domingo, noviembre 22, 2020

Los maximalistas


Un maximalista es alguien que tiende a ver la cosa política, la historia y la evolución social en blanco y negro, todo o nada.  No hay cambio, evolución, logro o reforma que los alegre, pues viven en la amargura de un mundo idealizado, una utopía que jamás se concreta. Bueno, al menos en los maximalistas de izquierda, que son los referentes de este escrito.

Por ejemplo, para un maximalista la derrota de Trump no tiene mayor importancia, pues para esta forma de pensar el partido demócrata y el republicano son la misma cosa.  No hay gran diferencia entre liberales y conservadores, muy a pesar de la intensa polarización de la sociedad estadounidense y la inmensa diferencia en la base social de ambos partidos y en sus políticas frente aspectos tan sustanciales como el cambio climático, la ciencia y la tecnología, temas sociales, tributarios, raciales o de género.  Para racionalizar esta idea que va contra la evidencia suelen hacer cherrypicking, seleccionando a conveniencia las más derechistas actuaciones demócratas a modo de prueba. A veces les toca ir muy atrás en la historia para buscar ejemplos que favorezcan su tesis, sin profundizar en esos casos ni analizarlos de manera integral.  Menos aún realizan un examen del proceso evolutivo de las agrupaciones políticas y sus proyectos políticos, como si los partidos y sus ideologías no cambiaran a través del tiempo. Si son ciegos a las diferencias entre los partidos o a los cambios a través del tiempo, mucho menos van a ver las diferencias dentro de cada partido.  Por ejemplo, da lo mismo Biden o Kamala que Sanders o AOC. 

En resumen, un maximalista es ciego a los matices y por eso sus “análisis” son simplones, sobresimplificaciones.

Este mismo tipo de visión la encontramos en otros temas.  Por ejemplo, la independencia frente a España por parte de los países hispanoamericanos no significó nada. Un simple cambio de amo. Y ni que decir de los procesos de descolonización en África y Asia tras la segunda guerra mundial.  Los maximalistas tienen mucho en común con los conspiranoicos.  Así como estos creen que un grupito de poderosos maneja el mundo, de similar manera, los maximalistas, cuando no son del todo conspiretas, creen que el imperialismo o el neocolonialismo es un poder absoluto, unificado, una opresión infinita que no deja margen de maniobra a las repúblicas ni a los pueblos. No hay contrapesos, ni matices, ni gradientes, ni complejidades en tales visiones absolutamente binarias, como si una nación-imperio, digamos Estados Unidos, no tuviera un pueblo en su seno y multitud de fuerzas y grupos diferentes en los aspectos político, ideológico, social, cultural.  

Los “decoloniales”, otro ejemplo, consideran a “Occidente” el mal absoluto, aunque en la vida personal gozan de sus logros, entonces dividen al mundo en dos: el norte malo y el sur bueno.  Porque todo maximalista es altamente vulnerable al maniqueísmo, precisamente como consecuencia de su ceguera ante los matices.  La mirada maniquea es la expresión moralista del maximalismo.

Para el maximalista la socialdemocracia y el neoliberalismo son casi la misma cosa, ya sea que se examine históricamente o en una coyuntura.  Logros como la Constitución de 1991 en Colombia son minimizados por los maximalistas y los cambios reformistas son menospreciados.  Debido a esa actitud terminan haciéndole el juego a las contrarreformas y ayudan al retroceso. Son funcionales a la derecha. Y además, con su ruido, confunden a las izquierdas y perturban los movimientos sociales que buscan reivindicaciones concretas.

El progreso científico y tecnológico, según ellos, no cambia nada, no es generador de cambios sociales, a pesar de ser la mayor fuerza transformadora de la historia de la sociedad humana.  Los grandes cambios en los modos de vida para ellos son superficiales o aparentes, pues en el fondo todo sigue igual, nada nuevo bajo el sol.  De ahí que no sea extraño que permanezcan fosilizados en el pensamiento, aferrándose dogmáticamente a doctrinas o teorías del siglo XIX.  Por ejemplo, este es el caso de marxistas de viejo cuño, tengan 20 o 70 años de edad, que se quedaron respirando en la atmósfera cultural de los años sesenta y setenta. Pero es seguro que no han leido “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo” de Vladimir Ilich Ulianov.  En la actitud maximalista se nota la pereza mental, el facilismo, el nulo esfuerzo por enfrentarse a la complejidad.

Pero el maximalismo no es una enfermedad infantil exclusiva de la vieja izquierda.  La supuesta “nueva izquierda” de carácter identitario la sufre quizás en mayor grado dado que está infectada de varios oscurantismos o anticientificismos.  El maximalismo daña los conceptos o categorías de análisis, pues los elastifica al máximo y los vuelven amorfos con el objeto de lograr que la realidad binaria que sus talanqueras les permiten percibir, quepa en ellos.  Por ejemplo, los significados de origen de conceptos como “fascismo”, “colonia” o “patriarcado”, languidecen cuando los inflan para abarcar los más diversos fenómenos.  Así termina sucediendo que tanto Suecia como Arabia Saudí son patriarcales, cualquier autoritarismo es fascista sin más, y por supuesto no hemos dejado nunca de ser colonias. 

La ideología radical liberal de la “corrección política”, con sus exageraciones que llegan hasta el absurdo o el ridículo, su “cultura de la cancelación” que atenta contra la libertad de expresión y su victimismo patético, expresa nuevas formas de maximalismos a tono con una mentalidad generacional pletórica de “ansiedad” y “depresión”.  Es la psicologización de la política en una extraña combinación de individualismo y totalitarismo.  Pero este nuevo fenómeno, desafiante y complejo, amerita un estudio más profundo y tendrá que ser objeto de otra mirada del Búho.

Ya seguiremos elaborando aportes en este proceso reflexivo sin fin.  Por ahora, te la dejo ahí.

miércoles, noviembre 18, 2020

Habermas y las concepciones de la modernidad


Reseña crítica por Jorge Senior

Concepciones de la modernidad: una perspectiva sobre dos tradiciones es una conferencia de Habermas dictada en Corea del Sur en 1996 y publicada en 1998, revisada en 2009 y traducida al español en 2011, con una extensión de 36 páginas.  Este escrito es una reseña sobre esa charla con comentarios críticos al comienzo y al final.

Se trata de una síntesis sobre un hilo filosófico que va de Kant al propio autor, quien varias veces se excusa por tener que simplificar o resumir a vuelapluma. 

Habermas pertenece al ala inteligible de la filosofía continental, proviene de una tradición cuya forma de reflexionar es lo que suelo llamar “filosofía de gabinete”, pero este representante es más sensato, ecuánime y cercano a la realidad concreta que otros pensadores de esa vertiente que prefieren la especulación sin límites, la exageracíon, el abuso de la sinécdoque, el juego conceptual más literario que riguroso, la oscuridad del lenguaje abstruso y las barreras a la entrada propias de una secta esotérica que gusta de inventar su jerga para iniciados.  No obstante, Habermas no está totalmente exento de algunos de esos defectos.

La charla se desenvuelve en un alto nivel de abstracción, los ejemplos al nivel de lo concreto están totalmente ausentes, no hay hechos ni datos, sólo juegos conceptuales.  Reconozco que Habermas es menos abstruso que otros continentales, pero su vocabulario está lleno de conceptos clisés prefabricados que exigen un conocimiento previo de la tradición filosófica racionalista e idealista alemana. 

La charla se desarrolla como una conversación entre alemanes, una tertulia germanocéntrica en una sesión espiritista, con Habermas como médium invocando a Kant, Hegel, Marx, Weber, Husserl, Lukács, Heidegger, Wittgenstein, Horkheimer, Adorno, Benjamin y en un nivel secundario, Dilthey, Cassirer, Jaspers, Rothacker, todos ellos germanoparlantes, incluyendo al húngaro y al checo.  Al inicio, Descartes es mencionado como de pasada, pero no es invitado a pesar de que se le adjudica la fundación de la filosofía de la conciencia centrada en el sujeto, supuestamente un evento fundante de la modernidad incipiente.  Al final se cuelan el angloparlante Rorty y el francófono Foucault.  En ninguna parte aparece el empirismo.  Y la Ilustración, que es medular en la temática, pareciera reducirse a Kant, a pesar de que fue un proceso histórico con epicentro en Francia, vertebrado por la Enciclopedia, y otro epicentro en Escocia.  Aunque el Círculo de Viena fuese también germanoparlante y se ocupa del lenguaje, es completamente desconocido por el recuento habermasiano y aunque se habla de ciencia y de tecnología ni un solo científico es mencionado, ni un innovador tecnológico.  La filosofía de la ciencia tampoco es tenida en cuenta a pesar de que es razón reflexiva, pero sí aparecen conceptos como paradigma, inconmensurabilidad, contexto de descubrimiento, contexto de justificación.  Los autores de estos conceptos no son mencionados, Jürgen sólo introduce la mano en la caja de herramientas y roba algunos artefactos.

