sábado, julio 09, 2022

Código ético del M19


El siguiente es un extracto de una ponencia sobre la concepción teórica del M19 elaborada por el autor de este blog.  

Este segmento se refiere a la ética de dicho actor político-militar. 

CÓDIGO ÉTICO

Los actores de violencia política insurgente desarrollan sus propios códigos éticos, usualmente llamados “ética revolucionaria”, una ética del guerrero, espartana, estoica, en la cual se valora el sacrificio, la valentía, el heroísmo, la solidaridad, la disciplina, la lealtad, la entrega a una causa, la capacidad de trabajo, como el ideal que encarnara el “hombre nuevo” de Guevara.  Pero ese contexto épico tiene su lado oscuro, pues también se tiene que elaborar al “enemigo”, acotar los límites de la acción violenta y contrarrestar el riesgo de degradación moral. 

Este es un tema tan rico que, en sí mismo, da para un trabajo específico que lo desarrolle en profundidad.  Por tanto, dentro de las limitaciones de tiempo y espacio de la ponencia, sólo se ofrece un esquema para el abordaje de su complejidad. 

(1) La ética del M19 es consecuencialista, permeada por la política y en coherencia con ella y su concepto vertebral de identidad cultural.

(2) El ideal ascético de la “ética revolucionaria”, con referentes clásicos como el “hombre nuevo” de Ernesto Guevara, está presente en el inicio del M19, pero luego se va  desmitificando al emborronarse la frontera entre militancia y no militancia. En su discurso sobre “el mito de los hombres perfectos”, al inicio de la VIII Conferencia, Bateman le da sepultura.  Sin embargo, el M19 extrae valores morales del pensamiento mágico-religioso[1], al acuñar conceptos como “la cadena de afectos”, que aún pervive, una idea de origen gnóstico.  Una comparación subjetiva entre el M19 (clandestino y en guerra) con la Alianza Democrática M-19 (legal) en los años 90, sirve para ilustrar la dimensión moral al superar el primero a la segunda en estatura moral. En contraste los códigos sancionatorios formales no son ilustrativos de la realidad ética del Movimiento. 

(3) Los límites de la acción violenta son el principal dilema moral de los actores armados con pretensiones de legitimidad.  Como los demás grupos insurgentes, el M19 debió definir límites al elaborar el concepto de “enemigo”[2], el trato a prisioneros, la política de financiación (quién paga la guerra y cuáles son los métodos de cobranza), la destrucción de infraestructura pública o privada, el ejercicio de la justicia, el manejo de los efectos colaterales, la ética ambiental.  El M19 logró definir límites más estrictos que otros actores armados.  Como resultado es posible realizar un balance de acciones moralmente cuestionables realizadas por el M19, otras realizadas pero corregidas, y aquellas jamás realizadas, para contrastarlas con otros actores.  Este análisis va ligado a la cuantificación del daño y el sufrimiento causado.  Como puede verse en el documento ¡Basta ya! Del CNMH, ese balance es favorable al M19 en comparación con otros actores guerrilleros, paramilitares, estatales[3] y de los partidos tradicionales, y explica su vigencia política en el postconflicto. 

(4) Un aspecto particular del código ético es el cambio en el lenguaje que consiste en renombrar las acciones violentas para diferenciar aquellas que son moralmente aceptables de las que no lo son, pero esta jerga especial no es exclusiva, sino compartida con otros grupos guerrilleros. 

(5) Conciencia del riesgo de degradación: El M19, en concreto su dirigencia, era consciente del riesgo de degradación de la guerra y sus actores[4].  Las consideraciones éticas hacen parte de las razones del rechazo del M19 al concepto de “Guerra Popular Prolongada” o GPP, pues la extensión en el tiempo conlleva mayor sufrimiento para el pueblo que padece la guerra y mayor degradación de los propios actores.  Esta actitud es concomitante con el voluntarismo insurreccional de que hizo gala el M19.  Las experiencias del ELN con Fabio Vásquez Castaño y del Frente Ricardo Franco con Javier Delgado en Tacueyó[5] son tomadas como “espejo”.  La autocrítica (colectiva) a excesos fue un mecanismo correctivo, como parte de la contrastación empírica.  La “guerra sucia” y la “libanización” del conflicto en Colombia, fueron motivantes para negociar la legalización y dejación de armas.

(6) El respeto a los valores populares tradicionales, tales como familia, patria y religión, fueron parte del comportamiento ético del M19 acorde a su criterio medular de identificación cultural. 

(7) Finalmente, el M19, al desmovilizarse, pidió perdón en boca de Antonio Navarro Wolff a las víctimas y a la ciudadanía en general, por los daños y sufrimientos causados, aún a pesar de que sus contrapartes no lo hicieron (FFMM, el estado colombiano, el partido conservador y el partido liberal frentenacionalista).  Los crímenes de lesa humanidad nunca fueron amnistiados o indultados.



[1] Diego Arias, Memorias de abril, 195.

[2] En tres categorías: el combatiente enemigo, el civil de la élite o enemigo sociopolítico, el traidor

[3] Grupo de Memoria Histórica, ¡Basta ya! , 31-108  (por ejemplo cuadro en p. 67)

[4] Eric Hobsbawm, Guerra y paz en el siglo XXI, (Barcelona: Crítica, 2010), 165.

[5] Diego Arias, Memorias de abril, 73.

lunes, junio 06, 2022

Las luces perdidas de William Ospina


La siguiente crítica literaria fue publicada en El Heraldo de Barranquilla, cuando lo dirigía Gustavo Bell Lemus.  Si no recuerdo mal fue en 2005.  En esa época yo era un admirador del librito La franja amarilla de William Ospina y por ello compré otro volumen de ese autor, titulado Los nuevos centros de la esfera, una recopilación de ensayos. Por entonces no había leído su obra literaria de ficción y hasta el día de hoy sigo sin hacerlo.  Pero si seguí leyendo a través de los años sus ensayos en la prensa o libros como La lámpara maravillosa y Pa que se acabe la vaina. Por ello fue una sorpresa cuando en las elecciones de 2014 Ospina decidió apoyar al candidato uribista Óscar Iván Zuluaga, quien iba en contra del proceso de paz.  Así que en 2022 ya no sorprende tanto su apoyo desde hace meses a la candidatura del demagogo y charlatán Rodolfo Hernández, un personaje nefasto que está imputado por corrupción y llamado a juicio.  Hernández cuenta también con el apoyo del uribismo.

Al mejor cazador se le va la liebre.

Por Jorge Senior (El Heraldo, 2005)

El autor de La Franja Amarilla (texto que debiera ser lectura obligada en secundaria) tiene fama de ser una de las “mentes lúcidas” del país y uno de sus mejores escritores.

Pero en su artículo Lo que nos deja el siglo XX aparecido en revista Número (5) y en su libro Los nuevos centros de la esfera (2001), definitivamente se le fueron las luces, se le apagaron las luminarias como le sucede a nuestros estadios en pleno partido.

En estas páginas, Ospina se dedica con su brillante retórica a satanizar la civilización occidental al mismo tiempo que mitifica el pasado y las culturas no occidentales.  Con sevicia y alevosía, sobreseguro y a mansalva, Ospina selecciona aspectos negativos de la sociedad moderna, los generaliza y absolutiza como si esa fuese la realidad total de la cultura occidental.  En un análisis completamente maximalista de maniqueísmo rampante y desbocado el escritor tolimense termina dibujando una vil caricatura de la realidad.  Todo es malo para él: la industria, la ciencia, la tecnología, la técnica, la razón, religiones, filosofías, ideologías, el Estado, el mercado, el ocio, el trabajo, la pornografía, el progreso, en fin. Lo único bueno, según él, es el arte.

Dice Ospina que sólo el arte es bueno, con el peregrino argumento de que si el arte es malo entonces no es arte (¿por qué no aplicó ese brillantísimo argumento lógico a los otros aspectos del potencial humano?).  Sólo el arte no ha traicionado ni al hombre ni al mundo, dice el autor, aunque unas páginas más atrás había dicho que la poderosa sociedad industrial convirtió a la disidencia artística en simple moda, abrió las puertas de sus empresas a los músicos de vanguardia, asimiló los lenguajes del teatro del absurdo y del arte pop, etc. ¿Al fin qué?

Lo curioso es que en su afán maniqueo el escritor llega a sublimar el canibalismo (comer al otro para asimilar sus propiedades) y alaba, ohh... aquellas guerras de antes donde el honor resplandecía. No desconozco la ética del guerrero, pero la realidad cruda era que había que destripar al enemigo con una lanza, amputarle el brazo de un sablazo o mocharle la cabeza con hacha y luego robar sus mujeres y niños.  En el caso de la conquista de América el autor olvida que dos puñados de españoles lograron triunfar respectivamente sobre los dos imperios, azteca e inca, no tanto por las armas, sino gracias a la división entre los nativos y a las creencias que tenían. En el escrito hay también errores puntuales, como atribuirle a los bombardeos aéreos las peores masacres de la primera guerra mundial, cuando eso sucedió en la segunda (admito que esto no es esencial para el argumento).

Aunque no lo reconoce explícitamente, en el texto se escucha el eco de la bazofia posmodernista (“es necesario reencantar el mundo”) y del intelectual nazi Martin Heidegger con su tesis del “olvido del ser” que Ospina expresa como “el hombre, criatura extraviada que ha perdido su lugar en la armonía cósmica” (¿”armonía cósmica”? ¿existe tal cosa?).

William Ospina suelta perlas como las siguientes: “en el neolítico las necesidades básicas del hombre estaban satisfechas” (según él eso lo sabe cualquier antropólogo); “la civilización es la barbarie”; Cita y aprueba a Scheler: “el hombre es la vía muerta de toda la vida en general”; “el imperio omnímodo de la física como única explicación del universo precipitó a vastos sectores de la juventud y del llamado mercado laboral en la drogadicción trivializada y masiva”. ¿Qué tal?

El autor evoca a Hölderlin que “anunció el eclipse de la razón y el retorno a la embriaguez creadora”. He ahí la típica manifestación del romanticismo bohemio que atraviesa todo el canto poético, en prosa apasionada, que es este olvidable ensayo.

Lo grave es que muchas de las críticas de Ospina –que comparto en cierto grado- tienen mucho de verdad, pero el tono maximalista y maniqueo de todo el discurso lo lleva a no matizar ni precisar el blanco del ataque, sino a disparar como ametralladora contra todo lo que se mueva, cayendo indiscriminadamente como víctima de su estética verborrea, no sólo lo malo, sino también lo regular y lo bueno de nuestra sociedad moderna. Desde su ángulo la penicilina o la pisada del hombre en otro cuerpo celeste son apenas insignificantes anécdotas (aunque de seguro serán recordadas por milenios).

