martes, octubre 08, 2019

Apuntes para una crítica al decolonialismo


Subtítulo: En defensa de la ilustración, la modernidad, la razón, la ciencia, la objetividad, el cosmopolitismo y el progreso; dicho de manera simplificada: En defensa de la cosmovisión científica o si se prefiere En defensa de la ilustración antropocénica

*Nótese que no incluí la tecnología, el capitalismo, la democracia, el liberalismo, el socialismo, el cristianismo, etc, ni la propia “cultura occidental” que incluye todo lo anterior y más, pues la cultura occidental es la cultura más plural y heterogénea que ha existido en toda la historia de la humanidad; si jugamos a la fabricación de términos, como les gusta a posmodernos y decoloniales, tendríamos que llamarla la “pluricultura occidental” (también bajo ataque)

Antecedentes

A finales de los años 70 el marxismo, que había sido casi hegemónico en la intelectualidad progresista del siglo XX, entra en decadencia y se inicia el auge de lo que se denominaría el posmodernismo.  El posmodernismo es una vertiente de la filosofía continental que podemos inscribir en la tradición del idealismo, el irracionalismo, el relativismo y el subjetivismo (en menor grado el romanticismo). 

El posmodernismo bebe de la fuente del filósofo nazi Heidegger, de Max Weber (tengo en mente el concepto de “desencantamiento del mundo”), la escuela de Frankfurt (por ej, la Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer), el giro lingüístico de Wittgenstein y otros, el giro historicista relativista de la filosofía de la ciencia de Thomas Kuhn y Paul Feyerabend, la mal-interpretación de algunos descubrimientos científicos (cuántica y termodinámica) y los debates interminables sobre los escritos de Marx y Freud.  Esta corriente filosófica se pone de moda en los años 80 y 90, atacando a la modernidad (de ahí el nombre), la ilustración, la razón, la objetividad, la ciencia y el progreso. 
Las ciencias naturales casi no se dan por enteradas y durante ese período avanzan aceleradamente desmintiendo de facto los tañidos luctuosos de los posmodernistas que anunciaban la muerte de los “metarrelatos”.  Pero las ciencias sociales sí se ven notoriamente afectadas.  Del marxismo sobreviven en los años 80 algunas tesis de Antonio Gramsci, dándole relevancia a conceptos como “cultura” y “hegemonía”, pero ese referente no logra evitar el notorio vacío que deja el marxismo en las ciencias sociales (la disciplina en la cual el marxismo logró perdurar un poco más fue la Historia). 

Esta orfandad teórica es aprovechada por diversas corrientes de pensamiento, como el liberalismo, el institucionalismo, el posmodernismo, por supuesto, y una nueva tendencia que podríamos denominar “construccionismo social”, una forma de reduccionismo culturalista que se va a imponer, sobre todo, en antropología, una disciplina bastante fragmentada, y en buena parte de los feminismos cuya teorización crece como la espuma en estos años.  Esta tendencia se expresa institucionalmente en una serie de programas académicos denominados “estudios sociales” o “estudios culturales” de tales o cuales aspectos de la sociedad. Una característica del construccionismo social es la negación de la naturaleza humana, es decir, se resucita el viejo mito de la tabula rasa.  Es por tanto una forma de idealismo y subjetivismo y no es ajena al irracionalismo y relativismo, pero tiene menos interés que el posmodernismo en atacar a la modernidad y al progreso, quizás por la influencia liberal y marxista que ahí pervive.

Deconstrucción del decolonialismo

En este contexto intelectual, a la vuelta del milenio, surge el pensamiento decolonial.  Como diría un posmoderno, ahora vamos a hacer la deconstrucción.  A la trilogía compuesta por el posmodernismo, el construccionismo social y el pensamiento decolonial, los denomino oscurantismos de izquierda, pues son críticos del statu quo, pero enemigos de la razón y la ilustración.  En este sentido son ideas neoconservadoras sin un claro proyecto de futuro.  Allí no hay eutopía que ilumine el horizonte.

El pensamiento decolonial carece, en general, de originalidad.  Como veremos, es un reciclaje o refrito de ideas anteriores, vestidas con nuevos ropajes (léase nueva terminología para viejos conceptos).  Sus ideas se inscriben en una tradición filosófica occidental conocida como filosofía continental y, dentro de ella, en las cuatro categorías metafilosóficas ya mencionadas: idealismo, subjetivismo, irracionalismo y relativismo.  No basta proclamarse antioccidental para escapar a la pluricultura occidental.  En este caso el énfasis está en el relativismo como concepción epistemológica, una idea de larga tradición desde los griegos.  Pero hay una excepción a su falta de originalidad, su auténtico aporte novedoso.  Como suelen hacer los ingenieros innovadores, los decoloniales unen dos artefactos viejos y crean su gran novedad.  Ellos compran la crítica epistemológica de los posmodernos y la unen a la centenaria tradición de la crítica al eurocentrismo.  Al igual que los posmodernos y con similar estilo filosófico, ellos atacan la modernidad, la ilustración, la razón, la objetividad, la ciencia y el progreso, pero también atacan a “Occidente”, supuestamente desde afuera, y le dicen a los posmodernos: “ustedes también son eurocéntricos” y voilá, ha nacido una nueva corriente de pensamiento.  Al igual que otros sectores de izquierda radical son críticos del capitalismo, pero con un énfasis muy diferente al marxismo o socialismo, pues ahora la contradicción principal no es capital / trabajo, que pasa a un segundo plano, sino Norte / Sur, una metáfora geográfica surgida en la posguerra mundial (movimientos de liberación nacional, estudios postcoloniales) pero a la cual le dan un giro étnico, para expresar una contradicción básicamente cultural entre la “cultura occidental” y las culturas no occidentales.  Adicionalmente, adoptan ideas del feminismo, que es una corriente variopinta de la cultura occidental, pero le espetan la misma crítica que al posmodernismo: “el feminismo blanco debe ser descolonizado”.  No hace falta ser un genio para comprender que la problemática de una mujer estadounidense o sueca no es la misma que la de una mujer nigeriana o embera katío. De hecho, es mucho peor en los “pueblos del sur”.

La propuesta decolonial es una revolución política, social, epistémica, cognitiva (y étnica).  La palabra “revolución” no la utilizan, pero sí hablan de un “cambio de paradigma”, una expresión kuhniana que significa “revolución” con todo su sentido radical.   Exigen “justicia epistémica o cognitiva”, la cual consiste en aplicar el principio jurídico de igualdad a los “saberes”, concretamente proponen que los “saberes del Sur”, cualquier cosa que sea eso, estén en pie de igualdad con el conocimiento científico, que ellos llaman “hegemónico”, en un espacio común denominado “ecología de saberes”.  Nótese que esto es diferente a “diálogo de saberes” o “diálogo intercultural”, los cuales son interacciones necesarias que nadie cuestiona.  Esa justicia cognitiva o epistémica aparece mezclada o revuelta con algo completamente diferente: la justicia social, de tal manera que la aceptación reivindicativa de ésta conlleve la aceptación de la otra.  Un buen truco.  La expresión más utilizada para esa idea central es “epistemologías del Sur”, un concepto confuso pues aparece como sinónimos de culturas, saberes ancestrales, cosmogonías, cosmologías, saber-hacer (técnica).

Defensa

Prometí defender la ilustración, la modernidad, la razón, la ciencia, la objetividad, el cosmopolitismo y el progreso.  No se puede hacer uno por uno porque todos están imbricados en una sola cosmovisión ilustrada o moderna que se caracteriza por el secularismo y el naturalismo basados en la ciencia, o como decía Weber, en el desencantamiento del mundo y que no depende de la forma particular como se organice la sociedad o, en particular, la economía.  “Modernidad” es una categoría cultural y no se debe confundir con modernización económica o con economía capitalista. 

Dado que la ciencia ha progresado y lo sigue haciendo aceleradamente desde el siglo de las luces hasta hoy, se infiere que la cosmovisión ilustrada o moderna ha evolucionado en la misma medida y que, como decía, Habermas, constituye un proyecto inacabado.  La ciencia del siglo XVIII era materialista, naturalista, mecanicista y determinista y de un nivel muy inferior a la ciencia actual, tanto en conocimientos como en rigor y método.  La ciencia del siglo XXI sigue siendo naturalista y materialista, aunque el concepto de materia es otro, y ha rebasado el mecanicismo y el determinismo para asumir el azar y una concepción más compleja de la causalidad.  Por ejemplo, en Historia hoy prima una concepción abierta, más compleja y menos determinista que la del siglo XVIII, donde lo contingente y lo necesario se imbrican.  Por tanto la idea ingenua de progreso entendida en forma determinista, finalista o teleológica está hoy completamente superada.  Tanto en biología como en ciencias sociales el concepto de progreso está plenamente vigente, pero en un sentido muy diferente al siglo XVIII.

El racionalismo y el empirismo puros fracasaron y hoy prima una concepción racioempirista.  La razón trascendental y apriorista de Kant, filósofo anterior a Darwin, es ya obsoleta, pues hoy tenemos una concepción naturalista de la razón, entendida como una capacidad cognitiva del primate Homo Sapiens centrada en la corteza prefrontal del cerebro e inseparable del cuerpo y, por ende, de otras capacidades del animal humano.  Así que las verdades absolutas y apodícticas no existen, pero sí existen las verdades objetivas, alcanzables por medio del método científico (también el conocimiento empírico puede producir verdades objetivas eventualmente).  Estas pueden ser universales en términos prácticos, no porque se deduzcan de principios indubitables sino porque empíricamente se han escalado hasta abarcar todo el planeta Tierra, toda la especie humana y en algunos campos, como la física y la química, todo el universo.  Es una universalidad con límites, pero esos límites rebasan por completo los horizontes de los siglos XVIII o XIX y son dibujados por la propia ciencia.

He mencionado el método científico.  Este es una abstracción y una generalización a partir de los métodos específicos de las distintas disciplinas, los cuales se han venido perfeccionando durante los últimos 400 años.  Negar el progreso del conocimiento y el progreso del método es negar la capacidad de aprendizaje de la humanidad.  El método progresa clarificando sus propios límites y expandiéndolos, identificando las fallas, los errores lógicos, los errores experimentales o matemáticos, los sesgos psicológicos y sociales, minimizando los aspectos subjetivos, mejorando los controles frente a las interferencias espurias, aprovechando los progresos de las ciencias formales como la lógica y la matemática y produciendo más y mejor tecnología, la cual permite más y mejores evidencias y mayor procesamiento de información.  Se refinan así los protocolos, las técnicas de investigación, los métodos específicos y, si miramos con visión de conjunto, el método científico en general.  Este se sustenta en dos tipos de rigor, el rigor lógico y el rigor experimental u observacional, de los cuales se desprenden los dos conceptos de verdad que utiliza primariamente la ciencia: la verdad como coherencia y la verdad como correspondencia (en filosofía puede haber conceptos más sofisticados de verdad, pero con estos dos básicos es suficiente por ahora). 