Con la descripción crítica anterior quiero mostrar la estrechez y la limitación de esta forma de hacer filosofía encerrada en una cofradía.  Es notorio el sesgo antiempirista y consecuente con ello se elude toda contrastación empírica.  A ratos da la sensación de que está hablando de un universo imaginario y no de la comprensión de una realidad histórica y social que contiene tanto historia de las ideas como historia integral de sociedades europeas que realmente existieron en el mundo de lo concreto.  Por ejemplo, está claro que si algo caracteriza la modernidad es que el tribunal de la experiencia está por encima del tribunal de la razón.  Hasta Leonardo en el siglo XV lo tenía claro, como lo tendrán claro los filósofos empiristas y los propios científicos.  Por la misma época en que Habermas soltó esta conferencia en Seúl, finales del milenio, otros más lúcidos, al hacer el balance de ese período, resaltaron al método experimental como el rasgo clave de ese lapso histórico.

Pasemos a la reseña descriptiva.

En la conversación orquestada por Habermas participan seis generaciones, a saber:

1G: Kant

2G: Hegel

3G: Marx (muy poco tenido en cuenta)

4G: Weber y en menor grado Husserl (el concepto “mundo de la vida” es central en Habermas)

5G: Horkheimer y Adorno, por un lado, Heidegger y Wittgenstein, por otro.

6G: Habermas enfrentado a Rorty y a Foucault y la gavilla posmodernista.

 

El desarrollo está dividido en tres partes que señalo con un número.  (1) El punto de partida es la crítica de Hegel a Kant de la que surge el concepto clásico de modernidad.  (2) De allí se deriva la línea de la teoría de la sociedad que elaboran Marx, Weber, el primer Lukács y la primera Escuela de Frankfurt.  Esta tradición se vió atrapada en la autorreferencialidad de “una crítica totalizante de la razón”(¿?). La salida viene de una segunda línea, el giro lingüístico, con un concepto distinto de razón, una razón situada, lingüísticamente encarnada.  Trabajo que es realizado  en dos formas diferentes por Heidegger y Wittgenstein.  Pero de aquí surgen dos perspectivas, la de los posmodernistas y la de Habermas (cuyo giro lingüístico personal ocurre entre 1967 y 1971).  La primera como supuesta “superación” (comillas burlescas de JH) de la autocomprensión normativa de la modernidad y (3) la segunda como reformulación intersubjetivista del concepto clásico de modernidad o, en otras palabras, la concepción neoclásica de la modernidad.

 

De otra manera: las tres partes de la conferencia son:

  • Crítica de Hegel a Kant: concepción clásica de la modernidad
  • Desarrollo de dos líneas: la teoría de la sociedad y el giro lingüístico que lleva hasta el posmodernismo.
  • La crítica de Habermas al posmodernismo oponiéndole su concepción neoclásica de la modernidad.

 

Parte I

 

La primera parte, la crítica de Hegel a Kant, se subdivide en tres también:

  • a.       La condición moderna se torna objeto de estudio de la filosofía
  • b.      Esta interpretación filosófica cobra la forma de crítica de la razón
  • c.       La filosofía delega en la “teoría de la sociedad” el desarrollo de esta interpretación

 

a)     El uso del término “moderno” expresa la conciencia de una nueva época, una ruptura con la tradición.  A finales del siglo XVIII aparece en escena “La Historia”.  La conciencia histórica, la conciencia del tiempo, alcanza o afecta a la filosofía, pues hasta entonces la filosofía era exposición de la esencia inmutable del mundo, los rasgos universales, necesarios y eternos de la realidad en sí.  Aprehender la verdad cobra ahora un índice temporal.  El contexto de justificación se entrelaza con el contexto de descubrimiento.  Para que la validez de las ideas filosóficas sea independiente del contexto, la filosofía no tiene otra opción sino penetrar el presente y traerlo a concepto.  El primero en penetrar conceptualmente la modernidad es Hegel, según Habermas, aprehendiendo su tiempo en conceptos.

 b)      Dada la ruptura con la tradición, la modernidad tiene que apoyarse en la autoridad de la razón.  La filosofía, constituída en guardiana de la razón, se hace concepto de la modernidad considerando a ésta una hija de la Ilustración. Desde Descartes la razón había sido explicada con la autorreferencia de un sujeto cognoscente.  Hegel caracteriza a la época por un “principio de subjetividad” conforme al cual la libertad queda asegurada mediante la reflexión.  La modernidad está orgullosa de su espíritu crítico que no acepta nada como obvio y evidente si no es a la luz de buenas razones.  En lo teorético, autorreflexión, autocomprensión, autoconciencia, y en lo moral autorrealización y autodeterminación. Según Hegel este contenido normativo de la razón tiene su asiento en la estructura de la razón misma y su explicación en el principio de subjetividad.  Y Kant, con sus tres críticas, se constituye en la interpretación canónica de la autocomprensión de la modernidad.  En Kant la razón teórica, la razón práctica y el juicio son tres facultades del sujeto trascendental, pero a finales del siglo XVIII ya se habían diferenciado entre sí institucionalmente como las esferas culturales de la ciencia, el derecho y el arte que Hegel entonces conceptúa como encarnaciones del principio de subjetividad, objetivaciones que también se ofrecían a una crítica de la razón, al igual que las facultades mismas.

c)       En este punto Habermas empieza por conectar “crítica” y “crisis”.  Interpreto que esa crisis tiene que ver con la irrupción del futuro en el presente (los futuros posibles), con la creciente complejidad social y con la desintegración social.  La visión kantiana del “ser racional del mundo moderno” es incompleta, según el Hegel de Habermas, porque si bien captó las diferenciaciones de la razón, incluso a nivel cultural, no vió su “reverso” negativo: lo que en el nivel discursivo eran ganancias de diferenciación, dentro del horizonte de los mundos de la vida éticamente integrados era experimentado como “desgarramientos” (comillas de JH) de esa totalidad intuitiva.  Entonces el principio de subjetividad y su autoconciencia se revelan como una visión parcial de la razón que no debe identificarse con “el todo de la razón” (¿?).  La razón remueve a la religión, pero carece de la fuerza unificadora que ésta tenía.  Al poner la reflexión y la racionalidad con arreglo a fines (= entendimiento) en el lugar de la razón esa cultura de la Ilustración cae en una idolatría de la razón.  La positividad despoja a la religión de su carácter vinculante y penetra en la ciencia (empírica), la moral (abstracta), el arte (romántico), el derecho (individualista), el mercado y en el estado (el poder instrumental de las grandes potencias).  El extrañamiento, la alienación y la cosificación de las relaciones sociales e instituciones muestran el carácter represivo y violento de la razón, que se funda en su estructura autorreflexiva.  La misma subjetividad que aparecía en principio como emancipadora y libertaria se delata como origen de una objetivación “salvaje”.  La fuerza analítica de la reflexión objetiva y manipula todo a su alrededor, descompone las relaciones intersubjetivas y aísla a los individuos de las raíces de su origen común.  De todos modos Hegel debe hacer un acto de reflexión, pero de un nivel superior, para trascender los límites de la razón instrumental: he ahí la dialéctica de la Ilustración.  La Filosofía del Derecho de Hegel es el intento de traer a concepto las ambivalentes materializaciones de la razón en la sociedad (familia, mercado, Estado).  En ese esfuerzo de interpretación crítica la filosofía se ve remitida a una teoría de la sociedad para hacer el diagnóstico de la época, con su propio método pero en el marco de una dialéctica de la Ilustración.  En resumen: la interpretación filosófica de la modernidad asume la forma de una crítica a la razón, pero el desarrollo de ese programa corresponde a una teoría de la sociedad.