Dice Ospina que sólo los artistas fueron conscientes de que “el saber era un peligro para el mundo”. Eso es falso de toda falsedad. Filósofos, científicos, políticos y hasta los mitos, lo han advertido desde tiempos inmemoriales. Mas esto no implica que la solución sea la ignorancia o saber menos o gritar como los falangistas españoles “¡Muera la inteligencia!”.  Lo que implica es que el saber, puesto que es potente, implica poder y por ende conlleva responsabilidad ética o se vuelve en contra del ser humano y la naturaleza. Ahí está el mito prometeico para recordarnos que la reflexión sobre el saber y sus peligros es antiquísima. Pero Ospina se pone del lado de los dioses y no de Prometeo que le regaló el fuego a los hombres.

En resumen, parece que a William Ospina se le fueron las luces, al parecer contagiado por el escritor paisa Fernando Vallejo, otro “lúcido” que le dio por escribir un libro contra la ciencia, haciendo un ridículo descomunal. Quizás la explicación está en que se dejó llevar por la rabia y el rencor. El autor admite en el prólogo que “en este libro heterogéneo conviven momentos de reflexión serena con apasionadas tomas de partido”. Sin duda este capítulo corresponde a lo último.

Post Scriptum: a estas alturas ya no creo que sea merecedor del título de "mejor cazador".

sábado, febrero 26, 2022

Biomasa de la biosfera terrícola

 Distribución de biomasa en la biosfera:




La biomasa de los humanos, su ganado y sus mascotas hace 10.000 años era el 0,1% de la biomasa de los vertebrados terrestres.  Actualmente esa proporción es de 98%.

Este cambio tan extraordinario en tan poco tiempo es uno de los múltiples argumentos para sostener el concepto de Antropoceno como caracterización de la presente etapa del Sistema Tierra.

Hay otras entradas en este blog La mirada del Búho sobre el Antropoceno.  En esta ocasión nos concentraremos en la distribución de la biomasa entre los diferentes taxones de la biosfera, al menos en los niveles de dominios, reinos y filos.  

A pesar del desmesurado crecimiento demográfico de la especie humana, apenas somos la diezmilésima parte de la biomasa total.  De ahí la importancia de conocer el peso de los demás seres vivos en la biosfera, un indicativo de su importancia y un dato que ayuda a comprender mejor los ecosistemas, las cadenas tróficas y los ciclos biogeoquímicos.

El cálculo de la biomasa se hace utilizando como unidad de medida las gigatoneladas de carbono (Gt C).  La biosfera completa tiene casi 550 Gt C, esto es, unas 550.000 millones de toneladas de carbono.

El método de medición sigue el siguiente esquema:


En esta aproximación estamos siguiendo el siguiente artículo científico (ver enlace ) publicado en PNAS en 2018.

Vale aclarar que los cálculos tienen diferentes grados de incertidumbre según el taxón.  Con plantas y animales hay bastante certidumbre, pero con las bacterias no tanto.

La mayor parte de la biomasa está en la superficie de los continentes: 470 Gt C, lo cual se debe principalmente a las plantas que son de lejos el principal componente de la biomasa total con 450 Gt C.  Ahí se refleja el poder energético de la luz solar aprovechado por medio de la fotosíntesis.

Otra parte importante está también en los continentes, pero en las profundidades subterráneas: 70 Gt C, lo cual se debe sobre todo a las bacterias y en menor grado a las arqueas.  Así que los continentes suman 540 Gt C (casi 99%) y los océanos, a pesar de su inmensidad, apenas aportan 6 Gt C, un poco más del 1%.  

Sin embargo, los océanos aportan más biomasa que los continentes en lo que se refiere a los reinos animal y protistas, sólo que estos dos reinos pesan poco en el total.  Los hongos, al igual que las plantas, son habitantes de la superficie terrestre en continentes e islas y con poca presencia relativa en océanos.

Estas distribuciones pueden observarse en la siguientes gráficas:


En la gráfica A vemos lo dicho, la distribución de la biomasa en los 3 espacios: superficie terrestre, subterráneo profundo y marino.  En la B vemos cómo cada uno de los 6 reinos se distribuye en los 3 espacios.  Y en la C vemos como en el espacio marino hay 5 veces más consumidores que productores de carbono (5 Gt C frente a 1 Gt C), mientras que en el espacio terrestre hay 450 gigatoneladas de productores (plantas) y 20 de consumidores.  

En el reino vegetal hay 320 Gt C por encima del suelo y 130 Gt C en el subsuelo, básicamente raíces.  En el subsuelo también abundan los microbios.  Aproximadamente hay una proporción de 3/2 entre la biomasa sobre la superficie de los continentes y la biomasa subterránea.

Volvamos a la primera imagen que encabeza esta entrada. Bacterias y arqueas con 77 Gt C representan algo más del 14% de la biomasa, sólo superados por el casi 82% que aportan las plantas. Pero las bacterias tiene 10 veces más biomasa que las arqueas.  Es un desbalance notorio entre las dos formas primigenias de la vida en la Tierra.  El resto de la biomasa, menos del 4% se lo reparten fungi, protistas y animales.

Los animales, con 2 Gt C, representan apenas el 0,36% de la biomasa total.  Es el reino que menos aporta a la biomasa. Un dato que los animalistas sin visión ecológica suelen ignorar.

Los protistas, pequeños seres unicelulares eucariotas, con 4 Gt C duplican la biomasa de los animales, mientras que los hongos (con 12 Gt C) triplican a los protistas y sextuplican a los animales.

Los virus, aunque no son seres vivos, sí son tenidos en cuenta en este conteo por su bioquímica compartida con las formas de vida, pero no aportan mucho en términos de biomasa: sólo llegan a la décima parte que los animales, apenas triplicando la biomasa humana.

Focalicémonos ahora en los animales y sus 2 Gt C que equivalen a 2.000 Megatoneladas de carbono (2.000 Mt C).  Los humanos pesan 60 megatoneladas y su ganado y mascotas 100 megatoneladas (principalmente ganado vacuno y porcino).  Suman 160 megatoneladas (155 si sacamos los pollos), mientras que los mamíferos silvestres apenas llegan a 7 megatoneladas, incluyendo mamíferos marinos.  Una proporción de 22 a 1.

Si los mamíferos pesamos 162 megatoneladas, las aves pesan 7, pero las silvestres apenas llegan a 2 megatoneladas, menos que las 5 megatoneladas de aves domésticas (básicamente pollos), último legado de los dinosaurios.  La mayor parte de la biomasa animal está representada por los artrópodos, con mil megatoneladas, y los peces (una categoría no válida en taxonomía), con 700 megatoneladas.  Todos estos animales suman entonces 1.870 megatoneladas y el resto queda repartido entre moluscos, anélidos, cnidarios y nemátodos.  ¿Y los anfibios y reptiles? Su aporte cuantitativo es tan pequeño que  fueron desestimados para la gráfica.  Nótese que los humanos y sus animales domésticos, más el resto de los vertebrados, todos sumados, tiene menos biomasa que los moluscos y también menos que los anélidos.

Para los que no están familiarizados con estas clasificaciones recordemos algunos ejemplos de esos taxones:

-Artrópodos: insectos, arácnidos, crustáceos (cangrejos, langostas), miriápodos

-Moluscos: pulpos, calamares, ostras, caracoles

-Anélidos: lombrices, sanguijuelas, ciertos gusanos ("gusano" no es una categoría taxonómica válida)

-Cnidarios: medusas, pólipos, corales, anémonas, hidras (no tienen simetría bilateral)

-Nemátodos: una gran variedad de "gusanos" 


Metabolismo y contribución dinámica   

Las plantas y las bacterias son la mayor parte de la biomasa, pero el 70% de la biomasa vegetal está en forma de madera y otras células de muy bajo metabolismo, y asimismo sucede con el 90% de las bacterias que viven en las profundidades de la tierra.  Si restamos esas contribuciones tenemos: 150 Gt C de raíces y hojas, 9 Gt C de bacterias terrestres y marinas muy activas y los 12 Gt C de hongos que es un reino supremamente activo.  En estos términos bacterias y fungi se equiparan, pero las plantas siguen siendo, de lejos, los mayores contribuyentes en los ciclos biogeoquímicos que "mueven" la dinámica de la biosfera.

Biodiversidad y biomasa

Por otro lado, la biodiversidad no se correlaciona con la biomasa.  Hay especies que individualmente contribuyen más a la biomasa que clases enteras con muchas especies.  Son dos análisis complementarios.

Impacto antropogénico

Ya hemos visto los datos actuales.  Más difícil es hacer estimativos de épocas anteriores a la civilización que implicó la extinción de buena parte de la megafauna en el paleolítico tardío, el mesolítico y aún en el neolítico, para posteriormente producir el auge de algunas especies domesticadas (un "pacto fáustico" lo llama Yuval Harari).  

Según el artículo que estamos siguiendo los mamíferos salvajes terrestres se habrían reducido a la séptima parte (de 20 a 3 megatoneladas), los mamíferos marinos a la quinta parte (de 20 a 4 megatoneladas), o sea que en conjunto bajaron de 40 a 7 megatoneladas, unas 6 veces menos.  No obstante, la biomasa de mamíferos en general se ha multiplicado por 4, incrementándose de 40 a más de 162 megatoneladas de carbono, debido a la expansión de humanos y su ganado.  El impacto humano también ha afectado a los peces que han perdido más de 100 megatoneladas debido a la pesca, una magnitud cercana a lo que los mamíferos han ganado.  Pero lo más tremendo es la pérdida en el reino fundamental, el vegetal, que ha visto reducida su biomasa a la mitad de lo que era.  Es cierto que la agricultura ha crecido al mismo tiempo que disminuían los bosques, pero los cultivos apenas representan el 2% de la biomasa vegetal (unos 10 Gt C). Teniendo en cuenta el peso del reino vegetal podemos decir que, en general, la biomasa total de la biosfera se ha reducido a la mitad en un lapso de pocos miles de años, un parpadeo en términos geológicos.

La siguiente gráfica no es tomada del artículo en mención, pero refiere a este tema del cambio de biomasa en animales domésticos (incluido el domesticado ser humano) y salvajes (en color verde).


Finalmente, ofrecemos otra gráfica que no pertenece al artículo, pero trata el mismo tema y coincide en los datos.







domingo, febrero 13, 2022

Crítica al libro El físico y el filósofo de Jimena Canales



Hace pocos días acabé el texto de Jimena Canales sobre Einstein y Bergson. Las recensiones hay que escribirlas cuando la lectura aún está fresca, así que aquí va una reseña algo extensa pero de elaboración rápida.