Esta maravilla llamada “ciencia” es, junto a la tecnología que se deriva de ella, el máximo logro de la especie humana, aunque algunos quieran tapar el sol con un dedo a punta de malabares retóricos.  En el libro, En defensa de la ilustración de 2018, Steven Pinker sustenta de manera contundente a lo largo de más de 700 páginas y con más de 70 tablas de datos, lo que estoy sosteniendo aquí de manera muy resumida (aunque disiento del capítulo 2).

Como se puede ver la ciencia es una actividad muy humana, su falibilidad alimenta sus potentes mecanismos autocríticos y autocorrectivos y así se produce progreso.  Este progreso es acumulativo a pesar de que se produzcan rupturas relativas, reformulaciones y reconceptualizaciones, pues nunca hay borrón y cuenta nueva, jamás se regresa al principio (efecto trinquete), sino que se construye sobre lo construido, los científicos se paran en hombros de los gigantes de las generaciones anteriores, como dijera Newton.  Kuhn y Feyerabend se equivocaron con su concepto de “inconmensurabilidad”, hoy obsoleto en filosofía de la ciencia.  Ese concepto dio pie a la euforia relativista de los posmodernistas de otrora y debido a ese mal entendimiento de lo que es la ciencia y cómo funciona, inflaron una deficiente epistemología hoy insostenible.  En el año de 1996 y 1997Alan Sokal y Jean Bricmont, en el libro Imposturas Intelectuales, los pusieron en evidencia.

Ese carácter humano de la ciencia no la rebaja sino que la engrandece.  Es producto del esfuerzo y el mérito colectivo de millones de seres humanos y una prueba del potencial de nuestra especie para hacer lo que ninguna otra ha hecho en 4 mil millones de años de historia de la vida.  La ciencia es la forma superior de conocimiento pero no la única, ella es apenas la cereza en el pudín.  Hace dos millones y medio de años unos homininos empezaron a utilizar sistemáticamente herramientas, adaptando el entorno a sus necesidades.  Con ellos, con el Homo Habilis, con el Homo Erectus, surgió la técnica, una forma de conocimiento empírico africana, un saber hacer que dejó atrás los logros cognitivos de otras especies, incluyendo los chimpancés, nuestros parientes más próximos.  Se inició así una coevolución biológica cultural que dio lugar a nuevas especies, aunque sólo una de ellas sobrevivió hasta hoy, el Homo Sapiens, que también es africano.  No fue el Homo Sapiens el que creó la técnica, fue la técnica la creó al Homo Sapiens. 

Ese poderoso conocimiento empírico que nos puso en la cúspide de la cadena alimenticia mejoró con el tiempo y permitió descubrir la agricultura en múltiples ocasiones, en todos los continentes menos Europa, valga la ironía. Con el conocimiento empírico se construyó así la civilización, el segundo entorno, un entorno artificial que no por ello deja de ser ontológicamente natural, aunque cree la ilusión de una separación del mundo natural que en realidad no existe.  Hoy sabemos que somos parte del sistema Tierra y en el antropoceno, después de tres revoluciones industriales, nos hemos convertido en fuerza geológica, capaz de transformar al planeta, para bien o para mal. 

Pues bien, fue con el conocimiento empírico, más que con el científico, que se hizo la primera revolución industrial y se creó la matriz energética y productiva inicial de la sociedad moderna.  Pero no sólo le debemos nuestra existencia a ese tipo de conocimiento técnico, sino que, además, la ciencia misma no es más que una forma refinada del conocimiento empírico, una forma superior de conocimiento producida con esfuerzo a través de la sistematización de la investigación y la acumulación del aprendizaje de la humanidad en un cuerpo de conocimientos convergente y emergente. Desde el punto de vista metodológico y epistemológico las dos formas de conocimiento son ensayo y eliminación de error, sólo que en el caso de la ciencia este proceso se ha sistematizado, compactado y perfeccionado, haciéndose mucho más eficiente y riguroso.  Dada esta genealogía del conocimiento científico, la superioridad establecida de éste es consistente con la valoración histórica y actual del conocimiento empírico, el know how, el saber hacer, presente aún hoy en muchos campos de la actividad humana (ver por ejemplo El Cisne Negro y otros libros de Nicholas Nassim Taleb donde cuestiona el saber de ciertos economistas, incluidos algunos premios Nobel).

Y aquí vienen tres lecciones importantes:

(1) Un conocimiento es superior, no porque sea ciencia (lo cual sería una errónea visión esencialista y además falacia genética) sino que es ciencia porque es superior.  La superioridad no reside en el status científico, sino que éste obedece a una superioridad probada en la capacidad explicativa y predictiva con exactitud y precisión, la superación de pruebas experimentales y observacionales, la coherencia lógica interna y con el resto del conocimiento ya probado, y a la producción de tecnología eficiente. Todo ello expuesto de manera clara, transparente y bien argumentada. En otras palabras el status científico se gana desde abajo, desde el rigor del método, no se decreta  desde arriba.

(2) El conocimiento es poder, como decía Bacon, porque es verdadero, no al revés.  Constituye un craso error epistemológico creer que el carácter “verdadero” del conocimiento es sólo una etiqueta impuesta por el poder como pensaba Bruno Latour.  Ese puede ser el caso de la ideología, la cual no es capaz de superar las pruebas de rigor lógico y experimental.

(3) La hegemonía de la verdad no es mala, todo lo contrario, es deseable; lo que sí es grave y nefasto es la hegemonía de la falsedad, la mentira o, como diríamos ahora, la post-verdad.  La fantasía es muy buena cuando se presenta como tal, como en el arte, pero no cuando se disfraza de “conocimiento” sin ser capaz de probarse como verdadera.  En consecuencia es pertinente diferenciar entre ciencia e ideología, entre conocimiento y superstición o entre pensamiento científico y pensamiento mágico religioso.

Continuará……

sábado, agosto 24, 2019

Sesión 6 Big History Antropoceno

Big History sesión 6

Sesión 5 Big History Cosmovisión

Big History sesión 5

Sesión 4 Big History Modernidad

Big History sesión 4 Modernidad

Sesión 3 Big History

Big History sesión 3

Sesión 2 de Big History

Big History sesión 2

Sesión 1 de Big History

Curso Big History sesión 1

lunes, agosto 19, 2019

Video preliminar de Big History 2018

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La conquista de México: 500 años Primera parte

500 años de la conquista de México – Primera parte

Por Jorge Senior

Basado en la biografía de Hernán Cortés, autoría de Francisco Gutiérrez Contreras.

En el segundo semestre de 2019 se cumple medio milenio de una de las hazañas militares más grandes de todos los tiempos: la conquista del núcleo de la civilización mesoamericana tardía por una pequeña tropa española improvisada bajo el liderazgo de Fernando Cortés, también llamado Ferdinandi Cortessi en latín y más conocido en la historiografía y en el imaginario como Hernán Cortés.

Cortés nació en Medellín, en Extremadura, en 1485, época en la cual Leonardo da Vinci ya estaba en Milán como vimos en el primer semestre de este año al conmemorar los 500 años de la muerte del gran artista y científico florentino (ver texto en mi perfil de Academia.edu y en mi blog La Mirada del Búho en conectadosconelbuho.blogspot.com ). Entre los 14 y los 16 años realiza estudios jurídicos en la Universidad de Salamanca. No culmina su formación, pero lo aprendido le será muy útil en su estrategia de combinación de todas las formas de lucha. En 1504, tenía apenas 19 años cuando embarca hacia la isla La Española (hoy República Dominicana y Haití) en calidad de colono. Siete años después se traslada a Cuba en la expedición de Diego Velásquez, con quien tendrá una relación ambigua de amistad y enemistad, y allí se establece.

Hasta 1518 Cortés es uno más, un anodino personaje enredado en líos de faldas (recuérdese que había muy pocas españolas en estas tierras), y nada en su biografía permitiría presagiar que ocuparía un lugar destacado en la historia. Pero ese año logra que el gobernador Velásquez le permita capitanear una nueva expedición a costas mexicanas, tras el fracaso de dos incursiones anteriores lideradas por Francisco Hernández de Córdoba (1517) y Juan de Grijalva (1518). Es su oportunidad y bien que sabrá aprovecharla con audacia y habilidad insospechadas. A esas alturas, los españoles todavía creen que tales costas pertenecen a un archipiélago asiático. Esa era la tesis defendida por Alamino, el piloto de las tres expediciones.

En términos de correlación de fuerzas, el recientemente unificado Reino de España, sin ser propiamente una potencia en el contexto de Eurasia, tenía todas las de ganar frente a lo que se ha llamado el “imperio azteca”, una confederación dominada por los mexicas al otro lado del mar océano, hoy llamado Océano Atlántico. Mayor poder militar, tecnológico, económico, demográfico y político, una cosmovisión de mayor escala, mayor experiencia de guerra. Eso en abstracto. Pero en la situación concreta de 1519, Hernán Cortés y su miniejército cuasiprivado tenían todas las de perder. Una inmensa inferioridad numérica, desconocimiento del terreno, de la fauna y de la flora, nula retaguardia, recursos limitados. Ambas culturas estaban dominadas por un pensamiento mágico – religioso. Todo estaba dado para que los guerreros aztecas aplastaran fácilmente a los españoles. Pero eso no sucedió. Y en ello me baso para considerarlo una hazaña militar de dimensiones históricas.

En realidad se trató de una campaña político-militar en la cual el componente político fue fundamental. Pero el análisis histórico debe blindarse respecto a la política del presente y su proyección interesada al pasado. Asimismo, debe ponerse entre paréntesis todo juicio moral anacrónico, suprahistórico, hecho desde la moral moderna. Primero porque es inútil frente al hecho consumado, lo que pasó ya pasó (aunque desde el interés político actual algunos piensen lo contrario, tal actitud es perjudicial para la historiografía). Segundo, porque introduce un sesgo que impide comprender los acontecimientos de otrora. Lo mismo aplica al juicio legal que proyecta el derecho internacional del presente a un pasado en el cual no existía. Por ejemplo, la idea de que los primeros pobladores de un territorio adquieren derechos sobre el mismo que deben ser respetados por el resto de la humanidad, es sumamente extraña en la historia de la especie humana. De hecho, es una idea que sólo adquiere fuerza en el incipiente estado de derecho internacional de la modernidad.