 Termina ahí la primera parte que me parece una narrativa prisionera de los mitos de la cofradía del idealismo alemán.  Estamos ante un mito fundacional de la modernidad, que tiene visos reales como la ruptura con el argumento de autoridad (tradición y religión), el ascenso del individualismo, el carácter complejo (y contradictorio) de la dinámica social (el progreso), el convencionalismo positivista que se va instituyendo y la alienación ante los resultantes de todo ese proceso.  En esta mitología se exagera el papel de la filosofía, que ni siquiera es el conjunto de la filosofía europea sino apenas su vertiente racionalista e idealista, como si la realidad gravitara alrededor de las ideas o los discursos. Y se montan en la película de un enfrentamiento entre una razón instrumental y una razón no instrumental,  drama que sólo parece transcurrir en las cabezas de la cofradía y en sus libros (más adelante, en el caso de Habermas, la razón no instrumental, y heroína rescatadora, será la comunicativa).

 

Parte II

 

En la segunda parte se aborda en primer término la división del trabajo entre filosofía y sociología desplegada en la primera mitad del siglo XX por Weber, Lukács y la Escuela de Frankfurt, la cual desemboca en un aporético callejón sin salida.  Viene entonces el divorcio.  La sociología empírica toma un sendero que se bifurca en teoría de la elección racional (atomista) y teoría de sistemas (semiholística).  La filosofía (es decir, la vertiente filosófica continental que ya empieza a distinguirse de la otra vertiente a veces llamada anglosajona y otras veces empírico-analítica) opta por el giro lingüístico en dos versiones: a la manera de Heidegger y a la de Wittgenstein.  El posmodernismo hereda la crítica a la razón de estos dos pensadores (entre otros) y la desarrolla por otros medios.  Pero los enfoques posmodernistas renuncian a los criterios con los que poder distinguir entre los logros universalistas y los rasgos colonizadores de la modernidad. Frente al problema de la inconmensurabilidad de los juegos de lenguaje y los discursos, Habermas vislumbra una vía alterna, pero eso lo desarrollará en la tercera parte.

a)      Weber asume la Ilustración como un proceso de desencantamiento y entiende la modernización de la sociedad como una institucionalización de la acción racional con arreglo a fines en el Estado y la economía (razón instrumental o funcionalista). Ni la razón teórica (ciencia) ni la razón práctica (moral) tienen la fuerza unificadora intersubjetiva y comprehensiva de la cosmovisión religiosa perdida (moral y religión se privatizan). La base motivacional de las élites portadoras de estas nuevas instituciones se halla en la afinidad electiva entre las sectas protestantes y “el espíritu del capitalismo”.  Pero esto es sólo la línea base de un ciclo evolutivo autodestructivo en el marco (negativo) de una dialéctica de la Ilustración que Weber considera paralizada (a diferencia de Marx digo yo).  La progresiva modernización lleva a que la racionalidad organizativa de los ámbitos administrativos (Estado) y económicos vaya ganando autonomía desligándose de aquellas bases motivacionales (valores religiosos).  En la creciente complejidad de los sistemas de acción autonomizados Weber ve una conversión de las libertades en disciplinas.  Lo que al principio era emancipador ahora se transforma en “jaula de hierro” con las coerciones disciplinarias de la burocratización y de la juridificación.  El desgarramiento o desintegración social conlleva a desafíos existenciales.  Ese es el oscuro panorama de la sociedad administrada.  Sólo queda la absurda esperanza de un obstinado individualismo.

Esta visión de la sociedad administrada fue radicalizada en la tradición de Lukács a Adorno en el contexto del ascenso de los totalitarismos fascistas y stalinista.  En la primera Teoría Crítica el psicoanálisis es usado como herramienta para defender la suposición de que los modelos de socialización dominantes transfieren los imperativos funcionales del Estado y la economía del nivel de las instituciones a las estructuras de la personalidad.  La ciencia y la técnica aparecen como las fuentes principales de una racionalidad instrumental que penetra la sociedad en su conjunto, mientras que la industria cultural y los medios de comunicación de masas se consideran  instrumentos de control social.

El texto Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer traduce las tesis weberianas al lenguaje hegeliano-marxista de la historia.  Pero en este dúo la racionalidad subjetiva ocupa el lugar de la razón que se reduce a razón instrumental.  Los rasgos ambivalentes, las contrapartes, son borrados en la homogeneizadora imagen de una modernidad totalitaria y, por ende, la crítica de la razón instrumental ya no puede hacerse en nombre de la razón misma, cae en una aporía.  La crítica de la modernidad pierde su fundamento normativo (Adorno muere fiel a la dialéctica negativa).  Es un callejón sin salida.

b)      Heidegger y Wittgenstein ofrecen un concepto alternativo de razón y un nuevo procedimiento de crítica de la razón, dentro de lo que se ha denominado el giro lingüístico. Ambos hacen a la tradición filosófica (y por ende a la metafísica) la objeción de ignorar esta dimensión de la generación lingüística de mundo. Para los dos la apariencia trascendental de una razón incondicionada y pura, independiente del contexto, y universal, alcanza en el paradigma mentalista su punto más alto de obcecación. La crítica de la razón se transforma más bien en una hermenéutica de la sospecha. Es una crítica recontextualizadora de la razón. En el uno (Heidegger) el "lugar de control" se desplaza desde los sujetos sobrecargados a los aconteceres de una "historia del ser" que tiene el carácter de un destino y en el otro (Wittgenstein) a los entrelazamientos contingentes que forman la historia natural de los juegos de lenguaje.

 c)       Habermas ve como positiva la insistencia de los posmodernistas en lo fragmentario, local, singular, diferente, excluido, etc, que en cuanto refuerzan la resistencia a lo abstractamente universal y a la uniformidad retoman los motivos de Hegel, pero señala que estas bienvenidas consecuencias se deben a premisas cuestionables que de aceptarse resultarían, traduzco al lenguaje popular, como “el remedio que es peor que la enfermedad”. Y enseguida indica dos debilidades del enfoque posmodernista: caer en el idealismo lingüístico y la falta de comprensión de los logros universalistas de la modernidad.  Veamos ambas.

La crítica recontextualizadora de la razón se basa en la función del lenguaje de “abrir mundo”, pero sobrevalora la importancia de gramáticas y vocabularios para la constitución de infraestructuras sociales.  La historia, en Heidegger, se vuelve historia del discurso (metafísico) (como si el lenguaje tuviese el superpoder de crear la realidad social, JH).  En Wittgenstein el asunto es menos dramático (menos exagerado), cuando asimila la estructura de las formas de vida a la gramática de los juegos de lenguaje.  Del enfoque sociológico de Marx, Durkheim y Weber se pasa, con Heidegger y Wittgenstein, a un enfoque centrado en ontologías o gramáticas.  En estos se estudia un poder más sublimado: el poder de selectividad de los discursos, de ahí que los “programas de investigación” (¿?) posmodernistas operan con instrumentos de crítica filológica y estética y no tanto de crítica sociológica.  Aquí Habermas lanza un dardo a Foucault y “sociólogos recientes” (P.Wagner?) que escriben la historia como si las estructuras materiales de la sociedad hubiesen sido constituidas por los conceptos básicos y los discursos de los científicos.

La crítica recontextualizadora de la razón tiene la virtud de liberar a la razón de sus falsas abstracciones, pero ahí tiene también su punto ciego, como si todo planteamiento universalista fuese un enmascaramiento (eurocentrista).  Si bien es fundado el recelo en los discursos universalistas, al enfoque posmodernista le falta la suficiente sensibilidad en lo que respecta a la constitución específica de los discursos surgidos en y caracteristicos de la modernidad.  De la correcta premisa  de que no hay razón sin contexto, sacan la falsa conclusión de que los criterios de la razón cambian en cada nuevo contexto.  También había discursos universalistas premodernos (religiones por ejemplo). Lo que caracteriza a los discursos modernos (ciencia, derecho, moral) no es el mero universalismo, sino el someterse a principios y estándares autorreferenciales que permiten autocontrol y autocorrección recursivos. Y si bien tal práctica discursiva puede emplearse espuriamente por el poder político, social y cultural, eso no es razón para revocarla, dado que en ella se encuentran los criterios y medios para cumplir la promesa asociada a ella.  Los planteos posmodernistas denuncian con razón los efectos colonizadores de discursos occidentales que dominan en todo el mundo (vía mercado y medios de comunicación), pero dichas críticas están mal equipadas para distinguir entre discursos colonizadores (difundidos por coerciones sistémicas) y discursos convincentes que se difunden por la fuerza de su evidencia.  La ciencia y la tecnología “occidentales” son convincentes y tienen éxito no sólo conforme a criterios “occidentales”.  Y los DDHH hablan un lenguaje que puede expresar la opresión de los disidentes de sus respectivos regímenes, en todos los continentes, a pesar de ciertas discusiones culturales en detalles de su interpretación.