Leí el texto de la historiadora mexicana porque ví en medios y redes algunas críticas y comentarios positivos.  Al parecer ha tenido acogida. Además, la historia de la ciencia y de la filosofía hace parte de mis intereses intelectuales y en ese marco he trabajado el caso de Albert Einstein, su obra y la física relativista (ver otras entradas de este blog).  Sobre Bergson, en cambio, conozco poco, pero el tema de la concepción del tiempo, que es la columna vertebral del libro, resulta fascinante.

La portada trae una frase que no sé si es subtítulo o epígrafe, la cual dice: “Albert Einstein, Henri Bergson y el debate que cambió nuestra comprensión del tiempo”.  De entrada aflora aquí el problema más protuberante del texto: exagerar la importancia de ese debate el 6 de abril de 1922 entre un filósofo famoso y consagrado con un joven físico que acababa de saltar a la fama.  Todo el libro es un intento por darle a ese debate una trascendencia histórica, pero no lo logra.  No convence.  No es casual o circunstancial que ese debate haya sido olvidado, pues a todas luces es una discusión obsoleta y superada, a menos que a estas alturas del siglo XXI uno sea un creyente o un filósofo subjetivista, irracionalista e idealista y además anticientífico (o ignorante de la ciencia).  Resucitar ese cadáver justo cuando se va a cumplir el centenario es un buen truco editorial y quizás pueda anotarse un éxito de ventas.

Pero el asunto va más allá.  Sostengo que la tesis central del texto no es que ese debate fue de importancia trascendental y que cambió nuestra concepción o comprensión del tiempo, sino otra aún más exagerada: que el debate está abierto, que sigue vigente, y que la filosofía de Bergson tiene actualidad.  Es decir, el libro, que se presenta como de historia de las ideas científicas y filosóficas, termina siendo un texto de filosofía actual donde la historia es instrumentalizada para sostener la tesis de la vigencia de unas ideas equivocadas.  Ese giro me hizo sentir estafado, aunque eso no es más que un sentimiento subjetivo de mi parte frente a las expectativas que tenía.  No me atrevo a calificar de deshonesta esa envoltura, pero sí creo que la historiografía debe evitar los anacronismos y ser clara en sus propósitos.  Entonces, además de exageración hay un claro sesgo bergsoniano o pro-Bergson.  La autora se convierte en la abogada de Bergson, sólo que su estrategia de defensa es recrear la historia con criterio selectivo y utilizando la figura de Einstein de señuelo.

Historiografía de diatribas

En su ejercicio historiográfico la autora se concentra en las críticas, resistencias y diatribas que recibieron las dos teorías de la relatividad en las primeras décadas del siglo XX.  Es un tema interesantísimo desde el punto de vista histórico.  Como suele suceder con toda teoría revolucionaria que choca contra formas de pensar muy enraizadas, su aceptación se hace lenta y difícil.  De ahí que Kuhn y otros han recalcado que  a veces se necesita el relevo generacional para que el nuevo paradigma predomine.  En el caso de la TGR (Teoría General de la Relatividad), como se sabe, las pruebas experimentales que corroboraron sus predicciones se produjeron en su mayoría después de la muerte de Einstein.  Al comienzo, la nueva base empírica de la TGR que marcaba la diferencia con la teoría de la gravitación clásica de Newton fueron tan sólo la precesión del perihelio de Mercurio y las mediciones del cambio de posición aparente de las estrellas visibles cerca al Sol durante un eclipse total realizado por un equipo dirigido por Eddington en mayo de 1919 en África y Suramérica.  Ambas mediciones son difíciles y susceptibles a error, generando dudas hasta que no se repliquen al cabo de décadas.  Esta debilidad empírica inicial es explotada a fondo por la autora, y si bien es pertinente para conocer la situación en los años 20 del siglo pasado, el hecho fundamental es que tal debilidad fue superada con creces al pasar las décadas, algo que la autora no valora.

Debido a lo anterior considero que este libro es peligroso para un lector que no sea conocedor de la Relatividad, su poderosa base empírica y su exitosa historia.  Un lector inocente podría quedar con la idea de que la Relatividad, tanto la Especial como la General, no son conocimiento supremamente sólido, de lo mejor que tiene la ciencia actual.  En parte esto sucede por el sesgo de la autora al trabajar con un enfoque de historia externa, exagerando su relevancia, y descuidar casi por completo la historia interna que es la determinante en la ciencia. La externa se refiere al contexto histórico, tecnológico, social, político, religioso, étnico y personal, mientras la interna es la que aborda la propia problemática científica, en este caso en la física.  En lo externo puede incluirse la filosofía de la época.  Al hacerlo, la autora confunde el contexto de descubrimiento con el contexto de justificación.  Es cierto que esta dicotomía fue criticada, y que ya no se puede asumir ingenuamente esa distinción, pero no considero que haya sido invalidada en absoluto (asunto que podemos discutir en otro momento: precisamente la Relatividad General es un buen ejemplo del desfase temporal entre el descubrimiento y la justificación tardía).  De hecho, una característica de la ciencia es que sus teorías no son de autor, es decir, pueden originarse en un autor pero terminan con vida independiente, a diferencia de lo que suele suceder en filosofía e incluso en ciencias sociales.

El texto insinúa un enfrentamiento entre dos bandos, los físicos y los filósofos, para luego aclarar que no es así, que había, como es apenas obvio, científicos contrarios a Einstein y filósofos a su favor.  Otra cosa es que en el debate Einstein se afincaba en la física y descalificaba la filosofía (por lo menos la de Bergson, con la frase lapidaria “el tiempo de los filósofos no existe”), mientras que Bergson sabía que no tenía argumentos científicos contra Einstein y entonces se atrincheraba o se refugiaba en la filosofía, como dominio propio y ajeno al del científico.  Un viejo truco que viene desde los tiempos de Galileo y Descartes hasta Duhem y Bergson (también lo usa Stephen Jay Gould en su tesis de “los dos magisterios”).  Estoy de acuerdo en que la ciencia no agota el conocimiento y que aunque desplaza a la filosofía en algunos temas, ésta sigue siendo necesaria. Sí, pero no cualquier filosofía.  Una buena filosofía en esta época no choca contra la ciencia, sino que interactúa con ella. Es lo que llamamos Filosofía Científica.  Una filosofía que ayuda a fundamentar mejor la ciencia y que mira más allá de los estrechos marcos especializados de las disciplinas.  De ahí la necesidad de trabajar semántica filosófica, ontología y epistemología en consonancia con la ciencia y en especial con la física fundamental (Relatividad, Cuántica y Termodinámica).

Otro recurso que aprovecha la autora es también muy interesante en el plano histórico, pero de nulo valor como argumento en una discusión actual.  Es el hecho de que los principales predecesores de la Relatividad como Lorentz, Poincaré, Michelson, Mach, nunca la aceptaron, con diversos argumentos (para mí estos son los capítulos más interesantes).  Lo que no dice la autora es que hoy sabemos que esos argumentos eran equivocados y que Einstein tenía razón, porque supo ver lo que otros no vieron. 

En esta misma dirección está el caso de Eddington que fue quien catapultó a Einstein a la fama y apuntaló su teoría con sus mediciones, pero que luego fue confuso en su posición filosófica al examinar las implicaciones profundas de la teoría sobre la concepción del espacio-tiempo-gravedad.  Otro caso fue Bridgman, a quien se suele considerar el gran defensor del operacionalismo, una forma específica de empirismo.  Cuando Einstein creó la TER (Teoría Especial de la Relatividad) utilizó el razonamiento operacionalista con relojes, trenes y “rayos” de luz.  Pero en ese mismo proceso, Einstein usó una vía racionalista axiomática, un racionalismo que luego se hizo más evidente en la TGR.  Bridgman nunca digirió este racioempirismo einsteiniano.  Peor para él.

Asimismo Canales rescata del olvido a una serie de personajes que armaron diatribas contra Einstein, pero la conclusión que uno puede sacar de esos capítulos es que tales personajes tenían un olvido bien merecido, pues sus diatribas carecen de valor. Esto contrasta con notorias e imperdonables ausencias, tanto en el campo científico como filosófico.  Por ejemplo, hay un breve capítulo sobre la cuántica, que es utilizado para hablar de la polémica posición de Einstein frente al indeterminismo y el azar, pero curiosamente no se menciona a Dirac y al empalme entre la cuántica y la TER, es decir, no se habla de los desarrollos cuántico-relativistas. Tampoco se habla del denominado “principio de indeterminación” que asocia las magnitudes de tiempo y energía.  En el campo de la filosofía apenas hay un capítulo muy breve y superficial dedicado al empirismo lógico con énfasis en Reichenbach. De Popper ni se habla.  Bertrand Russell sí es mencionado, pero mucho menos que Whitehead, a pesar de Russell lo dejó muy atrás en talla filosófica. También menciona a Quine, pero de una manera poco integral, sesgada.  En últimas, la autora practica el cherrypicking, armando un popurrí de diatribas (actualmente obsoletas) que pareciera que buscan sembrar la duda anti-Einstein.

Física relativista

No obstante, al lector avezado le surgen, más bien, dudas sobre la comprensión y competencia de la autora en temas de física relativista. En su extensa bibliografía aparece Tim Maudlin, pero no pareciera haberlo leído.  De hecho, si alguien escribe un libro filosófico sobre el tiempo, su obligación ineludible es la interlocución con filósofos de la física, cosa que Canales no hace. Y éste es otro sesgo marcado: la autora definitivamente está alineada en la “filosofía continental” y distanciada de la denominada “filosofía empírico-analítica” (ambas etiquetas son pésimas, pero la división en esas dos vertientes más o menos refleja la realidad del campo filosófico; por cierto, Canales menciona brevemente esta división tradicional). 

Las consecuencias se observan en el tratamiento de los temas de física.  Un caso es la famosa “paradoja de los gemelos” que aparece en abundancia, pues ocupó un lugar central en la discusión, especialmente por parte de Paul Langevin, amigo de Einstein.  Pues bien, la tal “paradoja” hace rato dejó de ser tal y perfectamente serviría para evidenciar que en el debate de hace un siglo Einstein tuvo razón y Bergson estaba equivocado.  En resumen, la situación de los gemelos no es simétrica, el gemelo viajero (a velocidades significativamente altas) sí envejece menos que el gemelo sedentario. Hoy sabemos de sobra que el tiempo (su magnitud) es relativo dependiendo de la gravedad y de la velocidad de los sistemas de referencia en comparación y que eso afecta todo, desde las partículas subatómicas hasta los organismos vivos (uno de los puntos donde Bergson se equivoca debido a su filosofía idealista y subjetivista).  La autora incluso menciona de paso la tecnología de GPS, cuando debería subrayarla pues muestra la potencia de las dos teorías relativistas.  Desde luego es válido e interesante recrear las dudas y exploraciones del asunto hace cien años, pero no dejar en el aire la sensación de que el asunto sigue abierto.

