su versión en español.

La médula del pronunciamiento es el rechazo a “la disyuntiva falaz entre justicia y libertad, que no pueden existir la una sin la otra”.  Esta tesis en defensa de la libertad de expresión y pensamiento responde a una situación en la cual, según los firmantes, “resulta demasiado común escuchar los llamamientos a los castigos rápidos y severos en respuesta a lo que se percibe como transgresiones del habla y el pensamiento”. Y agregan: “Más preocupante aún, los responsables de instituciones, en una actitud de pánico y control de riesgos, están aplicando castigos raudos y desproporcionados en lugar de reformas pensadas. Hay editores despedidos por publicar piezas controvertidas; libros retirados por supuesta poca autenticidad; periodistas vetados para escribir sobre ciertos asuntos; profesores investigados por citar determinados trabajos de literatura; investigadores despedidos por difundir un estudio académico revisado por otros profesionales; jefes de organizaciones expulsados por lo que a veces son simples torpezas. Cualesquiera que sean los argumentos que rodean a cada incidente en particular, el resultado ha consistido en estrechar constantemente los límites de lo que se puede decir sin amenaza de represalias”.

El 19 de julio fue publicada La Carta Española de apoyo al Manifiesto Harper’s, firmada por más de cien intelectuales, explícitamente enfocada contra la cultura de la cancelación, como resalta su subtítulo (ver aquí).  Entre los firmantes se encuentran los filósofos Adela Cortina, Anna Estany, Antonio Diéguez, Fernando Savater y Félix Ovejero, el psiquiatra Pablo Malo, el historiador argentino Ariel Petrucelli, el escritor peruano Mario Vargas Llosa y una pléyade de académicos, médicos, periodistas y artistas.

Los hispanoparlantes dejan en claro “que nos sumamos a los movimientos que luchan no solo en Estados Unidos sino globalmente contra lacras de la sociedad como son el sexismo, el racismo o el menosprecio al inmigrante, pero manifestamos asimismo nuestra preocupación por el uso perverso de causas justas para estigmatizar a personas que no son sexistas o xenófobas o, más en general, para introducir la censura, la cancelación y el rechazo del pensamiento libre, independiente, y ajeno a una corrección política intransigente”. Y agregan: “Desafortunadamente, en la última década hemos asistido a la irrupción de unas corrientes ideológicas, supuestamente progresistas, que se caracterizan por una radicalidad, y que apela a tales causas para justificar actitudes y comportamientos que consideramos inaceptables”.

Estas expresiones no son anecdóticas.  Lo que ambas publicaciones reflejan es un fenómeno cultural profundo que está desarrollándose en las democracias occidentales: el despliegue de una ideología de la “corrección política” que ha desatado un nuevo macartismo que, a diferencia del original, se ubica en la izquierda del espectro político, en el liberalismo radical identitario imbuido de supremacía moral y victimismo. Se trata de linchamientos virtuales, persecusiones y censuras moralistas que atentan contra la libertad de expresión, pues no responden a acciones, hechos o delitos sino a opiniones, escritos, trinos o intervenciones orales, ya sea en foros públicos, lugares de trabajo o en simples conversaciones.  Los casos que más han trascendido y han alborotado los medios se refieren a personajes famosos, pero igual viene sucediendo con cualquier profesor, columnista o ciudadano común que opina.  La libertad de cátedra, la libertad de prensa, el uso público de la razón, son boicoteados por grupos de presión que dicen luchar contra la opresión y defender causas de justicia. He ahí la novedad.

Hemos estado acostumbrados a las persecusiones y los intentos de censura por parte de la extrema derecha conservadora.  Eso nada tiene de extraño.  Pero este nuevo fenómeno desatado en el siglo XXI se origina en activismos de izquierda y va dirigido contra figuras progresistas en una especie de espectáculo caníbal que la derecha observa con una sonrisa de placer.  ¡Bien que amerita un análisis! 

Desde su surgimiento, el pensamiento liberal ha tenido múltiples derivaciones y tensiones internas.  La principal escisión, que ha perdurado durante dos siglos, ha sido entre un liberalismo político progresista que aboga por la ampliación de derechos sociales y libertades públicas, y un liberalismo económico que se centra en la libertad de mercado y minimización de la regulación estatal.  A esta última rama se le llamó liberalismo manchesteriano, en la versión clásica del siglo XIX, pero con el desarrollo de la teoría económica neoclásica, en el siglo XX dio origen al neoliberalismo a partir de la Mont Pélerin Society y las ideas de Friedrich Hayek y Ludwig von Mises.  Esta línea neoliberal fue absorbida por la derecha conservadora y en su forma más radical, por los Libertarian, seguidores de las incoherentes ideas de Ayn Rand. Desde 1980 el neoliberalismo se ha vuelto casi hegemónico, agudizando la desigualdad, desmantelando el estado de bienestar y convirtiéndose en sentido común.