 

Parte III

 

Tras el giro lingüístico el concepto mentalista clásico de una razón centrada en el sujeto (filosofía de la conciencia) es sustituido por el concepto destrascendentalizado de una razón situada, abriendo camino a una crítica posclásica de la modernidad.  Pero la actitud hipercrítica de los posmodernistas es difícil de conciliar con la inconmensurabilidad de los paradigmas y sus racionalidades internas (dicho sin mencionar a Kuhn o Feyerabend).

 

Habermas se propone tres cosas en esta tercera parte:

·         Investigar la inconmensurabilidad  y fundamentar un giro a una consideración pragmática del lenguaje

·         El giro pragmático lleva a un concepto de razón comunicativa (concepción neoclásica de la modernidad)

·         Regreso a la división del trabajo entre filosofía y teoría de la sociedad recurriendo al teorema de la modernización reflexiva

 a)      Los estándares de racionalidad, supuestamente incondicionados, están en verdad ligados a un trasfondo local (raíces particulares). Posmodernistas (MacIntyre, Lyotard) descubren una pluralidad de tradiciones o discursos (formas de vida, culturas, paradigmas, cosmovisiones), cada uno con sus propios estándares de racionalidad. Para moverse entre ellos no hay puentes o intersecciones hermenéuticas, sino cambios gestalticos (inconmensurabilidad).  Allí no puede haber una crítica trascendedora que permita ordenar las racionalidades en una escala de grados de validez o “verosimilitud”, una es tan aceptable como cualquier otra (relativismo). Tampoco el filósofo que propone esta imagen de razón fragmentada puede pretender una visión de conjunto (la misma vieja crítica al relativismo: si “todo es relativo” es verdad universal entonces es falso que todo es relativo, el relativismo se niega a sí mismo).  Rorty (Objetividad, relativismo y verdad, Paidós 1996) propone una alternativa a esta paradoja de autorreferencia: el etnocentrismo confesado.  Habermas lo rebate alegando que tal posición pasa por alto la idea básica de la hermenéutica de que la situación de entendimiento tiene una estructura simétrica (Pensamiento postmetafísico, Taurus 1990, 176-79).  Esa naturalización de la razón con mundos cerrados autorreferencialmente hace perecer el derecho propio que asiste al empleo comunicativo del lenguaje.  La pragmática del lenguaje parte de cómo los participantes de la comunicación (en el contexto de mundos de la vida compartidos, solapados suficientemente) pueden llegar a entenderse acerca de algo en el mundo.  Estas relaciones simétricas de libertades y obligaciones comunicativas recíprocas reconocidas explican el principio de caridad de Davidson o la fusión de horizontes de Gadamer, esto es, la expectativa hermenéutica de superar la inconmensurabilidad.

b)      Advirtiendo que aquí no puede hacerlo en profundidad, Habermas pone sobre la mesa su teoría de la acción comunicativa y de la razón comunicativa inserta en los contextos del mundo de la vida (el mundo de la vida es condición de posibilidad de la acción comunicativa que lo reproduce). En la modernización social la racionalización del mundo de la vida (distinto a racionalización de la acción económica o administrativa) alcanza a tres componentes: tradición cultural, socialización de los individuos e integración de la sociedad.  Estos se vuelven reflexivos, críticos, abstractos, basados en principios morales universales y procedimientos universales de imposición del derecho.  Esto permite reformular el diagnóstico de Weber.  En este autor, sistema económico y aparato estatal penetran en los ámbitos del mundo de la vida (reproducción cultural, socialización e integración social) y son institucionalizados, produciendo “efectos de extrañamiento” debido a monetarización y burocratización (sociedad disciplinante vs vulnerable subjetividad de los individuos en Weber, Lukács y Escuela de Frankfurt).  Pero con la conceptuación intersubjetivista que propone Habermas esta confrontación queda conceptualmente sustituida por procesos circulares entre el mundo de la vida y los sistemas, lo cual permite mayor sensibilidad para la ambivalencia de la modernidad social.  Una creciente complejidad social no produce per se efectos de extrañamiento.  Puede producir efectos positivos como ampliar espacios de opción y elección y capacidades de aprendizaje, pero cuando mercado y estado invaden las esferas privadas y públicas del mundo de la vida vienen las patologías sociales, las cuales no se limitan a lo psicológico sino que pueden abarcar además el sentido y la dinámica de la integración social.  Esta interacción sistemas – mundo de la vida se refleja en la desequilibrada división del trabajo entre los 3 poderes: solidaridad por un lado y dinero y poder administrativo por el otro.

c) Esta propuesta de reformulación permite responder a problemas de la “modernización reflexiva” (Beck, Giddens y Lash, 1996, 2008).  A la sociedad postindustrial cada vez le es menos posible echar mano de los recursos de la tradición o la naturaleza, por tanto tiene que autofundamentarse con sus propios presupuestos.  Pero esta autonormatización puede hacerse (1) desde la razón funcionalista sistémica que sólo entiende su propia lengua y es sorda a los ruidos externos que genera (monetarización, administración)(enfoque de teoría de sistemas) o (2) desde la racionalidad comunicativa del mundo de la vida que habría de expresarse en forma de conciencia y voluntad política.  Esta última es la opción habermasiana o concepción neoclásica de la modernidad elaborada desde una teoría de la comunicación, apoyada en una teórica crítica de la sociedad y capaz de una visión estereoscópica de las ambivalencias de la modernidad.  Para esta forma de autointervención democrática es decisivo y determinante el establecimiento de procedimientos de formación discursiva de la opinión y la voluntad políticas (Facticidad y validez, 1998). La vida privada de los ciudadanos también depende de la fuente de la solidaridad discursivamente generada: hay que descubrir, construir, inventar, crear, nuevas regulaciones o vinculaciones sociales por medio de sus propios esfuerzos comunicativos.  La esperanza y el optimismo habermasiano se apoya en su confianza en la fuerza productiva de la comunicación.

Comentario final: 

Termina aquí la reseña de la conferencia.  Observo un clásico relato tríptico al estilo de la dinámica clásica hegeliana de tesis, antítesis, síntesis.  En este caso al optimismo inicial de la Ilustración le sigue un pesimismo (Weber, teoría crítica, posmodernismo) y como síntesis superadora está la concepción neoclásica de la modernidad de Jürgen Habermas.  De todos modos comparto la visión ambivalente, ni optimismo ingenuo, ni pesimismo apocalíptico maximalista.

Como intento de comprensión de la modernidad este desarrollo habermasiano no escapa de los límites de la tradición filosófica en la cual se enmarca.  Límites que se expresan en el método de trabajo y en los referentes que utiliza, dejando por fuera la vertiente filosófica no continental y las ciencias naturales.  Lo positivo es que Habermas sí lograr eludir los cuatro lastres del posmodernismo: idealismo, irracionalismo, subjetivismo y relativismo.  Eso ya es bastante.  Pero concebir la ciencia y la tecnología como meramente instrumentales y no reflexivas es, digámoslo con contundencia, un exabrupto.  Cierto es que la ciencia y la tecnología son constantemente instrumentalizadas por el capitalismo (o el socialismo) y que buena parte de los científicos son meros obreros de una fábrica de producción de fragmentos de conocimientos, pero hay muchos cerebros en la historia de la ciencia, la tecnología y la filosofía que ponen en cuestión los fundamentos mismos del conocimiento en general y de los conocimientos o know how particulares. 