Hay, sin embargo, un anacronismo del cual no podemos prescindir. Me refiero a nuestro conocimiento científico – tecnológico actual, el cual constituye un aliado para entender lo que pasó. Así que por un lado está el análisis contextual que trata de comprender a los actores individuales y colectivos en sus propios términos, en su propia visión. Y complementariamente está el análisis desde el conocimiento privilegiado del presente, capaz de ver lo que ni los indígenas ni los españoles podían percibir en aquella época. Tampoco podemos prescindir del lenguaje actual pues se hace necesario para la comunicación.

Hecha esta aclaración el lector atento debe poder distinguir y separar por sus propios medios los dos enfoques, pues pueden aparecer mezclados en el texto. Por ejemplo, si hablamos de “América”, “España”, “México”, “Perú”, “Panamá”, es evidente el anacronismo.

España está apenas surgiendo como estado-nación monárquico tras la unión de las coronas de Aragón y de Castilla. Su proceso expansivo interior, la reconquista frente a los moros, dará impulso a su expansión de ultramar en Canarias, Italia, mínimamente África y luego las Antillas y la tierra firme americana, consolidando como imperio su visión de nación (Asia vendría inmediatamente después). La expansión europea por todo el planeta es lo que configura los modernos estados nacionales europeos (principalmente España, Portugal, Reino Unido, Francia y Países Bajos, todos con costa en el Atlántico). Imperio y Nación son dos caras de la misma moneda. En mi concepto 1492 es, sin duda, un candidato poderoso a ser considerado el año más importante de la historia, no de la europea meramente, sino de la historia de la especie y origen del mundo actual. Tras el primer viaje de Colón en busca de las rutas de occidente hacia el Asia (Catay/China, Cipango/Japón), el papa Alejandro VI (de los Borgia de origen valenciano, padre de Lucrecia y César Borgia), expide en 1493 las bulas papales que conceden derechos de titularidad a la monarquía española sobre las tierras descubiertas. Y en 1494 se firma el tratado de Tordesillas con el cual España y Portugal se reparten el mundo, por así decirlo. Son los equivalentes de la época al derecho internacional posterior.

En 1519 América no existe ni como nombre ni como concepto. Ni los indígenas ni los españoles tenían clara la idea de continente ni la visión de conjunto del vasto territorio continental que va desde la Patagonia al ártico. Los españoles, ya dijimos, se consideraban exploradores de un archipiélago asiático. Sin embargo, una isla se confirma como tal si la has circunnavegado, mientras tanto cabe la hipótesis de que sea “tierra firme”, que es el concepto más aproximado a nuestro actual “continente”. La desembocadura de un río de gran tamaño es un indicador de que se trata de tierra firme. Pero Yucatán no tiene señales de esa índole por razones geológicas. Cortés será, precisamente, uno de los primeros en darse cuenta que están en un continente a medio camino entre Europa y Oriente, pero eso será varios años después de 1519.

“México” o el término un poco más amplio “Mesoamérica”, nombran actualmente un territorio habitado en ese entonces por varios pueblos que hablan distintas lenguas, aunque provienen de un origen común más de diez mil años atrás. En esta narración, por ejemplo, aparecen dos territorios, uno con lengua maya y otro con lengua náhuatl. Todos los nativos americanos en 1500 son descendientes de inmigrantes paleolíticos del este asiático, durante la etapa final de la última glaciación (nota: pudo haber más de una oleada migratoria). Ninguna tesis alternativa ha pasado de ser especulación. Pero después de la elevación del nivel del mar han vivido aislados del resto del mundo durante más de 15 mil años, tiempo suficiente para una gran diversificación y para un experimento natural sin par.

A la llegada de los españoles ya hacía siglos que la civilización maya había colapsado, entre otros factores por una mala gestión ambiental del territorio, coincidente con una tanda de sequías. Sus pueblos aún sobrevivían en las zonas selváticas de lo que hoy es Yucatán, Bélice y Guatemala, pero sin el auge urbano de otros tiempos. Esa zona vivió un cataclismo hace 65 millones de años, el impacto de un meteorito de unos 10 kilómetros de largo que produjo el cráter de Chicxulub, actualmente no visible, pues se encuentra bajo tierra en la frontera de estratos K/T. Semejante catástrofe tuvo efectos mundiales, el más conocido es la extinción de casi todos los dinosaurios. La península de Yucatán, que cierra el golfo de México por el sur, tiene unas condiciones geológicas peculiares que permitieron a los mayas construir una importante civilización urbana. La península aparentemente no tiene ningún río importante, apropiado para sostener una población abundante, pero bajo la superficie existe el río subterráneo más grande del mundo. Podríamos decir que es más bien una gigantesca red de acuíferos a través de una plataforma sedimentaria de tierra caliza porosa de unos pocos kilómetros de grosor que se asienta sobre rocas metamórficas legadas por Pangea. Así que los mayas sí tenían agua en abundancia, pero con un acceso complicado a través de cenotes.

Para 1519 los españoles ya han consolidado su posición en las tres Antillas mayores con La Española como bastión principal y una avanzada en tierra firme localizada en el istmo de Panamá. Las islas fueron el primer ensayo a través del cual se va resolviendo cuál será el modelo de colonización, entre varias posibilidades en disputa que podríamos agrupar en dos campos, los modelos extractivistas y los feudales, que en palabras de la época se llamarían “rescatar” y “poblar”. La corona no tenía un diseño previo, sino que las cosas se van dando en una puja de intereses múltiples, un tinglado de fuerzas que demorará más de medio siglo en definirse mediante conflictivos ajustes sucesivos. Igual podríamos decir de la rentabilidad, la cual no resulta nada clara en los primeros decenios. El debate sobre el trato a los indígenas, las epidemias, el descenso demográfico indígena, la importación forzosa de africanos negros (del África occidental subsahariana) están presentes desde los inicios del siglo XVI.

El máximo gobernante de las indias desde 1509, era el hijo de Cristóbal Colón, Diego, designado virrey. Pero en 1514 Diego Colón es llamado a España por el rey Fernando, quien muere poco después. Se genera una especie de crisis de gobernabilidad, circunstancia que sería aprovechada por Diego Velásquez, autoridad delegada en Cuba, para promover las expediciones desde esa isla hacia las costas mexicanas. En estos procesos hay un personaje clave para los historiadores, el soldado Bernal Díaz del Castillo, quien años después escribiría Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, una de las crónicas de Indias más importantes como fuente informativa de los acontecimientos.

Las expediciones de conquistas eran empresas privadas, pero sometidas a la regulación de la corona (hoy podríamos llamarlas APP, alianzas público – privadas, no exentas de conflictos). Alguien tenía que invertir a riesgo y reclutar huestes compuestas por mercenarios ansiosos de obtener un botín. La rentabilidad era el interés del empresario conquistador, pero había que asegurar la parte correspondiente a la monarquía. No era el patriotismo ni la fe religiosa el acicate de las improvisadas tropas, sin embargo, sí había una identidad en torno a la cristiandad y la novel identidad nacional que daba cohesión cultural y sentido de pertenencia. Esto encaja en el modelo de colonización extractivista, pero había otra opción cuyas posibilidades se incentivaban con el paso del tiempo: el modelo feudal, que implicaba el asentamiento y el cultivo de la tierra, abría espacio a la migración femenina y permitía la configuración de municipalidades y unidades políticas mayores. La historiografía tradicional lo planteó como dos etapas, la conquista y la colonización, pero es mejor entenderlo como dos modelos articulados a intereses divergentes. A la postre, la encomienda sería la figura jurídica predominante como expresión del modelo feudal. A todo ello hay que agregarle la esclavitud, aplicada a indígenas y a mano de obra comprada en África por traficantes que luego la vendían en América (ese tráfico empezó antes de 1492 por parte de los portugueses). El modelo de la plantación esclavista fue clave en las Antillas, Brasil y Norteamérica.

La primera expedición a costas mexicanas fue un desastre para los invasores y un éxito defensivo para el pueblo maya. Los españoles manejaban la doble táctica de zanahoria y garrote. Inicialmente tomaban contacto pacífico, si era posible, embaucaban con regalitos y obtenían abastecimiento e información. Pero también hacían lo que denominaban el “requerimiento”, que consistía en una declaración formal para que los indígenas se sometieran voluntariamente al rey de España. Sobra decir que en muchas ocasiones ni siquiera había un traductor, así que los aborígenes no sabían de qué iba todo el asunto. Entonces aplicaban el segundo método: la vía de la violencia. Por el lado de los amerindios el dilema era también entre las dos tácticas, la relación amigable y hospitalaria o atacar a estos extraños. Al principio, incluso, cabía la duda de si estos hombres barbados eran dioses o simples humanos. Y quizás también debieron pensar en las consecuencias, por ejemplo que si atacaban a los invasores estos regresarían con mayores fuerzas y sufrirían algún tipo de retaliación, como en efecto sucedió.

El punto es que en 1517 la primera expedición de tres barcos, encabezada por Francisco Hernández de Córdoba, fue derrotada en Yucatán. Pasando diversas penurias, especialmente por las dificultades para “hacer la aguada” (aprovisionarse de agua dulce), la exploración tocó varios puntos: la isla de Cozumel y luego Cabo Catoche, Campeche, Champotón (los españoles iban poniendo nombres y haciendo rústicas cartografías). En el último lugar hay combate, los invasores sufren 57 bajas, muchos heridos y dos prisioneros. Pudo ser peor para ellos, pero las advertencias y el ritual indígena para iniciar el combate favorecieron la retirada. El propio Hernández sufrió 10 heridas que le causarían finalmente la muerte tras regresar afanosamente a Cuba.

La experiencia deja varias lecciones a los europeos: conocimiento sobre la capacidad militar indígena, la avanzada arquitectura nunca vista en las Antillas, los cultivos, la presencia de oro, el efecto psicológico de arcabuces y ballestas, la diversidad de terrenos, indicios de lo que hay más allá. Ahora saben que la isla de Cozumel es dominable y puede servir como cabeza de playa. También entienden que están ante una civilización más avanzada que la de los taínos de las islas, capaz de construir ciudades con casas de cal y canto y sostenida por una agricultura de mayor escala. Los nativos usan vestimentas de algodón. Sopesan el poder del armamento indígena y de sus defensas, como la armadura de algodón grueso que utilizan (los españoles aprenderán a usarla también). Evalúan sus tácticas. Además, lograron capturar dos indígenas, bautizados Julianillo y Melgarejo, que serán entrenados como lenguas (traductores) para futuras expediciones.