Al mismo tiempo la izquierda en confusión sufría la orfandad de teoría derivada de la decadencia del marxismo, agudizada por el oscurantismo posmodernista.  La clase obrera, mitificada en la visión decimonónica de Carlos Marx como el sujeto social y político en cuyos hombros se levantaba el futuro, fue languideciendo como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas, debido al avance de la ciencia y la tecnología.  Y a pesar del aumento de la desigualdad y la concentración de riqueza e ingreso, las reivindicaciones socioeconómicas pasaron a segundo plano, desplazadas por reivindicaciones identitarias relativas a la discriminación racial, el machismo, la diversidad en materia de sexualidad, entre otros. Temas liberales como el aborto, la eutanasia, el matrimonio gay, la dosis personal acapararon la atención. La contradicción capital / trabajo perdió el lugar central.  La izquierda derivó entonces del marxismo al liberalismo radical identitario, de los movimientos obreros y campesinos a los movimientos sociales de minorías étnicas (inmigrantes en el caso de Europa), LGTBI, grupos feministas, de la lucha social y económica a la lucha identitaria por el reconocimiento.  Los partidos de izquierda pasaron de la pretensión de ser los intérpretes de las mayorías trabajadoras a convertirse en los voceros de una amalgama de minorías, un archipiélago variopinto de grupos de presión.  El enemigo a derrotar ya no era la clase burguesa o la oligarquía, sino el varón blanco heterosexual, encarnación del opresor por antonomasia, aunque no tenga un peso en el bolsillo.  Las masas trabajadoras, en algunos países, fueron cooptadas por la derecha con discursos populistas.  Y al revés de lo que planteó Marx, la mentalidad progresista se asentó en estratos sociales relativamente altos y con mejor nivel educativo, mientras la mentalidad conservadora se arraigó en sectores populares. De la lucha de clases se pasó a las denominadas “guerras culturales”.

La vieja fractura entre liberalismo político y liberalismo económico había sido, en la segunda mitad del siglo XX, la partición ideológica de las sociedades desarrolladas occidentales. A la izquierda el estado social y a la derecha el neoliberalismo, que en realidad es un neoconservatismo, como el de Tatcher y Reagan.  El espectro de los partidos políticos así lo reflejaba.  Desde la posguerra hasta los años 80 el marxismo disputó al liberalismo social progresista (keynesianismo, socialdemocracia en algunos países) el espacio político de izquierda.  Tras la caída del muro Fukuyama proclamó la definitiva victoria de la democracia liberal.  Pero en ese nuevo orden internacional lo que se impuso fue el “consenso de Washington”.  En ese contexto y dentro del espacio de la “resistencia” se produce la nueva fractura del pensamiento liberal progresista, como producto de radicalizaciones de sectores de los movimientos sociales identitarios, con una nueva concepción de justicia social, moralista y emocional.  Se trata de un fenómeno político, cultural, moral y filosófico, cuya complejidad apenas empezamos a desbrozar. 

Nota: en esta columna he intentado una rápida aproximación histórica en el aspecto político.  Si le interesa el aspecto filosófico puede leer en el blog.  Y un abordaje muy interesante del fenómeno como cultura moral es el de Bradley Campbell esta semana en Quillette. Campbell es coautor del libro The rise of Victimhood Culture.   


lunes, julio 20, 2020

De la década de los 60 a 1989: reseña de dos libros de historia de Colombia



El primer libro se titula Los años sesenta y tiene por subtítulo Una revolución en la cultura (Edición Debate 2014 de Penguin Random House, lleva dos reimpresiones).  Su autor es el historiador Álvaro Tirado Mejía, nacido en Medellín en 1940.

El segundo texto es 1989 de la periodista María Elvira Samper.  Publicado por Editorial Planeta en 2019 y lleva dos ediciones del mismo año.

El contraste vale la pena pues ambos volúmenes realizan un recuento de la historia reciente de Colombia y utilizan un segmento de tiempo convencional como delimitación del objeto de estudio: una década en el primer caso y un año en el segundo.  Ambos períodos sumamente intensos y de algún modo merecedores de esa atención especial.  Este par de libros constituyen una buena lectura para las nuevas generaciones como una aproximación a la atmósfera que se vivía en esos períodos que precedieron su existencia y que significaron cambios a futuro.  Para los que vivimos esos años es un ejercicio de confrontación con nuestra memoria vivencial.  Sin embargo, no creo que los dos textos resulten interesantes para lectores extranjeros o para historiadores.