A esto se dedica la investigación metacientífica: filosofía de la ciencia, historia de la ciencia, sociología de la ciencia.  También la filosofía de la tecnología, historia de la tecnología, bioética, inteligencia artificial, biología universal y evolutiva, astronomía y cosmología, macrohistoria social.  Y más allá hay elaboración constructiva de cosmovisión integral como es el caso de la filosofía científica que incluye semántica filosófica, ontología, epistemología, ética y estética.  En todos estos casos se profundiza en la reflexión sobre la naturaleza y estructura de la realidad, y sobre la naturaleza humana, ubicando a la especie humana en el cosmos.  Y es una reflexión que no se desliga de la contrastación empírica y la heurística empírica generadora de nuevo conocimiento.  Para el caso de la comprensión de la modernidad, el enfoque denominado Big History ofrece una concepción más amplia y profunda centrada en el concepto de Antropoceno, apoyándose en todas las ciencias y en la filosofía científica.  Desde esta perspectiva queda en evidencia la estrechez de la filosofía continental con sus talanqueras y obsesiones, sus métodos academicistas y su sesgo especulativo.

lunes, noviembre 16, 2020

La venganza de Newton contra Leibniz (substancialismo vs relacionismo)


Este divertimento de Jorge Senior es un ejercicio para cotejar la posición de algunos autores respecto a su concepción sobre el espacio y el tiempo.



La victoria de Einstein sobre Newton fue, irónicamente, una victoria relativa de Newton sobre Leibniz.
Faraday y Maxwell son testigos cómplices y sonrientes.
Kant sufrió una derrota mayor, pues con su idealismo se quedó con lo peor de dos mundos (pero tranquilos kantianos que en otro tema, Piaget y en general la neuropsicología reivindicaría, sin apriorismos, su idea de sujeto activo).

Leibniz (como Huygens) defendió una concepción relacional del espacio y el tiempo, estos son relaciones entre objetos (el espacio) y entre eventos (el tiempo), no son independientes de la materia.  En términos actuales diríamos que Leibniz defendía que el espacio y el tiempo eran propiedades emergentes de la materia.
  
Newton, en contraste, defendió una idea substancialista del espacio como un escenario absoluto e independiente de la materia, una entidad existente objetivamente, aunque de carácter inmaterial y por tanto pasivo. Su principal argumento fue el experimento mental de un balde con agua en rotación.  La superficie del agua se curva con respecto al espacio.  Mach criticaría esta idea.

Einstein se inspiró en Leibniz y Mach para criticar a Newton y, al mismo tiempo, mantenerse fiel a Maxwell.  Así surgió la Relatividad Especial en 1905. En ese momento Newton resultó derrotado, el relacionismo parecía triunfante.  Poco después Minkowski aportó la idea de espacio-tiempo implícita en la relatividad especial, pero a nivel matemático (como en los diagramas de Minkowski con sus conos de luz).  

El partido cambió con la relatividad general, cuando después de elaboradas sus ecuaciones de campo fundamentales en 1915, Einstein se vio obligado a cambiar su concepción machiana y leibniziana a partir de su debate con Wilhem De Sitter en 1916 y 1917.  Por cierto, Mach murió a comienzos de 1916 sin aceptar la relatividad.  Así, Einstein se tornó substancialista cuando terminó aceptando que, según su propia teoría, el espacio-tiempo es una entidad física objetiva, un campo interactuante con la materia pero con una existencia independiente de ella. En ese sentido el espacio-tiempo, dado que es capaz de realizar trabajo, es de carácter material.  La predicción más contundente en ese sentido son las ondas gravitacionales que, desde 2015 al presente han sido detectadas en múltiples ocasiones, producidas por procesos de colisión y fusión protagonizados por estrellas neutrón y/o agujeros negros estelares.

Newton perdió porque el espacio y el tiempo son relativos, no absolutos, como tampoco es absoluta la masa.  Pero también ganó frente a Leibniz porque el espacio-tiempo, aunque modificable e interactuante, sí es absoluto en el sentido de sus leyes físicas invariantes de forma bajo transformaciones generales de los sistemas de coordenadas, por ejemplo sus intervalos cuatridimensionales son los mismos para cualquier "observador", sea humano o máquina (los intervalos de espacio-tiempo son independientes del sistema de referencia). Así que Newton tuvo razón en el carácter independiente del espacio y el tiempo (substancialismo), aunque se equivocó al considerarlos separables o separados, error compartido con Leibniz y todos los seres humanos antes de Einstein.  Su otra falla fue considerar al espacio como un simple escenario pasivo, independiente pero inmaterial.

Tabla de posiciones sobre el espacio y el tiempo:

Leibniz: separables, objetivos, dependientes e inmateriales
Newton: separables, objetivos, independientes e inmateriales
Kant: separables, subjetivos, independientes como formas a priori pero dependientes del sujeto (Kant no es relacionista ni substancialista sino un idealista apriorista) e inmateriales 
Einstein: inseparables, objetivos, independientes y materiales. Gracias a un concepto fundamental: el campo.

-Separables se refiere a considerar el espacio y el tiempo como independientes entre sí; inseparables implica que hay que considerarlos en conjunto (como la electricidad y el magnetismo que son dos manifestaciones del mismo campo).
-Dependientes se refiere al relacionismo o emergentes respecto a la materia (en el caso de Kant respecto al sujeto); independientes se refiere al substancialismo.
-Materiales se refiere a su realidad física con propiedades como energía, temperatura, entropía, capacidad de ejercer trabajo; inmateriales se refiere a su carácter pasivo como mero escenario. No confundir con subjetivo como en el idealismo kantiano.
-Objetivos: independientes del sujeto; subjetivos: dependientes del sujeto

De acuerdo a esto el campeonato finaliza con la siguiente tabla de puntajes.

1. Einstein: 4 puntos
2. Newton: 2 puntos
3. Leibniz: 1 punto
4. Kant: 0 puntos (blanqueado).

 De toda esta impactante revolución einsteiniana, Maxwell salió indemne y sonriente.  Y el autodidacta Faraday quedó como el Gran Pionero, el padre de esta revolución que en realidad se inició en la primera mitad del siglo XIX jugando con unas bobinas.

Nota: eternalismo vs presentismo es otro asunto íntimamente relacionado con el tema de esta entrada, pero no lo incluí por el momento presente pero pienso hacerlo en un futuro (si el eternalismo tiene razón, entonces ya está incluido en algún otro punto del espacio-tiempo). 

Nota 2: hablar de "errores" y "fallas" es en sentido ahistórico; no es que ellos cometieran errores o fallas lógica o experimentales en su argumentación en el contexto del conocimiento de su época, sino visto desde hoy en una especie de balance ahistórico que no pasa de ser un juego, pero que sirve para clarificar las diferencias en las distintas posiciones.

Jorge Senior

Esquema de niveles ónticos de la realidad

 Esquema de niveles ónticos para explorar

Actualmente la ontología está subordinada  a la epistemología, pues la ontología responde a la pregunta de la constitución fundamental de la realidad (¿de qué está hecho el mundo?) y esa respuesta proviene de la ciencia, concretamente de una parte de la Física y a partir de ahí se puede reflexionar sobre una metafísica naturalizada.

La respuesta actual es que la realidad está constituida por 38 campos, 37 de los cuales responden a las teorías cuánticas de campo y uno, el espacio-tiempo, responde a la teoría general de la relatividad.  Sin embargo, aquí aún faltan la materia oscura y la energía oscura.  Todo lo anterior está contenido en una parte de la Física, que bien puede denominarse Física Fundamental.

Así que podemos hablar, por ahora, de 4 niveles ónticos o escalas de la realidad.

1. El nivel cuántico, en el micromundo.

2. El nivel clásico que se constituye a partir del micromundo a medida que ascendemos en la escala espacial a un nivel en que hay ya agregaciones de átomos, sin perjuicio de que pueda haber fenómenos cuánticos a estas escalas espaciales clásicas si se dan, por ejemplo, condiciones extremas de baja temperatura.

3. El nivel galáctico en el cual ya es detectable la materia oscura.

4. El nivel metagaláctico o cosmológico en el cual es detectable la energía oscura.


Ideas en construcción

Jorge Senior



Reseña de Every Thing Must Go (En defensa del cientificismo)

 Reseña del primer capítulo e introducción del capítulo 2 del libro Every Thing Must Go

El título del Capítulo 1 es En defensa del cientificismo. 