En el primer semestre de 1518 sale la segunda expedición con cinco barcos al mando de Juan de Grijalva, hombre con poca capacidad de liderazgo para ese tipo de empresa. Consolidan la posición insular de Cozumel y recorren el litoral con diversos encuentros pacíficos y pocas escaramuzas, pero sin que los indígenas acepten someterse al rey Carlos. El clásico intercambio de vidrios de colores por oro tiene lugar y el apetito de riqueza de la hueste se va incrementando. Llegan mucho más allá de la península yucateca, a nuevos territorios con selva exuberante y nativos que hablan otro idioma, la lengua náhuatl, que los traductores mayas no manejan. En el sitio que bautizaron San Juan de Ulúa tiene un recibimiento excepcional con regalos y atenciones. Son enviados de Moctezuma, el máximo jefe de los mexicas, el propio “emperador” (Uei Tatloani) azteca, pero los españoles aún no dimensionan la magnitud de la cultura que han contactado, lo que sí tienen claro es que hay riqueza. La táctica de recepción amistosa y con ofrendas lejos de tener efecto disuasivo, tiene un resultado totalmente contraproducente, porque aumenta el apetito de riquezas de los mercenarios, que no venían precisamente a hacer turismo. Por eso el regreso de la expedición a Cuba por orden de Grijalva genera inconformidades y conflictos.

Antes de que Grijalva hubiese regresado, ya Velásquez está planeando una tercera expedición. Es el momento de Hernán Cortés. A pesar de sus difíciles relaciones con Velásquez, consigue con ayuda de amistades cercanas ser designado capitán general de la nueva incursión, que en términos actuales equivale a ser el comandante del pequeño ejército que lograra formar. El 23 de octubre de 1518 recibe sus instrucciones en Santiago de Cuba, las cuales se limitaban a exploración, cartografía, rescate de cristianos prisioneros en la “isla” de Yucatán, toma de posesión de tierras, hacer requerimiento a indígenas y adoctrinarlos en la fe, investigar dónde hay oro y tratar de encontrar el reino de las amazonas. No hay autorizaciones para el rescate y comercio de riquezas ni mucho menos para fundar o poblar. Tales expediciones eran empresas privadas a riesgo, y el propio Velásquez no apoyaría económicamente la aventura. Así que Cortés empieza a organizar los pregones y reclutar su hueste indiana prometiendo riquezas y negociando sus propias reglas del juego. Sale de Santiago y va recorriendo el lado septentrional de la gran antilla integrando su tropa hasta llegar a Puerto Carenas (La Habana actual). Velásquez se arrepiente de la designación y trata de detener la expedición, pero Cortés apresura la partida.

El 10 de febrero de 1519 salen rumbo a Yucatán con 11 naos, cada una con su respectivo capitán. En total van 508 soldados (entre ellos 32 ballesteros y 13 escopeteros), 109 marinos, más de 150 indios taínos en calidad de porteadores, 16 caballos (serían los primeros en tierra firme americana), 10 cañones, 4 falconetes. Buena parte de la infantería llevaría como armadura las defensas de algodón que habían observado que usaban los mayas en las dos incursiones anteriores. Esto muestra flexibilidad, aprendizaje y adaptación por parte de los invasores.

Si examinamos su tropa encontraremos, en orden de más a menos numerosos, andaluces, castellanos-viejos, extremeños, leoneses, gallegos, asturianos y vascos. No hay aragoneses, catalanes ni valencianos, más interesados en el mar Mediterráneo y, en particular, en el sur de Italia. Y Granada está recién reconquistada.

En Cozumel rescatan a Jerónimo de Aguilar que en 1511 había naufragado junto a un pequeño grupo cuando se dirigían del Darién a La Española y una tormenta los arrojó a las costas yucatecas, donde fueron capturados por los nativos. La mayoría murió, pero Jerónimo logró sobrevivir y ahora reforzaba la expedición con un saber valioso, su conocimiento de la lengua maya, convirtiéndose así en traductor (“lengua” se les llamaba a quienes cumplían esta función). Caso distinto fue el Gonzalo Guerrero, otro sobreviviente que se había asimilado a la vida indígena, casándose con la hija de un cacique con la cual tuvo tres hijos, los primeros mestizos mexicanos. De hecho Guerrero terminaría combatiendo del lado de los mayas y moriría en 1536 peleando contra los españoles.

El 12 de marzo llegaron al río de Grijalva (Tabasco), pero a diferencia del año anterior esta vez los españoles son recibidos con hostilidad. Los invasores derrotan a los nativos tabasqueños en la cruenta batalla de Centla. Melchorejo, el lengua indígena capturado en la primera expedición, aprovecha la ocasión y se fuga llevando información valiosa a los mayas. En el museo de América, en Madrid, hay un cuadro sobre este primer combate. Como resultado de su victoria los españoles reciben oro, mantas y 20 indias jóvenes. Una de ellas será una protagonista clave de lo que sigue. Malinali (Malintzin) era su nombre, pero será famosa en la historia como “la Malinche” y bautizada como Doña Marina, su nombre españolizado.

Malinali era bilingüe, hablaba maya y náhuatl, y aunque fue concedida a Portocarrero, muy pronto Cortés valorará su inteligencia y habilidad, así que sacará a Portocarrero del juego y se quedará con ella durante algunos años. Según Gutiérrez Contreras había sido vendida como esclava por su padrastro en la zona del río Coatzacoalcos. Ella estaría presente en momentos claves, yendo más allá de la mera función de traducción. Tendría un hijo “bastardo” del conquistador, bautizado Martín Cortés, para quien su padre consiguió la “legitimación” como “blanco” mediante bula papal y hasta llegaría a ser caballero de la Orden de Santiago. No hay que romantizar la relación íntima entre Cortés y la Malinche, probablemente ambos se instrumentalizaron mutuamente para sus respectivos fines (caso parecido fue la india Catalina en el Caribe colombiano).

La flota sigue por el litoral hasta llegar a San Juan de Ulúa, en tierras aztecas, el jueves santo. Mientras en Francia Leonardo da Vinci dicta su testamento y agoniza, falleciendo el 2 de mayo de 1519, en México Hernán Cortés inicia su “juego de ajedrez” con Moctezuma Xocotzin, máximo jerarca de estas tierras. El Uei Tatloani envía una embajada liderada por dos caciques, Cuitlalpitoc (Pitalpitoque) y Tehutile, y se inician así los contactos entre las dos fuerzas, un primer round de estudio. La Malinche traduce del náhuatl al maya y Aguilar de éste al castellano. Cortés hace una demostración pacífica de poder con caballos y artillería para causar impresión en los enviados y expresa su deseo de entrevistarse con Moctezuma, lo que por un lado es considerado un atrevimiento por los mexicas y por el otro lo pone en la ruta de la extralimitación de competencias y la consiguiente insubordinación contra Velásquez. Al recibir el informe en Tenochtitlan, el jefe azteca comete su primer gran error. Envía de nuevo a Tehutile con 100 cargadores que portan oro, piedras preciosas, plumas, mantas y dos grandes ruedas (un calendario y otra de contenido astral) que maravillan a los castellanos. El resultado, por supuesto, es lo contrario de lo que espera Moctezuma, quien no parece concebir el grado de codicia de los extraños barbudos.

Aquí conviene analizar un poco el pensamiento mágico-religioso de ambos bandos, coincidentes en un dualismo ontológico. Los invasores buscaban riquezas mundanas, pero al mismo tiempo estaban infundidos de fe en un respaldo divino para la sagrada misión de extender el cristianismo y convertir infieles. Por eso siempre llevaban un capellán y solían interpretar fenómenos naturales como señales sobrenaturales a favor de su misión, por ejemplo en las batallas se aparecía el apóstol Santiago. Comparaban constantemente a los indígenas y sus ciudades y monumentos con los equivalentes de la cultura árabe islámica. Creían también en mitos no cristianos que abundaban en la Edad Media europea: el Preste Juan (supuesto rey cristiano en Asia oriental), el reino de las amazonas, los cinocéfalos (hombres cabeza de perro), las sirenas, los gigantes, los grifos, los hombres orejones, la fuente de la eterna juventud, etc. Y otro tipo de ficciones propias de la realidad intersubjetiva o realidad de segundo orden, como la “gloria” y la “honra” (hoy creemos en la “imagen” y la “hoja de vida”). Para los aztecas el asunto es muy diferente. El mito del regreso de Quetzalcoatl, quien había partido precisamente desde ese litoral al cual llegaron los europeos, juega a favor de los españoles, pues parece estarse cumpliendo la profecía. Los enviados de Moctezuma buscan precisamente averiguar si estos seres extraños son dioses o enviados de los dioses (teules). El regreso de Quetzalcoatl está asociado al fin de un ciclo en un año uno de Acatl (caña). Espacio y tiempo profetizados en la creencia de antiguo origen tolteca coinciden con la llegada de los europeos. Si esta tesis es cierta, explicaría en parte los errores estratégicos y tácticos de Moctezuma, y significaría que los invasores contaron con una buena dosis de suerte. El azar les facilitó la empresa.

Visto desde hoy, los homininos a ambos lados del charco aún están enmarcados en un pensamiento mágico. No hay un “logos” del viejo mundo en la conquista del nuevo mundo. Pero sí hay en la cosmovisión europea una superioridad de escala. En este mismo año de 1519 que aquí analizamos, en septiembre 20, parte la expedición del portugués Fernando de Magallanes al servicio de España que atravesará el Océano Pacífico (así nominado por ellos precisamente) y tras mil vicisitudes, incluida la muerte de Magallanes, uno de sus barcos bajo el mando de Juan Elcano, logrará la hazaña pionera de circunnavegar el globo terráqueo. Esta superior cosmovisión le permitía a Cortés tener una noción más exacta de lo que estaba sucediendo en el campo de batalla mesoamericano, mientras que Moctezuma nunca pudo visualizar el paisaje político-militar en medio de la humareda mítica que lo envolvía y la limitada integración comunicativa de los pobladores de un continente extendido en latitud de polo a polo.

El denominado imperio azteca es una unidad política relativamente reciente que aún no había alcanzado a consolidarse y enfrentaba múltiples conflictos en el territorio. Itzcóatl fue el Uei Tlatoani que sentó los fundamentos de la organización social y económica de los mexicas en la misma época en que Portugal, regido por Enrique el navegante, iniciaba desde Sagres la exploración de la costa occidental africana. El sucesor fue Moctezuma Ilhuicamina (1440-1469 en calendario europeo), gran constructor de templos. Luego Axayácatl (1469-1481) expandió el poder azteca por el valle de Toluca. Ahuizotl (1486-1502) conquistó zonas huastecas y el valle de Oaxaca. Y en 1502 Moctezuma II Xocoyotzin alcanza el poder. Al igual que España estaban en proceso de expansión para la época en que chocan los dos estados.