El primer libro gira en torno a la apertura cultural del país y la rebelión juvenil, mientras el segundo lo hace alrededor del tema del narcotráfico que precisamente se inició en los años sesenta y que Tirado no acierta a mencionar como fenómeno de producción y oferta que empezó en la Sierra Nevada de Santa Marta.  De hecho tampoco analiza la cultura popular de los años sesenta de donde saldrían esos emprendedores del narcotráfico o fenómenos como la Anapo.  Por ejemplo, Tirado muestra la influencia europea y norteamericana, así como la de la revolución cubana y la Cepal, pero no la de México que era predominante en los sectores populares a través del cine, la música, las revistas, los “paquitos” (comics) y espectáculos como los circos y la lucha libre.  Pues bien, resulta que el protagonista principal de 1989 es Gonzalo Rodríguez Gacha, el narcotraficante que apodaban el Mexicano, no por casualidad, pues reflejaba esa impregnación de la cultura mexicana farandulera en el imaginario popular de la Colombia rural y urbana.  Así que el libro de Samper nos sirve para detectar esos vacíos en el libro de Tirado.

El historiador Tirado nos muestra cómo se transformó la historiografía en los años 60, pero lo irónico es que en su libro no parece asimilar del todo esos avances, pues su enfoque se centra en las élites, más cerca de la vieja historia que de la nueva historia que el propio Tirado lideró en otras épocas.  El subtítulo del volumen no es exacto, pues acorde al contenido debió denominarse Una revolución en la cultura intelectual.  En efecto, en sus 16 capítulos Tirado toca temas como el contexto internacional, las artes (plásticas, literatura, teatro), las ciencias sociales (sociología, marxismo, historia y economía), la religión institucional organizada, la moral (sexualidad y costumbres), la educación (pero sólo la universitaria en el aspecto político organizacional), algunas políticas (exterior, derechos humanos, control de natalidad).  Un problema de la organización del libro es que no sigue el orden cronológico por lo que se vuelve notoriamente repetitivo, casi senil, al aparecer el mismo punto en varios capítulos.

En este sentido el libro es superficial, una obra light que no profundiza en las estructuras (por ejemplo el giro de 90 grados del conflicto social que da inicio a la lucha vertical de clases), ni en la cultura política (por ejemplo, el gran fenómeno político de los sesenta fue la Anapo, que permanece inexplicado), ni en la tecnología (telecomunicaciones, transporte, producción), ni en lo demográfico (urbanización forzosa), ni en la economía, ni en la reorganización del estado, ni en el medio ambiente, ni en los movimientos sociales (obreros, sindicalismo, campesinos, étnias, mujeres, la excepción es el movimiento estudiantil que el autor vivió).  El libro es pobre en cifras, pocos datos cuantitativos, deficiencia eterna de la historiografía colombiana.   

Tirado no escribió un libro autobiográfico, pero a ratos parece que lo fuera.  Además del centralismo típico de los relatos históricos colombianos, aquí hay un centralismo antioqueño.  Fenómenos culturales como el vallenato y la música tropical y caribeña que irrumpen en el interior del país en los años sesenta (precisamente en sellos disqueros ubicados en Medellín) y termina desplazando a la musica tradicional andina de pasillos y bambucos, no aparece en el texto.  Y no sólo está ausente semejante cambio musical, tampoco aparece la literatura de las regiones, por ejemplo el Grupo de Barranquilla, que en los años sesenta fue un hecho cultural de tal importancia que llegó a producir un premio Nobel (Gabo aparece desde luego pero como rueda suelta, un rayo en cielo despejado).  Es un libro sin Caribe. En contraste, el nadaísmo tiene un protagonismo exagerado.

Hay aportes interesantes en torno a la cultura del hispanismo, asociada al conservatismo, y el énfasis en el control de natalidad trae nuevamente a la luz un tema casi olvidado que revela un curioso alineamiento entre la izquierda y la extrema derecha, ambos rechazando dicha política. También constituyen aportes el foco en los orígenes del sistema interamericano de derechos humanos, así como rememorar la influencia cepalina y sus conexiones con al alianza para el progreso.