Otro caso es el de la velocidad de la luz y el uso privilegiado que hace Einstein de los “relojes de luz”.  Los cuestionamientos a este lugar que ocupa la velocidad de la luz como constante fundamental de la naturaleza tenían sentido en aquella época pero no ahora.  Ya mencionamos que Einstein usó una estrategia en la TER, en 1905, que desde la epistemología llamaríamos racioempirista.  Esto es apenas una muestra de algo profundo que hay que entender: Einstein no sólo hizo una revolución en la física sino además en la filosofía.  Al lado de su operacionalismo de los conceptos (por ejemplo el concepto de “simultaneidad”), en la argumentación su punto de partida fue axiomático y, por ende, racionalista.  Einstein comprendió que había tres axiomas que no se sostenían en conjunto: el principio de relatividad de Galileo, el espacio y tiempo absolutos de Newton y la velocidad de la luz constante de Maxwell.  Einstein (influido por Mach) se queda con Galileo y Maxwell y rechaza a Newton en ese punto.  Increíblemente la autora no menciona a Maxwell, cuya teoría debería ser epicéntrica cuando el tema es la velocidad de la luz.  Los axiomas son postulados, pero en este caso el postulado proviene o se fundamenta en otra teoría bien probada.  Lo que Einstein descubrió fue algo asombroso: que en el universo hay una velocidad límite.  Que esa velocidad sea la de la luz proviene de que el fotón carece de masa en reposo, pero eso se aprendería después con el desarrollo de la mecánica cuántico-relativista.  Hoy sabemos que toda partícula sin masa en reposo se moverá a la velocidad límite, donde el tiempo no transcurre, como es el caso de la luz y de las ondas gravitacionales.  Así que los “relojes de luz” sí son privilegiados, por más que le choque a Bergson.  La posición de Einstein fue clara y acertada.  Ahora bien, si lo que se quiere cuestionar es por qué la velocidad límite tiene ese valor y no otro, más allá de Maxwell, entonces toca recordar que eso es muy común en la física.  Hay más de 25 constantes en la física que entran en la teoría como datos pues sus valores no se derivan de la propia teoría.  No puedo extenderme demasiado para no alargar lo que apenas pretende ser una reseña sucinta, así que simplemente concluyo que el tratamiento al tema de la constancia de la velocidad de la luz es insatisfactorio, aunque la autora aporta detalles informativos curiosos e interesantes, pero no precisamente relevantes.

Ese punto de qué es lo relevante a la hora de debatir sobre concepciones del tiempo es clave.  Desde luego el criterio de relevancia depende de nuestro conocimiento actual y también de nuestra posición filosófica.  Por ejemplo, Canales, siguiendo a Bergson, le da gran relevancia a tecnologías de la época, como el cinematógrafo.  Sin duda la tecnología de la época tiene una influencia heurística en los creadores y descubridores y un impacto directo en las posibilidades experimentales.  Pero la justificación de una teoría sólo depende de la tecnología en el segundo aspecto, o sea en lo experimental.  El impacto de la tecnología en el arte y la cultura popular es poco relevante para la ciencia.  Einstein se inspiró en trenes y ascensores, espejos, relojes y linternas, las propuestas inventivas que atendió en la oficina de patentes ayudaron a su imaginación y razonamiento, pero a la postre ni la TER ni la TGR dependen de tecnologías específicas.  Ese conocimiento sobre la naturaleza no es relativo a la tecnología de la época.  Más bien, al revés, ese conocimiento ayudó al desarrollo de nuevas tecnologías.  En mi concepto la autora exagera la relevancia de la tecnología en cuanto a los temas que estaban en discusión.  Por ejemplo, el cinematógrafo nada tiene que ver con la justificación de la Relatividad.  Sí es pertinente hablar del desarrollo de nuevos aparatos sensores o de medición automatizados, para enfatizar, en el marco del debate y del contexto de descubrimiento, que el observador humano es prescindible y hasta ahí (otro punto en que Einstein tenía razón). Esto nos lleva a la dicotomía entre tiempo físico y tiempo psicológico (no mencionaré el tiempo histórico que es de índole narrativa y cultural, un tema más alejado).

De acuerdo a nuestro conocimiento actual, la especie humana es un producto evolutivo de reciente aparición en un universo que lleva en expansión 13.800 millones de años.  El género Homo surgió hace unos 3 millones de años, el Homo Sapiens hace unos 300.000 y la civilización hace unos 5 mil años.  La existencia de la materia, la energía, el espacio y el tiempo antecedió en mucho a la humanidad y, por ende, no dependen en absoluto de la conciencia humana o de los vaivenes civilizatorios.  El tiempo objetivo es una realidad física anterior al humano, por lo que es objeto de estudio de la física.  Tema distinto es la percepción por parte de animales de esa realidad física que llamamos tiempo.  A la percepción del tiempo por el animal humano la llamamos tiempo psicológico, para diferenciarla del tiempo en sí o tiempo físico, aunque deberíamos denominarlo tiempo neuropsicológico o biopsicológico, pues la percepción es ante todo un fenómeno biológico que involucra los órganos de los sentidos y el SNC (Sistema Nervioso Central). Este tiempo psicológico es estudiado por la neurociencia y la psicología experimental. 

Para Bergson, según el libro de Canales, el tiempo físico del que hablaba Einstein en su teoría podría afectar relojes, pero no a los seres vivos, orgánicos y menos a la conciencia.  Grave error, pues el tiempo físico afecta a todos los procesos materiales y tanto la vida como la conciencia son materiales.  Pero esto no podía ser comprendido por un filósofo que partía de un idealismo religioso (y por ende equivocado) que mitifica la vida y la conciencia.  Bergson creía en entelequias como el élan vital y el espíritu, entidades inexistentes como se evidencia por el hecho de que la investigación científica no sólo no ha encontrado tales entidades sino que además prescinde de ellas para toda explicación.  La Relatividad distingue el “tiempo propio” del tiempo relativo en sus magnitudes comparables entre dos sistemas de referencia diferenciados en velocidad y/o en gravedad.  En la percepción del gemelo viajero y el gemelo sedentario el tiempo transcurre igual, ellos no notan nada diferente, hasta que se vuelven a encontrar y comparan sus relojes, su percepción del tiempo transcurrido y su envejecimiento orgánico.  En tal comparación es que aparece la diferencia que nos permite afirmar con fundamento que el tiempo es relativo.

Estos aspectos no son aclarados por la autora, pues prefiere dejarlos en la bruma.  Si el libro consistiera en ponerse en los zapatos de Bergson y en los de Einstein en 1922, de modo tal que se invite al lector a viajar en el tiempo a esa época, hace un siglo, y entender el debate en los términos propios de la época, entonces sería correcto no aclarar lo que sucedió después y llegar a nuestro conocimiento actual.  El problema es que la autora no se queda en 1922 sino que abarca las décadas subsiguientes hasta la muerte de Bergson en 1941 y de Einstein en 1955, y luego sigue hasta el presente, habla de Deleuze, de los posmodernistas, de Sokal y Bricmont, insinuando que el debate sigue vivo. Es por esto que sí constituye una falla grave no interlocutar con la ciencia y la filosofía científica actual, aclarando cómo esos puntos de discusión se dirimieron de manera experimental tanto en la primera como la segunda mitad del siglo XX. 

Hay desde luego temas sobre concepción del tiempo que siguen abiertos, tres en concreto. (1) Uno es el debate entre eternalismo y presentismo que tiene que ver con el fluir del tiempo.  Einstein defendía el eternalismo y consideraba el fluir del tiempo -que todos sentimos- como una ilusión, una posición que llevó a Popper a llamarlo “el Parménides del siglo XX”.  La detección de ondas gravitacionales a partir de 2015 parece darle la razón a Einstein y a los eternalistas como Gustavo Romero.  Pero aceptemos que ese punto sigue en discusión, pero no por Bergson, sino porque muchos filósofos defienden el presentismo (como Bunge, por ejemplo), pues tiene un punto fuerte: estar acorde con el sentido común.  (2) El segundo es el antiguo tema de la divisibilidad del tiempo, es decir, si es discontinuo o continuo. Para la Relatividad es continuo.  Pero desde el ángulo de la física cuántica se apuesta por la discontinuidad (ver por ejemplo los libros de Carlo Rovelli).  Sin embargo, aún no existe una teoría firme de la gravedad cuántica, por tanto no se puede afirmar la discontinuidad del tiempo como un conocimiento científico establecido.  El punto sigue en discusión y hace parte de la contradicción entre cuántica y relatividad, un choque que se supone debe resolverse a favor de la cuántica, algo que está por verse.  (3) El tercero es la flecha del tiempo que tiene en la entropía, el decaimiento beta y la expansión del universo tres indicadores cimentados en la física y la cosmología.  Para unos la termodinámica es emergente, no física fundamental, pero yo estoy en sintonía con la idea contraria: la entropía es un concepto fundamental que no sólo tiene que ver con el calor y agregados de partículas.  Esto se ve más claro cuando estudiamos el inicio de la expansión (“universo temprano”) con baja entropía pero muy caliente y en equilibrio termodinámico (casi).

Los tres puntos del párrafo anterior no son los únicos que permiten problematizar la TGR.  También está por ejemplo la frontera de las singularidades en el inicio del Big Bang  y en el centro de los agujeros negros.  Son debates abiertos en pleno furor, pero Bergson practicamente nunca es mencionado en ellos.  Sencillamente, no es relevante.  Habría que ver si en neurociencias y psicología experimental sucede lo mismo.  Sospecho que sí, pero dejo al lector la tarea de revisar esa literatura.

El lado bueno del libro

A pesar de los profundos defectos mencionados, el libro contiene información abundante sobre detalles de la época, digamos de las primeras tres décadas del siglo XX.  Se apoya en una amplia bibliografía y creo que sí hay un esfuerzo serio de documentación.  A veces hasta se pasa en la información, exhibiendo minucias del nivel de los chismes.  ¡Hasta la próstata de Poincaré aparece en ese libro!