Cortés se va empapando de la realidad local y durante los siguientes cuatro meses, va a lograr victorias políticas en dos frentes. Por un lado, estableciendo una alianza con los totonacas de Cempoala que eran tributarios de los aztecas y engañando a unos y otros en un astuto manejo político. Y por el otro, derrotando a los velasquistas dentro de sus propias fuerzas, mediante una jugada magistral jurídico-política, que a veces es denominada la “revolución de Veracruz”. Cortés funda Veracruz, y por vez primera en la historia del nuevo mundo invoca el derecho ordinario para rebelarse a la autoridad de Velásquez, pero cuidándose de poner a su favor un argumento legal ante la corona. Resigna sus poderes ante la hueste constituida en cabildo para inmediatamente ser elegido como capitán general y justicia mayor. Designa autoridades en la nueva ciudad con escribano y testigos. La empresa privada ahora se convierte en una agenda con objetivos públicos. Comunidad y monarquía son la fuente jurídica de su nueva autoridad, o al menos tal es su alegato que es enviado a España en la forma de una carta de relación del cabildo de Veracruz.

En agosto, Cortés está listo para empezar la marcha sobre Tenochtitlan, pero antes debe cortar cualquier posibilidad de comunicación con Cuba de la fuerza que debe quedarse en Veracruz. Es entonces cuando Cortés procede a la acción más audaz que le dará fama hasta convertirlo en personaje legendario, odiado y admirado por siglos: la quema de las naves. Todo indica que nunca fueron incendiadas, pero si inutilizadas, barrenándolas y encallándolas. Esta decisión se convertirá en símbolo de coraje e irreversibilidad.

El 16 de agosto de 1519 Hernán Cortés se lanza a la campaña definitiva. En los meses siguientes derrotará a los tlaxcaltecas y los convertirá en aliados, luego masacrará a los cholultecas, entrará a Tenochtitlán, capturará a Moctezuma, humillará a los aztecas y vencerá a una fuerza superior española enviada por Velásquez a Veracruz. Pero también tendrá su “noche triste”. Esta asombrosa campaña será narrada de manera sucinta en la segunda parte de este escrito.

El pensamiento racional no es racionalista

En lenguaje coloquial se le llama “racionalista” a cualquier persona que defiende o está a favor de la “razón” o la “racionalidad”, que la prioriza por encima de revelaciones, fanatismos, autoridades, intuiciones, emociones, sentimientos, voluntarismos, etcétera. Por lo tanto es fácil asociar “pensamiento racional” con “racionalismo”. Bien.

Pero el “racionalismo” es también una posición epistemológica o gnoseológica. Así es en filosofía, campo de la cultura al cual pertenece la epistemología o gnoseología como frente específico para atacar el problema del conocer y el conocimiento. Y en este sentido el pensamiento racional no es racionalista. La pareja dialéctica*, esto es, la oposición filosófica al racionalismo, es el empirismo. El pensamiento racional tampoco es empirista.

Sin retroceder a los antecedentes clásicos griegos, partamos del debate del siglo XVII sobre las “ideas innatas” y la “experiencia”. Los racionalistas, como Descartes y Leibniz, defendieron las “ideas innatas” como principios o fundamentos últimos del conocimiento, no en sentido genético, sino entendidas como ideas a priori. El concepto “a priori” no significa “antes de”. El concepto “a posteriori” no significa “después de”. Lo que estos conceptos significan es “independiente de la experiencia” en el caso de “a priori” y “dependiente de la experiencia” en el caso de “a posteriori”. En este último caso, lo que depende de la experiencia tiene que haberse generado, en la práctica, después de la experiencia. De ahí que se mezcle con la idea de tiempo, pero eso es más bien circunstancial. Al depurarse filosóficamente la idea de la pareja “a priori” / “a posteriori”, hay que abstraerse del factor tiempo, que no resulta determinante. Esto se ve más claro si nos enfocamos en el concepto “a priori”, pues “independiente de la experiencia” no significa anterioridad ni que el tiempo sea relevante al caso.

En otras palabras, los racionalistas del siglo XVII eran aprioristas y para ellos el conocimiento era trascendente a la experiencia. Parece un enfoque poco científico, y ciertamente no era muy disruptivo con la escolástica, pero estaba inspirado en la matemática. Usaban el método deductivo a partir de axiomas o “primeros principios” (aunque suene pleonástico), al “modo geométrico euclidiano”, como hizo el racionalista Spinoza con su ética. El problema para los racionalistas era explicar de dónde salían esos axiomas o principios. La solución escolástica era Dios (dios cristiano). La solución cartesiana era psicologista, una especie de “intuición racional” que captaba “verdades evidentes” como el cogito ergo sum. Una solución tan mágica como la escolástica, así que no sorprende que igual se terminara colando la divinidad cristiana. [En mi concepto el iniciador de la Modernidad es Bacon, no Descartes como suelen exponerlo los manuales, pero ese es otro tema].

Los empiristas, por su lado, defendían la tabula rasa y usaban el método inductivo como vía ascendente desde la experiencia a las leyes generales. Era la posición de los filósofos británicos posteriores a Francis Bacon, como Locke o el caso extremo del obispo Berkeley que reducía la experiencia a la percepción, tal cual haría el antropólogo Carlos Castaneda en el siglo XX al narrar sus aventuras con el brujo Juan Matus. El empirismo encajaba mejor con la ciencia empírica, como bien lo indica Isaac Newton en sus Principia de 1687. No es casual que la Royal Society colocara el cuadro de Bacon presidiendo sus reuniones, en las cuales era común que se hicieran experimentos en vivo. Pero la idea de la tabula rasa es tan mítica como las ideas innatas o a priori.

El debate era entonces: Razón trascendente vs los fácilmente engañables sentidos humanos. Ambas posiciones estaban equivocadas. Algunos como Hume o Kant exploraron combinaciones, pero fracasaron porque faltaba Darwin, es decir, la perspectiva de la evolución biológica.

Nota Bene: Sobre el empirista Hume y el apriorista trascendental Kant ver mi artículo La filosofía biopsicologista de David Hume en revista Amauta de Uniatlántico: http://investigaciones.uniatlantico.edu.co/revistas/index.php/Amauta/article/view/657 También está en Academia.edu y Research Gate.


¿Cómo resolvió este problema epistemológico el dúo dinámico de la ciencia y la filosofía del siglo XX y la filosofía científica del siglo XXI?

Con las siguientes ideas:
  • Los axiomas son postulados, no verdades evidentes
  • La lógica y la matemática son ficción, juegos formales
  • La estructura axiomática de una teoría empírica es hipotético - deductiva
  • Lo innato en un organismo cualquiera es producto de la evolución biológica, por tanto el a priori ontogenético es un a posteriori filosgenético. Así que nada es a priori.
  • La observación tiene carga teórica y sesgos biopsicológicos. Un objetivo de la metodología científica, en cualquier ciencia empírica, debe ser perfeccionar la depuración de datos y, a la vez, hacer explícitos sus presupuestos.
  • Los datos tienen la última palabra, pero no son absolutos. Por tanto la crítica de datos exige nuevos datos.
  • No existe un fundamento último del conocimiento, no hay verdades apodícticas, el fundacionalismo ha muerto.
  • No hay Razón trascendente, apriorística. Hay razón animal como función del sistema nervioso central de algunos organismos, no necesariamente humanos. La podemos exosomatizar parcialmente en artefactos lingüísticos y no lingüísticos.
  • No podemos asignarle un valor de verdad a una teoría empírica, pero sí podemos establecer que una teoría es mejor que otra.
  • Las teorías científicas son aparatos conceptuales constructores de modelos; son los modelos, no las teorías, los que se contrastan empíricamente.
  • Dado que el conocimiento no es trascendental ni apriorístico, la epistemología debe “naturalizarse”, esto es, el problema del conocimiento debe abordarse científica y tecnológicamente. Científicamente utilizando biología evolutiva, neurociencia y psicología experimental. También usando disciplinas sociales pues el conocimiento científico es colectivo, no individual. Tecnológicamente desde la robótica e inteligencia artificial. La filosofía es transversal a todo ello.

Todo lo anterior confluye en dos conceptos que actúan como ideal regulador:
  • Rigor lógico
  • Rigor experimental
La ciencia y la filosofía actúan en llave con el objetivo de optimizar el control de calidad del conocimiento maximizando el rigor lógico y el rigor experimental.

Volviendo al tema inicial. Solía decir que la pelea secular de racionalismo y empirismo terminó en empate. Ahora prefiero decir que, cual partido de baloncesto escolar, el empirismo ganó 51 a 49.
Agregando: finalmente el pensamiento racional es racioempirista.

Jorge Senior

Coletilla: al no haber Razón Trascendental, el concepto de “universal” pierde toda connotación racionalista y se torna un concepto empírico que se refiere a una totalidad de facto como, por ejemplo, la especie humana, la humanidad actual, el planeta Tierra o el universo observable.

*“Dialéctica” aquí se debe entender en sentido clásico, griego, no comprometido con la dialéctica marxista o hegeliana.

Comentarios a ¿Qué es la Vida?

¿Qué es la vida?

Comentarios de Jorge Senior a propósito de la conferencia del profesor Roberto Carmona

Julio 2019

Alcancé a escuchar parte de la conferencia “¿Qué es la vida?” del profesor Carmona el 17 de julio de 2019 en Uniatlántico y no detecté nada con lo cual estar en desacuerdo. Eso significa que fue una buena exposición (cum grano salis). Así que no me referiré a la charla sino a la conversación posterior con el público participante y algunas de las inquietudes expresadas por los estudiantes..

Edward Trifonov hace un inventario de 123 definiciones de vida agrupadas en 9 categorías: sistema, materia, química, complejidad, reproducción, evolución, entorno, energía, habilidad. Pero todas las definiciones de vida consisten, en últimas, en un listado de condiciones (ver, por ejemplo, el capítulo 2 de La vida bajo escrutinio de Antonio Diéguez). No veo problema en ello, dado que esas condiciones no son arbitrarias, sino que se derivan de la física, la química y la biología, en todos los casos, y de la teoría computacional en algunos casos (los que buscan una definición con enfoque informacional). El hecho de que existan diversas definiciones de vida no es preocupante, dado que no implica arbitrariedad o convencionalismo, pues tales definiciones están aglutinadas, no dispersas, en un cluster que comparte una misma base de conocimiento.