Pero buena parte del libro está vertebrada alrededor de la rebelión juvenil en dos dimensiones principales: la contracultura y la revolución.  Al parecer la conclusión de Tirado es que la primera triunfó y la segunda fracasó, en el sentido de que si bien ambas tuvieron un gran impacto en las décadas subsiguientes, la contracultura produjo efectos permanentes en las mentalidades y costumbres, mientras que la revolución se diluyó o se descarriló.  Si esta interpretación de la valoración que el autor hace es correcta, entonces al punto se vuelve discutible, por sobresimplificación.

La idea central del libro de Álvaro Tirado es que Colombia vivió un período conflictivo entre una mentalidad modernizante y progresista frente a otra tradicionalista y conservadora de resistencia e identidad, para llevar finalmente a una apertur cultural.  Lo que el autor no analiza es que en aspectos fundamentales la visión conservadora se impuso.  La reforma agraria fracasó.  El pensamiento premoderno sigue enraizado en alto grado, por ejemplo en la cultura política y en la cosmovisión.  De la influencia norteamericana de hippies y Alianza para el Progreso se pasó a la invasión evangélica. Se puede decir que el país se urbanizó, pero también que las ciudades se ruralizaron.  Por otro lado Colombia no es más igualitaria ahora que antes y buena parte de la movilidad social se ha dado por fuera de la legalidad, por la vía de la corrupción, el narcotráfico, el clientelismo, el paramilitarismo. No ha habido el desarrollo de un capitalismo productivo e innovador, como si lo hubo en países del Este Asiático en el mismo período.  Entre el sector primario y terciario la industria languidece.

Queda tela por cortar pero es menester pasar ya al segundo libro para no extender en demasía esta reseña.  El libro de Samper inicia con un buen prólogo analítico del académico Francisco Gutiérrez, investigador del IEPRI de la Universidad Nacional, y luego se estructura en tres capítulos y un anexo.  El primer capítulo es un breve panorama de la situación de los años 80, de la herencia que recibe el gobierno de Barco y la complejización de la violencia con diferentes actores armados: varias guerrillas, grupos paramilitares, carteles de la droga, militares, policías, DAS y Dirección de Instrucción Criminal, además de las tres ramas del poder.  El segundo capítulo es el corazón del libro, donde se narra en 125 páginas “un maldito hecho detrás de otro” (frase atribuída a Arnold Toynbee), la secuencia de acontecimientos de 1989, el año más violento de la historia de Colombia (hasta ese entonces).  El tercer capítulo es de entrevistas a varios protagonistas: César Gaviria, Rafael Pardo Rueda, Alfonso Gómez Méndez, Aída Avella, Oscar Naranjo, Francisco Leal. Y termina con un anexo de 34 páginas que contiene una cronología minuciosa, día por día, de más de 365 acciones guerrilleras en ese año, la mayoría del ELN.

He aquí una lista de los principales acontecimientos narrados en el libro:

Enero 18: masacre de La Rochela (víctimas y victimarios son agentes del estado)

Febrero 27: son asesinados en hechos independientes, Teófilo Forero, secretario del partido comunista, y Gilberto Molina, el zar de las esmeraldas.

Marzo 3: asesinado José Antequera en el aeropuerto y en el mismo hecho es herido Ernesto Samper.

Marzo 29: asesinado Héctor Giraldo, gerente de El Espectador (tres años antes había sido asesinado Guillermo Cano)

Mayo 30: atentado con carro-bomba contra el General Maza, director del DAS, quien sale ileso.

Junio 7: se revela el entrenamiento de paramilitares por parte de mercenarios israelíes e ingleses, encabezados por Yair Klein.

Julio 4: asesinado por error el Gobernador de Antioquia, Antonio Roldán. La víctima iba a ser el insobornable Coronel Valdemar Franklin Quintero.

Agosto 4: frustran atentado contra Galán en Medellín.

Agosto 18: en la mañana es asesinado en Medellín el Coronel Valdemar Frnklin Quintero y en la noche Luis Carlos Galán en Soacha.

Septiembre 2: destruída la sede de El Espectador por carro bomba.

Octubre 20: carro bomba en el Hotel Royal en Barranquilla.

Noviembre 15: es asesinado el árbitro Álvaro Ortega (Chucho Díaz estaba a su lado). El campeonato de fútbol es cancelado cuando el Unión Magdalena iba de líder.

Noviembre 23: Escobar escapa de un cerco en Cocorná.

Noviembre 27: es volado un avión de Avianca tras decolar de Bogotá rumbo a Cali. La peor masacre de civiles en la historia de Colombia.

Noviembre 30: el camarazo. Se cae la reforma política en el Congreso.

Diciembre 6: atentado al DAS, el carro bomba más potente de la historia.

