La formación pedagógica de los profesores tiene por objeto mejorar la educación que imparten. Actualmente en Colombia existen 21 doctorados, 192 maestrías y 441 especializaciones en educación o pedagogía, según datos del SNIES. La inmensa mayoría, si es que no todos esos programas, se crearon en la últimas décadas. De los 144 mil docentes oficiales cobijados por el decreto 1278 de 2002 (que son menos de la mitad del total de docentes de básica y media), el 25% tiene formación de posgrado, 61% son licenciados y apenas el 13% es normalista. Existen actualmente 1763 licenciaturas, que en Colombia es el nombre de la formación de maestros en pregrado y se afirma que la pedagogía es la “disciplina fundante” de las licenciaturas y constituye la columna vertebral del plan de estudios.
Compárese la bonanza presente con
la precaria situación de hace décadas, digamos 1980, cuando la mayoría de
docentes en educación básica y media escasamente eran normalistas, en primaria abundaban
los empíricos (bachilleres), y los de secundaria muchas veces eran jóvenes
estudiantes universitarios o adultos formados en diferentes profesiones (cuando
no eran curas o monjas), casi todos con mínima o nula formación
pedagógica. En los 40 años pasados desde
entonces se han publicado miles de libros y artículos académicos relativos a la
pedagogía; se han celebrado centenares de congresos, seminarios y conferencias
de contenido pedagógico; y se han difundido y aplicado sofisticadas teorías
pedagógicas: de Piaget, Vigotsky, Bruner y Ausubel -con el auge del movimiento
constructivista- hasta las neurociencias del siglo XXI.
Más aún, el despliegue masivo de
las TIC, con la masificación de internet y los teléfonos inteligentes, ha
cambiado radicalmente la disponibilidad de información y conocimiento para
todos, profesores y estudiantes. Si
antes en un país subdesarrollado teníamos precarias bibliotecas, ínfima
industria editorial, contenido educativo desactualizado, hoy, por el contrario,
tenemos toda la ciencia del mundo en el bolsillo a unos pocos clicks de
distancia y el horizonte de aprendizaje es practicamente infinito.
Entonces, si tenemos el
conocimiento del mundo a nuestro alcance, si la pedagogía es para mejorar la
educación y si la formación pedagógica ha tenido un salto gigantesco en
cantidad y nivel académico, la conclusión inevitable es que la calidad
educativa en Colombia debe haber mejorado una enormidad en las últimas
décadas. Pero… ¿dónde está esa mejoría?
¿acaso los estudiantes que llegan hoy a la universidad están mucho mejor
preparados que antes? ¿por qué tal salto cualitativo no se ve por parte alguna?
Si la segunda premisa es un
hecho, como vimos en las cifras arriba expuestas, entonces el silogismo no se
cumple por una falla en la primera premisa: la pedagogía no está mejorando la
educación, ha fracasado. Al parecer miles de millones de pesos y
millones de horas de esfuerzo académico no han servido para cualificar la
formación de las nuevas generaciones.
Nótese que el razonamiento aquí esbozado no se basa en un análisis
comparativo con otros países. No estamos
preguntando por qué la educación en Colombia no tiene el nivel de la
finlandesa. Lo que tratamos es de
voltear la cabeza, mirar atrás y ver qué tanto hemos avanzado en resultados
observables, en competencias y en conocimiento.
Amigo lector, llegó la hora de responder: ¿dónde está la bolita?
La baja calidad de la educación
básica y media termina reflejándose en la educación superior y en la débil
construcción de ciudadanía, propósito esencial de la educación. No es un tema menor. No podemos decir que se abra la deliberación
pública sobre el asunto, pues el tema no es nuevo. Pero no se ha visto que el debate avance o
produzca impacto. Faltan propuestas
innovadoras.
Algunos alegarán que el fracaso
en mejorar la educación no se debe a la pedagogía, sino a las condiciones de la
educación en Colombia: déficit en salarios e infraestructura y un contexto
social dramático, lleno de carencias y problemas, en el que crecen nuestros
niños. Otros dirán que el problema es de
intensidad horaria, disciplina, nivel de exigencia, evaluación a los docentes.
Todos esos aspectos hacen parte
del diagnóstico y tienen una porción de verdad, pero se quedan en una
aproximación incompleta si eximen a la pedagogía. La pedagogía falla, por ejemplo, cuando no
logra adaptarse y sacarle el máximo provecho a las inmensas posibilidades de
las TIC. Pero además, falla sobre todo
cuando se enfoca casi totalmente en la forma
y presta poca atención al contenido,
al diseño curricular, hasta el punto de olvidar el objetivo principal: formar
ciudadanos modernos para una democracia epistémica, no sujetos premodernos para
una democracia doxástica manipulable (episteme
es conocimiento, doxa es opinión).
Este objetivo exige dotar al
estudiante de una cosmovisión científica y humanista basada en el pensamiento
crítico, corazón palpitante de la modernidad, en permanente actualización. El
lema del currículo debería ser la frase de Carl Sagan: “la ciencia es más que un cuerpo de conocimiento, es una forma de
pensar”. Y al contrario, un
currículo fragmentado, inconexo, mecánico, permeado por el pensamiento
mágico-religioso e ideologías anti-modernas, nunca podrá formar ciudadanos
estructurados y autónomos. En el “mejor”
de los casos generará un producto apenas funcional para el reduccionismo
neoliberal y su totalitarismo de mercado.
Y en otros casos ni siquiera eso, sólo marginados del sistema destinados
al rebusque, la economía informal y la venta del voto.
Mi conclusión es que urge una
revolución de la pedagogía basada en un proyecto educativo ilustrado propio
del siglo XXI. Y las Facultades de
Educación deberían ser su epicentro. O
seguiremos teniendo médicos que ofrecen curas milagrosas en plena pandemia, ministras de
ciencia que decepcionan por su carencia de rigor científico, puentes que se
caen y políticos ignorantes elegidos por una clientela.
Publicado el 23 de agosto de 2020 en mi columna Buhografías del portal El Unicornio
La revolución pedagógica del siglo XXI. ✍
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