La discusión entonces se delimita a ciertas zonas grises debido a que las fronteras entre vida y no vida o entre lo biótico y lo químico no es una línea fina sino una línea un poquito gruesa o ligeramente borrosa. Que las fronteras no sean nítidas no significa que no existan, sólo significa que la identificación de a cuál lado de la frontera se encuentra determinado evento u objeto será nítida casi siempre, pero no siempre, pues habrá algunos casos que caen en la zona gris fronteriza, como sucede, por ejemplo, con los virus.

Las zonas grises sirven para que los filósofos escriban papers, pero no suelen causar problemas prácticos en la investigación, a excepción, quizás, de la incipiente astrobiología. En biología es, además, común que existan excepciones a las reglas o patrones generales, lo cual no debe ser motivo de incomodidad, sino lo contrario, pues tales excepciones suelen ser fecundas fuentes de problemas de investigación y permiten profundizar en los mecanismos subyacentes a tales reglas y patrones.

Todo lo anterior apunta a sustentar que la categoría “vida” refiere a una clase natural, aunque esa clase natural es, por ahora, un conjunto con un solo elemento o individuo, dado que sólo conocemos la vida terrícola y ésta es un solo flujo o proceso de 4 mil millones de años. Pero la categoría de “clase natural” no puede entenderse como si viviéramos en tiempos escolásticos, pues no corresponde a una “esencia”. Estrictamente, el esencialismo está muerto en la ciencia actual y, por ende, en la (buena) filosofía, aunque perviva en el lenguaje común. Como clase natural, “vida” no es un concepto arbitrario, así que el nominalismo tampoco acierta. En conclusión, la discusión medieval de los universales no ha lugar en el siglo XXI.

Hay que reconocer, desde luego, que nuestro conocimiento biológico actual es aún insuficiente para establecer plenamente qué es lo necesario y qué es lo contingente en esta clase natural de proceso único. Ese es el tema de la biología universal, que es un horizonte programático de conocimiento al cual nos dirigimos vía astrobiología y también investigando la física y la química subyacente a los procesos bióticos para entender cómo se producen las propiedades emergentes.

También hay que reconocer que en las clasificaciones naturales (y no me refiero sólo a la biología) hay, además de la información científica objetiva que es su sustento, criterios pragmáticos regidos por la utilidad y propósito de los usuarios de tales clasificaciones. Esa es la pizca de convencionalismo que incomoda a algunos. Y es una de las razones por la cual disponemos a veces de una multiplicidad de clasificaciones naturales sobre el mismo fenómeno, incluso sin cambiar de marco teórico. Ello no es problemático desde que no haya contradicción. Y cuando la hay el problema se ataca investigando y no haciéndole venias al subjetivismo o al idealismo.

Parece haber cierta ansiedad en los estudiantes por la no existencia de una ontología absoluta. En los siglos XX y XXI la ontología es subsidiaria de la epistemología, no la precede, aunque desde luego puede retroalimentarla. Y es así porque la ontología que vale la pena hacer es la que se fundamenta en el conocimiento científico actual, que es cambiante, por supuesto. La otra opción es no hacer ontología. Pero ya no vale la pena hacer ontología al estilo apriorista, trascendente, absolutista y especulativo de hace siglos.

Por último, recomiendo la lectura del libro La cuestión vital de Nick Lane, para profundizar en una hipótesis sobre el origen de la vida en fuentes hidrotermales alcalinas en el fondo oceánico, y también en un misterio aún mayor, el surgimiento de las eucariotas.

Escuelas de pensamiento crítico

1

La mala educación de los científicos (tema de un post reciente sobre el desconocimiento de los científicos de los fundamentos epistemológicos de su disciplina) se origina desde la educación básica y media. Si hay reflujo científico en los primeros niveles, la educación superior parte de un talento humano con defiencias y se convierte en últimas, si acaso, en educación para el trabajo, reproducción simple del "capital ideológico". No hay allí ni educación para la democracia, ni pensamiento crítico. Es decir, no hay ni cultura política, ni cultura científica. Y en el siglo XXI la ecuación es: cultura política = cultura científica y viceversa.

Si las fuerzas alternativas o progresistas no inciden en el recambio del sistema educativo en su contenido y dinámica (no en meros formalismos o legislaciones) y si no se recuperan las dinámicas de educación popular de décadas anteriores (pero con contenidos del siglo XXI), las posibilidades de progreso social serán únicamente las de la inercia y los derrames o externalidades que dejan las élites y los países desarrollados.

Por eso los movimientos alternativos deben ir más allá de lo electoral. Hay que darle al viejo sueño modernista de la educación emancipadora (que no puede ser otra sino el pensamiento crítico), la última oportunidad. 

2

A partir de los 90 y en el siglo XXI la educación popular desapareció de los barrios en las ciudades colombianas. En mi concepto fue el producto de los giros intelectuales mundiales originados en la orfandad del marxismo y la moda posmodernista. 

La premodernidad, sin alternativas a la vista, se acendró en los barrios populares y en los campos, reforzada por la expansión de negocios religiosos, en su mayoría de origen estadounidense.

Algo similar pasaba en las escuelas. El sistema educativo retrocedió ante la indiferencia de Fecode, un sindicato clientelizado (como la mayoría de los sindicatos).

El caso colombiano tiene particularidades que lo distinguen de otros de América Latina: el predominio conservador, la prolongación de la guerra, el fenómeno mafioso (la corrupción no lo diferencia tanto de otros países).

El resultado ha sido la derrota de la modernidad en buena parte de los escenarios alternativos, a excepción, quizás, de algunas universidades públicas (aunque bastante menguadas). 

3

De los dos puntos anteriores surge la propuesta de las Escuelas de Pensamiento Crítico como Escuelas populares de apropiación social de la ciencia y formación de valores. Líderes populares y maestros deben confluir en el mismo escenario de aprendizaje, como actores multiplicadores claves para la construcción de ciudadanía. Punto de encuentro de redes de docentes, estudiantes, líderes sociales, divulgadores científicos, comunicadores, profesionales de todas las áreas.

Metarrelato 4 Homo Deus (Harari nov 2016)

DE HOMO SAPIENS A HOMO DEUS 

Por Jorge Senior 

Noviembre 20 de 2016

Reseña de Homo Deus de Yuval Noah Harari

Cuando me enteré de la publicación de Homo Deus lo primero que pensé fue que Harari había sucumbido a la tentación económica de las secuelas, empujado por los editores. Es un viejo truco de ventas que un bestseller produzca secuelas para seguir vendiendo, pero sin alcanzar el nivel del primer libro o película, muchas veces sin generar valor agregado y a veces terminan desprestigiando y desvalorizando al autor. 

Bien, Homo Deus sí es una secuela de Sapiens (conocido en Colombia como De animales a dioses), pero… ¡vaya secuela! 

A pesar de que en tres / cuartas partes del libro despliega las mismas 25 ideas elaboradas en Sapiens (o al menos varias de las principales), no resulta repetitivo sino enriquecedor del gran argumento de Harari, con nuevos giros y perspectivas que hacen de este “Tomo II” un desarrollo necesario del “Tomo I”. Todo ello complementado en la última parte del libro con una visión “alucidante” del futuro post-humano. Si bien no es imprescindible haber leído Sapiens para abordar Deus, al lector le recomiendo que lea los 2 tomos en su orden, pues se trata de un solo gran metarrelato, una parábola completa. O como mínimo, que haya leído la reseña completa de De animales a dioses colgada aquí mismo, en la sección de notas de mi muro (y de paso otra nota de mi autoría sobre el mismo tema titulada El Gran Relato). 

Homo Deus podría ser, quizá, el libro más cosmopolita jamás escrito. No en el sentido tradicional de la palabra, aunque desde luego abarca una amplia visión multicultural, sino por la pluralidad y amplitud de los tiempos y las disciplinas que engloba. Podría decirse que constituye un estado del arte de la humanidad 2016. Es como si aquellos bestsellers de los años 70, El Shock del Futuro, El Retorno de los Brujos y El Mono Desnudo, fueran actualizados y empaquetados en estos dos tomos. En palabras del autor (p. 81) el objetivo esencial del libro es investigar al Homo Sapiens y cómo el humanismo se convirtió en la religión dominante en el mundo, para luego argumentar por qué es probable que intentar cumplir el sueño humanista cause su desintegración. (Nota: esta idea de que el humanismo lleva en sí la semilla de su propia destrucción suena bastante familiar: es de estirpe dialéctica hegeliano-marxiana; y no es la única, hay otra idea que veremos más adelante que también parece de ese linaje). 

Homo Deus es un libro de Cosmología en el sentido antiguo del término, como lo usa Popper. El libro trata de la parábola humana desde un punto de vista cósmico, esto es, a la máxima escala abarcable. Aunque magistralmente ilustrado con detalles ejemplares, Harari logra aplicar a cabalidad la prescripción de “que los árboles no te impidan ver el bosque”. En la maraña de sucesos que constituye la historia humana y la actualidad del siglo XXI, Harari desentraña lo esencial, con visión de profundidad y visión de conjunto, una integralidad que pocos alcanzan. “En el pasado la censura funcionó al bloquear el flujo de la información; en el siglo XXI la censura funciona avasallando a la gente con información irrelevante” (p. 430). Para discernir en medio del caos tiene que apoyarse en múltiples disciplinas científicas: biología, neuropsicología, economía, historia, informática. Que la filosofía brille por su ausencia es muy significativo, como veremos, pero lo que sí afecta el argumento es la ausencia de la matemática, pues el verdadero fundamento del argumento más radical de Harari es una superpremisa cuyo núcleo es matemático. 

LA FILOSOFÍA MALPARADA 

Miremos primero lo de la filosofía. El libro incursiona profundamente en la filosofía de la historia (de manera implícita) con una idea de progreso contingente pero fuerte. Y sobre todo incursiona en la filosofía de la mente: el “Yo” es una ilusión, el “libre albedrío” es una ilusión, el problema de “Otras Mentes”, la pluralidad ignota de los estados mentales, la disyunción inteligencia – conciencia, los sentimientos, emociones y pensamientos como algoritmos y una tesis ontoepistémica sobre la realidad intersubjetiva, que no es novedosa pero que el autor pinta con sus propios colores y que es clave en ciencias sociales (construccionismo social). Asimismo, recoge una idea “siliconvaleciana” sobre la construcción de un superparadigma único transversal en las ciencias que es un debate que debe ubicarse en la filosofía de la ciencia. Como si fuera poco, todo lo anterior es argumentado con sus implicaciones éticas, sociales y políticas, metiéndose así en el terreno de la “filosofía práctica”, esto es, la filosofía política y moral. Es decir, la filosofía como tema está por doquier y con importancia medular en el texto, pero los filósofos están casi ausentes como referentes, lo cual habla de un hacer filosófico inane, inocuo y superfluo. Sin decirlo, este libro es una crítica frontal a la manera de hacer filosofía profesional. 