Diciembre 15: es dado de baja Gonzalo Rodríguez Gacha, el Mexicano.

Diciembre 20: es secuestrado el hijo de Germán Montoya, secretario de presidencia y mano derecha de Barco.

Además de los anteriores, se reseñan múltiples homicidios y atentados contra periodistas, jueces, parientes de jueces, sacerdotes, militantes de la UP.  Una vorágine de violencia.

Es un libro abundante en datos, no en cifras sino en acontecimientos.  El eje es el narcotráfico, en especial el cartel de Medellín, aunque Rodríguez Gacha es más protagónico que Escobar.  Los esmeralderos y las guerrillas hacen parte del entorno, pero no ocupan el centro de la narración.  La extradición es el principal punto de conflicto entre los narcos y el estado, en el contexto de la subordinación total de Colombia a la política estadounidense antidrogas centrada en la oferta y que llevó a la militarización de la estrategia del gobierno, a pesar de unos leves y tardíos pataleos del presidente Barco ante los EEUU y la comunidad internacional. Esa figura jurídica le costó un gigantesco baño de sangre al país.  ¿Valió la pena? El libro deja entrever que no, pues 3 décadas después el narcotráfico sigue tal cual.

El año de 1989 marca un punto culminante en la guerra de un sector de los narcos contra el estado colombiano, intentando doblegar la institucionalidad.  La autora va siguiendo el orden cronológico de los acontecimientos de ese año, al mismo tiempo que aprovecha los eventos para mostrar los antecedentes a lo largo de la década en temas como el conflicto armado, la cooptación del estado por los narcos en ascenso, el surgimiento de algunos personajes, la extradición, el paramilitarismo, la guerra sucia. Y también muestra la evolución posterior hasta el presente de ciertos casos judiciales, como por ejemplo el asesinato de Galán.  No queda claro, sin embargo, por qué si Maza estaba ligado al cartel de Cali, se encuentra involucrado con el Mexicano en el magnicidio de Galán. 

A diferencia del libro de Tirado que no es muy informativo ni muy analítico, éste sí es sustancioso en lo informativo y aunque no sea muy analítico el sólo hecho de evidenciar el entramado de militares, narcos, paramilitares y políticos arroja luz sobre la naturaleza del poder en Colombia.  Sin embargo, queda debiendo el rol de los sectores económicos legales en esa trama (excepto el fútbol), tal vez porque el involucramiento de estos sectores se fue incrementando en los años subsiguientes o porque el libro no se enfoca en el cartel de Cali o en redes mafiosas de la Costa Caribe.  El papel de los terratenientes no se aclara lo suficiente, ni siquiera en el Magdalena Medio donde se narra lo de Acdegam y Morena, pero desde una mirada muy bogotana. Sí se muestra algo de la conexión y conflicto entre el sector de esmeralderos y el narcotráfico de cocaína.

A pesar del huracán de sucesos de violencia que arrasó al país entre 1986 y 1990, el libro valora positivamente la gestión de Virgilio Barco.  La autora aprecia el esfuerzo del presidente en combatir el fenómeno del narcotráfico y su creciente violencia, así como su afán de reforma política y superación del Frente Nacional o sus simbólicos e inanes gestos de independencia respecto a EEUU.  Para disculparlo dibuja una tesis de soledad del poder, un presidente maniatado sin las herramientas jurídicas, legales y militares.  Al final la paz con el M19 salva al gobierno de un balance desastroso y le brinda el impulso para sentar las bases de lo que será la Asamblea Nacional Constituyente.  Pero la autora deja pasar sin profundizar un hecho trascendente, uno de los principales sucesos políticos del año: el “camarazo”. El tema es tocado pero no evaluado en toda su significación ni detallado en su filigrana. El camarazo fue el hundimiento del plebiscito y la reforma política cuando los narcos, a través de los representantes a la cámara, lograron colar la no extradición, mientras el presidente viajaba.  Debido a ese hecho surge el movimiento estudiantil de la séptima papeleta y el golpe de opinión que permitió la convocatoria de la Constituyente.  Todo ello en confluencia con el proceso de paz con el M19.

Finalmente, las entrevistas del tercer capítulo son un complemento pertinente a la narración y representan al gobierno, la policía, la procuraduría, la UP y la academia. Quizás la más interesante es la del entonces procurador, Alfonso Gómez Méndez.  Esperaba más de Aida Avella y del profesor Francisco Leal.

Reitero mi invitación a las nuevas generaciones para leer críticamente este par de obras sobre dos momentos históricos impactantes.