Por Jorge Senior

Diciembre 2019

 

Autores del capítulo: James Ladyman, Don Ross y David Spurret

El subtítulo del libro es Metafísica naturalizada, el cual define su temática mucho mejor que el título.

El libro Every Thing Must Go fue publicado en 2007, tiene 6 capítulos y 4 coautores: James Ladyman, Don Ross, David Spurret y John Collier.  Ladyman y Ross son coautores en todos los capítulos, Spurret es coautor en capítulos 1 y 5, Collier es coautor del capítulo 4.  Los dos autores principales, Ladyman y Ross, son coautores exclusivos del Prefacio (fechado 2006), los capítulos 2 y 3 (que contienen la propuesta específica de matefísica naturalizada) y del capítulo 6 que es la conclusión.

Títulos de los capítulos:

  1.           En defensa del cientificismo (65)
  2.       Realismo científico, empirismo constructivo y estructuralismo (65)
  3.       Realismo óntico estructural y filosofía de la física (60)
  4.       Realismo “exuberante” (Rainforest Realism) y la Unidad de la Ciencia.  (68)
  5.       Causación en un mundo estructurado  (40)
  6.       Conclusión: suficiente filosofía (12)

El capítulo 1 tiene 3 características

  •         Es el único capítulo que contiene una parte “destructiva”, esto es, desata una crítica arrasadora de la metafísica analítica, también apodada por los autores como “metafísica neoescolástica”
  •         Contiene una parte constructiva que anticipa algo de la propuesta de metafísica naturalizada que se desarrolla en los siguientes capítulos
  •         Es también el capítulo en que se aborda el tema de la actitud filosófica o las maneras de hacer filosofía.

Se subdivide de la siguiente manera:

1.1   Metafísica naturalizada

1.2   Metafísica neoescolástica

1.2.1                      -Intuiciones y sentido común en metafísica

1.2.2                      -Metafísica apriorística

1.2.3                      -Metafísica pseudocientífica

1.3   Principio del cierre naturalista

1.4   La primacía de la física (o Principio de Primacía de la Física) (se refiere a la física fundamental, no a toda la física)

1.5   Unidad de la Ciencia y Reduccionismo (un análisis detallado de varios tipos de reduccionismo)

1.6   Nivel fundamental y otros niveles (fundamental: cuántica y relatividad)

1.7   Posiciones, normas y doctrinas (sobre el hacer filosófico)

La propuesta de filosofía científica de Mario Bunge, expuestas en el Tratado de Filosofía Básica (8 tomos 1974-1989) no es considerada en este libro (sin embargo, llegué a este texto gracias a que Gustavo Romero lo cita en varias ocasiones).  Tampoco es mencionado Otto Neurath, a pesar de que fue el integrante del Círculo de Viena que más trabajó el tema de la unidad de la ciencia (del círculo referencian principalmente a Carnap y Feigl).  Otros autores que no aparecen en el índice son Popper y Lakatos, escasamente sale algo de Kuhn, Feyerabend, pero sí Laudan, Poincaré, Russell, Quine, sorprendentemente está Cassirer.

En contraste, los autores manifiestan su cercanía con Bas van Fraasen, Daniel Dennet, Philip Kitcher, D. Lewis y mantienen un debate con el grupo de Stanford (Dupré, Cartwright).

Otros viejos conocidos que aparecen son Nelson Goodman, Ronald Giere, Jerry Fodor, Carl Hempel y Ernst Nagel, Tim Maudlin, S. French, Hillary Putnam, F. Suppe, W. Salmon.  Y no podían faltar clásicos, en especial Hume, Kant, Aristóteles y Peirce.

La filosofía de Ross y Ladyman puede ubicarse en la tradición materialista, pero los autores prefieren el término “naturalismo” al de “materialismo”.

Los dos autores principales resumen el primer capítulo de la siguiente manera:

“El capítulo 1 tiene, en parte, un propósito destructivo.  Se pretende persuadir al lector que la metafísica analítica estándar (o metafísica ‘neoescolástica’ como la denominamos) no contribuye en nada al conocimiento humano y, cuando tiene algún impacto, sistemáticamente tergiversa la significancia relativa de lo que sabemos sobre los fundamentos de la ciencia.  A continuación explicamos y sustentamos nuestra particular forma de naturalismo y nuestra concepción de la relación entre la física y el resto de la ciencia.  Éste es el capítulo más accesible del libro, y es posible que algunos lectores, más enfocados en las actitudes de los filósofos respecto a la ciencia que en la metafísica en sí, no les interese el resto.”

Este resumen no menciona el cientificismo que da título al capítulo y ocupa un lugar preponderante.  Tal cientificismo implica entender (1) la superioridad epistémica de la ciencia, que los autores sustentan sobre una base sociohistórica no exenta de contenido cognitivo y (2) que para hacer buena filosofía en el siglo XXI hay que partir del conocimiento científico actual.  En otras palabras, la buena filosofía es la filosofía científica (en especial en los campos fundamentales de la epistemología y la ontología) (nota: los autores no parecen interesarse de manera explícita en la semántica filosófica, aunque desde luego el análisis lógico y lingüístico se asume como prerrequisito)

En definitiva, la posición que defienden los autores principales enmarcada en una metafísica naturalizada consiste en un “realismo ontico estructural” basado en la física fundamental sobre el cual extienden un “realismo exuberante” (traduzco así el metafórico “Rainforest Realism” que literalmente sería “realismo de selva pluvial”) para sustentar la unidad de la ciencia.  El principio de cierre naturalista y el principio de primacía de la física fundamental actúan como pilares.

 

Capítulo 2: realismo científico, empirismo constructivista y estructuralismo

Realismo estructural parte de reflexiones en 2 dominios: (1) Problemas de historia de la ciencia en torno al abandono de compromisos ontológicos debido al avance de la ciencia (teorías más adecuadas empíricamente)y (2) preguntas que surgen desde el debate entre realismo científico y empirismo constructivista.  Sostendremos que la concepción semántica o modelo-teorética de la representación científica de la naturaleza se ajusta bien con el realismo estructural que propondremos.

El argumento es dialéctico, no analítico.  Una propuesta metafísica es mejor que otra en la medida en que unifica mejor la ciencia actual de un modo más iluminante (virtud de consiliencia).

Nuestra metafísica es una síntesis de empirismo constructivista y realismo científico basada en un verificacionismo peirceano.  El realismo estructural óntico de Ladyman es tal síntesis.

John Worrall introdujo el realismo estructural en 1989 para resolver el problema del cambio teórico para el realismo científico.  El realismo estructural es la visión de que la ciencia describe la estructura de la realidad y que esto es más que salvar los fenómenos pero menos que proveer una descripción verdadera de la naturaleza de las entidades inobservables que causan los fenómenos.

Hay múltiples variantes de realismo estructural en la literatura de filosofía de la ciencia, divisible en 2 grupos (Ladyman 1998): epistemológico y metafísico.  El realismo estructural óntico enfatiza el compromiso con estructura modal objetiva.

El realismo estructural no es sólo una respuesta al cambio de teorías, sino que tiene otras motivaciones relativas a la virtud de consiliencia con relación a diversos problemas de filosofía de la ciencia, y es compatible con todas las teorías científicas actuales. En combinación con la teoría de los patrones reales es posible dar cuenta de leyes, causación y explicación y de la relación entre física fundamental y ciencias especiales.

Orden de argumentación en capítulo 2:  (1) primero revisamos la definición de realismo científico, sus pros y contras, concluyendo que la historia de novedosas predicciones científicas exitosas es la mejor evidencia de cualquier forma de realismo, pero también (2) que la discontinuidad ontológica en los cambios de teorías hace que el realismo científico estándar sea indefendible.  Luego introducimos (3) el estructuralismo científico y repasamos en detalle el empirismo de Van Fraasen.  Estamos de acuerdo con Bas en muchas cosas, incluyendo lo apropiado de la concepción semántica de las teorías, pero sostenemos que un compromiso con la modalidad objetiva es necesario para hacer defendible esta forma de empirismo estructuralista.  Posteriormente introducimos una nueva terminología que será utilizada en el resto del libro y finalmente (4) pasamos a exponer el realismo estructural.  Argumentamos contra el realismo estructural puramente epistémico y concluímos el capítulo introduciendo el realismo estructural óntico y poniendo las bases para su defensa y desarrollo en el siguiente capítulo.

miércoles, octubre 14, 2020

Cristóbal Colón y el significado histórico del 12 de octubre

Esta columna fue publicada en el fin de semana del puente del 12 de octubre de 2020, fecha festiva en la cual se conmemora el denominado "descubrimiento de América" en 1492.  Cada año se forma un coro de plañideras en las redes por esta conmemoración y se multiplican los memes que idealizan lo indígena y satanizan lo europeo u occidental, de manera maniquea y poco rigurosa con la historia, a tono con la moda "decolonial".  (Nota: la cultura de los memes tiende a suplantar el estudio historiográfico serio en la formación de la nueva generación; este hecho configura un peligro, como lo ha sido Hollywood para generaciones anteriores).  Así que había necesidad de balancear tal influencia nefasta.