Al centrarse en historia externa, Canales examina aspectos como la cuestión judía de entonces (los dos protagonistas eran judíos), el sionismo, la iglesia católica, las guerras mundiales y la entreguerra, la política, los nacionalismos, las nuevas tecnologías de entonces, la atmósfera cultural, diversas corrientes filosóficas, el tratamiento mediático y múltiples alusiones al entorno personal de los protagonistas.  Por ejemplo, parece haber una intención de mostrar a Einstein como un vanidoso, un tipo siempre pendiente de su imagen, como si ello tuviera relevancia frente al tema de fondo.  Todo ese recorrido sinuoso por recovecos de época, hacen del libro un laberinto narrativo, a ratos entretenido, pero no libre de sesgos.  Llamar “secuaces” o “esbirros” a los defensores de alguno de los protagonistas no es apropiado e incluso contradice su propósito de darle nivel de trascendencia al debate de 1922.    

Invito a leer el libro de Jimena Canales, aunque sólo sea por el aspecto informativo de época.  Y que esta reseña sirva como advertencia para que el lector esté en guardia y no caiga en el juego de vueltas y más vueltas de la autora, no sea que termine mareado y tragándose el cuento de la vigencia de Bergson.  

sábado, febrero 12, 2022

Los peores enemigos de las causas justas son sus malos defensores

 Por muy buena que sea una causa, el fanatismo siempre la puede dañar.  Por tal razón, el peor enemigo de una buena causa no son sus detractores directos sino sus malos defensores.  Me refiero a aquellos que levantan una justa bandera pero luego, llevados por el fanatismo, caen en exageraciones, radicalismos, distorsiones y moralismos maniqueos, los cuales terminan socavando la credibilidad de lo que se defiende.  El pensamiento fanático lleva al predominio de lo emocional e irracional sobre la razón y el conocimiento bien fundamentado.  Convierte al partidario en un dogmático sectario, cerrado a la banda, incapaz de asimilar realidades y evidencias o de reflexionar de modo ecuánime sobre argumentos alternativos.

Ese fenómeno lo hemos visto a lo largo de la historia en diversos movimientos sociales que persiguen causas justas: la igualdad, la justicia social, la equidad de género, que no haya discriminación racial, la defensa del medio ambiente y de los animales no humanos, la aceptabilidad de la diversidad sexual y, en general, la lucha por las libertades individuales y colectivas.

Que el fanatismo de las causas injustas, como son todas aquellas que buscan la aniquilación, dominación o primacía de unos sobre otros, sea más peligroso y perjudicial para la humanidad, no nos exime de ser profundamente críticos del fanatismo de las causas justas.  En cierto sentido este último es peor, pues cierra caminos de esperanza y cercena la posibilidad de progreso hacia una mejor sociedad.  Una vez el fanatismo ha hecho su labor destructiva (que el fanático es incapaz de ver), podemos decir al estilo colombiano que “esa opción se quemó”.

Nota: estos tres párrafos constituyen el inicio de la columna titulada Hipopótamos invasores, animalismo y ciencia publicada en el portal periodístico El Unicornio el sábado 12 de febrero de 2022.  Esta introducción general al tema de la columna, que era el animalismo y el caso de los hipopótamos colombianos, tiene validez por sí misma, por lo que es pertinente publicarla aquí.  Es una idea que vale la pena desarrollar en futuras entradas del blog o en un artículo.  Una idea que aplica para los diferentes movimientos sociales y para la Izquierda.

lunes, noviembre 29, 2021

15 virus en la Izquierda




Este post en redes vale la pena guardarlo acá en el blog pues constituye una especie de programa de trabajo de exploración, investigación y reflexión. Algunos puntos ya los hemos desarrollado en algunas entradas sobre izquierda oscurantista o izquierda mítica, tanto en este blog como en el canal de Youtube.

La izquierda mítica u oscurantista es producto de la orfandad de teoría y corresponde a sectores de la izquierda influidos por posmodernismo, decolonialismo antioccidental, ciertas versiones del feminismo ideológico, ambientalismos románticos, indigenismos, progres y woke de EEUU, teorías conspiranoicas, religiones, entre otros. El estado de confusión que se vive en las protociencias sociales tiene mucho que ver con este ascenso del oscurantismo.


 15 virus en la Izquierda
-Subordinan el valor verdad al valor justicia
-Reduccionismo sociocultural, negación de la biología
-Revisionismo histórico moralista, presentista, anacrónico, con sesgo político y razonamiento motivado
-Sectorizar el conflicto social en contradicciones de género y raza por encima de la contradicción socioeconómica (a veces configura un reduccionismo)
-Idealización del indigenismo
-Exagerar causas justas exponiéndolas al ridículo o al fanatismo ultrarradical (la vieja "enfermedad infantil")
-Fanatismo dogmático y sectario con sesgo "mi lado" (tribalismo)
-Segregacionismo contrario a humanismo
-Romantización de la naturaleza (a veces hasta el animismo)
-Cultura de la cancelación contraria a la libertad de expresión sobre ideas y creencias
-Antioccidentalismo, antimodernismo (inconsecuentes)
-Conspiranoia, pseudociencias y anticiencia: oscurantismo en suma
-En ontología: Idealismo
-En epistemología: irracionalismo, subjetivismo, relativismo extremo, antirrealismo
-Pensamiento mágico-religioso (de vieja data pero agravándose).


Una izquierda que no sea oscurantista pero tampoco anquilosada en dogmas de los años setenta, tiene características como: defender la ciencia, la razón, la idea de progreso, la modernidad, la objetividad, el humanismo universal o cosmopolita y se afinca en una filosofía racioempirista, materialista, naturalista y realista.

jueves, noviembre 25, 2021

Video: ¿De qué está hecho el mundo?

 Nuevo video en mi canal de Youtube basado en una entrada de este blog de mayo de 2020, titulada ¿De qué está hecho el mundo?

El video está aquí.

sábado, noviembre 06, 2021

Conferencia Cosmovisión científica y educación - Tercera parte

 Una educación sin cosmovisión es como café sin cafeína

 

El siguiente texto es una transcripción de un audio de la conferencia ofrecida por Jorge Senior el 28 de octubre de 2021.  Es, por tanto, lenguaje oral.

Como la conferencia tiene tres partes, para efectos de presentación en este Blog, se hará en tres entradas.  Esta es la tercera.  


 

Tercera parte

¿Hacia dónde vamos? Reflexiones sobre el Antropoceno

 

Llegamos entonces al final de la película, que es nuestra época, el Antropoceno.  La humanidad está en una encrucijada. El COP26 que comienza esta semana es clave, aunque hemos aprendido a no hacernos muchas expectativas.  Nuestra caja de herramientas número 4, el Antropoceno, es quizás el concepto más importante del siglo XXI.  Sustento: porque caracteriza nuestra época y nuestras responsabilidades.  Implica que el ser humano está convertido en el gestor del planeta Tierra, gústenos o no nos guste.  Por el impacto que tenemos el Antropoceno es un concepto geológico, en primer lugar, pero también es biológico, histórico, tecnológico y ético político. Implica que la especie humana se convirtió en una fuerza geodeterminante, con más influencia que muchas de las fuerzas naturales, con más impacto positivo o negativo. Implica que la mayor amenaza para la especie humana es la propia especie humana. Implica que la humanidad está a cargo del Sistema Tierra, que asume la gestión planetaria y se hace responsable ante sí misma: no hay dios que nos venga a salvar, nadie nos va a salvar, eso es lo que podemos llamar (ahí sí siguiendo a Kant) mayoría de edad, esto no se resuelve rezando, esto se resuelve con conocimiento.

Ser útiles a la sociedad no refiere a la reproducción del sistema sino a su transformación en función del bien común.

A riesgo de ser esquemático, la idea se aclara, quizás, con una simplificación expresada en dos rutas extremas.

Por una ruta marcada por una educación deficiente, tendríamos súbditos acríticos envueltos por las redes (ya los medios han dejado de ser tutores), menores de edad (no importa si tienen 30 o 40 o 50 años), alienados, manipulables, hackeables.  El resultado podría ser una democracia doxástica, si es que no dictadura de frente, con una profunda desigualdad en la sociedad entre una reducida élite y las grandes mayorías, una civilización incapaz de enfrentar los desafíos del cambio climático y las nuevas condiciones generadas por la tecnología.  El planeta no será destruido, pero la biodiversidad será golpeada y la civilización con sus esplendorosos niveles de confort no será sostenible.  Algunos le apuestan a una élite salvadora, de tipo tecnocrático, administrando una inteligencia artificial que, a su vez, administraría al mundo. Las últimas 4 décadas ya nos dan un atisbo de esta opción.

Por la otra ruta, ideal, se prioriza la formación de ciudadanos críticos (una redundancia), algo que parece aterrorizar a los gobiernos colombianos desde que se instaló el orden conservador en 1886.  Ciudadanos mayores de edad, conscientes, autónomos, son el sustento de una democracia epistémica, única opción que yo veo para una sociedad sostenible sin abismos de desigualdad.

Volvemos aquí a la contradicción fundamental del Antropoceno entre Homo Deus y animal hackeable, inteligencia colectiva e inteligencia individual, con la primera hegemonizada por unas élites en ciertos países determinantes y la segunda cada vez más atomizada y carente de herramientas políticas que no sean mesías.

Hay cuatro escenarios posibles a toda esta historia. 

Dos negativos: la extinción (que pareciera una “ley” evolutiva implacable, pero ante la cual todos parecemos ser negacionistas) y una situación distópica, como a veces nos las pinta Hollywood, pero que efectivamente es posible. Yo crecí en una época bajo la amenaza de la guerra nuclear, ahora no se habla mucho de eso pero la amenaza está allí, los misiles están allí.  El cambio climático y las derivaciones de la tecnología cuyo futuro es opaco para nosotros, son también factores que pueden desembocar en el escenario distópico.

Del otro lado tenemos dos escenarios positivos: el más fantástico de todos, el ideal soñado, es alguna utopía épica de maravillosa civilización, como nos la prometen los transhumanistas o algunos otros optimistas, entre ellos Pinker.  La alternativa parece aún más utópica: el decrecimiento, como plantean algunas corrientes anarquistas, que equivale a parar la máquina acumulativa del capitalismo, generar una nueva sociedad poscapitalista que no esté prisionera de esa máquina que nadie sabe cómo se detiene, que no tiene freno, mejor dicho que es un caballo desbocado que puede reventar este planeta por lo menos en términos de lo que nuestra civilización necesita para mantenerse y prosperar.