Por ejemplo, Harari aborda el mismo tema que Habermas desarrolló en 2002 en su texto “El futuro de la naturaleza humana”, pero lo hace MEJOR en todo sentido: en amplitud y profundidad de visión, en manejo multidisciplinar, en fundamentación científica y experimental, en virtud comunicativa y literaria. En mi opinión, esta comparación muestra que la “caja de herramientas” del filósofo, tomada de la tradición de la historia de la filosofía, es pobre, ineficaz, cuasiobsoleta. En cierto sentido, el filósofo profesional de hoy es prisionero de un marco conceptual tradicional (pues se la pasa “dialogando” con personajes del pasado) sumamente limitado. Pero también observo que esta comparación le brinda apoyo a quienes abogan por una filosofía científica y experimental. Invito al lector a comparar la bibliografía de los dos libros, el de Habermas y el de Harari. La historia de la filosofía es un valioso bagaje, pero hoy por hoy, el diálogo prioritario del filósofo ha de ser con el interlocutor científico experimental. 

EL ARGUMENTO 

Según Harari la vieja agenda humana (Cap. 1), que era la lucha contra la hambruna, la peste y la guerra, está superada. La agenda de la humanidad en el siglo XXI es la búsqueda de la inmortalidad, la felicidad y la divinidad (por divinidad entiéndase superpoderes, individuales y colectivos). Derrotar a la vejez y a la muerte es un problema técnico en proceso de resolución. La felicidad, en el plano psicológico, está en “combinar la dosis adecuada de excitación y tranquilidad” (p. 51), pero en última instancia reside en el plano bioquímico. Estamos ya en el boom de las “experiencias vitales”, pero el atajo bioquímico puede ser más fácil, barato, accesible, eficaz y permanente. “Hoy en día la humanidad está mucho más interesada en la solución bioquímica” (p. 55). Sumado a los dos anteriores, otros poderes tecnológicos convierten al Sapiens en Deus. ¿Por qué llamar a esto “divinidad”? Primero, porque reemplaza a Dios como fuente de soluciones, y segundo porque más adelante Harari hablará de tecnorreligiones. 

Uno se pregunta por qué el autor no incluye en la agenda temas como la energía (fin de la era de los combustibles fósiles), el cambio climático antropogénico o “la conquista del espacio, la última frontera”. Harari no lo dice, simplemente los evita. Supongo que se debe a que los dos primeros, si bien ameritan solución o se colapsa la civilización moderna, una vez resueltos no tendrían los impactos transformadores que Harari entrevé en los tres puntos mencionados en el párrafo anterior. Esto es interesante de analizar puesto que los aspectos energético y ambiental han sido determinantes de verdaderas revoluciones en la vida social humana de épocas anteriores. Y el tercero pareciera una promesa épica que se ha desinflado y uno pensaría que Harari no vislumbra efectos importantes que valga la pena mencionar. Queda para el debate si estas ausencias constituyen debilidades de la visión de Harari o es un acierto dar por descontado que esos temas se resolverán sin mayores efectos revolucionarios. De la misma manera se da por descontado que no habrá guerra nuclear. (Nota: en p.238 y ss Harari sí toca el tema ambiental para referirse al Crecimiento en el contexto capitalista). 

El Antropoceno (Cap. 2), como se sabe, es la etiqueta de moda para “nuestra época”. Lo anterior debe entenderse en términos geológicos y de historia natural, pues la especie humana cambió la historia cósmica y se volvió un factor determinante de las características del planeta Tierra. Harari, como buen animalista, vuelve al tema de la fauna cruelmente oprimida y explotada, tocado en el Tomo I. Pero he aquí que en el contexto de la cosificación de los animales domésticos, el autor introduce el concepto bomba: algoritmo, “el concepto más importante en nuestro mundo” (p. 100). La superpremisa del libro es la tesis de que “los organismos son algoritmos” (p. 99 y ss). Y esto incluye al ser humano, con sus pensamientos, sensaciones y emociones. Esta tesis, es al menos, parcialmente cierta (el conductismo fue derrotado a mediados del siglo pasado abriendo la caja negra de Skinner mediante la analogía con las nuevas máquinas computadoras, nuevas posibilidades experimentales y luego el desarrollo de la fMRI, sumado a la biología genético-molecular). Lo que no sabemos, y el autor lo reconoce, es si es totalmente cierta. En mi opinión la respuesta no depende sólo de la biología, sino sobre todo de la matemática. 

En este capítulo aparece la segunda idea de reminiscencias hegeliano-marxianas: la correspondencia entre “base” y “superestructura”. Harari no utiliza estas categorías, sino otras. En las sociedades de cazadores-recolectores la ficción religiosa intersubjetiva es animista. “La revolución agrícola dio origen a las religiones teístas, la revolución científica dio origen a las religiones humanistas, en las que los humanos sustituyeron a los dioses” (p. 115). No se alegren mucho los marxistas. Más adelante en el texto, Harari vuelve ese argumento en contra del socialismo, indicando que (al contrario de lo que Marx creía), fue el liberalismo y no el socialismo el que mejor se correspondió con el desarrollo de la tecnología en la tercera revolución industrial (relaciones de producción y fuerzas productivas en términos marxianos). 

La especial chispa humana (Cap. 3), el alma, no existe, siglos de investigación no han encontrado ni rastros de ella. Sin embargo, el problema de la mente, propia y ajena, sigue sin resolverse. La experiencia subjetiva de los estados mentales de animales humanos y no humanos, el Mundo 2 de Popper, sigue sin entenderse en términos funcionales (¿será un epifenómeno evolutivo?). La conciencia, en cambio, sí que se detecta, pero su utilidad no es clara. Lo que explica la extensión del poderío humano no es un supuesto “espíritu” o “alma”, sino la eusocialidad (en términos de Edward Wilson) o capacidad de cooperación a gran escala basada en ficciones compartidas u órdenes imaginados (ver Tomo I), posibilitada por pequeños cambios genéticos hace 60.000 años (revolución cognitiva). El Sapiens está enredado, es prisionero de una red de sentido, un tercer tipo de realidad distinta a la objetiva y la subjetiva, de carácter intersubjetivo, que configura una verdadero guardarropa de trajes nuevos del emperador. (A propósito: esta realidad intersubjetiva es el fundamento del “construccionismo social”; el error de los construccionistas no es la creencia en la realidad intersubjetiva sino su negacionismo biológico, su subestimación de la realidad objetiva, trastorno típico de la peste posmodernista). 

La ficción es poderosa. El capítulo 4 está dedicado a los narradores con nuevos aportes que complementan esta idea del Tomo I. Pero la ciencia no es ficción como la religión y ese es el tema de la “extraña pareja”, capítulo 5. Recuérdese que para Harari, “religión” son las religiones teístas, no teístas, y las ideologías políticas como el comunismo, el nazismo y el liberalismo, entre otras, todas ellas funcionales “para cimentar el orden mundano” (p. 209). Hasta ahora ese papel no lo puede cumplir la ciencia, cuyo objetivo es entender y manejar la realidad objetiva. De ahí que ciencia y religión se complementan. Y en el último medio milenio la nueva religión que predomina cada vez más es el humanismo (secularización, desencantamiento, solemos decir), que ha sido como la llave ideal de la ciencia, la alianza moderna (Capítulo 6) en un contexto capitalista cuya fe se enfoca en el Crecimiento, basado en la confianza en el futuro, un juego que no es suma cero (un interesante argumento para la paz cuasiperpetua que valdría la pena analizar en otro momento). 

Dios ha muerto y la humanidad está sola en orfandad, en estado adulto. Llevamos ya “Quinientos años de soledad” (alusión a Gabo, p. 113). El Pacto Moderno se resume así: “los humanos estamos de acuerdo en renunciar al sentido a cambio del poder” (p. 225). Hasta ahora el capitalismo ha cumplido el pacto gracias a que el humanismo provee el sentido y la ciencia (tecnociencia en realidad) el poder, aunque vamos rumbo a una “encrucijada cósmica” (término del suscrito) (p. 227). Pero advierte: “la némesis real de la economía moderna es el colapso ecológico” (p. 239). La revolución humanista (Cap. 7) conquistó al mundo, pero el humanismo se dividió en tres ramas: liberal, socialista y evolutivo (nazi-fascista), que desataron las guerras religiosas humanistas del siglo XX. Por cierto, el humanismo socialista califica como la primera tecnorreligión de la historia (p. 303). El tema del Decrecimiento es apenas tratado tangencialmente (“nadie sabe dónde está el freno” p. 64). 

¿Qué Dios ha muerto? ¿y los centenares de millones de creyentes en islamismo, cristianismo, hinduismo, etc? Dios ha muerto, pero cuesta un poco deshacerse del cadáver (p. 298). Los números por sí solos cuentan poco en la historia. “La historia la modelan pequeños grupos de innovadores que miran hacia el futuro y no tanto las masas que miran hacia el pasado” (p. 300). Como ya dijimos, el liberalismo triunfó porque se adaptó mejor a la tercera revolución industrial (Marx y Freud pertenecen a la era del vapor y la electricidad, no de la informática y la biotecnología) (p. 304) (por cierto en la p. 136 Harari se burla de Freud comparando su obsoleto discurso con la metáfora de la máquina de vapor). Pero eso no significa que el liberalismo, la democracia y el humanismo vayan a tener igual suerte en el tercer milenio, especialmente con el desarrollo de la ingeniería genética y la inteligencia artificial, pilares del verdadero Diseño Inteligente. La búsqueda de la inmortalidad, felicidad y divinidad es corolario de los anhelos del humanismo liberal, pero la tecnología que lo permitirá es post-humanista y socava dialécticamente sus cimientos (p. 307). De esto trata la “alucidante” Parte III del libro titulada: Homo Sapiens pierde el control. 