En 2020 se presenta además un contexto de protestas del movimiento BLM en Estados Unidos y otros países, que en algunos casos se expresó con el derribamiento de estatuas de filósofos, empresarios, exploradores, conquistadores, etc, que de un modo u otro estuvieron involucrados con el comercio de esclavos (especialmente africanos) hace varios siglos, cuando no existía ni siquiera un incipiente estado de derecho moderno a nivel internacional y escasamente se iniciaba dentro de estados nacionales.  Este contexto de la "guerra de estatuas" (pues hubo reacciones de signo contrario) no es ajeno al fenómeno de la cultura de la cancelación que constituye un típico ejemplo de transformación de causas justas en su contrario, cercenando la libertad de expresión, pilar democrático moderno.  Este giro aproxima los movimientos que se dicen progresistas a corrientes retrógradas como los talibanes que destruían monumentos históricos con los que no congeniaban.  

En este análisis, sin embargo, hay que examinar cada caso, pues los monumentos no tienen igual mérito artístico, ni es igual la importancia histórica del personaje, entre otros aspectos que distinguen unas protestas de otras.

En Colombia se presentó el derribamiento de la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar en Popayán por parte de indígenas Misak (guambianos).  Se trata de una acción significativa si tenemos en cuenta la actual situación de esa región, la pervivencia de una élite racista, conservadora y politiquera y una presencia demográficamente mayoritaria de comunidades indígenas.  No se puede desconocer que el monumento tiene varios agravantes: su ubicación (morro de Tulcán), las características del personaje y el incumplimiento de lo que se dice era la idea original de Guillermo Valencia, el poeta, que incluía un monumento al cacique Payán (que le da el nombre a la ciudad).  Pero tampoco se puede olvidar que se trata de una obra de arte.

En medio de todo este contexto y siguiendo también la crítica al denominado "pensamiento decolonial", la columna que sigue a continuación se fundamenta en la historia, como trabajo científico objetivo, sin moralismos ni sesgos, aunque hay que admitir que el título es una provocación (*guiño*).  Y desde la historia mirar el significado profundo de la fecha.  Es la fecha de la reunificación de la humanidad, que fue traumática, dolorosa e impactante a escala mundial y punto de partida de la sociedad moderna, origen de lo que somos hoy en día.  Una reunificación inevitable además, como también lo era su asimetría. La columna no se enfoca en el personaje, pues los individuos no son el factor determinante de los procesos históricos y, por ende no son lo más relevante desde el punto de vista explicativo.  Dicho esto, el personaje es mencionado como autor principal del evento histórico, que por lo demás constituye una verdadera hazaña.

Nota aparte: la formación política de cuadros con pensamiento crítico debe empezar por el reemplazo de la simple indignación moralista por el conocimiento científico de los procesos históricos, esto es, sus causas objetivas y su dinámica social.  Esto implica, además, entender el fenómeno moral como cultural e histórico, es decir, situado.  Y también aproximarse a la comprensión epistemológica que distingue a la ciencia de la moral y de qué forma y en qué medida la ciencia logra trascender el contexto histórico.  Igualmente debe contemplarse el conocimiento de la naturaleza humana sin mistificaciones, superar todo idealismo y pensamiento mágico-religioso.  Hace algunas décadas el marxismo lograba cumplir ese papel formador, a pesar de sus errores en otros aspectos.  Actualmente, la izquierda, huérfana de teoría, ni siquiera hace formación política de cuadros.  Se pasó del extremo dogmático de antaño al extremo ateórico del carnaval ideológico actual.  

Elogio de Cristóbal Colón

Por Jorge Senior

El descubrimiento de América se produjo a finales de la edad de hielo, cuando pueblos del noreste asiático atravesaron Bering y se instalaron en Alaska sin perder contacto con su continente de origen.  Con el cambio climático pasaron dos cosas: quedaron aislados de Asia y se facilitó el paso de los obstáculos montañosos para avanzar hacia el sur.  Como sucedió en otros lugares, la llegada del Homo Sapiens coincidió con la extinción de la megafauna, motivo para una sospecha que no hemos podido probar: nuestra responsabilidad en tales extinciones.   

Desde hace unos 14 mil años la humanidad quedó partida en dos: el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo.  La cultura humana evolucionó en forma paralela durante milenios en un extraordinario experimento natural. Asombra la similitud: de ambos lados surgieron grandes civilizaciones agrarias, se desarrollaron el comercio, la guerra y la esclavitud, se domesticaron animales y se contruyeron ciudades con edificaciones y calles.  También se organizaron sistemas hidráulicos, se aprendió el manejo de metales, matemática y astronomía de posición, se erigieron pirámides, se inventó la escritura, progresó la navegación y se forjaron grandes imperios.  Una diferencia fue la rueda, que en América sólo se usó en juguetes.  Hubo también desastres ambientales, epidemias, sacrificios humanos, canibalismo, homicidios, violaciones, división en clases sociales, dominación, chamanismo y creación de fantásticas narrativas imaginarias, mitologías religiosas. 

Era inevitable que los dos mundos se encontraran cuando la expansión del comercio llevara a un potente desarrollo de la navegación.  Hace tres mil años pueblos del sureste asiático lograron colonizar las islas del Pacífico sur, una hazaña de navegación asombrosa.  Y por esa misma época el Mediterráneo y el Índico ya empezaban a ser traficados por barcos comerciantes o guerreros.  No sorprende entonces que hace mil años los vikingos llegaran a América y se produjera el primer encuentro de los dos mundos.  En esas primeras escaramuzas los del viejo mundo perdieron y el intento abortó.  Fue cuestión de logística y medio ambiente. No había ímpetu comercial en juego.

A fines del siglo XV del calendario cristiano el encuentro sería a otro precio.  En los siglos inmediatamente anteriores la ruta de la seda se había convertido en el eje vertebral de un gran sistema comercial que abarcaba Eurasia de extremo a extremo y también incluía al norte y oriente de África.  El comercio alcanzaba máximos históricos y las técnicas de navegación se innovaban con múltiples tipos de embarcaciones y velámenes.  La selección natural había hecho su trabajo por medio de la peste bubónica.  Repúblicas urbanas, como Venecia, eran epicentro de un incipiente capitalismo comercial y bancario.

Portugal se lanzó a la exploración de la costa occidental africana desde 1430 y medio siglo después ya había llegado al Asia Oriental circunnavegando África y atravesando el Índico. Navegantes portugueses también intentaron la ruta occidental, pero fracasaron.  España se insinuaba como potencia al unificar sus reinos, expulsar a los moros, incursionar en el sur de Italia y norte de África.  Ambos países ibéricos tenían momentum económico, político y militar para la expansión.  Con Colón o sin Colón, la exploración de la mar Océana había comenzado con Las Canarias y otras islas y era indetenible. Sólo era cuestión de tiempo que se realizaran nuevas intentonas de exploración del globo hacia occidente, en cuyo caso, aunque ellos no lo supieran, el tropezón con ese continente desconocido en la mitad del camino era inevitable.

Colón no descubrió la redondez del mundo, ni fue el primero en pensar o intentar la ruta occidental.  No inventó el comercio de esclavos africanos (ya existía desde antes por desierto y por mar, con comerciantes africanos en primera instancia) ni visionó descubrir un nuevo mundo.  La historia no es el producto de individuos superdotados sino de procesos sociales colectivos.  El genovés no fue la causa de la exploración y la consiguiente invasión del nuevo mundo.  Su hazaña no fue la originalidad de la idea sino ser el primero, como líder expedicionario, en tener éxito en el reencuentro inevitable de dos mundos.  Un logro de dimensiones colosales que fue producto múltiples talentos y, como siempre en el contexto humano, del azar. 