Sostengo que la disyuntiva entre democracia doxástica y democracia epistémica, inclina la balanza hacia las opciones negativas o positivas, aunque, desde luego, se trata de una simplificación.  Los escenarios realistas son híbridos y confusos, pero el esquema ayuda a ver el fondo de la cuestión, por lo menos para los que aún creemos en la opción moderna de los Ilustrados, con su énfasis en la democracia y la educación.

Casi siempre se ha dicho que democracia y capitalismo van juntos y en armonía.  La realidad parece indicar lo contrario, el capitalismo llamado “salvaje” choca contra la democracia cuando no es regulado o domesticado de alguna forma.  El poder económico, en los últimos 40 años, se ha ido imponiendo sobre el poder político y realmente el destino del mundo ni siquiera se decide en las votaciones o por lo menos su incidencia es baja a nivel global.  En últimas, el destino del mundo depende de la ciencia y la tecnología, fuerza determinante de la civilización actual, pero la ciencia y la tecnología la hegemonizan élites o los factores de poder del capitalismo.  Hay corrientes políticas que critican al capitalismo, pero no entienden que no pueden regalarle a la ciencia y la tecnología a las élites.  Al contrario, tendrían que asumir a fondo la democratización del conocimiento científico y tecnológico.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que vivimos en el filo entre un futuro oscuro y un futuro luminoso.  Estamos en una encrucijada que es el momento más importante de la historia humana. No es una exageración, no es una hipérbole, se trata de un momento único.  Si nuestra especie sobrevive los próximos milenios, esta época será recordada como la era pionera: por primera vez en 3.800 millones de años de historia de la vida sobre la faz de la Tierra, una especie controló la evolución y manipuló a su antojo la genética; por primera vez una especie viajó al espacio y a otros cuerpos celestes; por primera vez hubo un sol en la Tierra al desatar la energía del núcleo de los átomos; por primera vez se construyó una nueva forma de seres complejos, las máquinas pensantes.  Los mojones históricos de 1945, 1953 y 1969, siempre serán recordados.  Sin embargo, esta especie que logró la hazaña increíble de conquistar el planeta, dominar todos los nichos, pudo ser también el detonante de la sexta extinción masiva e incluso de su propia extinción, víctima de su propio éxito, al meterse en un callejón sin salida: tener demasiado poder sin haber dejado de ser un animal de naturaleza contradictoria, producto de la selección natural multinivel.  Porque esta especie conquistó el mundo, pero esa conquista es precaria.

Conferencia sobre cosmovisión científica y educación - Segunda parte

 Una educación sin cosmovisión es como café sin cafeína

 

El siguiente texto es una transcripción de un audio de la conferencia ofrecida por Jorge Senior el 28 de octubre de 2021.  Es, por tanto, lenguaje oral.

Como la conferencia tiene tres partes, para efectos de presentación en este Blog, se hará en tres entradas.  Esta es la segunda.  


 

Segunda parte

 Gran Historia y Cosmovisión científica

 

La Gran Historia y la cosmovisión científica solo son posibles por el avance convergente del conocimiento científico en los últimos 70 años y además por una disciplina que siempre pasa de bajo perfil, la cronología, y que muy bien merece nuestro elogio, porque gracias a ella podemos reconstruir la línea del tiempo del pasado de la naturaleza y de la sociedad.  La gran historia o gran relato, decíamos, es el producto de las últimas 7 décadas.  Sería interesante comparar (lo he hecho en algunas conferencias) cómo se pensaba en 1948, en la posguerra, y como se piensa hoy en día sobre la naturaleza y la sociedad.  Veríamos los grandes cambios que ha habido en en ese trayecto.  Por ejemplo, se corroboró el 'big bang', se estableció la edad del universo, se descubrió la tectónica de placas y se estableció la edad de la Tierra y el Sistema Solar, se fundamentó el origen de la Luna; se descubrió la doble hélice del ADN, el código genético unos años después, la endosimbiosis y las rutas metabólicas, bueno, todo lo que aportó la biología molecular y se logró acotar la datación del origen de la vida, que hoy está más o menos entre 3.800 a 4 mil millones de años; se reconstruyó también la hominización, el proceso que llevó al surgimiento del Homo Sapiens, ampliando y datando el registro fósil, usando la genografía y la paleogenómica; y como ya dijimos se desarrollaron potentes tecnologías de cronología, con las mejores técnicas de datación, que antes eran imposibles.  En la época de nuestros abuelos ninguna de estas cosas se sabía y hoy en cambio lo tenemos perfectamente claro.  Eso debería marcar una diferencia gigantesca entre un ciudadano del siglo XXI y un ciudadano de comienzos del siglo XX. 

Actualmente se ha implementado el Big History Project en muchos países.  En la Universidad de Macquarie, en Australia, hay un Big History Institute que nuclea ese proyecto y sus redes. Pero por fuera del mismo hay múltiples iniciativas, como hemos hecho en Barranquilla (por ejemplo con la Fundación Stellam).  Este campo disciplinar ha crecido y actualmente hay una bibliografía amplísima. También hay debates de hondo calado, como la aguda crítica que propone Fred Spier, de la Universidad de Amsterdam, al concepto de “Umbral” o “umbrales de complejidad” que defiende David Christian (el historiador cuya charla en TED ha sido vista por más de 10 millones de personas). 

La Gran Historia es la historia del universo, del planeta Tierra y la biosfera terrestre y la historia de la especie humana hiladas en una narración multidisciplinar.  Constituye un valioso aporte a la solución del déficit pedagógico de una educación fragmentaria y carente de sentido profundo.  Como dijimos el Big History Project está trabajando en muchos países del mundo, en varios continentes, adiestrando docentes para implementar creativamente proyectos en sus colegios.  Estos proyectos son transversales a las asignaturas de la educación básica y media.  Se pueden dar, por ejemplo, en el noveno grado, perfectamente, a lo largo de un año, haciendo sinergia entre los profesores de todas las áreas: de ciencias sociales, de arte, de ciencias naturales, de matemáticas, de deporte, de español, de inglés, de filosofía.  Por cierto, en los colegios no se suele enseñar filosofía sino historia de la filosofía, lamentablemente.  Un proyecto de Gran Historia permitiría subsanar en algo ese déficit. La Gran Historia brinda acceso a la cosmovisión científica del siglo XXI, o sea, la presenta de manera narrativa, contando desde el big bang hasta el presente.  La Gran Historia nos da una perspectiva cósmica del lugar de la humanidad en el universo, que desde luego no es nada central.  La Gran Historia nos hace conscientes de la encrucijada cósmica de las actuales generaciones, porque estamos viviendo un momento decisivo en la historia humana.  Desde un ángulo religioso, algunos han dicho que estamos en una época de nihilismo.  No es así, o más bien no debería ser así, deberíamos llamar a esta época, “la época de la mayoría de edad”, desde el punto de vista del deber ser.  Bueno, entonces tenemos la respuesta a la pregunta “de dónde venimos” a través de la Gran Historia, que tiene cuatro capítulos: la historia del universo, la historia de la Tierra, la historia de la vida y la historia de la especie humana; sin embargo, la historia de la Tierra y de la vida tienen que unificarse porque no se puede entender la una sin la otra, están integradas.  No obstante, el proyecto Big History lo trabaja en ocho umbrales.  Les comento que hoy recibí una comunicación de uno de los líderes mundiales de Big History, Fred Spier, profesor jubilado en la universidad de Amsterdam, en la cual él hace una crítica profunda a otro de los líderes mundiales que es David Christian, de la universidad de Macquarie.  Sobre este punto de los umbrales específicamente.  Ese es un debate bien interesante, pero será para tratarlo en otra ocasión.  Yo siempre digo, de todas maneras, que los ocho umbrales son simplemente un recurso didáctico simplificado, hasta cierto punto arbitrario (en cuanto al número) y uno podría subdividirlo en muchos más umbrales, como voy a plantear en la próxima diapositiva que habla de 30 umbrales.  ¿Pero cuáles son los 8?  (1) el big-bang, origen de la expansión del universo conocido, el universo observable; (2) el surgimiento las estrellas y galaxias;  (3) la núcleosíntesis, que alude al proceso de formación de los elementos de la tabla periódica o sea la complejidad química.  Hasta ahí estamos hablando el universo entero.  Luego hay un salto a un rinconcito del universo que es nuestro sistema solar.  Entonces ahí comenzamos a hablar (4) del surgimiento de nuestro sol, del planeta Tierra, de los otros planetas del sistema; luego pasamos al (5) quinto umbral que es el surgimiento de la vida en la Tierra, la única biosfera conocida hasta ahora, que es una sola vida o sea la vida es una unidad, eso podría no haber sido así pero lo fue, la vida tiene un origen único en un evento único hace unos cuatro mil millones de años o sea muy poco tiempo después de la formación de la Tierra, unos 500 millones de años después.  Bueno, luego de los umbrales 4 y 5 viene un salto hacia los umbrales 6, 7 y 8, que se refieren exclusivamente a la especie humana: (6) el aprendizaje colectivo, que yo a veces denomino coevolución biológico – cultural; (7) la revolución del neolítico y el surgimiento de las civilizaciones agrarias; y por último, (8) la revolución moderna, que nos lleva hasta el Antropoceno.  En esa enumeración de 8 umbrales ustedes ven un ejemplo de subdivisión en el 5.  Eso es debido a que allí aparece la vida compleja eucariota; realmente eso fue un salto más significativo que el surgimiento de la vida propiamente dicha. 

En realidad podríamos hablar de muchos más umbrales, en los cuales la complejidad de la organización de la materia aumenta, al menos en alguna región del universo y esto lo podríamos trabajar en cinco líneas del tiempo: (1) la línea del universo, desde hace 13.800 millones de años; luego le ponemos la lupa y trabajamos (2) la línea del planeta Tierra, su biosfera y el sistema solar al que pertenece, que sería más o menos de unos 4 mil 500 millones de años;  luego trabajamos (3) la línea del tiempo del Fanerozoico, que serían los últimos 541 millones de años y luego sí aterrizamos en (4) la línea de los homininos, de unos 6 millones de años, que son nuestros antecesores, y finalmente, (5) la línea del Holoceno que ya corresponde al final de la edad de hielo, hace un poquito más de 10.000 años: ahí está la historia social que conocemos.  Bueno, estoy trabajando una sexta línea que sería la del Cenozoico, que tiene 66 millones de años, desde que cayó el famoso meteorito que mató a los dinosaurios, como se suele decir.  Bueno, esa línea de 66 millones de años es el surgimiento de una nueva época en la historia de la vida bajo el “imperio” de los mamíferos, sin lo cual no existiríamos; allí surge el orden de los primates, que es el nuestro. Es una línea de tiempo sobre la cual se conoce muy bien la evolución del clima, con algunas lecciones claves, como el calientamiento global del PETM o “máximo térmico, hace 55 millones de años, una lección de cambio climático.