Capítulo 8: el Yo hace BOOMMM!! “La contradicción entre libre albedrío y ciencia contemporánea es el elefante en el laboratorio al que muchos prefieren no ver mientras miran por sus microscopios y escáneres fMRI” (p. 312). Determinismo y azar se reparten el pudín y no queda nada para la sagrada libertad. Deseamos, pero no elegimos nuestros deseos (deseamos mal, decía Estanislao, y proponía una revolución del deseo; ahora será bioquímicamente factible). ¿Y el Yo? Una cacofonía de voces y ninguna es la auténtica. “Los humanos no son individuos, son ‘dividuos’” (p. 321). De la mano de Sperry, Gazzaniga, Kahneman y otros investigadores, el Yo se fracciona y se esfuma, tan ilusorio como el libre albedrío y el alma. Dos fracciones interesantes de la otrora unidad son el “Yo experimentador” que vive experiencias y el “Yo narrador” que las interpreta (sesgadamente) (p. 325 y ss). La idea de que el Yo es ilusorio no es nueva, en la China, India y Grecia se sabía hace dos mil años y también desde los inicios de la modernidad. Lo nuevo es que la idea viene acompañada de tecnología con potentes efectos prácticos. Y todo ello socava la base de la filosofía liberal (Harari se burla socarronamente de Pinker y Dawkins a quienes llama “campeones de la nueva concepción científica del mundo”, p. 336, por no sacar las consecuencias filosóficas y prácticas de sus conocimientos científicos). 

Debido a lo anterior la creencia en el valor del individuo, fundamento liberal de la democracia, se diluye. En la práctica los humanos del común ya vienen perdiendo su valor militar y laboral, reemplazados por máquinas. Conciencia e Inteligencia solían hacer parte de un solo paquete, pero ya se ha producido la gran desconexión (Cap. 9) entre ambas. Producimos máquinas cada vez más inteligentes que superan las capacidades cerebrales humanas. Pero hasta ahora no se ha detectado el menor atisbo de conciencia en ellas, a diferencia de lo que sucede en los animales. Ahora bien, no tenemos ni puta idea de qué es la conciencia ni para qué sirve, evolutivamente hablando. Tal vez sea un epifenómeno, un curioso subproducto de otras capacidades útiles. El hecho es que está discusión, otrora “pasatiempo para filósofos” (p. 342), ahora llega a la arena política. “Para ejércitos y compañías comerciales, la respuesta es clara: la inteligencia es obligatoria, pero la conciencia es opcional” (342). 

Los algoritmos electrónicos reemplazan a los algoritmos orgánicos, el silicio reemplaza al carbono, que se devalúa. Vivir sin trabajar era un sueño, pero puede tornarse en pesadilla en forma de una inmensa clase social inútil. Y así como el individuo se ve amenazado, el individualismo también, pues cada vez más el sistema te conoce mejor que tú mismo. El derecho a la intimidad es el último bastión liberal, pero sus murallas se van derrumbando, no al toque de trompeta, sino de cantos de sirenas. La gente misma entrega su información. ¿Y qué es el “sistema”? ¿cuál es ese ‘skynet’? Es el entramado de algoritmos surgido bajo el impulso de la creciente automatización y conectividad, cuyo inicio fue arpanet, internet, va por Google, Facebook y demás hiperalgoritmos envueltos en una nube de apps, y sigue avanzando hacia el Internet de las Cosas (IoT) y finalmente al Internet de Todas las Cosas (IoE), que nadie controla (427). De oráculo está pasando a representante (aplicaciones de “asistente personal” como Cortana, Now, Siri) y de ahí va para soberano. Es una deriva del poder desde el carbono hacia el silicio, pero generado principalmente por los descubrimientos biológicos más que por la propia informática. 

No estamos ante una distopía orwelliana, el individuo no será aplastado por un estado policivo, se desintegrará desde adentro (378). De hecho, hasta ahí no es un mal mundo, aunque sí posliberal, habremos delegado poder de decisión en un sistema haciendo la vida más fácil y en mejores condiciones (antes lo hacíamos con dioses e imperios). Pero falta un detalle. Una élite de humanos sigue siendo necesaria para el sistema, o para ser más exactos, una élite de superhumanos (probablemente ciborgs), producto eugenésico de las tecnologías de intervención en la naturaleza humana. No se trata de eugenesia liberal, como en forma miope cree Habermas. Se abre la posibilidad de castas biológicas, incluso de especies diferentes (382). 

Los capítulos 10 y 11 con que finaliza el libro están dedicados a sendas tecnorreligiones: el tecnohumanismo y el dataismo. 

En el cap. 10 damos un delicioso paseo por el océano de la conciencia, el amplio y desconocido espectro de los estados mentales. (Me recuerda la docena de libros de Carlos Castaneda y al Mundo 2 de Popper, filósofo que ni siquiera es mencionado, a diferencia de Thomas Nagel, quizá el único referente filosófico). La psicología es un campo de conocimiento que ha sufrido y sigue sufriendo de múltiples achaques metodológicos (opinión del suscrito). Pero su mejor vertiente es sin duda la psicología experimental. Pues bien, Harari se burla con exquisito humor del etnocentrismo de la psicología experimental. La combinación de la terra incognita mental con el poder bioquímico orientado por el interés de gobiernos, ejércitos y empresas, es altamente peligroso, pues apunta a la degradación de la mente humana de las mayorías, así como degradamos la vida mental de las vacas con la domesticación. Ni más ni menos. El tecnohumanismo es como la revolución del deseo que deseara Estanislao Zuleta, pero por vía bioquímica. El asunto es que si los deseos son manipulables, diseñables, ¿quién es el diseñador? El tecnohumanismo es presa de un grave problema de autorreferencia. Es como hacer una casa en el aire solamente para que vivas tú. 

El Dataismo o religión de los datos, con epicentro en Silicon Valley, tiene sus pilares en la informática y la biología, pero apunta a un paradigma científico único (428), transversal, una especie de potente reduccionismo ontoepistémico: todo es información y procesamiento de datos. ¿Acaso existe algo que no pueda reducirse a datos? Esto no es nuevo en filosofía, pero repito, lo nuevo son los efectos prácticos posibles. El punto no es una creencia estrambótica, ni unas elucubraciones filosóficas, sino la tendencia práctica (424) que va de la mano de los avances acelerados en la automatización, la conectividad y las interfases humanos – máquinas. Las viejas fronteras orgánico / inorgánico ya no existen. Sus apologistas defienden la libertad de información, pero ésta no se le concede a los seres humanos, sino a la información misma (un mártir de esta tecnorreligión fue Aaron Swartz, quien se suicidó en 2013, gugléalo). Esta tendencia tiene su dinámica propia. La liebre de la tecnología está dejando atrás la tortuga de la política. El dataismo le da a los humanistas de su propia medicina: estos negaron a Dios, ahora aquellos niegan a los humanos. Los humanos pasaríamos de ingenieros a chips y luego a datos para finalmente disolvernos en el gran torrente como un terrón en un rio caudaloso (429). En retrospectiva la humanidad será sólo una pequeña onda en el flujo cósmico de datos. Quizás estemos creando una nueva forma de vida superior que eventualmente conquiste la galaxia en la era post-humana. 


COMENTARIOS 

DECRECIMIENTO. En El Gran Relato expuse 4 escenarios de futuro, dos negativos (pesimista radical y moderado), dos positivos (optimista moderado y radical). En esa óptica yo diría que Harari explora el escenario 4, la eutopía superoptimista que nos promete la tecnología y encuentra que en realidad lo que va a producir la tecnología es el escenario 1 (extinción y era post-humana) o el 2 (opresión por una élite superhumana dominante sobre castas biológicas inferiores; sobre esto habló cuando vino a Cartagena en enero). Harari casi no analiza el escenario 3, el optimismo moderado, cuyo concepto clave es Decrecimiento. En p. 64 menciona de pasada que “nadie sabe dónde está el freno” y que aún si lográramos frenar, la economía colapsaría llevándose por delante a toda la sociedad. Y en p. 240 desestima esta solución al colapso ecológico. Apenas dedica 2 páginas a esta posibilidad. Creo que es un punto débil y que el análisis de escenarios debe ahondar en el Decrecimiento como proponen algunos autores, por ejemplo, Carlos Taibo. Estamos tan envueltos en la dinámica de Crecimiento que no escuchamos estas voces ni analizamos estas opciones. 

ACLARACIONES. En las páginas 69 y 70 Harari hace 4 aclaraciones claves: i) el autor se centra en los sucesos de vanguardia que van determinando el futuro, aunque estadísticamente sean minoritarios al comienzo y en una pocas zonas ii) el autor hace descripción, no prescripción, hace diagnosis, no prognosis, escribe predicciones como posibilidades, no un manifiesto iii) el autor predice una búsqueda, pero buscar no es lo mismo que conseguir iv) el autor no hace profecía, trata de posibilidades para mostrar las opciones actuales y cambiar el rumbo, el objetivo de la predicción es que no se cumpla. Estas aclaraciones ratifican la filosofía de la historia contingente. 

SUPERPREMISA. “Los organismos son algoritmos”. El propio autor merodea por una salida distinta cuando en la p. 314 habla de determinismo y aleatoriedad. El israelí Harari no ha leído al libanés Taleb. El dios supremo del universo no es el orden, que nos obnubila (vemos allí la “mente de Dios” como Einstein y Hawking), sino el Azar. Creo que vale la pena explorar la siguiente diferencia: Nuestros algoritmos electrónicos con soporte de silicio son deterministas. Los algoritmos orgánicos con soporte de carbono están en un juego de mayor complejidad: la extraña mezcla de determinismo y aleatoriedad. Y el azar no se domestica con la campana de Gauss. Toca profundizar en el fundamento matemático de la superpremisa, pues por ahora es sólo una hipótesis. 

VANGUARDIA. Harari no cree en las masas como grandes protagonistas de la historia (300), aunque si cree en el progreso. Su visión de la dinámica social es claramente vanguardista. Esto lo pone del lado de la democracia epistémica y no de la democracia doxástica. Aunque desestima las teorías conspirativas, en varios apartes realza el poder de los grupos organizados, ya sea para la innovación (300) o para dominar (p. 152 y ss). En lo que parece una contradicción empieza hablando de “cooperación a gran escala” (152) pero luego termina otorgando la eficacia a “pequeñas redes de agitadores” (153) y otras afirmaciones que recuerdan el putschismo y el foquismo latinoamericano. 

Nota Bene: la Universidad Libre aparece mencionada en la p. 294. 

Gazapos astronáuticos: 
P. 57: una operación quirúrgica a distancia de la Tierra a Marte no puede hacerse en tiempo real, ya las órdenes demorarían por lo menos unos 20 minutos en llegar y otro tanto en regresar; no es un ejemplo realista. 

P. 289: Voyager I no va rumbo a Alpha Centauri.