Cristóbal Colón era un hombre de su época, con la mentalidad, las creencias y la cosmovisión de la sociedad que lo parió y lo crió.  Los que abordan el estudio del pasado con gafas ideológicas, politizando y moralizando la investigación histórica, hacen mala historia y mala política.  Y hacen pseudociencia.  La política y la moral son inseparables del contexto, no sobrevuelan por encima de la historia de manera anacrónica. Los juicios retroactivos carecen de sentido, sólo sirven para la manipulación de las pasiones.

No caemos en la hipérbole si decimos que el 12 de octubre de 1492 la historia de la humanidad se partió en dos, cuando lo que estaba partido en dos durante 14 milenios volvió a unificarse.  Esa reunificación de la especie humana fue trágica, dolorosa, ya lo sabemos, y también tremendamente dinamizadora del progreso humano.  Si conocemos la historia milenaria del Homo Sapiens no debe extrañarnos lo que sucedió en el siglo XVI.  Fue más de lo mismo, pero a mayor escala.  De ahí surgió el mundo moderno actual.  Y nosotros, los mestizos, no existiríamos sin ese crisol de pueblos.  Hace 528 años aconteció el hecho más importante de la historia humana que podamos fechar con total precisión.  ¿Podremos acaso olvidar a su protagonista principal?  Nuestro país honra su nombre y tú lo celebras en cada gol de la selección.


Premio Nobel para el CRISPR: un pronóstico acertado

 Esta columna fue publicada el 3 de octubre en el portal El Unicornio, antes de los anuncios de ganadores del premio Nobel 2020.

Acerté en que se otorgaría el premio a la tecnología CRISPR.  Pero mi vaticinio apuntaba al premio de medicina y fisiología y resultó que se lo dieron en química.  Una prueba anecdótica más de la unidad de la ciencia y, específicamente, de la base química de lo biológico. 

Acerté también en que se lo daría a Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier por la biotecnología de edición genética CRISPR/Cas9.  Pero yo también incluía como probable premiado al español Francisco Martínez Mojica por su trabajo de ciencia básica que llevó al descubrimiento de las secuencias repetitivas palindrómicas cortas agrupadas y regularmente interespaciadas en el ADN de bacterias y la postulación de su función como sistema inmune adaptativo en esos microorganismos.  Sorprendentemente, la academia sueca decidió no entregárselo a la ciencia básica, sino sólo a la tecnología de edición artificial. 

¿Premio Nobel para el CRISPR?

Por Jorge Senior

La próxima semana se entregan los premios Nobel en ciencias y literatura.  El Nobel de Medicina y Fisiología sigue siendo el galardón más prestigioso de esta rama científico – tecnológica, a pesar de ganadores como Luc Montagnier y Kary Mullis que han batido récords de desprestigio, no por las investigaciones premiadas, sino por hablar más de la cuenta después de volverse famosos.

¿Quién ganará en 2020, el año de la pandemia?  Mis apuestas van con un español, Francisco Martínez Mojica, y dos mujeres, la francesa Emmanuelle Charpentier y la estadounidense Jennifer Doudna, todos ellos entre los 50 y los 60 años de edad.  Ninguno de los tres es médico, son microbiólogos y bioquímicos muy ligados a la investigación básica biomédica.  Y los tres han sido protagonistas claves de la investigación, el desarrollo y la innovación de una revolucionaria tecnología de edición genética, cuyo impacto en la sociedad puede ser tremendo por las inmensas posibilidades que abre.  Pero también es posible que el Nobel se lo otorguen a Feng Zhang o a George Church, quienes disputan la primacia sobre la hazaña tecnológica.  De hecho, la Oficina de Patentes de EEUU le dio la prioridad a Zhang en 2017.  Sin embargo, la Academia Sueca maneja criterios distintos a una batalla de abogados.

El término “CRISPR” es un acrónimo correspondiente a la versión en inglés de la enigmática frase siguiente: Repeticiones Palindrómicas Cortas Agrupadas y Regularmente Interespaciadas (o sea que en español el acrónimo sería RPCARIE).  Recordemos que un palíndromo es una palabra o frase cuyas letras tienen la misma secuencia al derecho o al revés.  Pero en este caso las “letras” son las bases del ADN. 

Se trata de secuencias repetitivas que se encuentran en el ADN de ciertas bacterias y contienen fragmentos de material genético de virus que han atacado anteriormente a ese linaje bacteriano, lo que permite que funcione como memoria del sistema defensivo antivirus.  Francisco Martínez Mojica fue el primero en identificar esas secuencias repetitivas en arqueas en su tesis de doctorado del año 1993 y en 2005 postuló su función inmunológica.  Además, fue quien acuñó el acrónimo CRISPR.

 Si la bacteria es infectada nuevamente por un virus que tenga ese material genético, puede identificarlo y defenderse cortando el ADN del virus con la ayuda de unas proteínas asociadas que hacen el papel de “tijeras”. Tales proteínas reciben el nombre de “Cas” (acrónimo de “CRISPR Associated”) y se distinguen entre sí por números: Cas1, Cas2, etcétera.   En consecuencia este particular sistema inmune de las bacterias recibe el nombre de CRISPR/Cas.

En 2005 el francés Alexander Bolotin descubre la Cas9 y al año siguiente Eugene Koonin del NCBI de Estados Unidos propone un esquema para la función inmune adaptativa del CRISPR.  Los científicos ya vislumbran el potencial tecnológico de estos descubrimientos y se dispara la investigación de punta en el tema.  En 2008 el holandés John van der Oost descubre que el pedazo de ADN vírico se transcribe a ARN que a su vez guía las Cas a su blanco.  Pero a finales de ese año, en Illinois, Luciano Marraffini y Erik Sontheimer encuentran que el objetivo del CRISPR es cortar el ADN, no el ARN, hecho confirmado posteriormente por Sylvain Moineau en Canadá.

Es en 2011 cuando Emmanuelle Charpentier detalla el mecanismo del ARN para guiar a las Cas9 y al año siguiente, junto a Jennifer Doudna anuncia el logro de una técnica de manipulación para guiar al Cas9 por medio de partículas de ARN y así, en principio, poder editar a voluntad el ADN de cualquier ser vivo.  Nace así el CRISPR/Cas9 como tecnología potente y barata, dando inicio a una revolución en ingeniería genética.  Pocos meses después Virginijus Siksnys, en Lituania, hace un anuncio similar. 

Feng Zhang era un joven doctor en química y bioingeniería de apenas 31 años en 2013 cuando, trabajando para el Broad Institute, logra adaptar el CRISPR/Cas9 para editar ADN de células eucariotas, como las que tenemos los seres humanos y otros animales, así como las plantas.  El Instituto Broad pertenece nada menos que a las universidades Harvard y MIT y le ha ganado la batalla legal por la patente del sistema CRISPR/Cas9 a la Universidad de Berkeley (California) que respalda a Doudna y Charpentier. Aunque casos se han visto en que el perdedor logra que se revoque la decisión. De todos modos, Feng no se detuvo y entre 2015 y 2017 logró otra hazaña con el sistema CRISPR/Cpf1 que ofrece ventajas sobre el Cas9.

En solución salomónica el premio Harvey de 2018 fue otorgado a Doudna, Charpentier y Zhang, más allá de las disputas por la patente.  Más del 25% de los ganadores del Harvey han obtenido después un Nobel. ¿Sucederá lo mismo en este caso? Si asi fuese quedaría por fuera Francisco Martínez Mojica, el español de la Universidad de Alicante que hizo el descubrimiento básico inicial, pues cada premio Nobel tiene un tope de tres ganadores.

A la postre, el premio es lo de menos.  Con el poder de edición genética la medicina de precisión podrá quizás curar más de 4.000 enfermedades genéticas.  Lo alucinante es que también se posibilita la creación de superhumanos.  La eugenesia está de regreso y más potente que nunca.  La especie humana se convierte cada vez más en Homo Deus, como planteara Yuval Noah Harari en el segundo libro de su trilogía.  Es inaplazable el debate bioético y político sobre una tecnología tan peligrosamente poderosa y de consecuencias imprevisibles.