Nota: en este punto se muestra un doble imagen en una diapositiva: a la izquierda la huella de un hominino bípedo, un Australopithecus, y a la derecha la huella de Neil Armstrong en la Luna.  La separación temporal entre esas dos huellas supera los tres millones de años y enmarca la epopeya del Género Homo. 

¿De dónde venimos? La imagen de la izquierda puede ser una respuesta.  ¿Hacia dónde vamos?  La imagen de la derecha puede ser una respuesta. Y entre las dos está lo que somos, una especie exploradora que se yergue para conquistar el mundo y más allá, con su gran cerebro y con sus manos. 

Este animal tiene un gran desarrollo cognitivo y ha desplegado toda una historia épica que nos ha llevado al punto en el cual estamos, e incluso nos ha llevado hasta la Luna.

Pero allá lejos, en el punto de partida de la revolución cognitiva, hace decenas de milenios, había maravillas como éstas:

 


 Cualquiera de estas obras maestras del paleolítico se puede medir de tú a tú con el arte moderno y hasta Picasso tendría que ponerse de rodillas.



Esta es la filogenia de la especie humana.  Ustedes pueden ver allí que la taxonomía del Homo Sapiens son por lo menos 25 niveles.  Algunos son claves para posibilitar un animal capaz de producir tecnología y muy interesantes para estudiarlos desde el punto de vista de la biología universal, para mirar, por ejemplo, cómo podría ser la vida extraterrestre inteligente.  En todo caso, al final aparece que somos eucariotas.  Recientemente se descubrió que somos en realidad simbiontes: en nuestro cuerpo hay más bacterias que células eucariotas y esa microbiota juega un papel en lo que somos, sin duda influye en la digestión que nos recicla y parece que influye en alguna medida en nuestros pensamientos y estados de ánimo.  En otros animales el asunto es aún más radical.

Preguntar qué somos es preguntar por la naturaleza humana.  Bueno, esto es un intento de resumen muy compacto.

Somos animales, producto de una evolución contingente en un planeta marginal de un cosmos inhóspito.  Miren esa frase: choca contra la religión por lo menos cuatro veces. Somos improbables, eso sí. Sabemos que no somos necesarios y que tampoco somos probables. Nuestra probabilidad de existencia es cercana a cero, pero existimos.  Cercana a cero no es igual a cero en un universo con trillones de planetas.  El cálculo exacto de nuestra (im)probabilidad no es posible aún, pues no conocemos todos los detalles, todas las combinatorias, qué procesos son necesarios (o cuasinecesarios según la química probabilística) y qué procesos son contingentes.

Somos seres materiales complejos: físico-químico-biológicos y sociales.  No menciono allí lo neuropsicológico porque es una interfase entre lo biológico y lo social.

La especie humana es una sola actualmente, pero durante miles de años existieron diversas especies o subespecies de homininos. No somos infinitamente plásticos, como cree el reduccionismo culturalista o construccionismo social, pero tampoco somos robots-esclavos genéticos.  En otras palabras: ni el determinismo culturalista, ni el determinismo genético nos dan una respuesta al “qué somos”.  Hay que articular varias subdeterminaciones.  Entonces, tanto el individuo como la sociedad humana, en sus formas diversas, está subdeterminada por (1) la geología y -en sentido más amplio- el medio ambiente; (2) la genética y -en sentido más amplio- la biología; y (3) por factores socioculturales.  Generalmente en las ciencias sociales se quedan en el 3 y se les olvida el 2 y el 1.

Todos estos conocimientos, todo lo narrado en la Gran Historia, se han elaborado en los últimos 70 años, pero se cimientan sobre teorías científicas que surgieron entre, más o menos, la mitad del siglo XIX y la mitad del siglo XX.  Hay más de 20 teorías exhibibles en primera línea, pero tenemos poco tiempo, así que no voy a hacer ese listado.  A este conjunto de teorías las podríamos denominar “la segunda revolución científica”, la cual es una resultante de una serie de siete procesos que se produjeron en Europa entre 1430 y 1830 para dar a luz lo que llamamos la Modernidad. Estos son: (1) el Renacimiento; (2) la exploración geográfica; (3) la Reforma religiosa; (4) la primera revolución científica; (5) las revoluciones políticas de Inglaterra, EEUU y Francia; (6) la Ilustración en el plano filosófico; (7) la primera revolución industrial (vamos en la tercera, es falso que haya una cuarta revolución industrial, eso es propaganda política del Foro Económico Mundial y Karl Schwab). 

Lo interesante es que la técnica, que es un conocimiento de más de 2 millones de años de antigüedad, que se fue acumulando a través de miles de años, y la ciencia, que surgió hace apenas 400 años, con algunos antecedentes brillantes en la antigua Grecia y Alejandría, se van entrelazando, y se va trenzando la tecnología, columna vertebral de nuestra civilización.

Veamos algo sobre la cosmovisión científica, hasta donde alcancemos porque ese es un tema demasiado amplio.

¿Cuáles fueron los mayores descubrimientos de esta revolución moderna?  En primer lugar el macromundo; en segundo lugar, el micromundo; en tercer lugar, el naturalismo (ya no como filosofía, sino como un resultado científico); y en cuarto lugar…  mal podríamos hablar de ciencia y de conocimiento científico si no sabemos cómo surge ese conocimiento, cómo funciona esa producción de conocimiento, qué exigencias tiene, cuál ha sido su historia, etcétera, etcétera, y a eso le llamamos pensamiento científico, que se ha ido perfeccionando durante estos 400 años. El pensamiento crítico es hermano gemelo del pensamiento científico, son casi iguales, lo que pasa es que el pensamiento crítico se aplica a situaciones más de la cotidianidad, situaciones no contoladas, bajo incertidumbre.  Recientemente salió un libro de Steven Pinker que se llama Racionalidad. Muy bueno como compendio para enseñar pensamiento crítico.

El macromundo. Eso fue un descubrimiento más o menos de 1543, cuando salió el libro de Copérnico y el de Vessalio en Anatomía. Tomamos casi siempre esa fecha como como un referente.  En todo caso a partir de allí hay que decir que la teoría de Copérnico demoró más de 100 años en ser medio aceptada, pero lo cierto es que a partir de ese hito cambió el lugar del ser humano en el cosmos y significó la muerte del antropocentrismo. Bueno, en realidad lo que significa el logro de Copérnico y la aceptación de que la Tierra no es el centro del universo, más bien sería como el inicio de la muerte del antropocentrismo, pues el antropocentrismo está vivo.  “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, dice el dicho. El antropocentrismo se las ha arreglado para sobrevivir. Precisamente, Fred Spier acusa a David Christian en Big History de antropocentrismo. El principio cosmológico, que es muy conocido en astronomía, significa que no estamos en un lugar especial, por eso podemos conocer cómo es el universo.  Si estuviéramos en un lugar especial tendríamos una perspectiva especial y no podríamos conocerlo.  Esto choca contra las ideas posmodernistas que dicen que el enunciado depende del lugar de enunciación.  Falso, falso de toda falsedad, incluso a nivel cultural.  Sí es cierto que puede suceder, pero no necesariamente, no siempre y muchas veces el conocimiento trasciende su origen. Vamos de la mano de Copérnico, Galileo, Shapley, Hubble, Gamow, Guth, digamos, por mencionar algunos nombres, en realidad son muchos más, quienes nos fueron ampliando la escala de la realidad.  Y así vamos encontrando que cada vez la Tierra está ocupando un lugar más marginal.  A medida que se fue desarrollando el conocimiento de la astronomía nos dimos cuenta que nosotros habitamos un planeta, que antes nos parecía que era todo el universo, y resulta que apenas es un pequeño mundo entre miles de millones y que ocupa un rinconcito insignificante y marginal del universo.  Como si fuera poco llegó Albert Einstein y nos cambió de manera rotunda la concepción del espacio y el tiempo.  Ésta es una revolución mental ya centenaria, que es fundamental, y no ha llegado plenamente a los colegios, a lo mucho llega en fragmentos.  El niño aprende información, pero los conceptos no, o los asimila de manera equívoca, mientras la verdadera dimensión de esta transformación mental y las implicaciones filosóficas y culturales para el ser humano, no las asumimos en los colegios. Esa es nuestra realidad desde la ciencia, muy diferente a la visión antropocéntrica de las religiones, por ejemplo.

El micromundo.  Éste sí que tuvo impacto, no sólo en la mentalidad o en lo cultural, sino además un impacto práctico: en la producción de energía, en la civilización tecnológica, en la medicina, en el tratamiento de las enfermedades, en el conocimiento de la herencia y, por lo tanto, de cómo funciona esa cosa misteriosa que es la vida y se fué desmitificando…. en la química, en la electrónica, en la energía nuclear, el conocimiento de los átomos y su estrcutura interna, la realidad íntima de la materia.  Ayer la noticia fue que China sacó un computador cuántico millones de veces más capaz que lo que se conocía hasta ahora, dando un paso más en la supremacía de la computación cuántica, que sabemos donde empieza pero no dónde termina.  Sí, estamos viviendo una revolución.  Si no nos ponemos a tono, pues vamos a ser cada vez más marginales en el concierto mundial, en el vagón de cola del progreso.  La investigación del micromundo nos llevó a la revolución cuántica, que  desde el punto de vista filosófico es la revolución más profunda de todas, más allá de la imaginación más febril.

Entonces, uniendo las dos cosas, el descubrimiento del micromundo y el macromundo, imagínense en perspectiva lo que sucedió en este último medio milenio: los humanos descubrimos por primera vez que todo eso que creíamos durante miles y miles de años que era la realidad, en verdad es apenas una pequeña lámina de una realidad que es inmensamente más amplia.  Hacia lo grande, hacia el universo más allá de la galaxia a miles de millones de años luz.  Y hacia el micromundo, hacia lo pequeño donde estaba la respuesta a muchos interrogantes sobre las enfermedades, que no eran por espíritus ni sutiles entidades malignas, ni por castigo divino;  las enfermedades son producidas por agentes patógenos, virus, bacterias, parásitos, etcétera, en dialéctica con las defensas de nuestro organismo.  Por esa vía del micromundo se descubrió la base del funcionamiento de los sistemas vitales y se pudo entonces empezar a fundamentar la medicina científica.

Desde una perspectiva de filosofía científica, como la ontología de Mario Bunge, la realidad es una sola, pero se presenta estructurada en niveles de organización de la materia, donde todo lo que existe es un sistema o parte de un sistema.  Este monismo materialista es, sin embargo, pluralista en cuanto a las propiedades, y admite propiedades emergentes, de tal manera que lo social no se reduce a lo psicológico, ni lo psicológico a lo biológico, ni éste a lo químico, ni lo químico a lo físico.  Al menos por ahora.

En la imagen siguiente están los niveles de organización de la materia en potencias de 10, o sea en órdenes de magnitud.  Y en la pequeña franja de la mitad que dice “mesomundo” está representada todo lo que era la realidad humana durante miles y miles de años.  Esa era la escala natural humana en el paleolítico y aumentó un poco con las civilizaciones agrarias, mientras permanecían completamente desconocidos todos los niveles hacia arriba (macromundo) y todos los niveles hacia abajo (micromundo).


En la siguiente imagen puede verse cómo se incrementó la escala de interacción (segunda columna) y de conocimiento (tercera columna), primero de manera muy lenta y luego, a partir de los tiempos de Colón y Magallanes, de un modo cada vez más acelerado.  Los inventos de telescopio y microscopio a comienzos del siglo XVII marcaron sendos hitos.


La realidad de un humano en el paleolítico era de 8 órdenes de magnitud, en la época de Cristóbal Colón y Magallanes era de 11 órdenes de magnitud y actualmente es de 26 órdenes de magnitud en interacción y 62 en conocimiento.  Y ésta es una escala logarítmica, de modo tal que la ampliación de la escala de la realidad para el Homo Sapiens ha sido verdaderamente gigantesca en los últimos 500 años.  ¿Se aprende esto en la escuela?

Otro de los grandes descubrimientos del pensamiento científico que se aprende aisladamente en el colegio sin sacar las consecuencias para nuestra concepción del mundo se puede enunciar en una frase: De lo simple surge lo complejo.  Es la idea medular de la Gran Historia.  Esta idea aparentemente sencilla destruye el idealismo ontológico, la visión animista, las creencias religiosas en almas inmortales, espíritus incorpóreos, dioses antropomórficos, seres sobrenaturales, las ideas vitalistas. La metáfora del relojero y el reloj para referise a la naturaleza es espuria, es una falacia de falsa analogía, es puro antropomorfismo.  El mundo funciona al revés, lo simple se organiza y de ese proceso autoorganizativo probabilístico (porque no es necesario sino probabilístico) surge lo complejo, surge la complejidad.  Esto es lo que se observa en los laboratorios y en los procesos naturales. 

El programa reduccionista ha sido tremendamente fecundo, sin embargo debe complementarse con la idea de emergencia.  La filosofía científica, decíamos más atrás, es una filosofía sistémica, monista desde el punto de vista ontológico substancial, pero pluralista respecto a las propiedades, porque la emergencia permite el surgimiento de propiedades nuevas a niveles más organizados de la materia.  Es una realidad de sistemas y procesos, dinámica, con historia, con niveles de organización que van surgiendo por integración de lo más simple.  Esto no es especulación, esto no es filosofía, esto es algo que se puede mirar en el laboratorio y es algo que de hecho es un resultado científico.  Incluso puede hablarse de progreso en términos de complejidad o sea hay procesos que llevan a mayor complejidad, también se pueden revertir o sea la complejidad se puede perder, es frágil.  En la materia organizada hay procesamiento de información y a medida que hay más complejidad, pues ese procesamiento es más también más potente, pero eso no puede suceder sin una base energética, sin condiciones termodinámicas.  Y contrario a lo que a veces se piensa la materia organizada compleja no choca contra la idea de entropía porque la materia organizada produce más entropía. Por ejemplo, el planeta Tierra produce más entropía que la Luna o el Sol, si lo calculamos con respecto a la masa, el Sol es un monstruo al lado de la Tierra, pero por unidad de masa la Tierra produce más entropía.  Por unidad de masa el amazonas produce más entropía que un desierto.

El tema de “los umbrales de creciente complejidad” es, como dijimos el punto que está al rojo vivo en el debate entre David Christian y Fred Spier.  En últimas es un debate filosófico,  importante en lo conceptual.  Spier dice que hay que acabar con ese concepto de “los umbrales de complejidad”, pero no para negar el incremento de complejidad que es algo real y comprobable en el universo, sino para evitar la generalización simplificadora que hace Christian.  Dejamos dos preguntas para reflexionar: ¿cuál es la concepción de progreso que sustenta la Gran Historia? y ¿no se está violando la segunda ley de la termodinámica?  En algunas conferencias yo he tratado ese tema porque efectivamente se podría narrar la Gran Historia de manera equivocada si no se aclaran esos dos conceptos. Es erróneo presentar como una fórmula automática, que si hay unos ingredientes y ciertas condiciones favorables (Goldilocks conditions) se obtiene un salto en complejidad.  En realidad es un proceso probabilístico, lo cual nos lleva a un tema profundo de la cosmovisión científica: el papel del azar.

Hemos visto algunos elementos de cosmovisión científica, no todos, pero a lo largo de estos últimos siglos lo que fue quedando en claro es que lo sobrenatural no existe.  Que no hay dioses, ni ángeles, ni seres espirituales, ni fantasmas, ni alma, ni espíritu, ni espiritismo, ni telepatía, ni clarividencia, ni telekinesia, ni reencarnación, ni viajes astrales y ¡que siga la lista!  Pero así como decimos eso con contundencia, igual decimos que no hay movimiento perpetuo, no hay flogisto, no hay calórico, no hay elan vitae, ni éter luminífero y tampoco hay fuerza de gravedad. Es decir, estamos aplicándole a esas fantasías de la cultura popular de muchos continentes, de muchas sociedades, estamos aplicando lo que aplicamos en la ciencia.  O sea, la carga de la prueba la tiene quien afirma la existencia de X.  Tú dices que existe la antimateria, pruébalo.  Dices que existen los neutrinos, pruébalo. Así lo hizo la ciencia a comienzos del siglo XX y lograron probarlo.  También dijeron en el siglo XIX que existía el éter, intentaron probarlo y nada, no lo pudieron probar y llegó  Einstein y acabó con el éter.  Entonces la carga de la prueba la tiene quien afirme la existencia de algo. Además, a esto le podemos aplicar la navaja de Ockham y pelar todas esas barbas.  No existe lo sobrenatural: a esta visión la llamamos naturalismo. Algunos preguntarán si es igual que materialismo. Yo diría que “casi, pero no exactamente”.  Ese es un cotejo que hay que hacer en otro momento.

Decíamos hace un rato que el ser humano es un animal de ficciones. ¿Por qué? ¿cómo es esto?  Esta característica tiene una base neurológica y evolutiva.  (1) Nuestro cerebro es capaz de pensar en términos causales y patrones, eso nos ayuda mucho en el esfuerzo científico y filosófico.  (2) También los seres humanos pensamos en términos de agencia, de ahí surgió el animismo, pero esto era necesario porque somos seres sociales, necesitamos interpretar qué es lo que quiere el otro, el otro ser humano, necesitamos entrar en sintonía, sincronizarnos, funcionar colectivamente, tener cohesión social en los grupos, gracias a eso sobrevivimos. La “teoría de la mente” la alcanza un niño a los 4 años más o menos, ser capaz de interpretar que el otro humano tiene una mente como la suya.  Pensar en términos de agencia era una manera de explicar por qué existe el rayo, el trueno, la lluvia, no sé qué, bueno, eso era natural hace miles de años, pero no tiene razón de ser hoy en día, en pleno siglo XXI, para aplicárselo a cosas que no son agentes (la “Madre Tierra”, la “Madre Naturaleza”, la “Pacha Mama”, el agua, el mar, “el universo conspira”).  No distinguir entre seres animados e inanimados en el siglo XXI, que la escuela no lo enseñe con claridad, es regresar a la premodernidad y nos muestra en algunas culturas populares (incluso en países del “primer mundo”) que la Modernidad es aún un proceso que está lejos de acabar. (3) Algo que si es muchísimo más difícil, es pensar en términos de azar y probabilidades y eso es fundamental para la cosmovisión científica. Nos cuesta bastante, en nuestro pasado evolutivo la presión selectiva favoreció en alguna medida cierto tipo de pensamiento bayesiano, probabilístico subjetivo, que generalmente funciona bien en contextos naturales.  Pinker llama a esta capacidad, “racionalidad ecológica”.  Pero con el conocimiento actual sobre probabilidades y la psicología experimental sabemos que estamos llenos de sesgos y trampas en las que caemos, pisamos cáscaras constantemente.

Dice Carl Sagan que “la ciencia es más que un simple conjunto de conocimientos, es una manera de pensar”.  Bueno, cuando en los colegios hay clases de física, química, biología y no se enseña la ciencia como manera de pensar estamos fracasando en la educación.  Entonces el niño aprende cuáles son los elementos químicos, la tabla periódica, y se aprende la fórmula del tiro parabólico, pero no ve más allá, no conecta los saberes fragmentarios ni se hace consciente de los procesos histórico-sociales y de razonamiento que llevaron a esos conocimientos ni cual es su sustento probatorio. Eso es instrumentalizar la educación.  Claro que a las élites les interesa preparar a la gente para el trabajo, no para pensar críticamente.  Para trabajar no se necesita una cosmovisión científica.  Al contrario, podría “estorbar” según algunos discursos que, a la postre, son justificatorios de la educación de mala calidad.  O mejor dicho, miden la “calidad” con otros parámetros, bien alejados de saberes “inútiles” como la filosofía.  De esa manera se garantizaría que el súbdito –que no ciudadano- será mucho menos crítico y más fácilmente manipulable, hackeable.

El pensamiento científico entonces implica muchas cosas:

·         Eliminar el antropocentrismo

·         Eliminar la proyección antropomórfica

·         Eliminar lo sobrenatural

·         Ser capaz de pensar en grandes diferencias de escala

·         La causalidad

·         El azar

·         La necesidad y la contingencia

·         La complejidad

·         La racionalidad

·         La contrastación empírica (clave de la ciencia)

·         La línea del tiempo

Otras ideas clave que hemos tratado en conferencias de Gran Historia, como advertencias y aclaraciones preliminares antes de adentrarnos en la narración del Big Bang al Antropoceno son:

·         El subdeterminismo

·         La naturaleza humana universal

·         El progreso no teleológico

·         La unidad de la ciencia

·         La complejidad, los sistemas complejos

 

Estas ideas son filosófico-científicas.

Nota: en Racionalidad, el reciente libro de Steven Pinker, menciona el dualismo (cuerpo-alma o natural - sobrenatural), el esencialismo y el finalismo o teleología, como 3 maneras de pensar que son habituales en el ser humano.